En suma, por ambas partes hubo pompa en los modos, y sequedad en el

tono hasta rayar en desabrimiento. Me retiré, pues, sin sacar fruto

de mi embajada; mal ensayo de un diplomático que ya lo había sido de

veras, pero en puestos inferiores. Fui muy censurado de los comuneros,

y creo que merecía serlo, pero incurrieron en la ridiculez de afirmar

que yo me había turbado y cortado ante el espectáculo solemne que

presentó a mi vista su sociedad reunida.

Como era de suponer, la negociación malograda produjo exacerbarse la

guerra. Pero como ya entonces amenazase una más seria de parte de

Francia, y como, a pesar de ventajas alcanzadas sobre los realistas

levantados en Cataluña y las Provincias Vascongadas por Mina y

Torrijos, donde quiera asomasen partidas de anticonstitucionales, dando

a conocer por estas chispas, y sobre ellas por otros síntomas, la

existencia de intenso fuego oculto pronto a romper en voraz incendio,

se veía claro la necesidad de avenirse entre sí los constitucionales,

o, cuando menos, de estos los conocidos por exaltados. Hubo, pues,

tratos para venir a conciliación las sociedades ya enemigas, no

por medio de pomposas embajadas, sino por medio de negociadores en

conferencia amistosa. Nombró para el intento la sociedad comunera

al general Ballesteros, a Romero Alpuente y a Regato; la nuestra a

Istúriz, a otro, cuyo nombre no recuerdo, y a mí, a pesar del mal éxito

del desempeño de mi anterior cargo. Abierta la conferencia, habló

primero en ella Romero Alpuente, cuyo talento no era grande y a quien

entre otras calidades, aunque le sobrase la malicia, faltaba el tino.

Díjonos que los comuneros tenían muchas quejas de nosotros, y una de

las principales era que al formarse el Ministerio nos le hubiésemos

tomado por entero, sin darles en él siquiera una corta parte, y que

podía remediarse el yerro con darles _una dedadita de miel_, lo cual

por el pronto bastaría, siendo por otra parte fácil, pues «en el

ministerio había un Capaz que era muy incapaz».[77]

[77] Esto aludía a que _El Zurriago_, una de cuyas mañas

era poner nombres de burla a personas conocidas, llamaba al

ministro de Marina Capaz el incapaz.

Iba a continuar cuando le interrumpió su colega Regato, con muestras

visibles de ira contenida a duras penas, el cual negó que los

comuneros reclamasen una parte en el gobierno, pues su deseo era que

se gobernase bien, fuese por ellos o por otros, de lo cual se estaba

muy distante. Toconos hablar en medio de esto; pero dijimos poco, y sin

claridad ni precisión, no siendo fácil avenirnos con quienes parecían

mal avenidos entre sí, y aun sintiendo la maligna complacencia que

es común sentir cuando se ve división entre los enemigos. Fuéronse

enzarzando en su disputa Romero Alpuente y Regato; seguimos nosotros

más entretenidos con su riña y deseosos de fomentarla que atentos a

buscar una concordia en aquellos momentos inasequible, y, sin resolver

ni aun proponer cosa alguna, había el cansancio de los disputantes

traído un momento de silencio, cuando rompiéndole Ballesteros, hasta

entonces callado, y medio dormido, expresó con cuánto placer veía que

al cabo estábamos todos acordes, no pudiendo menos de ser así entre

personas amantes de la libertad y de la Constitución en igual grado.

Aunque de las luces del buen general no era de admirar tal ocurrencia,

todavía hubo de dejarnos parados, y, reprimiendo la risa, no obstante

la tentación fortísima que de ella nos asaltó, aprovechamos en cierto

modo la ocasión de terminar la conferencia, no persuadidos como

Ballesteros de que estaba trocado en amistad el odio, pero tampoco

negándolo, y satisfechos de haber concluido con un negocio al cual no

era posible hallar buena salida.[78]

[78] Por aquel tiempo comenzaron a salir a luz unas cartas que

se decían ser del compadre de _El Zurriago_, en las cuales

se hacía cruda guerra a este periódico y a toda la sociedad

comunera. Estaban escritas en buen estilo, y abundaban en

chistes, muchos de ellos de buena ley. Su autor (por unos

pocos días ignorado) era un don Gabriel García, que había sido

del ayuntamiento de Madrid, y señalándose por una defensa de

Goiffieu que le mereció injustas censuras, y el mismo que en

1836, después del suceso de la Granja, fue subsecretario de

Estado. Mucho incomodaron a los comuneros las tales cartas, de

que hoy apenas habrá quien se acuerde.

Así es que la guerra continuó embravecida, y aun hubo de señalarse por

un incidente de pocos sabido. Por aquellos días desapareció uno de los

dos que escribían _El Zurriago_. Corrió al momento la voz de que los

hermanos, en aquel lance no pasteleros, sino muy al revés, lo habían

hecho víctima, y tal vez quitado la vida, o que a lo menos le tenían

encerrado en alguna oscura mazmorra. Nosotros ya nos quejábamos, ya nos

indignábamos, ya nos burlábamos de lo que reputábamos una calumnia,

opinión que hasta ahora había tenido, y sobre la cual me ha hecho

vacilar un aserto de fecha moderna y digno de alguna fe.[79]

[79] Este escritor de _El Zurriago_ (Don N. Mejía), cuyo

compañero murió pasado por las armas en 1824 cerca de Almería,

en una loca tentativa de restablecer la Constitución, vivió

hasta ha poco, pero vuelto a su patria desde los Estados

Unidos de la América Septentrional a donde había huido en

1823, vino tan trocado que no intentó hacer papel, como bien

podía; se mostraba arrepentido de su conducta anterior,

prefería la oscuridad y la indigencia a darse a conocer, y es

fama que recibió socorros, de que tenía suma necesidad, hasta

de Martínez de la Rosa, a quien tanto había ultrajado, pero

cuyo perdón solicitó humilde y alcanzó, pagando con gratitud

el beneficio. Sin embargo de su arrepentimiento acompañado

de una confesión de sus yerros, siguió afirmando que real

y verdaderamente había sido asaltado de noche, y encerrado

después de aprehendido, hasta qué al cabo de algunos días fue

puesto en libertad, también de noche, dejándole en una plaza.

Tal aserto es digno de crédito. Pero por el lado opuesto me

consta que la sociedad a la cual fue achacado aquel acto

criminal, ni le dispuso ni le creyó cierto. Quizá algunos de

ella, más celosos que cuerdos o justos, cometieron tal, sin

dar parte de él al cuerpo director, que no le habría aprobado.

Quizá algunos de sus aparentes amigos fueron culpados de

aquella maldad para atribuirla a sus contrarios. De todos

modos, el asunto queda oscuro, y llevar a él la luz se ha hecho

imposible.

Mientras seguía escondido, o por disposición propia, como maquinación

contra sus enemigos, o por otra causa hasta hoy de mí ignorada, el

zurriaguista, algunos amigos de este, o que para ciertos fines pasaban

por serlo, trazaron su rescate o venganza.

Ya dejo dicho en una parte anterior de este trabajo que, como a la

sombra de la sociedad comunera, existía cierta cosa a modo de ramal de

la de los carbonarios italianos. Estos, como si estuviesen cansados

de que de ellos no se hablase, ni aun para vituperarlos, hubieron

de pensar en señalarse por un acto de vigor, y, con motivo de la

desaparición del escritor de _El Zurriago_, discurrieron echar mano

a una persona de la sociedad a la sazón ministerial, y tenerle en

estrecho y duro encierro en rehenes del perdido periodista. Fueron los

que tomaron tal determinación pocos en número, y hubo la singularidad

de que entre ellos figurase el que era a la sazón _bufo caricato_ de

la ópera italiana, mediano cantante y no mal actor, que solía dar

que reír al público y recoger aplausos, por gestos raros, y palabras

en español chapurreado interpoladas en el texto italiano de lo que

cantaba. No obstante el secreto que era natural guardar en resolución

tan aventurada, no faltó un delator ni aun en el escaso número de los

congregados, así que como a las once de la noche, hallándome yo como

tenía por costumbre en casa de mi amigo y colega Istúriz, llegó a este

el aviso de mi peligro, y él, sin enterarme del negocio, me rogó que

me quedase a dormir en su casa aquella noche, dándome por motivo que

a la mañana siguiente muy temprano habíamos de tratar de un asunto

importante. Accedí yo, como debía suponerse, al deseo de mi amigo, y

llegado el día siguiente, supe la causa que me había hecho pernoctar en

casa ajena aunque tan amiga. Con estar descubierta la fechoría trazada,

quedó imposibilitada su ejecución. De allí a muy poco, en altas

horas de la noche, apareció en una plaza de Madrid, medio desnudo,

el escritor secuestrado, con lo cual terminó tan ridículo incidente,

ruidosísimo entonces, casi de todos ignorado hoy, siendo la común

opinión tener el suceso por farsa dispuesta por la aparente víctima y

por sus amigos.[80]

[80] En prueba de que este malvado proyecto existió, contaré

lo siguiente: Un íntimo amigo nuestro comunero, concurrente

a casa de Istúriz, como oyese hablar de la reunión en que se

había resuelto el atentado contra mi persona, clamó que era una

calumnia o un chisme de los que suelen correr y creerse entre

enemigos. Pero al día siguiente volvió confuso, y con candor

confesó que había averiguado ser cierto haber habido tal junta

y tal resolución; si bien afirmó, con veracidad, que no había

sido acto de los comuneros.

Mucho mayores sucesos estaban preparándose en aquellas horas. No

tardaron en llegar a nuestro Gobierno las famosas notas en que

Rusia, Austria, Prusia y Francia condenaban nuestra Constitución,

y más todavía la revolución que había traído su restablecimiento,

declarándose resueltas a obligar a España de uno u otro modo a devolver

al Rey el uso de su autoridad para que la ejerciese según creyese justo

y oportuno.

El Ministerio, recibidas estas comunicaciones, preparó la respuesta,

y la comunicó a la sociedad antes de traerla a las Cortes. El supremo

gobierno oculto aprobó plenamente la conducta de los ministros, y en

cierto grado preparó, aunque no dispuso del todo, ni podía disponer, la

escena del 9 de enero de 1823.

Mi intento ahora es referir y no disputar, por lo cual no pretendo ni

desaprobar ni justificar la conducta de nuestro Gobierno al resolver

cuestión de tanta magnitud cuanta fue la que encerraba la paz o la

guerra; la sumisión de la nación o su resistencia; la posibilidad o no

posibilidad de entrar en tratos; conducta casi generalmente reprobada,

entre otras razones, por haberle sido notoriamente adversa la fortuna.

Diré solo que de muchos actos de mi vida política estoy arrepentido,

y lo confieso y aun lo pregono; que de otros sigo satisfecho, aun hoy

mismo, en mi interior y no lo encubro; que conozco puedo equivocarme

ahora como juzgo que me equivoqué antes, y, finalmente, que hay pasos

dados en mi carrera sobre los cuales hoy mismo opino que no fueron

dados ni con acierto completo ni con desatino, incluyendo en estos

últimos la parte considerable que tuve en lo relativo a la respuesta

dada a las famosas notas. Creo en este momento mismo que nada habría

salvado la Constitución, ni Constitución alguna que no fuese la que da

al monarca una autoridad semiabsoluta, acompañada de una condenación

solemne de la revolución de 1820; del trágico fin que cupo a la

española de 1812 en 1823: creo asimismo que procedimos con poca maña y

sobrada ligereza, errando los medios aun cuando acertásemos en el fin

que nos proponíamos. Aun cálculos de política en que predominaba el

interés de bandería sobre el del Estado hubieron de influir en nuestro

ánimo, no conociendo, pero tampoco ignorando enteramente, su influjo en

nuestros pensamientos y resoluciones. Nos oíamos acusar de vergonzosas

contemplaciones con los enemigos de la Constitución y de la libertad, y

hasta de prestarnos a la sustitución de una Constitución reformada a la

vigente, y quisimos desmentir la acusación, no sin el loable propósito,

mezclado con nuestra mira interesada, de impedir una revolución que

amenazaba, si nos manifestábamos dispuestos a acceder a los deseos de

los monarcas extranjeros, o a los del Rey y sus parciales.

Sea como fuere, el entusiasmo, en gran parte facticio, y ciertamente

de pocos, pero aparente, vivo y común en los que sentían empeño en

la causa pública, con que fueron recibidas las resoluciones del

Congreso en las sesiones de 9 y 11 de enero, calló por algún tiempo

a los comuneros, y aun los constriñó a mezclar sus voces en el coro

de alabanzas tributadas a los ministros prohombres de la sociedad

de ellos aborrecida. Pero quiso la común desdicha que al ruidoso

himno laudatorio sucediese muy en breve un grito de pena y terror,

y también de afectos de ira y vergüenza, causado por la derrota

de una división de nuestro ejército por una partida de facciosos,

gruesa sí, pero al parecer poco respetable; derrota padecida a corta

distancia de la capital, y que causó en ella un temor sumo, aunque

no fundado. Al creerse que los vencedores podían presentarse delante

de los muros, o, hablando con propiedad, de las tapias de Madrid, en

cuyo interior contaban numerosos amigos, pensó el Gobierno, forzado a

ello, conferir el mando militar de la capital al general Ballesteros,

lo cual en aquellas circunstancias era una importantísima concesión

hecha a la sociedad comunera. El negocio vino a las Cortes en sesión

pública, donde un diputado comunero calificó al general agraciado de

personaje que había figurado en primer término en el cuadro del 7 de

julio, siendo recibida la expresión con palmadas de los concurrentes

a la tribuna, en la cual escaseaban, como siempre escasean, los

ministeriales. Sobre la importancia general de aquellos sucesos

gravísimos, apareció en ellos rota la unión hasta entonces constante de

los diputados a Cortes de la una y la otra sociedad.

Pasó en no largo plazo el peligro inmediato de Madrid, y del gobierno

constitucional, pero había descubierto y hasta hecho patente el peligro

algo menos cercano, pero no muy distante, en que estaba la causa

pública, amenazada por fuerte poder, flaquísima en fuerzas para la

defensa.

El conocimiento del común peligro trajo la división al seno de la

sociedad comunera. De ella muchos personajes de nota, y entre estos

casi todos los que eran diputados a Cortes, menos tres o cuatro, más

notables por su violencia que por su brillo, se adhirieron a los de la

sociedad rival dando apoyo al Ministerio. Pero los capitanes, aunque

de los principales de su hueste, fueron seguidos de pocos soldados,

y, según sucede en casos tales, los más vehementes y extremados se

llevaron consigo o mantuvieron bajo su influjo o mando a las turbas.

Estas, casi todas comuneras, entre los liberales de las provincias

habían llegado a un estado de frenética furia contra los de la

sociedad su rival. En Cádiz las cosas habían llegado a excesos

increíbles. Las cintas y divisas verdes, en las que (como en otra

ocasión he dicho) veían los poco entendidos un símbolo de la sociedad

antigua, no habiéndolo sido sino de la esperanza en el triunfo que

los restablecedores de la Constitución habían tenido al acometer y

sustentar su empresa, eran objeto de insulto para la plebe liberal.

Persona hubo del sexo femenino, y no de la clase baja, que se paseó

con zapatos en que lo bajo de la suela era verde para indicar que

destinaba aquel color a ser pisado. A puerilidades semejantes

acompañaron serios desórdenes, y a estos actos de despotismo por

parte de la autoridad, la cual, no obstante estar en manos de

constitucionales y aun de exaltados, procedía con la tiranía que en

tiempos de revolución, y sobre todo en España, es la regla de conducta

de los partidos políticos militantes. En suma, en toda la nación los

comuneros numerosos y violentos, con sumo poder en las poblaciones

donde abundando los liberales lo era la plebe, y con menos fuerza donde

los constitucionales escaseaban, o apenas contaban entre los suyos

genios de las clases ignorantes, seguían a los caudillos hasta entonces

inferiores en nota que no se habían unido al Ministerio.

Todo ello venía a parecer cosa leve, cuando llamaba la atención la

invasión inminente pronto pasada a ser invasión realizada. Ante ella

fueron casi nada en la apariencia las rencillas de las sociedades

rivales, pero en la apariencia y no más, pues a la sorda obraban, y no

tuvieron poco influjo en las deserciones de los antes defensores de la

Constitución; deserciones en que los de una y otra sociedad tuvieron

igual vergonzosa parte, pero a las cuales dieron con sus argumentos

pretexto los comuneros más que los de otra parcialidad, por lo mismo

que, saliendo de ellos, parecían más poderosas las razones contra la

continuación de la resistencia.

En efecto, la condenación de las respuestas dadas a las notas comenzó

a oírse salida de los labios que poco antes clamaban contra toda idea

de avenencia con los extranjeros o con los realistas. De aquí siguió

desaprobarse la idea de la traslación del Rey, Gobierno y Cortes a

Andalucía, la cual era consecuencia forzosa de la resistencia a la

invasión francesa, encaminada a restituir al Rey el lleno de su poder

perdido. Cayó, por proponer este viaje necesario, el ministerio de

los hermanos, pero un motín escandaloso obligó al monarca a reponer a

los ministros caídos. Vituperaron entonces agriamente los comuneros

(si no todos, los más de ellos, y entre estos los que entre los

antes caudillos de la sociedad se habían resistido a unirse con los

ministeriales) el atentado cometido contra la real persona y las

leyes; desacato y aun exceso atroz que no admitía disculpa, pero

tal era la desgracia de los tiempos que, al vituperarle con sobrada

razón, tenían que declararse aprobadores de una conducta cuyo término

forzoso era el triunfo de la invasión francesa y la caída de la

Constitución, lo cual disonaba en boca de constitucionales de celo

extremado. Una vez llegados el monarca y el Congreso a Sevilla, nuevo

Ministerio, pero ya no de la sociedad secreta, aunque de ella fuesen

varios de los ministros nombrados, tampoco mereció la aprobación de

los comuneros, si bien tuvo en su favor los votos de los que de la

sociedad se habían separado. En verdad ya entonces ambas sociedades

habían perdido su fuerza, y las luchas, si alguna había, eran como la

de cuerpos debilitados por achaques de temprana vejez en las cuales

se muestra el rencor inveterado, pero falta poder en los combatientes

para hacerse daños graves. Además, en su interior las mismas sociedades

estaban, si no disueltas, combatidas por un elemento de disolución

incipiente, a modo de lo que es en lo material un cuerpo apolillado

del cual se va desprendiendo resuelta en polvo mucha parte, mientras

lo que sigue en pie solo existe entero en la apariencia. Algunos de

los prohombres de los hijos de Padilla más exaltados (no de los que se

habían unido al cabo con la sociedad rival) entraron en trato secreto y

amistoso con el Real Palacio, pero estos tratos conocidos poco dieron

de sí, a no ser por lo que influyeron en la opinión de gente de más

poder, señaladamente en los ejércitos, y, siendo sabidos, no podían

ser castigados, ni aun con entregarlos a la vergüenza y censura,

porque había llegado la hora en que la opinión pública, dividida,

trabajada, desmayada e incierta, no acertaba a juzgar ni aun para

condenar las acciones más feas, y en que, desapareciendo el interés

público, atendían los más cada cual al suyo privado. En situación tal

fue la causa de la Constitución y aun la de la dignidad de la nación

abandonada por personas de todas las sociedades, o de ninguna de las

secretas; personas altas y bajas; de las antes apasionadas y de las

tibias; de las entendidas y de las ignorantes. Ejemplos hubo en medio

de esto de honrada fidelidad, compartiendo también la gloria (si en

ello gloria había, aunque haya quien contra toda regla de justicia

y moral lo niegue) algunos comuneros distinguidos, y otros que se

contaban en la sociedad antigua, y el general Mina de esta última, y el

general Torrijos de aquella, pudieron presentarse en tierra extraña,

proscritos, pero con la frente erguida como de quienes han cumplido

con su obligación a todo trance, en medio de numerosos ejemplos de lo

contrario. Ni fueron los generales citados los únicos dignos de ser

mencionados con alabanza, porque militares y no militares de varias

categorías los acompañaron en su honrosa desventura. Como en otros

de estos mis recuerdos he dicho, por consecuencia de la flaqueza

humana, la cual apenas consiente que en el hombre no vaya mezclado

lo malo con lo bueno, los que llevaron al destierro su honor intacto

llevaron con él un tanto de sus antiguas rivalidades. Pero, como los

años de la emigración engendraron nuevas pasiones de amistad y aun de

odio, al aparecer restablecido en España el gobierno parlamentario,

ya no revivieron las antiguas sociedades secretas. Hubo, es verdad,

otras de que solo tengo noticias vagas, y aun hubo cierta cosa a modo

de resurrección de la antigua, pero el cuerpo que hubo de creerse

resucitado estaba meramente galvanizado, y, en vez de repetir, remedaba

las funciones de su pasada vida. No sé si me engaño, pero, tímido como

soy en aventurar opiniones, todavía me arrojo a decir que el tiempo

del predominio absoluto de las sociedades secretas en los negocios

públicos, si no es ya imposible, es improbable en altísimo grado.

XIII.

DEPOSICIÓN DEL REY POR LAS CORTES EN SEVILLA EL 11 DE JUNIO DE 1823.

Las Cortes, de resultas de la invasión del territorio español por

el ejército francés, se habían retirado a Andalucía y abierto sus

sesiones en Sevilla, habiéndose traído consigo al Rey, su enemigo, pero

embozado, y traídosele, no sin haberse él resistido a hacer el viaje,

si bien valiéndose de pretextos no políticos, pero tan claramente

pretextos, y no más, que nadie ignoraba, ni S. M. mismo pretendía

ocultar del todo, que eran un modo decoroso de declarar su resolución

de esperar a los invasores, los cuales de hecho eran sus mejores

amigos, aunque de derecho o de oficio aparecían siendo sus contrarios.

Las Cortes en Sevilla discutían, deliberaban, resolvían, pero con

evidente desmayo, que era forzosa consecuencia de las tristísimas

circunstancias en que se hallaban. Veíase claro que del pueblo, si

no la parte mejor, la mucho más numerosa, hacía causa común con los

invasores. Flacos de espíritu, si no traidores, los generales se

rendían al peso de desdichas superiores a las que pueden resistir

humanas fuerzas. Divisábase la nube desde mucho antes formada, y se la

notaba crecer en negrura y oscuridad, hacer ya estragos en los lugares

a que alcanzaba, y amenazar con otros, tal vez mayores, aquellos donde

no había llegado pero a que se venía encaminando con mediana rapidez,

si bien con curso que no podía ser atajado. En el mismo Congreso, lo

que había sido unanimidad en los días 9 y 11 de enero, en mayo era ya

solo mayoría, si numerosa aún, poco alentada, y a la cual se oponía

una minoría valiente, cuya osadía y firmeza declaraban que contaba con

auxilio poderoso.

Fuera del recinto en que se celebraban las sesiones, los diputados

estaban, como era fuerza sucediese, inquietos, tristes y dudosos en

punto a la conducta que debía seguirse, cuando se estaba viniendo a

tierra la fábrica de que eran custodios. Era común quejarse de que nada

se hacía; pero provocados quienes así se quejaban a indicar qué podía

hacerse, nadie acertaba a proponer cosa alguna, porque, en verdad, nada

había que hacer, sino seguir la guerra y llevar los reveses que eran de

ella consecuencia con resignación, tanto más difícil de tener cuanto

que el trágico fin de la Constitución se descubría claro y a poca

distancia. El Ministerio, incompleto y hecho a retazos, no gozaba de la

confianza del Rey, el cual, sin embargo, le miraba con cierto afecto

parecido a gratitud, porque le había libertado de otro de él tan odiado

como el de San Miguel y consortes, pero que le habría preferido al de

los comuneros y de Flores Estrada; gente, en verdad, más extremada

en sus doctrinas contrarias a toda autoridad, inclusa la del trono,

pero unida entonces con la corte y las reales personas por común

aborrecimiento a la sociedad secreta, su enemiga, en aquellas horas

predominante.

Recuerdos de un anciano · 第 31 / 41 段