ocurrido en Barcelona, pero que estimo digno de mención, como
pintura de usos y costumbres de aquel tiempo. Dispuso mi
padre presentarme a S. M. a que besase la real mano. Como en
otro artículo de los que he publicado anteriormente he dicho,
entonces los uniformes servían para paseo y visitas, pero el
uniforme de ordenanza y el de moda eran muy desemejantes.
Carlos IV miraba con horror que se llevase el pelo cortado
en redondo, y en su corte eran indispensables la coleta en
los militares y la bolsa en los paisanos. Así, pues, hube yo
de prepararme a parecer en la real presencia vistiéndome muy
de otro modo que de ordinario. Al uniforme con solapa suelta
sustituí otro con solapa pegada y redonda sobre el pecho; al
chaleco, la chupa; al pantalón, el calzón corto con hebilla
de charretera debajo de la rodilla; a la bota, el zapato con
hebilla también; el sable, arrastrando; la espada, de media
taza ceñida; al sombrero con plumero llevado de lado, uno
con galón y sin plumero dispuesto para llevarle de frente.
Una coleta postiza, sujeta con una cinta, me caía por la
espalda. En tal atavío, luciendo dos piernas en que ni asomo de
pantorrillas se veía, entré en el palacio del capitán general,
que era la residencia del monarca. En una de las antecámaras
estaba mi coronel, el duque de Osuna, abuelo del que hoy
lleva este título, con otros varios. Era diligencia precisa
presentarme a mi coronel antes que al Rey. El duque me recibió
afable, me examinó bien, me hizo dar vuelta en redondo, y,
se cercioró, por lo pronto, de que iba yo en regla. Pero de
súbito, me miró a la frente, y su aprobación cesó. Llevaba yo
el pelo cayendo sobre la frente, y debía llevarle cortado casi
a raíz y formando punta saliente en el medio. Intentó bondadoso
el Duque remediar el daño, y con su propia mano, pasándomela
por la cabeza, procuró alzar hacia atrás los pelos pecadores,
pero rebeldes ellos caían hacia adelante no bien faltaba la
fuerza que les daba dirección contraria a la que tenían.
Entonces, vuelto el general coronel a mi padre: «_Galiano_ (le
dijo), _no le aconsejo a usted que le presente al Rey así, no
sea que haya un disgusto_». Tuve, pues, que salir de palacio,
sin lograr el fin para que había entrado, con gran dolor mío y
no menor de mi padre, el cual, no obstante su gran talento y
saber, daba importancia a tales menudencias.
Cuatro años después, de Real orden cayeron las coletas, y
el Rey mismo sacrificó la suya. Citábase como prueba de la
extremada privanza del príncipe de la Paz que hubiese logrado
de su Soberano tal sacrificio.
Hubimos en breve de regresar a Nápoles, porque habíamos de llevar allí
a nuestra infanta doña Isabel a celebrar su matrimonio con el príncipe
heredero de la corona napolitana; enlace del cual fue uno de los
frutos la señora doña María Cristina de Borbón, tan célebre en nuestra
historia contemporánea, objeto de tan altos y tan merecidos aplausos,
y hoy... En este lugar, sobre tal punto, es lo mejor el silencio; pero
sea permitido a quien se gloría de su adhesión a tan ilustre señora,
derramar sobre esta página una lágrima que se agregue a las que en
este momento está ella derramando por la muerte de la cuarta víctima
que entre sus hijos ha hecho la muerte, arrebatándole todos en lo más
florido de sus años.
Nuestro viaje de vuelta a Nápoles igualó al primero, en lo breve, en lo
cómodo, en lo regalado, pero no en lo alegre. Faltaban algunos de los
del viaje a Barcelona, y además, las segundas partes, que con rarísima
excepción no son buenas en los libros, suelen no serlo en la vida. Es
calidad del placer la de durar poco.
Largos años habían pasado desde el viaje que acabo de conmemorar
hasta otro de que voy a hablar ahora. Y bien pensado, no habían sido
tantos, pues no habían pasado de veintiuno, pero ¡cuán llenos de
sucesos! Mediaban entre ambas épocas la guerra de la Independencia y
la revolución de 1820. El cadete de guardias de 1802 no había seguido
la carrera militar. Había sido diplomático, pero más que otra cosa,
político revolucionario. Era en 1823, yendo a terminar aquel año
funesto. Acababa de ser diputado a Cortes. ¡Diputado a Cortes! ¿Quién
podía haber dicho en Barcelona en 1802 que había de haber diputados a
Cortes en España de allí a ocho años, y de volver a haberlos de allí a
dieciocho? ¿Quién, que el muchacho que admiraba la corte de Carlos IV,
había de tener la desdicha de verse obligado a proponer la suspensión
del ejercicio de la autoridad Real en su hijo?
Y, sin embargo, en 1823, la monarquía de Carlos IV había resucitado de
derecho, pero de hecho no. Había en su lugar otra, quizá más absoluta,
pero no la misma. Un gobierno no es todo en una nación, y el de más
ilimitado poder tiene en buena parte que ser lo que los pueblos a
él sujetos. Pero, fuese como fuese, el Gobierno de Fernando VII en
1823 tenía que vengarse de agravios grandes, aunque provocados, y era
natural que estuviese yo señalado como uno de los principales objetos
de su resentimiento y odio.
Fui, pues, proscrito, y me libertó de la muerte la fuga. La plaza
de Gibraltar vino a ser mi primer puerto de salvamento. Pero allí
no era posible permanecer, pues ni tenía yo recursos para vivir,
ni el gobierno inglés consentía la estancia de los enemigos del
gobierno español en un lugar que, si bien con mengua nuestra de dueño
extranjero, es por su situación parte de España.
Nos vimos forzados a desocupar a Gibraltar y trasladarnos a Inglaterra.
Pero era dificultad, y no leve, que poquísimos entre nosotros teníamos
con que costear el viaje. A mí, que en mis primeros años pasaba hasta
por rico, y era en verdad hombre acomodado, reveses pecuniarios
considerables, y también mi imprudencia en gastar alegremente en mi
juventud, nada había quedado de lo heredado de mi padre, más que un
crédito crecido, cantidad muy difícil de cobrar, y que vino a ser
incobrable. Es elogio que no niegan nuestros enemigos a los hombres de
aquella época, que salieron de los más altos destinos con las manos
puras. Así es que en octubre y noviembre de 1823 estaba llena la plaza
de Gibraltar de personajes de alta categoría como empleados, que eran
verdaderos indigentes, y como allí no había medios de ganar la vida, y
menos de contar con la suma necesaria para pagar un pasaje a país algo
distante, solo de la caridad podíamos esperar alivio.
La caridad no nos faltó. Declamen enhorabuena contra los ingleses
muchos de nuestros compatricios; los más de ellos, sin conocerlo, ecos
de las pasiones francesas: lo cierto es que en caridad ningún pueblo
aventaja ni aun iguala al británico, y de ello buenas pruebas hemos
tenido no pocos españoles.
Pero la caridad tiene sus límites, y su oficio es socorrer la
necesidad, y no suministrar al lujo y ni aun siquiera al regalo.
Además, los ingleses son en tal punto caritativos, pero severos.
En Gibraltar no era posible hacer distinción de personas entre los
necesitados. Otra cosa fue en Inglaterra, y de esto se dio buena prueba
conmigo, que recibí favores de los cuales conservo agradecido recuerdo.
No extraño que en Gibraltar fuese yo medido por el rasero común, por el
cual pasaron personas distinguidas, a la par con otras que en la esfera
social eran muy poco.
Una suscripción dio medios para fletar un buque. Era este un bergantín
de poco porte, cuyo nombre era _El Orbe_, y que no llegaba a medir
doscientas toneladas inglesas. En él nos fue destinado para nuestra
habitación el entrepuente. Pusiéronse en él camas, cada una para tres
personas. Destinósenos para alimento carne salada y galleta, con un
barril de ron. Así nos amontonamos hasta creo unas cuarenta o cincuenta
personas, en muy reducido espacio. Era en diciembre, y el tiempo fue
como de la estación, y aun peor quizá que lo ordinario. Al tercer día
era la mar muy recia, y rompía en el barco. No estaba el entrepuente
preparado para pasajeros, y recibiendo nuestra habitación la luz por
arriba, no había, como hay en las cámaras, cubierta con vidrios que
poner, a fin de evitar que los golpes de mar entren con gran peligro
del barco, que podría llenarse de agua. Así, nos pusieron una cubierta
de madera que clavaron, y nos dejaron a oscuras en estrecho encierro.
Como salir era imposible para socorrer necesidades indispensables,
sobre todo de las menores, pusieron en medio del entrepuente dos
enormes cubos o tinas. A poco, los recios balances hacían salir el
asqueroso contenido de las cubas ya llenas, y le siguió una hediondez
insufrible. A ello había que agregar los no menos sucios productos
del mareo. Se inficionó el aire. En suma, tal vino a ser nuestra
situación, que dando recios golpes, comenzamos a pedir socorro. Se
apiadaron de nosotros el capitán y dos ingleses pasajeros de cámara que
con él iban, y derribando dos tablas pusieron en comunicación nuestro
entrepuente con la cámara y con la escalera que subía a la cubierta,
con lo cual nuestra situación, sin dejar de ser demasiado crítica,
se hizo tolerable, pues podíamos salir del encierro y subir al aire
libre, y aun recibíamos alguna ventilación de lado por la puerta recién
abierta. Por mi conocimiento del idioma inglés, el capitán quiso darme
entrada en su cámara, y aun asiento en su mesa, pero solo una vez
acepté por no parecer grosero. En tanto, sucediéndose el mal tiempo y
arreciando la borrasca, apenas permitía salir del lugar que, si ya no
encierro, era horrorosa vivienda. Una noche derribó un golpe de mar
lo que se llama obra muerta, que es como el pretil del buque, y se
llevó consigo para anegarlos a un pobre perro y a algunas gallinas que
traía el capitán para sí y los pasajeros de cámara. Hízose por esto
difícil a los pasajeros caminar por tablas cubiertas de agua, sujetas
a violentos vaivenes, y con uno como precipicio al lado. La mala
comida fue empeorando con el tiempo, y a estómagos no acostumbrados a
ella se hizo casi insufrible. Fortuna fue que los vientos furiosos
soplasen favorables, de suerte que a los quince días de nuestra salida
de Gibraltar avistamos las costas de Inglaterra. En prueba de que no
hay ponderación en este relato de nuestras miserias, no está de más
decir que nuestro barco corrió con el apodo del _barco negrero_, por
juzgársele parecido a aquellos en que van encerrados los infelices
africanos destinados a servir como esclavos en los puntos de América
donde subsiste la esclavitud, para afrenta de la civilización, digan
cuanto quieran sus defensores.
Bien es de suponer que en este viaje últimamente descrito hube yo de
acordarme del otro pasado en días más felices. Algunas navegaciones
había yo hecho entre las dos, y no era la vez primera que atravesaba
los mares que separan a Inglaterra de España; pero mis pasajes no se
habían señalado ni por el extremo de lo bueno, ni por el de lo malo.
Las incomodidades horrorosas trajeron a la memoria el placer antiguo.
Cuarenta años y meses van pasados después, y el contenido de los dos
viajes está fijo en mi mente. Además, los miro como ejemplos de las
grandes vueltas de mi fortuna. Esta importa poco a mis lectores, pero
quizá pueda servir de aviso a los que se aventuran en la carrera de las
revoluciones, a lo menos para que sepan que si en ella se encuentran
bienes, se encuentran comprados a precio subido. Pero me arrepiento de
esta sentencia al momento de haberla dicho, porque las revoluciones
son hembras caprichosas, y hay quien logra sus favores sin hacer mucho
gasto de ingenio o de padecimientos para adquirirlos.
XV.
RECUERDOS DE UNA EMIGRACIÓN.
La voz emigración, aplicada a los que, o desterrados o huyendo del
peligro de padecer graves daños por fallos de tribunales, o por la
tiranía de los soberanos o gobiernos, o de las turbas, se refugian a
tierra extraña, es nueva, y comenzó a estar en uso para señalar con
un dictado al conjunto de hombres que, de resultas o de reformas, aun
cuando útiles algunas para ellos odiosas, o de excesos atroces y de
una persecución feroz, huyeron de su patria, Francia, en el periodo
corrido desde 1789 a 1794, y fueron a poner en salvo sus vidas y
juntamente a formar a manera de un Estado hostil al que figuraba
como tal en el patrio suelo. Bien es verdad que, como antes de los
últimos años del siglo próximo pasado había habido en Europa, y aun
fuera de Europa, guerras intestinas y mudanzas de gobierno, las cuales
llevaban consigo padecimientos o amenaza de gravísimos males para los
vencidos, no habían faltado ocasiones en que agregaciones numerosas de
gentes fugitivas de un país habían venido a formarse en otro vecino
o distante, uniéndolas afectos vivos de odio al contrario y de amor
entre sí, nacido de común interés e iguales pasiones. Las guerras de
religión en el siglo XVI crearon lo que hoy diríamos una emigración
de protestantes que, desde el lugar donde habían hallado asilo,
hacían cruda guerra al gobierno católico de su nación y a todos los
de la misma fe. La revocación del edicto de Nantes por Luis XIV de
Francia, dio ser y vida a una como colonia francesa que se extendía por
Inglaterra y Holanda, y que llegó a ser funestísima al gran monarca
francés en los años postreros de su largo reinado, antes tan lleno de
poder y gloria. No había sido menos considerable la reunión de los
fieles servidores y parciales de la monarquía inglesa que, después
de degollado en público cadalso Carlos I y proclamada en el suelo
inglés la república, pronto pasada a ser regida por Cromwell con poder
absoluto, se había establecido en Holanda y Flandes, aunque parte de
ella hiciese residencia en Francia.
De los yerros y culpas comunes a las emigraciones cupo alguna, y no muy
leve parte, a las anteriores al siglo XVIII, pero en nada comparable
con lo que pasó a la emigración de los franceses desde 1789 hasta 1795,
o a las de otros pueblos en días del presente harto más cercanos.
En la vida del desterrado alternan y se mezclan las penas con las
ilusiones, el interés que a todos liga con las pasiones que los desunen
hasta llegar a producir entre ellos odios acerbos, y las preocupaciones
respecto a lo pasado con los que engendra lo presente, y se preparan
para lo futuro. La historia de su patria en los años en que hubieron
de abandonarla aparece a sus ojos desfigurada, naciendo de ello
variadas acusaciones, a la par con cargos justos, y en la halagüeña
visión, sin cesar presente a su sentido interno, de su futura victoria
y dominación, la ambición más violenta mueve a disputarse con furia
los imaginados puestos de mayor provecho y honra. No es más reñida
y extremada la guerra entre un ministerio real y verdadero, y los
hombres de una oposición que con ardor tira a derribarle, que la que
siguen unos con otros pobres desterrados en medio de su desvalimiento,
contendiendo por los despojos de una batalla que suponen ganada, aun
cuando estén enteramente faltos de fuerza, siquiera para salir al campo.
De estas faltas adolecía la porción considerable de españoles a los
cuales arrojó la caída del Gobierno constitucional en 1823 al lejano
suelo de la Gran Bretaña. Porque si en Francia y en otros países
encontraron más o menos seguro asilo los fugitivos de nuestra patria
en aquellos días, siendo en corto número y estando apenas tolerados y
vigilados, no llegaron a formar cuerpo político o social, mientras en
el suelo británico, al amparo de las leyes, favorecidos por la opinión,
si no patrocinados socorridos por el gobierno, libres en cuanto cabe
estarlo entre un pueblo libre, se miraban y eran, hasta cierto grado,
una potencia, sin contar con que los refugiados a otras tierras,
adictos a la España constitucional, que en su patria había desaparecido
o estaba eclipsada, la saludaban allí donde la creían existente y
de donde esperaban verla salir de nuevo como astro que oculta el
movimiento de los mundos.
Justo es decir que si nuestra emigración tuvo las flaquezas inherentes
a la naturaleza humana, fue bastante superior a las de otros pueblos
en este punto, y lo fue a la de los italianos y polacos, que vinieron
a ser, o fueron desde luego, sus compañeras. Hubo, es verdad, en la
española espíritu de bandería, piques de que nacieron odios, mutuas
acusaciones, casi todas injustas o cuando menos exageradas, ya
relativas a lo pasado, ya a lo presente, y envidias de quienes padecían
más a otros cuyos padecimientos, por ser menores a los ojos ajenos,
parecían cortos o ningunos; en suma, todas las pasiones que más nacen y
crecen, y aparecen en horas de desventura, pero no las imputaciones de
traición, y menos aún los actos de violencia que entre otros emigrados
llegaron a causar hasta asesinatos.
Y una cosa ennobleció a nuestros hombres de 1820 a 23; hombres cuyos
errores o cuyas culpas no trato de disimular, errados por lo común
en las doctrinas, desacertados y aun desatinados muchos de ellos
en su conducta, y a algunos de los cuales manchaba el recuerdo de
actos de feroz crueldad cometidos en su patria impeliéndolos a ellos
el fanatismo, pero cuyo blasón indudable fue que se presentaron,
con rarísima si acaso alguna excepción, puros del ruin delito de la
corrupción, viéndose en situación de honrosa indigencia a los que en
el gobierno constitucional habían ocupado los más altos puestos. Bien
sé que este mérito es solo negativo, que puede el hombre ser culpado
de delitos atroces, y hasta feos, conservando honradez en punto a
ceder al influjo del dinero, y que observar un precepto del Décalogo
no autoriza a mostrarse ufano a quien quebranta los otros. Pero al
cabo tiene quien (según la expresión vulgar) se ensucia las manos una
circunstancia contra sí que le agrava la culpa, y es que a otros actos
criminales suele acompañar cierta justificación a los ojos del propio
pecador en su fuero interno, siendo en estos puntos las capitulaciones
de conciencia muy comunes, pero el que se vende conoce bien su propia
maldad y bajeza, de donde nace en él mismo la degradación, y en el
público la idea que califica su culpa como superior a todas las demás
de que es capaz el linaje humano.
Cuando al terminar 1823 y en los días primeros de 1824 apareció el
gran golpe de los emigrados o refugiados españoles en Inglaterra,
fueron todos ellos recibidos, por lo general del público, con favor
extremado. Bien es verdad que los Tories, por entonces dominantes,
pues de su bando eran los ministros, y la parte más crecida de la
nación que en las cosas políticas influye o toma empeño, habían mirado
con aversión a veces excesiva la causa de la Constitución de 1812 y
a sus restablecedores y defensores, y aun visto con cierto grado de
satisfacción el triunfo del duque de Angulema y del poder francés;
venciendo en sus ánimos el odio a la democracia y a la revolución, y
el afecto parcial a los Borbones de Francia, el disgusto que solía
causar el engrandecimiento de una potencia rival antigua y moderna de
la Gran Bretaña; pero aun los Tories tenían menos aborrecimiento a los
demócratas españoles que a los de otros pueblos, viviendo en su mente
recuerdos de los días de la guerra de nuestra independencia en que
los constitucionales eran sus amigos en su porfiada contienda contra
el tremendo y temido poder de Napoleón _Buonaparte_.[90]
[90] De intento va escrito con _u_ antes de la _o_ el apellido
de Napoleón, porque se va hablando de sus acérrimos enemigos
que así le llamaban, sin que haya datos para resolver por qué
razón era mirada esta intercalación de la _u_ como una ofensa
por los que tenían intención de hacerla, y por los que la
recibían con enojo. Los realistas más violentos de Francia
Buonaparte le decían, y con solo leer el apellido así escrito
estaba declarado ser el escritor contrario por extremo del
emperador caído. Otro tanto hacían los Tories ingleses, y el
periódico _Quarterly Review_, señalado por su odio acerbo al
grande emperador, así le llama aún hoy mismo, cuando, olvidadas
antiguas pasiones, es de Napoleón III parcial más que otra
cosa. Walter Scott, aunque tory, en su _Vida de Napoleón_, que
a pesar de su corto valor tuvo alguna celebridad más de treinta
años ha, blasona de su imparcialidad por preferir llamarle
sin la odiosa o sospechosa _u_, Bonaparte. Y con todo, en sus
primeros años, cuando no era conocido su nombre de pila, y sí
solo su apellido, Buonaparte le llamaban hasta en impresos
algunos de sus admiradores. Un dichete italiano que corrió en
boca de muchos era _i tutti i francesi sono ladri_. ¿Son todos
los franceses ladrones? A lo cual era la respuesta: «non tutti
ma Buonaparte». Todos no, pero sí una buena parte. Verdad es
que esto salía de injusto enemigo, pero no habría jugado así
con el vocablo quien no llamase Buonaparte al vencedor de
Italia.
Los Whigs no admiraban mucho nuestra caída Constitución, pero habían
sustentado nuestra causa en el Parlamento y por la vía de la imprenta,
y tenían más motivos para protegernos y agasajarnos vencidos porque
la parte de nuestras doctrinas para ellos censurable, si no odiosa,
ya mal podía propagarse. En cuanto a los radicales, nos recibían
con los brazos abiertos como a hermanos y mártires por una causa
que les era común, sin pensar que no todos los españoles que allí
acudían profesaban su fe, por otra parte mal conocida de la turba de
desterrados, cuyas doctrinas eran confusas y limitadas. Pero había y
hay en Inglaterra, como en todos los pueblos, no obstante ser allí
más común que en otras tener noticia de las cosas políticas, y tomar
en ellas alguna parte lo general de las gentes, muchas personas que
no eran propiamente ni Tories, ni Whigs, ni radicales, y estas nos
hicieron desde luego el mejor acogimiento posible. El capricho popular,
más fuerte en el pueblo inglés que en los demás del mundo, se mostró en
nuestro favor, debiendo añadirse que en diez años tal favor apenas tuvo
menoscabo.
Había, sin embargo, preocupaciones en punto a los últimos sucesos de
España, imperfectamente conocidos, como suelen serlo en Inglaterra
los de todos los pueblos extraños. Habían visto los ingleses caer las
Cortes y el Gobierno constitucional con poca gloria, malográndose
locas infundadas esperanzas de una porfiada resistencia a la invasión
francesa; desertar al enemigo nuestros generales La Bisbal, Morillo
y Ballesteros con otros de inferior nota; seguir en su deserción a
sus caudillos los oficiales y soldados, en vez de abandonarlos como
a traidores. En medio de estas deserciones, aparecía la figura de un
general fiel a sus juramentos hasta la última hora, y pertinaz en la
defensa de la Constitución hasta la caída del Gobierno constitucional,
y además este general era una persona cuyo nombre había sonado en
los oídos ingleses, siendo recibido con aplauso en los días de la
guerra contra Napoleón, y aun en las horas en que la causa de la
independencia española era más tibiamente sustentada. Esta figura
era la del general Espoz y Mina, a la cual singulares circunstancias
anteriores daban proporciones, belleza y lustre muy superiores a lo
que de justicia le correspondía, si bien sería injusticia y locura
negarle buen grado y cantidad de merecimientos. Así, al llegar Mina a
Inglaterra fue recibido y considerado como el principal representante
de la España constitucional, vencida y prófuga, pero viva aún en tierra
extraña. Ni por lo pronto se negaron los desterrados a reconocer en
el general exguerrillero esta como supremacía, que después le fue tan
contestada. Verdad es que aún no estaba en el territorio inglés el
general don José María Torrijos, después cabeza de un partido opuesto
al de Mina, y el cual podía blasonar de constancia no inferior a
la de su rival, y de lealtad acrisolada en la defensa de la causa
constitucional en sus últimas horas. Aparte de estos dos personajes,
había uno a quien daban a la sazón gran valor circunstancias no
personales suyas, pero muy poderosas. Era este el canónigo Riego,
hermano del infeliz general bárbaramente sacrificado, aun siendo
admitidas doctrinas que justificasen su castigo. Era el canónigo hombre
por demás estrafalario, y tenía consigo a su sobrina, viuda[91] del
general, de todo lo cual procuraba él sacar partido en su particular
provecho; ocultándose sin duda a sus propios ojos este su interés
personal, porque se equivocaba y confundía hasta en su propio concepto
el amor de su familia y nombre, con el deseo de figurar, que era en él,
si no el único, el mayor de sus defectos.
[91] Esta pobre señora murió a poco de su llegada a Londres.
Como dejo dicho aquí poco ha, llegábamos casi todos los españoles a
Inglaterra en un estado de miseria completa, de suerte que solo la
caridad pública podía darnos el indispensable abrigo y sustento. Si
algunos tenían bienes, no podían recibir auxilios, o los recibían
mal, en fuerza de las circunstancias; de decretos que les confiscaban
o secuestraban su hacienda privada, de persecuciones populares que no
respetaban su propiedad, de temor en algunos de sus apoderados, de mala
fe en otros. Pero la mayor parte de ellos se componía de personas que
vivían de su profesión, militares, eclesiásticos, abogados, empleados
civiles, médicos, escritores; en suma, lo que constituye el núcleo del
partido llamado liberal en todos los pueblos, o, digamos, de lo que en
él forma la porción más activa y predominante. Ocurrir a cubrir las
necesidades de tantos desdichados fue una de las primeras atenciones
de los ingleses, y antes que su gobierno lo hiciese, como vino pronto
a hacerlo con no común generosidad, hubo de anticiparse el público por
medio de cuantiosas suscripciones.