AMAURY A ANTONIA

«No estaba yo en lo cierto, Antoñita; también su tío tiene momentos de

desesperación y abatimiento profundos. Cuando entré esta mañana en su

despacho estaba con los brazos apoyados en la mesa y el rostro oculto

entre ellos. Creyendo yo que le había sorprendido durmiendo sentía

amenguarse mi pasada humillación y veía al doctor depender como todos de

su condición humana, cuando me dí cuenta de que me había engañado,

porque al oír mis pasos alzó la cabeza y volvió hacia mí su rostro

bañado en llanto.

»Sentí entonces que el corazón se me oprimía y me quedé sin aliento. Era

aquélla la primera vez que le veía llorar, y esto me revelaba que ya no

había esperanza.

»--¡Estamos, pues, perdidos!--exclamé.--¿No conoce usted ningún recurso?

¿No puede inventar ningún remedio?

»--Todo es inútil ya--me respondió.--Ayer preparé un nuevo medicamento

que resultó también ineficaz como los otros. ¡Oh! ¡Luego dicen que la

ciencia!... ¡La ciencia! ¿Qué es la ciencia?--continuó abandonando el

asiento para pasear, agitado, por la estancia.--¡Ja! ¡ja! No es más que

una sombra vana, una palabra huera y vacía de sentido... ¡Se

comprenderla su impotencia para vencer la naturaleza si se tratase de

devolver la vida a una vejez gastada, de reanimar una sangre empobrecida

por la edad; pero se trata de una criatura que entra ahora en la vida,

de una existencia joven y fresca a quien queremos salvar de las garras

de la muerte y... y ya lo estás viendo: tan imposible es eso en este

caso como lo es en el primero!

»Y el desolado padre, cuya agitación iba en aumento, se retorcía las

manos con dolor, mientras yo le contemplaba mudo y aterrado.

»Y, sin embargo--continuó como hablando consigo mismo,--¡si todos

cuantos cultivaron la Medicina hubieran cumplido con su deber trabajando

con el mismo ahinco que yo, algo más adelantada estaría hoy esta

ciencia! ¡Ah, miserables! ¿Para qué me sirve el estado en que hoy se

encuentra? Solamente para hacerme saber que le restan a mi hija ocho o

diez días de vida.

»Al oírle proferir estas palabras no fui dueño de mí mismo, y se me

escapó un grito de dolor, al cual respondió él con rabiosa excitación:

»--¡Oh! ¡Pero no, no! Yo he de salvarla: yo encontraré un filtro, un

elixir, el secreto de prolongarle la vida, así haya de componerlo con la

sangre de mis venas. ¡Yo le encontraré, sí, y mi hija vivirá!

»Le sostuve con mis brazos porque temí que se desplomase.

»--Oye, Amaury--me dijo.--dos ideas atenacean mi cerebro y amenazan

volverme loco. La primera es la de que si en un instante con el

pensamiento pudiese trasladar a mi hija a un clima más benigno, a Niza,

a Madera o a Palma, tal vez se salvaría. ¡Oh! ¿Por qué Dios no me ha

dado un poder igual a mi amor, el poder de disponer del tiempo, de

suprimir el espacio, de trastornar el mundo?... ¡Oh, rabia!... La otra

idea es que en cuanto se muera mi hija se descubrirá tal vez, o acaso

descubriré yo mismo el remedio que con tanto afán buscamos. Si así

ocurriera y fuese yo quien lo hallara, juro por mi nombre no revelarlo a

nadie en este mundo. ¿Qué me importan a mí las hijas de los demás?

¿Vienen acaso sus padres a salvar ahora a la mía?

»Cuando el doctor se expresaba de este modo, entró la señora Braun a

decirnos que había despertado Magdalena. Entonces, Antoñita, he tenido

ocasión de ver el maravilloso dominio que tiene ese hombre sobre su

voluntad. Gracias a un vigoroso esfuerzo de esta facultad supo revestir

su trastornada fisonomía con la expresión seria y grave que le es

habitual.

»Pero esa aparente calma va siendo más sombría cada vez.

»Me preguntó si le acompañaba; pero yo no poseo su energía ni su

estoicismo admirable; y necesitando mucho más tiempo que él para cubrir

con la máscara mi rostro, pasé más de media hora en esta triste labor.

»Esa media hora es la que le dedico a usted escribiéndole, Antoñita.»

Amaury · 第 50 / 90 题