«Señor cura:
»Mi hija va a morir, y antes de comparecer en la presencia de Dios,
desearía ver al sacerdote que inculcó en su alma inocente la sagrada
doctrina de Cristo. Le suplico, padre mío, que venga lo antes posible.
Le conozco a usted lo bastante para saber que no tengo que añadir ni una
palabra más, porque cuando el afligido acude a usted en demanda de
auxilio jamás necesita hacerlo más que una sola vez.
»Aún espero de su bondad, otro favor. No le sorprenda mi petición, padre
mío: olvídese de que se la hace un hombre a quien inmerecidamente tiene
todo el mundo por una lumbrera médica de los tiempos actuales.
»El favor que quiero pedir a usted, consiste en esto:
»Creo recordar que en Ville d'Avray hay un pobre pastor, llamado Andrés,
que posee recetas maravillosas y que, a creer lo que dicen los aldeanos,
ha devuelto la salud a muchos enfermos que la Facultad había
desahuciado. Tengo una idea vaga de todo esto, y estoy seguro de que yo
no lo he soñado. Oí referir esas curas maravillosas en una época en que
yo era feliz y por lo tanto incrédulo.
»Tráigame, pues, a ese hombre, se lo suplico.
»_Leopoldo de Avrigny._»