como era derribar al Gobierno establecido en España, y bien habría
sido esperar a que entendiéndose con los constitucionales de dentro
de la Península los de fuera a punto de concentrar sus operaciones,
encontrasen los invasores una ayuda, no solo útil, sino absolutamente
necesaria. Tal vez esta idea detenía a Mina, si detenerse puede
decirse no haberse arrojado al territorio español, a pocas horas de
haber llegado a los puntos con él confinantes. Pero a tan juicioso
proceder se oponían poderosas consideraciones. Los de Torrijos,
capitaneados por don Francisco Valdés, coronel en España, y que
tenía de la junta formada en Londres meses antes, y ya residente en
Gibraltar, un despacho de mariscal de campo, del cual, sin embargo,
no usó las divisas, estaban llenos de impaciencia, vituperaban la
flojedad de Mina, y por otro lado, temían que obrando el caudillo
navarro cogiese para sí la mayor parte de la honra y provecho de la, a
sus ojos alucinados, casi segura victoria. Los mismos amigos de Mina
le apremiaban a que obrase, porque no quedasen solos los que iban a
hacerlo, y saliendo deshechos con estrago, se atribuyese al acto de
haberlos abandonado su desdicha, que lo sería de la causa común. Por
otra parte, el gobierno francés, tímido y no muy seguro auxiliador de
los constitucionales armados en su territorio, no estaba en guerra
con el de España, ni deseaba estarlo si lo podía evitar, por lo cual
no quería, ni era razón quisiese, conservar en su territorio aquella
fuerza armada, amenazando a una potencia extraña, siendo por esto su
anhelo que de una vez se saliese de situación tan embarazosa, pues,
o triunfante la bandera liberal en España, pasaría a tener en su
vecina una amiga fiel en vez de una enemiga encubierta, o, vencidos
los agresores, dictarían la prudencia y aun la justicia disolver
las reuniones de gente armada que comprometiese la paz sin dar en
compensación el menor provecho.
Parecerá extraño, al tratar de estos sucesos y referir los intentos
y actos de Mina, en punto de tal gravedad como era el de empezar la
guerra, que nada diga de la junta, que al parecer para algo hubo de
haber sido nombrada, y no siendo gobierno, mal podía acertarse con
lo que era. Pero la pobre junta se veía mirada como rival por la de
Torrijos, como nada por los que a nadie obedecían, y no como mucho
por Mina, el cual, si bien no le faltaba a la consideración, rara vez
acudía a ella, y en verdad no tenía para qué. Lo más singular era que
el mismo padre de la junta, Mendizábal, dado siempre a llevar las
cosas por medios irregulares y a hacer poquísimo caso de superiores,
iguales o inferiores para dirigir por ajeno precepto o consejo su
conducta, en vez de oír para seguirla la voz de su propio capricho,
solía entenderse con Mina para todo, incluso aquello en que debería
haberse dirigido a la junta, si es que esta era algo. Tal proceder
disgustó sobremanera al nada sufrido Istúriz, y aun hubo de enojar en
cuanto cabía a sus flemáticos compañeros. De estos el brigadier Sancho,
sin incomodarse al parecer ni con Mina ni con Mendizábal, con quienes
le unía estrecha amistad, pero sin avenirse a representar un papel un
tanto desairado, acordándose de que era militar, desamparó la junta por
salir a campaña, y fue a ponerse como soldado a las órdenes de Mina.
Singular principio habían tenido en aquella hora las hostilidades, si
tal nombre merece el suceso que voy a referir, trágico y horroroso en
extremo. Mientras se apresuraba Valdés a penetrar en España seguido
de unos 1000 hombres y poco más, como para dar ejemplo a Mina,
poniendo patente lo que en él culpaba de indecisión, y mientras Mina
se preparaba a seguirle, no de buena gana, porque veía cuán locamente
precipitada era la agresión, pero resuelto a no dejar de exponer su
vida, un hombre impelido por el fanatismo más ciego posible se arrojó
casi solo a representar el papel de restaurador de lo llamado libertad
en su patria. Con haber dicho antes cuáles eran los pensamientos,
afectos y situación extraña de Chapalangarra (o digamos de De Pablo),
fácil es adivinar que era el sujeto de quien voy hablando en el momento
presente. Fiado en su gloria y renombre, y en el influjo que se
figuraba tener entre sus paisanos, lleno de los recuerdos de la guerra
de la Independencia, y olvidado de lo ocurrido desde 1820 a 23, pensó
que su presencia y voz conocidas bastarían para inducir a millares de
navarros a seguirle.[104]
[104] He entendido que alguien acompañaba a Chapalangarra. Pero
él solo se lanzó a la muerte.
No había andado largo trecho por el suelo patrio, cuando dio con una
cuadrilla o partida de gente armada, que era, según es probable, parte
de un cuerpo de voluntarios realistas. En vez de huir el desalumbrado
constitucional, se fue en derechura a los que juzgaba que podía hacerse
amigos, y comenzó a predicarles, trayéndoles a la memoria sucesos de la
guerra contra Napoleón; cómo seguían entonces a Mina, y aun al mismo De
Pablo los navarros; ser una misma la causa que él venía a sustentar,
y que tenía esperanzas de ser oído con tanto favor que encontrase en
ellos auxiliadores para la obra de dar libertad a la patria. Hubieron
de quedarse atónitos y suspensos los oyentes al oír las extrañas frases
que el predicador les dirigía, frases para muchos incomprensibles,
si bien para otros abominables, y más hubo de causarles pasmo ver
que un hombre, no seguido de fuerza, osase pon tanta serenidad
ponérseles delante, cuando los principios que proclamaba declaraban
ser su enemigo. Pero no duró mucho la admiración, sucediendo a esta
pasiones de muy otra clase, y, disparando uno un tiro al predicador
como en respuesta al sermón, el ejemplo fue seguido, y cayó el infeliz
Chapalangarra cubierto de heridas. Ni se contentaron sus matadores con
verle muerto, sino que arrojándose sobre su cadáver, le destrozaron,
llevándose algunos de sus miembros por trofeo; hecho atroz repetido
en otra ocasión por gente igualmente bárbara, pero proclamando otras
doctrinas, y propio proceder de la plebe feroz por su ignorancia, y
cruel, sea cual fuere la voz que apellida o la bandera que sigue.
Debió el triste fin de Chapalangarra haber dado que pensar a los
constitucionales, no porque la temeridad de aquel infeliz, víctima
de su fanatismo y arrojo, pudiese tener buen término, sino porque
indicaba, por las circunstancias anejas a la desgracia, cuál era el
espíritu de las poblaciones donde esperaba la inminente agresión
encontrar amigos. Pero nunca emigrados comprenden la situación del
pueblo que se han visto obligados a abandonar y de que han estado
ausentes por no breve plazo. Así es que coincidió con la muerte de
Chapalangarra la entrada de los de Valdés, A los cuales siguieron muy
pronto los de Mina, no sin que antes, según me han referido personas
dignas de todo crédito, hubiesen estado a punto de venir a las manos
unos con otros. No se quedó Mina en Francia; pero por causas que
ignoro, hubo de entrar separado del grueso de su gente, pues solo
acompañado de dos o tres fieles secuaces, corrió gravísimos peligros,
de que escapó como por milagro.
No tengo datos para contar por menor o con exactitud las ocurrencias
de la guerra de dos o tres días, de que hubieron de volver los
constitucionales vencidos, sin mengua de su honra, y habiendo tenido
pérdidas lastimosas. Al segundo o tercer día de estar en España
vinieron sobre ellos fuerzas respetables de las que mandaba el general
Llauder, entre las cuales se contaban tropas de la Guardia Real,
a la sazón muy lucida. Resistir a tal poder era imposible, y fue
fortuna que todos cuantos habían penetrado en el territorio español
no hubiesen quedado en él para bañar el suelo patrio con su sangre;
pues el Gobierno del rey Fernando a ningún enemigo político perdonaba
la vida. Porque las tropas reales, en vez de embestir desde luego a
sus contrarios, se encaminaron como a cortarles la retirada a Francia,
lo cual notado por los constitucionales, retrocedieron estos a buscar
el abrigo del Estado vecino; pero aun así no habrían hallado franco
el paso a no habérsele abierto con una carga dada por unos pocos de a
caballo de su mando el antes capitán de carabineros reales don N. Cía,
recién venido a la emigración. Cedió con tal flojedad la infantería de
la Guardia Real a tan pobre fuerza, que merece algún crédito lo que
después aseguraron varios realistas pasados a ser sostenedores del
trono legítimo y constitucional de Isabel II, y es que adrede dejaron
pasar a los que se retiraban, sabiendo que de no hacerlo así, sería
horrorosamente ensangrentada la victoria. Pero si hubo tal humanidad
en aquella hora, no la hubo en la inmediatamente posterior, que fue
la del alcance. No habiendo señales visibles que demarquen en los
despoblados de la frontera teatro de aquellos sucesos el territorio del
uno y otro Estados vecinos, dentro de Francia fueron muertos, o cayeron
prisioneros para perecer con cortísima demora bastantes de entre los
constitucionales.
Entretanto, quedaba en España Mina, no ignorándolo sus enemigos, esto
es, los servidores del gobierno español. Hacerse con su persona para
quitarle con alguna solemnidad, aunque escasa y sin dilación, la vida,
vino a ser empeño vivo en unos, tibio en otros, pero igual en sus
efectos, de todos los vencedores. Registraron los lugares más fragosos
del Pirineo, ayudándose con perros de caza. Apenas quedó monte, valle
o cueva en que no se hiciese escrupuloso registro, Pero el caudillo
navarro estaba en su elemento cuando trataba de escapar indemne de una
persecución aun la más tenaz, y oculto, ya en cuevas, ya en medio de la
intrincada maleza, más de una vez sintió o vio pasar a su lado y casi
tocándole, a los que le buscaban ansiosos de su prisión y suplicio. Dos
o tres días hubo de durar este peligro, corridos los cuales, pisó Mina
de nuevo el territorio francés volviendo a su situación de emigrado,
de la cual no había de salir sino en virtud de una amnistía traída por
posteriores y entonces inesperados sucesos.
No tuvieron tan trágico fin las tentativas hechas por los confines de
Aragón y Cataluña, las cuales vinieron a parar en nada, recogiéndose
los invasores a Francia sin pelear, viendo que no tenían fuerzas para
empeñar una lid contra sus poderosos enemigos.
De allí a muy poco, el gobierno francés, habiendo logrado del de España
que, si bien con visible mala voluntad, reconociese a Luis Felipe
por rey de los franceses, mandó, como era de esperar, dispersarse a
los españoles reunidos en la frontera. Grande indignación nos causó
este hecho, que, bien mirado, era un acto de rigurosa justicia. Bien
es verdad que porque los franceses nos habían quitado la libertad en
1823 los juzgábamos obligados a devolvérnosla en 1830, tan trocadas
ya las cosas que en Francia dominaban los que más habían vituperado
la invasión del ejército del duque de Angulema. Pero no pueden las
naciones regirse por leyes que obliguen a la restitución de lo que no
es un objeto material o físico, ni cabe una reparación tal que subsane
todos los daños y perjuicios hechos en época no inmediata.
Desparramáronse los emigrados por Francia, no viniendo a ser París su
centro, como poco antes lo era Londres. En las tentativas hechas en el
Mediodía, que produjeron la muerte de Torrijos, no pudieron tomar parte
más que llorando a las víctimas y maldiciendo a los sacrificadores.
Uniéndose con emigrados de otras naciones uno u otro de los nuestros,
bien que en cortísimo número, fueron participantes en empresas
encaminadas a derribar otros gobiernos que el de España. Hasta se
distinguieron por más pacíficos que otros emigrados, y particularmente
que los polacos, en no mezclarse en los negocios del pueblo francés, a
la sazón por demás inquieto.[105]
[105] Es de notar que al solemne entierro del general Lamarque,
donde se presentaron con banderas los emigrados de todas las
naciones, concurrieron poquísimos españoles de los que vivían
en París. Por supuesto, no fue allí Mina. Al difunto general,
más ansioso de los triunfos y gloria de las armas francesas que
del establecimiento de la libertad en pueblos extraños, solo
debían mirar los españoles como a un devastador de su patria,
que lo había sido en la guerra de nuestra independencia.
Con harto mayores motivos para tener alegres esperanzas que los que
debíamos tener en Inglaterra, acaso teníamos menos, sobre todo al
empezar 1832, viendo cómo triunfaba el gobierno español cuando era
combatido.
Sin embargo, los sucesos de Portugal, cuando el exemperador del Brasil
don Pedro de Braganza tremoló el pendón constitucional en Oporto,
fueron como una aurora nuncia del cercano día de nuestra redención
y victoria. Pero el día vino sin traérnosla, y fue nublado, y con
presagios de acabar fatalmente. Por otro lado, sin embargo, se nos
abrió el camino a nuestra patria. A ella volvimos casi todos mal
corregidos de nuestros yerros, pero firmes en nuestros principios y con
honra. Perdidos en el seno de la nación, nuestra historia cesó en 1834,
y algunos solo hemos figurado con más o menos lustre, y diferentemente
juzgados por diversas y opuestas doctrinas e interés, en los anales de
la España nueva.
FIN.
ÍNDICE.
Caps. Págs.
I. Cádiz en los primeros años del siglo presente. 9
II. Cádiz en los días del combate de Trafalgar. 27
III. Madrid en los días del reinado de Carlos IV. 43
IV. Madrid de 1806 a 1807. 63
V. Madrid desde fines de mayo hasta fines de agosto de 1808. 83
VI. Madrid y alguna provincia a fines de 1808 y en 1809. 105
VII. Un tumulto en una ciudad de provincia en 1809. 125
VIII. Cómo se pasaba bien el tiempo en una ciudad sitiada. 141
IX. Cómo cae un mal gobierno. 207
X. El 10 de marzo en Cádiz. 291
XI. Las sociedades patrióticas de 1820 a 1823. 329
XII. Sociedades secretas de España desde 1820 a 1823. 367
XIII. Deposición del rey por las Cortes en Sevilla el 11 de
junio de 1823. 421
XIV. Dos viajes que no se parecen el uno al otro. 443
XV. Recuerdos de una emigración. 455
XVI. La emigración constitucional en la frontera y en campaña. 529
CORRECCIONES Y ERRATAS.
PÁGINA. LÍNEA. DICE. DEBE DECIR.
67 28 _baetus_ _battus_
88 24 esforzados forzados
113 5 empezaban empeoraban
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459 35 _nia_ _ma_
466 28 comunetis comuneros
477 29 _veturns_ _returns_