Las dos sociedades seguían en guerra más rencorosa que viva. De la

comunera se habían separado muchos de los de superior valer, y de

ellos no pocos diputados pasados a hacer causa común con el ministerio

de San Miguel y con el que le había sucedido. Por eso los fieles a la

bandera comunera, sin profesar ideas muy monárquicas, se habían, con

todo, arrimado a la persona de Fernando VII y a la corte, reprobando

la guerra empezada y pintando posible un ajuste con los franceses. La

otra sociedad, debilitada por su mismo triunfo, y porque, habiendo

gobernado por algún tiempo en malas circunstancias, había cometido

graves yerros, se sentía incapaz de hacer frente a desdichas de que se

la hacía, y no con grande injusticia, responsable. En las reuniones del

cuerpo principal director no se formaban ya los planes del Gobierno,

como sucedía en los últimos meses de 1822 y principios de 1823, cuando

el Ministerio era poco más que ejecutor de las resoluciones de la

sociedad; cosa a que no se habría sujetado Calatrava y algún otro

de sus compañeros. En medio de esto, dictando, según con frecuencia

sucede, la flaqueza actos de violencia, y también llevando el hecho

mismo de no tener que hacer o proponer a pensar en desatinos, ocurrió

un día en la Junta, que era autoridad suprema de la sociedad,

encontrarse en la bolsa llamada _Saco de proposiciones_, donde,

conforme a rito, se presentaban todas cuantas se hacían ignorándose

sus autores, una reducida a que se discurriese medio de acabar con

Fernando, y aun con su real familia.[81]

[81] Este incidente tuvo resultas. Hubo de revelarle al rey

un traidor, a quien hizo tal el miedo. Compró el revelador

su perdón con esta bajeza; pero, siendo hombre cobarde por

extremo, el pensamiento de que podría tener consecuencias para

él funestas su acción, le trajo una enfermedad que le acabó

con la vida. Quedó de la delación testimonio en una cláusula

de la amnistía dada por el Rey absoluto en mayo de 1824, donde

se exceptuaba del perdón a «_los que en sociedades secretas

hubiesen propuesto la muerte del Rey_ o de otras personas

reales».

Indignó sobremanera tal idea a varios de los concurrentes, y entre

ellos a Istúriz y al que esto escribe, y nos separamos de la sociedad,

a punto de declarar que no asistiríamos en adelante a sus juntas;

lo cual cumplimos, viendo en el acto de aquella propuesta, no solo

un crimen, sino, como teníamos razón para presumir, un lazo que se

nos armaba. De este modo las dos sociedades, poco antes gigantes, y

disputándose con calor y furia la dominación, habían perdido en gran

parte su fuerza, como en aquella hora lo había perdido todo en el

gremio de los constitucionales, el cual iban reduciendo continuas

deserciones.

El estado de la población donde celebraba sus sesiones el Congreso,

y donde residían el Rey y su Gobierno, distaba mucho de ser

satisfactorio. Eran numerosísimos en Sevilla los parciales del Rey

absoluto y enemigos de la Constitución, y solo por lo cobardes no se

hacían en alto grado temibles. La milicia nacional sevillana, poco

numerosa, no inspiraba ni temor ni confianza. La de Madrid, trasladada

a Andalucía con el Gobierno, era ardorosamente constitucional, pero de

su mismo ardor había que recelar, porque una parte de ella, corta pero

atrevida, tomaba, como siempre acontece, el predominio en el cuerpo

entero, cuya voz intentaba llevar, y en cuya conducta a veces influía.

En verdad, los dos batallones de milicianos que, acompañando al Rey y

al Congreso, habían hecho la larga marcha de Madrid a Sevilla, nada

menos que admiración merecían por su ejemplar conducta, en que la

disciplina, por ser voluntaria, no dejaba de ser severa; por su porte

marcial, y por su sufrimiento en el viaje, en que hombres acomodados

y criados con cierto grado de regalo, habían llevado las mismas

penalidades que los soldados verdaderos, y llevádolas con alegría

serena. Pero un tercer batallón que salió de la capital de España

bastante después que los otros dos, se distinguía de estos por el

espíritu que le animaba, siendo alborotado y propenso a la sedición y

a todo linaje de excesos. Recién llegado a Sevilla este batallón, al

recibirse la noticia de desmanes ocurridos en Madrid al entrar en la

capital los realistas y los franceses, abultando la voz pública lo que

en sí ya no era poco, trataron los nuevamente venidos de tomar lo que

llamaban _represalias_ en los absolutistas sevillanos de los crímenes

de los absolutistas madrileños, y, para el intento, ya en sí injusto,

como lo es castigar ajenas culpas aun en el cómplice en la intención

pero no en el acto, se valieron del peor medio posible: armaron un

alboroto en que cayó asesinado en la calle un sujeto desconocido, y

fue saqueada una casa donde residía un diputado a Cortes, virtuoso

eclesiástico y juicioso constitucional, que perdió su escaso haber

sin perder por esto la serenidad plácida de su condición, por que se

distinguía. El Ministerio, del cual era, si no presidente, por no haber

entonces entre nosotros tal dignidad, el principal en consideración

e influjo, don José María Calatrava, obró con todo el vigor posible,

separando de su destino al jefe político de Sevilla, flojo por demás en

aquel suceso. Pero lo posible en vigor era harto poco en horas de tanto

apuro y peligro, y así los elementos de desorden subsistían fuertes,

mal contenidos y amenazando estragos para el momento seguro y vecino en

que sucesos graves viniesen a acabar con la fuerza que los contenía.

Tal era el estado de las cosas, cuando se supo que venía adelantando el

ejército francés, el cual estaba ya próximo a invadir las Andalucías

por los caminos que las separan de la Mancha, sin que existiese

fuerza armada capaz ni siquiera de dificultarles un tanto el paso. El

ejército, o, diciéndolo con más propiedad, la corta división que había

llevado el nombre de ejército, y cuyo mando había tenido el conde de

La Bisbal, puesto a las órdenes del general López de Baños, había

emprendido por Extremadura su retirada, delante de los invasores;

pero de él llegaban al Gobierno pocas y confusas noticias, porque los

pueblos nada dispuestos a favorecer a los constitucionales ponían

obstáculos a las comunicaciones. Por esto, el Ministerio, que contaba

con las tropas de López de Baños para cubrir a Sevilla, y con la

ciudad al Rey y a las Cortes, hubo de pensar en enviar al general una

persona de confianza para saber de él, entenderse con él y concertar

las disposiciones por las cuales había el Gobierno de salvarse de

caer en poder del enemigo. Quiso la desgracia que el comisionado, por

motivo que no es del caso referir, pequeñísimo en sí, pero por sus

consecuencias grave en extremo, cumpliese tan mal su encargo, que ni

salió de Sevilla, donde estuvo escondido para no poner patente su

culpa, y de ello se siguió, con ignorarse su paradero y el de las

tropas a que había sido enviado, hacerse las más fatales suposiciones.

Entretanto, el que debía ser ejército, y no lo era, y cuyo núcleo

estaba en la parte más meridional de Andalucía, mandándole el general

Villacampa, de nada podía servir, y además su general, honrado, pero

no de grandes luces, cediendo a un uso de pronto introducido, pasó

al Gobierno un escrito, cuyo objeto mal podía conocerse, y el mismo

escritor no podría haber explicado, en el cual exponía y ponderaba las

dificultades de resistir a los enemigos, a punto de convertirlas en

imposibilidad absoluta.

Tan congojosa situación para los constitucionales era la en que se

veían en el día 10 de junio de 1823, víspera de otro funestísimo, en

que todo cuanto podía hacerse era escoger entre gravísimos males uno

que, por ser menor que otros, no dejaba de ser un mal en grado no

pequeño.

Yo (pues fuerza es hablar de mí en lances en que a mi pequeñez tocó

aparecer en primer término) me encontraba aquel día en cama, con

alguna calentura. Era a la sazón mi compañero inseparable el duque de

Veragua, miliciano de caballería de Madrid, el cual, separándose de

mi cabecera, vino pronto a avisarme que el Congreso estaba en sesión

secreta porque le habían llegado importantes y malísimas noticias.

Me vestí aprisa, salí, me encaminé al lugar donde se celebraban las

sesiones, y antes de llegar a él, tropecé con varios diputados amigos

que se volvían, acabada ya la sesión, que fue muy breve. Lo que a ella

había dado motivo, era un oficio o parte recibido de un don N. Mateos,

jefe político de una de las provincias andaluzas, donde se refería

haber pasado los franceses el famoso desfiladero de Despeñaperros,

sin tropiezo alguno, retirándose fugitivas y dispersas las poquísimas

tropas constitucionales apostadas en aquel paso y sus inmediaciones.

Concluía el parte de Mateos con repetir, trocada alguna palabra y el

sentido, la frase o el dicho atribuido a Francisco I, pues decía:

«_Todo se ha perdido, hasta el honor_». Tan consoladora aserción era

digna de las circunstancias. Por supuesto, oída la comunicación, nada

se había hecho o dicho, y callando el Ministerio, y no hablando los

diputados, la campanilla del presidente había dado la señal para que

cada cual se fuese a su casa, o a sus quehaceres, y a llorar males al

parecer irremediables, o a buscarles remedio.

No lo era por cierto para mi dolencia lo que acababa de saber, y así,

vuelto a mi casa y a recogerme, hube de pasar una tarde y noche nada

agradables. Sin embargo, no tenía mi indisposición tanta gravedad

que me embargase el pensamiento o me ofuscase la razón. Me entretuve

en discurrir, pero sin acertar con cosa que, aun medianamente, me

satisficiese.

Amaneció el nuevo día, sin que posteriores noticias, o de Córdoba,

en cuyos términos era de suponer estuviesen los franceses entrados

por Sierra Morena, o de Extremadura, donde ni había lugar a suponer

cuál era la situación de los enemigos o de nuestras cortas fuerzas,

llegasen a aumentar o disminuir el temor o la pena, el aliento o

la desconfianza. Pero era hora de la sesión ordinaria y pública

del Congreso, la cual se hacía imposible no celebrar, sin que la

impaciencia y ansias generales diesen de sí fatalísimas consecuencias.

No obstante el mal estado de mi salud, me encaminé a mi puesto en las

Cortes. Cuando para allí iba, me detuve a hablar con un amigo, en

cuya compañía iba un médico, y, quejándome yo de mi indisposición,

examinándome este último, me encargó me volviese a mi casa a recogerme

y que tomase un vomitivo. Por más de una razón no hice caso de su

dictamen, pues la ocasión no era para otra cosa que para morir en pie,

si se me agravaba la enfermedad, sin contar con que, locamente parcial

yo entonces del sistema médico de _Broussais_, casi nuevo en España,

acudía por remedio de mis males al agua de limón con goma, cuando no

había tiempo o necesidad de aplicarme sanguijuelas.

Fuime, pues, al Congreso y encontré a mi llegada un espectáculo

doloroso.

La sala de sesiones estaba vacía, porque no se acertaba a abrir la del

día sin haber de antemano pensado, y hasta cierto punto dispuesto,

lo que en ella habría de hacerse. Las tribunas rebosaban en gente,

siendo las destinadas al público capaces de contener un auditorio algo

numeroso. En el allí congregado reinaban el dolor y el miedo, a la par

con una ira feroz, de aquella que, mezclada con el terror del cual

en gran parte procede, es más temible que otra alguna hija de pasión

menos fea. No teníamos los diputados otro lugar en que estar juntos

fuera del salón que una pieza no muy grande, a los pies de este, a

la cual separaba de él solo una pared con puertas que, aun cerradas,

daban paso al ruido. Así es que oíamos el murmullo, salido de las

tribunas; murmullo triste y amenazador que nos estaba convidando, si

merece la calificación de convite lo que era precepto, a abrir la

sesión, y dar en ella alguna disposición de la más alta importancia.

En cambio, llegaba a las tribunas el zumbido que formábamos muchos

hablando a un tiempo en voz más o menos baja, pero que a cierta

distancia debía de parecer disputa a voces. No lo era por cierto, pero

sí un desordenado dar de pareceres, en que todos tomaban parte sin

que uno solo fuese atendido. Se perdía el tiempo, lo cual era un mal

grande en tanto ahogo, pero lo era mayor porque la parte violenta del

público parecía dispuesta a tener poca espera y a obrar si nuestra

inacción continuaba. Los ministros estaban entre nosotros abrumados

por el peso de la desdicha, sin hallar salida del laberinto en que

todos estábamos enredados. Habían aconsejado al Rey que se trasladase

a Cádiz, única salida posible; pero el monarca parecía resuelto a no

seguir el consejo. De cuando en cuando, formando no poco ruido las

muchas conversaciones particulares, había quien dijese en voz algo más

alta, ¡_silencio_!, y, repetida la insinuación como para recomendarla,

al repetirla sonaba tanto, saliendo de muchas bocas, que venía a ser

casi una gritería.

En esto yo, acostumbrado a la acción por aquellos días, y persuadido

de que, en horas críticas, no hacer cosa alguna es hacer lo peor

posible; conociendo además que, en momentos de incertidumbre, en medio

de una turba, aún poco numerosa, ejerce el mando o superior influjo

quien osa tomársele, esforzando la voz y dando a mis palabras el tono

de mandato, grité: ¡_silencio_!, y tuve la fortuna de lograr lo que

pretendía. Callaron todos por un momento, y acudiendo Riego, con quien

no estaba yo entonces en amistoso trato, pero que hubo de desear oírme,

y diciendo él _oigamos a Galiano_, me vi dueño del campo entre tantos

mis iguales y algunos mis superiores.

Mi plan estaba formado de pronto, y, si no era bueno, al cabo no era

peor que otros, y a todos llevaba la ventaja de ser un plan, y de haber

en mí resuelta voluntad de ponerle en ejecución inmediatamente, en

hora en que la menor dilación era cierta ruina.

El plan consistía en hacer que constase de _oficio_ la resistencia del

Rey a salir de Sevilla, lo cual quería decir su resolución de esperar

allí a los franceses, para que, junto con estos sus enemigos de derecho

y sus amigos de hecho, fuese la Constitución abolida y duramente

tratados los constitucionales. Y, si bien ni aun a mí convenía que esto

constase, mientras podía disimularse, había llegado el caso en que era

preciso poner patente el mal para proveer a la cura.

La cura era tratar de vencer al Rey, hasta hacerle consentir en pasar a

Cádiz, y el método que había de seguirse tenía que ser análogo al antes

usado para traerle de Madrid a Andalucía.

Pero, si era necesario algo más duro, forzoso se hacía proceder hasta

suspenderle en el ejercicio de su autoridad, y, no siendo posible

llevarle como Rey, llevarle como cautivo, con todo el decoro que había

en tal atentado. Porque, además, se hacía necesario tener presente que,

en la frenética indignación de los constitucionales, y al desaparecer

toda barrera legal, los más atrevidos serían, si bien por brevísimo

plazo, dueños del campo, y en el inevitable confuso desorden, habría

estragos y víctimas, no siendo poco probable que entre las últimas

fuese incluido el imprudente monarca.[82]

[82] El general Álava (don Miguel), aunque constitucional,

honrado y leal por su deber, monárquico por sus afectos, votó

en Sevilla la suspensión del Rey, y de ello estaba ufano,

diciendo que creía que votándola había salvado a S. M. la vida.

Quienes estaban en Sevilla en junio de 1823 no extrañarán que

haya personas que así hayan opinado y opinen.

Todo ello lo pensé y arreglé de pronto, y traté de proceder a la

ejecución. Desde luego las tres proposiciones que hice, y que en la

relación de la sesión aparecen, estaban formadas en mi mente, si bien

no del todo, pudiendo y debiendo variarse según fuesen dictándolo las

circunstancias.

Se presentó desde luego una dificultad. Calatrava decía que, siendo

él ministro, solo como tal podía hablar en el Congreso, y como tal

representaba al Rey; por lo cual juzgaba indecente, y hasta criminal,

en vez de declarar su voluntad, acusarle. Era honroso al buen juicio

y a la rectitud de Calatrava tal escrúpulo, y yo, estimulándole en lo

debido, me dediqué a buscar medio de libertarle del compromiso en que

se hallaba. Le rogué, pues, que se fuese a Palacio, e hiciese nuevo y

mayor esfuerzo para vencer al Rey, y, si nada conseguía, me avisase;

o, en caso de no poder darme aviso, fijase un plazo, vencido el cual,

debía yo del silencio colegir que el deseado consentimiento no se había

obtenido. Conformose Calatrava, pero me puso otras dificultades, que yo

no traté de tomar en poco, pues, si entrábamos en contestación, sobre

perder tiempo, le confirmaría yo en su opinión, en vez de convencerle.

Así, prometiéndole acceder en todo a su deseo, él se marchó, y los

diputados nos quedamos aguardando noticias, sin abrir la sesión, aunque

oíamos que su apertura era pedida casi con bramidos. Aguardamos, sin

embargo, a que llegase la hora, pasada la cual, acabada la esperanza,

y aun vencido ya el plazo, y sirviendo, según estaba convenido, por

respuesta desfavorable el silencio, hubo prórroga en la espera, hasta

que, al fin, dándose por mala noticia la falta de ellas, iba yo a

empezar la fatal campaña, cuando vino a confirmarme en mi propósito

aviso recibido de Palacio, en que se me decía mostrarse el Rey

obstinadamente resuelto a no moverse. Con esto entramos en el salón,

reinó silencio, y levantándome yo, hice la primera proposición,[83]

que consta en el acta de aquel día. No hubo sobre ella debate, porque

oír explicaciones del Gobierno a todos parecía justo y conveniente.

[83] En punto al orden y tenor de estas proposiciones, véase el

tomo que contiene algunos _Diarios de Cortes_ (bien que muchos

de ellos compendiados) relativos a las sesiones del Congreso

de 1822 y 1823, cuando desde abril a septiembre de este último

año celebraba sus sesiones, en Sevilla primero, y después en

Cádiz. Esta obrita es curiosa, porque da a conocer sucesos,

o ignorados, o muy imperfectamente sabidos.(_a_) — _Nota del

autor_.

(_a_) El tomo a que se refiere es el compilado por el oficial

mayor del Congreso don Francisco Argüelles, que por acuerdo de

la Comisión de gobierno interior de dicho Cuerpo, fue publicado

en 1858.

Cuando, por medio de preguntas, saqué a los ministros respuestas por

donde, sin acusar ellos al Rey, constaba que S. M. no atendía a sus

consejos, hice la segunda proposición, que ya dio margen a algunas

observaciones. No pudo, con todo esto, haber fuerte oposición a que se

solicitase del Rey que pasase a Cádiz, pues ya por iguales medios se lo

había traído a Sevilla.

Recuerdos de un anciano · 第 32 / 41 段