En medio de esta situación pacífica, recibimos algunos, y entre ellos

Istúriz y yo, una carta del general Mina, residente a la sazón a

alguna pero corta distancia de Londres, en que nos acompañaba una

serie de cuestiones a que solicitaba respuesta; todas ellas relativas

a la suerte de España, en la suposición de una empresa encaminada a

sustituir al gobierno del Rey uno de los llamados constitucionales. Qué

gobierno o qué sistema convendría establecer en la rescatada patria,

por lo pronto, era el principal asunto de todas aquellas cuestiones

que bajaban a más de un pormenor, no reinando en ellas el mejor orden,

y faltando algo, y también sobrando, de lo que, al parecer, requería

tal materia, pero al cabo, dándose a entender que ocurría o se tenía

entre manos un negocio que hacía necesaria una determinación sobre

tan importantes puntos. Como a la sazón reinaba completa tranquilidad

en Europa, y no sabíamos, ni aun parecía probable, que corriese

peligro la de España, nos sorprendió la carta de Mina, y aunque

solicitaba respuesta a sus preguntas solamente por escrito, Istúriz

y yo determinamos pasar a dársela en persona, tanto para explanar

bien nuestras ideas, cuanto, y esto era lo principal, para averiguar

el motivo de pedirnos opinión sobre tales puntos en aquella hora.

Fuimos, pues, a vernos con Mina, y nada sacamos en limpio, así porque

el general nada tenía de franco, y siendo, como suele decirse, de

_malas explicaderas_, no trataba de mejorar las suyas, sino al revés,

de valerse de su defecto para no comprometerse a cosa alguna, como

porque el secreto más fácil de guardar es el que nada contiene, y este

era entonces el de Mina. Volvímosnos, pues, de mal humor, porque nos

habíamos llevado chasco, y sentíamos nuestra vanidad un tanto ofendida

de haber como caído en un lazo, cuando presumíamos de avisados, siendo

el lazo haber contribuido, aunque en poco, a favorecer un manejo del

astuto general, quien, sintiéndose acosado con pretensiones de amigos

poco sagaces o juiciosos para que algo hiciese por la causa común, y

molestado con injustísimas y violentas acusaciones porque nada hacía,

quería entretener la impaciencia y acallar la malicia, para lo cual

empleaba medios poco a propósito al cabo para el logro de su intento,

pues si él con su buen juicio conocía cuán imposible era restablecer en

España la Constitución caída, u otra a ella semejante, por otro lado

se engañaba al creer que con arterías harto visibles podía satisfacer

a los bien dispuestos, o desarmar a contrarios enconados, cuando a

los primeros disgustaba y a los segundos daba ocasión de renovar con

aumento de furia y con mejor pretexto sus acusaciones.

La guerra declarada por la Rusia a la Puerta Otomana en 1828 fue para

nosotros causa de prometernos algo, bien que inciertos en nuestra

esperanza o nuestro deseo, porque es una de las tristes condiciones

del destierro mirar con disgusto la pública felicidad en los extraños

y celebrar las discordias y guerras, considerando, a veces sin motivo,

que de la inquietud han de salir gananciosos.

Al revés, el ministerio de Martignac en Francia fue visto por nosotros

con poca satisfacción, pues si bien algunos esperaban de él que,

influyendo en las cosas de España, hiciese al Gobierno de Madrid,

cuando no otra cosa, más indulgente, no era un perdón lo que en general

podía contentar a nuestra soberbia, aun dejando aparte la consideración

de que un perdón dado por Fernando VII en el pleno de su autoridad mal

podía alcanzarnos a todos.

Pero la mudanza del ministerio francés en 1829 y el descontento que en

Francia causó, despertó esperanzas dormidas, y esta vez no sin algún

fundamento, como vinieron a acreditar los sucesos en el término de

menos de un año. De la resistencia hecha al nuevo ministerio por el

pueblo de Francia recibíamos noticias ciertas. Veíase inminente una

revolución en el Estado nuestro vecino, cuyos príncipes y gobierno

habían impuesto a nuestra patria el que nosotros considerábamos pesado

yugo. Así, los impacientes entre los desterrados comenzaron a bullir,

y si Mina no se movía, otros creyeron llegada la hora de una tentativa

en favor de nuestra causa de que a ellos resultaría gloria y provecho

legítimos, y a la par descrédito a un rival casi odiado. Verdad era que

si la situación de Francia no consentía que pudiese ayudar al Gobierno

español, y aun prometía dentro de poco tal vez convertir en auxiliador

el poder que nos había sido, y debía ser el más temible contrario,

el estado de Inglaterra no era tal que de ella pudiese esperarse que

favoreciese o siquiera consintiese empresas revolucionarias. Era a

la sazón cabeza del ministerio británico el duque de Wellington, muy

favorable a los españoles en punto a socorrer sus necesidades y a

mostrarles cierto grado de consideración y afecto compasivo, pero por

sus doctrinas políticas y antecedentes por extremo opuesto a todo

cuanto a revolución en pro del poder popular se parecía. Esto no

retrajo de la idea de acometer la empresa de restaurar a viva fuerza

la libertad española no solo a Torrijos y sus allegados antiguos, sino

a otros que habían venido a serlo, y en aquella hora a algunos dignos

sujetos de buen seso y prudentes de los que hasta entonces habían

tenido con el general excomunero poco trato, viendo en él, si no un

contrario político, menos todavía un amigo, y sí una persona enlazada

con los que habían sido de ellos enemigos verdaderos. Nació de estas

circunstancias un proyecto, que empezó a ser llevado a ejecución, tan

descabellado que asombra ver participando en él ciertos personajes;

proyecto que sin la revolución casi inmediatamente ocurrida en Francia

se habría quedado en ser una locura inocente, pero que con el suceso,

si no del todo inesperado, nada seguro, que derribó del trono a Carlos

X, perdió en la apariencia lo que había tenido de desatino, y al revés,

andando el tiempo, vino a parar en una sangrienta tragedia.

III.

La expedición destinada a dar libertad a España, que hacia fines

de junio de 1890 se preparó en Londres, y cuya primera terminación

(porque bien puede decirse que la tuvo segunda, y funestísima) no

pasó de la corriente del Támesis, es una prueba dolorosa, entre otras

muchas, del extremo a que precipitan a hombres de entendimiento y

aun de prudencia desvariadas ilusiones nacidas del entusiasmo, y la

impaciencia de la desdicha. En efecto; en aquella expedición iban

hermanadas la falta de secreto con la cortedad de medios, de suerte

que faltaban las condiciones para que pudiese tener un éxito siquiera

medianamente satisfactorio. Un golpe dado de pronto e inesperado suele

salir bien, o si no tanto, llega a tener algún efecto, a punto de

dejar por mayor o menor plazo dudosas sus resultas. Napoleón mismo,

con ser todo un Napoleón, no habría entrado en París y tomado de nuevo

posesión del trono imperial a los veinte días de haber desembarcado en

Cannes al frente de menos de mil hombres, si hubiese habido noticias

de que estaba preparándose en la isla de Elba a invadir a Francia.

Y para descender de lo muy grande a lo muy pequeño, en 1824 había

sido ocupada Tarifa por una corta porción de hombres arrojados,

cabalmente porque nadie podía sospechar tal exceso de atrevimiento,

cual era el de lanzarse con tan flaco poder a restablecer en España la

Constitución entonces recién caída. Por otro lado, la expedición del

príncipe de Orange, después Guillermo III de Inglaterra, para arrebatar

el cetro de manos de su suegro Jacobo II, fue llevada adelante con

harta publicidad; pero era de tal poder, que, aun viéndola venir, no

alcanzaban a malograrla los preparativos hechos para resistirle. Y

aun lo mismo hubo de acontecer, andando el tiempo, y después del en

que ocurrió lo que estos renglones refieren, a la fuerza que preparó

el exemperador del Brasil para sentar en el trono de Portugal a su

hija; empresa favorecida al cabo por la fortuna. Muy distantes estaban

de contar con medios de algún valor los que en Londres se aprestaban

a dar por tierra con el gobierno de Fernando VII. Un barco mercante

de poco porte, acaso un centenar de hombres, y armamento para algunos

más, pero no en cantidad considerable, constituían toda su fuerza. En

otro punto de igual o superior importancia, que era el de recursos

pecuniarios, tampoco iba la expedición muy sobrada; pero llevaba más

que lo suficiente a su escaso poder en gente y armas, habiéndole

facilitado una suma de algunos miles de pesos fuertes un buen inglés

de la clase media, llamado Boyd, el cual, hallándose con una suma de

dinero para Inglaterra no muy crecida, y según creo procedente de una

herencia, ardiendo en celo arrebatado de la causa de la libertad, y

particularmente de la de España, buscó empleo a su reducido capital

en una empresa que a la postre podría darle provecho y desde luego

le daría gloria y encumbramiento; desdichado cálculo en lo que de

tal tenía, pues hubo de costar al infeliz la vida poco más de un año

después, cayendo desapiadadamente sacrificado. La expedición llevaba

también a la España rescatada un gobierno ya formado, nacido no

ciertamente de la elección, ni aun de una hecha por la nación emigrada,

que si poco habría valido, al cabo podía blasonar de ser producto

de una votación de lo que quedaba siendo el pueblo de la España

constitucional, sino, cuando no por sí mismo nombrado, hijo de los

votos de pocos; pero esto era inconveniente inevitable de tal empresa.

No se puede llamar del todo singular la composición del gobierno a que

ahora aquí me refiero, sino en cuanto a la persona de uno de los tres

que le formaban, don Manuel Flores Calderón, nunca en España de la

asociación comunera, de severo juicio, y al parecer de pasiones poco

violentas, pero en quien debía de haber un ardor encubierto que le

movió a entrar y tener parte principal en un proyecto de hombres más

celosos que prudentes, y a entrar en ella asociándose con personas

a las cuales hasta entonces no había estado arrimado. No era menos

extraño ver haciendo uno de los principales papeles en aquel drama a

don José María Calatrava; pero en este la vehemencia de las pasiones

lo explicaba todo. De la pluma del mismo Calatrava salió un manifiesto

o alocución a la nación, que fue, para no perder tiempo, impreso en

Inglaterra, como si no quisiesen los que iban a entrar en guerra con

Fernando hacerla sin declararla, imitando actos de iniquidad de otros

gobiernos, siendo la producción de que voy hablando una obra bien

escrita, sin inoportunas galas en el estilo, y con elegancia y decoro,

y, si no bien pensada, lo bastante para lo que eran nuestras doctrinas

y deseos en aquel tiempo. Pero en la obra había un defecto que la

hacía, si no ridícula, poco menos, y era la solemnidad y pompa con que

tan flaco poder se presentaba como podría una potencia fuerte; propio

proceder del autor, el cual, entre algunas buenas dotes, y otras no tan

buenas calidades, tenía un orgullo excesivo. Así es que, en general,

aun a aquellos no de la expedición a quienes agradó el papel, disonó

haberse escrito y dado a luz para tan pobre empresa, como si fuese

voz sonora y bien templada, así como fuerte, que sonaba amenazando,

pero salida de cuerpo tan pequeño, que mal podría dar efecto a la

amenaza. Sin embargo, a casi todos admiraba y a no pocos infundía

desatinadas esperanzas ver que semejante escrito, reproducido en muchos

ejemplares, circulando por Londres, y acompañado de actos que seguían

sin interrupción, como era haber un barco fletado en que entraban

municiones de guerra y estaba pronta a embarcarse gente armada y

prevenida a guerrear, no diese margen a providencia alguna del gobierno

inglés, cuando al lado de él había un ministro plenipotenciario del rey

de España que no podía menos de hacer sobre tan grave negocio vivas

reclamaciones, no siendo creíble que el duque de Wellington, tanto

por sus inclinaciones conocidas, cuanto por su situación y deber,

dejase de atender a ellas del modo más satisfactorio posible para el

reclamante. Duró más de lo regular un estado motivo de admiración

para algunos y para otros de dudas, así como para unos pocos de

desvariadas figuraciones. Zarpó entretanto de su fondeadero el buque,

que le tenía en el río Támesis, cerca del puente de Londres, y comenzó

su navegación, que por fuerza en sus principios había de ser lenta

hasta desembocar en el mar, y, según es allí uso, no se embarcaron

los pasajeros, pensando hacerlo en Gravesend o algo más abajo. Pero

entonces el Gobierno, que sin duda no quiso dar el golpe hasta darle

seguro, sin dilatarle a punto de verse precisado a prender y sujetar al

rigor de las leyes a los principales de la expedición, mandó detener el

buque, como debía y podía, siendo ya fácil probar cuál era su destino.

Terminó así la expedición, muy superior en importancia a todas cuantas

tentativas de parecida naturaleza habían hecho los emigrados, pero

superior únicamente por el valor de las personas que en ella entraron y

por la solemnidad con que se preparó, si bien tan desigual al fin que

se proponía cuanto lo habían sido en épocas poco anteriores aun las más

descabelladas.

Materia a grandes disensiones habría dado la mala fortuna de la

expedición, por lo mismo que nada había tenido de trágica, pues hubo

de ocasionar burlas malignas de los que la desaprobaban; burlas que

habrían causado resentimiento, si en parte no justo, en otra parte

fundado; pero nos salvó de disgustos, de que tocaría algo aun a los al

parecer más indiferentes, el gran suceso de la revolución de Francia

en 1830 que inmediatamente sobrevino.

No es de extrañar que hasta a los más descorazonados llenase de

alegrísimas esperanzas y renovados bríos ver derribada del trono

la rama superior de la estirpe de los Borbones, y sustituida la

bandera tricolor, emblema de la revolución, y emblema del cual no se

suponía que se quedase en ser para nosotros y para casi todos los

revolucionarios de fuera de Francia inútil, a la bandera blanca que

nos había sido tan funesta, y que, mientras ondeaba triunfante, era un

signo propio para recordar nuestra desventura y prometernos que sería

esta duradera.

Si cuando faltaban de todo punto, aunque no para algunos pocos,

esperanzas de volver al suelo patrio y de entrar a pisarlo no

perdonados sino vencedores, pasando por consiguiente a ocupar en él los

puestos eminentes, eran entre nosotros tales y tantas las discordias y

ambiciones de mando, ¿qué no hubieron de ser cuando a la vista aun de

los menos propensos a formarse halagüeñas ilusiones se presentaba una

España constitucional renacida y abierta de nuevo a los desterrados,

estándoles tan llano el camino, o, cuando menos, habiendo en él

tropiezos tan escasos en número y tan fáciles de vencer?

Así es que no bien constó estar ya triunfante en Francia el partido

apellidado liberal, cuando fue nuestra idea, con raras excepciones,

trasladarnos al territorio donde prevalecían nuestras doctrinas y cuyo

interés juzgábamos uno mismo que el de los constitucionales españoles.

Fui yo uno de los primeros que de Inglaterra pasaron a Francia,

encargado por los que nos juntábamos en casa de Valdés y Argüelles de

ir a tantear el estado e intenciones de aquel recién nacido gobierno en

lo tocante a España, encargo que admití suponiendo, por haber salido

de aquella reducida, pero importante reunión, o digamos tertulia de

la paz hija de la falta de esperanza en que vivía, que se obraba de

acuerdo con Mina, sirviendo de conducto para entenderse con él Gil de

la Cuadra, quien fue asimismo el que con más ahinco me aconsejó ponerme

en camino, dando así a mi comisión, si tal nombre merecía, algún valor,

y sobre todo a mis ojos, el bastante para que me encargase de ella

sin temor de aparecer neciamente crédulo y vano. Séame lícito añadir

que contaba yo asimismo con el tal cual renombre de que entonces aún

gozaba, muy superior, sin duda, a mis merecimientos, pero debido a mi

conducta política en el alzamiento de 1820, y en las Cortes de 1822 y

23, y a la circunstancia de figurar yo entre los primeros en más de una

lista de proscritos condenados a muerte por más de una causa. Pero se

presentaba una dificultad para hacer mi viaje con la prontitud que, al

parecer, requerían las circunstancias, y cuya importancia abultaba mi

deseo. La embajada francesa en Londres estaba compuesta casi toda de

gente muy adicta al derribado gobierno de Carlos X, que había recibido

con no corto dolor y enojo la noticia de la gran mudanza ocurrida en

su patria, y, como es natural, no la creía definitiva según llegó a

serlo, y teniendo además órdenes muy estrechas de no dar ni visar

pasaportes para Francia a constitucionales españoles, cumplía con su

obligación sin tomar en cuenta que, trocadas las cosas, era natural que

fuese diferente y aun contraria su conducta, y discutiéndose de esto,

y ateniéndose a órdenes no revocadas, con lo cual procedían aquellos

empleados conforme a sus inclinaciones y deseos, sin poder por ello ser

reprendidos ni aun desaprobados en justicia por la autoridad nueva de

su patria. Parecía, pues, difícil llevar a efecto mi proyectado viaje,

a lo menos hasta que corriese algún tiempo; pero me sacó del apuro y me

facilitó la entrada en Francia, yendo en mi compañía una persona que

solía aparecer y hacer gran papel en horas de desorden y revueltas,

siendo como nacida para discurrir arbitrios raros y salir bien de

empresas dificultosas, aunque era menos feliz su suerte y muy inferior

su acierto en circunstancias ordinarias; persona parecida en lo moral

a lo que son en lo físico seres que andan admirablemente por tierra

asperísima y quebrada, y en la llana y fácil de pisar, o tropiezan o

son torpes. La persona a quien me refiero en este instante era la de

Mendizábal.

Este, por muchos títulos acreedor a ser llamado digno personaje,

a pesar de sus defectos y yerros, había vivido hasta un grado muy

notable oscurecido en la época corrida desde marzo de 1820 hasta

junio de 1823, esto es, mientras estuvo vigente la Constitución,

en cuyo restablecimiento había tenido tanta y tan principal parte.

Figuraba como intendente honorario, y aún no sé si este destino o

estos honores eran adquiridos antes de 1820 por servicios buenos,

aunque nada conocidos, que había prestado sirviendo en el ramo de

provisiones del ejército durante la guerra de la Independencia.

Llevaba, sin quejarse, tal suerte que había sido común a hombres de

méritos, si algo inferiores a los suyos, muy considerables, contraídos

en la empresa que mudó, y durante tres años tuvo mudada, la suerte de

España. Pero encerrado el gobierno constitucional en Cádiz en junio

de 1823, se presentó Mendizábal ofreciéndose a la nada fácil tarea de

mantener al ejército sitiado en la isla gaditana con los escasísimos

recursos que podían ponerse a su alcance. No bien tomó tal encargo,

cuando empezó al desempeño con actividad prodigiosa, atrayéndose por

ello la atención y aun la admiración de muchos que hasta entonces

poco o nada le conocían.[98]

[98] Entre estos citaré al general Álava, el cual me dijo

en julio de 1823 que merecía Mendizábal una estatua de _oro

lágrima_. Singular coincidencia es esta con la de la malhadada

estatua de 1858.

Pero no podía Mendizábal crear dinero, y como lo necesitaba en

cantidad, si no muy crecida, tampoco corta, el gobierno, reducido a la

mayor estrechez, y las Cortes, a las cuales este apeló, recurrieron

a un medio altamente vituperable, pero, por desgracia, usado por

anteriores gobiernos de España, hasta de los constitucionales, siendo

vicio nuestro muy común respetar poco todo derecho individual, sin

que el de la propiedad esté exceptuado. Por aquellos días, o pocos

meses antes, el cónsul general de España en París, don Justo Machado,

encargado del fondo producto de las indemnizaciones que en virtud

de tratados había pagado Francia a particulares españoles para

reparación de perjuicios causados en España desde 1808 hasta 1814

por los ejércitos franceses, viendo próxima la invasión de nuestro

territorio por la fuerza que a ello se aprestaba con el fin de

acabar con el gobierno constitucional, y receloso de que el gobierno

francés, no reconociendo ya por tal al español, se echase sobre aquel

fondo, le puso en salvo, de lo cual dio aviso, mereciendo por esta

su acción aprobación muy señalada. De esta suma, pues, determinó

disponer el gobierno de Cádiz, por lo pronto, para sus necesidades

grandísimas y urgentísimas, no haciendo alto en que no era suyo, y

quedando satisfecho con prometer competente indemnización en mejor

tiempo a aquellos a quienes despojaba de sus bienes. Diéronse, pues,

a Mendizábal letras contra Machado, a la sazón residente en Londres,

y en cuyo poder estaban, o debían suponerse que estuviesen, tales

sumas. Pero Machado protestó las letras, alegando para su acción más

de un pretexto, siendo uno de ellos, que el fondo de que se trataba

no era del gobierno, lo cual era verdad, pero lo cual no tocaba a

Machado resolver, pues por el gobierno estaba encargado de aquel

dinero, y no por los interesados. Corrieron, en tanto, con tal rapidez

los sucesos, y cayó tan pronto el gobierno constitucional, que no

pudo este, dar paso alguno en tal negocio. Restablecido Fernando VII

en su poder absoluto, su gobierno escribió a Machado aprobando y aun

ensalzando su proceder, no solo como justo, sino como un señalado

servicio hecho a su soberano. Pero Machado, con extraña modestia,

apenas aceptó tal elogio, soltando la expresión de que había salvado

caudales de particulares, esto es, dando a entender que no tenía los

que estaban en su poder a disposición del nuevo gobierno de Madrid,

como no los había puesto a la del caído encerrado en Cádiz. Siguiose

de aquí una correspondencia bastante singular y aun chistosa, pero

inútil en cuanto a sacar a Machado el dinero que de él se reclamaba.

Entretanto, Mendizábal, tenedor de las letras protestadas, estaba en

Inglaterra refugiado, mientras Machado residía, ya en la misma Londres,

ya en París, evitando pasar a España, ni separado de la obediencia al

gobierno del rey, ni lo contrario, y viviendo bien, como persona muy

entendida en tal materia.

Recuerdos de un anciano · 第 37 / 41 段