salida oímos ruido en la calle, y asomándonos con precaución por
detrás de la vidriera, vimos hasta veinte hombres de tropa formados
enfrente del lugar de nuestro refugio. Siguiose oír abrir la puerta
que daba a la calle, sonar pasos pesados de más de una persona en
la escalera, llamar con recios golpes al cuarto en que estábamos,
darse entrada a los que venían, y aparecerse en la sala un oficial
de la peor traza posible, siguiéndole tres o cuatro soldados con las
armas preparadas. Era el tal oficial, repito (sin que la desfavorable
preocupación con que le mirábamos nos llevase a ser injustos), de fea
catadura, alto, por demás moreno, de tosca presencia y groserísimos
modales; hablador, con mucho de jaque, y de la clase de los llamados
_pinos_ entonces en nuestro ejército, lo que significaba haber
ascendido a oficial, de la clase de sargento y no de la de cadetes,
de la cual salía nuestra oficialidad con no muchas excepciones. De que
había sido o valiente o afortunado era testimonio un buen número de
cruces que llevaba, trayéndolas dispuestas formando un círculo en el
costado de su uniforme. Al atravesar los umbrales de la sala en que
estábamos esperándole, este oficial nos presentó la punta de su espada
desnuda, plantándose como un matador en la plaza de toros al ponerse
en suerte, y mandando a sus soldados asimismo preparar las armas,
aunque no apuntar, nos gritó ron voz ronca y amenazadora: ¡_Dense
ustedes presos_! Admirámonos todos, y López de Baños, hombre de valor
sereno y acreditado, riéndose, dijo a nuestro aprehensor que no le
miraba con miedo, pues era un oficial antiguo de superior graduación;
que extrañaba su proceder violento y hasta ridículo, y que mal venía
suponernos dispuestos a resistir y querer atropellarnos, cuando venía
allí por nuestro llamamiento. Quedose cortado aquel soldado rudo,
cuya estupidez excedía a lo común de las gentes faltas de talento,
instrucción y crianza, y tal fue su confusión, que hasta se olvidó de
pedir las espadas a aquellos a quienes iba a llevar y llevó consigo en
calidad en que disonaba ir con la espada ceñida. Salimos a la calle
con la escolta que nos esperaba, y marchando diez soldados delante
de nosotros y otros tantos detrás, nos pusimos en camino, ignorando
nosotros cuál iba a ser nuestra suerte. Al atravesar la vecina plaza
de San Antonio, vimos que venía por ella formado un cuerpo de tropas
a situarse donde había estado el día antes el letrero de plaza de la
Constitución y poner otro en su lugar, que hubo de ser el _del Rey_,
y no el antiguo del Santo, haciendo esta sustitución con ceremonia
solemne y expiatoria del pecado allí recién cometido. Algo de susto
pasamos al ver aquella fuerza, pero no fuimos de ella notados, pues
no recibimos ni aun el más leve insulto. Prosiguiendo nuestro camino,
llegamos a la puerta llamada de la Caleta, donde hicimos alto,
entrando en el cuerpo de guardia de aquel punto, con lo cual estaba
visto que por entonces iba a ser nuestra prisión el vecino castillo de
San Sebastián. Pero como esta fortaleza está a alguna, bien que corta
distancia de la plaza, y asentada en peñas asperísimas, aunque bajas,
siendo el camino hasta llegar a su recinto por demás desigual y también
de rocas, y cubriéndole la mar cuando está la marea llena, hasta dejar
el castillo en una isla a que se va por un pésimo puente de tablas; y
como la hora de nuestra llegada a la Caleta fuese la de la pleamar, y
el puente estuviese cortado en todo su largo, fue necesario aguardar
a la vaciante para tener franco el paso al lugar de nuestro destino.
En el cuerpo de guardia había un oficial de milicias provinciales de
Sevilla con tropa del mismo cuerpo; hombre atento, servicial, cortés,
en suma, caballero, que, siéndolo por su cuna,[67] declaraba serlo por
su crianza.
[67] Era hijo o hermano del marqués de San Gil.
Este consintió en que un ordenanza fuese a una tienda de comestibles
poco distante a traernos de allí algo que comer durante nuestro
descanso, que debía ser de dos o tres horas, atendiendo al estado de la
marea. Supo esto con enojo nuestro aprehensor, que deseaba sujetarnos
hasta a padecer hambre. Pero como declarase este su intento, y mezclase
con la declaración nuevos insultos y amenazas, ya colérico López de
Baños le hizo presente que, preso y todo, antes de ser condenado era
un coronel a quien debía respeto un subalterno, y que, esto aparte,
nunca un hombre de honor, como debe serlo quien viste uniforme,
maltrata ni aun de palabra a persona alguna, y menos siendo personas
algo distinguidas, de cuya custodia está encargado. Parose un sí es
no es turbado con esta reconvención aquel hombre rudo y violento;
pero, recapacitando un poco para buscar disculpa o explicación de sus
malos modos y rigor brutal, _nada de esto es por ustedes_ (dijo),
_compañeros; esto va principalmente para el perillán del paisano_.
Oí yo con paciencia el cumplimiento hecho a mi pobre persona, pero
no le extrañé, por ser entonces tal modo de pensar común en la parte
baja de la milicia; ideas que ya van desvaneciéndose, aunque no hayan
desaparecido del todo en cabezas poco ilustradas.
Lo cierto fue que por mortificar al perillán del paisano no quiso
el bueno del oficial dejar de hacer lo mismo con aquellos a quienes
llamaba compañeros. Porque, ansiando privarnos del corto regalo de
un mal almuerzo, de repente dio orden de ponernos en marcha para el
castillo, a pesar de que no había bajado la marea lo bastante para
ir a él a pie enjuto, como habría sucedido con solo haber esperado
todavía sobre una media hora. Perdimos, pues, como antes apunté, el
segundo almuerzo, y le perdimos habiéndole pagado como el primero, y
nos dirigimos sin demora a nuestra prisión por entonces definitiva,
llegándonos el agua hasta el tobillo cuando menos, y en algunos lugares
bastante más arriba, y lastimándonos los pies con tropezar en las
puntas agudas de las numerosas rocas que, cubiertas por el mar, aún
no podíamos ver para evitar pisarlas. No era esta una gran desdicha
ni un peligro, pero era incomodidad bastante para que los soldados de
nuestra escolta, no obstante ser del batallón de Leales y nuestros
enemigos, haciéndose cargo del mal ajeno porque en aquel caso lo era
también propio, gruñesen y en voz perceptible y alta dijesen que _no
era regular ni había para qué hacer pasar aquel mal rato a aquellos
caballeros oficiales_. Pero la incomodidad duró poco, y una vez en
el castillo, nuestro aprehensor hizo entrega de nuestras personas al
gobernador del fuerte, y dejándonos seguros se volvió a Cádiz, no sin
esperar a que bajase más la marea para hacer menos incómodo su regreso.
Era el gobernador del castillo un buen sujeto, oficial antiguo, bien
criado, y según aparecía, y apareció, no muy extremado ni firme en
ideas políticas, de las cuales alcanzaba poco; fiel sin exceso de celo,
por lo cual no nos trató ni con rigor ni con blandura, no faltándonos
a la cortesía, pero rehuyendo ocasiones en que ejercerla. Dispuso
ponernos incomunicados, para lo cual había recibido órdenes; pero
protestando tener pocos encierros, nos puso de dos en dos, a López de
Baños con el ayudante Silva, y a Arco-Agüero conmigo. A esto agregó
concedernos que para comer lo hiciésemos juntos los cuatro, estando
presente para observarnos el oficial de la guardia.
El que lo era a la sazón se llamaba don N. Riego Pica, según él nos
dijo, añadiendo, como quien desea estar exento de un borrón, que no
tenía parentesco, con el Riego no Pica, señalado por el hecho de las
Cabezas. Solía el Riego realista venir a visitarnos, pero no entraba
muy adentro en nuestro cuarto, diciendo que tenía horror a las pulgas,
de las que, en su opinión, había allí muchas, de cuyo rigor nos dejaba
participar, y paseando de la puerta del cuarto hasta la pared de
enfrente, ensartada la llave de nuestra prisión por su ojo en un dedo
de su mano, y haciéndole dar vueltas continuas, se entretenía en darnos
noticias propias para desconsolarnos. En verdad, no se quedaba inferior
a nuestro aprehensor en cuanto a tenernos y mostrarnos mala voluntad,
pero nos daba pruebas de su desafecto con modos, aunque secos y fríos,
corteses.
Así pasamos la tarde del día 11, en la mañana del cual ocurrió nuestra
prisión y llegada al castillo, y lo mismo fueron todo el día 12 y aun
la mañana del 13.
Entretanto, deliberaban los que mandaban en Cádiz sobre qué debía
hacerse con nosotros. Que hubo quien aconsejase pasarnos por las
armas como a rebeldes, si bien ha habido quien lo haya dicho, no
parece cierto. Lo primero a que se apeló fue a enviar a San Fernando
un parlamento proponiendo canjearnos por los generales a la sazón
encerrados en la Carraca, y hechos prisioneros cuando fue sorprendido
por Riego el cuartel general en Arcos, así como por el ministro de
Marina Cisneros, que en la misma ciudad de San Fernando había caído en
poder de los levantados constitucionales.
Al llegar al ejército dicho nacional esta propuesta, encontró los
ánimos de los que allí mandaban llenos a la par de soberbia y de ira.
Sabíase ya estar ondeando triunfante en más de un punto de España el
pendón constitucional, presumiéndose con razón que sería alzado en
breve aun en Madrid mismo. Si esto daba aliento, por otra parte el
atentado cometido en Cádiz había sido sabido con indignación furiosa.
De los gaditanos que en la mañana del infausto día 10 habían salido
de la ciudad y adelantado largo trecho, pocos se volvieron atrás
y los más huyeron a San Fernando. Congregados allí, y enfurecidos
con la noticia del hecho atroz y pérfido de la guarnición de Cádiz,
rompieron en altos clamores, y comunicaron sus pensamientos y afectos
al vecindario de la población donde por dos meses y días había residido
el ejército nacional, vecindario, hasta entonces tranquilo, y el
cual, si en general más que contrario nos era amigo, no había, con
todo, hecho demostración alguna favorable a nuestra causa. Alborotada
aquella gente, pedía armas para tomar venganza en los asesinos, del
pueblo gaditano; y si tal jactancia de población poco belicosa habría
valido poco delante de los soldados, tenía fuerza moral y no corta oír
proclamados nuestros principios ya por algunos más que los militares
del ejército sublevado, o los pocos que estábamos militando con nuestra
presencia o con nuestra pluma bajo la misma bandera. En aquellas
mismas horas llegaron de Gibraltar algunos personajes de cuenta, entre
ellos don Facundo Infante y don Bartolomé Gutiérrez Acuña, trayendo
buenas noticias, como era el pormenor de la revolución de Galicia, y
todavía más alegres y muy fundadas esperanzas. Tal era la situación
de las cosas cuando llegó allí la propuesta del canje, la cual fue
desechada con indignación, dando por motivo de desecharla que los
generales prisioneros lo habían sido por una sorpresa, cuando nosotros
los parlamentarios por el carácter que llevábamos éramos personas
sagradas aun en medio de la guerra más reñida y seguida con más furor
y encono. Pero, como podía recelarse que los de Cádiz intentasen algo
en nuestro daño, se los amenazó con que si en algo nos maltrataban,
igual suerte cabría a los generales prisioneros, ateniéndose al
principio de las represalias; cruel y no muy justo para puesto en
ejecución, pero saludable como amenaza cuando el temor que infunde
impide actos de bárbara violencia. Siguiose a esto que envalentonados
los constitucionales así como irritados, rotas ya las hostilidades con
los de Cádiz, adelantasen por la carretera o arrecife, y plantasen una
batería a corta distancia de la Cortadura, arrojando desde ella bombas
o granadas, y haciendo esto como por vía de reto y a fin de tomar el
papel de agresores.
Mientras esto pasaba, medio ignorándolo nosotros, en la tarde del 13
entró Riego Pica, según era su costumbre, en nuestro encierro, y dando
su acostumbrado paseo sin perder la maña de guardarse de las temidas
pulgas ni dejar de hacer girar la llave en su dedo, nos dijo que corría
la voz de haberse prestado el rey a jurar la Constitución, pero que,
siendo tal acto a las claras forzado, no hacía caso de él la guarnición
de Cádiz. No sé si esperaba respuesta, pero ninguna dimos, aparentando
recibir con frialdad tan graves noticias.
Pasó la noche, y en la mañana del 14 fue relevada nuestra guardia,
sustituyendo a los del batallón de Leales que la formaba, tropa de las
milicias provinciales de Sevilla. Aunque estos cuerpos de provinciales
desde 1820 a 1823 se dieron a conocer en general por desafectos a la
Constitución, en las horas de que voy ahora aquí hablando, ganamos
mucho con pasar bajo su custodia. El oficial que mandaba la nueva
guardia, si no era amigo de nuestra causa, tampoco era enemigo, y
considerándonos como a individuos, se nos mostraba atento y afable,
de suerte que nos fue muy satisfactorio el cambio que nos privaba del
Riego tan diferente del constitucional del mismo apellido. Pero lo
principal era no ser dudoso que en Madrid había triunfado la causa
constitucional, aun cuando no fuese completo su triunfo.
Tranquila y aun agradable fue la noche del 14 al 15, pero más agradable
aún la mañana que siguió. En ella fueron recibidas en Cádiz las
_Gacetas_ de oficio de Madrid con el decreto del 7 en que prometía
Fernando VII jurar la Constitución, y con la noticia de haber hecho
el juramento el 9 con toda formalidad, habiéndose además creado una
junta a modo de vigilante de los hechos futuros del monarca. Viendo
tan trocadas las cosas el gobernador del castillo, envió a decirnos
que estábamos en libertad, pero que nos tenía aún en aquella fortaleza
por precaución, trocada la prisión en amparo amistoso, porque estaba
revuelta y amenazando la guarnición en Cádiz, dominada por los autores
del atentado cometido cinco días antes. Y como en el mensaje se nos
exhortase a que nos alegrásemos, _comiésemos y bebiésemos_, hubo
quien respondiese por vía de burlas que en punto a comer, sobre todo
_Galiano_ no había esperado el consejo, siendo cierto que yo, a la
sazón joven y glotón, había distraído mis penas comiendo copiosamente.
Pasamos a visitar al gobernador en respuesta a su cortesía, y fuimos
muy agasajados por él y por su mujer y dos hermanas de esta que tenía
consigo.
Así corrió el día 15, hasta que, llegadas las horas avanzadas de la
noche, nos entregamos al descanso y sosegado sueño. Habíamos despertado
temprano, y Arco-Agüero, cuyo humor era alegre, me había rogado que
escribiese una proclama o de mi invención o dictada por él, cuando,
llamando a la puerta de nuestro cuarto, ya no encierro, al abrir me
encontré al entonces oficial subalterno de la armada Real, y hoy
teniente general de la misma y consejero de Estado, don Juan José
Martínez y Tacón, conocido mío antiguo, el cual me dijo que venía
con un bote de orden de su general a recogernos para llevarnos a
San Fernando, haciendo el viaje por agua, por donde no es costumbre
hacerlo, rodeando a Cádiz, porque el estado de la plaza o ciudad,
donde seguía la guarnición, si no sublevada, poco menos, y mostrándose
resuelta a no hacer paz con los constitucionales, no consentía que
atravesásemos por dentro de su recinto, de lo que se seguiría peligro
no solo a nuestras personas sino a la paz pública. Vestímonos al
instante, despedímonos apresurados del ya amigo gobernador y de su
familia, subimos al bote por la playa, no habiendo allí muelle, y,
estando clara y templada la mañana, casi callado el viento y la mar
serena, como si estuviese la naturaleza en consonancia con el estado
de nuestros ánimos, rodeamos la todavía inquieta y acongojada Cádiz
hasta llegar a las aguas de su bahía. Allí atracamos al navío general,
y se nos dijo que subiésemos a él. Hicímoslo así, y pasando a la cámara
encontramos en ella al general, mi tío, acompañado de sus hijas. Un
seco saludo de nuestra parte correspondió al que él nos hizo, y,
puestos a un lado de la cámara como en formación nosotros, y al otro el
general con su familia, reinó por algunos instantes completo silencio,
dominando en nuestros ánimos la pasión política a un punto de hacerme
aún a mí olvidar las relaciones de estrecho parentesco. Mi tío, siempre
cortés, aunque nunca afable en su rostro, ni cuando lo era en su
intención y su trato, nos instó a que participásemos de su almuerzo,
pero, proponiéndonos la alternativa, en caso de no aceptar el convite,
de irnos inmediatamente a nuestro ejército en una falúa que al intento
estaba preparada. Escogimos lo último con despego que rayaba en
descortesía, y nos salimos de la cámara haciendo un frío y silencioso
saludo. Bajamos a la embarcación, emprendimos nuestro corto viaje, y al
enfilar, después de la línea de la Cortadura, la en que estaba nuestra
recién plantada batería, sabedores los que la guarnecían de ir nosotros
en la falúa que veían a lo lejos navegando para San Fernando, rompieron
el fuego con un ruidoso saludo. Otro tanto hicieron las baterías de
las inmediaciones de San Fernando, habiendo la particularidad de que
pasasen muy altas silbando dos o tres balas de cañón por encima de
nuestras cabezas, lo cual alborotó a nuestro acompañante el oficial de
marina, poco antes aquí citado, no por causarle linaje alguno de temor,
pues ningún peligro corríamos, ni aun, habiéndole corrido, podía ello
haber hecho mella en el ánimo de un militar pundonoroso y bizarro, sino
porque receló que, enfurecidos y enconados los constitucionales contra
los de Cádiz, quisiesen mostrárseles enemigos. Así me lo manifestó,
pero yo le desvanecí su sospecha, adivinando la causa de la ocurrencia
que la motivaba, la cual fue que en la prisa del alborozo, sin reparar
que algunos cañones estaban cargados con bala, los dispararon por vía
de salva en celebridad de nuestro regreso. Así fue que continuaron los
disparos ya con solo pólvora, produciendo cada estampido en nuestros
ánimos más grato efecto que el que habría causado la más dulce melodía.
Llegamos por fin al muelle denominado de la Punta de la Cantera,
hallámosle cuajado de gente, rompió en altos vivas el concurso, y al
poner el pie en tierra fuimos abrazados y aun llevados en brazos o en
andas formadas por brazos, no solo por los de nuestro ejército, sino
por el paisanaje de aquella vecina población, si antes indiferente,
o cuando más tibia, entonces ya constitucional ardorosa. Volviose a
la escuadra la falúa, y nosotros pasamos al pueblo que por más de dos
meses había sido el de nuestra residencia, en días muchos de ellos de
tribulación, y al cual volvíamos en horas de triunfo e inefable alegría.
Tardó algunos días en abrirse del todo la comunicación con Cádiz,
cuyos habitantes seguían amedrentados a punto de ni sentir gozo por
las que debían ser para ellos felicísimas nuevas. Tardó asimismo la
guarnición en resignarse a las consecuencias de la mudanza de gobierno,
aun sabido ya que a ella se había doblado el Rey, y continuó por breve
plazo de días ni sumisa ni rebelde. Pero de allí a poco hubieron de
salir de la plaza, teatro de su exceso, aquellas tropas mal contentas,
entrando a ocupar su lugar los de nuestro ejército, cuya causa había
triunfado. Entonces comenzó a tratarse de formar causa a los fautores
del suceso del 10 de marzo, y así lo dispuso el Gobierno, haciendo lo
que debía en rigurosa justicia, pero quizá no lo más conveniente. El
clamor de los constitucionales de Cádiz y de nuestro ejército pidiendo
que fuesen tratados aquellos delincuentes con todo el rigor de la ley,
quitó (bien es repetir lo dicho en el principio del artículo presente)
a la justicia, si no su verdadero carácter, las apariencias de serlo y
casi toda su fuerza moral, porque nuestros clamores más que otra casa
sonaban como de quien pedía venganza.[68]
[68] Estando, como estoy, pronto siempre a condenarme a mí
mismo, cuando creo que he errado o yerre, debo recordar un
hecho. En el 10 de marzo de 1822, esto es, habiendo pasado
sin particular mención en el de 1821, si mal no recuerdo por
consejo mío, nos presentamos en el Congreso, vestidos de luto,
los diputados por la provincia de Cádiz a pedir se activase
la causa de los que habían trazado o capitaneado la sedición
militar ocurrida en aquel día dos años antes. Si bien es cierto
que escandalizaba la dilación en el proceso, la cual fue tanta
que solo una víctima oscura pagó por otras personas harto más
culpadas que vivieron para recibir alabanzas y premios por su
atentado, no es menos verdad que influir con nuestra acción en
el curso de la justicia era, cuando menos, impropio. A esto
se agregó que, habiendo hablado contra nosotros un diputado
eclesiástico, constitucional moderado, le repliqué yo con
tal violencia que hubo de rayar en desmán, pues se alzó un
clamor contra mí, aun en aquellas Cortes tan violentas en sus
principios y conducta.
Justo habría sido calificar la acción de los realistas del 10 de marzo
como delito, y no como fidelidad a la causa del monarca; pero bien
habría sido también cubrir aquellos excesos y a quienes los cometieron
con el manto del olvido o de la clemencia. No fue así, y con todo no
se logró su condenación y castigo; pero les preparamos días de altas
alabanzas y recompensas dentro del plazo de poco más de tres años,
plazo al expirar el cual dio vuelta completa en nuestro daño la rueda
de la fortuna.
XI.
LAS SOCIEDADES PATRIÓTICAS DE 1820 A 1823.
Tanto hay dicho, y con tantas equivocaciones a veces, sobre las
llamadas sociedades patrióticas de la época corrida desde 1820 a 1823,
que bien será dar de ellas alguna razón, o exacta noticia, aun cuando
obliguen las circunstancias a hacer breve y superficial la que a dar me
arrojo. Hasta puede decirse que, en cierta manera, a aquel cuyo nombre
suele ir unido con la de una de ellas, y esta la más célebre, toca
describir el teatro en que hizo algún papel, y recordar las escenas
allí representadas, lo cual tal vez no hará con la imparcialidad debida
en los juicios, pero sí con fidelidad al referir de los hechos.
Establecido en España un gobierno de los apellidados libres, dignos
del nombre que llevan en cuanto les es apropiado porque en ellos hay
libertad para expresar los pensamientos, ya por la vía de la imprenta,
ya por discursos en los Cuerpos deliberantes, cuyas sesiones son
públicas, nadie pensó por lo pronto en hacer uso de la palabra ante un
numeroso concurso para tratar cuestiones políticas, no haciéndolo en
virtud de ejercer un cargo público, sino solo para ejercitar un derecho
de individuo particular y libre. La Constitución de 1812, prolija en
general, estaba manca en algunos puntos, y sobre lo llamado derecho de
reunión nada decía. El recuerdo de los famosos clubs de Francia vivía
entre los franceses y asimismo entre los extranjeros, e inspirando un
horror de lo pasado, infundía terror cuanto a lo futuro. En Inglaterra
es cierto que con frecuencia se congregaban crecidas turbas a tratar
de la cosa pública, ya en general, ya en lo relativo a cuestiones
pendientes; pero tal práctica, emanada no ya de una ley, sino de falta
de ley que la prohibiese, había sido, como lo ha sido después en más
de una ocasión, coartada, y por otro lado estaba enlazada con las
costumbres de un pueblo rara vez tomado por modelo, aun cuando sea muy
común, así como muy justo, alabarle. Además, la Constitución había
nacido en una plaza sitiada, donde era difícil que se consintiese
deliberar en reuniones numerosas, que fácilmente podían convertirse en
motín, con gravísimo peligro, cuando no daño, de la seguridad pública.
En medio de todo ello, resultó que mientras de la libertad de imprenta
se habló mucho en la primera época constitucional, en la de reunión
apenas hubo quien pensase.
Sin embargo, en Cádiz, entrado el año de 1814, hubo de formarse una
como tertulia pública en la sala de un café, donde se hacían discursos,
y aun, según tengo entendido, proposiciones para que fuesen aprobadas.
Pero aquella ciudad, si bien la más señalada entre todas las de España
por su adhesión a la causa constitucional, no era ya residencia del
Gobierno, y todo cuanto en ella pasaba no tenía importancia superior a
la que tiene una capital de provincia. Murió recién nacida la tertulia
o sociedad de que acabo de hacer mención, y solo dejó de sí memoria
por haber sido duramente castigados quienes a ella concurrieron, y por
haber alcanzado el castigo al sitio en que celebró sus sesiones, pues,
como en otro lugar de estos mis recuerdos dejo contado, restablecido el
Gobierno absoluto, el conde de La Bisbal mandó convertir aquella pieza
de un café en cuerpo de guardia para purificar su atmósfera; castigo
que, declarando serlo de una sala inocente e impasible, lo era del
dueño del establecimiento, a quien causó grave perjuicio.
Corrieron, en tanto, los años, y en 1820 fue restablecida la
Constitución por un levantamiento militar que vino a ser popular, y
por haberse allanado el Rey a jurarla y ponerla en ejecución. Entonces
hubo de pensarse en celebrar reuniones que imitasen a los _meetings_
ingleses o a los clubs franceses.
No sé de quién nació esta idea, y lo cierto es que, poco después de
jurada por Fernando VII la Constitución, se abrió en Madrid en el café
llamado de Lorencini, situado en la Puerta del Sol, una sociedad que
pronto adquirió grande influjo y fama no de la mejor clase. A ella, con
todo, hubieron de concurrir personajes de tanta nota cuanto eran el
exministro don José García de León y Pizarra y el conde de La Bisbal,
a sincerarse de cargos que allí les hacían en discursos apasionados
delante de un auditorio numeroso. Como debía suponerse de tal reunión
y de aquellas circunstancias, predominaban allí las opiniones más
extremadas, sustentadas con vehemencia; y no siendo los oradores ni
los asistentes gente flemática ni acostumbrada al uso del examen y
discusión libres, pronto asomó intención de que lo que en la reunión se
resolviese no se quedase en vanas palabras.
Mientras esto ocurría en la capital de España, otro tanto pasaba o iba
a pasar en varias poblaciones de las más considerables. Era natural
que en la ciudad de San Fernando (o según era común todavía llamarla
por su nombre antiguo de la isla de León) no nos quedásemos atrás en
punto a formar reuniones de igual clase, que desde luego tomaron el
nombre de sociedades patrióticas, con el cual llegaron a adquirir nada
buena fama y censura merecida; pero es error suponer que en los dos
meses y medio que había estado allí proclamada la Constitución por
el ejército encerrado en su recinto, se hubiese pensado siquiera en
hablar en público sobre materias políticas, lo cual no podría haber
sido sin algún peligro para nuestra causa. Al revés, hubo de preceder
la sociedad apellidada Lorencini en Madrid a la que se abrió en San
Fernando, muy entrado el mes de abril de 1820.