En medio de esto, el cuerpo llamado Capítulo de Cádiz, al cual

obedecía, las sociedades inferiores de la provincia, inclusas las de la

misma ciudad, numerosas y acaloradas, se veían en situación de notable

apuro. Muchos de aquel cuerpo habían atizado el fuego que veían con

pena y terror crecido hasta ser incendio que amenazaba gravísimo daño.

La autoridad suprema de Madrid había disculpado más que aprobado los

hechos de las de Cádiz y Sevilla, y, si nada afecta al Ministerio, ni

aun a la mayoría de las Cortes, que solo era semiministerial y solía

variar, tampoco veía sin horror que fuese a encenderse una guerra

civil entre los constitucionales. Los enemigos de estos se mostraban

al doble satisfechos, porque el desorden les daba motivo a censurar

un estado de cosas que tan malos efectos producía y en que eran

desatendidas impunemente las leyes, y porque esta misma confusión les

daba juntamente materia a la censura, y fundadas esperanzas de triunfo.

Pero en el mismo Capítulo había hombres obcecados resueltos a llevar

las cosas adelante hasta a una situación de rebelión completa, mientras

otros procuraban traer una avenencia que no dejaba de ser dificultosa.

En las juntas inferiores era lo común estar por los pareceres más

violentos, influyendo en esto varias razones: fanatismo nacido de

escasa ilustración en algunos, temor en otros por creerse comprometidos

por los pasos primeros dados en la carrera de la rebelión, y ambición

o interés en un gran número, que esperaban de la guerra civil ascensos

y otras ventajas, porque comenzaba a asomar la idea, llevada después a

extremos a resultas de verla realizada, de que sembrando o fomentando

las revueltas se coge buena cosecha de grados y honores. Y si bien las

Cortes, en dos resoluciones que se contradecían, habían a la par dado

apoyo al Ministerio y declarádosele enemigas, aprobando con esto último

el quebrantamiento de las leyes que como por fórmula en su primera

resolución sustentaban, ni aun esto alcanzó a traer a la sumisión a la

parte más crecida de los rebelados en Cádiz y Sevilla, muy numerosos en

la primera ciudad, y escasos en número en la segunda, pero dominantes

en ambas.

Tal era la situación de las cosas en Cádiz al terminar 1821, gobernando

allí la sociedad secreta, a la cual obedecía, sin ser de ella, el

gobernador militar y político; hombre honradísimo, hasta virtuoso, de

mansa condición, deseoso del bien, y pesaroso del papel que estaba

representando por sentir que con su conducta evitaba mayores males.

Me tocó en aquellos días, en que acababa de ser elegido diputado a

Cortes por la provincia de Cádiz, pasar a aquella ciudad desde la de

Córdoba en que estaba residiendo, porque había estado sirviendo en

ella mi empleo de intendente. Había yo sido de los desaprobadores del

pensamiento de resistir al Gobierno legal; pero empezada, contra mi

deseo no encubierto, la guerra entre los exaltados y los moderados,

por cálculo político no desacertado, aunque de mala especie, me

había puesto de parte de los primeros, y bullía en su favor, porque

preveía que, si triunfando el Ministerio triunfaba con él la ley,

infaliblemente los anticonstitucionales, unidos a la sazón con

los ministeriales, pronto se sobrepondrían a sus compañeros, y

deshaciéndose de ellos y de la Constitución, recogerían todo el fruto

de la victoria. Salí, pues, para Cádiz lleno de pena, descontento aun

de mí mismo, incierto sobre cuál sería el modo de pensar de mis amigos

políticos, de los cuales había disentido al desaprobar yo el proyecto

del rompimiento, y deseoso de encontrar términos de avenencia, si

bien con poca esperanza de ver mi deseo logrado. Pero, llegado que

hube al pueblo de mi nacimiento y también de mi amor, cabeza de la

provincia que me había elegido diputado a Cortes, encontré que mis

amigos, con rara excepción, deseaban ya la paz, viendo cuán funesta

sería la guerra. Había con todo dificultades enormes que vencer para

reducir a la obediencia a los que habían sacudido el yugo y querían

sustentar con la fuerza su desobediencia. En dos semanas que pasé en

Cádiz apenas salí del Capítulo, casi constituido en sesión permanente.

Debo decir que pocos días de mi larga vida han sido más amargos, aunque

en ella hayan abundado horas de amargura. Los singulares medios por

donde llegamos por lo pronto, pero no de buena manera, al fin apetecido

merecen una relación circunstanciada en la cual se dé a conocer qué

eran aquellos días.

II.

Si era el Capítulo de Cádiz la única autoridad real y verdadera de

aquella provincia, era una autoridad supeditada por los que de ella

dependían. Así es que no osaba tomar resolución alguna, disimulaba,

y cuando se aventuraba a dar un paso adelante en la carrera por

donde los que en él eran el mayor número querían llevar las cosas,

al punto se veía precisado a detenerse y aun a retroceder, si no en

la realidad, en la apariencia. Hasta con la minoría del mismo Cuerpo

se veía la mayoría forzada a guardar contemplaciones, que eran actos

de condescendencia. Verdad es que los frívolos pretextos con que se

cohonestó el primer acto de resistencia estaban desvanecidos; que

habían intervenido en el negocio las Cortes, y en dos votaciones,

en no corto grado, si ya no enteramente contradictorias, se habían

declarado contra los ministros, aunque condenando a los semirrebelados,

y mandándoles sujetarse a las leyes y al Gobierno, y (lo que es más)

que, pendientes estos sucesos, había habido una elección general, y en

las Cortes electas iba a predominar el partido exaltado, con lo cual

estaba logrado el objeto que había dado ocasión a la resistencia de los

gaditanos y sevillanos. Pero esto último venía a ser una desgracia,

porque daba un argumento erróneo, pero de gran fuerza para el vulgo, a

los que insistían en seguir desobedientes hasta llegar a ser rebeldes,

sustentando su causa con las armas. Algunos hombres, y de los más

notables, causantes o fautores de los primeros movimientos, habían

sido elegidos diputados, y, si bien con esto había adquirido fuerza la

causa por ellos abrazada y sustentada, era común decir que, llegados

ellos a encumbrarse, daban con el pie a lo que les había servido de

escalera, lo cual no parecía bien y aun dolía a quienes nada habían

ganado en toda la serie, aunque no larga tampoco corta, de aquellos

disturbios. Esto decían algunos, y acusación tal muy repetida hallaba

favorable acogimiento en numerosos jueces, en litigio en que eran muy

crecidos en número los que juzgaban. En la ciudad de Cádiz la sociedad

tenía influjo sobre las clases todas del pueblo, inclusas las ínfimas,

allí a la sazón constitucionales, y sabido es que entre la gente ruda e

ignorante, las opiniones extremadas prevalecen.

Ni se contentaban los de los cuerpos inferiores con mostrarse

indóciles en sus reuniones y en su manejo para allegarse parciales

fuera de ellas, a lo que hacía, y más todavía a lo que, no sin causa,

sospechaban que intentaba hacer el Capítulo, sino que le enviaban una

u otra diputación, que, contra toda regla, era admitida, y a la cual

se daba voz, si bien no voto, y que al usar de la voz lo hacía en tono

de no encubierta amenaza, y como quien manda en vez de ser como quien

representa. Mal podía reprimir la ira el presidente del Capítulo,

hombre nada sufrido entonces, y, sin embargo, tascaba el freno, aunque

sin poder ocultar que se violentaba. Al revés los de la corta minoría;

viéndose apoyados por gente de afuera, aparecían no solo renuentes,

sino indignados y soberbios.

Pasaba uno y otro día sin salir de situación tan angustiosa, cuando

urgía una decisión final, y apremiaban a darla los sucesos, empujando

a ella por opuestos lados. Se presentó en el Capítulo un comisionado

del de Sevilla, y nos echó en cara nuestra timidez, declarando que

los sevillanos (esto es, no los hijos y vecinos de aquella ciudad,

sino los que en ella pretendían llevar la voz del pueblo) estaban

resueltos a seguir resistiendo hasta que la victoria en verdadera

lid decidiese entre la causa del Gobierno de Madrid y la de las

provincias desobedientes. Singular era tal aserto, siendo sabido que

en Sevilla la población, aunque con excepciones, no era, como en

Cádiz, constitucional, sino lo contrario, por lo cual, si llegaban

las hostilidades, difícil había de ser que no fuese el triunfo de los

parciales del Gobierno, a los cuales se habían agregado los de la

monarquía absoluta. Pero cuando a los de Cádiz, tachados de tibios,

o quizá de algo más, se ponía por ejemplo de ardor y fortaleza la

conducta de los de Sevilla, a estos, según supimos muy en breve, se

citaba por modelo para avergonzarlos, y aun para intimidarlos, los de

Cádiz.

Entretanto, el Gobierno supremo oculto de Madrid, lleno de congoja y de

temores, ansiaba por ver reducidas a la obediencia a las provincias ya

casi rebeladas. Apeló, pues, de nuevo al consejo, porque otras armas

no tenía, y solo por la vía de la persuasión podía lograr el fin que

anhelaba. No creyendo los escritos suficientes para ver satisfecho su

buen deseo, cuerdamente dispuso enviar a Cádiz un hermano comisionado,

y al intento eligió uno de los más comprometidos en el alzamiento de

1820, lo cual equivale a decir de aquellos para quienes la causa de la

Constitución era una misma con la de su interés personal, pues cayendo

aquella, vería en grave riesgo hasta su vida. Fue el elegido el oficial

de marina don Olegario de los Cuetos, a quien ha visto la generación

presente figurar, al cabo, en primer término en el partido apellidado

progresista.

Sabida que fue en lo general de la población de Cádiz la venida de

tan digna persona, y sospechándose y aun casi sabiéndose a qué venía,

los más extremados y alborotados levantaron la voz de que un emisario

del Ministerio había llegado con la mira de reducir al pueblo a la

servidumbre y acabar con los patriotas, y de resultas con la libertad

misma. Hubo hasta inquietud peligrosa por la propagación de tal

rumor, acogiendo la credulidad las calumnias de la maldad, y estuvo a

pique de ser maltratado, y aun tal vez en el grado último, uno de los

restablecedores de la Constitución.

La llegada de Cuetos ponía al Capítulo gaditano en una situación por

un lado ventajosísima, y por otro algo apurada, porque si la autoridad

del Gobierno oculto, si no de todos obedecida, por todos declarado

con derecho a exigir obediencia, nos mandaba someternos, de temer

era, atendido el estado de los ánimos, que aun a su mismo Gobierno

secreto la sociedad de Cádiz se declarase medio rebelde, llevando

delante, hasta sustentarla con las armas y hacer la rebelión completa,

acompañada de guerra civil entre constitucionales, la separación de la

obediencia a las leyes y a la autoridad que en nombre de las leyes

obraba. De todos modos, iba a acabar la hora de las dilaciones y

tergiversaciones.

Pero si bien el Capítulo podía proceder por sí en tan grave negocio,

no quiso; en lo cual si un tanto se expuso, obró con cordura a la

par que con atrevimiento, trayendo el negocio a la deliberación y

resolución de toda la sociedad secreta, o, dígase, de todos cuantos

quisieron concurrir con su voto, o con su voz, o con su asistencia

a la determinación final sobre la cuestión pendiente. Fue, pues,

convocada, al intento de promover en ella un debate y resolución

definitiva, una junta magna para las primeras horas de la noche. Era

esta de las de enero (1822), que aun en las latitudes apartadas de las

polares son bastante largas, y dan tiempo para detenerse en prolongadas

discusiones. Acudieron los de la sociedad, si todos no, en número

muy crecido: corrió por la ciudad la noticia de la convocación y del

negocio que iba en ella a tratarse y decidirse; estaban todos suspensos

y como colgados de lo que iba a dictar una asociación ilícita, y hasta

el mismo gobernador y jefe político, no obstante ser honrado patricio,

buen caballero y cristiano piadoso, como si hubiese renunciado a su

autoridad por no poder ejercerla, se sometía al fallo de un tribunal o

cuerpo cuyos miembros estaban anatematizados por la Iglesia, sobre sus

otras nulidades.

Aunque el Capítulo había resuelto someter la cuestión a la resolución

de la irregular _Junta magna_, no debía ni quería, ni en razón podía,

presentarse en ella sin el intento formado de influir poderosamente en

lo que resolviese la numerosa reunión convocada. Para el intento, era

indispensable que hasta desapareciese la minoría del mismo Capítulo,

corta, pero tenaz, y tal que podría frustrar el proyecto de sumisión,

si no aparecía unanimidad en vez de mayoría en lo resuelto por el

cuerpo cuya autoridad iba a ser como renunciada al ponerla en juicio

ante quienes de ella dependían. Consiguiose nuestro intento, no sin

trabajo, sosegando el honrado fanatismo de una o dos personas, y aun

logrando que guardase silencio otra, cuya violencia, según juicio que

pudo ser erróneo, pero que tenía harto fundamento, parecía hija de

malas pasiones y de ambición poco escrupulosa. Así nos encaminamos al

sitio donde se había de celebrar la junta con un tanto de confianza,

pero ciertamente no ajenos de recelo.

Abierta la sesión, siendo en ella presidente el del Capítulo, y

proponiéndose ante todo que entrase y fuese oído el comisionado del

gobierno supremo de nuestra sociedad, se levantó a oponerse a que

siquiera se le diese entrada el entonces famoso escritor que llevaba

por apellido Clara-Rosa. El tal sujeto, ejemplo lastimoso del influjo

que tienen y poder que cobran en tiempos revueltos personas cuyo ningún

valor moral no está compensado por dotes intelectuales ni por saber,

acreditó con sus palabras mal zurcidas, en las cuales ni observó las

fórmulas de la sociedad, cuán malas eran sus intenciones, y cuán

escasos sus recursos para sustentar sus opiniones. Entre sus errores,

fue uno apellidar a Cuetos emisario, dictado que, sin ser ofensivo,

venía a serlo, porque con nombrar así a Cuetos se le había hecho odioso

ante el vulgo. Esto proporcionó al presidente una ocasión de ensalzar

a Cuetos, y de poner en claro, si no cual era su comisión, la alta

procedencia de este, y por consiguiente, su importancia. No bastaron,

con todo, ni la dignidad de la silla presidencial, ni las convincentes

razones dadas por quien la ocupaba para que no siguiese la discusión

sobre si había o no de entrar Cuetos. Tales trazas llevaba el negocio,

predominando en la junta los de opiniones extremadas, si no por ser

allí los más numerosos, por ser los más audaces y llevarse consigo a

los tímidos o vacilantes, que parecía casi cierto que el comisionado

del gobierno de la sociedad no sería ni admitido en la junta, cuando

el presidente, sin esperar la votación, dando un golpe en la mesa,

con voz clara, fuerte y como de quien manda, dijo que «en nombre de

nuestras leyes, dese entrada al momento a nuestro digno hermano».

Sorprendió a todos el atrevimiento, y siguió al mandato la obediencia,

de suerte que, cuando empezaban los malcontentos a quejarse de lo que

calificaban de acto ilegal y despótico, estaba Cuetos en la sala, y

llenos de aliento los deseosos de la sumisión, y de desmayo, en medio

de su furia, los de la opinión contraria. Oído Cuetos, el cual, no por

sí, sino en nombre de quienes le enviaban, aconsejó el desistimiento de

la resistencia, todavía iba a renovarse sobre ello el debate, cuando

alzando la voz el comandante del batallón de la Princesa, hombre de

gran entereza y de aquellos para quienes valían más sus obligaciones

de militar y de ciudadano que los de miembro de un cuerpo no legal,

declaró que él con la tropa de su mando estaba resuelto a obedecer a la

autoridad legítima y constitucional, o, dígase, a las leyes civiles y

militares. Era tal modo de expresarse una condenación explícita hasta

de la existencia de la sociedad, o, si no tanto, de la parte que la

misma tomaba en la dirección de los negocios públicos, así como lo era

de todo lo hecho en Cádiz y Sevilla desde los primeros pasos dados en

la carrera de la resistencia al Ministerio. Pero lo atrevido de la

declaración cuadraba bien con el deseo de quienes deseaban sofocar el

incendio que ellos mismos habían causado y atizado. El escándalo causó

un alboroto o principio de desorden en la junta, e impidiendo seguir

la discusión, produjo una cosa a manera de votación, pero no votación

perfecta, la cual, levantada la sesión entre quejas y reconvenciones de

los vencidos, vino a dar de sí que Cádiz entrase en el orden de que se

había separado. La gente que, en las inmediaciones o en otros lugares,

estaba aguardando ansiosa a saber lo resuelto por la sociedad, árbitra

entonces de la suerte de aquellas provincias, entendió desde luego

que la resistencia había concluido. Al día siguiente hubo un amago de

motín dirigido contra los de la sociedad a quienes con sobrada razón se

atribuía el éxito del grave negocio que tanto ocupaba los ánimos del

vecindario gaditano. Pero los sediciosos, faltándoles apoyo, no pasaron

de amenazar, y tras días de inquietud vinieron otros de sosiego, ya muy

deseados por la gente de algún valer, y aun por la parte de esta que

había visto con placer y aprobado los primeros desmanes.

Allanándose Cádiz a entrar en la senda legal, inmediatamente le siguió

Sevilla, dándose el parabién quienes dirigían los negocios en esta

última ciudad de verse fuera de una situación de angustia y peligro.

Allí no había que temer alboroto de la plebe, siendo la de Sevilla,

con raras excepciones, indiferente en punto a los promovedores de la

resistencia, cuando no contraria.

En dos provincias más de España (en Galicia y Murcia) había habido

movimientos para ayudar a los desobedientes de Cádiz y Sevilla; pero

duró poco el triunfo de los que los causaron, restableciéndose el orden

e imperio de la ley sin dificultad considerable. En todo ello obraban

ciertos cuerpos de la sociedad secreta, no en obediencia al gobierno de

la misma, sino por sí, de lo cual resultaba falta de unión y concierto

en el gremio numeroso de los asociados en España.

Mientras esto pasaba, apenas daban señal de vida los comuneros como

cuerpo, si bien algunos de ellos se asociaban a los desobedientes, como

convenía a personas de las ideas más extremadas. Con todo, ocurrió

recién pasados los primeros días de haber levantado la bandera de

la resistencia Cádiz y Sevilla, un incidente notable y extraño. El

Gobierno legal, no bien supo las inquietudes de Andalucía, cuando cuidó

de impedir que a las poblaciones semirrebeladas acudiesen personas

cuyas opiniones y conducta conocidas diesen fundado motivo de temer

que fuesen a fomentar la idea de la resistencia. Pero cuando esta

disposición, no muy legal pero en uso constante en nuestra España

donde los movimientos y residencia de las personas están como sujetos

a la intervención de los que mandan, estaba llevándose a efecto, se

apareció en Andalucía, con licencia de la superioridad, Regato, persona

muy principal entre los comuneros, pero hombre de cuyos antecedentes

conocidos debía esperarse que prestase eficaz auxilio a los

desobedientes. No hubo de hacerlo, ni tampoco lo contrario, a lo menos

claramente, y la como oscuridad con que vivió entre los semirrebelados

encerraba sin duda un misterio, si bien en ello apenas se hizo alto.

También pareció extraño que el Ministerio nombrase entonces para

desempeñar el gobierno político de Sevilla a un sujeto de mérito, pero

comunero y amigo no menos que del anciano Romero Alpuente, es decir,

de la persona a quien más se allegaba la gente más sediciosa. Así es

que en Sevilla, restablecido el orden, los pocos hijos de Padilla que

encerraba aquella ciudad, aparecían adictos a quien había venido a

poner, y puesto, término a la resistencia.

No sucedió lo mismo en Cádiz. Allí creció de súbito la sociedad

comunera, y creció prodigiosamente, pasándose a ella todos los de

la antigua, descontentos y aun furiosos por la terminación de los

recién pasados disturbios. Y como en Cádiz las clases inferiores eran

constitucionales, fue fácil a la comunería aumentar allí sus filas

hasta formar una crecida hueste. De esta era principio fundamental el

odio a la sociedad antigua.

Entretanto, en Madrid, abiertas las nuevas Cortes, trabajaban las

dos sociedades influyendo en la conducta de los diputados que

respectivamente eran de ellas, los cuales cuando menos componían más de

una mitad del nuevo Congreso.

Pero, coincidiendo con la reunión de este nuevo cuerpo legislador

y en la esencia soberano, por un lado ser elegido Riego para la

presidencia durante el primer mes de la legislatura, y por el otro

haberse formado un Ministerio de moderados, todos ellos hombres de

mérito y alto concepto, entre los cuales descollaba Martínez de

la Rosa, tomaron las cosas singular aspecto y sesgo en cuanto al

proceder de los gobiernos ocultos. El de la antigua no era amigo

del Ministerio, pero tampoco su enemigo, y los meros socios estaban

divididos, contándose entre ellos así los hombres más vehementes de

la oposición, como no pocos ministeriales declarados y celosos. Vino

esto a influir en la mayoría del Congreso a punto tal que no la había

fija, sino al revés muy variable, y esto sobre cuestiones importantes,

siendo así que, recién hechas las elecciones, era general esperar,

unos con temor y pena, y otros con gozo y soberbia, que predominarían

constantemente los exaltados. En tanto, el gobierno de los hijos de

Padilla y todos cuantos de él dependían, hacían al Ministerio cruda

guerra en unión estrecha con no pocos diputados que éramos de la otra

sociedad rival. Yo, que estaba entre estos últimos, obrando o hablando

con desatentada violencia, como si quisiese probar que no merecía

ser acusado de moderado, como lo había sido poco antes en Cádiz, y

que veía mi conducta aprobada y ensalzada por los escritos de los

comuneros, y o tibiamente aplaudida, o a veces solo disculpada por

los de mi _hermandad_, sentí lo que era a la par pueril enojo y justo

cálculo político, y en un momento de mal humor, para el cual no me

faltaba motivo, solté la expresión de que mi puesto natural entonces

era estar entre los comuneros. Oyeron algunos de estos, amigos míos,

mis palabras, y equivocando por resolución deliberada un arranque de

ira, participaron a su gobierno que iban a contarme en su gremio; y tal

era la necesidad que tenía su sociedad de recibir aumentos, que pasó

nada menos que una circular a todas las _torres_, haciéndoles saber la

adquisición de mi pobre persona como una conquista digna de mención

especial. Pronto, sin embargo, vino el desengaño, porque pasado el

ímpetu en que yo me había mostrado inclinado a dar tal paso, determiné

por varias razones mantenerme firme en la asociación a que me ligaban

fortísimos lazos. Grandísima fue la indignación de los comuneros contra

mí, y si disimulada por algún tiempo, conservada hasta dar claras y

vivas muestras de sí en periodo no muy distante.

Iban así las cosas trabajosamente, y estaban próximas a terminar las

Cortes ordinarias de 1822, encendida la guerra civil en Cataluña,

no sin tentativas de emprenderla en otros puntos; no encubriendo

el gobierno francés la mala voluntad que nos profesaba, ni aun su

intención de hostilizarnos a la larga; el Rey dispuesto a recobrar su

poder antiguo, y ya apenas contento con el Ministerio moderado por él

mismo escogido, y lleno de condescendencia a sus deseos, y las Cortes

con escaso concepto, sin fe en sí propias, no atreviéndose ni a dar

apoyo al Ministerio ni a hacerle guerra. En la sociedad de que yo era

parte había la misma incertidumbre que en las Cortes.

Ocurrieron en esto los sucesos que señalaron los días corridos desde

el 30 de junio al 7 de julio: la sublevación de la Guardia Real, y su

vencimiento en las calles de la capital que invadieron. En los días que

permanecieron las tropas sublevadas y el Gobierno constitucional frente

a frente, nada hicieron las sociedades secretas que no les fuese común

con los demás liberales. La nuestra apenas celebró juntas.

Pero la victoria de la causa constitucional mudó la faz de las cosas.

El Rey, vencido y sujeto, se veía forzado a darse por satisfecho con

seguir reinando en la apariencia, o dicho con más propiedad, con que

continuase la ficción legal que le suponía reinante, ficción, como

todas las de igual clase, de nadie creída.

El Ministerio, bajo cuya dirección habían venido las cosas públicas a

tan fatal paradero, no podía seguir gobernando, ni él quería. Formar el

que había de sustituirle vino a ser puesto a cargo del gobierno oculto

de nuestra sociedad, el cual, puesta mano a la obra, la completó como

pudo, aceptando la lista de ministros que le fue presentada el Rey, tan

sujeto a todo que en prestarse a cuanto más le dolía encontraba nuevas

pruebas de su estado de cautiverio.

Recuerdos de un anciano · 第 29 / 41 段