como la población cabeza de la nación emigrada, o hablando, como suele
hacerse, con frase militar y a la moderna, el cuartel general de la
emigración, no residían en él los emigrados todos. Varios de ellos,
entre los cuales era yo uno, y otro Istúriz, y otro Argüelles con sus
compañeros de casa, el general Valdés y don Ramón Gil de la Cuadra,
con unos cuantos más de menos nombradía, no vivíamos en el barrio que
llegó a ser español, pero sí a poca distancia de él, yéndonos acercando
unos a otros hasta habitar los más en las calles próximas al camino
nuevo, por el lado opuesto al en que está Somers Town. Así eran las
comunicaciones frecuentes, a pesar de lo cual la línea divisoria no
dejaba de producir efectos y no cortos. Porque la política militante
que se mantenía siempre viva en la otra banda del _New road_, y lo
llamado chismografía, que siempre existe donde hay agregación de
gentes, y más cuando no pasa la agregación de ser corta, o no llegaban
al lugar en que residíamos, o llegaban ya debilitados habiendo perdido
mucho en la corta travesía.
Hay quien pondera las ventajas que sacan los hombres de una residencia
en tierra extraña, y no faltan por otro lado desaprobadores de los
pensamientos y hábitos que engendra la ausencia voluntaria o forzada
del suelo patrio. Ello es que en verdad los viajes son útiles, y quien
de ellos vuelve fatuo es porque llevaba en sí el germen que el viaje
ha desenvuelto. Pero el establecimiento de una a manera de colonia
unida por estrechos lazos y pasiones e interés común en medio de una
población de extraños, carece de la mayor parte de las ventajas que el
viajar lleva consigo. Hasta la necesidad de aprender la lengua de los
naturales de la tierra donde se vive, grande para quien tiene que estar
en perpetuo trato y roce con ellos, se hace mucho menor para gentes
que, salvo en unos pocos negocios de la vida, encuentran con quienes
comunicar sus pensamientos y afectos en la lengua propia. Así es que
de los emigrados españoles pocos aprendieron de la lengua inglesa más
que algunas voces de ellos no bien pronunciadas; y de estos pocos, los
más se ciñeron a aprenderla para la conversación o la lectura de los
periódicos; pero de la Inglaterra política, de la Inglaterra literaria,
de la Inglaterra social, ni se cuidaron siquiera, y las escasas ideas
que sobre tan graves puntos adquirieron fueron sobremanera cortas y
confusas. Verdad es que de esto hubo tal cual excepción, pero tal
cual y no más; y en su escasez se vio prueba nueva de lo verdadero
de la máxima antigua en cuanto a que la excepción confirma la regla.
Y era hasta blasón de algunos emigrados que habían creado una imagen
de su patria en su barrio, habiendo aprendido en él algo de la lengua
castellana criadas de servicio y tenderos, y hasta habiendo llegado a
pregonar la hora en las altas de la noche en idioma de Castilla uno de
los guardas nocturnos de la clase de los que llamamos _serenos_, a los
cuales convendría mal tal nombre en la nebulosa Londres; guardas que
hoy ya no existen, habiéndoseles sustituido los empleados de policía.
A un árbol que crecía solitario cerca de una esquina en la banda del
camino nuevo, y donde, a uso español, solían juntarse muchos a engañar,
a cielo raso, las horas ociosas en conversación entretenida, bautizaron
con el nombre de árbol de _Guernica_, sin que hubiese entre él y el
de Vizcaya la semejanza más remota, y solo por agregar a un árbol la
calificación que ha hecho famoso a uno de los de nuestra tierra.
Un poco ajenos a la vida interior y política ordinaria de Somers
Town vivíamos otros españoles. La casa en que residía Argüelles era
el punto en que por la noche solíamos juntarnos, y también en esto
seguíamos un mal uso de nuestra patria, porque aun en las noches de
invierno, bastante más largas que aquí, donde no son cortas, era
nuestra asistencia a hora bien avanzada, o digamos, al dar las once
poco más o menos. Allí solía la conversación ser amena, y en algún
caso instructiva. Argüelles, dulce en su trato, aunque de condición
violenta que sabía reprimir; muy amigo de sus amigos, y no menos
enemigo de sus enemigos; lleno de honradas preocupaciones casi todas
ellas patrióticas; estudioso, pero nada aficionado a ideas nuevas, y
tratando hasta de ignorarlas para no reprobarlas, bajaba a la sala,
tarde, de la parte alta de la casa donde tenía su dormitorio, que era
asimismo cuarto de estudio, trayendo por lo común en la mano una gran
jaula que contenía un ruiseñor, porque era hábil en avezar a la vida de
encierro estos pájaros ariscos, de suerte que lograba darnos un rato de
agradable música de la que poco se disfruta en España. Cuando bajaba
con nosotros ya estaba allí sustentando la tertulia el respetable
general don Cayetano Valdés, para mí aun más que para otros objeto de
respetuoso cariño, porque había sido compañero y muy amigo de mi padre;
cuyos modales de caballero, habiendo vivido en roce con las primeras
clases de la sociedad, y siendo él mismo de familia distinguida por
su antigua nobleza, aparecían en medio de la llaneza de su modo de
producirse; de instrucción corta, salvo en su profesión de marino, y
aun en esta más de los hábiles marineros que de los sabios astrónomos,
no muy escasos en número entre los oficiales de nuestra antigua real
armada; de buen juicio, manifestado a veces con singularidades, más que
de agudo ingenio; cuya bien merecida fama de valiente estaba hermanada
con otra no menor de honrado, y que llevaba con plácida resignación y
dignidad las amarguras del destierro, sujetándose a las que eran duras
necesidades para hombre acostumbrado a vivir como persona de alta
esfera.[96]
[96] Este respetabilísimo personaje, poco antes de verse
obligado a salir de España, se había casado con una señora
viuda, de muy ilustre cuna y alguna riqueza. De ella recibía
en la emigración los medios de vivir, lo cual le dolía
sobremanera. Por lo mismo excusaba gastos, sujetándose a lo
que para él hubieron de ser duras privaciones, aunque las
llevase con ánimo sereno. Era fumador, y siempre lo había
sido de buenos puros habanos, y en la emigración se redujo a
fumar un pésimo tabaco picado llamado _returns_, muy barato,
en pipas ordinarias de barro blanco, según uso de la ínfima
plebe inglesa. Menudencias son estas, pero de aquellas que debe
tener en cuenta quien desee conocer bien los sucesos y los
caracteres de los hombres. Causaba pena y admiración ver al
sobrino querido del poderoso ministro de Marina de Carlos III y
Carlos IV, el bailío don Antonio Valdés, y al general que había
ocupado tan altos puestos y disfrutado constantemente de los
regalos de la vida, envuelto en una nube de tabaco pestífero,
entre la cual asomaba su rostro risueño.
El tercero que vino a serlo de aquella familia, que lo venía a ser por
la amistad, si no por el parentesco, era Gil de la Cuadra, que por
algún tiempo vivió en el campo, y ya en la casa, tomaba menos parte
que sus dos compañeros en nuestro trato, soliendo estar él encerrado
en una segunda sala contigua a la en que nos juntábamos, escribiendo
siempre, y (según corría la voz) formando el plan de una conjuración de
cuya ejecución había de ser cabeza Mina; pero como conjuración tal no
llegó a ponerse por obra, ni del futuro plan de gobierno para nuestra
patria que acompañaba el proyecto apareció cosa alguna en 1834, bien es
de suponer que sobre otra materia serían los constantes escritos del
autor, hasta ahora sepultados en el olvido, como al cabo de larguísima
vida ha venido a estarlo su persona en la tumba. Ocioso sería enumerar
quiénes componíamos de continuo aquella reunión diaria, o, hablando
quizá con propiedad, nocturna; pero sería injusticia no nombrar entre
ellos a don Felipe Bauzá, muerto en Inglaterra en vísperas del día en
que nos tocó, y habría tocado a él, volver al suelo patrio, cosmógrafo
distinguidísimo y director del depósito hidrográfico en Madrid, a quien
haber sido diputado en las Cortes de 1822 y 23 atrajo su desgracia, por
causas políticas, a tratar las cuales no era él aficionado. Rara noche
dejábamos de asistir Istúriz y yo, que juntos llegábamos sobre las
once, y nos retirábamos dadas las doce cuando más temprano. Hablábase
allí de varias materias, pero más con mucho que de otra alguna de las
políticas. Sobre estas, si no reinaba unanimidad de opiniones, eran
cortas en número y no importantes las discordias, olvidado de todo
punto lo que en 1820 y hasta últimos de 1822 nos había dividido, y muy
presente en la memoria y el juicio lo que en el curso de 1823 hasta la
caída del Gobierno constitucional nos había unido con estrecho lazo.
Desatinábamos no poco, según yo ahora veo las cosas, y aun según todos
deben suponer, si conocen cuán errados son generalmente los juicios
en situación tal cual era entonces la nuestra, pero había en nosotros
tanta fe, que bien nos hacía merecedores de absolución por nuestros
yerros. Eran aquellas sin duda horas de amargura, y bien echábamos de
menos la patria ausente, y harto llorábamos la suerte de la causa que
habíamos creído para nosotros justa y puede decirse santa, lo cual no
obstante, había en nuestra situación algo y no poco que la suavizase:
la amistad, que se hace más tierna en la desdicha, algo de lícito
orgullo de lo que estimábamos nuestro honrado proceder, y esperanzas,
aunque lejanas y débiles nunca del todo perdidas, que nos presentaban
un futuro incierto, distante, pero hermoso, como es en sí todo porvenir
halagüeño, a lo cual nunca pueden llegar las realidades. En mejores
días me ha sucedido, y no a mí solo, volver la vista con la mente a
aquellas horas de destierro y pobreza, y considerarlas casi como suele
considerarse un bien perdido. Verdad es que nuestros años eran entonces
menos, y esto era una gran ventaja cuya pérdida es al hombre por demás
dolorosa: verdad es que la edad de la mayor fuerza intelectual y física
lleva consigo bienes que dan resistencia y con ella buen ánimo en las
mismas desventuras: verdad que
«a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor».
Del imaginado Robinson, en cuya inventada historia encuentran los
críticos el mayor mérito el de la habilidad con que el autor da a su
narración la apariencia de serlo de sucesos real y verdaderamente
pasados, se supone que, al salir de su isla desierta, donde tanto había
padecido, sintió vivo dolor, aunque salía de un lugar horrible para
trasladarse a uno culto, que era además su patria. No de otra manera,
al recordarnos las noches de Londres sentimos tentación de exclamar:
«¡Aquellas eran horas felices!». Y una buena razón tenemos para decirlo
cuando pensamos en desengaños posteriores, en ilusiones desvanecidas,
en yerros propios y ajenos, pues del hombre es errar, y tanto cuanto se
dilata la vida se multiplican los errores a la par con los que no lo
son, en tantas amistades acabadas, convertidas a veces en enemistades,
o pasadas a ser desvío cuando menos. Perdonen mis lectores esta efusión
del ánimo contristado al meditar sobre consecuencias forzosas de una
vida prolongada, y particularmente de una vida política en que tantas y
tales son las mudanzas traídas por modos diferentes de ver las cosas,
en que el interés o la pasión suelen cegarnos, pero en que motivos
poderosos nos compelen a volver por lo que estimamos el provecho común,
impeliéndonos a actos en que, discordando los pareceres, chocan unas
con otras las voluntades, siendo el choque, por necesidad, violento.
Volviendo de estas reflexiones, acompañadas de arrebato acaso
intempestivo, al tono de narrador, y narrador en estilo llano, cual
conviene a quien lo es de nada graves sucesos, diré que, por lo general
de la emigración, la tertulia de la casa de Argüelles y Valdés era
mirada con cierta clase de respeto. Sin duda, los parciales de Torrijos
y otros que, sin serlo de este, miraban ya a Mina con bastante mala
voluntad, recelaban, y no sin causa, que, si no con todos los de
nuestra tertulia, con los habitantes de la casa en que esta se reunía,
privaba en grado no corto el general exguerrillero; pero tal privanza
no daba muestras de sí, porque parecía aquella pobre reunión como
puesta en superior esfera, a donde no llegaban los como airecillos o
vaporcillos de pasiones que influían en los habitantes de Somers Town,
o en quienes, viviendo con estos en continuo trato, como ellos pensaban
y sentían.
Algunos pocos imprudentes, como es sabido, se lanzaron a España, donde
al momento cayeron en poder del Gobierno, siendo sin misericordia
sacrificados. Tal suerte cupo a los hermanos _Bazán_, un tiempo
parciales de Mina, y después sus contrarios, que no contentos con
vituperar al juicioso general por lo que hacía, y lo cual si hubiese
hecho, habría sido no solo en su propio daño, sino contra el harto más
importante interés de nuestra causa y nuestra patria, se arrojaron a
dar ejemplo de una conducta diametralmente opuesta, siendo su trágico
fin lección, aunque de pocos aprovechada, porque si en su locura no
tuvieron muchos imitadores, no cesó la desatinada opinión de mucha
parte de los desterrados de seguir culpando en Mina una inacción que
las circunstancias no solo justificaban sino hacían forzosa.
En tanto, el general, objeto de tan injustas censuras, no residía en
Somers Town, ni aun por lo común en Londres. Su salud y su conveniencia
le dictaban vivir apartado del aire de una ciudad populosa y de los
chismes de una emigración desocupada y malcontenta. Sus parciales iban
decreciendo en número, sus enemigos antiguos y nuevos creciendo en
bríos. Torrijos había atraído a sí no poca gente, mucha de ella de la
sociedad rival de la Comunera, mientras la Constitución estaba vigente
en España. Don Evaristo San Miguel, a quien daba fama haber sido
compañero de Riego, y escritor en 1820 en el ejército levantado en San
Fernando, así como después la circunstancia de ser ministro de Estado,
y como tal haber respondido a las famosas notas de Verona, sustentando
después su respuesta, calificada de temeraria, en el campo de batalla,
donde cayó prisionero muy gravemente herido, sin ser de Torrijos,
no encubría su aversión a Mina. Acompañábale en ello su entonces
estrechísimo amigo don Olegario de los Cuetos, el cual, si no era
personaje de cuenta, no dejaba de hacer papel, y siendo chistoso y de
felices ocurrencias, amontonaba contra Mina acres y a veces ingeniosas
frases de vituperio.[97]
[97] No muy bien aconsejado Mina, dio a luz en Inglaterra una
compendiada historia de los hechos de su vida toda, librillo
mal escrito y no mejor pensado, que hubo de causar pena a
los que entonces éramos sus amigos. Por lo mismo fue materia
de censura burlona para sus contrarios. Como ponderase en su
obra el excaudillo de guerrillas hasta un punto increíble
la cantidad y calidad de sus victorias en la guerra de la
Independencia, anubló con ello la indudable alta gloria que
había adquirido, si bien solo a los ojos de un odio ciego pudo
borrarse. Me acuerdo que el ya aquí citado don Olegario de los
Cuetos puso por mote a tal escrito _El romance de Francisco
Espoz_, aludiendo a los conocidos romances de _Francisco
Esteban_, chiste que fue aplaudido de muchos, siendo entonces
manía de algunos suponer que el general no tenía el apellido
de Mina y que le tomó por ser el de Mina de uno en 1809
guerrillero afamado.
Así estaban las cosas cuando de súbito, mediado 1826, llegó a
Inglaterra la noticia de que, muerto don Juan VI, rey de Portugal, su
hijo y heredero don Pedro, residente en el Brasil y rebelado contra su
padre, con el ya título de Emperador de aquel remoto estado americano,
renunciando su cetro europeo, le había puesto en manos de su hija,
menor de edad, acompañando la dádiva con la de una Constitución a
su pueblo. No era este suceso de poca monta, porque una ley de las
llamadas como por antonomasia Constitución, y que de hecho creaba un
poder popular, mal podía existir en una parte de la Península ibérica
sin que a la otra algo de ella se comunicase. Había más, y era haber
sido el ministro plenipotenciario de Inglaterra en Portugal el portador
de la recién otorgada Constitución, de lo cual era general deducir
que de su influjo venía tan inesperado suceso, no pudiendo él haberse
atrevido a usar de su influencia en tan grave materia sin estar para
ello autorizado por su gobierno, consecuencia que sacaron, no solo los
pobres desterrados españoles, crédulos de suyo, y más de lo que tanto
los lisonjeaba, sino liberales y monárquicos de todos los pueblos, los
primeros para prometerse mucho del gobierno británico y ensalzarle,
los segundos para recelarse de él y maldecirle. Se equivocaban, con
todo, unos y otros, pero no era fácil desengañarlos, lo cual no es
maravilla, pues la equivocación todavía hoy en algunos dura. Todo ello
consistía en atribuir al famoso ministro Canning intenciones que nunca
tuvo del todo, y que si llegó a tener en parte, y esta muy corta,
fue en fuerza de habérsela atribuido, y aprovecharse él de lo que se
le suponía. Porque Canning tory era, aunque de los de doctrinas más
liberales entre los de su partido, y tory murió y haciendo profesión de
serlo, aun cuando llegado a ser primer ministro en 1827 vio contra sí
la mayor parte de los antes sus amigos políticos, sin contar con que
en 1826 no era más que uno del ministerio, aunque superior en mérito
y renombre a sus compañeros, inferior en categoría a lord Liverpool,
acérrimo tory, teniendo que avenirse con él y otros de sus colegas de
las mismas ideas, nada favorables por cierto a la extensión del poder
popular en el continente, si a los ojos de otros constitucional, a los
de ellos revolucionario. Pero, dejando esto aparte, que bien merece ser
calificado de digresión, y aun tal vez de digresión impertinente, el
efecto producido en los españoles constitucionales por la Constitución
dada a Portugal fue tal y tanto, que a quienes menos esperanzas
teníamos de mejora en nuestra suerte y la de nuestra patria, entre
los cuales me contaba yo, llenó de alegría e infundió confianza en lo
futuro.
Con todo esto, el número de los desterrados que de Inglaterra
acudió a Portugal fue corto, y las noticias que de allí venían, si
no desconsoladoras, propias para rebajar en no corto grado nuestro
gozo. Volvió, sin embargo, a subir este de punto cuando, amenazando a
Portugal el Gobierno español, el británico resolvió enviar tropas a
socorrer al portugués, su aliado, y llevó su resolución a efecto sin
demora. Entonces pronunció Canning con este motivo un discurso célebre,
calificado de revolucionario por los más de los que eran todo lo
contrario en el continente, y aplaudido por muchos liberales, según mi
corto entender, con poco motivo, pero que a varios de entre nosotros,
y entre estos a Argüelles, más que placer causó disgusto y enojo. Las
resultas confirmaron lo que en nosotros parecía nimio recelo.
Sin embargo, aun los desconfiados no dejaron de concebir esperanzas. El
amigo y compañero de casa de Argüelles don Ramón Gil de la Cuadra, que
entre sus íntimos gozaba del más alto concepto por nada justificado,
me encargó que escribiese una carta para que fuese publicada en el
periódico _The Times_, donde procurase desvanecer la idea de que el
pueblo español no deseaba una Constitución liberal, y, sosteniendo
lo contrario, ponderando el crédito de que Mina gozaba en España
en calidad de tipo de la causa de que había sido defensor, dándome
a entender, pero no claramente, que deseaba el gobierno inglés ver
propagada tal idea como para preparar la opinión a que aprobase
cualquier acto encaminado a restablecer la libertad en España. Escribí
yo la carta, que salió a luz y dio motivo a artículos en otros
periódicos; pero todo se quedó en dar margen a reflexiones sobre
la materia que contenía, las cuales duraron poco. Entretanto, los
contrarios a Mina manifestaron gran descontento, suponiendo el paso
dado por mí, no en favor de la causa común tomando por instrumento a
Mina, sino en favor de Mina en el caso para ellos cercano de ondear
de nuevo la bandera constitucional en nuestra patria. Nunca he podido
averiguar después si de hecho hubo entonces algo de trato, aunque
poco e indirecto, entre el desterrado general español y algún agente
subalterno, pero autorizado, del gobierno británico; mas me inclino
a creer que nada absolutamente hubo, si bien no acuso de fingirlo a
Mina, y menos todavía a Gil de la Cuadra, y solo juzgo que uno y otro
tomaron por realidad las ilusiones de su deseo, fundándose en algunas
conversaciones a que dieron importancia muy superior a la debida.
Pronto pasó lo que parecía aurora de nuestra felicidad rayando en
Portugal, y se convertía en día tormentoso, y en encapotársenos más
que antes estaba el horizonte. Volvimos, pues, a nuestra vida pacífica
y triste. En medio de esto, la como colonia de Somers Town se iba
desmembrando, y buena parte de ella empezaba a escoger por morada una
isla dependiente de las británicas, poco distante de ellas, y sujeta
al gobierno inglés, que brindaba con grandes ventajas a quienes vivían
en situación cercana a la pobreza. Era esta la isla de Jersey, un
tiempo, pero en días ya remotos, francesa, o, diciéndolo con propiedad,
_normanda_, donde el idioma es francés, aunque no puro, y de los
llamados _patois_ entre nuestros vecinos, las leyes peculiares suyas,
las costumbres sencillas, la vida un tanto barata, el clima no frío,
pero sí sujeto a violentas y frecuentes borrascas, a vientos impetuosos
y a continuas lluvias, y cercada de un mar rara vez tranquilo, que
brama y se estrella furibundo contra multiplicados escollos. Es, con
todo, bellísima aquella isla, en cuyo terreno reducido, pues apenas
mide legua y media de norte a sur, y casi otro tanto del este al oeste,
abundan lindas vistas campestres; cubierto el suelo de abundante
arbolado, principalmente de manzanos, de cuyo fruto se saca la sidra,
bebida ordinaria de aquellos isleños; en cuyo terreno quebrado cerros
de poca altura, cortados por valles, remedan altas y fragosas sierras,
y representan, en pequeño, los países de los Alpes y Pirineos; donde
abunda el ganado vacuno, siendo el de allí señalado por la abundancia y
calidad de la leche de las vacas, de que se saca exquisita manteca, aun
superior a la de la vecina Bretaña. Es allí franco el puerto, aunque
no para todos los objetos, pero tal cual es, trae consigo en algunas
cosas necesarias a la vida copioso surtido y precios bajos. Todo ello
hacía aquel asilo propio para pasar en él la vida los desterrados; y
comunicada la noticia de lo bien que allí se pasaba por los primeros
llegados, fueron siguiéndolos otros, y en breve excedió a la de Somers
Town la población española de Jersey. Los más de los desterrados
se establecieron en la población de Saint-Helier, que, con la de
Saint-Aubin, son las dos de la isla que merecen el nombre de pueblos;
pero hay doce divisiones llamadas parroquias, y que lo son del culto
protestante, y todo el territorio está sembrado de casas de campo con
anejos de tierras de corta extensión. Varias de estas casas fueron
tomadas en arrendamiento a precios cómodos por españoles que se dieron
al cultivo o al cuidado de las reses vacunas, de que tenían dos o tres
cabezas no más; pero, ayudándose con lo que recibían del gobierno, lo
cual constituía una renta que suele faltar al labrador, sacaban los más
de sus afanes alguno aunque escaso provecho. En aquella vida campestre
no fue olvidada la política, pero compartían con ella la atención
diaria otros cuidados, u otras ocupaciones, o cuando no, conversaciones
a que daban materia cuidados ajenos, pareciendo como que aquel aire, si
no mitigaba la pena causada por el destierro, le daba cierto carácter
tranquilo y, en cuanto cabe, dulce. Allí terminaron su carrera mortal
algunos de nuestros compañeros de destierro; y quienes en los tiempos
venideros visiten el cementerio de Saint-Helier encontrarán en él
testimonios del dolor de los que sobrevivían a los amigos o parientes
perdidos, y en uno como apartado rincón de un mar distante, recuerdos
de los disturbios de la revuelta y malaventurada España.
También estaba más pacífica que antes la mermada población española de
Londres. Mina seguía casi siempre en el campo. Torrijos se había vuelto
escritor. Los demás seguían su vida acostumbrada.