que no viniese a disfrutar de los beneficios de tales gente perdida
(como en parte suele suceder y, aun en cierto aunque en corto grado,
sucedió entre nosotros), y para que en los auxilios dados hubiese una
regla de proporción, recibiendo más quien más había perdido en su
patria, no siendo posible igualar a un exministro con un exmiliciano
nacional, al cual algunos actos particulares, o su propia voluntad,
hija de excesivo temor, o de idea de su superior importancia, había
lanzado con sus superiores al destierro. Esta calificación mal podían
hacerla los ingleses. Discurriose, pues, crear una comisión de
españoles que sirviese para el intento. Mi conocimiento del idioma
inglés, adquirido en mis primeros años, y aumentado con el estudio y
con una corta residencia anterior en Inglaterra cuando servía en la
carrera diplomática, llevó a mis compañeros a incluirme en comisión
tan desabrida, de la que hube de escapar en breve, pero para volver
a entrar en otra de la misma clase. A pesar de mi buena memoria, no
me acuerdo de por quiénes o cómo fue hecha la elección, aunque no
hubo de serlo con mucha regularidad, pero, tal cual fue, satisfizo.
Como era natural, salió elegido por cabeza o presidente de la
comisión el general Mina, bajo cuya bandera parecía que estaban los
fugitivos alistados. Fuimos los demás elegidos a ver al que había
de presidirnos, manifestando con este paso la superioridad que en
él era uso por entonces reconocer, aunque a muchos ya desabrida por
varias y muy diferentes razones. No era yo de los contrarios a Mina, a
quien ni siquiera conocía de vista; pero, cediendo a un fatuo orgullo
que conozco ser uno de mis capitales defectos, por lo mismo que le
veía tan ensalzado y adulado, no quería tributarle obsequios, y ni
me había presentado a él hasta entonces, ni al ir a verle con mis
compañeros me puse delante para ser notado, sino que al revés, medio
ocultándome detrás de los otros, logré que en mí en aquel momento
nadie reparase. La figura de Mina de ningún modo correspondió a la
idea que de él me tenía yo formada, lo cual a menudo sucede tratándose
de personas conocidas por su mucha buena o mala fama. Tenía el famoso
exguerrillero una presencia en nada notable, no siendo ni muy bien ni
muy mal parecido, con nada de guerrero ni de feroz en su fisonomía,
pues antes parecía un buen hombre de la clase inferior entre la media.
El trato con gente principal no había afinado mucho sus modales[92]
ni corregido su lenguaje, que seguía siendo el de un campesino
navarro, y más tosco que de lo que de su presencia debía esperarse.
[92] Algo los afinó, sin embargo, la compañía de su señora,
con quien acababa entonces de casarse, y cuya educación era
esmerada, así como modales en alto grado finos.
Pero lo que en él desde luego asomaba era la cautela, hija de la
clase de vida que se había visto obligado a seguir en sus campañas de
guerrillero, y que él acertó a aplicar a sus hechos y dichos como
político, de suerte que el diplomático más avisado no podía excederle
en cuanto a hacer, como cuentan decía Talleyrand, uso de la palabra
para ocultar sus pensamientos. De esto dio desde luego una prueba en
la corta conferencia de que voy ahora aquí hablando. Llevó la voz, en
nombre de la comisión que iba a reconocerle por presidente, el famoso
eclesiástico y escritor, exdiputado de las Cortes extraordinarias de
1812 y de las ordinarias de 1820, don Joaquín Lorenzo Villanueva.
Este varón erudito, contra la general esperanza, entrando en las
Cortes primeras de la isla de León con apariencias de antirreformista,
se había pronto señalado como de los primeros campeones del bando
apellidado liberal, y granjeádose el odio acerbo del bando opuesto,
por lo cual, en la persecución padecida por los liberales en 1814,
había salido de los peor librados. Si bien sustentaba Villanueva con
tesón y aun con ardor las doctrinas con poco motivo aunque generalmente
calificadas de jansenistas en la parte de resistencia a los principios
conocidos por ultramontanos, o favorables a la mayor extensión de la
potestad pontificia, en sus modos excesivamente suaves representaba lo
que la preocupación vulgar tiene por propio de un jesuita consumado.
Solía clavar los ojos en el cielo cuando hablaba, e inclinando también
un tanto la cabeza parecía como que trataba de reducir a menos su
alta estatura. Siendo escritor notable por la pureza de su dicción
castellana y por lo correcto de su estilo, si bien difuso y pesado y
de corto juicio, en sus discursos dejaba ver bastante de la calidad de
sus escritos.[93]
[93] No ha mucho ha salido a luz una obra póstuma de este
autor, titulada _Viaje a las Cortes_, por don Joaquín
Lorenzo Villanueva, trabajo cuya publicación es de aquellas
imprudencias que suele cometer un amor vivo y respetuoso, pero
ciego, a la memoria de un difunto. En verdad la tal obrilla no
solo rebaja, y no poco, el mérito del autor, y en este el del
hombre, por más de un título, sino que bien meditada apoca y
aun humilla el concepto de las Cortes de 1810, pintando con
fidelidad prolija muchos de sus yerros y flaquezas. Muchas
citas podrían hacerse en abono de la censura severa, pero justa
y acaso oportuna, que acaba aquí de hacerse de tan pobre y mal
pensado libro.
Nunca tanto cuanto en la ocasión a que la narración presente se
refiere, pudo manifestar estas singularidades de sus modos el buen
padre Villanueva, que empezó a hablar al general dándole altas
alabanzas en aliñadas frases y rotundos períodos, que si habrían
sentado bien en un discurso pronunciado en las Cortes, y mejor todavía
en uno académico, aun en tales lugares podrían haber sido tachados de
un tanto de afectación ciceroniana. Mina, a quien no acomodaba ser
de la comisión, porque el serlo le habría acarreado, sobre molestia,
algunos compromisos que él deseaba excusarse, respondió a su elogiador,
que trataba a la par de ensalzarle y de persuadirle, expresando su
resistencia a aceptar el cargo que se le confería, pero procurando
dar a su resistencia el mejor color posible. «Yo...», decía, «sí, por
mis compañeros quiero hacer mucho, pero... eso de comisión, yo...,
no conviene, y... pues no hay cuidiao..., yo siempre..., pero de ese
modo no..., porque yo acá me lo entiendo y..., y siempre haré por
todos..., no así, pues porque no me parece lo mejor», y por este estilo
seguía con palabras sueltas, cuyo sentido apenas podía comprenderse,
ni deseaba, por otra parte, quien las decía fuesen muy comprendidas,
salvo en cuanto a que no quería ser de la comisión, ni en clase
de presidente, ni como mera parte de ella. Insistió Villanueva en
convencer o persuadir al general, y se entabló una como discusión entre
los que se expresaban en tan diferente estilo, la cual vino a parar en
nada, si nada era no contar con Mina. Asistí yo silencioso espectador
a tal escena, en que encontré algo de diversión, y de que saqué algún
conocimiento de Mina, bien que escaso. Esto aparte, no quedé resentido
de la conducta del general, como quedaron otros, siendo la ocasión
que acabo ahora aquí de referir motivo, y más que motivo pretexto,
de los primeros descontentos que excitó contra sí Mina; descontentos
hijos de pasiones y del interés, así como del desvanecimiento de locas
ilusiones, no sin tener él grave culpa de las enemistades que se
granjeó, pues, poco franco de suyo, alimentaba en otros esperanzas que
él no tenía; esperanzas cuya falta de cumplimiento causaba a la par con
dolor enojo, y recaía sobre quien las había fomentado.
A la llegada de la primera inundación de emigrados, que coincidió con
los últimos días del año para España infausto de 1823, solo pensaron
por lo pronto los fugitivos en su desvalida situación, y en acomodarse
a vivir con lo que la caridad británica les daba, no corta cantidad
para socorro cuando habían de ser muchos los socorridos, y tampoco
grande para personas que solían vivir con tal cual desahogo. Pero si
los partidos que en su patria los dividían no aparecieron vivos en el
lugar del destierro, no estaban muertos, y tenía cada cual su bandera
recogida, mas no abandonada. Bien es cierto que, andando el tiempo,
asomaron, y se manifestaron y crecieron, no sin furor y encono, las
anteriores discordias, y hubo continuas deserciones de uno a otro
bando, en las cuales iba de continuo perdiendo el que tenía por cabeza
a Mina.
Sabido es que la mutua enemistad de dos sociedades secretas había sido
causa de grandes inquietudes en los últimos meses de 1822 y primeros
de 1823, así en Madrid como en las provincias. De ellas, la de los
comuneros, la más extremada en doctrinas, no había llegado a apoderarse
del Gobierno, que sin cesar codició, y con toda clase de medios buscó,
teniendo que contentarse con hacer el mando desabrido, peligroso y
casi imposible a su rival, cuyo acierto, por otra parte, no había
sido mucho. Cuando ya amenazaba ruina el edificio de la Constitución,
o, digamos, de la revolución, los comuneros se habían dividido,
viniéndose de ellos las personas de más nota, y especialmente casi
todos los diputados de su gremio, a unir con los prohombres de la
sociedad enemiga, quedándose algunos de menos valer por su talento,
ciencia o reputación, pero de los más osados o extremados, en su campo
antiguo, y siguiendo a estos últimos casi toda la hueste. El general
Ballesteros, cabeza de la sociedad de hecho, aunque no por su título,
aparecía dudoso, pero más allegado a los de superior moderación. El
general Torrijos, quizá segundo en importancia entre ellos, atento a
su obligación de soldado en la campaña, se había alejado de las lides
políticas, salvo en punto a defender la Constitución contra la invasión
extranjera. Comenzada la guerra, Ballesteros en una capitulación había
entregado su ejército, y con él la causa constitucional y de su patria,
a los invasores. Torrijos se había mantenido fiel hasta la última
hora, y, libre y restablecido ya el Rey en su trono, había celebrado
una verdadera capitulación militar con los franceses, y puesto en
salvo su persona sin menoscabo de su obligación o de su honor; hecho
lo cual se vino a Inglaterra, donde llegó ya bien entrado el año de
1824. Su nombre, poco o nada conocido hasta entonces de los ingleses,
apenas sonó en la hora de su llegada, pero entre los españoles trajo
a los comuneros uno de sus más notables caudillos. La desunión que
existe siempre entre los desterrados, y que más que de otros pueblos
es culpa constante del español, y había sido muy señalada durante la
dominación de los constitucionales, tomó en breve forma y cuerpo en
Inglaterra. Las dos sociedades rivales no resucitaron, pero sí los dos
bandos de moderados y exaltados, bien que no compuestos completamente
de quienes de ellos eran parte en España. Dos hombres simbolizaron
estas parcialidades, y en cuanto cabía en su situación, fueron cabezas
de dos cuerpos inertes, pero vivos, y con esperanzas de despertar de
su letargo y dar muestras de sí en nuevos sucesos, restituidos ya
al seno de su patria, llevando a ella la bandera a la sazón caída.
Fue casualidad que la cabeza de cada bando fuese, al parecer, más
propia para serlo del cuerpo otro que el suyo. Torrijos, de ilustre
familia, nacido, bien puede decirse, en la corte, educado en la casa
de pajes del Rey, y, por lo mismo, entrado en la carrera militar ya
en la clase de capitán, hombre de fina crianza y modales amables, no
muy instruido, pero sí con los conocimientos comunes de la gente de
su clase, era sin duda a propósito para acaudillar y representar al
partido más aristocrático de la emigración, si algo en la emigración
merecía el nombre de aristocracia. Al revés, oriundo Mina de la clase
del pueblo, habiendo recibido en sus primeros años solo los rudimentos
de la educación más común, habiéndose formado en la dura y áspera
vida de guerrillero, y debiendo su elevación al poder popular, cuando
había divisiones políticas, tenía su puesto natural entre la gente más
extremada y menos culta. Ambos eran ambiciosos; pero el primero, franco
en su ambición hasta pecar en no leve grado de imprudente, se prestaba
a seguir para mandar a la gente que en su sentir era más activa, de la
cual se prometía más pronta la victoria, cuando el segundo, cauto y
astuto, veía en el sabor y juicio de las personas más entendidas más
abonada fianza de su seguro si no cercano triunfo.
Esto aparte, no todos los emigrados eran del uno o del otro de estos
partidos; pero sucedía en el pueblo emigrado lo que en otros pueblos,
y era que los pacíficos no entraban en cuenta, cuando la emigración
aparecía en movimiento, aunque este movimiento no llegase a más que a
hacer ruido. Además, en todo caso, en cualquiera eventualidad prevista,
los pacíficos se allegaban a uno u otro bando, salvo unos pocos que
tenían pretensión de levantar bandera propia, de lo que en 1830 dieron
muestras fatales para la causa común, y en alguna ocasión para ellos
mismos.
No faltaban, entre estos pacíficos, personajes de nota, pues, al revés,
abundaban; pero tales personajes son los menos. Por ejemplo, Quiroga,
cuya importancia como primer caudillo del levantamiento constitucional
debía haber sido grande, figuraba poco y no tenía quien le siguiese.
Bullía infinito el canónigo Riego; pero por su profesión no podía ser
caudillo, y por su vanidad contaba con su apellido y la memoria de
su hermano para ser figura principal en el drama de la revolución
española, viva o amortecida, no consiguiendo lo cual, se contentaba
con hacer papel entre radicales ingleses y desterrados franceses e
italianos, habiendo logrado con que apareciese mención de su nombre en
la vida del ilustre _Ugo Fóscolo_, uno de los objetos de su ambición
algo pueril. Argüelles, ilustre entre los ingleses y relacionado con
gran parte de lo más distinguido de aquel pueblo, vivía con sus amigos
el respetabilísimo general de marina don Cayetano Valdés y su excolega
en el Ministerio de 1820 don Ramón Gil de la Cuadra, apartado de un
movimiento cuya esterilidad conocía, y respetado en su apartamiento,
pero se inclinaba a Mina para el caso, poco probable durante algunos
años, de que pudiese hacerse algo para variar la suerte de nuestra
patria. Istúriz y yo, unidos en estrechísima amistad, solíamos estar
en frecuente o íntimo trato con la casa de Argüelles y sus compañeros,
y como ellos pensábamos y obrábamos, si bien Istúriz se desviaba
en su interior de Mina un poco más que yo, que, viéndolo muy rara
vez y habiéndole primero mirado con muy poca afición, al fin tenía
pensamientos de ponerme a su lado, si llegase la hora de obrar, no
obstante unirme con Torrijos relaciones de amistad antigua, contraída
en nuestras mocedades. Ni debo omitir hacer desde luego aquí mención de
un hombre a quien dio importancia su trágica muerte, hija de su natural
indómito y de su presunción ciega. El coronel _de Pablo_, conocido
por su mote de _Chapalangarra_, había defendido a Alicante hasta la
última hora del reinado de la Constitución, como Torrijos a Cartagena,
cometiendo, según es fama, actos de tiranía, como era de esperar de su
condición feroz y escaso discurso, pero sin impureza, aunque dijo lo
contrario la voz de la calumnia, y había parado en entregar la plaza
por una capitulación asimismo honrosa, en la hora en que llegaba a
ser inútil y habría sido hasta perjudicial prolongar la resistencia.
Venido a Inglaterra, se había acercado a Mina, bajo quien había servido
y distinguídose en la guerra de la Independencia; pero, como hombre
ignorante y apasionado, le había casi exigido que inmediatamente se
lanzase a restablecer la Constitución en España, y como no consintiese
tal desvarío el buen juicio de Mina, el antes su amigo y secuaz se
convirtió en su enemigo más crudo y violento, creyéndole traidor y
acusándole sin rebozo de serlo.[94]
[94] Un caso singular ocurrió en 1826 que explica la condición
de _Chapalangarra_, y alguna de las causas del odio que este
cobró a Mina. Salió a luz en un periódico inglés un artículo
en que era acusado Chapalangarra, respecto al tiempo en
que gobernaba a Alicante con poder absoluto, de actos, no
solo de cruel y feroz tiranía, sino de rapiña. Presentose
el así infamado ante un tribunal a demandar al escritor su
enemigo de injuria y calumnia. Temió este, y con razón, ser
condenado, y ofreció al querellante una suma razonable para
que se retirase de la demanda. No era vergonzoso aceptar tal
propuesta, acompañada de desmentirse el libelista a sí propio,
como prometía hacer e hizo, porque en dinero habría pagado
su exceso, si hubiese sido condenado, y en dinero dado en
calidad de daños y perjuicios a la persona por él infamada.
Pero Chapalangarra, no bien recibió el dinero cuando fue a
entregarle a Mina para que le emplease en el restablecimiento
de la libertad en España. Mina era hombre puro por demás, y no
estaba necesitado, pero recibió la cantidad por no descorazonar
o enojar al que la daba, siendo su política no dar un golpe
ni aun leve a esperanzas con que estaban enlazados su crédito
personal de patriota y su influjo. Pero Chapalangarra, que
quería lanzarse a España a todas horas, y que juzgaba la suma
que había dado, aunque pobrísima para una tentativa política,
bastante a una empresa de las que él deseaba y estimaba
oportunas, entró en un furor ciego contra Mina, y si bien no
acusándole de haberse apropiado aquella cantidad, sino de
haberla recibido para seguir engañando con esperanzas que no
pensaba en hacer realidades.
Pero Chapalangarra, si se apartó de su bandera antigua, no se pasó a
la de otro, y llegó a ser caudillo sin secuaces, viviendo por lo común
solitario, desabrido, parco por demás en la comida y bebida hasta
hacerse notar por ello, casi indispuesto con todos; en suma, llegando
con su carácter bilioso y su corto saber, a rayar en los límites de la
locura, pero locura de una sola clase, o dígase, monomanía de belicoso
patriotismo.
En medio de todo esto, la esperanza de volver pronto a España, y entrar
en ella victoriosos, no faltaba en la clase ignorante y numerosa de
los emigrados. En balde era que una parte, aunque corta, del ejército
francés siguiese en territorio español, y que estuviesen prontas a
seguirle numerosas tropas, si de ello hubiese necesidad; en balde que
la parte más crecida de nuestro pueblo manifestase a la derribada
Constitución enemistad violenta, y que la contrarrevolución, la cual
viene a ser la revolución continuada, presentando una de sus fases,
pusiese a la vista armada la plebe con el nombre de voluntarios
realistas; fuerza democrática al servicio de un poder absoluto
representante, y ya antiguo representante, de una considerabilísima
parte de lo que lleva y merece el nombre de pueblo. Había otro pueblo
imaginario en la cabeza de los emigrados, el pueblo de que ellos habían
sido parte, y tipo, y representantes en España. Solo la traición, o
cuando no tanto, la incapacidad de los gobiernos podía haber dado la
victoria a los franceses y a los realistas; pero volviendo la nación
en sí, como era fuerza que sucediese, y con unos más honrados o más
hábiles caudillos que los anteriores, pronto restablecería la libertad
en su suelo, plantándola harto más firme que antes estaba. Tales
opiniones son las de toda emigración, y de ellas no podía estar exenta
la española de 1821.
Así es que, cuando una desvariada empresa dio a una corta cuadrilla de
constitucionales por el término de tres o cuatro días posesión de la
plaza de Tarifa, desmantelada y descuidada, a punto de no tener fuerza
que la presidiese, hubo un movimiento de alegría entre la parte más
numerosa de los emigrados, a cuya noticia llegó la de la inesperada
ocupación de aquella fortaleza, de corta importancia, pero fortaleza
al cabo, antes que llegase, horas después, la de su pronta e infalible
caída en poder de los franceses que guarnecían a Cádiz. Hombres hubo,
si no de los de superior agudeza y claridad de entendimiento ni de la
más vasta instrucción, pero no rudos ni ignorantes,[95] a quienes,
anublando el juicio la pasión, pareció aurora de la regeneración
española lo que era una mala clara entre negras nubes y que traía en
pos de sí nuevas desdichas.
[95] Entre estos puedo citar a don Olegario de los Cuetos, que
hasta llegó a ser ministro de Estado, bien que por breve plazo
(en 1843 bajo la regencia del duque de la Victoria), el cual
llegó a Londres trayendo la noticia de la toma de Tarifa por
los constitucionales, y prometiéndose de ello resultas que al
cabo traerían el restablecimiento de la Constitución en España.
Pero la tentativa hecha sobre Tarifa, y a la par en Almería, con no
menos infeliz fortuna, y pérdidas de vidas, dignas, a lo menos, de
lástima, pasó en breve, y cayó la emigración en su estado ordinario,
nunca enteramente abandonada por la esperanza, aunque no hubiese en
qué fundarla, pero resignada a aplazar el cumplimiento de esta, o
si no tanto, los esfuerzos inmediatos para traerlo a época algo más
lejana. Hasta la inesperada aparición de la carta constitucional dada a
Portugal por su nuevo rey don Pedro, vivió la emigración tranquila.
No por esto, en verdad, desaparecían los partidos, pero existían
oscuros, sin extender su influjo a más que a un corto número
de personas, y dejando a las otras adherirse al que fuese de su
aprobación, cuando hacerlo así fuese oportuno. En suma, los partidos
políticos de aquellos días tenían las apariencias, y en cierto grado la
índole de las rivalidades de un lugar de provincia, y para que en ello
hubiese semejanza, solían ceñirse al recinto de Somers Town, barrio
pequeño en los extremos de Londres, que es a modo de un lugarillo entre
los varios cuya aglomeración forman aquella capital inmensa, falta de
límites legales conocidos. Allí vivía una España que no ha dejado de
tener influencia en los sucesos de la España verdadera.
II.
De muchos de nuestros compatriotas que nunca han pisado el suelo de
la Gran Bretaña es conocido el nombre de Somers Town como el de una
abreviada España constitucional, que hizo tal, con su residencia allí,
una gran parte de los desterrados españoles, de los cuales pocos
viven hoy para conservar de ella memoria, pero de que se conserva
no poca por transmisión de padres a hijos, y de ancianos a amigos,
cuyos descendientes existen y forman buena porción de la generación
presente. Es Somers Town un barrio pequeño, al cual divide del casco de
la aglomeración de casas que hoy y ha mucho constituye el como centro
de lo llamado Londres un camino o calle, pues de ambas cosas tiene, y
camino nuevo (_New road_) se llama, y de tal le dan aspecto las casas,
que todas tienen delante reducidos jardines en vez de formar la calle
sus paredes, pero que, por la extensión que va teniendo, y aun por
la que tienen ha ya largo tiempo la metrópoli del imperio británico,
calle viene a ser, a ambos lados de la cual hay barrios crecidos
y populosos. Apenas cuenta Somers Town casas para gente de más que
decorosa pobreza, constando las más de ellas de un solo piso sobre el
bajo o entresuelo; algunas de dos, casi ninguna de tres: número que
es el común de los pisos de las habitaciones de la gente acomodada
en los buenos barrios del centro de aquella capital inmensa. Esta
circunstancia, haciendo las casas un tanto baratas, señalaba aquel
barrio como propia residencia de gentes de escasos haberes, aunque no
de indigencia absoluta. Ya en época muy anterior, cuando aquel mismo
barrio, recién formado o poco menos, y todavía muy reducido, distaba
bastante del casco de la gran ciudad, faltando en el lado contrario
del _camino nuevo_ las numerosas y bellas calles y plazas que hoy
llenan y adornan aquel espacio, había servido de morada a muchos de los
emigrados franceses del tiempo de la primera revolución de su patria,
circunstancia que, conmemorada por residentes en Londres, hubo de
llevar a tal lugar a los primeros españoles que a él acudieron y fueron
núcleo del cuerpo que allí vino a formarse.