XXIX

»Por la noche me tocaba a mí velar.

»El doctor, la señora Braun y yo, nos relevamos por turno en compañía de

una enfermera que nos ayuda a cuidar a Magdalena. A pesar de sentirme

rendido de pena y de cansancio, reclamé mi derecho y el señor de

Avrigny, se retiró sin hacer la menor observación.

»Poco después, Magdalena se ha dormido con un sueño tan tranquilo como

si sus días no estuviesen ya contados. Yo estaba despierto; el sueño

huía ante los negros pensamientos que me dominaban. No obstante, a media

noche sentí nublarse mis ojos y aletargarse mi cabeza que después de

luchar un instante con el sueño dejé caer sobre el borde del lecho de mi

amada.

»Entonces soñé, y mi ensueño fue tan delicioso, que me desquitó con

creces de las terribles vigilias que acababa de pasar... Era una noche

del mes de julio, plácida y serena, y a la luz de la luna, Magdalena y

yo nos paseábamos en un país extraño, pero que a mí me era desconocido.

Conversábamos a orilla del mar, siguiendo la ondulada línea de una

preciosa bahía, y admirando desde la playa, los espléndidos efectos de

luz que el astro de la noche prestaba a las argentadas ondas. Yo le daba

el nombre de esposa y ella repetía el mío con voz suave, angelical.

»Desperté de pronto y la visión desapareció en el acto, volviendo a

contemplar mis atónitos ojos el aposento a media luz, el blanco techo,

la triste lamparilla y a mi lado el doctor, que silencioso y grave, con

semblante impasible, pero con mirada terriblemente profunda, contemplaba

a Magdalena dormida.

»--Ya ves que has hecho mal en reclamar tu turno--me dijo fríamente.--No

me extraña, porque a los veintitrés años hay que dormir mucho más que a

los sesenta. Vete a descansar, Amaury; ya quedaré yo velando.

»Sus palabras no eran de acritud ni burla; antes al contrario, las dijo

con acento de compasión paternal por mi poca fortaleza. Pero al oírle

sentí, sin saber por qué, una sorda irritación semejante a un

sentimiento de celos o de envidia.

»Es que ese hombre tiene algo de sobrehumano, viene a ser un espíritu

intermedio entre el hombre y la divinidad, en quien no hacen mella las

emociones terrestres ni las necesidades de la materia parecen existir.

Ni siquiera le han hecho un día la cama durante el mes que acaba de

transcurrir; él vela incesantemente, siempre meditabundo y siempre

buscando un remedio imaginario. Es un hombre de hierro.

»En vez de subir a mi cuarto, he preferido bajar al jardín para sentarme

en el mismo banco donde estuvimos juntos la otra noche. Allí volví a

recordar aquella escena con todos sus pormenores... Sólo a través de la

ventana de su cuarto se veía una débil claridad, y yo, contemplando

aquella luz vacilante, la comparaba instintivamente con el resto de vida

que aun anima a mi pobre Magdalena, cuando se extinguió de pronto...

»No pude menos de temblar, sugestionado por aquella fatal coincidencia

en la que creí ver la imagen de mi propio destino. De igual modo va

apagándose el único rayo de luz que ha rasgado las tinieblas de mí

vida... Me volví a mi cuarto llorando como un niño.»

Amaury · 第 49 / 90 题