La llegada de Riego a Madrid desbarató nuestro plan criminal, y desde

entonces, por algún tiempo, la sociedad secreta nada hizo sino dejarse

llevar por las circunstancias. De los pasos desatentados que dio Riego

durante su breve estancia en Madrid, lejos de ser consejera, como fue

entonces y aun es hoy común suponer, fue desaprobadora, pero tímida y

callada. Llevó, sin embargo, el cuerpo en algunos de sus miembros el

golpe merecido por su anterior y mal conocido exceso, pero no merecido

por los que se le achacaron, los cuales fueron pretexto o motivo de la

leve pena impuesta a los culpados, y de la más grave del desconcepto

en que se trató de ponerlos, y en parte se consiguió, llegando a pasar

por verdades averiguadas falsísimos cargos.[73]

[73] Entre otras calumnias, corrió con valimiento la de que

tenía la sociedad formado un ministerio, que por un acto

de violencia había de ser sustituido al que existía. En el

supuesto proyecto me tocaba ser ministro de Estado. Aunque

contaba yo treinta y un años de edad y ocho de carrera

diplomática, y había sido de los principales entre los

restablecedores de la Constitución, esta calumnia me ofendió,

más porque parecía una burla, que por lo infundada. ¡Tanto se

distaba entonces de hacer las rápidas carreras que después

hemos visto!

La pena impuesta a unos causó en otros disgusto y hasta indignación:

nació de ello aumentarse la desunión entre los que componían el

gobierno oculto: se exacerbaron las pasiones, y vino a parar la

discordia en una proscripción, que, por fortuna, no pudo pasar de ser

expulsión de la sociedad de los que en ella eran minoría. Alcanzó tal

rigor a no menor personaje que el conde de Toreno, no aprovechándole

su renombre antiguo, ni su recién terminado destierro huyendo de la

pena capital que, si bien solo en rebeldía, le había sido impuesta.

Igual suerte cupo al intendente de ejército don Domingo de Torres, a

pesar de su extremado celo del bien y lustre de la sociedad, celo que

se extendía a la observancia de los ritos estimados por otros en poco.

Algunos más fueron los expulsados.

Seguía en tanto la sociedad fría y desmayada. Era contraria al

ministerio; pero, como este se componía de hombres de altísimo concepto

entre los constitucionales antiguos, la oposición que se le hacía era

de parte de algunos hecha casi con repugnancia, y de parte de otros, si

con acrimonia y encono, con corta esperanza del triunfo.

Pero con la división de los constitucionales iban cobrando aliento el

Rey y los parciales de Fernando, que lo eran del gobierno absoluto.

De aquí nacía irse arrimando al gobierno los más entre los antes sus

contrarios, en tanto que unos pocos, entre los cuales me contaba yo,

nos resistíamos a la reconciliación mientras no avasallásemos a los

que nos habían vencido y desconceptuado, guiándonos, ya ciego deseo de

venganza, ya razones políticas de más o menos peso.

Así, cuando el Rey trató de negar la sanción al decreto de las Cortes

sobre supresión de los monacales, y cuando fue forzado a darla por

la amenaza de una sedición que en la sociedad de la Fontana había de

comenzar, pero que no comenzó, por no prestarse los socios a abrir

las sesiones por ellos voluntariamente suspendidas, el gobierno de la

sociedad secreta nada resolvió y nada hizo. Verdad es que Regato y yo,

ambos parte del actual gobierno, nos afanamos, y no sin éxito, porque

la Fontana siguiese cerrada y muda; pero nuestra conducta no fue ni

censurada ni aprobada por nuestros compañeros.

Sin embargo, de allí a poco, cuando, irritado Fernando VII de haber

sido engañado y burlado al compelerle a dar la sanción al decreto

que desaprobaba, hubo de decir en privada conversación a alguno de

sus fieles servidores que se prestaría a avenirse con los llamados

exaltados para hacer guerra a sus ministros, y aun para sustituirlos

con otros entre los cuales hubiese constitucionales de los más

ardorosos, llevada al gobierno oculto la cuestión sobre si convendría o

no entrar en trato con la corte, fue resuelta por afirmativa, pero nos

costó gran trabajo ganar la votación a los que en ella triunfamos, no

sin haber de esforzarnos en gran manera para alcanzar el triunfo, y aun

vimos tal tibieza, recelo, y como pena en los aprobantes, que reputamos

desde luego muy difícil aprovechar nuestra victoria. Así fue que los

tratos seguidos con mutua desconfianza por parte de los palaciegos y

por la nuestra, oyéndose con poca satisfacción todo cuanto de ello se

iba dando parte mientras estaban pendientes, pronto concluyeron en un

rompimiento, siendo por otra parte verdad que la perfidia de la corte

justificó a los que de ella nada favorable a nuestros intentos se

prometían.

En los alborotos que ocurrieron durante la residencia del Rey en el

Escorial, en noviembre de 1820, y con motivo de haber Su Majestad

nombrado un ministro de la Guerra sin consultar a los demás del

Ministerio, agregándose a ello ser el sujeto nombrado notoriamente

desafecto a la Constitución, y haberse descubierto al mismo tiempo una

conjuración cuyo objeto era el restablecimiento del gobierno absoluto,

poco tuvo que hacer el gobierno de la sociedad secreta para fomentar

el desorden que desde luego se manifestó en la capital y reinó en

ella durante tres o cuatro días. Su resolución formal por votación

unánime fue _dejar correr las cosas_. Corrían, en efecto, como torrente

impetuoso, contra la persona del monarca. No eran, como he dicho en

otros de estos mis recuerdos, los de la sociedad ni los apellidados

exaltados los más furiosos en aquellos días, pues los que pasaban

por moderados y ministeriales se mostraban, si no en mayor grado,

igualmente violentos en la sociedad de la Fontana, y por las calles y

plazas, hechas teatro de un alboroto que, no hallando resistencia, no

causó daños materiales o inmediatos. Quizá no es fuera de propósito

decir que en los groseros insultos hechos al Rey a su entrada en Madrid

de vuelta del Real Sitio, solo tomó parte la gente soez o uno u otro

loco, pero cediendo a propio impulso y no a dirección alguna.

Mas si el gobierno de la sociedad secreta no fue excitador ni aun

siquiera causador de los desmanes de aquellos momentos, no se descuidó

en punto a aprovecharlos, pues lo hizo celebrando con el Ministerio una

concordia como entre potencia y potencia.

Verdad es que el Ministerio había mudado en aquellos días en parte en

su conducta, en otra parte en su composición. Al ministro de Ultramar,

don N. Porcel, había sucedido don Ramón Gil de la Cuadra, a la sazón

ni enteramente moderado, ni exaltado, pero con algo del uno y del

otro carácter, y además de la sociedad secreta, aunque no del cuerpo

supremo de la misma, sino de otro de los inferiores, en el cual estaba

compensado lo inferior de su categoría con lo distinguido de las

personas de que estaba compuesto. Como estuviese asimismo vacante el

ministerio de la Guerra, fue nombrado para desempeñarle el ilustre

general de marina don Cayetano Valdés, el cual no era exaltado, pero

había hecho actos de tal; honradísimo caballero, así como militar

valiente, y en quien concurría la circunstancia de ser pariente

lejano de Riego. Ambas cosas facilitaron la avenencia poco menos que

generalmente deseada. Pasaron los militares desterrados a ocupar cargos

importantes, y a mí me cupo una suerte parecida. Fue muy censurada

esta capitulación, pero los censores afeaban más la conducta de los

ministros que la nuestra, suponiéndola para ellos humillación y para

nosotros victoria.

Para hacer constar mejor la paz restablecida entre los de la oposición,

que eran de la sociedad, y los ministros y amigos de ellos, volvieron

al cuerpo director o gobierno oculto los que de él habían sido

excluidos, pero con una u otra excepción, y entre estas la notabilísima

hecha de Toreno, a quien no alcanzó nuestra amnistía. Sin duda

contribuyó a tal rigor el valor político de tan digno personaje, y

haber él tratado con desprecio la como pena que le había sido impuesta

sin previo juicio. Así, cuando Argüelles y Valdés entraron en la

hermandad, quedó separado de ella para siempre el digno amigo de ambos,

que era hermano antiguo.

Lo cierto es que la sociedad secreta se declaró amiga y auxiliar del

Ministerio, y siguió siéndolo hasta la caída de este en marzo de

1821. Se prestaron Argüelles y Valdés a entrar en la sociedad, y así

lo hicieron, pero sin ser del cuerpo su director supremo, sino del

inferior de que seguía siendo parte su colega Gil de la Cuadra. Debe

añadirse que ni uno ni otro fueron _hermanos_ muy celosos, aunque no

fuesen infieles, y que antepusieron siempre, como debían, su oficio de

altos empleados y de ciudadanos al de socios.

No a toda la sociedad fue grata la reconciliación con los ministros.

En el cuerpo su director se mostraba muy descontento el después

celebérrimo Regato, o ya hubiese empezado a ser traidor a la causa

constitucional, o ya estuviese vacilante y jugando juego doble, o solo

alimentase su odio sin objeto fijo todavía, habiéndole posteriormente

empujado las circunstancias y su falta de honradez a la infame conducta

que siguió, la cual le ha dado tan merecida mala fama. Ni era único

en su modo de pensar, porque en los socios o hermanos de inferiores

categorías no escaseaban, aunque no abundasen, quienes en su opinión

coincidían.

En febrero de 1821 (ausente yo de Madrid por estar sirviendo la

Intendencia de la provincia de Córdoba), se sublevaron los guardias

de la Real persona (vulgarmente dichos de Corps), tal vez forzados a

hacerlo por habérseles hecho groseros insultos. Acudió a reprimir la

sublevación el Gobierno, y lo llevó a efecto; pero fue acusado con

poca razón de tibieza y aun de contemplaciones con los sublevados.

Es lo cierto que en la indisciplina civil y aun militar de aquella

época, no pocos de los que se precipitaron a oponerse a la sublevación

obraron como de _motu proprio_, más que como obedientes a orden

superior de legítima procedencia, y que la ejecución de lo dispuesto

por el Gobierno hubo de resentirse de tal circunstancia. Los que por

exceso de celo, haciendo más de lo que les era mandado, merecieron

ser tachados de cierto linaje de desobediencia, quedaron por demás

descontentos cuando vieron, si no desaprobada, tibiamente aprobada su

conducta. Regato y algún otro abrazaron la causa de estos quejosos,

siendo probable que al hacerlo solo vieron con gusto llegada la

hora de un rompimiento, de ellos mucho antes ardientemente deseado.

Desprendiéndose del tronco de la sociedad antigua, fueron estos a

fundar otra nueva, si al principio pobre y con pocas apariencias de

medro, no muy tarde robusta y poderosa, tal que, si la catástrofe que

acabó con la Constitución y con todo linaje de liberalismo, y aun de

libertad, no hubiese sobrevenido, compitiendo con la sociedad madre,

habría llegado a oscurecerla y tal vez a destruirla.

Dio nombre y correspondiente forma, o fórmulas, a la novel sociedad

secreta (si es que de secreta merecía con exactitud el nombre) una

idea de don Bartolomé Gallardo. Este escritor afectadísimo, político

violento más que atinado o agudo, se distinguía por su afición ardorosa

a las cosas de su patria y lengua. La sociedad en que él tenía un

puesto de los superiores en categoría, aunque en ella no ejerciese

grande influencia, había tomado de una antigua y extranjera nombre y

ritos. Bien es cierto que de la del mismo nombre en otros pueblos se

diferenciaba notablemente, por ser una asociación puramente política y

concretarse a los negocios del país donde estaba establecida, y que al

ritual y planta y arreglo de las de su clase en tierras extrañas había

añadido algo peculiar de España y del oficio que en su patria ejercía.

Pero todo ello aun parecía poco a Gallardo, resuelto a españolizar más

los nombres y símbolos de la que era propiamente una asociación de

españoles constitucionales o liberales. Para su intento había vuelto la

atención a la época de la guerra de las comunidades de Castilla, traída

a la memoria de los españoles con ideas de amor y veneración a quienes

en ella figuraron sustentando la parte del popular por la oda de

Quintana a Juan de Padilla, y por la tragedia de Martínez de la Rosa,

cuya heroína, que le da título, es la viuda del mismo famoso personaje.

De aquí nació un plan de crear en la sociedad secreta grados y dictados

que variasen los en uso o se les sustituyesen, tomándolo todo de lo que

habían sido los comuneros.

Tal idea de Gallardo, comunicada por él en conversaciones particulares,

hubo de dar golpe y de agradar a quienes proyectaban una asociación

entre secreta y pública, cuya índole y apariencia fuesen propias para

captarse voluntades y encontrar secuaces, particularmente en el vulgo.

Diéronse, pues, los nuevos sectarios el nombre de comuneros, siendo en

el uso común más corriente apellidarse hijos de Padilla; y llamaron a

sus sociedades particulares _Torres_. A esto añadieron varios dictados

de los cargos de la secta, insignias, ritos; todo ello en parte remedo,

pero asimismo variación, de los usos y formas del cuerpo de que se

separaban. Uno u otro nombre de personaje distinguido contribuyó desde

luego al lustre e importancia de los comuneros. Ocupaba entre ellos uno

de los primeros puestos Regato, de no corto poder e influjo todavía en

los negocios, y de gran crédito entre los liberales más extremados, no

obstante ser escasos sus merecimientos, aunque fuese de ingenio vivo y

sutil y de extraordinaria audacia y travesura. De mucho más valor era

el joven, a la sazón brigadier, don José María Torrijos, de quien tanto

va dicho en otra parte de estos recuerdos. Movió a Torrijos a entrar

en los comuneros, además de su natural fogoso, estar descontento del

Gobierno legal y también del secreto de la sociedad antigua, porque en

la represión del levantamiento de los guardias de Corps había hecho más

que otro alguno, y por ello había sido si no reprendido, poco menos.

También fue comunero y llegó al puesto más alto en la sociedad el

brigadier Palarea, en la guerra de la Independencia acreditado, pero en

su clase culto, guerrillero, y en las Cortes, a la sazón juntas, orador

de la oposición, si bien hablaba con más ardor y celo que elocuencia

o tino. Andando el tiempo, y no pasando mucho, contaron en su gremio

los hijos de Padilla al general Ballesteros, hombre que, a pesar de

su corto entendimiento, había alcanzado grande fama en la guerra de

la Independencia, y que desde 1815, época en que fue ministro de la

Guerra bajo el rey absoluto, en días de sañuda persecución de los

constitucionales, había seguido una conducta vacilante y dudosa, y, a

pesar de ello, privaba sobremanera con los liberales más ardientes;

ejemplo este, no raro, de sujetos que, aun sin el talento de ser

arteros, consiguen medrar y tener concepto en diversos y aun opuestos

bandos. Adquirió desde su entrada en el gremio de los de la misma

comunión política cierto puesto como de maestro y personaje venerado,

el anciano Romero Alpuente, cuyo renombre de magistrado desinteresado

mal podía encubrir sus malísimas calidades; fríamente violento y

predicador de la anarquía, que se valía de medios torcidos para recoger

aplausos de la gente más baladí. También, como se debía suponer, pasó

a militar en las filas comuneras Moreno Guerra, el cual (según le he

pintado en otros de mis recuerdos anteriormente publicados)[74] parecía

como naturalmente llamado a tal milicia por la clase de su instrucción,

por los hábitos de su vida política y hasta por su misma persona

física y lo general de su porte y modos.

[74] En los artículos cuyo título es _Cómo cae un mal

Gobierno_. Al escribir lo que va arriba, difícil es no tropezar

en uno de dos escollos: o el de repetir lo dicho en otro lugar,

o el de citarme a mí propio apareciendo presumido.

También figuró y mucho en la comunería, sin mayor mérito que el de

una osadía e inquietud a que pocos podían llegar, el diputado a

Cortes don Francisco Díaz Morales, oficial de artillería comprometido

en una conjuración en los días de la monarquía absoluta, y por ello

condenado a muerte, aunque, suspendida por largo plazo la ejecución

de la sentencia, logró, a la par con la libertad, el concepto de

víctima ilustre cuando vino a triunfar su causa; de ilustre familia

cordobesa, pero inclinado a mezclarse con la plebe, no obstante su

educación en el real colegio de Segovia; padrino de todo alboroto y de

todo alborotador,[75] y hasta con un matiz como de locura que hacía

menos criminales sus malos hechos; persona que murió ha poco tiempo

en indigencia absoluta, habiéndose apelado a la caridad pública para

que una suscripción le diese el sustento y abrigo necesarios, y siendo

su desgracia tal, que le sobrevino la muerte al llegarle el tal cual

alivio de su miseria.

[75] Entre otros, había apadrinado a principios de 1821 al

después famoso Bessieres, que había sido condenado a muerte

en Barcelona por tener parte en una conjuración republicana.

No fue, como es notorio, ejecutada la sentencia, empeñándose

los más ardorosos y extremados liberales por salvar al que

estimaban su caro hermano, el cual vino a ser campeón del

absolutismo.

Este último personaje, muy dado al cosmopolitismo, trasplantó a

España vástagos de otra sociedad extranjera que procuró enlazar con

la de los comuneros; pero el vástago, si prendió, no echó raíces ni

medró a punto de figurar notablemente en un terreno ocupado ya por

producciones del suelo propio. Fue así que, recién nacida la sociedad

de los comuneros, ocurrió caer de súbito la Constitución española en

Nápoles y el Piamonte, que, proclamada en el reino aquí nombrado en

primer lugar, había vivido allí algunos meses, y siéndolo igualmente en

la Italia Septentrional solo existió en ella algunos días, de lo cual

resultó haber de huir del suelo patrio los liberales más comprometidos,

y acudir a España, donde encontraron, como debían esperar, cariñoso

y aun fraternal acogimiento. No se mostraron, por cierto, ingratos

los así favorecidos, pues, lejos de serlo, declaraban que en nuestro

suelo habían hallado segunda patria; pero la misma circunstancia de

vivir con los españoles como hermanos los llevaba, sin mala intención,

a mezclarse muchos de ellos más de lo justo en los negocios de su

nueva familia. La revolución de Italia había sido obra de una sociedad

secreta, desde 1817 o 12 establecida en su suelo, y conocida con el

dictado de la de los carbonarios (o carboneros), la cual se había

dilatado por Francia, donde la sociedad masónica era instrumento

muy conocido y gastado, y por lo mismo, para fines políticos inútil

enteramente. Hubo, pues, también en España _ventas de carbonarios_,

pero en corto número y con flaco poder, siendo Díaz Morales uno de los

que trataron de fomentarlas. Andando el tiempo, y ya al empezar 1823,

aspiraron los carbonarios a salir de su oscuridad o insignificancia,

como pegándose a los comuneros más violentos y obrando a la par con

estos; pero nunca llegaron a merecer mucha atención, y aun una u otra

fechoría que discurrieron no alcanzó a darles siquiera un grado mediano

de mala fama.

Grande fue la indignación en la sociedad primitiva al ver desgajar de

su tronco aquella rama y plantarla como destinada a ser árbol rival del

antiguo destinado a hacerle sombra, y desde luego a desacreditarle,

porque su descrédito justificaba el nuevo plantío, suponiéndole

necesario para dar a los liberales mejor sombra y nutrirlos con más

saludable fruto. Lo en parte singular fue ver entre los más furiosos

anticomuneros a Gallardo, a quien por sus antecedentes y conducta

habría parecido natural ver alistado en el gremio de la gente más

extremada y violenta, y del cual debía presumirse que se dejase llevar

por los nombres castellanos algo autorizados de la novel asociación;

pero se indignó sobremanera de ver como que se apropiaban su invención,

y, pudiendo en él más lo literato que lo político, miró solo a los

nuevos asociados como a plagiarios, les achacó que al robarle sus ideas

se las habían desfigurado por no comprenderlas bien, y dio suelta

contra ellos a su natural de hombre vano y acre en demasía.

No correspondió la novel asociación con odio manifiesto al de que era

objeto, porque se sentía débil aún y conocía que debía ser modesta y

reservada, aspirando solo a cobrar fuerzas y destinando las que cobrase

a una guerra contra su rival, pero difiriéndola para tiempo oportuno.

La caída del Ministerio en que figuraba en primer término Argüelles,

fue dolorosísima para la sociedad antigua, que durante cuatro meses

había estado con él en unión estrecha, contentándose con ser su

auxiliar, y no aspirando a dominarle, como hizo año y medio después con

un ministerio nacido de su seno. Los comuneros que acababan de nacer

no eran muy adictos a los ministros caídos, pero aparentaron serlo,

y se excedieron en sus demostraciones de enojo por el acto que los

derribó, mirando en él una ocasión de mostrar su celo para descubrir

conjuraciones y conjurados.

Corría en tanto el año de 1821, no exento de turbulencias ni de

sublevaciones realistas, pero amenazando con males superiores a los que

ocurrían, los cuales eran pronto remediados, o sobresanados.

Pero en otoño del mismo año tomaron los negocios un aspecto y sesgo

pésimos, no tanto por hechos de los enemigos de la Constitución,

cuanto por disensiones entre sus amigos. Habiendo cometido Riego actos

de enorme imprudencia como capitán general que era de Aragón, fue

separado de aquel mando por el Gobierno; disposición justa, pero que

tenía la desgracia de ser grata al Rey, lo cual, sobre otras razones,

era una poderosísima para que pareciese injusta, y aun atroz, a los

liberales conocidos por el distintivo de exaltados. Hubo en Madrid

conatos de sedición que fueron reprimidos. Entretanto, circulaba

por las provincias la idea de que el Gobierno supremo, dócil por

demás con la real persona y con toda la corte, iba a consentir en el

restablecimiento del poder absoluto, o en algo poco menos. En todos los

conventículos de la sociedad antigua, a la sazón en el apogeo de su

poder, era tal el pensamiento dominante.

En ninguna parte de España eran los constitucionales más numerosos, ni

contaba la antigua sociedad secreta con más poder, así por el número

como por la calidad de quienes la componían, que en la ciudad de

Cádiz. Los comuneros, escasos en número, y apenas contando con persona

alguna de tal cual valía, eran casi nada en un lugar teatro donde la

otra sociedad poderosa había llevado a cabo el restablecimiento de

la Constitución, siendo de todos sabido que era obra suya. Y lo fue

también, y casi exclusivamente, el proyecto concebido en los días de

que voy ahora aquí hablando, y llevado a ejecución hasta cierto punto

de levantar bandera contra el Gobierno constitucional en nombre de la

Constitución misma.

No fue consultado para el intento el gobierno superior establecido en

Madrid. Al revés, procedieron los de Cádiz ocultándole su proyecto, y

hasta fue tildado de delación algún paso dado para que, conocido en la

capital el daño que amenazaba, se atajase o previniese por las vías

de consejo cariñosas y fraternales, por las cuales únicamente podía

proceder un cuerpo falto de fuerza material, y que, aun si la hubiese

tenido, no habría querido emplearla.

Al cabo la semirrebelión estalló y se comunicó a Sevilla, siendo

también allí de la misma sociedad la dirección, así como lo fue el

origen del levantamiento.

Entonces el gobierno de Cádiz estuvo en la sociedad apenas disimulado.

Los que no eran de ella sabían su existencia, se mostraban prontos a

prestarle obediencia, averiguaban ansiosos lo que en ella se trataba, y

esperaban para cumplirlo a saber lo que se resolvía.

Recuerdos de un anciano · 第 28 / 41 段