Ministerio compuesto exclusivamente de personas de ella misma, sino que
se mostró satisfecha y aun ufana de ello, como si hubiese alcanzado una
victoria y conseguido una gran ventaja. Lo que había logrado era cargar
con una responsabilidad enorme, introducir en el Estado un gobierno
secreto al cual obedecía el gobierno público o legal, y crear nuevos
elementos de discordia, cuando tantos había que pugnaban unos contra
otros, en nuestro daño y el de nuestra causa.
Grande fue el furor de la mayor parte de los comuneros al verse
excluidos de participación en el Ministerio, cuando este venía a
manos de una oposición, en la cual muchos de ellos habían peleado y
señaládose. Pero los más de ellos disimularon por lo pronto, tirando
a contener a los impacientes o mal sufridos de su sociedad, lo cual
dentro de breve plazo llegó a ser nada fácil empresa.
Otro inconveniente asimismo de bulto tenía el recién formado
Ministerio. No podían por la Constitución vigente ser ministros los
diputados, y era forzoso llamar para entregarles las riendas del
gobierno a otros hombres en vez de los caudillos de la parcialidad
predominante en el Congreso, donde tenían asiento los de más
nombradía entre los exaltados. Ahora bien; aun cuando habría sido
dificultoso hallar en nuestras filas hombres capaces de ser buenos
ministros, y tampoco era fácil señalar algunos siquiera medianos para
circunstancias en que acertar era casi imposible, crecía de punto la
dificultad si se iba a buscar sujetos idóneos para estar al frente de
la nación en la minoría de las Cortes nuestras antecesoras, o fuera de
ellas en lo general de los españoles de algún renombre. En el Congreso
inmediatamente anterior habían figurado los constitucionales de antigua
fama, y el mayor número de estos pasaban por ser del partido moderado,
cuando la oposición exaltada del mismo cuerpo, si bien compuesta de
personas muy dignas, era reputada, y no sin razón, inferior en valor
intelectual al gremio de aquellos con quienes habían estado en guerra,
y por los cuales había sido vencida repetidas veces. Sin agravio de la
respetable memoria de los que en agosto o a últimos de julio de 1822 se
encargaron del gobierno de la nación, bien puede decirse que no eran
sus fuerzas bastantes a llevar el grave peso que se echó sobre sus
hombros. Don Evaristo San Miguel, que no había sido diputado, merecía
ser tenido por un buen militar y no mal literato, recomendándole además
ser amigo y compañero de Riego; pero por ninguna de sus calidades, a
pesar de tenerlas buenas, parecía a propósito para ministro de Estado.
Tal vez el ministerio de la Guerra, que fue confiado al general López
de Baños, no caía mal en él, aunque fuese bizarrísimo soldado y hombre
entero más que instruido o agudo. Recomendaban a don José Manuel de
Vadillo, diputado que acababa de ser en las Cortes de 1820 y 21, su
instrucción algo extensa y su entonces no mal juicio, así como el haber
sido ya jefe político de una provincia en 1814, a pesar de lo cual
para la actividad necesaria en un ministro le faltaba mucho. Aunque
nadie podía negar algún talento y buena intención a don F. Fernández
Gascó y a don Felipe Benicio Navarro, por confesión casi general, y
por no ser sus nombres de suficiente fama, hacían desairada figura en
su encumbramiento. La Hacienda fue dada a don M. Egea, pero solo en
interinidad, pues no obstante ser de nuestra sociedad secreta, y buen
empleado, todavía no tenía nombre bastante para ser elevado a ministro
propietario. Por último, fue llamado a desempeñar el alto cargo de
ministro de Marina el entonces capitán de navío don Dionisio Capaz,
que había sido diputado a Cortes en las de 1813 y 14, pero de quien,
para no decir más en su censura, bien puede asegurarse que su elevación
admiró al cuerpo de la armada, y no pudo causar grande satisfacción a
los pocos que le conocían.
Formado el Ministerio, solo agradó al cuerpo del cual procedía. A
no pocos causó disgusto; a lo general de las gentes, sorpresa. No
justificaron los hechos los temores de quienes recelaban ver salir de
los nuevos ministros disposiciones de violencia revolucionaria, ni
correspondieron ellos a las lisonjeras esperanzas y a los temores que
de su advenimiento al poder habían concebido por un lado sus amigos y
por el opuesto sus contrarios.
Sin embargo, hubo al principiar los recién nombrados a desempeñar
sus cargos un momento en que cesaron los odios antiguos y todavía
no aparecieron los nuevos, periodo en el cual los parciales de la
monarquía absoluta, no bien recobrados de su derrota en Madrid,
guardaban silencio, en que los moderados, igualmente vencidos en
las últimas lides, aunque no hubiese sido sobre ellos directamente
alcanzada la victoria, se resignaban a su destino, y en que los
exaltados, aun los descontentos, no creían conveniente a ellos mismos
dar todavía señal del espíritu que los animaba.
Mina, nombrando general del ejército destinado a sujetar a los rebeldes
catalanes, caminaba a su destino con algunas tropas, y ningún liberal
extremado por entonces dejaba de tener en mucho a Mina, y si otra cosa
sentía, lo disimulaba. Iban a juntarse Cortes extraordinarias como
con harta menos necesidad de tenerlas juntas se había hecho el año
anterior, cuando era de los moderados el predominio, y las Cortes
eran más que son hoy lo que a todos los sucesos daba color e impulso,
aun cuando las Cortes mismas, como el Ministerio, habían venido a ser
poco más que ejecutores de lo que disponían las sociedades secretas, o
digamos de lo que dictaba las más antigua de estas, sirviéndole hasta
entonces la novel de auxiliar, si bien no de buena voluntad y teniendo
que contentarse con censurar a algunos de los miembros de aquel cuerpo,
pero respetando al cuerpo entero, a lo menos en público, mientras en
hablillas o en sus conciliábulos le zahería y tiraba a desconceptuarle.
Abiertas las Cortes extraordinarias, el primer paso de estas, de
alguna bien que no grande importancia, fue elegir el que había de ser
presidente durante el primer mes de la recién comenzada legislatura.
Aquí resultó la votación hecha con arreglo al espíritu de los partidos
políticos antiguos y no con el que comenzaba a animar a las dos
sociedades hasta convertir su rivalidad en guerra; pues los de una y
otra sociedad secreta conocidos por ser exaltados se declararon por
el candidato que triunfó, el cual era comunero, mientras otros de
la sociedad antigua antes, y aun entonces moderados, votaron con la
minoría casi constituida en oposición al novel Ministerio.
Entretanto, los gobiernos supremos ocultos se iban preparando a
hostilizarse, pero con timidez y hasta con vacilación, no sin disimulo,
pero más engañándose a sí propios, a lo menos en los primeros tiempos,
que procediendo con doblez o encubriendo con apariencias de amistad
o de indiferencia afectos de odio y propósito de empeñar una lid en
viendo para ello ocasión oportuna.
En los debates y aun en los votos de las Cortes extraordinarias
continuó por algunos días, o, digamos, como dos meses; se vio lo que
se había visto al elegir el presidente del primer mes. El Ministerio
veía entre los que le hacían oposición, si no violenta, declarada, a
no pocos de la misma sociedad de que él había nacido y de que seguía
siendo representación pública o legal, y por la cual era dirigido en
muchos de sus actos, en tanto que encontraba apoyo en lo general de los
comuneros.
Daba tal irregularidad materia a debates alguna vez acalorados en el
cuerpo director supremo de la sociedad antigua, donde pudiendo más la
amistad política reinante que la enemistad incipiente de secta, varios
nos inclinábamos a los comuneros, sin llegar con todo a pretender aunar
con los nuestros el interés o principios de quienes, como sectarios,
eran nuestros rivales; pero en los cuerpos inferiores de la sociedad,
en Madrid y más en los de las provincias, la enemistad a los comuneros
comenzó a dar muestra de sí, aunque casi siempre justificada o
disculpada por claras provocaciones.
Pero un periódico, a la sazón famoso, vino a hacer imposible la
continuación de la paz entre los hijos de Padilla y los a quienes estos
calificaban de _hermanos pasteleros_.
Ya se entenderá que hablo del _Zurriago_, cuyo valor entonces era
grandísimo, no estando tasado ni siendo posible tasarle por su mérito
intrínseco, sino por el que le daban las circunstancias, el cual era
escandalosamente exorbitante. Creado el Ministerio de una sociedad
sola, el _Zurriago_ se le declaró enemigo, por razones obvias, y
entre estas la principal, por su necesidad de ser enemigo del poder
dominante, so pena, si a ello faltaba, de no ser leído; de suerte que
no hubo de ser de la oposición por ser comunero, sino que al revés, se
veía como precisado a llevar la voz de la comunería para cumplir con
su obligación de hacer guerra al Gobierno a todo trance. Sin embargo,
el _Zurriago_ se declaraba intérprete de los deseos y opiniones de
los comuneros, estos no le desmentían, y los ministros y la sociedad
antigua eran, no solo censurados, sino insultados gravemente por
aquel periódico procaz. Así, los más pacíficos no pudimos continuar
siéndolo, por más que nos doliese empezar la campaña.
Para ver cómo esta comenzó y fue seguida, no estará de más, aun cuando
para ello se vuelva atrás un tanto, pintar lo que era entonces el
cuerpo director y gobernador de la sociedad antigua y sus relaciones
con los que le prestaban obediencia.
III.
El cuerpo director, o sea gobierno supremo de la antigua sociedad
secreta, en octubre de 1822, al tiempo de congregarse las Cortes
extraordinarias, estaba, como antes, compuesto de representantes de
los Capítulos, o digamos, de las autoridades superiores de provincia.
Los más de los que componíamos cuerpo tal éramos diputados a Cortes, y
de los que más papel hacían en el Congreso, aunque no pocos comuneros
también figuraban en las primeras filas del mismo Congreso a nuestro
lado. Nuestro presidente era por entonces Riego, y no siendo la menor
irregularidad de nuestra situación en aquellas horas estar presididos
por una persona cuyas inclinaciones eran todas hacia la sociedad
comunera nuestra contraria; inclinaciones apenas disimuladas y cuya
manifestación nos causaba grandes apuros y aun disgustos. En efecto,
Riego, no bien fue nombrado el ministerio de la sociedad con su
anuencia, teniendo en él entrada y aun lugar principal San Miguel su
amigo, cuando comenzó a querer ejercer sobre este último personaje
un influjo extraordinario, tanto más insufrible cuanto pretendía
ejercerle, no en punto a graves cuestiones, sino en pequeñeces, y para
satisfacción de pasiones personales, ya favorables, ya adversas a
sujetos determinados. No siempre quisieron o pudieron los ministros
prestarse a conceder pretensiones caprichosas, que a veces eran en
daño de hombres apreciables, y Riego, que veía en San Miguel un
amigo, pero también un subalterno suyo, miró la menor resistencia
hecha a sus deseos por el novel ministro como un acto de ingratitud,
o sea de rebeldía. Llegó a tanto el enojo del famoso general, que
hubo de partirse de Madrid para Andalucía en el mes de septiembre, y
de pasear varias poblaciones, donde, haciendo imprudentes discursos
mal pergeñados, recibió altos y vivos aplausos de los necios, y
fue oído con desaprobación por los entendidos. Era el héroe de las
Cabezas hombre desinteresado en punto a provechos, y aun en punto a
honores, pero no así en lo tocante a oírse vitorear, para lo cual no
excusaba servirse de artes de toda especie, y, por lo mismo que se
creía íntegro, y tenía razón de creerlo, miraba como enemigo de mala
naturaleza al que le negaba, o siquiera le escaseaba, el culto.
No dejaba con todo Riego, aunque su inclinación a los comuneros nacía
de verse de ellos aplaudido, de tener quienes con él coincidiesen,
manifestándose, cuando no favorables, poco menos a la sociedad comunera.
Bien será confesar que, recién abiertas las Cortes extraordinarias, y
empezados en ellas debates de no corto empeño, como resultase que el
Ministerio encontraba fuerte oposición en algunos de nuestra sociedad,
los más de ellos personas de valía, y al revés recibía apoyo de casi
todos los diputados comuneros, algunos de nosotros, uno de los cuales
era yo, y con sumo calor a veces, nos mostrábamos amigos más que
contrarios de la sociedad rival, cuya conducta política, fuera del
interés o pasión de secta, era conforme a la nuestra en todo punto.
Nacían de esto disputas que en nada venían a parar, pues no terminaban
en una resolución, quizá por estar todos seguros de que si alguna se
tomase, de nadie sería obedecida.
Pero el interés y pasión de secta iban mostrándose en negocios de
menor cuantía en sí, pero de no inferior importancia si se tomaba en
cuenta el efecto que producían en los ánimos, y por consecuencia en el
proceder de los individuos.
Al abrirse las sesiones de nuestro cuerpo, harto frecuentes, se
empezaba por lo que se llama despacho ordinario en los Cuerpos
legisladores u otros de índole igual o parecida. Ya una sociedad
particular, ya un Capítulo de provincia, se quejaba de los comuneros,
especificando los agravios que de ellos recibían los nuestros, y aun
solía mezclar con la queja otra del Gobierno legal, nuestro hijo y
representante, al cual atribuían que favorecía a nuestros enemigos los
hijos de Padilla harto más de lo debido. Es un escándalo (nos hacía
presente una sociedad) que el empleo tal (y citaba uno, a veces no
muy alto ni de grande influjo en los negocios) haya sido dado a un
comunero, cuando hay aquí hermanos dignísimos que podrían servirle,
y le han pretendido con éxito desfavorable a su pretensión. Ya no
es posible (venían diciéndonos por otro lado) sufrir más tiempo los
insultos de los comuneros, a quienes la autoridad en vez de refrenar
parece como que apadrina. En las quejas de estos últimos había más
razón, porque en las provincias la desunión entre las dos sociedades
había llegado a ser enemistad, lo cual se dejaba sentir aun en Madrid,
salvo donde abundaban los diputados propensos a no mirar mal a quienes
con ellos votaban.
Pero la hostilidad de los periódicos comuneros iba asomando, aun cuando
solo en el _Zurriago_ apareciese desembozada, descarada y violenta.
En tanto se abrió nuevo teatro, donde los de la sociedad de fecha
moderna, declarando, con fundamento o sin él, que obraban no solo
como particulares, sino en nombre del cuerpo de que eran miembros,
comenzaron a desatarse, así como contra el Ministerio, contra el
Gobierno oculto del cual eran representación los ministros. Fue el
nuevo teatro a que acabo ahora de referirme, la sociedad patriótica
llamada Landaburiana, abierta hacia principios de noviembre de 1822. De
ella y de sus excesos he hablado hace poco, y por tocante al argumento
del presente artículo, debo añadir que casi todos cuantos allí hablaban
se proclamaban hijos de Padilla y enemigos de aquellos a quienes,
con grosera expresión, común entonces, daban el mote de hermanos
pasteleros. Asistía a la sociedad Landaburiana Romero Alpuente, y
recibía allí obsequiosas aprobaciones tributadas en su persona a uno
de los personajes más venerandos y venerados de la novel comunidad.
Asistía asimismo Riego, pero su asistencia solo servía de provocar,
a la par con aplausos a su persona, vituperios a la sociedad por él
presidida, habiendo a la sazón comenzado a oírse la frase, después muy
repetida, de _viva Riego sin mandil_; grito que oía con frecuencia el
así aplaudido, sin dar la menor muestra de desaprobarle.
Agregábase a todas estas causas de disensión entre las dos sociedades
una quizá de superior gravedad. Estaba a la sazón haciéndose proceso
criminal a los principales fautores y caudillos de la rebelión de la
Guardia Real, ocurrida en los días primeros de julio. La causa era
seguida ante la justicia militar con beneplácito y aun con aprobación
de los liberales más extremados, los cuales, por una singularidad hoy
no enteramente desterrada aun cuando solo aparezca en raros casos,
buscaban apoyo en la Milicia contra la autoridad civil cuando les
convenía para el logro de sus deseos, encontrando en el ejército, tal
cual estaba entonces, instrumentos propios para el triunfo o defensa
de la causa revolucionaria. Fue nombrado para fiscal en el proceso un
oficial llamado don N. Paredes, comunero muy estimado entre los suyos.
Al encargarse este de la causa, o a petición propia, o por disposición
ajena, se hizo ramo separado relativo a un don N. Goiffieu, francés
de nacimiento, realista extremado en sus opiniones, oficial de las
Guardias Reales y del regimiento antes llamado de Walonas, y culpado
en la sublevación del cuerpo de que era parte, y en la muerte dada
a Landáburu su compañero por los soldados. A pesar de ser notoria y
grave la culpa del tal infeliz, como tenía cómplices si no en el todo,
en una parte no leve de su delito, chocó, y no sin razón, ver que él
solo fuese juzgado como lo fue, y condenado a muerte, siendo en breve
ejecutada la sentencia. Pero a los fautores de la sedición y caudillos
de la soldadesca rebelada se sujetó a una causa larga y enmarañada,
con trazas de no terminar sino en muy dilatado plazo, yendo el fiscal
buscando delincuentes por todos lados, en lo cual veían sus amigos
pruebas de su celo, y sospechaban sus contrarios intentos de salvar
con las dilaciones y complicaciones a aquellos en cuya salvación
tenían no encubierto empeño el Rey y sus parciales. Llegó la osadía de
Paredes a pedir y lograr por breves días la prisión de los que habían
sido ministros en los días en que se rebeló y continuó en rebelión la
Guardia. Tanto desafuero causó la indignación que no podía menos de
excitar: alzose un clamor contra que un mero fiscal y un consejo de
guerra se arrogasen facultades solo propias de las Cortes, declarando
haber lugar a exigir la responsabilidad a los ministros por sus actos:
llevose el negocio al Congreso, y en él fue desaprobada la conducta de
Paredes; pero no con la dureza debida, y tampoco sin alguna oposición,
siendo yo (con dolor y vergüenza así como con arrepentimiento lo
confieso) de los pocos que desaprobaron hasta la blanda y tímida
desaprobación de los actos ilegales y altamente vituperables del
fiscal sospechoso.[76]
[76] Cuando repaso los sucesos de mi vida y trato de juzgarlos,
no con imparcialidad, lo cual no es posible, pero según me
dicta hoy mi conciencia, y con la frialdad que trae consigo el
tiempo, no hay parte de mi carrera en que crea haber andado
más errado, y de que más me arrepienta y aun me avergüence,
que de los pasos dados por mí en el negocio de Paredes, y en
todo lo relativo a mis relaciones con el Ministerio y con los
comuneros en octubre y noviembre de 1822, durante los primeros
meses de aquellas Cortes extraordinarias. Al meditar en ello
ahora, encuentro en mi propio ejemplo, cuán común es en el
hombre la adulación, pues quien la niega a las cortes de los
reyes la tributa a los pueblos, o, diciéndolo como se debe, a
los que tomando el nombre del pueblo no pasan de ser partidos.
Yo entonces sostenía al Ministerio y conocía su nulidad; me
arrimaba a los comuneros, estando persuadido de su mala índole,
defendía en público mucho de lo que en mi interior desaprobaba,
y mal satisfecho de mí mismo, no me corregía de una conducta
que estimaba en algo reprensible. Verdad es que no todo era en
mí lisonja, pues había en mi proceder loca pasión, lo cual es
igualmente vituperable, pero no tan feo.
Abrazaron los comuneros la causa del de su sociedad, diciendo de los
de la rival y ya contraria «estar visto que el ministerio y los amigos
de este querían guardar indignas contemplaciones con los moderados,
y, por condescendencia con ellos y aun con los realistas, salvar a
los culpados principales sujetos a juicio, de donde provenía ponerse
obstáculos al honrado, celoso y valiente fiscal en el desempeño de
su cargo». A acusaciones tales respondían con contra-acusaciones los
inculpados, según los cuales Paredes se había puesto de inteligencia
con la corte, siendo mera apariencia el exceso de su celo, y la
realidad que, mientras buscaba criminales donde mal podía encontrarlos,
y donde no le era lícito entrometerse, aquellos sobre quienes debía
recaer la pena escapaban cuando menos por lo pronto sin castigo, siendo
su defensa lo enredado de la causa, cuya complicación los daba amparo.
En suma, para los de la sociedad ministerial vino a ser casi verdad
averiguada estar Paredes ganado por el Rey; cargo tal vez injusto,
a pesar de que su proceder vino al cabo a dar a aquellos a quienes
acusaba, no solo la impunidad, sino, con la mudanza que ocurrió sin
concluirse la causa, el triunfo más completo.
Entretanto en la tribuna de la sociedad Landaburiana y en _El Zurriago_
era el asunto principal tratado en aquellos días el de Paredes y los
encausados. Los _hermanos pasteleros_ decían (para usar de las groseras
palabras empleadas entonces) se habían quitado la máscara, apadrinando
a los conspiradores para libertarlos del rigor de la ley, a lo cual
se seguiría hacer con ellos causa común, y hasta echar por tierra la
Constitución, sustituyéndola una con dos Cámaras, a las cuales se
apellidaba odiosas.
Ya he dicho que aun yo, tachado (no sin algún motivo) de inclinarme a
los comuneros, no pude sufrir más ver a mis amigos hechos blanco de
acusaciones tanto cuanto injustas inicuas. Rompí, pues, aun por mi
cuenta propia la guerra contra la comunería, aunque no disparando mis
tiros contra ella como sociedad, sino solo increpando a quienes en su
nombre nos hostilizaban, a la par que ensalzando los merecimientos
de nuestra hermandad en términos poco prudentes. Mi folleto (pues un
folleto fue mi acto de hostilidad) valía poquísimo, pero encendió una
ira violenta en aquellos contra quienes estaba dirigido, los cuales me
atribuyeron una imprudencia muy superior a la que en justicia debía
echárseme en cara.
La sociedad comunera no por esto se había puesto en guerra con la
nuestra, si bien no desmentía a los que blasonaban de llevar su voz
al acusarnos y denostarnos. Pareció entonces como forzoso poner en
claro la situación respectiva de las dos potencias semiocultas que
existían dentro del Estado legal. A una declaración formal de guerra
suelen preceder negociaciones, y el modo de hacer estas más solemnes
es el nombramiento de un embajador. Fue nombrado uno por el gobierno
de nuestra sociedad para que pasase a entenderse con el de la potencia
antes solo rival, hasta a veces aparente amiga, ya en aquella hora
enemiga, pero enemiga dudosa. Para desempeñar tan importante embajada
fue escogida mi pobre persona.
Ya nombrado, cuidé de aumentar con ridículo énfasis la importancia de
mi misión a la autoridad delante de la cual había de desempeñarla,
solicitando pública audiencia con la solemnidad correspondiente. Fueme
concedida, como era de esperar, y difícil es decir, al recordar el
desempeño de mi embajada, quién se llevó en aquella farsa la palma
en punto a ridiculez, habiéndonos ambas partes extremado. Aunque
nuestra sociedad antigua se distinguía por su ceremonial, en el cuerpo
gobernador de ella la habíamos omitido enteramente, pero en el de los
comuneros, a lo menos para acto tal como era el de recibir una embajada
de potencia extraña, había algo, bien que poco, en adorno del lugar,
e insignias o condecoraciones en las personas. Lleno yo de entono, me
presenté haciendo el papel de legado romano que intimaba al Senado
cartaginés que se decidiese sin demora por la paz o la guerra, o el
de Argante haciendo la misma intimación a los Cruzados presididos por
Godofredo; y no se tenga por pedante esta cita, porque llevaba yo en la
mente los lances a que me refiero para acomodarlos disparatadamente a
la ocasión en que me veía. Si entonado y hueco aparecí yo, no lo estuvo
menos el gran maestre de la orden que me recibió en pleno capítulo. A
mis quejas de la conducta de _El Zurriago_, y a mi petición, reducida
a que declarase la sociedad no ser aquel periódico representante de
sus opiniones o intentos según él aseguraba, recibí una respuesta casi
evasiva sobre el primer punto, y sobre el segundo una negativa rotunda.