XI

Los primeros planes que ideé se resintieron, como es natural, del estado

de exaltación en que me encontraba yo; así, no se me ocurrieron más que

feroces combinaciones y proyectos tan locos como salvajes, mientras

pasaba revista en mi memoria a todas las catástrofes amorosas ocurridas

en el mundo desde Otelo hasta Ansony.

Pero antes de adoptar ningún plan definitivo decidí acostarme con el fin

de que el sueño amansase mi furor, teniendo por bueno aquel proverbio

que dice que «la noche es buena consejera». Y así debe ser en efecto,

porque al otro día me levanté completamente tranquilo; aquellos planes

sanguinarios de la víspera, se habían trocado en resoluciones mucho más

parlamentarias, y yo me resolví a aguardar la noche para llamar a su

puerta, y una vez que me abriese arrojarme a sus pies, y repetirle

verbalmente lo que ya le había dicho en mi carta. Si rechazaba mi amor,

estando con ella a solas, siempre tenía el recurso de apelar a los

medios más violentos. No podía ser este plan más atrevido; pero en

cambio su autor lo era bien poco.

Dispuesto a ponerlo en práctica aquella noche, llegué valientemente

hasta el pie de la escalera, pero de allí no pasé. A la noche siguiente,

subí hasta el segundo piso; pero allí me detuvo mi falta de decisión. A

la tercera llegué hasta el rellano de su propio piso, pero me quedé

delante de su puerta, sin atreverme a llamar. Me pasaba a mí lo mismo

que a Querubín: _No me atrevía a atreverme._

Pero a la cuarta noche, juré acabar de una vez y no ser por más tiempo

tan necio y tan cobarde. Entré en un café, tomé hasta seis tazas de este

brebaje, y reanimado mi valor por aquellos tres francos de energía, subí

sin retenerme los tres pisos, y con mano temblorosa y febril ademán, sin

querer pensar en nada por miedo de arrepentirme, tiré del cordón de la

campanilla, cuyo sonido me heló la sangre en las venas.

Diéronme entonces tentaciones de echar a correr, pero me quedé como

clavado en el suelo, retenido allí por mi propio juramento. No tardé en

oír pasos... Alguien abrió... Lancéme al interior de una habitación

oscura como boca de lobo, abrí una puerta por cuyos intersticios se

filtraba la luz y exclamé con acento de resolución suprema:

--¡Señorita!

Pero en el acto, me sentí asido por una mano varonil que me puso delante

de mi hermosa vecina, y mientras ésta se levantaba de su asiento

haciendo un mohín lleno de gracia, mi amigo Aumary, le dijo:

--Vida mía, tengo el gusto de presentarte a mi amigo, Felipe Auvray. Es

vecino tuyo y hace tiempo que desea conocerte.

Ya conoces el resto de la aventura. Pasé allí diez minutos, sin lograr

reponerme de mi aturdimiento, y abrumado al fin por el peso del ridículo

balbuceé algunas excusas y me retiré acompañado por las carcajadas de

Florencia que no pudo contener la hilaridad al ofrecerme su casa.

--¿Y a qué viene el recordar ahora tales cosas? A raíz de aquel suceso,

me pusiste mala cara, y tardó bastante en pasársete el enfado; pero creí

que ya me habías perdonado, en gracia a que tú mismo tuviste la culpa de

lo que te pasó entonces.

--De sobra lo sé y nunca te guardé rencor por ello. Pero debes reconocer

que esas cosas no sirven de gusto a nadie, y como tú, queriendo

resarcirme en cierto modo de la amarga impresión que dejó en mi ánimo la

desdichada aventura te opusiste a presentarme a tu tutor y contrajiste

solemne compromiso de hacerme en adelante cuantos favores pudieses, he

creído conveniente recordarte tu crimen para recordarte tu promesa, ya

que hoy necesito que me ayudes.

--Habla, Felipe--dijo Amaury, pugnando por contener la risa.--Estoy

arrepentido de mi culpa, tengo en cuenta el compromiso y aguardo la

ocasión de expiar aquel pecado... involuntario.

--Bueno. Sabe, pues, que ha llegado el momento--dijo Felipe con

gravedad.--Amaury: estoy enamorado.

--¡Diablo! ¿Lo dices en serio?

--Sí; y esta vez no es un amor pasajero, sino una afección honda y

duradera que llenará mi vida.

Amaury se sonrió, pensando en Antoñita.

--¿Y de seguro quieres pedirme que te sirva de intérprete cerca de tu

ídolo? ¡Desdichado! Me haces temblar... Pero prosigue. ¿Cómo te has

enamorado? ¿y de quién?...

--Ya no se trata de una modistilla cuyo amor se busca por capricho, sino

de una señorita de noble alcurnia a la que sólo puedo unirme en

matrimonio. Mucho he titubeado en decírtelo a ti, que eres mi mejor

amigo, pero al fin tenía que hacerlo y he creído llegado el momento

oportuno. No poseo títulos de nobleza, pero tampoco soy de origen

oscuro, pues pertenezco a una familia distinguida; hace poco heredé de

mi buen tío veinte mil francos de renta y su quinta de Enghien, y estas

circunstancias me animan a decirte a ti, que más que amigo eres para mí

un hermano y además estás propicio a darme reparación de las pasadas

ofensas: «Amaury, ¿quieres pedir en mi nombre a tu tutor la mano de su

hija Magdalena?

--¡Cómo! ¿qué es lo que dices?--exclamó Amaury, con la estupefacción

pintada en el semblante.

--Digo--respondió Felipe sin abandonar su aire solemne,--que suplico a

mi amigo y hermano Amaury, recordándole sus compromisos, que pida para

mí la mano de...

--¿De Magdalena?

--Si.

--¿De Magdalena de Avrigny?

--Sí; de la hija de tu tutor.

--Pero ¿no estabas enamorado de Antoñita?

--¿Yo? ¡Ca, hombre!

--Así, pues, ¿amas a Magdalena?

--¡Claro está! Por eso vengo a pedirte...

--¡Calla, desgraciado! ¡Está de Dios que siempre llegues tarde! Yo

también la amo.

--¿Qué dices? ¿Que tú la amas?

--Sí, y es el caso...

--¿Qué?...

--Que ayer mismo pedí y obtuve su mano.

--¿La mano de Magdalena?

--Sí: la mano de Magdalena.

Felipe se llevó las manos a las sienes como temiendo que su cabeza

estallara; luego, aturdido, sin darse cuenta de sus actos, se levantó

vacilante, tomó maquinalmente el sombrero y con paso de autómata salió

sin despegar ya los labios, como si aquel golpe le hubiese dejado mudo.

Amaury, compadecido de su amigo, estuvo tentado a correr tras él para

detenerle y prodígarle consuelos; pero en aquel instante oyó las diez y

se acordó de que a las once le esperaba Magdalena.

Amaury · 第 15 / 90 题