Los primeros planes que ideé se resintieron, como es natural, del estado
de exaltación en que me encontraba yo; así, no se me ocurrieron más que
feroces combinaciones y proyectos tan locos como salvajes, mientras
pasaba revista en mi memoria a todas las catástrofes amorosas ocurridas
en el mundo desde Otelo hasta Ansony.
Pero antes de adoptar ningún plan definitivo decidí acostarme con el fin
de que el sueño amansase mi furor, teniendo por bueno aquel proverbio
que dice que «la noche es buena consejera». Y así debe ser en efecto,
porque al otro día me levanté completamente tranquilo; aquellos planes
sanguinarios de la víspera, se habían trocado en resoluciones mucho más
parlamentarias, y yo me resolví a aguardar la noche para llamar a su
puerta, y una vez que me abriese arrojarme a sus pies, y repetirle
verbalmente lo que ya le había dicho en mi carta. Si rechazaba mi amor,
estando con ella a solas, siempre tenía el recurso de apelar a los
medios más violentos. No podía ser este plan más atrevido; pero en
cambio su autor lo era bien poco.
Dispuesto a ponerlo en práctica aquella noche, llegué valientemente
hasta el pie de la escalera, pero de allí no pasé. A la noche siguiente,
subí hasta el segundo piso; pero allí me detuvo mi falta de decisión. A
la tercera llegué hasta el rellano de su propio piso, pero me quedé
delante de su puerta, sin atreverme a llamar. Me pasaba a mí lo mismo
que a Querubín: _No me atrevía a atreverme._
Pero a la cuarta noche, juré acabar de una vez y no ser por más tiempo
tan necio y tan cobarde. Entré en un café, tomé hasta seis tazas de este
brebaje, y reanimado mi valor por aquellos tres francos de energía, subí
sin retenerme los tres pisos, y con mano temblorosa y febril ademán, sin
querer pensar en nada por miedo de arrepentirme, tiré del cordón de la
campanilla, cuyo sonido me heló la sangre en las venas.
Diéronme entonces tentaciones de echar a correr, pero me quedé como
clavado en el suelo, retenido allí por mi propio juramento. No tardé en
oír pasos... Alguien abrió... Lancéme al interior de una habitación
oscura como boca de lobo, abrí una puerta por cuyos intersticios se
filtraba la luz y exclamé con acento de resolución suprema:
--¡Señorita!
Pero en el acto, me sentí asido por una mano varonil que me puso delante
de mi hermosa vecina, y mientras ésta se levantaba de su asiento
haciendo un mohín lleno de gracia, mi amigo Aumary, le dijo:
--Vida mía, tengo el gusto de presentarte a mi amigo, Felipe Auvray. Es
vecino tuyo y hace tiempo que desea conocerte.
Ya conoces el resto de la aventura. Pasé allí diez minutos, sin lograr
reponerme de mi aturdimiento, y abrumado al fin por el peso del ridículo
balbuceé algunas excusas y me retiré acompañado por las carcajadas de
Florencia que no pudo contener la hilaridad al ofrecerme su casa.
--¿Y a qué viene el recordar ahora tales cosas? A raíz de aquel suceso,
me pusiste mala cara, y tardó bastante en pasársete el enfado; pero creí
que ya me habías perdonado, en gracia a que tú mismo tuviste la culpa de
lo que te pasó entonces.
--De sobra lo sé y nunca te guardé rencor por ello. Pero debes reconocer
que esas cosas no sirven de gusto a nadie, y como tú, queriendo
resarcirme en cierto modo de la amarga impresión que dejó en mi ánimo la
desdichada aventura te opusiste a presentarme a tu tutor y contrajiste
solemne compromiso de hacerme en adelante cuantos favores pudieses, he
creído conveniente recordarte tu crimen para recordarte tu promesa, ya
que hoy necesito que me ayudes.
--Habla, Felipe--dijo Amaury, pugnando por contener la risa.--Estoy
arrepentido de mi culpa, tengo en cuenta el compromiso y aguardo la
ocasión de expiar aquel pecado... involuntario.
--Bueno. Sabe, pues, que ha llegado el momento--dijo Felipe con
gravedad.--Amaury: estoy enamorado.
--¡Diablo! ¿Lo dices en serio?
--Sí; y esta vez no es un amor pasajero, sino una afección honda y
duradera que llenará mi vida.
Amaury se sonrió, pensando en Antoñita.
--¿Y de seguro quieres pedirme que te sirva de intérprete cerca de tu
ídolo? ¡Desdichado! Me haces temblar... Pero prosigue. ¿Cómo te has
enamorado? ¿y de quién?...
--Ya no se trata de una modistilla cuyo amor se busca por capricho, sino
de una señorita de noble alcurnia a la que sólo puedo unirme en
matrimonio. Mucho he titubeado en decírtelo a ti, que eres mi mejor
amigo, pero al fin tenía que hacerlo y he creído llegado el momento
oportuno. No poseo títulos de nobleza, pero tampoco soy de origen
oscuro, pues pertenezco a una familia distinguida; hace poco heredé de
mi buen tío veinte mil francos de renta y su quinta de Enghien, y estas
circunstancias me animan a decirte a ti, que más que amigo eres para mí
un hermano y además estás propicio a darme reparación de las pasadas
ofensas: «Amaury, ¿quieres pedir en mi nombre a tu tutor la mano de su
hija Magdalena?
--¡Cómo! ¿qué es lo que dices?--exclamó Amaury, con la estupefacción
pintada en el semblante.
--Digo--respondió Felipe sin abandonar su aire solemne,--que suplico a
mi amigo y hermano Amaury, recordándole sus compromisos, que pida para
mí la mano de...
--¿De Magdalena?
--Si.
--¿De Magdalena de Avrigny?
--Sí; de la hija de tu tutor.
--Pero ¿no estabas enamorado de Antoñita?
--¿Yo? ¡Ca, hombre!
--Así, pues, ¿amas a Magdalena?
--¡Claro está! Por eso vengo a pedirte...
--¡Calla, desgraciado! ¡Está de Dios que siempre llegues tarde! Yo
también la amo.
--¿Qué dices? ¿Que tú la amas?
--Sí, y es el caso...
--¿Qué?...
--Que ayer mismo pedí y obtuve su mano.
--¿La mano de Magdalena?
--Sí: la mano de Magdalena.
Felipe se llevó las manos a las sienes como temiendo que su cabeza
estallara; luego, aturdido, sin darse cuenta de sus actos, se levantó
vacilante, tomó maquinalmente el sombrero y con paso de autómata salió
sin despegar ya los labios, como si aquel golpe le hubiese dejado mudo.
Amaury, compadecido de su amigo, estuvo tentado a correr tras él para
detenerle y prodígarle consuelos; pero en aquel instante oyó las diez y
se acordó de que a las once le esperaba Magdalena.