De diferentísima especie era otro sujeto digno del más alto aprecio, y

de lástima mucho más que de censura, por sus no comunes rarezas, que le

redujeron a triste vida y le trajeron a miserable muerte. Hablo aquí

ahora de un sujeto de mí muy querido, y a quien nadie podía querer

mal conociendo las dotes de su buen entendimiento, aunque pervertido

por un tanto de locura, su vasta instrucción, su escrupulosa honradez,

aun su modestia con visos de afectada, pero real y verdadera, en medio

de cosas que al parecer la contradecían, del malhadado don Esteban

Desprat, diputado que había sido en las Cortes de 1820 y 21, y poco

señalado en ellas porque carecía del don de la palabra, y hermanaba,

con desvariada osadía en sus doctrinas, singular encogimiento en sus

modos. Fue el acto de huir de España hasta cierto grado voluntario en

Desprat, pues si bien quedándose habría sido perseguido, no tenía que

temer extremos en el rigor de la persecución, pues había figurado poco,

y no era de las segundas Cortes, blanco principal, por sus actos, de

la saña del Gobierno del rey vuelto a su trono. Pero Desprat, no por

mero temor, como después acreditó no volviendo a su patria cuando en

ella no corría el menor peligro y sí podía volver hasta a ser diputado

a Cortes, sino por un arrebatado celo de la causa liberal, huyó a

Inglaterra. Allí se condenó a una vida de duras privaciones, dándose

juntamente al estudio. Llegó a tener en varios ramos conocimientos

extensos y algo profundos; pero en vez de hacer alarde de su saber,

lo encubría, siendo costumbre suya hacer sobre una u otra materias

preguntas como de ignorante, deseoso de saber de ella un poco; cuando

no del todo satisfecha su curiosidad con la respuesta a sus primeras

preguntas, solía en la conversación ir manifestándose más entendido a

veces que la persona por él preguntada. Poco a poco sus ideas fueron

siendo las de un radical de los más extremados, y paró, andando el

tiempo, en socialista. En medio de esto, dio en frecuentar gente de sus

ideas; y como entonces estas en Inglaterra contaban pocos prosélitos, y

estos no respetables, se habituó a asociarse con personas, o de corto

valer, o, cuando menos en la esfera social, de puesto muy humilde.

Comenzó también a tasarse la comida y bebida, siendo lo común hacer

la primera de pan y queso que llevaba en la faltriquera, y la segunda

de agua, que bebía sacándola de las bombas que hay en Londres en las

calles, donde asimismo solía lavarse. Renunció a cama mullida, y como

tenía bastantes libros, dormía sobre un cajón lleno de ellos. Pero por

algún tiempo pagó dos casas, pequeñas ambas, mezquinas y sin muebles,

situadas en distintos y uno de otro apartados barrios, para poder ir

con más comodidad a diversos y entre sí no cercanos lugares a que le

llamaban sus ocupaciones estudiosas. Andando el tiempo, llegó el en

que volvimos a nuestra patria los desterrados; pero Desprat no pensó

en acompañarnos, y no porque, como otros, prefiriese vivir del socorro

que daban los ingleses, pues tenía un pasar más que mediano en España,

sino porque el Gobierno aquí establecido distaba infinito de ser

conforme a sus ideas, ya ultrarrepublicanas, si tal expresión puede

con propiedad usarse. Aun la revolución de 1836 que trajo consigo el

restablecimiento de la Constitución de 1812 por la fuerza popular, y

aun lo llamado en jerga novel pronunciamiento de 1840, no llegaron a

satisfacerle ni con mucho. En tanto, una hermana suya, sabedora de sus

necesidades, sobre rogarle por sí y por conducto de varios amigos que

volviese con su familia, le remitió sumas no cortas para que viviese

con comodidad en Inglaterra si se obstinaba en permanecer allí; pero él

no quiso tomar ni aun la más leve parte de aquel dinero, alegando que

había causado a la que se le remitía graves perjuicios, sujetándola a

persecuciones en los días del restaurado absolutismo, contra lo cual

la digna señora protestó, asegurando que los daños por ella recibidos

estaban más que subsanados. Quería vivir de su trabajo, y para ello se

afanaba, pero le ponía tasa, y una muy baja, y si le daban algo más

que la tasación no lo admitía. Tan mala vida hubo de hacer mella en

su salud; pero no por esto se prestaba él a linaje alguno de regalo,

parecido más a santo penitente que a otra cosa, y siendo ejemplo de

ascetismo revolucionario. Su estatura pequeña, lo raro de su vestido,

que, según creo, él mismo cortaba y cosía, y un tono humilde, no

afectado, sino producto natural de su rareza, chocaban desde luego en

su persona al verle y oírle. Hube de tratarle mucho en una estancia de

seis meses que hice en Londres en 1843, proscrito yo entonces de nuevo,

pero por causa diferentísima de la que él sustentaba, y le encontré

muy amigo, a pesar de lo opuesto de nuestras opiniones, porque me

profesaba muy buen afecto. Pero le encontré enfermo y llegado a los

mayores extremos en sus manías; acostumbrado a andar a pie larguísimas

distancias con su ración de pan y queso en el bolsillo, resistiéndose

a tomar otro alimento, aunque alguna vez accediendo al cabo, y, ¡cosa

singular!, diciendo que él, por lo común, trataba con _pillos_, porque

en ellos encontraba gentes de sus opiniones, siendo, en la suya, gran

lástima que los hombres en otras cosas honrados y decentes, en política

abrigasen y sustentasen doctrinas falsas y perniciosas. Al cabo hubo

de terminar su vida, en periodo poco distante del día de hoy, en un

destierro y en su absoluta pobreza, constante en no apelar al uso del

dinero suyo propio para hacer más suave el tránsito de la vida a la

muerte, a que llegó por dolencias molestísimas y prolongadas.

No me ocurren por ahora a la memoria otros ejemplos de hombres

singulares en nuestra emigración, aunque hubo algunos más; pero bien ha

sido cerrar su catálogo con la mención de uno en alto grado estimable.

De los escritos publicados durante la emigración, pocos son dignos

de ser recordados. Don José Joaquín de Mora publicó algunas obrillas

cortas en prosa y verso, pero pronto salió de Inglaterra para la

América antes española.

Dos periódicos, no diarios ni aun semanales, sino publicados a largos

plazos, existieron, siendo la vida del uno breve, y la del otro casi

igual en lo larga a nuestro destierro.

El citado en primer lugar tenía por redactor principal a un hombre

de cortos alcances y escaso saber, que en Cádiz o en la isla de León

en 1811 había publicado uno con el título del _Robespierre español_,

y que en Inglaterra hacia 1816 y 17 había publicado otro que por su

destemplanza había precisado a sus compañeros de destierro a negarle de

un modo solemne que fuese expresión de sus doctrinas o pensamientos. A

él se agregó y en él escribió no poco un don N. Acevedo, asturiano, que

en Madrid en 1821 y 22 había escrito en _El Espectador_ titulándose el

_Momo_, nombre que inspiraba pretensiones a ser chistoso, por cierto

nada fundadas, porque si bien bastante instruido, era de erudición

indigesta y muy escaso juicio, escritor pesado, acre, grosero en sus

denuestos, y que hasta en 1824 tomó el nombre de Mysse Basileos (si no

me engaño) sin reparar en que en un constitucional español no estaba

bien declararse odiador de los reyes.

Fue el segundo periódico el titulado _Ocios_ de españoles emigrados,

donde escribieron principalmente don José Canga Argüelles y don Joaquín

Lorenzo Villanueva. En ninguno de los dos escribí yo, lo cual digo

porque ha sido frecuente creer lo contrario. Una contienda literaria

entre el mismo Villanueva y don N. Puigblanc mostró superioridad de

saber en el último, pero empleada en sustentar extravagancias a la

par con verdades, haciéndole mucha ventaja como escritor el primero.

En una contestación sobre política entre el insigne economista, pero

hombre singular, don Álvaro Flórez Estrada y don José Calatrava, cada

uno llevó en mi sentir la palma, pero fue del segundo en materia

de estilo. Don Vicente Salvá, dueño de un almacén de librería y

exdiputado, trabajó mucho en el ramo de bibliografía. Lo que otros tal

vez hicieron, o no salió a luz, o no llamó la atención a punto de

habérseme quedado grabado en la memoria.

Tiempo es ya de seguir a la emigración a Francia y decir algo de sus

esfuerzos para restablecer en España, si no la Constitución íntegra de

1812, una que de ella fuese y proclamase ser legítima heredera.

XVI.

LA EMIGRACIÓN CONSTITUCIONAL EN LA FRONTERA Y EN CAMPAÑA.

Tiempo es de volver al punto de estos recuerdos en que me separé del

orden de la narración para reparar omisiones cometidas al referir los

sucesos, si es que merecen tal nombre, que señalaron la estancia de los

españoles constitucionales en la Gran Bretaña, mientras allí estuvieron

formando cuerpo con presunciones de una nación abreviada. Este mismo

carácter hubieron de conservar por breve plazo, y con pretensiones, si

no más subidas, más fundadas, los que pasando a Francia en agosto y

septiembre de 1830 vinieron a formar una potencia enemiga de la España

regida por el poder absoluto de Fernando VII, y resueltos a romper las

hostilidades con un acto de agresión, acción justificable en quienes

creían que iban a dar libertad a un pueblo oprimido, a deshacer lo

hecho por la invasión francesa de 1823, y a encontrar en su patria

numerosos parciales, cuya cooperación, sobre contribuir a un triunfo

sin ella difícil, y, diciéndolo con propiedad, imposible, convertiría

en nacional y legítimo el hecho de entrar en son de guerra en tierra

propia procediendo de una extraña.

Ya en una parte anterior de este trabajo he contado la llegada de

muchos de mis compañeros de destierro a París, nuestros primeros

actos en la capital de Francia, los pasos que dimos para lograr del

gobierno francés que favoreciese nuestros intentos, y la división que

entre nosotros había, existente ya desde mucho antes, mayor entonces,

como era natural que fuese cuando pintaba una ilusión no del todo

descabellada, cercano el día en que ambiciones, ya nobles y prudentes,

ya locas y criminales, iban a encontrar un terreno donde podrían

contender por la victoria desde luego, y por el predominio muy en breve.

Dos eran, en medio de esto, las principales necesidades de los

refugiados, en su situación nueva de potencia beligerante. La una era

encontrar en el gobierno francés, no solo favorable acogimiento, sino

disposición a ayudarlos embozada o desembozadamente en la empresa a

que iban a arrojarse. La otra era tener una cabeza común, de todos

reconocida por tal y obedecida. Aun esto segundo en no corto grado se

enlazaba con lo primero, porque era indispensable tal cabeza para los

tratos necesarios que exigía el hecho de ponerse de acuerdo los futuros

auxiliadores con los auxiliados. Por su desgracia, estos últimos no

tenían una autoridad o gobierno, sino varias o varios: el de Torrijos,

ya formado en Inglaterra y trasladado a Gibraltar; pero no sin dejar

en Francia jefes militares dependientes de él y hasta negociadores

semiagentes diplomáticos: otro que iba a formarse, el cual tendría en

Mina un general a sus órdenes y un señor verdadero, y sobre esto tres o

cuatro personas de alguna, si bien no mucha cuenta, sin la presunción

de tomar el título de gobierno, pero igualmente resueltos a no obedecer

ni a Mina ni a Torrijos, esto es, a no ser gobernados.

En el gobierno francés había muy diferentes opiniones, que poco a

poco vinieron a ser opuestas la una a la otra, sobre si era o no

conveniente al nuevo poder francés contribuir al restablecimiento de

la Constitución caída en España, y, aun concediendo que conviniese

contribuir a tal fin, por qué medios, hasta qué grado había de hacerse.

Ya he referido cuán empeñado estaba en favorecernos Lafayette, cuyo

influjo en los actos del gobierno hasta diciembre de 1830, y por

consiguiente, en agosto, septiembre y octubre, periodo en que hicieron

los expatriados españoles su tentativa de restauración constitucional,

era grandísimo, pero no tanto que venciese toda oposición, pues sabían

resistirle, al cabo con feliz fortuna, adversarios más prudentes o

más diestros. De estos últimos, no pocos que podían bastante en el

ánimo del rey Luis Felipe y en el de sus ministros, y casi todos los

ministros mismos, preferían ver el nuevo rey o el recién levantado

trono reconocido por todas las potencias, y en paz, si no en amistad

con ellas, a lanzarse en una carrera donde, si podían alcanzar

gloriosos triunfos, de seguro habría de correrse grave peligro, y donde

la victoria habría de ser comprada con la guerra, lo cual juzgaban

que era pagarla a precio excesivo. Entre estas opiniones fluctuaba, o

tenía apariencias de fluctuar, el rey mismo, por su índole inclinado a

la paz, y juzgándola asimismo conducente al común provecho y al suyo

particular, bien que cediendo a veces, no a ímpetus hijos de su valor

antiguo que aún conservaba en los peligros, sino a deseos de conservar

el buen afecto aun del partido popular extremado, y de no llevar las

cosas por exceso de condescendencia a situación no menos peligrosa

que la de que huía. De todo ello resultó apelar a términos medios;

favorecernos, pero con timidez y parsimonia, y estar preparado a trocar

el escaso favor en oposición declarada, aunque nunca en hostilidad a

las personas.

Entretanto, como no era posible, no estando en guerra Francia con

España, tratar el gobierno de aquella abiertamente con los españoles

proscritos, nos veíamos obligados, según la frase vulgar, a llamar a

varias puertas, por donde teníamos un tanto franca o menos trabajosa

la entrada. La de Lafayette nos estaba abierta con la mejor voluntad

posible; pero si todos penetrábamos por ella, no todos éramos recibidos

con igual favor; y como íbamos con pretensiones muy diversas en punto a

las personas que habrían de dirigir nuestra empresa, seguíase de ello

que la preferencia dada a unos era, si bien no en la intención, en los

efectos, disfavor hecho a otros, causando a la causa común no leve

perjuicio.

Desde algunos años antes estaban Lafayette y Torrijos en

correspondencia epistolar muy amistosa. Agregábase a esto ser Torrijos

de la sociedad de los comuneros, reputada por los franceses y por

todos los extranjeros la más análoga en ideas al partido político

de que el afamado y anciano general era cabeza aparente. También

Torrijos, aunque ausente, contaba con un gobierno formado, el cual,

si le faltaba tierra en que ejercer su autoridad, tenía nombrados sus

generales, y hasta sus negociadores. Con algunos de estos estrechó

sus relaciones el ilustre francés, y a él dio los no muy cuantiosos

socorros destinados a empresa tal como era la de hacer guerra a un

rey que contaba para defenderse con todos los recursos de una, si no

poderosa, tampoco pequeña monarquía. Pero como en la desunión y los

odios que nos estaban destrozando y enflaqueciendo se hacía necesario a

los de un bando desconceptuar a los de otro opuesto o diverso, los que

más privaban con Lafayette lograron persuadir a este personaje, a veces

por demás crédulo, de que Mina cedía mucho a los consejos e influjo

del duque de Wellington, y bastó la mención de un nombre a la sazón

en Francia aborrecido para hacer sospechosos, si no odiosos, a los

meramente acusados de estar en relaciones amistosas con el vencedor de

Waterloo, que era asimismo un tory acérrimo, y enemigo de la Francia

revolucionaria.[102]

[102] Ocurrió sobre esto un lance chistoso o como represalias

de los de Mina. Entre los agentes de Torrijos lo era entonces

en París, muy activo, el a la sazón coronel o brigadier

Miniussir, hermano político del desdichado general. A un

parcial de Mina, que hablando con varios franceses los halló

preocupados con la idea de que el exguerrillero navarro

obedecía al influjo inglés, se le ocurrió citar el hecho de

que Miniussir había estado en la batalla de Waterloo, donde se

portó con bizarría. «_¿No habrá sido con Wellington_», dijeron

los franceses. «_Sí, con Wellington estuvo_», dijo, y dijo

verdad el parcial de Mina. Bastó esto para alejar del trato con

Miniussir a los franceses, que miraron como culpa lo que no lo

era. Por fortuna de Torrijos, tenía este otro negociador en don

Ignacio López Pinta, muy querido de Lafayette.

Entretanto Mina, se preparaba a venir a Francia y a la frontera de

España, desmintiendo los infundados cargos que era común hacerle. Pero

él había menester también de un gobierno que le auxiliase, y fondos con

que proveer a los primeros gastos de la campaña que iba a emprender. De

esto último se encargó Mendizábal, y lo consiguió sacándolo de fondos

de los empréstitos hechos por el gobierno constitucional desde 1820

hasta 1822 y no reconocidos por el rey de España vuelto a su poder

absoluto. Pero un dueño del dinero en casos tales quiere, y con razón,

saber a quién ha de dársele, y a esto debe añadirse que Mendizábal, por

su natural, propendía a querer gobernarlo todo. Así es que activó el

nombramiento de una junta, y pretendió influir en él, y lo consiguió

completamente. Entonces, acordándose del disgusto que había tenido

conmigo, y del cual seguía resentido, intentó y logró que no fuese yo

de ella, como parecía natural, por haber sido yo el primero que aparecí

en París, y haber entablado tratos en nombre de la emigración con

algunos, bien que pocos, personajes de cuenta. Tuvo Mendizábal el arte

de sustituir a mi nombre el de Istúriz, recién llegado a París, y mal

podía yo oponerme a que recayese tal distinción en uno que, sobre ser

distinguido patricio, era mi amigo más estrecho y querido, carácter que

todavía conserva. Había también en Mendizábal para preferir a Istúriz

una razón que podía mucho en su ánimo entonces, como pudo después,

y cabalmente en una ocasión señalada respecto al mismo personaje.

Istúriz había tratado muy poco a Mendizábal, y, si no le miraba con

malos ojos, tampoco le tenía en mucho, y Mendizábal tenía singular

empeño en ganarse y hacer suyos a los que de hecho eran, o él reputaba,

sus contrarios. Fuese como fuese, quedé yo descartado y arrinconado,

lo cual confieso que fue uno de los golpes más duros que he llevado,

o que más he sentido entre los muchos reveses y sinsabores por que

he pasado en mi larga y no muy feliz carrera. No me acuerdo bien de

quiénes fueron los otros cuatro que compusieron la junta, aunque sé que

fue uno de ellos el general (a la sazón brigadier) don Vicente Sancho,

no procedente de Inglaterra, pues había pasado la emigración en el

Mediodía de Francia, y muy relacionado con Mina.

Había ya dos _poderes constituidos_ (hablando a la moderna) en la

emigración que amenazaba invadir a España, y pretendía gobernarla;

pero así como al lado de potencias poderosas viven, y vivían antes más

que hoy, Estados pequeños, ya con el título de repúblicas o ciudades

libres, ya con el de principados o ducados, y aun con el de reinos

independientes, a pesar de su corta extensión y mezquina fuerza, así

algunos caudillos se mantenían firmes en su propósito de libertar a

España, no por cuenta ajena, sino por la suya propia.

No podía aspirar a tanto Borrego, pero no menos pretendía que

conseguirlo, dando el mando a un su amigo, del cual creía que podía

disponer a su antojo. Era su candidato un catalán llamado don Antonio

Baiges,[103] exguardia de Corps, y no sé si ya en grado superior al de

subalterno en la milicia, rudo, sin letras, notable por su gallarda

presencia no acompañada de finos modales, ambiciosísimo, inquieto,

sospechado antes y después de infidelidad a la causa liberal, quizá

sin motivo, y cuya suerte fue venir a morir, después de estar por

largo tiempo olvidado, herido de una bala o granada, cuando en 1843

estaba ejerciendo un mando entre los entonces rebeldes dueños de la

ciudad de Barcelona.

[103] Este Baiges fue acusado de haber estado en el campo

carlista. Como quería figurar entre los progresistas más

extremados, pendiente aún la guerra civil, vino una vez a

Madrid, y se presentó en el Café Nuevo, donde concurría la

gente más ardorosa, entre la cual quiso entrar y ser contado.

Pero le avino mal, pues muchos le cayeron encima, de modo

que corrió peligro. Desapareció entonces, y vino a aparecer

sirviendo a la Junta central de Barcelona en la época en que en

aquella ciudad perdió la vida.

Por descabellada que pareciese la idea de Borrego en sustituir tal

candidato a Torrijos o a Mina, no dejó su empeño de causar molestia

y crear obstáculos, porque, si era de poco valer el favorecido, su

favorecedor tenía en París algunas y buenas relaciones, que él sabía

aprovechar, siendo activo y osado, aun sin contar con que para hacer

mal bastan fuerzas muy inferiores a las necesarias para hacer bien, y

desunirnos era hacernos mal, y también cosa fácil, pues lo difícil era

unirnos para formar un cuerpo que forzosamente tuviese una cabeza.

Serlo pretendía el general don Pedro Méndez de Vigo, y al efecto se

afanaba sobremanera. Si no alcanzó el objeto de su deseo por lo pronto,

al cabo, andando el tiempo, se granjeó una clientela, pero no toda

de españoles, pues se ligó con refugiados italianos y polacos, con

los cuales entró en locas empresas; pero en días posteriores a los

sucesos que voy ahora aquí narrando. En ellos no apareció Vigo como

independiente, sino solo con pretensiones de serlo, y pasado a la

frontera, no sé a quién se agregó con sus no numerosos secuaces.

No estaba muy claro si el general Milans reconocía a alguno por su

superior, porque sus parciales solo de él se decían dependientes; pero

no era hombre desvariadamente ambicioso ni de mala índole, y por su

cuna y primera crianza tenía prendas de caballero. Así es que a nadie

fue obstáculo.

Tampoco lo fue el infeliz De Pablo o Chapalangarra, aunque hizo alarde

de su independencia en vez de ocultarla; pero si se declaró resuelto a

no reconocer superiores, no pretendió buscar en la emigración secuaces.

De todos desconfiaba, por lo cual a nadie se prestaba a seguir; siendo

más que vano, receloso, y persuadido por otra parte de que en España

misma era donde convenía buscar auxiliares para la empresa de levantar

en ella la bandera constitucional, lo cual no era desacierto, siendo

solo el error de sus ideas, y la causa de su trágico fin, el creer que

allí donde era conveniente buscarlos era fácil encontrarlos.

Hechos ya estos arreglos harto imperfectos, aquellos a quienes tocaba

pasar de los proyectos a las obras se trasladaron a Bayona. Allí pasó

Mina sin haberse detenido en París, donde hubo de estar de incógnito

por brevísimo plazo, tal vez solo de horas.

Desde aquel momento en adelante no fui testigo presencial de los

sucesos de la frontera, pero de ellos puedo decir algo, refiriéndome

a noticias dadas por varias personas de cuya veracidad no tengo ni

debo tener duda. Porque, volviéndome a Inglaterra, levanté mi casa,

recogí mi familia, y hube de volverme a París, adonde llegué en los

días últimos de septiembre a pasar en Francia una vida oscura harto

más desagradable que la que pasaba en Londres, hasta que trasladado a

Tours en 1832, durante mi estancia de dos años en aquella linda ciudad,

viví en ella, si con grande estrechez, agradablemente, compensando el

trato de amigos allí adquiridos los inconvenientes de mi cortedad de

recursos.

Coincidió, pues, con mi llegada a la capital de Francia el comenzar

de los preparativos para la invasión de España, siendo teatro de

las operaciones preliminares las poblaciones francesas linderas del

Pirineo. El centro de estas era Bayona, y allí fue a establecerse la

junta que, para evitar confusión, llamaré aquí del partido de _Mina_.

Los que obedecían a la del partido de Torrijos establecida ya en

Gibraltar, en número igual o tal vez superior a los otros, si bien

acudieron a la misma ciudad, y en ella hicieron estancia, no tenían

allí su cabeza. Los independientes vagaban por las inmediaciones.

Entonces comenzó a verse un espectáculo en algo parecido al que, según

noticias, presentaba a la vista y consideración la reunión de los

emigrados franceses en _Coblenza_ en 1792. Se creía seguro el triunfo,

y empezaba a reputarse delito o poco menos la tardanza, echando en

cara los primeros en llegar a quienes venían después que no era razón

participasen de la honra y provecho de la victoria los omisos o menos

diligentes en presentarse en el campo. Y el campo (como me escribía un

amigo dándome noticias de lo que allí pasaba) era las a la sazón mal

empedradas calles de Bayona.

Mina no había llegado de los primeros, ni tenía para qué apresurarse.

Pero sus contrarios aun entonces se desataron a incriminar su pereza,

tachándole cuando menos de irresoluto. A su lado, o bajo sus órdenes,

se habían puesto, sin embargo, los más entre los principales de

la emigración, aunque no faltasen entre los parciales de Torrijos

personas de mérito y de bien adquirido renombre en el gran partido

constitucional, cuya bandera habían seguido. El exministro y militar

don Evaristo San Miguel recibió un mando de la junta que obraba de

acuerdo con Mina, no obstante ser de los mayores enemigos del caudillo

navarro, y salió a desempeñarle a la frontera de Cataluña, donde

se encontró con los parciales de Torrijos, que obedecían al digno

exdiputado don José Grasses; pero, pudiendo en ambos la antigua amistad

más que las nuevas discordias, y el amor a la causa común más que

afectos de bandería, se pusieron de acuerdo a punto de no conocerse

quién tenía el mando. Pocas ocasiones tuvieron de competir por él, pues

apenas se alejaron de la raya, entrado que hubieron en la tierra de

España, para ellos entonces enemiga, y se vieron obligados a recogerse

pronto a Francia casi sin pelear, pero sin mengua, no estando en su

mano acometer imposibles.

Por el confín de Francia con Navarra y Guipúzcoa era donde se preparaba

lo recio de la guerra, porque si bien amenazaron los constitucionales

entrar por Aragón, allí nada hicieron, sin que esto sea, ni por asomo,

culpar a los encargados de guerrear por aquellos lugares, que faltos de

fuerza, y no unidos, encontraron a su frente preparados a resistirles

las tropas del general Rodil, que no era todavía en aquella hora

constitucional celoso.

Recuerdos de un anciano · 第 40 / 41 段