«¡Qué ángel va a abandonar este mundo!
»Al contemplar yo esta mañana a Magdalena adornada de esa suprema
belleza que los últimos fulgores de la vida prestan a los moribundos,
pensaba:
»--¡Oh! esa belleza, esas miradas y esa sonrisa iluminadas por un amor
profundo, todo eso, ¿no es el alma?... ¿Y acaso puede morir el alma?
»Y no obstante, Magdalena morirá.
»¡Y dejará esta vida y se eclipsará sin haberme pertenecido! ¡Y el día
del Juicio, el arcángel que ha de llamar a Magdalena para convertirla en
un serafín como él no le dará mi nombre!...
»¡Desventurada Magdalena! Ya va viendo acercarse a su ocaso el sol de su
existencia y empiezan a asaltarla tristes presentimientos. Hoy, antes de
entrar en su cuarto, me detuve un momento en el umbral, según suelo
hacerlo, para reunir mis energías, y oí que le decía a su padre con voz
infantil, llena de ternura:
»--¡Estoy muy mala!... ¿Pero usted, papá, me salvará? Porque si yo
muriera--añadió en voz baja,--moriría él también.
»--Sí, Magdalena mía, sí: si tú mueres, también yo moriré.
»Entonces entré y me senté a su cabecera. Iba a contestarle su padre,
pero ella con un ademán le suplicó que callase; cree la infeliz que a mí
se me oculta su estado y no quiere darme a conocer sus presentimientos y
sus temores. Al poco rato me ha rogado que saliese del saloncito y que
volviese a tocar aquel vals de Weber a que tanta afición muestra.
»Yo no me decidía a hacerlo; pero el doctor me indicó con una seña que
accediese a su súplica y entonces obedecí.
»Pero, ¡ay! esta vez no se levantó mi pobre Magdalena para venir hacia
mí sostenida por el mágico poder de esa sugestiva melodía. Casi no logró
incorporarse en el lecho, y al extinguirse la última nota lanzó un
suspiro y con los ojos cerrados se desplomó sobre la almohada.
»Asaltáronle luego pensamientos más graves y rogó a su padre que llamase
al cura párroco de Ville d'Avray que le administró la primera comunión,
y al cual, según dijo, vería con mucho gusto. Entonces el doctor se
trasladó a su despacho para escribir al cura y yo quedó acompañando a mi
amada.
»¡Oh! ¡Qué tristeza causa todo esto, Dios mío! Hay momentos en que se
desea la muerte más que la vida.
»Pero, ¿cómo se explica, querida Antoñita, que no hable de usted jamás,
y que tampoco su padre le recuerde que existe usted en el mundo?
»A no ser por la prohibición que usted me hizo de pronunciar su nombre
en presencia de ella, ya sabría a estas horas cuál es el motivo de un
silencio tan extraño.»