comunes a los desterrados, había caído encima otra nueva, pues, andando
siempre en negocios, hubo de contraer una deuda que no pudo pagar, y
cuyo importe era, creo, de unas 2000 libras esterlinas (sobre 190.000
reales), habiéndole su acreedor, a uso inglés, hecho encerrar en la
cárcel destinada particularmente a los presos por deudas. Allí vivía,
pues, disfrutando en su desgracia del alivio que dan las leyes inglesas
a los que están en tal situación, pues habitaba fuera de las paredes
de la cárcel, en sus inmediaciones, dentro de ciertos límites donde es
lícita la residencia a los deudores presos, y además tenía el derecho
de salir en ciertas no largas épocas del año, con la obligación de
recogerse temprano a su habitación forzada, y de no entrar en ciertos
lugares como aquellos donde se come y bebe por dinero, y otros de igual
o parecida naturaleza. En medio de esto, Mendizábal, o aconsejado u
obrando por su propio discurso como hombre de ingenio fecundo en formar
raros planes, tuvo la idea de prender a Machado como su acreedor por
no menor suma que la de 100.000 libras esterlinas (o dígase sobre
9.500.000 reales), cantidad casi igual al valor de las letras de cambio
que contra él tenía. Inadmisible parecía su pretensión, porque las
letras estaban giradas por el muerto gobierno constitucional de España,
y al que le había sucedido tocaba demandar a Machado con más o menos
fundamento, así como a Mendizábal repetir contra el gobierno su deudor.
Pero las circunstancias eran raras, tanto que de otras iguales no había
ejemplo: el gobierno de Madrid no se reconocía heredero del de Cádiz,
como lo es todo gobierno de su antecesor, y Mendizábal, o había de
quedarse sin lo suyo, o había de lograr cobrarlo allí donde estaba.
Lo cierto es que encontró abogados que le persuadiesen, no solo de lo
justo de su pretensión, sino de que era probable que saliese de ella
triunfante. Las leyes inglesas, que dan excesivo valor al juramento,
sujetan a aquel de quien se reclama bajo él una deuda a ser desde
luego detenido y encarcelado, dejándole el recurso de pedir y lograr
crecidas sumas, como daños y perjuicios del que le hizo prender, si
resulta haber sido sin bastante fundamento. Mendizábal, pues, logró
fácilmente el mandamiento de prisión por él solicitado, y aprovechando
uno de los días en que él tenía la facultad de salir, acompañado de un
su amigo, portador del documento terrible, se fue a esperar a Machado
a la puerta del teatro de la Ópera italiana, donde sabía que había de
ir el destinado a ser su víctima, como lugar de concurso casi forzoso
a quienes como él vivían. Por rara casualidad tardó algo aquella noche
en acudir al teatro Machado, y corría el tiempo, y estaba cercana y
casi inmediata la hora en que Mendizábal debía estar recogido, pues de
no hacerlo sería agravada su prisión, sobre tener que pagar una buena
cantidad, perdiendo la fianza de que de su imperfecta o incompleta
libertad no abusaría. Tuvo al fin término tan fundada congoja, con
aparecer, aunque tarde, antes de la hora fatal, Machado, y un preso
por deuda de 2000 libras hizo prender a otro por 100.000; caso que
rara vez, si acaso alguna más, habrá ocurrido. No es del todo una
digresión de mi objeto la narración que acabo aquí de hacer, pues
la prisión de Machado y los procedimientos legales a que dio motivo
pusieron a Mendizábal en el caso de hacer servicios a nuestra causa,
que lo era suya. En primer lugar, tuvo licencia para pasar a Francia,
cosa que era común negar a constitucionales menos comprometidos que él,
consintiéndolo su acreedor primitivo, sin duda con seguridad, pero no
tal que estuviese el deudor enteramente libre.
Llegó a noticia de Mendizábal, que entonces me veía poco (no por haber
tibieza en nuestra amistad, sino por desviarnos diversos cuidados en
la inmensa y afanada Londres), que necesitaba yo un pase para Francia,
y al punto me ofreció llevarme como su criado, porque su pasaporte
le concedía llevar uno. Emprendimos, pues, nuestro viaje en el 11 de
agosto de 1830, día cabalmente en que se sentaba Luis Felipe en el
trono que le había levantado la revolución, y de que otra revolución
vino a derribarle.
Momento de inefable placer fue aquel para mí, que, al cabo de cerca
de siete años de destierro, me ponía en camino, según creía, para
mi patria, yendo a entrar en ella triunfante con el triunfo de la
causa que había servido con celo. Por casualidad, el día antes me
había sentido con algo de calentura, la cual, con todo, consultado
un facultativo, por ser ligeramente nerviosa, no era obstáculo para
viajar, y aunque estando a bordo sentí síntomas febriles, pronto
noté que habían desaparecido. Era el día hermoso como de los buenos
de agosto; soplaba favorable el viento, no recio, pero no calmoso;
rizaban la superficie del mar en el por lo común alborotado estrecho
de Calais algunas bien que no altas olas; daba el sol calor grato, y
yo, puesto en la cubierta cerca de la proa del buque, le veía cortar
el mar, y me hallaba a cada instante bañado por el rocío del agua
marina, con lo cual sentía volverme del todo la salud, y nacer en mí
más que común aliento, agregándose a lo cual, cuando nos acercamos a
la costa francesa, ver en Calais tremolando a millares las banderas
tricolores, signo de victoria a la sazón para la causa de la libertad
común a muchos pueblos; con el influjo de lo moral en lo físico, me
vi al instante en un estado de salud la más robusta. Tres horas duró
la agradable travesía: saltamos en tierra a la tarde, nos pusimos en
camino a prima noche en la silla correo, y poco después de amanecer el
día 13 me encontré en la capital de Francia.
Si en breve fui seguido de españoles de los residentes en Londres,
por lo pronto hallé en París varios compañeros de destierro, de los
cuales algunos nunca habían venido a Inglaterra, y otros habían salido
de allí algún tiempo antes. Era de los primeros una persona que por
algunos días bulló mucho entre nosotros, y haciendo papel logró cierto
influjo, aunque corto, habiendo sido después su suerte alcanzar alguna
fortuna en España, si bien no empleos del Gobierno, distinguirse como
escritor, figurar en el Congreso de Diputados, aunque no con lustre
como orador, gozar de varia reputación, y al fin caer en la desdicha,
si merecida por sus faltas, más dura que la que ha cabido en suerte a
hombres con menores prendas y no inferiores culpas. Era este el tan
nombrado don Andrés Borrego, a quien no siempre he mirado como amigo, y
a veces hasta como a contrario, con quien había contraído en 1858, como
alguna vez antes, relaciones, aunque no estrechas, de trato amistoso,
y cuya triste fortuna, sin abonar su conducta, hoy lamento sin querer
encubrirlo.
Había yo visto a Borrego algunas veces en Gibraltar en octubre de 1823,
cuando recién salido yo de Cádiz empezaba la vida de desterrado. Había
reparado poco en él, pero a mi llegada a París se me presentó como
conocido y aun como amigo, y también como hombre dispuesto a trabajar
en la causa que a Francia me había traído, y dueño ya de cierto grado
de influjo entre los periodistas y aun en el ánimo del general
Lafayette, todavía omnipotente o poco menos en aquella hora, propenso
a dejarse cautivar por la lisonja, y en verdad (según supe de su misma
boca), prendado de Borrego, al cual suponía de harto más valer entre
nosotros que el que entonces tenía. De cuáles eran las pretensiones
de Borrego, que las abrigaba grandes, hablaré posteriormente, cuando
refiera la lucha que empezó al competir por acaudillar la empresa de lo
que llamábamos dar libertad a España.
Encontré también en París a mi queridísimo amigo y compañero don Ángel
Saavedra, todavía no, como es hoy, duque de Rivas. Con él renové los
lazos de estrecha amistad que nos habían unido, nunca rotos y solo
aflojados por habernos separado largas distancias y no corto plazo;
pero Saavedra, si firme constitucional, no tenía ambición de figurar
en primera línea, y así en mis proyectos conté con él solo como un
compañero en la fortuna que habría de caber a nuestra causa.
También encontré a don José Manuel de Vadillo, otro amigo antiguo,
y de los que habían compuesto el Ministerio a que dio nombre don
Evaristo San Miguel; pero en él tampoco pude ver más que un liberal
extremado, en quien lo atrevido y aun exagerado de los principios hacía
mal maridaje con su natural flemático e indolente; hombre no falto
de valor, pero sí muy opuesto a hacer esfuerzos; en suma, bastante
revolucionario en las doctrinas y nada propio para serlo en las obras.
Otro sujeto acudió desde luego a verme, y a tratar conmigo con empeño
y pertinacia de negocios políticos, no encubriendo su pretensión de
ocupar en cualquiera empresa el puesto de uno de los principales, si
ya no el principal caudillo, que era el general don Pedro Méndez de
Vigo. Con él no había yo tenido amistad, y solo alguno, pero poco,
trato en Londres. No obstante haber sido acusado de la muerte dada a
ciertos presos en el mar cerca de la Coruña en 1823, hecho que fue,
como debía serlo, muy vituperado, había logrado Méndez Vigo licencia
para pasar de Inglaterra a Francia, cosa que a pocos de nosotros se
concedía, y lo cual en nuestras preocupaciones era, si no una culpa,
cosa a ella parecida, como si la emigración en Inglaterra hiciese del
suelo británico una patria, y del territorio francés, mientras dominaba
en él un gobierno causador de nuestra ruina, un lugar de mala nota.
Extrañé, por lo mismo, ver a Méndez Vigo tan ansioso de lanzarse a
restaurar la libertad y con ideas revolucionarias extremadas; pero sin
serle adicto ni enemigo, como le encontré pretensiones tan subidas,
esquivé ligarme con él, porque no buscaba yo gobierno para España ni
generales para el mando de fuerzas destinadas a libertarla, todo lo
cual me sobraba, siendo mi objeto solicitar ayuda del gobierno francés,
y con ella medios para juntar y preparar del todo fuerzas, a las cuales
no faltarían de cierto quienes, bien o mal, las dirigiesen y gobernasen.
Estaban también a la sazón en París dos personajes de tanta importancia
como eran don Francisco Martínez de la Rosa y el conde de Toreno. Con
el primero me había unido en mi primera juventud estrecha amistad;
pero en las lides políticas desde 1820 a 1823, alistados en diferentes
y opuestas banderas, nos habíamos llegado a mirar con algo parecido
a odio, que por fortuna desapareció del todo con el tiempo, y que
ya entonces no existía, pues entramos desde luego en trato cortés,
si no amistoso. Pero Martínez de la Rosa, muy dura o injustamente
tratado por el bando llamado exaltado en 1822, estaba desviado de la
política; aunque vivía fuera de España, vivía como mero desterrado
y no como proscrito; hasta había paseado por las calles de Madrid
cuando los invasores y absolutistas españoles cantaban su triunfo
sobre la Constitución, y huían o gemían ocultos o padecían todos los
constitucionales; y por esto, y por el horror que había concebido a
los desmanes populares, si no deseaba que continuase en su patria
el gobierno que la regía, no se prestaba a actos de violencia que le
derribasen. Así nadie contaba con él en agosto de 1830. No así el
conde de Toreno, quien, si por razones de algún peso para él, no quiso
aparecer figurando en aquellos momentos, cooperaba a los planes de
los constitucionales más activos hasta con celo, empleando en ello su
influjo en buena parte de la sociedad de París de la clase llamada
de capitalistas; ardoroso como el que más, si bien no traspasando
los límites del partido en cuyas filas militó, y olvidado todo
resentimiento, no obstante haber tenido motivo de queja por enormes
agravios a veces iguales a los de que había sido blanco Martínez de la
Rosa, y otras veces de distinta clase, pero no menos atroces.
Desde luego empecé a dar pasos, poniéndome en comunicación con
personajes franceses, de los de más nota y cuenta en aquellos momentos.
El primero de ellos fue el general Lafayette, que me recibió con el
agasajo en él natural, cautivándome desde luego, pero no en el grado
que a otros, sus modales de caballero y aun de cortesano cumplido,
cierta bondad no exenta de ambición, y una llaneza donde se descubría
que, al querer igualarse con sus inferiores, era un señor muy principal
que descendía, como sin esfuerzo, naturalmente y por afición, pero que
descendía al cabo. A todo proyecto favorable a extender la revolución
fuera de su patria se prestaba Lafayette gustoso, y hasta con celo;
pero, aunque su poder era mucho, nunca llegaba a tanto que pudiese
lanzar al gobierno o aun al pueblo francés a empresas aventuradas,
cuyo objeto fuese puramente el provecho ajeno, aunque sea común en los
franceses blasonar del desinterés con que sirven a los extraños. Aunque
vi más de una vez a Lafayette, no llegó a ser intimidad nuestro trato,
porque aun para los asuntos de España, divididos de allí a poco los
españoles, acertaron a captarse la voluntad del general otros de mis
compatricios que aquellos con quienes yo estaba en unión formando un
partido aun antes de tener campo en que los partidos pudiesen dar de
sí consecuencias. Debo, con todo, añadir que, aun cerca de cuatro años
después, próximo ya a morir aquel ilustre anciano, pues ilustre era, no
obstante sus graves yerros, y cercano yo también a volver a mi patria,
cuyas puertas ya me daban paso franco, tuve la satisfacción de recibir
muestras de su amistoso afecto, dadas en el mismo lecho de que a pocos
días pasó a ser trasladado al sepulcro.
No fue para mí de tanto agrado, ni aun de alguno, la visita que por el
mismo tiempo hice al afamado Benjamin Constant. Había sido yo admirador
apasionado de sus escritos, y seguía siéndolo, y aun hoy lo soy en
bastante grado, pues veo con placer que van recobrando sus doctrinas la
por algún tiempo casi perdida fama, mientras de su carácter y conducta
sabía, aunque algo, poco, recomendándole a mis ojos la enemistad
que le profesaban mis enemigos, y no habiendo sabido, como haré por
posteriores escritos dignos de crédito, que si en él todavía como
escritor hay mucho que aprobar y alabar, en los hechos de su vida hay
harto más motivo que para el elogio para el vituperio. Pero, aun con
toda mi admiración de entonces, salí de mi corta conversación con el
famoso publicista por demás descontento. Porque habiendo yo manifestado
a aquel célebre personaje que tratábamos de dar cuanto antes a nuestra
patria la libertad de que el anterior gobierno francés la había
despojado, él, asomando ya entonces entre los suyos la idea política
del partido que vino a triunfar en Francia sin que él hasta entonces le
fuese contrario, me dijo: _Ah! il ne faut pas_, que puede traducirse
_no hay que hacer eso_. Incomodado yo, con gesto y tono que hubieron
de ser desabridos, _à qui ne faut-il pas?_ le pregunté, haciendo de
la pregunta réplica, a lo cual él, conociendo el mal efecto en mí
producido por sus palabras, se explayó en vagas, pero frías protestas
de su conocido amor a la libertad, recordando cuánto había condenado la
guerra o expedición en que el gobierno francés restableció en España
el poder absoluto. Pocas y cortadas frases siguieron a estas, y me
despedí, siendo probable haberle yo disgustado tanto cuanto él a mí, si
no más todavía. No volví a verle, ni hubo para qué, en lo que duró su
vida, de allí a pocos meses terminada.
Pero no era yo solo quien bullía entre los constitucionales españoles.
Obraba como un comisionado; pero sin saberse de quién ni saberlo bien
yo mismo, mientras otros, cuyo número creció mucho en breve, bullían
y obraban, o por su cuenta propia, o por la ajena. Desde luego me
estorbaba y juntamente me ayudaba Mendizábal, porque, siendo de mi
partido, pero de natural propenso a hacerlo todo por sí, estimaba
en nada mis acciones, y pretendía dictarme las que él juzgaba
convenientes. De una cosa estaba ufano, y con razón, y era de que,
haciéndonos falta dinero, él había dado con un medio de encontrarle
en cantidad suficiente para nuestras necesidades. Ahora, pues, para
toda empresa es indispensable el dinero, y para una como la nuestra lo
era en alto grado, y la dificultad de hacerse con él era grandísima,
y Mendizábal la había vencido hasta cierto punto, lo cual habría
envanecido a cualquiera, y dádole, sobre entono, superioridad sobre sus
compañeros; pero a Mendizábal daba una vanidad como a quien más, porque
en proporcionar recursos pecuniarios tenía él el punto de su gloria,
mirando lo demás como de muy inferior importancia, y, si estimando
el talento aplicado a otras materias como instrumento, juzgándole,
aunque bueno, propio solo para servir de ayuda a planes de Hacienda. Yo
cabalmente pecaba entonces, y gravemente, por el lado opuesto, no dando
a las atenciones pecuniarias la importancia que merecen. Agregándose a
esto ser Mendizábal dominante y yo nada sufrido, en sus conatos para
dictarme lo que debía hacer, siendo él todavía persona cuyo nombre
distaba de ponerse en parangón con el mío, hubo entre los dos disputas,
a veces acaloradas, si no agrias, y una de ellas llegó a agriarse,
aunque por corto tiempo, naciendo de ella para mí un revés que hubo de
influir en mi suerte.
Se iban trasladando a Francia todos los emigrados de Inglaterra que se
sentían o creían capaces, o de entrar en acción con las armas en la
mano, o de dirigir los negocios políticos como conviene a una empresa
tal cual era la del restablecimiento del Gobierno constitucional,
lo que llevaba consigo una revolución, no pudiendo esperarse que
fuese llevada a feliz remate sin resistencia. Entre estos no tardó
en presentarse Istúriz, cuyas relaciones conmigo eran de amistad
fraternal. Tardaba, en tanto, Mina, y quienes culpaban su flojedad
cuando nada había que hacer, más la culpaban en horas en que obrar
con vigor era en nosotros casi una obligación sagrada; pero sin razón
entonces como antes, pues el precavido general, si, como acreditó de
allí a poco, no se había olvidado de su antiguo valor, calculaba las
dificultades que tenía que vencer y les daba el valor debido. Al cabo
pasó a París, y de París se fue muy pronto a la frontera.
Entre este acudir de españoles a Francia, no apareció Torrijos ni
sus compañeros en el Gobierno formado para la expedición acabada en
flor, o aun podría decirse en capullo, como un mes antes, pero no
porque el activo general y su no menos animoso colega Flores Calderón
huyesen del peligro, pues fueron a buscar para teatro de sus hechos la
parte meridional de España, trasladándose a Gibraltar, tanto porque
allí encontrarían menos competidores por el mando, cuanto por ser
conveniente acometer al Gobierno español por puntos uno de otro muy
distantes, a fin de distraer su atención para la defensa.
Así puede decirse que había terminado la emigración en Inglaterra, si
bien quedaban allí no pocos de los proscritos, pero como retirados
de la política militante, y espectadores y no actores en las escenas
que se preparaban, las cuales distaron mucho de corresponder a las
esperanzas lisonjeras con mucho fundamento concebidas con motivo de la
mudanza del gobierno francés, hasta el punto de haber reducido a la
emigración en Francia, durante tres años, a una situación más pacífica,
si cabe, que la en que había estado en Inglaterra.
Referir las particularidades o el pormenor de los sucesos que en
septiembre y octubre de 1830 prepararon en París y otros puntos, y en
la frontera produjeron la infeliz tentativa hecha para restablecer en
nuestro suelo la Constitución u otra cosa semejante, dará argumento
a otra parte de este enojoso trabajo; pero antes no será ocioso,
volviendo atrás la vista, contar algunos sucesos anecdóticos de nuestra
larga estancia en Inglaterra; sucesos que sería bien haber referido
antes, pero que, corriendo sin buen gobierno la pluma, han sido
omitidos, aunque en mi sentir no deben quedar olvidados, siquiera sea
para puro entretenimiento de mis lectores, si acierto a entretenerlos,
lo cual, no lo puedo negar, es uno de los fines a que aspiro.
IV.
Hubo entre los españoles emigrados en Inglaterra algunos caracteres
raros, y en mi corto entender, no dignos de recordación, o dignos de
ella a lo menos en cuanto la de las personas está enlazada con la de
las cosas de aquel periodo, en el cual eran para nosotros motivo de
conversación, ya para la extrañeza, ya para la risa, las singularidades
a que ahora aquí me refiero. Por lo mismo, la omisión que de tales
menudencias he hecho, según me parece, es de condenar, y merece reparo,
porque con ella falta algo en la tosca, si bien fiel, pintura que he
hecho de nuestra estancia en Inglaterra. Pero tengo que echarme en
cara otra omisión de más bulto, y es la de no haberme detenido más en
especificar los favores que al pueblo inglés debimos, los cuales fueron
tales y tantos, que la ligera mención de ellos antes hecha en otros
artículos no es paga suficiente de nuestra deuda de gratitud, cuando en
mi sentir era ocasión de satisfacerla en lo posible la narración de lo
ocurrido en los días en que se contrajo obligación tan crecida.
Invirtiendo el orden con que acabo de hablar de estas mis omisiones,
empezaré a repararlas por la que he puesto en segundo lugar, por
parecerme de superior importancia. Y aquí me veo obligado a acogerme de
nuevo a la indulgencia de mis lectores, tantas veces solicitada; porque
he de decir cosas relativas a tan pobre sujeto como soy y me conozco, y
confieso ser, para ocupar la atención pública; pero de mis negocios, a
la par que de otros de más valor escribo, y, tratándose de beneficios
recibidos, mal podría callar los hechos a su persona quien los recibió
muy señalados. Y hay una razón más que me mueve, o, hablando con
propiedad, me impele, y como que me precisa a dar tal testimonio. Por
ser lo que llaman las gentes anglómano paso, y no puedo negar que en
algún grado lo soy, y desde los años primeros de mi edad adulta comencé
a serlo, y en lo que eran vagas inclinaciones nacidas de circunstancias
particulares me han confirmado después mis estudios. Además, las
bondades de que no solo yo, sino muchos de mis compatricios y hermanos
en fe política, hemos sido objetos han añadido un título más, y este
poderoso, para que mostremos gratitud y admiración a un pueblo que,
con colmarnos de beneficios, dio pruebas de una de sus muchas buenas
cualidades; lo cual no obstante, ha querido mi suerte que divida mi
patria en bandos, y habiendo yo mudado el de mí seguido por otro, al
parecer, si no del todo, opuesto, haya en la última y buena parte de
mi vida allegádome al que la Francia de 1834 a 1848 miraba como amigo y
la Gran Bretaña como contrario, sujetándome a ser tachado de ingrato,
aunque en verdad sin causa.
Ya dejo apuntado en las primeras páginas de estos artículos cuán
bien recibidos fuimos por el pueblo del Imperio británico los
constitucionales españoles. También he dicho con cuánta largueza
contribuyeron a socorrer nuestras necesidades personas de todas las
opiniones, aun aquellas que con más desaprobación, y hasta con ceño,
miraban las doctrinas por sustentar las cuales estábamos padeciendo.
Pero no estará de más entrar en el pormenor de algunos de los
beneficios a que debimos vivir, si no con regalo, con comodidades
propias de un estado que, si era pobreza en sentido relativo, no lo era
en absoluto.
El gobierno inglés, a los pocos meses de haber la como inundación de
refugiados españoles invadido la tierra británica, trató de sustituirse
a los actos de caridad, aunque colectiva y pública, en su carácter de
meros particulares, asegurando de un modo permanente la suerte de las
desdichadas víctimas de la revolución vencida en España. De notar es
que el Ministerio inglés de aquel tiempo era tory, y que a pesar de
todo cuanto han dicho los franceses, y creído los no franceses, había
visto con poco disgusto, y aun algunos de quienes le componían con
satisfacción, el triunfo del duque de Angulema, porque, no obstante
serlo del poder francés, lo era asimismo de la bandera blanca, tan
grata a los antirrevolucionarios de todos los pueblos, y esto no obstó
a que los socorros dados a los españoles tuviesen cierta solemnidad,
como acto patente en que la compasión iba hermanada con algo de respeto
y cariño. Tomó a su cargo el duque de Wellington la dirección superior
de tal negocio, y bajo de él entendió en ello más particularmente su
amigo, y antes su secretario de campaña, el lord Fitzroy Somerset,
que en días muy posteriores, con el título de lord Raglan, ha hallado
en Crimea un campo de victoria y una tumba, dilatando por el mundo
su nombre. Por los españoles fue escogido para entenderse con los
ingleses, en los casos frecuentes en que estos necesitaban auxilio para
el justo reparto de las sumas con que socorrían a los objetos de su
beneficencia, el exdiputado a Cortes don Domingo Ruiz de la Vega, hoy
uno de los pocos que sobrevivimos de aquella época; ruinas tristes del
viejo edificio resuelto ya en polvo y casi olvidado. Poco menos que a
todos los refugiados comprendió la beneficencia del Gobierno, y los
que de ella no participaron fue porque, o tenían medios de subsistir,
y no les consentía su delicadeza recibir auxilios no necesarios, o se
hallaban en circunstancias particulares en que mal podían tomar lo que
venía por mano de aquel Gobierno. Debe añadirse que quien una vez fue
incluido en la lista siguió siendo socorrido con tal que no saliese
de las Islas británicas o sus dependencias inmediatas las de Jersey
y Guernesey, extendiéndose el beneficio a tal punto que ha habido y
quizás hay algunos, triunfante ya nuestra causa en el suelo patrio
desde ha veintinueve años muy cumplidos, que todavía viven de lo que
cobran de una suma destinada a ser socorro para el forzoso destierro.
Pero aunque el Gobierno acogió a todos, hubo de cerrar su lista, si
bien después más de una vez la abrió de nuevo para incluir a refugiados
que llegaban. Sin embargo, por lo pronto, estos nuevos desterrados,
que iban creciendo en número, no podían ser abandonados por un pueblo
en general caritativo, y en particular, por entonces, amante de los
españoles. Así es que revivió al momento la junta llamada _Commité_,
que antes de dar socorros el Gobierno los daba, hallándolos en
numerosas suscripciones. Pasado algún tiempo, el exdiputado don Joaquín
Lorenzo Villanueva y yo hicimos al lado de esta junta de socorros
el oficio que con el Gobierno hacía Ruiz de la Vega. Además, me
alcanzaron los auxilios de esta junta en graves necesidades que hube de
padecer con mi reducida familia, compuesta de un hijo de catorce años
(en 1825) cuando llegó conmigo, y de una anciana de cerca de setenta,
tía carnal materna mía, y para mí y mi hijo Dionisio segunda madre, y
la cual no dejaba de ser uno de los objetos curiosos de la emigración,
trasladada a tanta edad a clima y pueblo para ella tan extraños.