Pero cuando permanecíamos callados, estuvo a pique de llevarnos a

romper el silencio un incidente, el cual prueba que no teníamos

inclinación a obrar por medio de motines. Habían las Cortes votado

una ley suprimiendo gran parte de las órdenes monásticas, y el Rey, a

quien repugnaba dar su sanción a tal proyecto, se manifestó primero

dispuesto a negarla, pero después consintió en darla a trueco de

ciertas condiciones, y luego volvió a manifestarse resuelto a la

negativa. Entendida entonces la Constitución al pie de la letra, se

creía que con negar o conceder el monarca su sanción a un proyecto de

ley, nada o poco tenía que ver el Ministerio, siendo asunto propio

de la regia prerrogativa; pero aun así importaba a los ministros que

el proyecto de ley sobre monacales, aun no habiendo sido propuesto

por ellos, pasase a ser ley con la sanción real. En medio de esto,

o de algún ministro más ligero e imprudente que violento o pérfido,

o de empleados allegados a los ministros que creían complacer a sus

superiores o servirlos bien, aun contra su deseo en punto a los medios,

nació la idea de que convenía amedrentar al monarca, sacando de él por

el miedo una vez más lo que ya con frecuencia en los puntos de mayor

gravedad se había sacado. Para tan vituperable fin no dudaron quienes

a él aspiraban escoger medios nada buenos, pero oportunos; y como la

Fontana había conseguido inspirar a la corte terror a la par que odio,

a la Fontana apelaron quienes deseaban violentar la conciencia del

Rey compeliéndole a confirmar con su sanción la ley sobre monacales.

Difundiose de súbito por Madrid a mediodía la voz de que a la noche

había sesión en la Fontana, excitose por varios conductos a los socios

a que cesase la suspensión voluntaria de hablar en su tribuna, hubo

muchos que acogiesen por buena tal idea y se prestasen a llevarla a

efecto, y el vulgo liberal, lleno de gozo, se preparó a acudir a un

espectáculo para él siempre entretenido, y que lo sería más si en él

hubiese de hablarse contra la persona misma del Rey en términos poco

embozados. Pero a unos cuantos socios no acomodaba de manera alguna

servir de instrumento a política tan torcida, lo cual sería por otra

parte convenir en que nuestra sociedad merecía la acusación que le

hacían sus enemigos, suponiéndola promovedora de sediciones. Así

fue que, congregados en la pieza en que habíamos acordado suspender

nuestras sesiones cerca de dos meses antes, ahora deliberamos si era

conveniente abrirlas, y, si bien no faltaron quienes opinasen por la

afirmativa, prevalecimos los de contrario parecer, y quedó la sociedad

en su silencio. Por desgracia, sirvió de poco esta determinación

nuestra, pues llegó a Palacio la falsa noticia de que en la Fontana

estaba ya hablándose contra la corte con gran calor, y ante un numeroso

gentío igualmente acalorado, con lo cual amilanado el Rey se allanó

a dar la sanción que de él se exigía. Cuál fue el resentimiento del

monarca y los palaciegos, y qué efectos estuvo a pique de tener, no es

asunto de la relación presente: baste en ella decir que la sociedad

de la Fontana, lejos de prestarse a promover un alboroto, se resistió

hasta a abrir sus sesiones cuando a hacerlo era provocada, y no fue,

por cierto, culpa de los que en ella figurábamos que, contra nuestra

voluntad, sirviésemos de instrumento con que, amenazado, el Palacio

cedió al terror que le causaba nuestro nombre, viéndose en esto que

era peor nuestro concepto que nuestros merecimientos; preocupación de

entonces que hoy todavía dura. Pero si permaneció muda la Fontana en

el suceso que acabo de referir, no así cuando, retirado Fernando VII al

Escorial, trazó allí planes de derribar la Constitución, y con escasa

maña declaró su intento sin dar el golpe que meditaba nombrando por sí,

y sin anuencia de sus demás ministros, para desempeñar el ministerio

de la Guerra a una persona a todas luces sospechosa. Estalló con esta

en Madrid un motín que duró tres días, consintiendo el alboroto los

ministros, si bien, por lo mismo que nadie se opuso a los bulliciosos,

no pasó el desorden de ser una continuada gritería en que abundaban

voces injuriosas a la real persona.[70]

[70] Los que no vivieron en aquellos días no tienen idea de lo

que era entonces una asonada. Lejos de causar terror, como los

alborotos de nuestros días, eran una verdadera fiesta. En vez

de cerrarse las puertas de las casas o las tiendas, todo estaba

abierto y poblados de gente los balcones. El motín se reducía

a gritos acompañados de canto, porque la revolución de 1820

fue en alto grado filarmónica. El grito principal era viva el

pueblo soberano; las canciones varias. La famosa del _trágala_

se usaba solo delante de las casas de determinadas personas, y,

por lo común, de noche como por vía de cencerrada.

Se abrió con este motivo la Fontana, y desde su tribuna peroraron

varios de los que solían lucir allí su elocuencia, y algunos más

que en aquella ocasión se estrenaron. Hablé yo también, y parecí

frío y poco digno de mi fama, porque eran horas aquellas de desacato

en el hablar, y yo no sabía llegar en la forma a la descompostura

generalmente usada entonces. Esto aparte, la Fontana en aquella

ocasión obró en consonancia con lo que pasaba fuera de su recinto,

pues ni excitó ni fomentó en gran manera el desorden, contentándose

con hacer en él un papel y no el primero. Quien más se desmandó fue

un don Santiago Jonama, hombre de gran talento y regular instrucción,

nada liberal desde 1814 hasta 1820, y hasta entonces poco grato a los

constitucionales, si bien figuró después entre los más extremados

de su bando, acarreándole sus violencias prisión y temprana muerte

causada por enfermedad contraída en su encierro. Este tal aludió a que

era posible que llegasen las cosas al caso de deponer al Rey, por lo

cual, pasado ya el tumulto, fue llamado por el jefe político y medio

reprendido en términos suaves. De los demás en ninguno hubo que notar,

porque el yerro o delito era de tantas personas y en tantos lugares,

que se hacía imposible no solo el castigo sino aun la censura.

Después de estos sucesos (por noviembre y diciembre de 1820 y al

principiar 1821) tuvo la Fontana un eclipse. Estaba, bien puede

decirse, abierta de derecho; pero de hecho nadie hablaba en su tribuna.

Hasta no sé por qué causa la tribuna hubo de desaparecer por breve

plazo, siendo de notar que nadie la echase de menos. Si no había

recibido aquella sociedad un golpe, había sido acometida de un mal

funestísimo a un cuerpo de su clase, como lo es a los periódicos de

oposición violenta, y era que el partido en ella dominante había venido

a ser el del gobierno o ministerio, por lo cual no era posible hablar

desde aquella tribuna dando gusto a la muchedumbre. Entretanto, por

lo mismo que los llamados hombres de 1820 se habían avenido y unido

con los ministros, otras personas de diferente opinión, o cuyo interés

era casi contrario, se iban deslizando a una recia oposición, cuya

fuerza principal era que contaba con el favor palaciego y con el del

Rey mismo. Quiso este partido novel, que ni aun podía pretender ser un

bando de alguna influencia, usar también del arma de los discursos en

sociedad patriótica, sin conocer que arma tal no sirve para todas las

manos. Así es que formó una sociedad en el café de la Cruz de Malta;

pero según debía suceder, con poca feliz fortuna a la postre.

II.

Para lograr que comprendan los que poco saben de la historia de España

en 1820 por qué la sociedad patriótica fundada y abierta en el café

de la Cruz de Malta tuvo breve la vida y escasa la fortuna, aunque en

ella se habló con tanta violencia cuanto en donde más, indispensable es

decir a qué circunstancias debió su origen aquella malhadada reunión y

de qué clase de personas estuvo compuesta.

Ofendido y no sin causa el Rey de haber sido engañado y compelido

por un terror sin motivo a dar su sanción a la ley de supresión de

monacales, se propuso vengarse de un agravio que le punzaba más porque

le lastimaba en su vanidad de sagaz y ladino. Buscó la codiciada

venganza por varias sendas; primero por una en que caminasen unidos

los llamados exaltados u hombres de 1820 con los amigos personales del

monarca, o digamos sus privados, contra los ministros, y después, no

siendo fácil llevar a cabo tal unión, por otro medio a él más grato,

cual era el de una conjuración que, si salía favorecida por la suerte,

acabaría a la par con la Constitución y los ministros. Malogrose este

último plan, y descubierta la trama, salvó al Rey su inviolabilidad,

pero la legal de que disfrutaba no alcanzó a ser moral, por lo cual

su persona quedó expuesta, no solo a acre censura, sino a groseros

insultos. Vuelto del Escorial, a donde había ido para llevar adelante

su empresa hasta darle cima, y regresando de allí, no por su voluntad,

sino llamado o constreñido por fuerza a la cual nada tenía que oponer,

fue a su entrada en la capital saludado con maldiciones y denuestos,

y estos últimos de la clase más soez, de lo que recibió dolor y enojo

superiores a todo cuanto podrían haberle causado tentativas contra

su vida. De ello acusaba a sus ministros, y no sin razón, bien que

a estos servía de disculpa haberles sido imposible refrenar la ira

de los constitucionales sin dar a los enemigos de la Constitución un

grado no leve de fuerza; cuando estos ya la habían cobrado no corta de

resultas de haber sido maltratados los prohombres de la revolución en

los sucesos de septiembre. Haberse avenido los ministros con aquellos

a quienes dos meses antes habían mirado como a contrarios y castigado

como a inquietos, era otro acto que la corte calificaba de culpa,

aunque lo mismo habían querido hacer o aparentádolo los palaciegos con

plena aprobación del Rey mal disimulada. Había además un crecido número

de personas no palaciegas, que en las ocurrencias que causaron el

destierro de Riego y sus amigos habían abrazado la causa del ministerio

con calor, cebándose en los caídos, proclamándose constitucionales,

y calificando de facciosos a sus adversarios; en suma, ofendiendo

gravemente a unas personas y a un partido cuyo nuevo encumbramiento

veían con dolor e ira, viéndose ellos casi pasados a una oposición

de la cual no podían prometerse ventajas, ni aun siquiera sentirse

halagados por el aura popular que respiran por lo común con recreo las

oposiciones. Si entre tales individuos había algunos amantes sinceros

de la Constitución o de un gobierno libre, eran estos en número corto,

no señalados por su adhesión a la causa constitucional en los tiempos

pasados, y por lo mismo, o ya sospechosos a los liberales extremados,

o en situación en la cual era fácil hacer caer sobre ellos sospechas

de la peor clase posible. Contábase entre esta gente lo general de

los afrancesados, llenos de odio a los constitucionales de 1812, y no

sin alguna razón, si bien no la bastante, a justificar los medios que

empleaban para satisfacer su pasión rencorosa. Porque es cierto que en

1820, con alguna injusticia y con ninguna cordura, los restauradores

de la Constitución, con raras excepciones, no habían escaseado insultos

a los malaventurados secuaces de José Bonaparte, cuyo crimen había sido

grave, pero en algunos acompañado de circunstancias atenuantes, y a los

cuales aconsejaba una sana política tratar como lo han sido en nuestros

días los servidores del Pretendiente. Provocados los maltratados, que

lo eran de palabra más que de obra, pero resentidos de la injuria

más todavía que del daño, y estrechando los lazos que los unía su

misma situación de excomulgados políticos, iban formando un partido

que buscaba en los anticonstitucionales aliados, yéndose poco a poco

desviando aun de la profesión de doctrinas un tanto liberales en que

solían ellos buscar y creían hallar la justificación de su pasada culpa.

Esta amalgama de personas vituperaba entonces la conducta del

ministerio por lo que llamaba vergonzosa capitulación con los que le

habían hecho guerra en septiembre, y a los cuales había vencido y

sujetado a merecida, aunque blanda pena. Pero escogieron para comenzar

su campaña los de la novel oposición el medio de formar una sociedad

patriótica, idea desatinada, de la cual, si lo pensaban bien, no

podían sacar provecho. No era la hora en que principiaron a poner por

obra su plan la más a propósito para sociedades patrióticas, si ya

no las hacían como lo que eran las de provincia, donde se reducían

las sesiones a explicar artículos de la Constitución, por lo común

disparatando, cosa que no bastaba para los auditorios madrileños, y por

esto era preciso que en una tribuna popular de la capital o se hiciesen

elogios de los ministros, lo que en reuniones tales no es sufrible, o

se hiciesen censuras oyéndolas con desaprobación cabalmente la gente en

lo general más inclinada a aceptarlas y aplaudirlas, porque no eran del

gusto de estas o no merecían su confianza los censores.

Sin embargo, a los primeros discursos pronunciados en la Cruz de

Malta acudieron numerosos oyentes, y como los oradores en punto a

doctrinas y a invectivas contra el Gobierno nada dejasen que desear,

ni aun comparándolos con los de a la sazón muda Fontana, fueron oídos

con satisfacción y terminaron sus arengas entre vivas y palmadas.

Pero bajo la corriente a la cual cedían los aprobantes, dejándose

llevar por ella como incautos, había otra que impelía a mirar con

reprobación la oposición nueva. Los liberales antiguos, y aun la

mayor parte de los nuevos, descontando los del mero vulgo, comenzaron

a murmurar de la sociedad novel, sospechando la intención que la

movía, convirtiendo pronto en certidumbre la sospecha, y llevando

a mal, como era y es propio de la parcialidad que se dice o aun se

cree amante de la libertad, que otros hiciesen corte al ídolo de su

culto y pretendiesen ser por él favorecidos. De todo ello resultó

caer la reunión de la Cruz de Malta en pronto y completo descrédito

entre los partidos todos, condenándola unos por lo que sonaba ser, y

otros por no ser lo que sonaba. Despertose la idea muy natural de que

convenía que se hablase en la Fontana levantando altar contra altar,

o, digamos, contraponiendo el de la deidad verdadera al de la falsa,

con lo cual caería al instante la última resuelta en polvo. Presteme

yo a llevar a efecto tal proyecto, y lo hice de muy mala gana, porque

acababa de ser incluido entre los vueltos a sus destinos con ventaja,

y además aprobaba hasta cierto punto la conducta del Gobierno, quizá

porque desaprobaba la de sus contrarios, y, por el lado opuesto,

sentía afición a toda sociedad patriótica y llevaba a mal que les

coartase la facultad de hablar el Gobierno, del cual, si estaba yo

satisfecho en buena parte, no lo estaba del todo. Batallaban también

en mi ánimo dos principios encontrados, llevándome a sustentarlos

pasiones diversas a ellos conformes: no querer ponerme en guerra con

un Gobierno del cual había novísimamente recibido una merced, y, lo

que era más, recibido otras iguales mis amigos políticos, siendo esta

señal de alianza contra un enemigo común, y sentir repugnancia, por

otra parte, o aparecer apóstata, aun cuando no lo era, pues hablaría

al cabo contra una sociedad de la clase de las que yo admiraba, si

bien compuesta de personas muy otras que las de mi bando, o, dígase,

de una sociedad en la cual apenas podía yo culpar los hechos, pero

en que juzgaba muy mal de las intenciones de los oradores. Con todo,

acudí a la Fontana, y como no estuviese allí aún repuesta en su lugar

la tribuna, peroré subido en una mesa, según se hacía en el café de

Lorencini. Mi discurso no fue ni ministerial ni de oposición, porque

inculpé malamente a los ministros, y afeé el espíritu inquieto de los

de la Cruz de Malta, sustentando el derecho de hablar en público y

condenando al Gobierno porque le coartaba o se le declaraba contrario,

pero insistiendo en que la oposición hecha de palabra no debía

provocar a sediciones ni alborotos. Poco efecto hubo de hacer mi

arenga, sucediendo otro tanto a la que en seguida hizo mi amigo don

Manuel Eduardo de Gorostiza. No recibí señal de desaprobación de los

ministros, aunque alguna merecía, ni de los de mi partido, no obstante

ser ellos a la sazón ministeriales. Los periódicos dijeron que se había

hablado en la Fontana, donde los oradores (señalándonos por nuestros

nombres) habíamos sostenido principios de orden, lo cual fue hacernos

favor, sin dejar de hacernos justicia. Nuestros pobres rivales de la

Cruz de Malta hubieron de callar, porque para seguir la guerra por

ellos declarada habían menester fuerzas muy superiores a las suyas.

Quedó, pues, triunfante la Fontana, y con ella el ministerio, el cual

la miraba, si como amiga, como una que lo era poco segura y no más

grata. Fue restablecida la tribuna, pero desde ella se hablaba poco y

con escasísimo efecto. Concurría yo, pero solo como oyente, distraído a

otras atenciones que la a que llamaban los discursos, dignos en verdad

de poca, porque, no siendo la reunión de oposición, en sus efectos era

nada. En medio de ello (empezando enero de 1821) salí yo de Madrid y me

trasladé a Córdoba, a servir la intendencia de aquella provincia, con

la que había sido agraciado al expirar el anterior noviembre.

En Córdoba se formó una sociedad, y, como debe suponerse, hablé yo

en ella, cosa que no cuadraba con la dignidad de mi cargo; pero en

aquellos días se reparaba poco en tal cosa. Mis discursos allí no

fueron demagógicos ni podían serlo, porque no eran de lucha entre

doctrinas o intereses opuestos y se reducían a alabanzas de la

Constitución, a explicaciones de artículos de la misma, o a justificar

reformas de las que entonces estaban haciendo las Cortes.

Corriendo el año de 1821, separó el Rey de sus puestos a sus ministros,

y puso en su lugar otros, si bien muchos de ellos constitucionales

que habían dado pruebas de serlo, harto inferiores en renombre a

aquellos cuyos puestos ocupaban. El espíritu de inquietud comenzó a dar

muestras de sí, y, andando el tiempo y mediado el año, la sociedad de

la Fontana comenzó a ser por demás borrascosa, según entendí entonces

y ha sido fama luego. De sus excesos me hacen responsable no pocos

escritores de hoy, completamente ignorantes de lo pasado en los días

de que voy hablando; pero mi justificación es fácil, pues no podía,

estando en Córdoba, estar en una sociedad madrileña. Lo cierto es

que el jefe político de Madrid, Martínez de San Martín, mandó cerrar

la tal sociedad, excediéndose, en mi sentir, aun pensándolo hoy, de

las facultades que le concedía la ley vigente, pero procediendo con

acierto, si cabe acierto en no atenerse a la ley, porque la interpretó

estirándola, y la interpretación, aunque errónea, hubo al fin de ser

aprobada por las Cortes.

Separado Riego del mando militar de Aragón, siendo su separación bien

merecida, coincidió, o poco menos, con el cerrar de la Fontana, haber

varios individuos, de ellos muchos socios y oradores en aquellas

reuniones turbulentas, que discurrieron pasear por las calles de Madrid

como imagen de santo en procesión el retrato del general objeto de

la severidad del Gobierno y del culto de los patriotas extremados,

haciéndole honores parecidos a los que a las santas imágenes hace

la Iglesia. Disgustó al Ministerio el proyecto, y salió una orden

prohibiendo ponerle en ejecución; pero tal orden o no fue sabida, o

no se tuvo por ajustada a la ley ni por acreedora a obediencia, y,

comenzada la procesión, tropezó esta en la calle de las Platerías con

un batallón de la Milicia nacional mandado por don Pedro Surra y Rull,

a la sazón del comercio de Madrid, el cual, habiendo intimado a los que

traían con pompa solemne el retrato que se retirasen y disolviesen,

y hallando resistencia pasiva, mandó embestir con ellos a bayoneta

calada; pero de tal modo, que la embestida no pasase de amago, porque

no preveía que hubiese quien a los suyos hiciese frente. Y fue así,

que los de la procesión, viendo venir sobre ellos a los milicianos, se

dieron a la fuga, dejando en el suelo la imagen objeto de su veneración

y obsequios, la cual fue recogida, y por lo pronto depositada (según

creo) en las casas consistoriales. Tanto los del partido vencedor

cuanto los del vencido en lid tan poco reñida, convinieron en dar a

aquel lance, más cómico que trágico, por nombre o apodo el de batalla

de las Platerías; pero no pocos escritores tildaron como horrible

exceso la conducta en caso tal observada por el Gobierno y sus agentes.

Alcanzó el golpe a la sociedad de la Fontana, cuyas puertas quedaron

entonces para siempre cerradas para otro fin que el servicio ordinario

de un café, pues aunque todavía hubo en Madrid una sociedad patriótica,

y por cierto no poco alborotada, fue otro el lugar donde se congregó,

y otros que los socios antiguos de la Fontana quienes en ella se

distinguieron.

En tanto, continuaban en varias ciudades de provincias las sociedades

patrióticas; pero el hecho mismo de que continuasen acreditaba no ser

miradas como peligrosas por las autoridades.

Sin embargo, podría decirse que la tolerancia de la autoridad probaba

poco en varias poblaciones, donde o estaba supeditada, o era ejercida

contra el Gobierno. Esto pasaba en Cádiz y Sevilla en los últimos meses

del año de 1821 en que estaban ambas capitales con las dos provincias

de ellas dependientes separadas de la obediencia al Ministerio y a

las leyes. Pero, aun allí y entonces, las sociedades patrióticas o

públicas no dirigían el movimiento que nacía de las sociedades secretas

dominantes en ambas ciudades y si a él coadyuvaban era en corto grado y

con escaso efecto.

Así fue que en diciembre del aquí recién citado año, siendo yo diputado

electo por la provincia de Cádiz, y habiendo pasado a ella con objeto

de traerla con política artificiosa a la obediencia al Gobierno y a

las leyes, cuando me proponía valerme para mis fines de la sociedad

patriótica de aquella ciudad, supe que tal sociedad era tenida en

muy poco hasta por los hombres de opiniones más extremadas y los

más empeñados en que no cediese la loca resistencia o rebelión que

tantos males estaba produciendo. Era cabeza de la sociedad don Domingo

Antonio de la Vega, de quien he hablado bastante en otro lugar de estos

mis recuerdos, y participaba la reunión del disfavor con que estaba

mirado en Cádiz su presidente, o digamos, de la mala fortuna que a

este perseguía, a punto de no haber recaído en él premio alguno por

los notabilísimos servicios que había hecho a la causa constitucional

en los trabajos que, con grave peligro de quienes en ellos tuvieron

parte, la sacaron triunfante al cabo. Fui yo, con todo, una vez a la

sociedad, invitado a ello, y no pudiendo excusarme, hablé, y fui muy

aplaudido al oírme; pero en breve fue muy censurado mi discurso por

haber sido completamente evasivo, pues ni una sola palabra dije sobre

la gran cuestión pendiente, la cual ocupaba todos los ánimos, y me

ceñí a hablar de las obligaciones que había contraído al ser nombrado

diputado y de mis propósitos en punto al modo de desempeñarlas. Era,

con todo, tan corto el valor que se daba a todo cuanto se decía o hacía

en la sociedad que aun mi proceder algo cauteloso, o, cuando menos,

poco franco, si fue con razón desaprobado, no me atrajo clase alguna

de sinsabores, y eso que no escasearon para mí en aquellos días, en la

misma ciudad, y por la causa que a todos tenía en ansioso empeño.

Igual era, o quizá inferior en importancia a la sociedad de Cádiz, la

de Sevilla. No porque en la una y en la otra se oyesen sanas doctrinas,

pues sucedía a menudo lo contrario; pero se perdían en los aires, sin

dejarse sentir su influencia fuera del recinto en que se celebraban

las sesiones todas las perjudiciales ideas que desde sus tribunas se

predicaban.

Recuerdos de un anciano · 第 26 / 41 段