En los que así iban acudiendo había personas dignas; de ellas muchas

expuestas a ser perseguidas en su patria por motivos que no los

deshonraban, pero tampoco faltaban quienes viniesen buscando un modo

de vivir que les faltaba en España, o quienes hubiesen merecido

castigos por culpas en que la política tenía o poca o ninguna parte.

Aun entre estos, pocos hacían cosa que pudiese desacreditarlos y,

desconceptuándolos, comunicar algo de su desconcepto a sus compañeros.

Eran sí, por lo común, descontentadizos y maldicientes, siendo blanco

de sus censuras los principales de la emigración. Aun a los ingleses

de la junta que los socorrían acusaban malamente, y sobre todo al

secretario de la misma, míster Freshfield, buen hombre, de poca cuenta,

que, sin duda a la par que por loables motivos, trabajaba para que

sonase su nombre hasta allí oscuro, pretensión harto disimulable, pero

al cual comenzaron a calumniar, suponiéndole que se enriquecía con

los fondos de las suscripciones, y los escatimaba a los desterrados;

acusación que, sobre ser calumniosa, era desvariada pero general,

a punto de llevarse a mal que se defendiese al acusado. También

Villanueva y yo llevábamos nuestra parte de malquerencia porque no se

concediese todo cuanto solicitaban a todos los que pedían. Pero estas

eran pequeñeces recibidas comúnmente con risa por ser ridículas, y si

alguna vez con un tanto de indignación, con una que duraba poco.

Hacia fines de 1828, cuando el Gobierno más de una vez había dado

entrada en la lista de los socorridos a número no corto de personas,

y cuando las suscripciones no habían parado del todo, si bien eran

menos, fue hecha una nueva apelación a la caridad pública en nuestro

favor, con solemnidad bastante a darle fuerza. Hubo una reunión de las

llamadas _meetings_, en la ciudad vieja (_City_); la presidió el lord

corregidor, hablaron en ella personas notables y se distinguió por un

discurso el elocuente abogado Mr. Denman, a la sazón afamado diputado

en la Cámara de los Comunes, que, después con la dignidad de lord,

añadida, no a nombre de tierras, sino a su apellido, llegó a ser primer

juez en Inglaterra (_lord chief justice_), y murió desempeñando tan

alto cargo. Correspondió bien el público al llamamiento, no cansándose

la generosidad con hacerse de ella tanto uso, y una suscripción nueva y

bastante cuantiosa alivió miserias que constantemente se iban renovando.

Pero no era solo en actos que al cabo tienen la índole de limosnas

en lo que mostraban los ingleses el afecto que nos profesaban. Se

extendían las pruebas de su cariñoso empeño en mirar por nosotros

hasta el punto de dar cierta protección a criminales, contribuyendo

a que no fuese probada su culpa puestos en juicio, y a que saliesen

por consiguiente absueltos. De esto hubo dos ejemplos notables. Fue

el primero el de un joven cuyo padre, oficial que había sido en

nuestro ejército, era emigrado, y que había logrado colocación en

una casa de comercio inglesa y, con igual irreflexión que maldad,

falsificado la firma de sus principales. Llevaba en aquel tiempo tal

delito en Inglaterra por pena la capital, y según costumbre, hija de

preocupaciones de aquel pueblo mercantil, mientras el derecho del Rey

de perdonar o conmutar las penas era ejercido con frecuencia para

mitigar el rigor de unas leyes penales entonces todavía con exceso

duras, rarísima vez, si acaso alguna, había sido dejada de ejecutarse

una sentencia de muerte en un falsario. Pero en el caso de que voy

ahora hablando, no hubo perdón que solicitar, porque el acusado salió

absuelto, no obstante ser clara su culpa, pues la acusación fue

seguida de tal modo, que evidentemente tiraba a hacer pocas o nulas

las pruebas del delito: los testigos, así los contrarios al reo como

los llamados en su defensa, se pusieron en lo posible como de acuerdo,

el juez fue blando en el resumen, y el jurado sin vacilación dio su

fallo, como allí tiene que serlo por unanimidad, favorable. Triste es

añadir que costó la vida al padre la culpa del hijo, no obstante haber

este quedado impune.[99]

[99] El infeliz padre se suicidó.

Fue el otro caso el de un zapatero riojano, habilísimo en su oficio,

tanto que encontraba trabajo en abundancia y bien remunerado, pero

haragán incorregible, así como vicioso. Este tal se dejó crecer

la barba, cosa a la sazón rara, y más en Inglaterra, y haraposo y

necesitado por gastar más del corto socorro que recibía, después de

vagar y dormir al raso alguna noche, entró en una tienda de licores

de las a que concurre la plebe, donde su singular aspecto, su color

cetrino y las miradas de sus ojos negros y lucientes infundieron terror

a algunos que le miraban como a un bandido de teatro, y risa a otros

menos asustadizos, de lo último de lo cual enojado nuestro compatriota,

apeló al recurso común de la gente no buena de su clase y hábitos en

nuestra tierra, y sacando una navaja, hirió a uno de los burlones y

puso en fuga despavoridos a los circunstantes. También tenía entonces

pena de la vida su delito, aun cuando las heridas hechas no causasen

la muerte. Fue, pues, preso el criminal, y llevado a juicio, y no

habiendo otro modo de salvarle la vida que el de declararle loco, hubo

de probarse que lo estaba, siendo la sentencia la de encierro en una de

las casas destinadas a los dementes, a lo cual debe añadirse que en

breve de la casa de su prisión se le proporcionó la fuga y la pronta

salida del territorio británico.

Otras faltas menores hubieron de ser disimuladas, pues si bien en

general fue digna de alabanza la conducta de los emigrados españoles,

imposible era que entre tantos hombres no hubiese quienes pecasen, ya

leve, ya gravemente, sobre todo, si consideramos que entre ellos, si no

abundaban, no faltaban gentes no de las más respetables cuando vivían

en su patrio suelo.

Especificar las muestras de consideración que en el trato privado

solían recibir nuestros compañeros, sería tarea enojosa y difícil de

desempeñar, pues muchas no fueron conocidas. Reinaban sobre este punto

generosas ilusiones. Una vez, preguntado yo sobre las calidades y

circunstancias de un compañero de destierro que no me merecía muy alto

concepto, hube de responder que no le conocía, a lo cual el preguntante

me añadió que sin duda era un caballero, pues tal le declaraba su

traza, porte y modales, cuando el objeto de semejante elogio, si no era

un mal sujeto, pecaba por tosco y sin crianza, como hombre que no había

recibido buena educación, ni tenido trato con gente fina. Debe añadirse

que unos pocos, y la justicia, aunque sea en nuestra honra, dicta decir

poquísimos, que para darse valor apelaron a imposturas, titulándose lo

que no eran y tomando distinciones muy altas, lograron casi todos salir

con su intento a medida de su deseo; pero tales personas se iban a

residir fuera de Londres o de Jersey, y lejos de la observación de sus

compañeros de destierro.

A los más conocidos de nuestro gremio fue común hacer señaladas

distinciones; pero todos ellos esquivaban recibirlas, aunque

las agradeciesen. Hubo de aceptar algunas muestras de superior

consideración, pero poquísimas, entre las muchas con que a porfía se

le brindaba, Argüelles, si no contento, y esto dejaba de estarlo por

lo tocante a la suerte de su patria y causa, resignado en su modesto

retiro, viviendo de aquello que sus amigos y parientes le socorrían,

bastante a cubrir sus escasísimas necesidades de hombre parco, sobrio,

ajeno de lujo y regalo y de todo lo que se llama vicio, aun de la clase

apenas digna de tal nombre. Como él vivía el venerable Valdés, como

él Istúriz, como él Bauzá, y otros cuya enumeración sería enojosa.

En cuanto a mi pobre persona, como tenía perdido ya, o próximo a

perderse, el por algún tiempo no corto haber heredado de mi padre,

había recurrido al arbitrio de dar lecciones de lengua española a los

ingleses, por lo cual hube de rozarme con muchos de ellos, y entre

estos con bastantes de las clases superiores de la sociedad, así como

con muchos de la media, siendo mi fortuna, no por mi escaso merecer,

sino en atención a mi desgracia, ser tratado, no como un maestro que

enseña por dinero (gente a quien trataba entonces, si no con desdén,

con poco menos la gente inglesa de clase), sino como un amigo a quien

se convidaba a la mesa y a tertulias concurridas. Sir Jorge Grey,

ahora ministro en su patria, y sobrino del afamado conde de Grey,

primer ministro desde 1830 a 34; sir Dionisio Lemarchant; Mr. Eduardo

Ellice, que hoy acaba de fallecer, y era entonces cuñado del mismo

conde Grey; el Alderman Woor, miembro del Parlamento, y que hizo

gran papel algún tiempo en Inglaterra, me favorecieron con tratarme

más según mi clase en España, que según la a que me veía reducido en

Inglaterra. Pero entre todas las personas a quienes me complazco en

tributar este homenaje de tierna gratitud que no llegará a su noticia,

hay una familia que me hizo enteramente suyo, y en la cual encontré

consideración superior a la merecida, y con ella vivo y casi fraternal

afecto, sin olvidar hasta favores en intereses que, por ser dados con

delicadeza, pude recibir sin menoscabo de mi decoro. Era esta familia

la de un comerciante retirado inglés llamado Mr. Griffin, cuyas

hijas, pues hijos no tenía, por su crianza, talento e instrucción se

distinguían aun en Inglaterra, y una de las cuales casada durante

nuestra amistad con el afamado navegante inglés sir Juan Franklin, con

el nombre de lady Franklin se ha hecho notable en sus esfuerzos por

averiguar la por mucho tiempo ignorada suerte de su marido, muerto en

una expedición en las regiones polares, mientras otra, casada con sir

Juan Simpkinson, me proporcionó la estrecha amistad con su marido,

abogado en chancillería, hombre de vasta instrucción, entendidísimo en

los clásicos griegos y latinos, y también en la literatura francesa

e italiana, de ingenio agudo, de humor sarcástico, y por mil títulos

de agradabilísima compañía. Así su mujer, como las dos hermanas,

solteras cuando las conocí, y ya no en la primera juventud, pero

pasadas al estado de matrimonio después, instruidas por la lectura y

por multiplicados viajes, de modales como los de la parte superior de

la clase media, o dígase de la de caballeros en su patria, cultos al

par de los de la sociedad más alta, me dieron a conocer juntamente con

el trato de otras personas, pero en grado muy superior, lo íntimo de la

sociedad inglesa, a ninguna inferior en lo agradable, y la posibilidad

de una amistad estrechísima entre personas de diferente sexo, y no

enlazadas por parentesco o deudo, sin el más leve matiz de lo que en

otros pueblos hace tales amistades sospechosas a veces, y hasta en

no corto grado merecedoras de sospecha. Otra vez y mil pido perdón a

quienes lean estos renglones por hacer mención de cosas que me son tan

personales; pero sobre serme necesario dar aquí salida a afectos vivos

y tiernos de gratitud, bien puede servir mi caso de ejemplo de lo que

debieron los españoles constitucionales a los ingleses. Los enemigos

del pueblo británico, frío en la apariencia, pero caluroso en sus

actos, y si con trazas y actos que a nuestros ojos son de grosería,

llevando en su trato la cortesía y respetos sociales a un grado no

común de refinamiento, bien harían en enterarse de la historia de la

emigración española, y aprenderían de los pocos que de ella quedan, que

bienhechores y amigos como lo fueron para nosotros los del gran pueblo

que nos dio acogimiento por largo plazo, mal pueden hallarse en otra

tierra alguna.

Entre los objetos de tan vivo y por largos días constante afecto, había

algunos, bien que pocos, no muy dignos de él, pero casi ningún ingrato.

El estado de ociosidad en que los emigrados vivían no era favorable a

su buena moral, y, sin embargo, apenas produjo efectos perniciosos,

salvo en chismes entre ellos de los que abundan en las poblaciones

reducidas. Pero como en toda reunión de hombres los hay de condición

singular que se dan a notar por algo entre sus compañeros, no faltaban

entre nosotros, y porque servían de causarnos o diversión o extrañeza,

esta última mezclada en alguna ocasión con aprecio, no estará de más en

este trabajo dedicar unos renglones a hacer de ellos memoria.

Alguna se conserva del extorero José González, conocido por el mote

de _Muselina_, a quien dio más fama que su corta habilidad en su

oficio de banderillero, que le granjeó más silbidos que aplausos en

las plazas de toros, el papel que representó en la emigración, y aun

la circunstancia de estar en ella por razones políticas muy ajenas de

su antiguo modo de vida y de su crianza. Pero el pobre hombre había

sido de los que capitanearon la plebe de Málaga, cuando allí fue

proclamada con alboroto la Constitución en marzo de 1820, por lo cual

temió, no sin razón, ser castigado por el gobierno absoluto, el cual

así solía cebarse en los pequeños como en los grandes. El haber sido

colocado en la lista de los socorridos, dividida primero en seis y

después en cinco clases,[100] en la cuarta de estas, que comprendía

a los escritores y otros y tenía por encabezamiento _literatos_, se

dio motivo a un lance chistoso que, contado después, ha sido causa de

la idea errada de que la comisión inglesa, no contando con la clase

en que era justo colocar a un torero, había juzgado su profesión, si

no literaria,[101] cosa a ello parecida en las costumbres españolas.

[100] Seis fueron en el principio las clases en que fueron

distribuidos los refugiados, y las cuotas las siguientes:

1.ª clase 5 libras esterlinas, sobre 475 rs.

2.ª — 4 — 380 —

3.ª — 3½ — 322 — 17 ms.

4.ª — 3 — 285 —

5.ª — 2½ — 234 — 17 ms.

6.ª — 2 — 190 —

En breve fue suprimida la sexta clase, porque se consideró

que 190 reales al mes era poco aun para pobres, y los que la

componían pasaron a la quinta.

Para cada mujer propia o parienta más cercana y dependiente del

socorrido, recibía este dos libras esterlinas o 190 reales, y

por cada hijo una libra o 95 reales, pero con tal que el total

del socorro no pasase de once libras al mes (1645 reales),

que fue el máximum. Por los hijos nacidos en Inglaterra de

matrimonios refugiados nada se daba, porque eran ingleses, y

como tales tenían derecho a ser socorridos por la ley de pobres.

Estos eran los auxilios que daba el Gobierno. Los de los

comités variaban.

[101] El lance que dio a notar la rareza de hablarse de estar

Muselina entre los literatos fue el siguiente: Era amigo

íntimo del famoso señor Manuel García, padre de la muy afamada

Malibrán, y por empeños de este, que a la sazón tenía cierto

influjo en Londres como hábil maestro de música, fue colocado

entre los socorridos, como debía serlo, no atendiendo a su

categoría, difícil de señalar, sino a la cantidad que se

deseaba que recibiese, la cual era de tres libras esterlinas,

o sea sobre 285 reales mensuales. En un día de cobranza fue

Muselina con los demás que recibían auxilios al lugar donde

estos se distribuían. Como al margen de la lista debía cada

cual poner recibí y añadir su firma, él, que no sabía escribir

ni aun leer, dijo a uno que estaba cerca: «_¿Quiee osté poné

ahí mi nombre o una cruj?_». «_¿En qué clase está usted?_», le

preguntó aquel a quien pidió el favor, pronto a complacerle.

«_Yo no zé en qué claze_ (dijo Muselina); _pero entre loz que

cobran tres libraj estoy yo_». Fue el otro a mirar, y viendo

que los de la cuota indicada formaban la clase cuarta, y que

el título de esta empezaba con _literatos_: «_Bueno está_»,

dijo riéndose, «_¿conque está usted como literato y no sabe

escribir?_». Corrió de boca en boca el suceso, y se comentó,

aumentó y desfiguró un poco.

Muselina era entrometido, chistoso como el más salado andaluz, aunque

grosero, bastante avisado para no dar muestras de su grosería entre

gentes decentes, activo y servicial. A él solían deber muchos españoles

concurrir en alguna ocasión al aristocrático teatro de la Ópera

italiana, porque estando en trato de estrecha amistad con varios de la

compañía, estos le daban billetes de favor, que él vendía a reducido

precio. Muselina (como era de presumir) no volvió a España, aun después

del triunfo de nuestra causa, porque siguió allí socorrido, cuando en

su patria nada tenía con qué contar, y en tierra ajena, para él amiga,

murió, y descansan sus despojos.

De muy diferente carácter, pero de humilde, aunque de harto más

decorosa profesión que la suya, era un zapatero de Granada llamado N.

Crespo, y conocido por el mote de _Patillas_, con el cual se apellidaba

él a sí propio y quería que los demás le apellidasen.

Era habilísimo en su oficio, hasta para calzar señoras; pero, aunque

bien avenido con los ingleses, miraba con aversión sus modas en el

calzado, y se atenía a las de España, si bien a las del tiempo en que

él tenía fama y parroquianos numerosos. Su manía era no tener muebles

ni alfombrado el suelo, como suele estarlo en Inglaterra hasta el de

las casas pobres, y lo estaba el de las en que vivían los emigrados,

pero con el socorro del Gobierno, y lo poco que le daba su trabajo,

tenía mesa abierta, y como es de suponer, concurrida, gastando así gran

parte de su escaso haber en dar sustento a compañeros de desdicha que

no lo necesitaban absolutamente. Este infeliz, que así como otros con

razón suponía que en su patria no podía prometerse otra suerte que la

de caer en completa miseria, se quedó asimismo en Londres recibiendo

socorros del Gobierno hasta 1847; pero entonces, como hubiese caído

enfermo del pecho un hijo que tenía consigo, al cual amaba tiernamente,

y como por consejo de los médicos para tal dolencia fuese conveniente

un clima menos frío y los aires patrios, hubo de venirse a Madrid,

donde su desdicha excedió con mucho a lo que podían ser sus temores.

Siendo honradísimo y pundonoroso, tuvo con todo que recurrir a la

caridad, por impedirle trabajar su vejez y achaques, y el número grande

de los de su oficio en una capital populosa. Aquí, lamentándose de que

en suelo extraño vivía, aunque modesta, algo holgadamente, cuando en

el propio se veía mendigo, llegó hasta a serlo en las calles, donde

haraposo, sucio, con la barba larga y cana, presentaba una imagen

lastimosa, sobre todo, a la vista de quienes le habíamos conocido en

Inglaterra, hasta que, rendido por las enfermedades y los años, fue a

parar a un hospital, donde tuvo triste fin su vida.

No tocó tan mal destino al un día afamado Cojo de Málaga, que también

quería ser llamado así, y no por su nombre de Pablo López. Este, que

por la indigna injustísima sentencia que en 1814 produjo su condena a

muerte, por fortuna no llevada a ejecución, más que por ser conocido

como grande alborotador en las tribunas de las Cortes, había adquirido

cierta fama, desde 1820 hasta 1823 había vivido sin hacer el papel que

él creía que le tocaba, pero resignado, si bien escamado del peligro

que había corrido, se mostraba más cauto que locamente celoso, y viendo

a los constitucionales desunidos y en guerra, no acertaba a ponerse,

ni de parte de los exaltados, a lo cual parecía que debían inclinarle

sus hábitos, pero a lo cual se oponía su antiguo culto a Argüelles, ni

de la de los moderados por no chocar con los liberales más ardorosos,

y entre estos con los del ejército un día llamado libertador, por

quienes en enero de 1820 había sido sacado del presidio de la Carraca

y venido a pasar dos meses con nosotros en el cercado ejército de

Quiroga. Era el Cojo cortísimo de luces y sobrado en presunción,

pero no mal hombre, y daba mucho que reír con sus necedades, si bien

estas eran ponderadas, achacándosele muchas que no decía, pero no mal

discurridas y muy del género de las que con frecuencia salían de sus

labios. No sé si murió en Jersey en los últimos días de la emigración,

o si logró pisar de nuevo la tierra de España en 1834; pero corriendo

este año, estaba ya terminada su vida y olvidado su nombre.

Por otras rarezas, y de mucha peor especie, era notado el anciano

Romero Alpuente, siempre singular en nuestra España. Con todo, varios

de entre los que habían sido comuneros seguían honrándole mucho, y

también a una amiga que tenía consigo, hembra de no buena ralea, de la

cual hubo algo fundadas sospechas de que se entendía con el Gobierno

de Fernando VII, si bien pudo esto no pasar de sospecha causada por

el mal concepto de aquella en quien recaía. Romero Alpuente, de quien

es el famoso dicho _la guerra civil es un don del cielo_, achacado a

algún otro en días muy posteriores, pero no cuando fue pronunciado, sin

que el mismo de quien salió negase ser suyo, logró volver a su patria,

donde murió en julio o agosto de 1834, nombrado, creo, procurador

a Cortes; pero ya puesto en causa por acusación de querer traer su

figurado don del cielo a nuestra patria, la cual le habría tenido

doblado, pues ya disfrutaba de él con el levantamiento carlista, a la

sazón un tanto pujante.

Recuerdos de un anciano · 第 39 / 41 段