No hablé yo en la sociedad de Sevilla en dos o tres días que pasé

en el mes de enero de vuelta de Cádiz en aquella ciudad, reducida

ya con trabajo a la obediencia, así como lo había sido su compañera

en los anteriores excesos. También a mi paso por Écija asistí a la

sociedad que en ella había, a pesar de no ser capital de provincia,

pero sí población importante por su vecindario y su riqueza. Era común

entonces en España decirse que unos pueblos eran constitucionales y

otros no, y el de Écija estaba contado por de los apasionados de la

Constitución, y en alto grado. Pero su sociedad era pacífica, y en ella

se explicaban los artículos del Código sagrado (que tal nombre se le

daba entonces), con poco acierto en general, como se debía esperar del

corto saber de casi todos cuantos en ella peroraban; pero con mucha

paz y a satisfacción del auditorio, al cual servían aquellas pláticas

doctrinales profanas de diversión, que, en una ciudad donde hay pocas,

venía bien por cierto. Aunque solo me detuve allí a hacer noche, como

fui a la sociedad no pude excusarme de hablar en ella, y dije algunas

trivialidades que me valieron buena cosecha de aplausos.

Abriéronse en breve las Cortes de 1822 y 1823, y considerando quiénes

eran los diputados electos, había razón sobrada para presumir que

en ellas predominaría el partido dicho a la sazón exaltado. No

correspondieron del todo a las esperanzas o los temores las resultas,

pues en la primera legislatura del nuevo Congreso, variando la mayoría,

ya se declaraba por uno, ya por otro de los dos bandos que estaban

haciéndose cruda guerra. En la cuestión de las sociedades patrióticas

ganaron los moderados una victoria, desechándose una proposición en la

cual iba implicado que se abriese la de Madrid, porque se interpretaba

la ley vigente hasta aprobar la conducta del jefe político que la

había cerrado y mantenía cerrada. Con vergüenza confieso que fui yo de

parecer contrario al de la mayoría, durando aún en mí la afición a tan

perniciosas reuniones.

Pero sobrevinieron los sucesos que señalaron el día 30 de junio y los

seis siguientes, concluyendo el 7 de julio en una agresión violentísima

del partido monárquico o absolutista, y una victoria completa de

los constitucionales. Del triunfo, al cual habían contribuido los

moderados, sacaron los exaltados todo el provecho, cayendo en sus manos

el poder a despecho del Rey, constreñido a escoger de entre ellos sus

ministros. Abiertas Cortes extraordinarias en octubre de 1822, una

comisión del Congreso, entre varias proposiciones que hizo encaminadas

a defender y sustentar la Constitución contra los enemigos que dentro

de España la combatían y desde afuera la amenazaban, propuso que

fuesen abiertas las sociedades patrióticas. Me tocó hacer una nueva

ley sobre ellas, y la hice sencillísima, y muy arreglada a las buenas

doctrinas, siendo su único defecto que, con ponerla en práctica en

las circunstancias en que se veía el pueblo español, se fomentaba todo

linaje de desorden y se imposibilitaba el remedio cuando ocurriese.

No tardó mucho en abrirse en Madrid una sociedad para que sirviese

de prueba de lo que era en su aplicación y uso la nueva ley. No

sirvió ya la Fontana, sin que sepa yo la causa, para teatro de nuevos

alborotos, como si fuese menester otro edificio cuya fama oscureciese

la del antiguo, por excederle en lo malo. Trabajaba ya entonces

una división más al no muy fuerte partido constitucional, pues los

exaltados, guiados por dos sociedades secretas, una de otra enemigas,

estaban en pugna no menos recia que la que ambos juntos habían tenido

y aun no cesaban de sustentar contra los moderados. El Ministerio

tuvo, pues, a su frente a los de la sociedad otra que la de que había

salido, y sus contrarios, como era natural, extremando las doctrinas

favorables al poder popular, le tachaban no solo de torpe, sino de

tibio, aplicándole el epíteto, común en aquellas horas, de _pastelero_.

La sociedad, junta en un salón del convento de Santo Tomás, hubo de

llamarse _Landaburiana_, tomando este nombre en obsequio a la memoria

del oficial de la Guardia Real don Mamerto Landáburu, asesinado en

la tarde del 30 de junio del año 1822 por los anticonstitucionales

de la misma Guardia. Acudí yo a ella como a campo de batalla donde

lejos de esquivar la lid la buscaba, seguro de la victoria alcanzada

entre aplausos. En efecto, en el primer día en que hablé en su

tribuna, como fuese el argumento de mi discurso declamar contra las

potencias extranjeras que a las claras estaban preparándose a romper

en hostilidades contra la España constitucional, salí de mi empresa

airoso, vitoreado como cuando más en ocasiones anteriores. Poco me duró

mi triunfo. Yo era amigo del Ministerio, impropio título para ganarme

aprobaciones en una reunión de la clase de la _Landaburiana_, en la

cual la sociedad de los comuneros, enemiga de la de que yo seguía

siendo en ella parte de las principales, contaba por representantes

de sus doctrinas e interés a la mayor parte de los oradores. Habló en

ella el anciano Romero Alpuente, vertiendo con su débil voz de viejo

achacoso máximas subversivas e incitadoras a toda clase de excesos, que

si bien proferidas con frialdad excesiva, y saliendo de hombre cuya

cabeza estaba cubierta de canas, producían efectos perniciosísimos.

Empezó a distinguirse en el mismo teatro don Juan Florán, muerto poco

ha titulándose marqués de Tabuérniga; joven entonces, de claro talento

y de instrucción corta, declamador hueco y teatral en sus modos,

pero propio para arengar a la muchedumbre ignorante. A estas famas

recién nacidas y crecientes intenté yo oponer la mía algo antigua;

pero con poco fruto, y en breve hube de conocer que no solo quedaba

y quedaría vencido en la lid, si a ella me arrojaba, sino que me

costaría suma dificultad hasta el intentarlo, impidiéndomelo muestras

de desaprobación próximas a ser insultos. Abandoné, pues, el campo, y

hube de retirarme aun del lugar destinado a los socios, y si alguna vez

concurría a la sociedad fue al sitio destinado a los meros oyentes,

desde el cual oía llover denuestos sobre mis amigos políticos y sobre

mi persona.[71]

[71] Desde el lugar destinado al público solían mis amigos

políticos desmentir a los oradores. Una noche, el señor don

Facundo Infante, entonces diputado, como oyese que decían de mí

una cosa falsa, gritó «_es mentira_»; conmoviose el auditorio,

pero no paso de murmullo desaprobador su enojo. El orador

desmentido no hizo más que ratificarse, pero solo en parte, en

lo que había afirmado.

No faltaban en aquella reunión los mueras y a alguno de estos se

agregaba mi nombre. Entre tanto iba haciéndose la sociedad turbulenta,

a punto de que amenazaba excitar a un motín, y, aunque era probable

que no pasasen de amenazas sus provocaciones, el Gobierno y sus

parciales no eran sufridos, no siéndolo partido alguno en España y

menos entonces, y las circunstancias habían venido a ser críticas

sobremanera, despedazando el Estado una guerra interior y viéndose

venir una invasión de los extraños. Pero la inexorable mal pensada

ley, hija de mi locura más que de la de otros, tenía atadas las manos

a la autoridad, pues si podía mandar cerrar la sociedad en la hora

en que se desmandase, tenía obligación de consentir que de nuevo se

abriese, corrido brevísimo plazo. En apuro tal, apeló el Gobierno a

un recurso en que llegaba a los últimos términos de lo ridículo su

mal encubierta flaqueza. Mandó reconocer la sala en que celebraba sus

sesiones aquella reunión turbulenta, y cuidó de que se declarase el

edificio en mal estado, a punto de amenazar ruina, por lo cual, celoso

al parecer del bien de los socios y del público, cuya concurrencia le

hacía participante del peligro, prohibió congregarse en lugar tan poco

seguro. Bien era fácil haber hallado otra sala, aunque menos espaciosa,

donde seguir perorando y alborotando; pero estaban cansados de la

sociedad hasta los mismos socios. Murió, pues, tan singularmente la

sociedad _Landaburiana_ dejando de sí menos nombre que su antecesora,

aunque en la historia de nuestros desvaríos merecía ocupar un lugar

prominente.

Su fin fue el de las sociedades patrióticas de la capital, porque,

coincidiendo con él gravísimos acontecimientos, como fueron la

presentación de las notas de las potencias aliadas y la inminencia

de la invasión francesa, que pronto vino a ser un hecho, ocupaban

los ánimos mayores cuidados que el de prestar atención a vanas

declamaciones.

Sin embargo, en las provincias no quedaron desocupadas las tribunas

populares. En el último tercio del año 1822, favoreciéndolas hasta no

corto grado el Gobierno, si bien hallando en ellas más contrarios que

amigos, daban entretenimiento a las poblaciones. De las de algunas

sé, pero confusamente, que fueron promovedoras no solo de desorden,

sino de excesos. Una hubo en Cartagena cuyo nombre descubre su mala

índole, porque se titulaba de los _virtuosos descamisados_, remedo

este sustantivo del de _sans culottes_, si bien, al copiar a nuestros

vecinos, pareció conveniente mudar la pieza de ropa, cuya carencia

constituía un mérito o un derecho a ser tenidos los asociados por

modelos de patriotismo. Por supuesto, cuadraba mal a semejante cuerpo

el nombre que llevaba y el epíteto con que se distinguía, por no ser

en sus miembros la virtud calidad muy común, ni dejar de llevar camisa

los que pretendían ser de suma pobreza, porque los verdaderamente

necesitados no son los que asisten a tales reuniones ni los que en

ellas predominan.

Otras sociedades se distinguían por su inocencia. En la de Córdoba,

a ejemplo de otras, sintiéndose escasez de oradores y hambre de

discursos, se apeló al arbitrio de convidar al clero y a las

comunidades religiosas a que viniesen a la tribuna a hacer panegíricos

de la Constitución, y como no aceptar el convite pareciese peligroso,

acudieron clérigos y frailes a hacer el para ellos ingrato oficio de

predicadores profanos.[72] Cosa era que movía a risa oír a aquellos

infelices, casi todos ellos enemigos de la causa porque se veían

obligados a abogar, decir trivialidades que por lo común eran desatinos

enormes, agregándose a la mala voluntad visible en los oradores su

ignorancia completa en punto a las materias que trataban.

[72] En una excursión de unos días que hice a Andalucía a fines

de febrero de 1823, como hiciese noche en Andújar la diligencia

en que yo iba y se supiese ser yo uno de los pasajeros, me

envió una diputación la sociedad de aquella ciudad, la cual,

sin ser capital, la tenía, así como Écija, por ser población

crecida y rica. Pero fue grande mi extrañeza al ver al frente

de los que me convidaban al vicario, a quien yo por casualidad

conocía por haber viajado con él en silla de posta hasta Madrid

en 1817, y porque en el viaje, hablando de un obispo de Jaén

que había sido liberal en 1813, se expresó el buen eclesiástico

en términos que le declaraban tan lejano de ser constitucional,

cuanto cabe. Pero el pobre señor cedía a las circunstancias,

como otros de su clase y opiniones. Por supuesto, fui yo a la

sociedad y hablé como en Écija. No era por cierto peligrosa al

orden público aquella reunión, pues era solo inocente, dando a

esta palabra las varias acepciones que es común darle.

Pero solía suceder con alguno de estos eclesiásticos, a quien, en

sentido inverso de un personaje de comedia muy conocido, no cuadraría

mal el nombre de fray Obediente Forzado, se deslizase un tanto a

mostrar desaprobación, si bien no de la Constitución, de su espíritu

y de varias doctrinas a la sazón predominantes, así como de leyes de

ellas emanadas, y entonces era grande la indignación del auditorio,

sin considerar que el malhadado orador, apremiado a hablar, había

de hacerlo, o contra su propia opinión en gravísimas materias, o

en parte contra los principios reputados santos en el lugar donde

predicaba. Por fortuna, fueron raros casos tales, y cuando ocurrieron,

no tuvieron efectos funestos a los oradores. En general los discursos

_constitucionales_ de los _desafectos a la Constitución_ solo se

señalaban por lo vacíos de ideas y por la insulsez a ello consiguiente.

Pero tales cuales eran bastaban para hacer pasar el tiempo a los

oyentes, que lo eran solo a medias, pues más debían ser llamados

concurrentes distraídos.

Estas sociedades pacíficas vinieron a ser a modo de tertulias públicas,

en que el orador hacía a veces el papel de algún pobre músico que

toca o canta delante de un auditorio que le presta o poca atención o

ninguna. Yo hacía el papel de asistente a la de Córdoba durante el mes

de marzo de 1823 que pasé en aquella ciudad, y aun hablé en ella una

vez para oponerme al desmandado comunero Moreno Guerra, quien, hablando

de la próxima entrada del ejército francés invasor en nuestro suelo, le

pronosticó pronta y fácil victoria, moviéndole a tal aserto, que vino a

ser verdad, el mismo exceso de su furor de partido, pues solo intentaba

cebarse en los de la sociedad secreta su enemiga, a la cual achacaba

haber traído la guerra.

Durante la estancia del Rey y las Cortes en Sevilla en la fatal

primavera de 1823, aún no sé si seguía allí abierta una sociedad

patriótica, pero el hecho mismo de no saberlo prueba que si existía,

era tenida en muy poco. No la hubo, y mal podía consentirse en el

siguiente verano en Cádiz, estando sitiada y combatida la plaza por

el ejército francés mandado por el duque de Angulema. Ni estaban a la

sazón los espíritus para echar de menos declamaciones vagas de tribuna,

siendo general el decaimiento llegado a ser postración, y si poseídos

algunos de furia intensa, precisados a no manifestarla, en parte por

temor a la autoridad, y en parte también por estar ciertos de que a

pocos lograrían comunicar sus pasiones furibundas, y porque sentían que

un furioso, cuando no causa terror, provoca a risa.

Que las sociedades patrióticas causaron algún mal, aunque no al punto

que suele suponerse, y ningún bien, es cosa que hoy apenas hay quien

duda. Así es que, recién proclamada la Constitución de 1812 en 1836,

de resultas de varias conmociones populares, y triunfante el partido

más extremado de esta época, los ministros de él salidos, y que eran

sus caudillos y representantes, se negaron a conceder licencia para el

establecimiento de una sociedad patriótica al uso antiguo en Madrid, y

si el haber habido quien esto solicitase prueba que aquellas reuniones

aún contaban con uno u otro aprobante, el hecho de que no hubo un

clamor pidiendo su resurrección, cuando todo quería reponerse según

estaba en 1823, acreditó que aquellos cuerpos un tiempo tan famosos

vivían en el recuerdo más para ser reprobados que aplaudidos.

En estos años novísimos ha habido, sin embargo, reuniones en que se

ha hablado ante un público numeroso sin que de ello haya resultado el

menor inconveniente. Pero las reuniones de ahora son para un punto

concreto, y versan sobre cuestiones en que la pasión toma poca parte,

no teniendo por tanto semejanza con las sociedades patrióticas que

tanto dieron que hacer y decir en los tres años y poco más en que

estuvo la Constitución de 1812 establecida, pero no firmemente asentada

en nuestro suelo. Que hoy produjesen el efecto que en los pasados

tiempos, es muy dudoso, siendo lo cierto que si existiesen tendrían

forma diversa de la que tuvieron, y serían en algo, aunque no en

mucho, diferentes las doctrinas que en ellas resonasen. Pero estas son

conjeturas ajenas del artículo presente, en el cual solo ha querido

darse un compendio de la historia de aquellos cuerpos, compendio

escrito _ad narrandum_ y no _ad probandum_, aunque de la narración bien

pueden y aun deben sacar datos en que fundar juicios los lectores.

XII.

SOCIEDADES SECRETAS DE ESPAÑA DESDE 1820 A 1823.

En anteriores trabajos he hablado, con ocasión de referir o explicar

cómo cayó un mal gobierno en nuestra patria, de la parte principal que

tuvo en derribarle una sociedad secreta. Posteriormente he escrito

en compendio la historia de las reuniones públicas apellidadas

sociedades patrióticas, que representaron importantísimo papel en el

drama de trágico fin de que fue España teatro, desde que fue en ella

restablecida la Constitución de 1812 por un acto de violencia, hasta

que la invasión de un ejército extranjero, favorecida por la parte más

numerosa, aunque, cierto, no la más respetable o ilustrada, del pueblo

español, la echó al suelo. Pero quizá no esté de más dar alguna noticia

de lo que la misma sociedad restablecedora de la Constitución hizo

mientras la ley política restablecida por sus esfuerzos se mantuvo en

pie, como también del nacimiento y creces de otra sociedad salida de

sus entrañas, la cual, su rival y aun su enemiga desde luego, cobrando

pujanza, vino a entrar en viva y enconada guerra con su madre; lid a

la par ridícula y funesta, que, si no trajo consigo el acabamiento de

la Constitución, debido a superiores causas, contribuyó a él en grado

no corto. En verdad, sin saber qué hacían las sociedades secretas en

1820, 21 y 22, la historia de las cosas de aquellos días incurre en

errores graves, e induce con ello a equivocados juicios, siendo común

achacar los efectos a causas otras que las verdaderas.

Mucho han dicho los pocos escritores que han tratado de un periodo de

nuestros anales en verdad nada glorioso, contra la fatal y desvariada

idea de que una sociedad, máquina usada para combatir y derribar

un gobierno, continuase en juego con la pretensión de dirigir en

conciliábulos secretos la conducta del que había puesto en pie.

Autoridad de tanto respeto como es la de don Manuel José Quintana

asienta en sus cartas a lord Holland que es absurda por demás la idea

de «_gobernar como se conspira_». Pero los censores, si bien lo son con

justicia, olvidan que hay malas consecuencias casi forzosas de hechos

de mala especie, y que el medio abrazado para acabar con el despotismo

del gobierno de 1819 hubo de ser vituperable aun a los ojos de la gente

juiciosa que aplaudía el para ellas buen fin a que se había llegado por

nada buen camino. Pretender que, jurada por el Rey la Constitución, y

establecido como gobierno legal el constitucional, se hubiese disuelto

por voluntad propia una sociedad ufana de su triunfo y llena del

conocimiento de su poder, es pretender una cosa justa, pero apenas

asequible.

Sin duda erramos o pecamos gravemente quienes, en vez de disolver

la sociedad a que me voy ahora aquí refiriendo, atendimos no solo a

conservarla viva y en acción sino a extenderla y robustecerla, y no

fui yo de los que menos parte tuvieron en tanta culpa. Pero hoy mismo,

cuando lo confieso y de ello me arrepiento, no puedo olvidar las

razones no enteramente desatinadas que influyeron en mi conducta y en

la de otros mis compañeros en aquellos días. Que Fernando VII había

jurado la Constitución forzado a hacerlo, era evidente, a punto de no

haber quien lo negase; que los enemigos del recién entronizado sistema

político eran muchos y poderosos, no era menos notorio; que así no

podía considerarse la revolución como concluida, era opinión de muchos,

si bien no de todos, y aun los que lo contrario decían tenían trazas de

hablar, o quizá de juzgar, en su interior, más que guiados por la luz

de la razón, movidos por la fuerza de su buen deseo.

Ahora bien: suponiendo la revolución detenida en su carrera, pero no

terminada, porque tenía a su frente amenazándola a la contrarrevolución

su enemiga, sin poderse evitar que de nuevo entrasen en pugna, convenía

que los constitucionales, no sobrados en número, tuviesen un orden

y arreglo interno por el cual estuviesen unidos con fuerte lazo.

Sucedía, como antes de romper la revolución, y en los actos que la

prepararon, que la curiosidad hacía sectarios a muchos que sin serlo

no habrían sido liberales ardorosos. Además el interés, no de la clase

del individual, sino el de partido, menos feo que el primero, aunque

también digno de reprobación, movía a los autores de la revolución a

desear ser fuertes, para afianzar la seguridad y lograr el aumento, o

cuando menos la conservación, de lo que habían ganado. Todo ello valía

poco mirado como argumento encaminado a justificar un acto reprensible,

pero quien no le dé valor ignora qué cosa es lo llamado _capitulaciones

de conciencia_.

Al cabo, fuese o no disculpable, acaeció que la sociedad secreta

determinó seguir unida y activa, siendo gobierno oculto del Estado,

resuelta al principio a ser auxiliar del gobierno legal, pero llevada

en breve por impulso inevitable a pretender dominarlo, y a veces a

serle contraria.

Poco varió la sociedad su planta antigua. Fue adoptado en ella el

sistema de representación o electivo. Madrid, como era natural,

vino a ser la residencia del cuerpo Supremo director o cabeza de la

sociedad entera. Componíanle representantes de los cuerpos llamados

capítulos, constituidos en las capitales de provincia, y compuestos

de representantes de los cuerpos inferiores repartidos en diferentes

poblaciones, o en los regimientos del ejército que los tenían

privativos suyos, siendo de ellos a la par con los oficiales uno u

otro sargento, bien que en raro caso; perniciosa idea esta última, que

hizo suya, pero dándolo extensión, andando el tiempo, la otra sociedad

rival, con notable daño de la disciplina.

Estaba formado el gobierno Supremo oculto (si oculto puede llamarse

uno cuya existencia es sabida y nadie trata de encubrir) de personajes

de tal cual nota y cuenta, de estos algunos de los de la primera,

otros no tanto. Del primer ministerio constitucional a que dio nombre

Argüelles ni uno solo era de la sociedad, ni en el cuerpo director ni

en otro, hasta después de cumplirse el segundo tercio de 1820. Pero

tenía en el mismo cuerpo asiento el conde de Toreno, ilustre ya por

más de un título, si bien a la sazón mero diputado a Cortes, por no

haber aceptado una legación que le fue confiada. Estaba asimismo en

él don Bartolomé Gallardo, cuyo renombre había llegado a ser altísimo

al terminar la primera época constitucional en 1814 y cuya fama aún

no podía haber tenido el menoscabo que de allí a poco fue teniendo,

hasta llegar a la decadencia suma en que ha muerto oscuramente en vejez

bastante avanzada; concepto después sobradamente rebajado en lo tocante

a su valor literario, si bien con más injusta y aun loca exageración

avaluado en días anteriores. Predominaba, con todo, en el gobierno de

la sociedad, como en ella entera, el interés más que las doctrinas de

los hombres de 1820, los cuales comenzaban a llamarse así por lo mismo

que su interés iba siendo otro que el de los hombres de 1812.

Hasta julio de 1820 (época en que se abrieron las Cortes primeras

del nuevo periodo constitucional), nada hacía la sociedad más que

extenderse, sin disentir del gobierno legal en punto alguno importante.

Pero habiendo el ministerio dispuesto la disolución del ejército

llamado libertador, resolvió la sociedad, por medio del cuerpo de su

director o autoridad suprema, oponerse a una disposición arreglada a

la justicia. Para lograr su intento apeló a medios harto dignos de

reprobación, pues no eran menos que los de una resistencia, la cual, si

bien había de comenzar por medios, aunque ilegales, pacíficos, no podía

parar sino en pésimo fin, ya se encendiese guerra civil, ya encendida

fuese la victoria del uno o del otro partido, ya, por último, hecha

pública la resistencia, viniese el gobierno a quedar vencido, quedando

con esto conculcadas las leyes. El plan era que el general del ejército

(cargo ejercido a la sazón por Riego, sucesor de Quiroga, al cual

excedía mucho en fama) representase contra la dispersión de la fuerza

de su mando, en vez de obedecer la orden que para llevarla a efecto

había recibido. Para dorar este acto de insubordinación, quitándole

su carácter puramente militar, habían de representar en igual sentido

varios cuerpos civiles, y entre estos la diputación provincial de

Cádiz, a la cual ni la razón ni aun las leyes de entonces daban derecho

para entrometerse en tal negocio. Pero estas peticiones unidas,

procedentes de un ejército cuyo alzamiento acababa de ser coronado por

la victoria, y al cual debía su existencia la nueva Constitución, y

de una provincia y ciudad constitucionales como por antonomasia, eran

retos más que súplicas, y quienes las usábamos como instrumento las

mirábamos como armas que habrían de darnos de seguro el triunfo. Salvó

a la patria de este peligro, pero no sin causarle graves males, la

súbita determinación de Riego, que, siguiendo el consejo de un canónigo

su hermano, célebre después por sus rarezas, y entonces enviado a

traerle a la razón, por el conde de Toreno entre varios y más que

por otro alguno, se vino del ejército, dando a su viaje el carácter

de fuga, pues no tuvieron noticia de su partida sus cómplices hasta

después de estar él en camino.

Recuerdos de un anciano · 第 27 / 41 段