en el que el Congreso, sin irreverencia en la forma, le hacía una
súplica apremiante, que él miraba como nuevo exceso contra su persona,
y mientras diputados y espectadores, con rostros en que se pintaban,
ya cólera, ya pena, ya inquietud, seguíamos con la vista a nuestros
compañeros, y sobre todo, al presidente de la comisión, el general don
Cayetano Valdés, cuya figura, severa y desabrida, era como una imagen
de las circunstancias, pasé yo de mi asiento al de enfrente, inmediato
al que ocupaba Argüelles, con el cual entré en conversación sobre
el gran negocio que nos estaba ocupando. Vivía yo entonces en trato
amistoso con el célebre orador y repúblico asturiano, particularmente
desde que juntos habíamos sustentado acaloradas lides en defensa de las
respuestas dadas a las notas de los soberanos aliados y la resistencia
a poner la Constitución y la suerte de nuestra patria a merced de
los extranjeros, o del Rey mismo. Tanto Argüelles cuanto yo (créase
o no esto último) sentíamos dolor vivo y aun repugnancia a tomar un
partido violento; pero él igualmente que yo, preferíamos un golpe
violento a dejar perecer la ley fundamental del Estado, y lo que es
uso llamar la libertad, a la cual amenazaba en aquella hora muerte
segura y próxima, y muerte que vendría indudablemente acompañada de
horrorosas convulsiones, o digamos, variando la imagen para expresar
mejor la idea, que al desplomarse el edificio político, todavía en
pie, a más de una víctima, y estas de distinta especie, habría de
hacer polvo y confundir en sus ruinas. Menos dispuesto Argüelles que
yo a pensar lo peor, conservaba esperanza de que cediese el Rey,
como había cedido en Madrid, y así me lo expresó, a lo cual repliqué
con dolor que yo esperaba una respuesta arrogantemente desfavorable.
«_Pues entonces, ¿qué ha de hacerse?_», me dijo. «_¿Qué?_», respondí:
«_nombrar una regencia_». «_¿Y ha pensado usted en las consecuencias
tristísimas de tal acto?_», volvió a preguntarme. «_Sí_», le dije,
«_y no me excede usted en sentimiento al vernos obligados a tal cosa;
pero ¿hay otro medio? Si le hay, dígamele usted, y yo estoy por él_».
Meditándolo un poco: «_No veo otro_», repuso, «_y yo apoyaré lo que
usted proponga. Pero_», añadió, «_¿no será bueno, si hemos de pasar a
nombrar regencia, suspendiendo al Rey en el uso de su poder, que solo
lo hagamos interinamente, y para el acto de trasladarse el Gobierno
con las Cortes a Cádiz?_». Fue nueva para mí la idea, y me dio golpe,
y así, aun no contando con que necesitaba el apoyo de Argüelles y los
que le seguían para dar el paso atrevidísimo a que iba a arrojarme,
aprobé y adopté el pensamiento de mi poderoso colega, por lo mismo
que era menos violento el acto; porque, lo repito, no tenía deseo de
atentar a la persona o dignidad real, contra la cual, si procedía, lo
hacía obrando en defensa de las para mí sagradas leyes. Convenidos,
pues, mi antes antagonista y ahora amigo político y yo, contaba con que
sus palabras sostendrían mi propuesta. En esto aparece la diputación
de vuelta de Palacio, tristes y cabizbajos todos cuantos la componían,
y sobre todos ellos el Presidente, muy venerador de sus reyes, aunque
constitucional celoso. Lo que dijo consta en el acta y es público,
de modo que no es posible negar que el Rey nos arrojaba el guante,
siéndonos forzoso, o recogerle y entrar en fatal lid, o abandonar el
campo y entregarnos a la fuga. La cara y el acento de Valdés eran
tanto cuanto melancólicos, solemnes; en los demás diputados y en el
auditorio era igualmente lúgubre en cierto grado el aspecto, y en no
poca parte de gravedad en el silencio, parecido a la calma precursora
de las más recias tormentas. Entonces me levanté conmovido, tanto más
cuanto que la agitación sentía en mí crecida la calentura, y, apoyadas
las manos en el respaldo del banco que delante de mí tenía, comencé en
un breve discurso a explanar y sostener mi proposición, clavando todos
en mí los ojos, atentos los oídos, llenos de ansia los semblantes, y
como colgados de mis labios los oyentes, no, cierto, para oír de mi un
discurso entretenido, sino por lo que contenían mis palabras. Cesé de
hablar, y, por algunos segundos, nadie siguió, ni hubo murmullo en las
tribunas. Pero, a poco, pidiendo la palabra en contra de mi proposición
dos o tres diputados, y en pro también uno u otro, y entre estos el que
importaba más que todos, el mismo Argüelles. Impugnó mi proposición,
con un calor que parecía delirio, el diputado Vega Infanzón, oficial de
marina, cuyo hermano, muerto en Cádiz en 1813 de la fiebre amarilla,
había representado uno de los principales papeles en las Cortes de
1810, al lado del conde Toreno, con quien asimismo dos años antes había
pasado a Inglaterra, como representantes ambos de la junta de Asturias
en el levantamiento de España contra Napoleón. No tenía el diputado de
1823 las calidades de su hermano; pero era honrado, de mediano saber,
y de condición suave, por lo cual se extrañó más su acaloramiento en
este debate. Como el tiempo apremiaba, y todos cuantos hablábamos lo
hacíamos en pocas frases, y Vega, al revés, divagaba, repelía muchas
veces no solo sus ideas, sino aun sus expresiones, y gritaba, ya con
voz de ira, ya con acento de dolor, entró en muchos la sospecha de que
intentaba alargar la discusión con algún fin torcido; acusación en
mi sentir injusta, pero a la cual daba motivo saberse que se estaba
conjurando contra el gobierno constitucional, y que en la dilación
ponían gran parte de sus esperanzas los conjurados. Lo cierto es que
empezaron murmullos en las tribunas, y aun en los bancos, intentando
hacer callar al difuso orador; yerro gravísimo que procuré yo con otros
pocos impedir, yéndome de banco a banco a recomendar la prudencia, y
reclamando que guardasen orden los concurrentes a las tribunas. No
dejó de costarnos trabajo conseguir nuestro intento, porque aun en el
salón, un diputado eclesiástico llamado _Sáenz de Buruaga_, hombre de
más celo que talento o saber, y en quien el amor, que él creía serlo de
la libertad, era furibunda intolerancia, con voces y ademanes quería
imponer silencio al Vega, no sin dar muestras de tratar de pasar de
las palabras a las obras; ejemplo que había sido seguido; y por otra
parte el diputado, general Álava, se quejó de que desde una tribuna
amenazaba al Congreso un espectador con un sable desnudo. Pudo, no
obstante, impedirse todo desmán, y, si solo la amenaza puso miedo en
algunos diputados a punto de influir en sus votos, peligro poco más
lejano y harto más seguro retraía de votar mi proposición. Esto hizo
notar con sentidas frases y nobleza en su breve discurso Argüelles,
respondiendo a Vega, su paisano y amigo, que blasonaba de su firmeza en
defender al Rey en aquella hora. Por fin tuvo término el discurso de
Vega, y reducidos los que siguieron a dos o tres sentencias, declarado
el punto suficientemente discutido, hubo de procederse a la votación.
Ocurrió a algunos el desatino de pedir que fuese nominal, lo cual,
entre mayores inconvenientes, tenía el de la pérdida de tiempo, cuando
cada minuto parecía precioso. Logré yo disuadir de la pretensión a
quienes la tenían, y tuvo efecto la votación según el método ordinario,
levantándose los que aprobaban, y quedándose sentados los de parecer
contrario. Muy pocos fueron los que no se pusieron de pie, pues
vimos hasta con sorpresa levantados aprobando la atrevida propuesta
a aquellos pocos diputados cuya moderación rayaba en desafecto a las
nuevas leyes y en adhesión a la antigua monarquía. Algunos, bien que
no muchos, se ausentaron del todo; otros, asimismo en reducido número,
amedrentados y vergonzantes andaban entre los bancos y la pared, no
atreviéndose a votar en pro o en contra, y ni siquiera a salirse porque
no se les achacase a falta haberse ausentado. Así y todo, a bulto,
contamos sobre 90[84] o poco menos levantados; mayoría crecida en aquel
Congreso en que rara vez eran más de 120 los votantes. Hubo, después,
quien hiciese constar su voto contrario y se le consintió, a pesar de
que ninguno había dado; pero esto fue ya en Cádiz, llevándose a exceso
la condescendencia, por no pasar la mayoría por tirana.
[84] En la sentencia a pena capital dada por la Audiencia de
Sevilla contra los que votaron la suspensión del Rey, resulta
ser el número de los que aprobaron mi proposición muy inferior
al que este artículo afirma. Pero la sentencia no está fundada
en la verdad, aunque lo esté en que como tal aparece en el
proceso. Muchos de los que votaron aprobando, arrepentidos
después o medrosos, aseguraron no haber votado o hécholo en
contra. La Audiencia y aun el Gobierno tenían poco deseo de
cebar su saña en diputados que no habían figurado en primer
término, y así se prestaban a admitir justificaciones bien o
mal fundadas. Asimismo, por razones de política, venía bien
que apareciese haber sido una minoría del Congreso lo que
apareció mayoría en aquel acto. Si no fuese algo fea acción
bajar a personalidades, podía aquí citarse más de un nombre
de diputados que votaron el sí y habiendo después probado con
falsedad lo contrario no fueron incluidos en la proscripción
que cayó sobre todos sus compañeros, aunque de ellos solo en el
pobre _Riego_ fue ejecutada la sentencia.
El gran voto estaba dado, y restaba convertirle en hecho. Nombrada la
regencia en pocos minutos, su presidente don Cayetano Valdés hizo un
discurso brevísimo, pero muy notable. _He sido vencido más de una vez_
(dijo), pero he cumplido siempre con mi obligación, y esto prometo
ahora. Daba realce a estas sencillas palabras el aspecto de quien
las pronunciaba, de rostro desfigurado por efecto de las viruelas,
de andar desgraciado, de desaliño sumo, si bien no de desaseo, en el
vestido y en el modo de expresarse; con apariencias de vejez, aunque
apenas entrado en ella; modelo de patriotismo, cubierto de heridas[85]
gloriosamente ganadas en mar y tierra, leal servidor de sus reyes y
observante de la ley militar y civil, y en quien se notaba entonces el
dolor del trance en que se veía, a la par con su firme resolución de
proceder a ejecutar lo que él mismo, si bien con amargura, había votado.
[85] Fue gravemente herido en el combate naval de Trafalgar
y en la batalla de Espinosa en noviembre de 1808. Ya en el
combate del 14 de febrero de 1797 (el del cabo de San Vicente)
fatalísimo para nuestra marina, se había distinguido por
un excesivo arrojo acompañado de tino, salvando, o dígase
rescatando, del poder del enemigo al navío general _La
Trinidad_ que había arriado la bandera y volvió a izarla.
Iba ya entrando la noche. En esto anunciaron haber sido sorprendidos en
una reunión o conciliábulo unos cuantos que estaban tratando de dar un
golpe decisivo que acabase con los constitucionales. Fueron presos en
el acto los conjurados, a quienes presidía el general Downie, escocés
venido al servicio de España en la guerra de la Independencia, alcaide
a la sazón del alcázar de Sevilla, hombre estrafalario por demás,
y que, puesto en libertad al restablecerse el poder absoluto, fue
recompensado medianamente, y hubo de dar que pensar y que sentir a sus
favorecedores por sus rarezas, las cuales, yendo en aumento, vinieron a
ser demasías insufribles, con ribetes de actos de locura.
Quedaron las Cortes en sesión permanente, que duró hasta entrar la
noche del día 12. Pero, no habiendo qué hacer o qué decir, era la
única señal de continuar el Congreso en sesión, que ocupaban la silla
el presidente y su lugar en la mesa los secretarios. No muy alumbrado
el salón, con poca, aunque alguna, gente en las tribunas, y en los
asientos solo algunos diputados que se remudaban; interrumpido de
cuando en cuando el silencio por unas pocas breves razones a que los
incidentes que ocurrían daban margen, presentaban la sala de sesiones y
quienes en ella figuraban un aspecto de tristísima solemnidad.
De afuera menudeaban los oficiosos que acudían con avisos o consejos,
de ellos los más, o poco útiles, o impertinentes. En aquella suspensión
de las leyes, no pocos hubieron de figurarse que, siendo yo el autor de
la proposición aprobada, había venido a ser un ente a modo de cabeza
interina del Congreso y del gobierno, y así no puede decirse a qué
punto me veía molestado a cada momento con comunicarme noticias de poca
importancia o con insinuarme lo que debía hacerse, como si hacerlo
estuviese en mi mano. No limpio aún de calentura, aunque no agravado,
me sentía rendido, y así me eché y aun me entregué por cortos ratos al
sueño, tendido en un hueco que quedaba entre la espalda del dosel y
la pared, y teniendo por cabecera un cojín, en que ponían la rodilla
los diputados al jurar, mientras que, fiel yo al método _Broussaísta_,
bebía copiosos tragos de agua de limón con goma, absteniéndome de
probar otra cualquiera sustancia aun líquida. Ello es que así me puse
bueno enteramente al llegar la mañana.
Todo el día 12 fue día de vivas ansias. El Rey se había sujetado sin
resistencia a la decisión del Congreso; la conjuración en su favor
estaba descubierta en su parte principal, y presos los principales
conjurados; y, con todo esto, estábamos en no leve peligro, siendo el
mayor que tan atrevido golpe como el que acabábamos de dar llevaba
trazas de ser golpe en vago. La regencia no encontraba desobediencia,
pero tampoco obediencia, haciendo la inercia lo que podría haber
hecho la resistencia más viva. Poco se adelantaba en la disposición
del viaje. Se escondían aquellos a quienes tocaba recibir o ejecutar
órdenes. Tardó tiempo en encontrarse un general[86] que mandase las
tropas que habían de ir escoltando y guardando al Rey, a la par que
monarca, preso.
[86] Un general se disculpó de admitir el desabrido encargo
alegando que no tenía faja, porque había enviado fuera su
equipaje.
Hasta la guardia del Congreso desamparó casi toda su puesto, yéndose
a sus casas, o a disponerse a acompañarnos a Cádiz los milicianos
nacionales de Sevilla que la formaban, hasta el punto de quedar casi
solas las pocas centinelas. Si no hubieren sido cobardísimos los
realistas sevillanos, con suma facilidad nos habrían disuelto, y preso
o muerto, pero esperaron al día siguiente para dar prueba de su número,
de su previo concierto y de su furia; prueba que se desahogó en robar,
en saquear equipajes, y en dar de palos a constitucionales de poca
monta, entre ellos a los dependientes del Congreso.
Adelantada la tarde del 12, llegó a creerse que el Rey no se
pondría en camino. Hubo entonces proyectos extremados de hacerle
salir violentamente. Por fortuna, al ponerse el sol, cuando varios
desesperaban de ver terminado aquel conflicto en paz y en orden, se
supo que Fernando estaba fuera de las puertas de Sevilla, con su
familia y séquito de viaje.
Entonces se levantó la sesión fríamente.
Por la noche hubo orden de iluminar la ciudad, y, lo que bien podía
temerse que no sucediese, la orden fue puntual y aun escrupulosamente
obedecida. Ardían hachas en todos los balcones y ventanas, y a una
claridad como la del día acompañaba una suma soledad en las calles;
cabizbajos, afanados o inquietos los pocos que por ellas transitaban;
extrañísimo contraste el de las luminarias, siempre señal de bullicio
y alegría, con una situación de terror y pena de que daba muestra el
melancólico silencio.
En la misma noche nos embarcamos los diputados en el barco de vapor que
por entonces solo iba a Sanlúcar de Barrameda. Lo que después ocurrió
está ya fuera del argumento del presente artículo.
Bien será con todo añadir una circunstancia. Recelábase que al llegar
Fernando VII a la isla gaditana, dueño ya otra vez del poder, se
resistiese a encargase de él, protestando así contra la violencia de
que había sido víctima. Había, por lo mismo, dudas sobre qué habría de
hacerse para proveer al gobierno del Estado. Pero aquel Rey, a menudo
singular en sus actos y modos, al decirle el presidente de la regencia
interina que, nombrada esta solo para el acto de la traslación del
gobierno a Cádiz, había cesado en su cargo, y entregaba el gobierno a
sus reales manos, solo dijo prestándose a reinar y gobernar como antes:
«_Pues qué, ¿no estoy ya loco?_». Nada respondió, ni podía responder el
presidente, quien se contentó con hacer una demostración de respeto,
y pasó S. M. a ejercer sus facultades y prerrogativa, según la
Constitución, en Cádiz del modo y para los fines que mostraron sucesos
posteriores.
Tales incidentes trajeron y acompañaron el célebre acto de las Cortes
en Sevilla, en que fue suspenso un rey, como podía haberlo sido el
último empleado.
La historia le ha juzgado, y casi con unanimidad, desfavorablemente.
El pobre individuo que esto escribe tiene, con todo, el atrevimiento de
creer tal fallo injusto. Dispuesto y aun acostumbrado a arrepentirse de
muchas acciones de su vida política, y siendo apóstata confeso, como
es, si bien no en el grado que suponen quienes le han pintado como
sedicioso tribuno, de lo que hizo en Sevilla en el día 11 de junio, no
está arrepentido.
Esto no es decir que aquel acto de las Cortes fue bueno. Ninguno podía
serlo en aquellas circunstancias. Fue acaso del mal el menos; pero
el menos era ya mucho, cuando la elección había de ser de uno entre
varios gravísimos males. Pensar que habría muerto pacíficamente la
Constitución en Sevilla, como vino a morir poco después en Cádiz, es un
desatino en que solo pueden creer quienes no vieron o no se representan
bien la situación de las cosas y de los ánimos, en la hora en que el
Rey provocó a las Cortes y a todos los constitucionales, intimándolos
rendirse a discreción dentro de un brevísimo plazo. De seguro la
contrarrevolución en Sevilla habría sido desordenada y sangrienta.
Pero esta es disputa larga, y a que, solo de paso, ha sido casi forzoso
aludir en este breve escrito. Lo que en él se ha pretendido es pintar
el suceso de Sevilla, en la parte en que los documentos de oficio ni le
pintan ni pueden pintarle.
XIV.
DOS VIAJES QUE NO SE PARECEN EL UNO AL OTRO.
Los lectores que tengan paciencia para leer lo que sale a luz
procedente de mi pobre cabeza, tal vez van a ser puestos a dura prueba
leyendo en los renglones que siguen cosas que solo tocan a mi persona.
Pero, al cabo, la persona de un viejo tiene la particularidad de ser
imagen de tiempos pasados: en un hombre que en su larga vida física
y política ha hecho un papel superior a su valor, y más señalado por
reveses que por triunfos, y por censuras que por alabanzas, despierta
la curiosidad la relación de lo ocurrido en sus primeros años; y los
sucesos de una vida se enlazan con las costumbres de los tiempos en que
pasaron. Si he de decir verdad, aunque parezca blasfemia y tal vez lo
sea, la fama de la elocuencia de Néstor está fundada en gran parte en
que hablaba como viejo, y sacaba a plaza las cosas de sus mocedades.
No soy yo un Néstor, por cierto; pero me parezco a él en la edad, y
en referirme a antiguallas, y por esto reclamo, no en todo, pero sí
en parte, la indulgencia que con él han tenido lectores de todas las
edades.
En año de 1802 se casó por la vez primera el entonces príncipe de
Asturias, que después reinó con tan varia fortuna llamándose Fernando
VII, con una princesa de Nápoles. Fue destinada a traer a España la
real novia desde la capital del reino de las Dos Sicilias una división,
que hoy sería escuadra, compuesta de tres navíos, el _Príncipe de
Asturias_, de 120 cañones; el _Bahama_, de 74, y el _Guerrero_, del
mismo porte; de dos fragatas, la _Sabina_ y la _Atocha_ de 36 y 40,
y de un buque menor. Mandaba mi padre el _Bahama_, cuyas tablas de
hermoso cedro, que fueron admiración de los napolitanos, le tocó
tres años después manchar con su sangre, cuando en Trafalgar perdió
gloriosamente la vida. Quiso entonces el ilustre marino de quien me
glorío de ser hijo, llevarme consigo, no para acostumbrarme a la vida
de marino, pues al revés, no quería que siguiese yo su carrera, no
obstante saber de mí que tenía afición loca al cuerpo de la Armada y a
las cosas de la mar, sino para contribuir a lo que se llama formarse
viendo el mundo. Contaba yo a la sazón trece años de edad, vestía el
uniforme de cadete de Reales Guardias Españolas desde los siete años,
y había empezado a ser cadete efectivo a los doce, pero vivía en mi
casa con real licencia hacía un año. Fuimos en aquella expedición dos
individuos pertenecientes al ejército, pero de diferentes grados,
que el uno era mariscal de campo y yo cadete, siendo el primero don
Francisco Solano, de quien más de una vez he hecho mención en los
recuerdos de mi juventud, y al cual tocó representar distinguido papel
en el teatro de nuestros sucesos políticos, papel trágico al fin para
él, pero propio para realzar su memoria, por la no común fortaleza con
que llevó la muerte violenta de que fue víctima.
Zarpamos de Cádiz en los días primeros de junio de 1802, yendo con
nosotros el navío _Reina Luisa_, de 120 cañones, destinado a ir
Livorno para traer a España a la entonces reina de Escocia, hija
querida de la reina María Luisa, cuyo destino fue tan desgraciado,
que hasta de compasión vino a ser indigna; blanco del odio de los
españoles, y habiendo pasado, destronada y desterrada, a figurar como
principal acusada en un proceso criminal por estafa ante los tribunales
franceses. En el Estrecho, un abordaje del _Bahama_ con el _Príncipe_
estuvo a pique de acabar con ambos navíos, siendo casi milagroso que
escapasen solo rozándose por los costados, y haciéndose una ligera
avería. Después pasamos a ponernos a la vista de Argel, con el objeto
de ajustar diferencias pendientes con el Dey. De allí fue comisionado
nuestro navío con solo la fragata _Sabina_ a pasar a Túnez, con igual
objeto. Tres días pasamos en el último puerto fondeados, pero sin ir
a tierra, para evitar cuarentenas a nuestra vuelta, que había de ser
al puerto de Cartagena de Levante.[87] Séame lícito decir que era yo
instruido para mi edad, y que la vista de la Goleta y los lugares
inmediatos, teatro de antiguas glorias, seguidas de reveses, hizo
grande efecto en mi ánimo casi de niño.
[87] Así se decía entonces para distinguir la otra Cartagena
que era española, y a la cual se daba el nombre de Cartagena de
Indias.
Llegados a Cartagena, y habiendo pasado allí más de un mes, salimos
para Nápoles, entrado agosto. La navegación fue larga, porque sopló
con frecuencia el Levante. Llegó al cabo el ansiado día de avistar a
la famosa Nápoles, y entramos en su puerto con ostentación y ufanía,
porque la España de entonces, aunque decaída hasta lo sumo, todavía era
considerada como potencia poderosa por los napolitanos.
Navegaba nuestra escuadra con viento favorable y bonancible; en el
centro el navío general, a los dos costados de este, de modo que los
baupreses hiciesen línea con las aletas de babor y estribor al buque
del centro,[88] el _Bahama_ y el _Guerrero_: algo más atrás las
fragatas.
[88] Esta situación de los buques me recuerda una que puede
llamarse rareza de mi digno padre, pero rareza loable
atendiendo a su origen. Había dado orden el general de navegar
en el orden que dice el texto. Era vanidad de mi padre,
justificada por sus navegaciones atrevidas y felices, ser
marinero a la par que astrónomo, desvaneciendo la preocupación
que suponía ser los oficiales apellidados científicos no
de los más hábiles navegantes. Puso pues, grande empeño en
llevar su navío durante la travesía como clavado en el punto
que le estaba señalado, y lo consiguió, aunque era difícil, y
el lograrlo causó mucha molestia a los oficiales de guardia.
No pudo hacer lo mismo el _Guerrero_ por el otro costado del
general. Bien es verdad que en lo velero le aventajaba mucho el
_Bahama_.
Embargaba los ánimos el hermoso espectáculo; el Vesubio,
aunque sin lanzar fuego entonces, con sus tostadas cumbres y sus
bellísimas verdes faldas; al otro lado la ciudad en lindo anfiteatro,
dominándola el castillo de San Telmo; en los contornos amenos campos,
y a nuestra espalda las islas que ciernen una parte del que más que
puerto es golfo; despejado el cielo, templado el aire, azules las
ondas, como son las del Mediterráneo; y en medio de todo, surcando
pausada y majestuosamente las apenas agitadas aguas, los buques de
guerra en son de fiesta, ondeando al viento las banderas y gallardetes.
Entretanto, tronaban a la par los cañones de tierra y de mar,
destinados igualmente a ser instrumentos de destrucción y muerte, o
pregoneros de alegría.
Fuimos, como era de presumir, sumamente obsequiados en la corte
napolitana los españoles. Todo era convites, bailes, festejos. Entre
la lava que rodea a Pórtici, sin quitarle ser mansión deleitosísima,
y en la residencia que allí tenía el Rey, nos dio la corte una linda
fiesta. Acertó a tronar aquella noche, y repetido el retumbar de los
truenos por el eco hasta en las cavernas del vecino Vesubio, daba al
baile singular carácter. Era aquella, por cierto, fiesta napolitana,
porque se bailaba sobre un volcán verdadero en las inmediaciones de la
verdadera Nápoles.
No pudimos detenernos mucho en aquellos lugares. Nos aguardaba
impaciente la corte de España en Barcelona, a donde se había trasladado.
En el navío general iba la infanta de Nápoles destinada a ser princesa
de Asturias. Pero no había en él cabida para toda su comitiva, y se
dispuso que una parte de ella fuese en el _Bahama_. Mi padre, generoso
por demás, y a la sazón medianamente rico, en vez de sentir que le
hubiese tocado esta suerte de que escapó el navío _Guerrero_, y que
solo le traía gastos crecidos, aprovechó la ocasión de acreditarse de
hombre garboso y de gusto. Hasta convidó a hacer el viaje en su navío a
varias personas, mas todas ellas de distinción, las cuales aceptaron el
convite.
No se conocían aún, entonces, a bordo de un buque los regalos y
comodidades que hoy se han hecho comunes, gracias a los progresos de
las ciencias acomodados a la civilización moderna. Pero así y todo,
puede afirmarse que aun para el día presente habría sido señalado aquel
viaje por los placeres de que pudo gozarse en la navegación: para
entonces fue extraordinario. Un buen cocinero francés nos tenía una
exquisita mesa, para la cual hubo esmero y lujo en escoger las primeras
materias, y un buen acopio de nieve consintió que se sirviesen con
frecuencia en alta mar, no solo al fin de la comida, sino en las horas
del calor, quesitos helados, obra de un excelente repostero napolitano
que tomó mi padre a su servicio. No era menos notable la colección de
vinos, entre los cuales lucía el Jerez amontillado, hoy común, entonces
con el mérito de ser sobre exquisito, de invención moderna. La sociedad
era excelente; reinaban en el _Bahama_ el buen humor, y aun la alegría.
Entre los pasajeros había una señora siciliana, muy buena cantora, que
recreaba a la sociedad acompañándose con la guitarra (pues piano aun no
era uso llevar a bordo). Entre otras piezas sobresalía una a la sazón
famosa (según creo de Paisiello), cuya letra es:
Nel cor più non mi sento
Brillar la gioventù
y cuyo final es:
Pietà, pietà, pietà
L’amore è un certo che
Che delirar mi fa,
dulcísima melodía que hoy han condenado al olvido las armonías noveles
y aun otras melodías más vivas. No faltaba en la concurrencia el
atractivo de la belleza, porque venía con nosotros una de las más
celebradas beldades de España, la Matilde Gálvez, nacida en nuestro
suelo, pero precisada a residir en Italia por haberse casado con el
coronel napolitano Minuolo, de distinguida familia. Me acuerdo de que,
como toda mujer hermosa, gustaba de ganarse adoraciones, y que con
sus bellísimos ojos, bien manejados, daba placer y tormento a varios
de sus compañeros de navegación. En mí, con mis once años, nada podía
producir, pero sentía gusto en verla, y en que, como solía, me hiciese
fiestas como a un chiquillo. El tiempo parecía como que se había
convenido en que aquella travesía todo fuese placer puro, porque el
viento nos fue constantemente favorable, y siempre flojo, por lo cual
navegábamos, si no con grande velocidad, con mediana, y con la mar
serena. Un día apareció por entre nuestra escuadra un buque de guerra
inglés de poco porte. Largó su bandera y nosotros las nuestras, y en
el tope del palo mayor del navío general apareció el estandarte real,
por entonces rara vez visto a bordo, que fue al momento saludado,
correspondiendo con sus saludos el buque extranjero.
Al séptimo día de nuestra salida de Nápoles, llegamos a Barcelona, cuyo
brillo entonces nos la hizo parecer poco inferior a la capital de las
Dos Sicilias. Desplegaba allí en aquella ocasión nuestra corte su lujo,
tal cual era entonces, suspendida la tristeza que por lo común en ella
reinaba. Esmerábanse en obsequiarla los catalanes con procesiones de
máscaras y demás clases de fiestas por que se distinguen. Juntose allí
con nuestra corte la de Etruria, venida a tomar parte en los festejos.
Entretanto, la mesa del _Bahama_ se distinguía aun entre las de la
corte, y nunca volvía mi padre de tierra a comer sin traer consigo
algunos convidados.[89]