Era indudable que iba a verme libre de la vecindad de aquella horrible
vieja, y que por fin vendría un ser humano a sustituir a la espantosa
bruja que durante dos años había afeado mi perspectiva con el espectro
de Medusa.
Ya aguardaba yo impaciente la fecha del 1.º de abril cuando la víspera
me escribió mi excelente tío, el mismo que me ha dejado veinte mil
francos de renta, invitándome a pasar el día siguiente, que era festivo,
en su quinta de Enghien.
Como yo no andaba muy al corriente de mis estudios, pasé en vela buena
parte de la noche a fin de encontrarme el lunes al nivel de los demás
compañeros, y ¡claro está! a la mañana siguiente en lugar de levantarme
a las siete, lo hice a las ocho y en vez de partir a las ocho lo hice a
las nueve, por lo que no me fue posible llegar a las diez, como debía,
sino a las once bien dadas, cuando estaban ya acabando de almorzar. Ya
supondrás que el retardo no me quitó el apetito. Me senté, pues, a la
mesa, prometiendo a los demás comensales que pronto los alcanzaría; pero
por más que hice y por bien que jugué mis mandíbulas, no logré impedir
que todos concluyeran antes que yo, y como hacía un día espléndido y
figuraba en el programa un paseo por el lago, me manifestaron que salían
a dar una vuelta mientras yo terminaba de almorzar y concediéronme diez
minutos, asegurándoles yo que aún me sobraría tiempo.
Pero quiso el diablo que me sirviesen el café hirviendo, y entre soplar,
hacer gestos y tomarlo poco a poco, perdí muy cerca de una hora. Por si
algo faltaba, para colmo de desdichas, había en la comitiva un
matemático, uno de esos hombres que por lo ordenados guardan gran
analogía con un cuadrante solar, que supeditan, todos sus actos a su
reloj, tan fijo como el sol. Así que hubieron pasado los diez minutos
que me fueron concedidos, consultó mi hombre su cronómetro y haciendo
notar que yo no había cumplido mi palabra se dirigió a la orilla y dio
comienzo el embarco.
A la sazón salía, yo de la casa, y al ver la jugarreta que iban a
hacerme, eché a correr, llegando al embarcadero en el preciso momento en
que la barca se apartaba de la orilla. Saludáronme las carcajadas de
todos, esto picó mi amor propio, medí con la vista la distancia a que se
hallaba la barca, y viendo que no me separaban de ella más de unos
cuatro pies, salté y... ¡zas!... ¡dí con mi cuerpo en el lago!
--¡Pobre Felipe! Gracias a que sabes nadar como un pez, pues de otro
modo...
--Esa circunstancia me valió--interrumpió Auvray.--Mas, como el agua
estaba helada, volví a la orilla aterido y tiritando de frío, mientras
que el matemático calculaba de seguro, cuántos milímetros me habían
faltado para caer en el bote y evitarme el chapuzón. A consecuencia de
aquel baño intempestivo, tomado en tan malas condiciones, pasé tres días
en la quinta, con una fiebre muy alta. El mismo día en que el médico me
declaró radicalmente curado, obligome mi tío a volver a París sin perder
tiempo, pues mi ausencia podía perjudicarme para los exámenes, y entré
en mi casa a las diez de aquella noche, no sin ir antes a llamar a tu
puerta; pero o tú estabas fuera o te habías acostado. Por cierto que
después he recordado esta circunstancia muchas veces.
--Pero, ¿querrás decirme adonde diablos vas a parar?
--Pronto lo verás. Prosigo. Me metí en la cama respetando tu ausencia,
tu sueño o lo que fuere; dormí como un lirón, y por la mañana me
despertó el piar de los gorriones, cosa que me produjo la ilusión de que
estaba aún en el campo; así, que abrí los ojos creyendo ver el verdor,
las flores y los pájaros y me quedé sorprendido cuando me encontré, con
que desde mi cuarto vi todo eso. Aun vi más, porque al través de los
vidrios y entre rosas y claveles contemplé a la modistilla más linda y
más retrechera que puedas tú imaginarte, distribuyendo comida a varios
pájaros de especie diferentes, que merced sin duda al dulce gobierno de
su dueña, convivían en paz dentro de una misma jaula. Parecía un cuadro
de Mieris. No ignoras tú que los cuadros me gustan con delirio: te
explicarás, pues, perfectamente, que yo me estuviera allí más de una
hora contemplando aquel que me parecía tanto más encantador cuanto que
venía a destruir el efecto que durante dos años me había causado la
odiosa visión de la vieja y el perro. Mientras yo estuve fuera, mi
Fisifona se había largado, cediendo su puesto a la gentil griseta. Sin
pasar de aquel día, decidí enamorarme con locura de mi encantadora
vecina, y no desperdiciar la primera ocasión que se me ofreciera para
declararle mi pasión.
--¡Ah! Ya te veo venir, amigo Felipe--dijo Amaury riendo;--pero ya creía
yo que habías olvidado aquella aventura en la que tuve la desgracia de
ser tu rival, llevándote dos días de delantera.
--Ni mucho menos, Amaury; antes bien, la recuerdo con todos sus detalles
y como tú no conoces éstos, me permitirás que te los cuente para que
sepas hasta dónde llegan tus culpas para con tu amigo Felipe.
--Pero, hombre, ¿habrás sido capaz de venir a provocarme a un duelo
retrospectivo?
--¡Qué disparate! No vengo más que a pedirte un favor, y si te cuento
esa historia es con el fin de que a la amistad inquebrantable que existe
entre nosotros y que debe moverte a prestarme ayuda se sume el deseo de
reparar ciertos agravios.
--Muy bien; pero volvamos a Florencia.
--¿Florencia se llamaba?--preguntó Felipe.--No lo sabía yo. Me gusta
mucho ese nombre, casi tanto como me gustaba ella. Volvamos, pues, a
Florencia. Te decía que tomé dos decisiones a un tiempo, cosa muy
extraña en mí, que apenas sé tomar una. Verdad es que, si alguna vez lo
hago, no hay nadie que persevere más en su propósito ni que siga su
camino tan impertérritamente como yo... ¡Por vida de!... Se me figura
que acabo de soltar un adverbio.
--Tienes perfecto derecho a hacerlo--repuso Amaury con gravedad.
--El primer propósito era el de enamorarme, como un loco, de mi hermosa
vecina--continuó Felipe,--y como era el más factible, lo puse en
práctica aquel mismo día. Consistía el segundo en declararle mi pasión a
la primera oportunidad, y eso ya no era tan fácil; como que era
necesario primeramente encontrar la ocasión y después atreverse a
aprovecharla.
Tres días tuve que estar en constante espionaje; el primero, oculto
detrás de mis cortinas, porque temía asustarla dejándome ver
súbitamente; al otro día ya la contemplé pegado a los cristales, pero
aun no me atreví a abrir mi ventana; al tercero ya la abrí, y observé
gozoso que no la espantaba mi osadía.
Aquella misma tarde la vi echarse sobre los hombros un chal, y
abrocharse las botas. Mi vecina iba a salir, y como eso precisamente era
lo que esperaba ansioso, me preparé a seguirla adondequiera que fuese.
X
Auvray prosiguió:
--Mi plan ya estaba trazado. Tenía que armarme de valor para detenerla y
ofrecerme a compañarla, declarándole por el camino mi pasión, y
explicándole con fuego los estragos que en mi pobre corazón habían hecho
en tres días su nariz arremangada y su graciosa sonrisa. Tomé, pues, el
bastón, el sombrero y el gabán y en cuatro brincos me planté en la
calle, sin que me fuera dable evitar, a pesar de mi presteza, que ella
ya me llevase unos treinta pasos de delantera. Me lancé como una flecha
en seguimiento suyo, y poco a poco logré acortar la distancia. En la
esquina de la calle de San Jaime, llevaba yo ganados diez pasos; en la
calle de Racine eran ya veinte, y después de atravesar un patio,
emprendió la ascensión por una escalera, cuyos últimos escalones
alcanzaban a verse desde la calle. Pasome por la mente la idea de
aguardarla en el patio, pero la deseché pronto, considerando que el
portero, que a la sazón estaba barriendo me preguntaría adónde iba y yo
no sabría responderle ni siquiera explicarle a quién seguía, puesto que
ignoraba el nombre de la joven. Hube, pues, de contentarme con esperar
paseando por la acera de enfrente como pudiera hacerlo un centinela, y
he de confesar que si alguna afición hubiera tenido yo a la guardia
nacional la habría perdido entonces.
Así pasó una hora, y otra, y otra más, y mi griseta no se dejaba ver por
parte alguna.
--¿Será que la habré espantado?--me pregunté.
A todo esto se acercaba ya la noche y yo, mísero de mí, no disponía del
poder de Josué para detener el sol a mi placer. De repente, a la escasa
luz del farol que alumbraba la escalera, alcancé a ver el vestido de mi
fugitiva, pero ésta no iba sola, pues también vi la capa de un hombre
que bajaba en su compañía.
--¿Será su amante? ¿Será su hermano?--pensé.
Muy bien podía ser lo primero, pero tampoco era descabellado suponer que
fuera lo segundo, y recordando a la sazón la famosa máxima del sabio:
«En la duda abstente», yo me abstuve. Los dos pasaron junto a mí sin
verme, pues la oscuridad no podía ser más densa.
Aquel acontecimiento me hizo cambiar de plan. Así como así, en mi fuero
intento, renegaba de mi pusilanimidad, temiendo que en el instante en
que hubiera de dirigirle la palabra me abandonara el valor de que venía
haciendo tan gran acopio, y, por lo tanto, juzgué que era mejor
declararme por escrito.
Y así como lo pensé lo hice en seguida; apenas llegué a casa, sentome
ante mi mesa, pluma en ristre. Pero trazar una epístola amorosa de la
que dependía el juicio que yo iba a merecer a mi vecina y, por lo tanto,
la mayor o menor rapidez con que yo debía captarme su voluntad, no era
empresa muy fácil que digamos. Además, era la primera vez que yo me
metía en tales aventuras. Así, me pasé hasta la madrugada trazando una
serie de borradores que al releerlos luego me parecieron detestables. A
la mañana siguiente hice unos cuantos más, y por fin adopté este último
ensayo.
Y al decir esto Auvray, sacó su cartera y de ella un papel que desdobló
y leyó en voz alta. He aquí lo que decía aquella carta:
«Señorita:
»Verla a usted es adorarla; yo la he visto y la adoro. Por las mañanas
la veo distribuyendo el alimento a sus pájaros, demasiado dichosos,
porque les da de comer una mano tan linda; la veo regar sus rosas, menos
rosadas que sus mejillas, y sus claveles, que no tienen la fragancia de
su aliento, y aquellos breves instantes bastan para llenar mis días de
ilusiones y mis noches de ensueños.
»Señorita, usted no me conoce y yo ignoro también quién es usted, pero
me basta vislumbrarla un segundo para juzgar que bajo tan seductora
apariencia se oculta un alma llena de pasión y de ternura. Su espíritu
no puede menos de ser tan poético como su hermosura y sus sueños son de
fijo tan dulces como sus miradas. ¡Feliz aquél que pueda dar realidad a
esas encantadoras ilusiones! ¡Triste de quien se atreva a destruir tan
dulces quimeras!»
--¿Qué te parece? ¿Verdad que logré imitar perfectamente en ese borrador
el estilo de la época?--preguntó Felipe con visible satisfacción de sí
mismo.
--Lo mismo iba yo a decirte: pero he recordado a tiempo que no te debía,
interrumpir--contestó Amaury.
Auvray continuó:
«Ya ve usted señorita, que la conozco. ¿Y a usted, jamás le ha dicho su
instinto de mujer que muy cerca de usted, en la casa de enfrente, había
un joven que poseyendo algunos bienes, vive solo y aislado y necesita un
corazón amante y cariñoso que sepa comprenderle? ¿No ha adivinado usted
que aquí había un hombre capaz de dar su sangre, su vida, y su alma al
ángel que bajase del Cielo para llenar el vacío de su triste existencia,
y cuyo amor no sería un capricho profano y ridículo, sino una adoración
eterna? Señorita, si usted no me ha visto, ¿por qué no me habrá siquiera
presentido?»
Volvió a detenerse Felipe para mirar a Amaury, como pidiéndole su
opinión sobre este segundo período de la carta.
Leoville hizo un gesto de aquiescencia, y Auvray prosiguió:
«Perdone usted, señorita, si no he sabido resistir al ardiente deseo de
declararle la volcánica pasión que su sola presencia me ha inspirado:
perdone mi atrevimiento, pero no podía menos de revelarle este amor que
de hoy más habrá de llenar mi vida. No le ofenda la ingenua sencillez de
quien le profesa tanto amor como respeto y si quiere creer en la
sinceridad de este pobre corazón que ya es suyo por entero, permítame
que le manifieste de palabra toda la ternura y veneración que siento por
usted.
»Por favor, señorita, déjeme ver de cerca a mi ídolo. No pido que me
conteste, no me atrevo a exigir tanto; pero será suficiente una palabra,
una seña, un ademán, la más leve indicación para que yo vuele a sus
pies, y pase a su lado la existencia.
»_Felipe Auvray._
»Calle de San Nicolás, 5.º piso. Hay una pata de liebre en el cordón de
la campanilla.»
--¿Has comprendido, Amaury? No le pedía respuesta, porque no me juzgase
muy osado; pero le daba las señas de mi habitación por si se compadecía
de mí y me contestaba sin pedirle yo que lo hiciese.
--No era mala precaución--repuso Amaury.
--No, no era mala, pero en cambio era excusada, amigo Amaury. Concluida
la apasionada epístola, no faltaba otra cosa que llevarla a su destino:
pero, ¿cómo iba a hacerla llegar a manos de mi vecina?... ¿Valiéndome
del correo? No conocía el nombre de mi deidad. ¿Comisionando al portero
para que se la entregase mediante una propina de tres francos? Yo no
fiaba mucho en ese medio porque había oído hablar muchas veces que hay
porteros incorruptibles. ¿La enviaría por un demandadero? Este medio me
resultaba prosaico y hasta un tanto peligroso, pues podía suceder
perfectamente que encontrase allí al hermano, es decir, al individuo
aquel que la acompañaba la noche en que la seguí, y que en medio de mi
ilusión, creía yo que no podía ser más que su hermano. Costábame trabajo
el resignarme a creer que fuese un amante.
Pensé contarte entonces mi aventura, pero me arrepentí en el acto porque
se me ocurrió que tú, como más experto que yo en lides de amor, te
burlarías de mis perplejidades. En suma, paralizado por ellas, tuve tres
días la carta cerrada sobre mi mesa sin saber qué hacer con ella. Por
fin, cuando ya anochecía el tercero y mientras yo entristecido por su
ausencia, pues había salido aquella tarde, contemplaba su habitación
desierta, vi desprenderse de sus rosales una hoja que empujada por el
viento cayó revoloteando hasta la calle.
La manzana que a Newton le cayó en la nariz, fue para el sabio una
revelación de la gravitación universal. Del mismo modo una hoja flotando
a merced del viento, me reveló a mí el medio de correspondencia que
debía emplear. Envolví con la carta el primer objeto pesado que hallé a
mano, y lo tiré con habilidad a la habitación de mi vecina, hecho lo
cual y asombrado de mí mismo por este rasgo de audacia, cerré
prestamente la ventana y aguardé temblando por las consecuencias que
podía tener el acto de osadía perpetrado, porque si mi vecina regresaba
con su hermano, y éste leía la carta, quedaría muy comprometida la
infeliz muchacha.
Oculto tras de las cortinas, y con el corazón lleno de angustia, esperé
su vuelta. De pronto vi que entraba, y al advertir que no le acompañaba
nadie, respiré con libertad. Ligera y juguetona como siempre, recorrió
en todos sentidos su aposento sin tropezar con mi carta, hasta que por
último quiso la casualidad que pusiera el pie encima. Entonces se
inclinó para recogerla.
Yo estaba en ascuas. Latía mi corazón con violencia inusitada y
comparábame con la Lauzun, Richelieu y Lovelace.
Como ya te he dicho antes, comenzaba a anochecer. Mi vecina se acercó a
la ventana como queriendo averiguar de dónde podían haber arrojado la
misiva, y luego se dispuso a leerla. Entonces creí llegada la ocasión de
darme a ver, y a mi vez me asomé yo a mi ventana. Al oír el ruido que
hice al abrirla, volviose mi vecina y paseó su mirada con cierto asombro
no exento de curiosidad, de la carta a mi persona y de ésta a la carta.
Con elocuente mímica supe indicarle que era yo su autor, y cruzando las
manos, le rogué que la leyera.
Quedó perpleja un instante, mas se decidió muy pronto.
--¿A qué?
--A leerla, hombre, a leerla.
Comenzó por abrir la carta con la punta de los dedos; me miró sonriendo,
leyó unas cuantas líneas, volvió a sonreír, y por último, aumentando su
jovialidad, prorrumpió en una franca carcajada que a mí me dejó
desconcertada. Con todo, como acabó de leer la carta de cabo a rabo, ya
iba yo recobrando una ligera esperanza, cuando súbitamente vi que la
rasgaba. Estuve a punto de gritar, pero en seguida pensó que quizás
tomaba tal precaución por miedo a que la carta cayese en manos de su
hermano. Entonces juzgué que obraba bien y hasta aplaudí su idea por más
que se me antojaba que era demasiado cruel el encarnizamiento con que se
cebaba en mi desventurada epístola. Que la hubiese roto en cuatro
pedazos, pase; en ocho, aún podía tolerarse; pero que la rasgase en y
diez y seis, en treinta y dos, en sesenta y cuatro, que la redujese a
imperceptibles trozos, era ya refinamiento, y convertirla en un puñado
de átomos, era dar muestra de insigne perversidad.
Y es el casó que así lo hizo, y sólo cuando por ser ya los fragmentos
muy pequeños le fue imposible hacer una nueva división, abrió la mano, y
envolvió a los transeúntes en aquella nevada intempestiva; hecho esto
volvió a reírse en mis barbas y cerró la ventana, mientras una importuna
ráfaga de viento me traía un fragmento de mi carta y una muestra con él
de mi elocuencia. ¿A qué no imaginas cuál era? ¡Pues nada menos que
aquel que contenía la palabra _ridículo_!
Sentí que la furia me cegaba; pero, como al fin y a la postre ninguna
culpa tenía ella de este último incidente, únicamente achacable al
viento inoportuno, cerré también mi ventana con dignidad, y me puse a
discurrir, buscando el medio de vencer aquella, resistencia desusada en
la honorable corporación de las grisetas.