»Por la noche me tocaba a mí velar.
»El doctor, la señora Braun y yo, nos relevamos por turno en compañía de
una enfermera que nos ayuda a cuidar a Magdalena. A pesar de sentirme
rendido de pena y de cansancio, reclamé mi derecho y el señor de
Avrigny, se retiró sin hacer la menor observación.
»Poco después, Magdalena se ha dormido con un sueño tan tranquilo como
si sus días no estuviesen ya contados. Yo estaba despierto; el sueño
huía ante los negros pensamientos que me dominaban. No obstante, a media
noche sentí nublarse mis ojos y aletargarse mi cabeza que después de
luchar un instante con el sueño dejé caer sobre el borde del lecho de mi
amada.
»Entonces soñé, y mi ensueño fue tan delicioso, que me desquitó con
creces de las terribles vigilias que acababa de pasar... Era una noche
del mes de julio, plácida y serena, y a la luz de la luna, Magdalena y
yo nos paseábamos en un país extraño, pero que a mí me era desconocido.
Conversábamos a orilla del mar, siguiendo la ondulada línea de una
preciosa bahía, y admirando desde la playa, los espléndidos efectos de
luz que el astro de la noche prestaba a las argentadas ondas. Yo le daba
el nombre de esposa y ella repetía el mío con voz suave, angelical.
»Desperté de pronto y la visión desapareció en el acto, volviendo a
contemplar mis atónitos ojos el aposento a media luz, el blanco techo,
la triste lamparilla y a mi lado el doctor, que silencioso y grave, con
semblante impasible, pero con mirada terriblemente profunda, contemplaba
a Magdalena dormida.
»--Ya ves que has hecho mal en reclamar tu turno--me dijo fríamente.--No
me extraña, porque a los veintitrés años hay que dormir mucho más que a
los sesenta. Vete a descansar, Amaury; ya quedaré yo velando.
»Sus palabras no eran de acritud ni burla; antes al contrario, las dijo
con acento de compasión paternal por mi poca fortaleza. Pero al oírle
sentí, sin saber por qué, una sorda irritación semejante a un
sentimiento de celos o de envidia.
»Es que ese hombre tiene algo de sobrehumano, viene a ser un espíritu
intermedio entre el hombre y la divinidad, en quien no hacen mella las
emociones terrestres ni las necesidades de la materia parecen existir.
Ni siquiera le han hecho un día la cama durante el mes que acaba de
transcurrir; él vela incesantemente, siempre meditabundo y siempre
buscando un remedio imaginario. Es un hombre de hierro.
»En vez de subir a mi cuarto, he preferido bajar al jardín para sentarme
en el mismo banco donde estuvimos juntos la otra noche. Allí volví a
recordar aquella escena con todos sus pormenores... Sólo a través de la
ventana de su cuarto se veía una débil claridad, y yo, contemplando
aquella luz vacilante, la comparaba instintivamente con el resto de vida
que aun anima a mi pobre Magdalena, cuando se extinguió de pronto...
»No pude menos de temblar, sugestionado por aquella fatal coincidencia
en la que creí ver la imagen de mi propio destino. De igual modo va
apagándose el único rayo de luz que ha rasgado las tinieblas de mí
vida... Me volví a mi cuarto llorando como un niño.»