Pero la joven estaba a la sazón en el jardín, adonde había bajado,
dejando sola a Antoñita, y ante ésta, se encontró Amaury cuando entró en
la vasta pieza.
Antonia hizo ademán de retirarse en el acto, pero comprendiendo que, si
se marchaba de aquel modo, parecía rehuir la presencia de Leoville como
si se sintiese pesarosa de su dicha, se detuvo y volviendo la cabeza le
dijo, sonriendo de un modo encantador:
--¿Es usted feliz ya, Amaury?
--¡Mucho, Antoñita! Aunque me había dejado usted adivinar algo esta
mañana, no podía yo sospechar en modo alguno la realidad. ¿Y
usted?--agregó, acompañándola hasta su asiento. Dígame: ¿Cuándo podré
felicitarla yo a usted?
--¿Felicitarme a mí? ¿De dónde saca usted que pueda ocurrir tal cosa?
¿Es posible que llegue nunca ese caso?
--Sí, Antoñita; casándose usted. Ni su linaje, ni su edad, ni su figura
dan motivo para suponer ni por asomo que pueda usted quedarse para
vestir imágenes.
--Pues oiga usted lo que voy a decirle ahora, en este momento cuya
solemnidad dará suficiente valor a mis palabras para que queden por
siempre grabadas en su memoria: No me casaré jamás.
Y al pronunciar Antoñita estas palabras era su acento tan grave y
revelaba tal resolución, que Amaury quedó asombrado al oírla.
--¡Vaya! ¡vaya!--exclamó procurando tomar en broma la afirmación de
Antoñita.--¡A otro perro con ese hueso! ¿Va usted a decirme eso a mí que
conozco tanto al feliz mortal que habrá de hacerle mudar de intención?
--¡Oh! ¡Ya sé, ya, adónde quiere usted ir a parar!--repuso Antonia con
melancólica sonrisa,--pero se equivoca usted Amaury; esa persona a que
se refiere no ha puesto nunca en mí sus ojos ni ha pensado en mí para
nada. No hay nadie que pretenda a una huérfana que carece de bienes de
fortuna, y yo, si he de serle franca, tampoco amo a ningún hombre...
--Ahora es usted quien se engaña--replicó Amaury,--pues no puede usted
ser pobre, siendo la sobrina, del doctor Avrigny, y la hermana de
Magdalena. Cuenta usted, Antonia, con doscientos mil francos de dote, y
en estos tiempos, ese capital, representa, muchas veces, el triple de la
fortuna de las hijas de algunos pares de Francia.
--No ignoro yo que mi tío tiene un corazón muy noble, y no necesitaba
esta prueba para convencerme de ello; pero por eso mismo no hay razón
alguna para que yo pague con ingratitud sus beneficios. Mi tío quedará
solo, y cuando esto ocurra no me separaré de su lado mientras él me lo
permita. Después, mi destino futuro está en Dios.
Con tal convicción se expresaba Antoñita, que Amaury comprendió que por
el momento, al menos, era inútil hacer ninguna objeción; así, que se
limitó a estrecharle la mano en silencio, con ternura, porque amaba a
Antoñita con cariño de hermano. Pero la joven retiró la mano con
rapidez, y Amaury volvió la cabeza, sospechando que algún motivo debía
tener para ello.
Entonces vio a Magdalena que estaba contemplándoles, tan pálida como la
rosa blanca que acababa de cortar en el jardín, y que con infantil
coquetería lucía en los cabellos.
Leoville corrió hacia ella y le preguntó en voz baja:
--¿Qué te pasa, Magdalena? ¿Estás indispuesta? ¿Qué tienes?
--No me pasa nada, Amaury--respondió la pobre niña.--Me encuentro bien:
quien debe estar indispuesta es Antoñita; mira qué triste parece.
--Sí, está triste, precisamente yo le preguntaba ahora la causa de esa
tristeza... ¿Sabes cuál es?... Dice que nunca se casará. ¿Será que está
enamorada?
--Sí--respondió Magdalena de un modo singular;--creo que has acertado.
Pero dejemos esto y acerquémonos a ella, pues nuestras conversaciones en
voz baja, le causan gran pesadumbre.
Efectivamente, Antoñita parecía estar inquieta, como si fuese presa de
una viva desazón. Aproximáronse a ella, mas no lograron que se sentase
de nuevo. Dijo que tenía que escribir una carta, y se retiró a su
cuarto.
Así que hubo salido del salón, respiró Magdalena con más libertad, y
volvieron ella y Amaury a forjarse nuevos planes. Proyectaron largos
viajes por Italia, y en medio de sus protestas de amor no menos nuevas
por ser siempre repetidas, prometiéronse prolongar aquellos dulces
coloquios durante toda su vida.
De este modo sorprendioles la noche cuando ellos imaginaban no haber
pasado juntos sino muy pocos instantes.
De su arrobamiento vinieron a sacarles Antonia y el doctor que
aparecieron cada uno por su lado y se acercaron a ellos sonriendo.
Amaury estaba, de nuevo a los pies de su amada, pero esta vez Avrigny,
lejos de irritarse como la víspera, le indicó que no se moviese y tras
de contemplar un momento aquel hermoso grupo, les tendió sus manos,
exclamando:
--¡Hijos míos!
Antoñita, por su parte, ya fuese debido a su fuerza de voluntad o a
versatilidad de humor, estuvo como nunca, encantadora, haciendo gala de
su jovialidad y de su gracia. Quizás un frío observador habría
considerado algo febril aquella animación y algo aparente aquella franca
alegría.
Los dos novios, absorbidos en sus propios sentimientos, no tenían tiempo
para analizar los ajenos. Sólo de vez en cuando Magdalena hacía
recordar a Amaury, tocándole en el codo, que estaban en presencia de su
padre. Entonces la conversación se hacía general, no siendo ella la que
menos ponía de, su parte en tal empeño; pero pronto triunfaba el
sentimiento predominante, dando motivo al doctor para evaluar con
amargura el sacrificio que había hecho al otorgarle la limosna de una
caricia, de una mirada, o de una simple palabra.
No tuvo valor para ver cómo le escatimaba su amor filial y apenas dieron
las nueve pretextó la fatiga de la víspera para retirarse a descansar
dejando en su lugar a la señora Braun.
Pero antes de marcharse, al dar a su hija el beso de despedida,
apoderose de una de sus manos y le tomó disimuladamente el pulso. Una
ráfaga de indecible alegría, iluminó en el acto el contraído semblante
del doctor. El pulso era normal; circulaba la sangre con regularidad
perfecta; la arteria no denunciaba la más leve agitación y los hermosos
ojos de Magdalena no brillaban ya con el fulgor de la fiebre, sino con
el resplandor de la felicidad.
Volviose Avrigny hacia Amaury, y estrechándole en sus brazos le deslizó
al oído estas palabras:
--¡Si tú pudieras salvarla!...
Y gozoso casi en igual medida que los novios se dirigió a su despacho
para trasladar a su diario las impresiones de aquel día, uno de los más
memorables de su vida.
No tardó en retirarse Antoñita, cuya desaparición no advirtieron ni
Amaury ni Magdalena, y aun podría asegurarse que ambos la creían
presente cuando al dar las once se les acercó la señora Braun, para
recordar a Magdalena que su padre no permitía que se acostase más
tarde.
Hubieron, pues, de separarse por fuerza, no sin hacerse las más tiernas
promesas para el día siguiente.
Al volver Amaury a casa, se conceptuaba el más dichoso de los mortales.
Había pasado un día de felicidad completa, de esos que hacen época en la
existencia de un hombre; uno de esos días que no son oscurecidos por la
más ligera nube, y en que todos los accidentes de la vida ordinaria
confúndense de un modo armónico lo mismo que los detalles de un
magnífico paisaje se confunden con el cielo.
Ni una leve ondulación había turbado la tranquila superficie del lago de
aquel día, ni una sombra había venido a oscuraecer los perdurables
recuerdos que debía dejar en su memoria.
Leoville entró en su casa, casi asustado de tanta dicha, tratando
vanamente de adivinar de dónde podría venir la primera nube capaz de
empañar el cielo radiante de su felicidad.