Dispúsose abrirla en un café, en el cual se levantó una tribuna,

remedo fiel en la forma de los púlpitos de nuestras iglesias, desde

el cual sitio tocaba perorar ante un inmenso auditorio al que se

titulaba orador, a falta de título que mejor le cuadrase. Me tocó ser

el primero para inaugurar las tareas de la sociedad, pues no inferior

título que el de inauguración dábamos a aquel acto. Era la vez primera

que iba yo a hablar a un número crecido de personas congregadas sin

exigir circunstancia alguna para darles entrada, esto es, a puerta

abierta. Y aquí perdonarán mis lectores que me detenga un tanto a

hablar de cosa de tan corto valer como es mi persona, o, digamos,

mis pensamientos, dichos y hechos, porque lícito es aprovechar una

ocasión de manifestarse tal cual es y ha sido un anciano con frecuencia

maltratado, y porque tal manifestación, aun teniendo mucho de defensa,

contribuye a poner en su verdadera luz sucesos mal conocidos de una

parte de nuestra historia.

Haciendo mi examen de conciencia, y buscando en mis adentros qué

motivo pudo inducirme, con algunos años ya de carrera diplomática, con

parientes cercanos, todos ellos parciales del Gobierno del Rey, tal

cual era su forma en 1819, aunque desaprobasen sus excesos por un lado

y por el otro su torpeza, y teniendo medios de medrar como había tenido

algunos, y despreciándolos, a jugar con gravísimo peligro mi vida,

y mi situación y esperanzas, podría caer en la tentación, que sería

sobre criminal, ridícula, de reputarme a manera de un _Santo_ en lo

político, como lo son algunos en lo religioso, o, dicho de otro modo,

un varón justo olvidado de su propio interés y hasta de su vanidad, y

dedicado completamente al triunfo de un principio al que estaba pronto

a sacrificarlo todo para conseguirle a cualquiera costa. Ahora bien: si

hay tales hombres en la esfera política, lo cual ni afirmo ni niego,

no tengo yo ni tenía la arrogante pretensión de ser de su número. He

de confesar, pues, que mi deseo de hablar en público, o lo que puede

llamarse una fuerte vocación, me impelía a sobreponer a mi interés

inmediato el más remoto de obtener aumentos a la par con gloria, y

proporcionármelos con el instrumento de la palabra.

A dar fomento a esta mi ambición me llevaban asimismo mis doctrinas.

Lo poco que en España se entendía de política, ha sido causa de no

haberse comprendido bien las mías, y los hombres más entendidos de la

generación presente, dándose poco a estudiar lo pasado, han formado con

ligereza sus juicios sobre mi conducta y opiniones. Hasta ha habido

hoy mismo un escritor, y no mi enemigo, que, honrándome con elogios

excesivos y superiores a mis merecimientos, comete la atroz injusticia

de compararme con _Danton_;[69] con el feroz demagogo incitador de

sediciones y matanzas, cuya memoria está unida a la de los asesinatos

de septiembre.

[69] Alúdese aquí a la obra recién publicada por don Juan Rico

y Amat sobre los oradores españoles. Hay en ella errores, no

pocos ni leves, nacidos de que al hablar de aquella época,

faltando noticias, se fundan los juicios en suposiciones. Así,

da por supuesto el autor que hubo muchas reuniones en San

Fernando, en las cuales me mostré yo furibundo demagogo.

Cierto es que yo he dado ocasión alguna vez a tales cargos, y que,

puesto en circunstancias revolucionarias, he obrado y aun hablado como

procedían y hablaban los prohombres de la revolución francesa, si bien

no como los feroces jacobinos; pero estos casos raros no constituyen, o

no constituyeron en mí, según es común suponer, un desmandado demagogo.

Mi yerro principal venía de mi admiración de las libertados inglesas,

y de mi persuasión de que podían y debían ser aplicadas a mi patria.

Sabía yo el inglés casi desde la niñez; había leído mucho los buenos

autores de aquella nación, miraba sus prácticas y leyes con veneración

y envidia, y deseaba traerlas a mi patria. Republicano, ni soñaba en

serlo. Una mudanza de soberano, llegase o no a serlo de dinastía,

habría sido muy de mi gusto, por razones claras de comprender; pero,

no viéndola posible, no ponía mi pensamiento en cosa que a ella

encaminase. Tal era el interior, tales las doctrinas del hombre que

comenzó a adquirir renombre en las tribunas de las sociedades populares.

Cuando subí a la abierta en San Fernando, varias circunstancias

ridículas por ser pequeñas contribuían a turbarme, y, sin embargo, aun

no estando preparado, rompí a hablar, y siendo locamente aplaudido

por mi verbosidad, cobré con los aplausos bríos, y concluí mi primera

arenga en público, la cual habría de ser seguida de muchas, no siempre

en provecho de mi persona, o, diciéndolo con propiedad, de mi concepto.

Pero tales discursos, más que encaminados a promover desorden o a

pregonar y propagar doctrinas demagógicas, se reducían a trivialidades:

mucho repetir la voz libertad; mucho encarecer los bienes que ella trae

consigo; mucho ensalzar la Constitución, como fuente de la cual había

de correr como en torrentes todo linaje de felicidad pública y aun

privada; alguna vez explicar la índole del recién establecido Gobierno,

o en su todo o en sus partes. Debo añadir que, con rara excepción,

las sociedades patrióticas de provincias no pasaron de ser necias o

insulsas, quedando reservado a las de la capital el ser en alto grado

perjudiciales.

Ya lo era entonces en Madrid la llamada de Lorencini. O sea la

condición impaciente de los pueblos meridionales, gente la cual, con

alguna contradicción, es larga en palabras y no se contenta con ellas,

sin querer pasar desde luego a las obras, o sea porque todo pueblo no

acostumbrado a la discusión templada y pacífica solo quiere usarla

como preliminar de actos dirigidos a ejercer el poder, los oradores

del café de Lorencini pretendieron ser no una reunión de individuos

sueltos, sino un cuerpo deliberante. Así es que enviaron diputaciones

al Gobierno, pidiendo no menos que excluir del Ministerio a uno de los

que le componían, al ministro de la Guerra, marqués de las Amarillas.

Admiró al Gobierno tal y tanto desacato; negó a los suplicantes su

arrogante pretensión; alterose con este motivo, aunque no gravemente,

la paz pública; fueron de resultas presos algunos de los de la sociedad

señalados por haberse desmandado, y la sociedad de Lorencini, si no fue

disuelta, hubo de ser reducida a silencio, a lo menos por breve plazo.

Pero el viento soplaba a la sazón favorable a las reuniones llamadas

sociedades patrióticas, que iban naciendo en toda población un tanto

considerable de nuestra España, con aprobación de los constitucionales

todos. Hasta les había dado su aprobación Martínez de la Rosa, quien,

recién salido del lugar de su confinamiento, había estado en la de

Granada a su paso por aquella ciudad; aprobación expresada con una

frase ingeniosa, pues las calificó de _batidores de la ley_. Así en

Madrid, sintiéndose los malos efectos de las discusiones del café

de Lorencini, pero conviniéndose, en general, en que, si aquella

sociedad había sido mala, era lo conveniente crear una buena que le

hiciese frente, se procedió a la formación de una asociación nueva,

titulándosela de los amigos del orden, y escogiendo para lugar donde

se estableciese el espacioso salón del café apellidado de la Fontana

de Oro. Era el tal salón larguísimo y de alguna anchura, y por su

construcción permitía hacer una división entre la parte de la sala

que habían de ocupar los socios, y otra de grande capacidad destinada

a contener un crecido número de oyentes. No faltó su púlpito con el

nombre de tribuna, remedos la cosa y el nombre de la vecina Francia,

bien que ya hubiese habido un mueble igual, llamado lo mismo en

nuestras Cortes de 1810 a 1814, donde uno u otro orador subía para

pronunciar desde allí o leer sus arengas.

Había yo llegado a Madrid a ocupar y servir mi plaza de oficial último

de la secretaría de Estado (ascenso por cierto no muy notable con

que había sido premiada la parte que había tenido en la recién hecha

revolución), cuando fue abierta la sociedad de los amigos del orden,

cuyo destino fue en breve ser conocida solo por el del lugar en que

celebraba sus sesiones, perdiendo poco a poco, pero no desde luego,

del todo su derecho a la honrosa denominación que había tomado. Yo,

que había hablado dos o tres veces en la de San Fernando, y una vez

sola en la que se abrió en Cádiz en el café del Correo, granjeándome en

esta última más desaprobación que aplauso, porque choqué con una pasión

nacida de lo que creían los gaditanos ser su interés, me preparé para

estrenarme en la capital como orador estrenando la sociedad nueva, sin

que pueda ahora acordarme de cómo me fue concedido tal honor, aunque sí

confiese que le deseaba y que le había solicitado.

Mi primer discurso ya tuvo algo de oposición; acción impropia de un

empleado, pero muy natural en aquellas circunstancias, porque ya

empezaba a haber disensión entre los que comenzaban a calificarse

unos de hombres de 1812 y otros de 1820; los primeros, ufanos de la

fama antigua y de sus gloriosos padecimientos, y los segundos de

ser restauradores de la caída Constitución; aquellos, tratando a

estotros con entono y desdén, y correspondiendo los desairados con

resentimiento, pues llevaban menos que lo debido cuando tal vez eran

superiores a sus merecimientos, sus esperanzas o sus pretensiones. No

estaban aún, sin embargo, vivas las pasiones que pronto empezaron a

dar muestra de sí, excepto en lo relativo al marqués de las Amarillas,

a quien miraban con disgusto los constitucionales más ardorosos, y

particularmente los restauradores de la Constitución, o digamos los

revolucionarios, porque el marqués, constitucional, pero tibio, no de

los perseguidos en 1814, aristocrático en sus modos y aficiones, y

celoso de la disciplina militar y aun del orden civil, no era admirador

de la sublevación militar de las Cabezas ni de las que siguieron, y si

bien no trataba mal a los participantes en aquella empresa, ocultaba

poco que al considerarlos como buenos obraba casi forzado. Y si bien

no era esto de culpar en el marqués, tampoco es de extrañar que no le

mirasen bien aquellos que le creían su enemigo, ni que extremándose

como gente violenta, y abultándose su enemistad, le profesasen poco

menos que odio. Si yo no llegaba a tanto, esto prueba que hacer guerra

al marqués de las Amarillas era cosa natural en un hombre de 1820,

revolucionario, y aunque no militar, parte del ejército de Quiroga, que

con el dictado de ejército libertador subsistía unido. Además, aunque

desaprobase la sociedad nueva los excesos de la antigua, y hubiese

sido creada para formar respecto de ella un contraste, la miraba, sin

poderlo remediar, como a hermana; hermana de mala conducta, pero con

quien la ligaba algún vínculo, y cuyos yerros, si bien indudables

y vituperables, más consistían en su modo de proceder que en sus

doctrinas, porque había caminado por malas sendas a buenos fines. Lo

cierto es que yo, en mi primer discurso en la Fontana, impugné la idea

de que por la vía de la imprenta o en los discursos de las sociedades

se debía hablar de las cosas en general y no de las personas,

sosteniendo que en los actos de la vida pública, si bien respetando

los de la privada, era en los que debían ocuparse quienes servían o de

intérpretes o de despertadores de la opinión pública. Y siguiendo esta

idea, puse un caso hipotético de un personaje elevado a quien debíamos

aparecer hostiles, y designé al marqués ministro de la Guerra sin

nombrarle, casi copiando un discurso que contra el ministro inglés sir

Roberto Walpole hizo hacia 1730 sir Guillermo Windham en el Parlamento

británico; discurso de poquísimos, si acaso de algunos, españoles

conocido entonces, por lo cual hubo de parecer idea original mía lo

que era plagio, y logré altos y repetidos aplausos por el contenido

de mi discurso y por mi modo desenfadado de pronunciarle. Así empezó,

la sociedad de la Fontana, y así poco más o menos siguió en 1820,

hasta que en 1821, ausente yo de ella, vino a ser un teatro donde se

representaban escenas escandalosas.

Cuatro o cinco discursos de medianas dimensiones hice yo en la Fontana,

en todos los cuales me mostré parcial loco del levantamiento de 1820,

pero no deseoso de desorden ni provocando a él; errado con frecuencia

en mis principios, pero solo por extremarlos, y nunca trocándolos

por otros ajenos a la Constitución vigente; en suma, digno de severa

censura por mi poco seso, pero no de mayor pena como incitador a

desmanes. Hablaban allí don Ramón Adán, don Manuel Eduardo Gorostiza,

célebre autor de comedias, en aquellos días muy aplaudidas, don Manuel

Núñez, muerto pocos días ha, intendente jubilado, y otros más de cuyos

nombres en este instante no me acuerdo. Todos ellos, si no hacían

oposición al Gobierno, abogaban la causa entonces llamada ya de los

exaltados. Apareció un día en aquella tribuna un eclesiástico llamado

don N. Falcó, que había sido (creo) diputado en las Cortes ordinarias

de 1813 y 1814, y pronunció una oración elegantísima, cuya única falta

era exceso en el aliño del estilo y en el esmero de la pronunciación;

y agradó sobremanera al auditorio y hasta le cautivó lo que dijo, y el

modo de decirlo. Con todo, su argumento no pasó de ser alabanzas de

la Constitución y de sus consecuencias en términos generales; propio

proceder de hombre que de allí a dos años había de señalarse como

diputado a Cortes entre los moderados primero, y a la postre entre

los apenas constitucionales, si bien no enteramente absolutistas.

Otro clérigo de distinta especie, grosero y osado, y antes de una

orden monástica, también apareció en más de una ocasión en aquella

tribuna, sacando partido de que solía acompañar a una señora francesa

viuda del general don Luis Lacy, y de que presentaba al público un

niño del cual decía, no sin ser contradicho, que era hijo de aquella

ilustre y desgraciada víctima de nuestras discordias civiles. Con todo

esto, corría el tiempo, y los amigos del orden, si bien contrarios al

Gobierno, como no podían menos de serlo, pues una reunión de la clase

de aquella sociedad, si no es de oposición, muere, matándola cuando no

otra cosa el fastidio que causa, todavía no habían hecho cosa alguna en

quebrantamiento del orden ni que a ello se aproximase.

Sin embargo, había dado la sociedad uno u otro paso en que nadie

reparó por el pronto, y cuyas consecuencias podían ser peligrosas y

aun fatales, porque se arrogaba facultades de un cuerpo político que,

como tal, procedía fuera del lugar donde se congregaban los socios para

hacer discursos. Así fue que en junio de 1820, estando próximo a venir

a Madrid el general Quiroga, diputado a Cortes electo, la sociedad de

la Fontana nombró una comisión que fuese a obsequiarle en nombre de la

misma en su entrada en la capital de la monarquía. Pero en ello nadie

hizo alto para censurarlo, y la sociedad, como tal, rerepresentó su

papel en las demostraciones hechas para honrar al general del ejército

que había proclamado la Constitución en San Fernando.

Entretanto, ninguno de los socios primeros de la Fontana se había

separado de la sociedad, aunque desaprobasen el espíritu que le

animaba, y solía concurrir a ella aún don Sebastián Miñano con otros de

sus opiniones, censurando a los oradores, casi siempre con razón, pero

no condenando al cuerpo entero. Iban así las cosas, cuando la llegada

de Riego a Madrid, juntamente con los sucesos que la acompañaron y

siguieron, y los que habían antecedido y produjeron su viaje, vinieron

a convertir en rompimiento escandaloso lo que era discordancia de

opiniones, y más todavía de intereses, entre los dos bandos que ya

aparecían formados en el gremio de los constitucionales.

No es mi propósito ahora referir aquí lo que ya en alguna otra obrilla

mía dejo dicho, y lo que con más extensión está explicado en algún

escrito mío que acaso verá la luz después del momento, poco lejano, en

que cierre yo los ojos a ella, tocante a la conducta de Riego, de los

ministros y del partido que con el famoso general obraba, y del cual

se desentendió y apartó él en su conducta en los sucesos que señalaron

los días primeros de septiembre de 1820. Me ciño a hablar del papel que

en tan graves circunstancias presentó la sociedad de que era yo parte

principalísima entonces.

La cuestión pendiente entre el Gobierno y los hombres de 1820, casi

todos, era si había o no de ser disuelto el ejército que se había

levantado en enero proclamando la Constitución, y que después había

tenido aumento de fuerza, y estaba al mando de Riego desde que había

venido Quiroga a tomar como diputado su asiento en las Cortes. No

había una buena razón que pudiese alegarse contra la providencia del

ministerio que había dispuesto la disolución, pero con ello parecía sin

razón que caía una mancha sobre la revolución, representada por aquel

ejército; no siendo de extrañar que fuésemos tan propensos a recelar

los que sentíamos en nuestro fuero interno que nuestro hecho nos hacía

acreedores a extremos o de alabanza o de censura, participando mucho

de esta última todo cuanto no era la primera. Era lo cierto entonces

que la revolución estaba concluida legalmente, pero en la realidad no,

porque estaba fuerte, y trabajando con actividad la vencida causa su

contraria, teniendo por su cabeza al monarca reinante, y por cómplices

a todos los gobiernos de Europa y a una parte muy crecida del pueblo

en España. De tal situación nada bueno podía salir, y en ella nada

podía hacerse con acierto completo; y no siendo las cosas lo que

sonaban y aparentaban ser, lo que tenía visos de racional por lo común

no lo era, y de todo ello nacían juicios errados y actos conformes a

tales juicios, siendo la verdad que del triunfo de la Constitución

rígidamente observada, y dando al trono todo cuanto ella le concedía,

con ser tan poco, la restauración del antiguo gobierno absoluto era, si

no infalible, harto probable. No pretendo con esto abonar mi conducta

y la de quienes conmigo obraban. Trato solo de explicar el origen y la

índole de nuestras culpas.

En la Fontana solía hablarse contra la disolución del ejército, pero no

con mucho calor ni con insistencia, porque en otras partes, y no del

todo ostensiblemente, había comenzado y estaba siguiéndose con ardor la

guerra comenzada.

A la llegada de Riego se habían repetido los obsequios hechos a

Quiroga, pero con muy inferior efecto, a pesar de que en renombre y

concepto excedía mucho el primero al segundo. Las circunstancias habían

variado: los constitucionales estaban divididos, y los ánimos estaban

más dispuestos a luchar que a mostrar satisfacción o a concurrir

a festejos. Todo ello vino a parar en recibir Riego una orden de

ir de cuartel a Asturias, lo cual equivalía a un destierro; y en

recibir órdenes iguales o parecidas el general de artillería don N.

Velasco, el coronel don Evaristo San Miguel; el de igual clase don N.

Manzanares y algún otro. De mí comenzó a susurrarse que sería enviado

como secretario de embajada a Londres, plaza que entonces desempeñaba,

sin perder por ello su puesto, un oficial de la secretaría de Estado.

Pero no fue así, y las cosas tomaron para mí otro aspecto. Fui llamado

por el oficial mayor de la secretaría don Joaquín Anduaga, el cual me

hizo presente que así él como otros dos compañeros suyos que lo eran

míos, don Mauricio Onís y don Manuel de Aguilar, iban a separarse

de la sociedad de la Fontana, de la cual eran todavía socios, y que

esperaban que yo hiciese otro tanto, no solo por razones de lo llamado

_compañerismo_, sino también por otras de mucha mayor fuerza. Mi

respuesta fue negarme rotundamente a lo que se me pedía, y, como se

me hiciese presente cuán impropio era seguir yo sirviendo mi plaza en

una secretaría del despacho, y continuar siendo miembro de un cuerpo

declarado ya hostil al Gobierno, convine yo en que tal proceder sería

malo y hasta escandaloso, y que por lo mismo estaba yo dispuesto

a hacer renuncia, pero de mi empleo, y no del oficio de orador en

la tribuna de la Fontana. Cumplí en breve mi propósito, extendí mi

renuncia en términos un tanto impropios, y aunque respetuosos en la

forma, todo lo contrario en el fondo, y al cabo de ocho años largos de

carrera, y tras de mis servicios a una causa que entonces «de oficio»

estaba declarada justa, quedé reducido a la clase de mero particular,

sin derecho a percibir sueldo, porque aún no existía la clase de

cesantes.

Consumado hecho tal, en que mi fatua vanidad tenía no corta parte,

aunque también tuviesen alguna y no leve los principios a que quería

yo arreglar mi conducta, esperé coger amplio premio de mi sacrificio

en vivas y palmadas. Subí, pues, en la noche del 6 de septiembre a

la tribuna de la sociedad, seguro de ser aplaudido, y ciertamente al

principio excedió la realidad a mis esperanzas, con ser estas muy

subidas. Una salva de aplausos tanto cuanto ruidosa, prolongada,

me saludó al presentarme al público, y yo, embargado el ánimo,

enternecido, cediendo a un tiempo a buenos y a malos afectos, iba

a empezar mi discurso, del cual hube de pronunciar algunas frases,

justificando o ensalzando mi proceder, cuando fui interrumpido de un

modo inesperado, y tanto, que habría sido en balde todo intento de

proseguir mi arenga, si ya no me contentaba con hacer el papel, sobre

inútil a todo fin desairado, de quien, según la frase vulgar, predica

en desierto.

El suceso que interrumpió mi oración fue haber coincidido con ella un

alboroto o motín de aquellos a que entonces comenzó a aplicarse la

voz de asonada, palabra rejuvenecida de nuestro vocabulario, donde

como anticuada figuraba, estando en desuso. A los gritos de viva la

Constitución y viva el pueblo soberano, que eran las aclamaciones

principales usadas en semejantes alborotos, hubieron de estremecerse

de placer mis numerosos oyentes, a los cuales, si eran gratas mis

declamaciones, era harto más agradable el tumulto, pues sobre ser más

animado que el discurso más vehemente, prometía tener efectos más

inmediatos y de superior importancia. En vano yo, influyendo en mí por

un lado la vanidad, pero también (séame lícito decirlo) por otro mi

convencimiento de que convenía más la oposición por medio de palabras

que por el de alborotos, traté de persuadir a mi auditorio de que con

oírme serviría mejor a nuestra causa común, que con lanzarse a excesos,

si no de los mayores, desde luego propensos a producir algunos de los

más graves.

Cansado yo, y habiendo dejado vacía la tribuna, no hubo quien viniese

a ocuparla, entretenida la gente ociosa y bulliciosa con el alboroto de

las calles; de suerte que con mi malhadada y apenas comenzada arenga

se cerró el primer periodo de aquella sociedad de la que tanto se ha

hablado.

Al día siguiente a la noche de que acabo de hablar, hubo una acalorada

sesión en las Cortes sobre los excesos de la noche anterior y los de

que ellos eran resultas. Habló Argüelles con alguna elocuencia, con

la razón de su parte, y no del todo con prudencia o tino, y los de la

oposición con escasa habilidad para defender su mala causa. Mientras el

Ministerio sustentaba la lid en las Cortes, hizo un alarde ostentoso de

fuerza en las calles, poblándolas de tropas, y en la Puerta del Sol de

cañones, a cuyo lado estaban los artilleros con las mechas encendidas.

En el Congreso fue completa la victoria del Gobierno, y en las calles

mal pudo conseguirla, pues no hubo asomo de resistencia. Hablar en

la Fontana en circunstancias tales era imposible, por lo mismo que

no podíamos hacerlo con templanza, ni sin ella. Lo que hicimos los

principales socios, esto es, los más activos, fue meternos en una pieza

de la casa en cuyo piso bajo celebrábalos las sesiones, y acordar

suspender estas por plazo indeterminado, pero no sin hacer a manera

de una protesta en términos violentos en la esencia, aun cuando no lo

fuesen en la forma. Se me encargó este trabajo, le hice yo de prisa, y

le leí a mis consocios, pero no acerté a darles gusto, recayendo sobre

mi obra muy general desaprobación por muy diversas razones aparentes,

y en verdad, por una común a no pocos que la disimulaban, la cual

era el miedo, porque a la fiera amenaza del Gobierno recelaban que

seguirían duros golpes. Me acuerdo particularmente que, como yo en el

desaprobado escrito dijese cosas graves por lo fuertes, protestando que

no las decía, hubo un socio de pocas letras que expresó su extrañeza

al notar la contradicción entre lo que yo afirmaba estando haciendo

lo contraído, a lo cual respondió en mi defensa otro socio «que el

escribir es un arte, y que la contradicción aparente en mí tachada era

una figura retórica (la preterición)», lo cual con todo no satisfizo.

Vino, pues, a quedar cerrada la Fontana por dos meses a lo menos, sin

que los socios compensasen con excesos de la pluma en un manifiesto el

sacrificio forzado que hacían renunciando al uso de la palabra.

Recuerdos de un anciano · 第 25 / 41 段