Para Amaury la velada que acabamos de describir, tuvo su continuación en
los deliciosos sueños que ocuparon su imaginación aquella noche.
Así, por la mañana despertó en la mejor disposición de ánimo para
recibir a su amigo Felipe, que no tardó en presentarse.
Cuando Germán entró anunciando su visita, recordó Amaury que dos días
antes había estado Auvray a verle para pedirle un favor y que no
encontrándose dispuesto a pensar en otra cosa que en los asuntos que a
él le preocupaban, había diferido para otro día aquella conferencia.
Felipe volvía con la perseverancia que formaba parte de su carácter, a
preguntar a Amaury si podía al fin oírle.
Leoville, que aquel día habría contribuido de buen grado a hacer dichoso
a todo el mundo, ordenó que le hiciesen entrar en seguida y le recibió
sonriente. Felipe, en cambio, entró muy serio y con aire grave y
acompasado. Aún cuando era muy temprano, pues no habían dado las nueve,
vestía de rigurosa etiqueta.
Permaneció de pie, hasta que el criado hubo salido, y luego con solemne
ademán preguntó a su amigo:
--¿Vengo en mejor ocasión que anteayer? ¿Estás hoy dispuesto a
concederme una audiencia?
--Amigo Felipe--contestó Amaury,--no me guardes rencor por esta pequeña
dilación; harías muy mal en ello, pues ya pudiste advertir el otro día
que no estaba yo para escuchar confidencias. Hoy sí que vienes en
ocasión muy oportuna. Por lo tanto, siéntate y dime qué asunto es ese
que hace que vengas tan serio, tan estirado y tan correcto.
Auvray sonrió con satisfacción, y luego haciendo un gesto teatral, como
actor que se prepara para declamar un largo parlamento, dijo:
--Suplícote no olvides que soy abogado, lo cual quiere decir que debes
escucharme con paciencia, sin interrumpirme ni replicar hasta el fin de
mi discurso. Desde luego te prometo que éste no pasará de un cuarto de
hora.
--Convenido--dijo riendo Amaury,--pero ten mucho cuidado, porque te
escucharé reloj en mano. Mira: señala en este momento las nueve y diez
minutos.
Felipe sacó también el suyo, comparó los dos cronómetros con cómica
gravedad, que era habitual en él, y repuso:
--Tu reloj adelanta cinco minutos.
--O los atrasa el tuyo. Ya te he dicho muchas veces que me pareces tú
aquel hombre de quien se dice que vino al mundo con un día de retraso, y
en toda su vida no pudo ya recobrarlo.
--Ya lo sé. Sí; ésa es mi costumbre, hija de la maldita irresolución
propia de mi carácter, que me hace titubear sin resolverme a hacer una
cosa hasta que los demás ya la han hecho; de dónde resulta que en todos
mis asuntos cualquiera me gana siempre por la mano. Pero en esta ocasión
confío, _Deo volente_, en llegar con oportunidad al fin que me propongo.
--Pues si pierdes el tiempo perorando inútilmente no será nada extraño
que haya quién lo aproveche y tú te quedes rezagado como siempre.
--Si así sucede la culpa será tuya, porque yo te he suplicado que no me
interrumpas y no parece sino que te ha faltado tiempo para hacerlo.
--Está bien. Habla, pues; ya te escucho. Veamos qué es lo que tienes que
contarme.
--Se trata de una historia que tú conoces tan bien como yo; pero debo
forzosamente empezar por recordártela para llegar a mi objeto.
--¡A ver si vamos a representar ahora la escena de Augusto y Cinna!
¡Tendría gracia! ¿Te imaginas que conspiro?
--¡Vaya! Ya me has interrumpido dos veces, a pesar de haberme empeñado
tu palabra. Después te quejarás de que mi discurso ha durado más de lo
convenido, y te creerás con derecho para hacerme objeto de tus
reproches.
--No temas, Felipe; me acordaré de que eres abogado.
--Ea, dejémonos de bromas y hablemos en serio porque el asunto es grave.
--¡Muy bien! Mírame--repuso Amaury, afirmando los codos sobre el lecho
con seriedad afectada.--¿Qué te parece? ¿Estoy bien de este modo? Pues
yo te juro que no haré ni un movimiento mientras tu hables... Conque,
empieza cuando quieras.
--Escúchame, Amaury--dijo Felipe.--¿Te acuerdas del primer curso de
leyes que estudiamos juntos? Salíamos de clase abarrotados de filosofía,
sabios como Sócrates y sensatos como Aristóteles. El corazón de Hipólito
habría envidiado al nuestro pues si nosotros amábamos a alguna Aricia,
no era más que en sueños, y así en los exámenes hubo tres bolas blancas,
símbolos de nuestra inocencia, que recompensaron nuestra aplicación y
que colmaron de alegría a nuestra familia. De mí, yo sé decir que,
emocionado por las alabanzas de mis profesores y las muestras de cariño
de mis padres, había hecho ya nada menos que un propósito firme de morir
envuelto en virginal vestidura, lo mismo que San Anselmo; pero no
contaba con el diablo, con el mes de abril, y con mis diez y ocho años,
que habían de dar al traste con mi buena intención. En suma, que muy
pronto cayó por tierra mi plan al choque de una violenta contrariedad.
Yo hasta entonces había visto siempre ante mis ventanas otras dos en las
que de vez en cuando aparecía el rostro avinagrado de una vieja fea y
gruñona, verdadero tipo de clásica dueña española que parecía vivir sin
otra compañía que un perro tan asqueroso como ella; por lo menos nunca
vi asomarse a las ventanas, exceptuando a la vieja, otro ser viviente
que aquel animalito, el cual, cuando por casualidad su dueña abría la
ventana, corría a poner las patas sobre el alféizar y me miraba con ojos
curiosos al través de su pelaje ensortijado por el fango. El perro y la
vieja me inspiraban horror, e indudablemente, el tener yo siempre
cerrada herméticamente mi ventana para no verlos, fue la causa principal
de que yo obtuviese al terminar el curso un resultado tan brillante en
la carrera de los Cuyacios y los Delvincourt.
Pero ¡ay! un día, allá a principios de marzo, vi con júbilo una plancha
en la cual había escritas estas consoladoras palabras: