[89] Quiero contar un incidente de poca monta y ridículo,

ocurrido en Barcelona, pero que estimo digno de mención, como

pintura de usos y costumbres de aquel tiempo. Dispuso mi

padre presentarme a S. M. a que besase la real mano. Como en

otro artículo de los que he publicado anteriormente he dicho,

entonces los uniformes servían para paseo y visitas, pero el

uniforme de ordenanza y el de moda eran muy desemejantes.

Carlos IV miraba con horror que se llevase el pelo cortado

en redondo, y en su corte eran indispensables la coleta en

los militares y la bolsa en los paisanos. Así, pues, hube yo

de prepararme a parecer en la real presencia vistiéndome muy

de otro modo que de ordinario. Al uniforme con solapa suelta

sustituí otro con solapa pegada y redonda sobre el pecho; al

chaleco, la chupa; al pantalón, el calzón corto con hebilla

de charretera debajo de la rodilla; a la bota, el zapato con

hebilla también; el sable, arrastrando; la espada, de media

taza ceñida; al sombrero con plumero llevado de lado, uno

con galón y sin plumero dispuesto para llevarle de frente.

Una coleta postiza, sujeta con una cinta, me caía por la

espalda. En tal atavío, luciendo dos piernas en que ni asomo de

pantorrillas se veía, entré en el palacio del capitán general,

que era la residencia del monarca. En una de las antecámaras

estaba mi coronel, el duque de Osuna, abuelo del que hoy

lleva este título, con otros varios. Era diligencia precisa

presentarme a mi coronel antes que al Rey. El duque me recibió

afable, me examinó bien, me hizo dar vuelta en redondo, y,

se cercioró, por lo pronto, de que iba yo en regla. Pero de

súbito, me miró a la frente, y su aprobación cesó. Llevaba yo

el pelo cayendo sobre la frente, y debía llevarle cortado casi

a raíz y formando punta saliente en el medio. Intentó bondadoso

el Duque remediar el daño, y con su propia mano, pasándomela

por la cabeza, procuró alzar hacia atrás los pelos pecadores,

pero rebeldes ellos caían hacia adelante no bien faltaba la

fuerza que les daba dirección contraria a la que tenían.

Entonces, vuelto el general coronel a mi padre: «_Galiano_ (le

dijo), _no le aconsejo a usted que le presente al Rey así, no

sea que haya un disgusto_». Tuve, pues, que salir de palacio,

sin lograr el fin para que había entrado, con gran dolor mío y

no menor de mi padre, el cual, no obstante su gran talento y

saber, daba importancia a tales menudencias.

Cuatro años después, de Real orden cayeron las coletas, y

el Rey mismo sacrificó la suya. Citábase como prueba de la

extremada privanza del príncipe de la Paz que hubiese logrado

de su Soberano tal sacrificio.

Hubimos en breve de regresar a Nápoles, porque habíamos de llevar allí

a nuestra infanta doña Isabel a celebrar su matrimonio con el príncipe

heredero de la corona napolitana; enlace del cual fue uno de los

frutos la señora doña María Cristina de Borbón, tan célebre en nuestra

historia contemporánea, objeto de tan altos y tan merecidos aplausos,

y hoy... En este lugar, sobre tal punto, es lo mejor el silencio; pero

sea permitido a quien se gloría de su adhesión a tan ilustre señora,

derramar sobre esta página una lágrima que se agregue a las que en

este momento está ella derramando por la muerte de la cuarta víctima

que entre sus hijos ha hecho la muerte, arrebatándole todos en lo más

florido de sus años.

Nuestro viaje de vuelta a Nápoles igualó al primero, en lo breve, en lo

cómodo, en lo regalado, pero no en lo alegre. Faltaban algunos de los

del viaje a Barcelona, y además, las segundas partes, que con rarísima

excepción no son buenas en los libros, suelen no serlo en la vida. Es

calidad del placer la de durar poco.

Largos años habían pasado desde el viaje que acabo de conmemorar

hasta otro de que voy a hablar ahora. Y bien pensado, no habían sido

tantos, pues no habían pasado de veintiuno, pero ¡cuán llenos de

sucesos! Mediaban entre ambas épocas la guerra de la Independencia y

la revolución de 1820. El cadete de guardias de 1802 no había seguido

la carrera militar. Había sido diplomático, pero más que otra cosa,

político revolucionario. Era en 1823, yendo a terminar aquel año

funesto. Acababa de ser diputado a Cortes. ¡Diputado a Cortes! ¿Quién

podía haber dicho en Barcelona en 1802 que había de haber diputados a

Cortes en España de allí a ocho años, y de volver a haberlos de allí a

dieciocho? ¿Quién, que el muchacho que admiraba la corte de Carlos IV,

había de tener la desdicha de verse obligado a proponer la suspensión

del ejercicio de la autoridad Real en su hijo?

Y, sin embargo, en 1823, la monarquía de Carlos IV había resucitado de

derecho, pero de hecho no. Había en su lugar otra, quizá más absoluta,

pero no la misma. Un gobierno no es todo en una nación, y el de más

ilimitado poder tiene en buena parte que ser lo que los pueblos a

él sujetos. Pero, fuese como fuese, el Gobierno de Fernando VII en

1823 tenía que vengarse de agravios grandes, aunque provocados, y era

natural que estuviese yo señalado como uno de los principales objetos

de su resentimiento y odio.

Fui, pues, proscrito, y me libertó de la muerte la fuga. La plaza

de Gibraltar vino a ser mi primer puerto de salvamento. Pero allí

no era posible permanecer, pues ni tenía yo recursos para vivir,

ni el gobierno inglés consentía la estancia de los enemigos del

gobierno español en un lugar que, si bien con mengua nuestra de dueño

extranjero, es por su situación parte de España.

Nos vimos forzados a desocupar a Gibraltar y trasladarnos a Inglaterra.

Pero era dificultad, y no leve, que poquísimos entre nosotros teníamos

con que costear el viaje. A mí, que en mis primeros años pasaba hasta

por rico, y era en verdad hombre acomodado, reveses pecuniarios

considerables, y también mi imprudencia en gastar alegremente en mi

juventud, nada había quedado de lo heredado de mi padre, más que un

crédito crecido, cantidad muy difícil de cobrar, y que vino a ser

incobrable. Es elogio que no niegan nuestros enemigos a los hombres de

aquella época, que salieron de los más altos destinos con las manos

puras. Así es que en octubre y noviembre de 1823 estaba llena la plaza

de Gibraltar de personajes de alta categoría como empleados, que eran

verdaderos indigentes, y como allí no había medios de ganar la vida, y

menos de contar con la suma necesaria para pagar un pasaje a país algo

distante, solo de la caridad podíamos esperar alivio.

La caridad no nos faltó. Declamen enhorabuena contra los ingleses

muchos de nuestros compatricios; los más de ellos, sin conocerlo, ecos

de las pasiones francesas: lo cierto es que en caridad ningún pueblo

aventaja ni aun iguala al británico, y de ello buenas pruebas hemos

tenido no pocos españoles.

Pero la caridad tiene sus límites, y su oficio es socorrer la

necesidad, y no suministrar al lujo y ni aun siquiera al regalo.

Además, los ingleses son en tal punto caritativos, pero severos.

En Gibraltar no era posible hacer distinción de personas entre los

necesitados. Otra cosa fue en Inglaterra, y de esto se dio buena prueba

conmigo, que recibí favores de los cuales conservo agradecido recuerdo.

No extraño que en Gibraltar fuese yo medido por el rasero común, por el

cual pasaron personas distinguidas, a la par con otras que en la esfera

social eran muy poco.

Una suscripción dio medios para fletar un buque. Era este un bergantín

de poco porte, cuyo nombre era _El Orbe_, y que no llegaba a medir

doscientas toneladas inglesas. En él nos fue destinado para nuestra

habitación el entrepuente. Pusiéronse en él camas, cada una para tres

personas. Destinósenos para alimento carne salada y galleta, con un

barril de ron. Así nos amontonamos hasta creo unas cuarenta o cincuenta

personas, en muy reducido espacio. Era en diciembre, y el tiempo fue

como de la estación, y aun peor quizá que lo ordinario. Al tercer día

era la mar muy recia, y rompía en el barco. No estaba el entrepuente

preparado para pasajeros, y recibiendo nuestra habitación la luz por

arriba, no había, como hay en las cámaras, cubierta con vidrios que

poner, a fin de evitar que los golpes de mar entren con gran peligro

del barco, que podría llenarse de agua. Así, nos pusieron una cubierta

de madera que clavaron, y nos dejaron a oscuras en estrecho encierro.

Como salir era imposible para socorrer necesidades indispensables,

sobre todo de las menores, pusieron en medio del entrepuente dos

enormes cubos o tinas. A poco, los recios balances hacían salir el

asqueroso contenido de las cubas ya llenas, y le siguió una hediondez

insufrible. A ello había que agregar los no menos sucios productos

del mareo. Se inficionó el aire. En suma, tal vino a ser nuestra

situación, que dando recios golpes, comenzamos a pedir socorro. Se

apiadaron de nosotros el capitán y dos ingleses pasajeros de cámara que

con él iban, y derribando dos tablas pusieron en comunicación nuestro

entrepuente con la cámara y con la escalera que subía a la cubierta,

con lo cual nuestra situación, sin dejar de ser demasiado crítica,

se hizo tolerable, pues podíamos salir del encierro y subir al aire

libre, y aun recibíamos alguna ventilación de lado por la puerta recién

abierta. Por mi conocimiento del idioma inglés, el capitán quiso darme

entrada en su cámara, y aun asiento en su mesa, pero solo una vez

acepté por no parecer grosero. En tanto, sucediéndose el mal tiempo y

arreciando la borrasca, apenas permitía salir del lugar que, si ya no

encierro, era horrorosa vivienda. Una noche derribó un golpe de mar

lo que se llama obra muerta, que es como el pretil del buque, y se

llevó consigo para anegarlos a un pobre perro y a algunas gallinas que

traía el capitán para sí y los pasajeros de cámara. Hízose por esto

difícil a los pasajeros caminar por tablas cubiertas de agua, sujetas

a violentos vaivenes, y con uno como precipicio al lado. La mala

comida fue empeorando con el tiempo, y a estómagos no acostumbrados a

ella se hizo casi insufrible. Fortuna fue que los vientos furiosos

soplasen favorables, de suerte que a los quince días de nuestra salida

de Gibraltar avistamos las costas de Inglaterra. En prueba de que no

hay ponderación en este relato de nuestras miserias, no está de más

decir que nuestro barco corrió con el apodo del _barco negrero_, por

juzgársele parecido a aquellos en que van encerrados los infelices

africanos destinados a servir como esclavos en los puntos de América

donde subsiste la esclavitud, para afrenta de la civilización, digan

cuanto quieran sus defensores.

Bien es de suponer que en este viaje últimamente descrito hube yo de

acordarme del otro pasado en días más felices. Algunas navegaciones

había yo hecho entre las dos, y no era la vez primera que atravesaba

los mares que separan a Inglaterra de España; pero mis pasajes no se

habían señalado ni por el extremo de lo bueno, ni por el de lo malo.

Las incomodidades horrorosas trajeron a la memoria el placer antiguo.

Cuarenta años y meses van pasados después, y el contenido de los dos

viajes está fijo en mi mente. Además, los miro como ejemplos de las

grandes vueltas de mi fortuna. Esta importa poco a mis lectores, pero

quizá pueda servir de aviso a los que se aventuran en la carrera de las

revoluciones, a lo menos para que sepan que si en ella se encuentran

bienes, se encuentran comprados a precio subido. Pero me arrepiento de

esta sentencia al momento de haberla dicho, porque las revoluciones

son hembras caprichosas, y hay quien logra sus favores sin hacer mucho

gasto de ingenio o de padecimientos para adquirirlos.

XV.

RECUERDOS DE UNA EMIGRACIÓN.

La voz emigración, aplicada a los que, o desterrados o huyendo del

peligro de padecer graves daños por fallos de tribunales, o por la

tiranía de los soberanos o gobiernos, o de las turbas, se refugian a

tierra extraña, es nueva, y comenzó a estar en uso para señalar con

un dictado al conjunto de hombres que, de resultas o de reformas, aun

cuando útiles algunas para ellos odiosas, o de excesos atroces y de

una persecución feroz, huyeron de su patria, Francia, en el periodo

corrido desde 1789 a 1794, y fueron a poner en salvo sus vidas y

juntamente a formar a manera de un Estado hostil al que figuraba

como tal en el patrio suelo. Bien es verdad que, como antes de los

últimos años del siglo próximo pasado había habido en Europa, y aun

fuera de Europa, guerras intestinas y mudanzas de gobierno, las cuales

llevaban consigo padecimientos o amenaza de gravísimos males para los

vencidos, no habían faltado ocasiones en que agregaciones numerosas de

gentes fugitivas de un país habían venido a formarse en otro vecino

o distante, uniéndolas afectos vivos de odio al contrario y de amor

entre sí, nacido de común interés e iguales pasiones. Las guerras de

religión en el siglo XVI crearon lo que hoy diríamos una emigración

de protestantes que, desde el lugar donde habían hallado asilo,

hacían cruda guerra al gobierno católico de su nación y a todos los

de la misma fe. La revocación del edicto de Nantes por Luis XIV de

Francia, dio ser y vida a una como colonia francesa que se extendía por

Inglaterra y Holanda, y que llegó a ser funestísima al gran monarca

francés en los años postreros de su largo reinado, antes tan lleno de

poder y gloria. No había sido menos considerable la reunión de los

fieles servidores y parciales de la monarquía inglesa que, después

de degollado en público cadalso Carlos I y proclamada en el suelo

inglés la república, pronto pasada a ser regida por Cromwell con poder

absoluto, se había establecido en Holanda y Flandes, aunque parte de

ella hiciese residencia en Francia.

De los yerros y culpas comunes a las emigraciones cupo alguna, y no muy

leve parte, a las anteriores al siglo XVIII, pero en nada comparable

con lo que pasó a la emigración de los franceses desde 1789 hasta 1795,

o a las de otros pueblos en días del presente harto más cercanos.

En la vida del desterrado alternan y se mezclan las penas con las

ilusiones, el interés que a todos liga con las pasiones que los desunen

hasta llegar a producir entre ellos odios acerbos, y las preocupaciones

respecto a lo pasado con los que engendra lo presente, y se preparan

para lo futuro. La historia de su patria en los años en que hubieron

de abandonarla aparece a sus ojos desfigurada, naciendo de ello

variadas acusaciones, a la par con cargos justos, y en la halagüeña

visión, sin cesar presente a su sentido interno, de su futura victoria

y dominación, la ambición más violenta mueve a disputarse con furia

los imaginados puestos de mayor provecho y honra. No es más reñida

y extremada la guerra entre un ministerio real y verdadero, y los

hombres de una oposición que con ardor tira a derribarle, que la que

siguen unos con otros pobres desterrados en medio de su desvalimiento,

contendiendo por los despojos de una batalla que suponen ganada, aun

cuando estén enteramente faltos de fuerza, siquiera para salir al campo.

De estas faltas adolecía la porción considerable de españoles a los

cuales arrojó la caída del Gobierno constitucional en 1823 al lejano

suelo de la Gran Bretaña. Porque si en Francia y en otros países

encontraron más o menos seguro asilo los fugitivos de nuestra patria

en aquellos días, siendo en corto número y estando apenas tolerados y

vigilados, no llegaron a formar cuerpo político o social, mientras en

el suelo británico, al amparo de las leyes, favorecidos por la opinión,

si no patrocinados socorridos por el gobierno, libres en cuanto cabe

estarlo entre un pueblo libre, se miraban y eran, hasta cierto grado,

una potencia, sin contar con que los refugiados a otras tierras,

adictos a la España constitucional, que en su patria había desaparecido

o estaba eclipsada, la saludaban allí donde la creían existente y

de donde esperaban verla salir de nuevo como astro que oculta el

movimiento de los mundos.

Justo es decir que si nuestra emigración tuvo las flaquezas inherentes

a la naturaleza humana, fue bastante superior a las de otros pueblos

en este punto, y lo fue a la de los italianos y polacos, que vinieron

a ser, o fueron desde luego, sus compañeras. Hubo, es verdad, en la

española espíritu de bandería, piques de que nacieron odios, mutuas

acusaciones, casi todas injustas o cuando menos exageradas, ya

relativas a lo pasado, ya a lo presente, y envidias de quienes padecían

más a otros cuyos padecimientos, por ser menores a los ojos ajenos,

parecían cortos o ningunos; en suma, todas las pasiones que más nacen y

crecen, y aparecen en horas de desventura, pero no las imputaciones de

traición, y menos aún los actos de violencia que entre otros emigrados

llegaron a causar hasta asesinatos.

Y una cosa ennobleció a nuestros hombres de 1820 a 23; hombres cuyos

errores o cuyas culpas no trato de disimular, errados por lo común

en las doctrinas, desacertados y aun desatinados muchos de ellos

en su conducta, y a algunos de los cuales manchaba el recuerdo de

actos de feroz crueldad cometidos en su patria impeliéndolos a ellos

el fanatismo, pero cuyo blasón indudable fue que se presentaron,

con rarísima si acaso alguna excepción, puros del ruin delito de la

corrupción, viéndose en situación de honrosa indigencia a los que en

el gobierno constitucional habían ocupado los más altos puestos. Bien

sé que este mérito es solo negativo, que puede el hombre ser culpado

de delitos atroces, y hasta feos, conservando honradez en punto a

ceder al influjo del dinero, y que observar un precepto del Décalogo

no autoriza a mostrarse ufano a quien quebranta los otros. Pero al

cabo tiene quien (según la expresión vulgar) se ensucia las manos una

circunstancia contra sí que le agrava la culpa, y es que a otros actos

criminales suele acompañar cierta justificación a los ojos del propio

pecador en su fuero interno, siendo en estos puntos las capitulaciones

de conciencia muy comunes, pero el que se vende conoce bien su propia

maldad y bajeza, de donde nace en él mismo la degradación, y en el

público la idea que califica su culpa como superior a todas las demás

de que es capaz el linaje humano.

Cuando al terminar 1823 y en los días primeros de 1824 apareció el

gran golpe de los emigrados o refugiados españoles en Inglaterra,

fueron todos ellos recibidos, por lo general del público, con favor

extremado. Bien es verdad que los Tories, por entonces dominantes,

pues de su bando eran los ministros, y la parte más crecida de la

nación que en las cosas políticas influye o toma empeño, habían mirado

con aversión a veces excesiva la causa de la Constitución de 1812 y

a sus restablecedores y defensores, y aun visto con cierto grado de

satisfacción el triunfo del duque de Angulema y del poder francés;

venciendo en sus ánimos el odio a la democracia y a la revolución, y

el afecto parcial a los Borbones de Francia, el disgusto que solía

causar el engrandecimiento de una potencia rival antigua y moderna de

la Gran Bretaña; pero aun los Tories tenían menos aborrecimiento a los

demócratas españoles que a los de otros pueblos, viviendo en su mente

recuerdos de los días de la guerra de nuestra independencia en que

los constitucionales eran sus amigos en su porfiada contienda contra

el tremendo y temido poder de Napoleón _Buonaparte_.[90]

[90] De intento va escrito con _u_ antes de la _o_ el apellido

de Napoleón, porque se va hablando de sus acérrimos enemigos

que así le llamaban, sin que haya datos para resolver por qué

razón era mirada esta intercalación de la _u_ como una ofensa

por los que tenían intención de hacerla, y por los que la

recibían con enojo. Los realistas más violentos de Francia

Buonaparte le decían, y con solo leer el apellido así escrito

estaba declarado ser el escritor contrario por extremo del

emperador caído. Otro tanto hacían los Tories ingleses, y el

periódico _Quarterly Review_, señalado por su odio acerbo al

grande emperador, así le llama aún hoy mismo, cuando, olvidadas

antiguas pasiones, es de Napoleón III parcial más que otra

cosa. Walter Scott, aunque tory, en su _Vida de Napoleón_, que

a pesar de su corto valor tuvo alguna celebridad más de treinta

años ha, blasona de su imparcialidad por preferir llamarle

sin la odiosa o sospechosa _u_, Bonaparte. Y con todo, en sus

primeros años, cuando no era conocido su nombre de pila, y sí

solo su apellido, Buonaparte le llamaban hasta en impresos

algunos de sus admiradores. Un dichete italiano que corrió en

boca de muchos era _i tutti i francesi sono ladri_. ¿Son todos

los franceses ladrones? A lo cual era la respuesta: «non tutti

ma Buonaparte». Todos no, pero sí una buena parte. Verdad es

que esto salía de injusto enemigo, pero no habría jugado así

con el vocablo quien no llamase Buonaparte al vencedor de

Italia.

Los Whigs no admiraban mucho nuestra caída Constitución, pero habían

sustentado nuestra causa en el Parlamento y por la vía de la imprenta,

y tenían más motivos para protegernos y agasajarnos vencidos porque

la parte de nuestras doctrinas para ellos censurable, si no odiosa,

ya mal podía propagarse. En cuanto a los radicales, nos recibían

con los brazos abiertos como a hermanos y mártires por una causa

que les era común, sin pensar que no todos los españoles que allí

acudían profesaban su fe, por otra parte mal conocida de la turba de

desterrados, cuyas doctrinas eran confusas y limitadas. Pero había y

hay en Inglaterra, como en todos los pueblos, no obstante ser allí

más común que en otras tener noticia de las cosas políticas, y tomar

en ellas alguna parte lo general de las gentes, muchas personas que

no eran propiamente ni Tories, ni Whigs, ni radicales, y estas nos

hicieron desde luego el mejor acogimiento posible. El capricho popular,

más fuerte en el pueblo inglés que en los demás del mundo, se mostró en

nuestro favor, debiendo añadirse que en diez años tal favor apenas tuvo

menoscabo.

Había, sin embargo, preocupaciones en punto a los últimos sucesos de

España, imperfectamente conocidos, como suelen serlo en Inglaterra

los de todos los pueblos extraños. Habían visto los ingleses caer las

Cortes y el Gobierno constitucional con poca gloria, malográndose

locas infundadas esperanzas de una porfiada resistencia a la invasión

francesa; desertar al enemigo nuestros generales La Bisbal, Morillo

y Ballesteros con otros de inferior nota; seguir en su deserción a

sus caudillos los oficiales y soldados, en vez de abandonarlos como

a traidores. En medio de estas deserciones, aparecía la figura de un

general fiel a sus juramentos hasta la última hora, y pertinaz en la

defensa de la Constitución hasta la caída del Gobierno constitucional,

y además este general era una persona cuyo nombre había sonado en

los oídos ingleses, siendo recibido con aplauso en los días de la

guerra contra Napoleón, y aun en las horas en que la causa de la

independencia española era más tibiamente sustentada. Esta figura

era la del general Espoz y Mina, a la cual singulares circunstancias

anteriores daban proporciones, belleza y lustre muy superiores a lo

que de justicia le correspondía, si bien sería injusticia y locura

negarle buen grado y cantidad de merecimientos. Así, al llegar Mina a

Inglaterra fue recibido y considerado como el principal representante

de la España constitucional, vencida y prófuga, pero viva aún en tierra

extraña. Ni por lo pronto se negaron los desterrados a reconocer en

el general exguerrillero esta como supremacía, que después le fue tan

contestada. Verdad es que aún no estaba en el territorio inglés el

general don José María Torrijos, después cabeza de un partido opuesto

al de Mina, y el cual podía blasonar de constancia no inferior a

la de su rival, y de lealtad acrisolada en la defensa de la causa

constitucional en sus últimas horas. Aparte de estos dos personajes,

había uno a quien daban a la sazón gran valor circunstancias no

personales suyas, pero muy poderosas. Era este el canónigo Riego,

hermano del infeliz general bárbaramente sacrificado, aun siendo

admitidas doctrinas que justificasen su castigo. Era el canónigo hombre

por demás estrafalario, y tenía consigo a su sobrina, viuda[91] del

general, de todo lo cual procuraba él sacar partido en su particular

provecho; ocultándose sin duda a sus propios ojos este su interés

personal, porque se equivocaba y confundía hasta en su propio concepto

el amor de su familia y nombre, con el deseo de figurar, que era en él,

si no el único, el mayor de sus defectos.

[91] Esta pobre señora murió a poco de su llegada a Londres.

Como dejo dicho aquí poco ha, llegábamos casi todos los españoles a

Inglaterra en un estado de miseria completa, de suerte que solo la

caridad pública podía darnos el indispensable abrigo y sustento. Si

algunos tenían bienes, no podían recibir auxilios, o los recibían

mal, en fuerza de las circunstancias; de decretos que les confiscaban

o secuestraban su hacienda privada, de persecuciones populares que no

respetaban su propiedad, de temor en algunos de sus apoderados, de mala

fe en otros. Pero la mayor parte de ellos se componía de personas que

vivían de su profesión, militares, eclesiásticos, abogados, empleados

civiles, médicos, escritores; en suma, lo que constituye el núcleo del

partido llamado liberal en todos los pueblos, o, digamos, de lo que en

él forma la porción más activa y predominante. Ocurrir a cubrir las

necesidades de tantos desdichados fue una de las primeras atenciones

de los ingleses, y antes que su gobierno lo hiciese, como vino pronto

a hacerlo con no común generosidad, hubo de anticiparse el público por

medio de cuantiosas suscripciones.

Recuerdos de un anciano · 第 34 / 41 段