Así, mientras con loco alborozo celebraba en la noche del 9 al 10

de marzo el restablecimiento de la Constitución el vecindario de

Cádiz, bramaban de coraje los soldados en los cuarteles, siendo para

ellos cada viva que oían un insulto insufrible, o un reto que pedía

respuesta. En tal disposición de ánimo no fallaron malos consejeros que

les persuadiesen a pasar de las palabras de queja y resentimiento a

las obras. Quiénes fueron los consejeros del atentado que cometieron,

no está averiguado, ni aun hoy, al cabo de largos años y de una causa

que duró más de tres, sin dar de si más que llevar al suplicio a

un pobre guarda de las puertas, no más culpado que otros, pero sí

totalmente desvalido. Que los consejeros del movimiento que vino a ser

sublevación, no dictasen el modo brutal con que fue llevado a efecto,

probabilísimo es; pues, resuelto el hecho, hubo de quedar el modo de

la ejecución encargado a gente baja y grosera. Porque haberse opuesto

en la tarde del 9 a obedecer a quien les mandaba, fuese quien fuese,

proclamar la Constitución, o consentir que la proclamase el pueblo,

habría sido acto loable en cierto grado, y aun haber manifestado los

soldados y oficiales en la mañana del 10, quietos en sus cuarteles,

su desaprobación de todo cuanto estaba pasando e iba a hacerse,

declarándose resueltos a ser fieles al Rey y su Gobierno, habría

merecido aprobación más todavía que disculpa. Y con tal declaración

bastaba para que el acto de jurar la Constitución hubiese sido por lo

menos suspendido, evitando por tal medio un choque al cual no podía

arrojarse el indefenso y tímido vecindario.

Pera no fue así; y saliendo a la calle primero el batallón de Guías y

después el de Leales, casi en tropel, sin son de cajas, asomaron los de

aquel a la plaza de San Antonio por varias de las calles que en ella

desembocan, y saludaron al numeroso gentío allí congregado con una

descarga. Pretenden los defensores de la inicua agresión que muchos

de los tiros disparados lo fueron al aire, y solo para amedrentar,

de lo cual citan como prueba haber habido pocas víctimas entre tanta

gente allí apiñada; pero si tan prudentes o misericordiosos estuvieron

algunos, no fueron todos, pues quedaron una o dos personas muertas

y varias heridas en aquel sitio, sin contar con que solo el terror

producido por tal barbarie era un acto de ferocidad punible. Huyeron en

confuso tropel los que llenaban la espaciosa plaza, entre los cuales

había mujeres, niños y ancianos, dándoles alcance los soldados con

muestras, si no con intención, de hacer en ellos estrago. Difundiose

por la ciudad el alboroto, hubo gritería, gemidos; cerrar de puertas

que parecía nuevos disparos y alternaba con los que ciertamente lo

eran. Enfureciéndose los agresores, como siempre acaece, con sus

primeros actos de violencia, discurrían por las calles voceando,

amenazando y a veces hiriendo, pues en lugares distantes del teatro

del acto primero de aquella tragedia cayeron muertos algunos paisanos.

Resistencia no hubo, por no ser el pueblo gaditano propio para la

guerra de calles. Así, al alboroto y bullicio siguió la soledad de

las calles, y la angustia y terror en el interior de las casas, pero

el silencio no en algún tiempo; pues los vencedores sin batalla con

tiros continuos y gritos descompasados de _viva el rey_ seguían dando

satisfacción a sus pasiones.

Ya dejo dicho que a la primer noticia del alboroto se asomó el general

Freire al balcón para sosegar al pueblo que acudía a quejarse y pedir

favor, y que aseguró que nada había qué temer, quizá no creyendo lo

ya ocurrido. En tanto los del parlamento, desempeñada ya nuestra

comisión, íbamos a volvernos a nuestro ejército a ser portadores de

nuevas poco satisfactorias, y muy otras que las que los nuestros con

harta razón esperaban. Fue gran fortuna que hubiésemos diferido unos

cuantos minutos ponernos en camino, pues, no siendo así, habría roto

la sedición antes de haber nosotros llegado a la Puerta de Tierra;

y no habiendo por ella salida, porque nos la habría impedido la

tropa acuartelada en la inmediación, sin duda alguna habríamos sido

sacrificados. Pero como el tumulto comenzó cabalmente en el momento

de ir a montar mis compañeros en los caballos que habían dejado a la

puerta de la casa del general, suspendieron el salir, y, al revés, se

volvieron adentro, donde no creyéndose seguros, subieron a las azoteas

que tienen todas las casas de Cádiz, y saltando de una en otra de las

de la manzana, al fin pararon en una ya algo distante, donde bajando

por la escalera encontraron en uno de los pisos o cuartos de la casa

quien les diese abrigo. Otra y harto más crítica fue mi suerte.

Ya dije que había dejado mi calesín a alguna, bien que corta, distancia

del alojamiento de Freire, y en esta distancia estaba la calle de

Linares en medio. La había yo atravesado, o iba a subir en el calesín,

cuando vi que este huía a buen correr de su caballo, y, por otro

lado, un golpe crecido de gente huyendo en tropel y barriendo la

angosta calle como un torrente me atajaba el camino para la vuelta.

En la esquina había (y creo hay aún) una confitería que comunica con

una botillería del mismo dueño, a la cual solía yo concurrir algunos

meses antes, y había concurrido bastantes años, siendo en ella

conocido de los mozos de servicio. Respaldarme a una de las puertas

de la confitería, ya cerradas, fue mi primer acto; el segundo o casi

inmediato volver mi sombrero de suerte que la escarapela con su lista

verde no se viese. Así parecía yo un militar, siendo entonces muy

común en los oficiales llevar el sombrero de picos o apuntado con

divisas juntamente con el traje de paisano. Por esto no llamé la

atención de unos cuantos soldados de Guías que entraron furiosos por

la calle persiguiendo a los fugitivos. Delante de mí, y en la acera

opuesta, cayó uno de estos enredado en su capa, y echándose sobre él

un soldado repetidas veces, le hirió al parecer con su bayoneta; pero

creyéndole muerto o moribundo, pasó adelante en busca de nueva víctima,

cuando, con sorpresa mía, el que creía yo cadáver se levantó sano y

salvo, y se puso en huida, pues ni él tenía otra lesión ni daño que el

causado por el miedo, ni su agresor, ciego de furia, había acertado

a atravesar con su arma otra cosa que la capa o capotillo del caído.

En medio de esto oí yo que me llamaban por mi nombre por las rendijas

de la puerta. Respondí, y volvió a hablarme un mozo del café que,

preguntándome en voz baja si había algún soldado enfrente, y diciendo

yo que todos estaban ya distantes siguiendo el alcance, abrió de la

puerta lo bastante para que por allí cupiese mi persona, y tirándome

de los faldones me hizo entrar de espaldas, siendo tal la prisa que

teníamos, yo por verme en seguridad y él por llevarme a lugar en su

sentir algo menos expuesto, que, sin detenerse a abrir la entrada que

alzando una tabla del mostrador da paso de este a la parte exterior

de la tienda, me hizo saltar por encima y casi caer al lado opuesto.

Una vez dentro de la casa, pasé a la sala que servía de botillería y

no tenía puerta a la calle, sino solo a un patio, y encontré aquella

pieza llena de gente, en su mayor número de mujeres, acongojadas y

aterradas. No les fue grata mi llegada, pues pronto se enteraron de

quién era yo y del triste caso en que me veía, y les entró el fundado

temor de que podrían penetrar allí los soldados y el menos racional de

que, si entraban, pagarían todas las personas en aquel lugar refugiadas

la pena de hallarse en mi compañía. Así fue que un rumor sordo empezó

a declarar deseos de que saliese de entre gentes a las cuales estaba

comprometiendo; pero pudo más al cabo la compasión que el miedo, y no

hubo quien se atreviese a proponer acción tan fea como habría sido la

de arrojarme a la calle donde me amenazaba grandísimo peligro. Lo que

sí hicieron fue apoderarse de mi sombrero, y con tijeras descoserme

de la escarapela la cinta verde que le servía de ribete, y la cual,

por lo mismo de no estar sobrepuesta, me delataba como procedente del

ejército de San Fernando. Entre tanto poblaban el aire varios ruidos

de voces y tiros, y desde adentro juzgaban muchos refriega o combate

lo que era alboroto y excesos de los vencedores, que lo habían sido

sin hallar resistencia. Mal podía suponerse que hubiera poder que la

hiciese, pero no faltaban quienes se figurasen que en aquel pueblo

indefenso y nada belicoso podía haber personas capaces de apelar a las

armas para, o hacer frente a una agresión, o tomar de ella venganza,

mientras otros se lisonjeaban de que una parte de la guarnición estaba

en batalla con la otra en cuya sublevación no había tenido parte. Cesó

por fin el ruido, o solo sonaba el de los vivas al Rey dados con voces

así como destempladas, roncas: claro indicio tanto de la furia mostrada

en la repetición del gritar de los voceantes, cuanto de la bebida con

que habían excitado su entusiasmo al arrojarse a su atroz hazaña, y

le habían mantenido y seguían manteniendo al solemnizar su triunfo.

Pero, como no se oyesen ya disparos, comenzaron los abrigados en la

botillería a pensar en irse a sus respectivas casas, lo cual fueron

llevando a efecto poco a poco, asomándose primero algunos o algunas

con precaución, y aventurándose luego a salir los menos tímidos, y

sirviendo el ejemplo a los demás, pues ya veían que habían pasado para

lo general de las gentes los momentos de mayor peligro. No así para

mí, cuya situación era diferente, y que a la sazón no tenía casa en

Cádiz. Por esto hube de detenerme, pensando en qué haría. Solo ya, o

poco menos, en mi asilo, había llegado la hora de las tres de la tarde,

que era la de comer en Cádiz, y el dueño de aquel establecimiento,

no obstante no ser fonda, ni servirse en él otra cosa que bebidas

frescas, me propuso darme de comer, lo cual acepte yo sin escrúpulo,

suponiendo que pagaría lo que gastase. Comí, pues, y no mal en medio

de mi inquietud, y hube de hacerlo de pescado, por ser aquel día

viernes de Cuaresma, pensando en que a un francés o inglés parecería

natural, siguiendo ideas supersticiosas sobrado comunes, que fuere tan

trágico aquel día de la semana, porque entre los extranjeros tiene

la reputación de aciago que los españoles atribuyen al martes. Pero

cuando concluí mi comida, y para pagarla pedí la cuenta, se me presentó

el mismo amo de la casa diciendo que nada me cobraría por título

alguno; acto de cortesía y generosidad por desgracia compensado con la

condición que me puso, y fue que le hiciese el favor de irme a la calle

lo más pronto posible. No tuve otro remedio que obedecer, y me arrojé a

correr mi suerte por medio de la ciudad atribulada y desierta, o solo

poblada fuera de las casas por soldados que habían roto el freno de la

disciplina.

Triste era por cierto y espantoso el aspecto de aquella población,

entonces todavía por lo común alegre y de gran concurrencia en sus

calles y paseos. Veíanse cerradas todas las puertas, así las que

caían a la calle como las que daban paso a los balcones y rejas, y

se notaba que aun las de madera detrás de las vidrieras lo estaban

asimismo; reinaba profundo silencio, cuando no le interrumpían los

gritos de los soldados. Vagaban estos por el pueblo con gesto airado

y ademanes descompuestos, como buscando enemigos en quienes desahogar

su furia, y rabiosos porque no los encontraban. Por entre ellos pasaba

yo sin ser notado, gracias a las divisas de militar que llevaba en

mi sombrero. Incierto en cuanto a escoger el punto a que primero me

dirigiría, resolví ir a casa de mi tío, porque precisamente por haber

él enviado a nuestro ejército en la tarde anterior los oficiales de

marina portadores de las para nosotros alegres nuevas, y también, según

nos parecía, de seguridades de paz y unión, le considerábamos, no con

toda justicia, obligado a hacer que se nos respetase. Llegué, pues,

a su casa, penetré donde él estaba, le encontré comiendo con alguna

gente, y levantándose al verme, con rostro donde se pintaban sorpresa

y enojo, me mandó ir a otra pieza, donde sin perder un momento vino a

hablarme sin testigos. Su primer palabra fue preguntarme qué traía,

y mi respuesta, seca y hasta insultante, nacida de ver su gesto no

afable, fue que no venía a buscar al pariente, o al hermano más querido

de mi difunta adorada madre, sino al general de marina que nos había

convidado a venir a Cádiz como amigos; siendo mi principal empeño

que me reuniese con mis compañeros para que juntos tuviésemos igual

fortuna. La respuesta de mi tío fue que nada sabía de ellos, ni tenía

que ver con lo que pasaba, por lo cual me remitía al general Campana,

con quien me tocaba entenderme, pues este era el gobernador de Cádiz.

Salime yo, pues, sin despedirme ni ser despedido, y resuelto a seguir

el consejo de mi tío, fui en busca del personaje a quien me remitía;

viaje nuevo más peligroso que el que acababa de hacer con tan poco

feliz suceso. Estaba por entonces el general Campana en uno de los

pabellones de los cuarteles próximos a la Puerta de Tierra, siendo

forzoso para llegar allí desde el punto de la ciudad de que yo venía

atravesarla toda cuan larga es, pasando por sitios por los cuales

estaba en mayor número desparramada la sublevada tropa. Fue mi suerte

oír entre sus gritos expresados deseos de haber a las manos a los que

pocas horas antes habían entrado en Cádiz procedentes de San Fernando

y sido recibidos en triunfo, prometiéndoles, si los descubrían, saciar

en ellos su saña. Bien temía yo, y no sin algún motivo, ser conocido

de alguno de aquellos hombres feroces, porque de su número no pocos

habían estado en el ejército de San Fernando, en el cual era yo muy

conocido, aun de los individuos de la clase de tropa, que me daban por

título o nombre el de _El Gacetero_. Pero tuve la dicha de no tropezar

con quien me conociese, y llegué al alojamiento del general Campana.

La sala en aquella hora estaba llena de oficiales, todos celosos

de la causa Real, todos, a lo menos en la apariencia, ufanos de lo

ocurrido. Asombrose el general de verme allí, y no obstante no tener

conmigo amistad, sino mero conocimiento, se esforzó en persuadirme a

que luego, luego, me retirase y fuese a esconderme, porque (según me

decía) estaba la gente muy exaltada, y era muy posible que fuese yo

víctima de alguna violencia. Pero yo insistí en reclamar mi privilegio

de parlamentario, y más todavía en que se me llevase donde estaban mis

compañeros, siendo esto último mi principal deseo, porque me habría

creído deshonrado si no participaba de su suerte, y también porque

ellos no sabían si yo había huido dejándolos en peligro, y no quería yo

tener sobre mí tan fea y no merecida nota, ni justificar la prevención

desfavorable con que aun el más despreocupado militar juzga al paisano.

Mi primera pretensión fue tratada como ridícula; y en cuanto a la

segunda, se me aseguró lo que era verdad, y yo no quería creer, a

saber: que nadie de los que estaban en autoridad entonces sabía ni

sospechaba dónde habían ido a ocultarse los oficiales parlamentarios,

pues los soldados estaban presos. Desistí al fin de mi temeridad, o,

diciéndolo con más propiedad, de mi necia pertinacia; seguí el consejo

del general Campana, que me le daba con empeño e insistencia afectuosa,

y me encaminé a buscar abrigo en los puntos en que juzgué me sería

menos difícil hallarle. Pero encontré resistencia a acogerme aun en

amigos y parientes: tal era el terror de que estaban poseídos los

gaditanos. Cerró en tanto la noche, que fue nublada y lluviosa, y, no

habiéndose encendido los faroles del alumbrado de la ciudad, que, si

no tan bueno como suele serlo ahora el de toda población considerable,

era lo mejor qué a la sazón había en España, quedó Cádiz así como

en soledad y silencio, en tinieblas, de manera que los poquísimos

precisados a transitar por las calles íbamos a tientas y tropezando.

En tanta incomodidad y angustia ocurrió que en la calle cuyo nombre es

del Sacramento, oí cerca de mí un «¡Viva el Rey!» dado por voz bronca

y vinosa, y, antes que viese la persona de quien salía el grito, me

sentí detenido y asido por un soldado que, en estado de embriaguez casi

completa, andaba, vagando con el sable desnudo, pronto así a hacer mal

como a contentarse con dar voces. «¿Quién vive?», me dijo, «y ¿dónde

va usted?», a lo cual respondí yo ser oficial de la _Real_ marina (y

recalqué el adjetivo Real) que iba con una comisión de mi general. No

estaba el que me detenía para entrar en averiguaciones prolijas, y como

su enojo era con los paisanos y yo no le parecí tal, por mi sombrero

que veía en la oscuridad cuando estábamos juntos, me llamó compañero,

trocado en familiaridad el respeto, y, convidándome a gritar «Viva el

Rey», lo cual hice yo de buena o mala gana, me dejó ir adelante. Pero

podía repetirse este lance con peores resultas. Así fue que crecieron

mis ansias, hasta que, por fortuna, en casa de la viuda del hermano

mayor de mi madre (que también había sido general de marina) y con

cuyas hijas gemelas me había criado más como hermano que como primo,

siendo la misma nuestra edad, encontré donde pasar con descanso y

seguridad la noche. Pero aun esta misma familia limitó a una noche su

hospitalidad, lo cuál no extrañé, pues al cabo más hacían por mí que

otros. Pasé, pues, en aquella casa la noche, y dormí profundamente,

con admiración de quienes me hospedaban, que atribuyeron a serenidad

lo que era cansancio. Llegó la mañana y hube de desocupan mi lugar de

provisional abrigo, y de volver a mis vanas pesquisas del día anterior.

No había mejorado con el nuevo día el aspecto de Cádiz, y apenas uno

u otro habitante había salido de su casa, mientras los soldados,

cansados de la agitación pasada, casi todos se habían recogido a las

filas de sus respectivos cuerpos, quedando pocos, si bien todavía

algunos, sueltos por las calles. En tanto, acudí yo en busca de

noticias o de asilo, entre otras personas, a dos que eran de nuestra

sociedad secreta, que habían sido partícipes en sus trabajos juntos

conmigo pocos meses antes, y que, hasta por su obligación así como

por reglas de decoro, debían darme amparo. Pero ambos me recibieron

con sequedad casi grosera, y me trataron con tan claro desvío, que,

si no me echaron fuera de sus casas a viva fuerza, me intimaron que

saliese de ellas en términos que no daban lugar a resistencia alguna

y ni siquiera a demora. Volví otra vez a mi paseo sin objeto, cuando

una casualidad rarísima le puso término, dándole el más favorable en

mis circunstancias, o, a lo menos, el más conforme a mis deseos con

empeño manifestados. Caminando yo por una de las desiertas calles del

centro de Cádiz, y próximo al teatro Principal, sentí pasos detrás de

mí, y a corta distancia, dados tan a compás con los míos, que bien

declaraba ser de persona que me seguía. En caso tal, fuese amigo o

contrario quien venía sobre mí o a mí, la resistencia era inútil. En

efecto, mi seguidor, pues no era perseguidor, en voz muy baja me llamó

por mi apellido. Respondí yo, preguntando qué me quería. «¿A dónde va

usted?», repuso él; y un _no lo sé_ fue mi segunda respuesta. «¿Y por

qué no va usted a juntarse con sus compañeros (dijo hablando otra vez

el desconocido, que para mí lo era, aunque él me conociese bien)».

«Porque no sé dónde están (respondí yo), y desde el alboroto de ayer

los ando buscando». «Pues yo soy quien los tengo ocultos (dijo aquel

hombre), y precisamente he salido a comprar algo con que almuercen.

¿Quiere usted venirse conmigo?». «¿No he de querer?», fue mi nueva

respuesta. «Pues déjeme usted pasar delante», dijo mi interlocutor

(cuya conversación conmigo había pasado siguiendo andando el uno detrás

del otro), «sígame usted, y al llegar a la casa número tantos de la

calle de Linares entraré yo, y, si no hay soldados en la calle, dejaré

la puerta entornada, y por ella entrará usted en mi seguimiento».

Hicímoslo así, hallamos la calle del todo desierta, se entró mi guía en

la casa indicada, pasé yo detrás y cerré tras de mí la puerta, y siendo

la casa de las llamadas de pisos, esto es, como son generalmente las de

Madrid que tienen más de un vecino, subiendo la escalera hasta llegar

al cuarto tercero, llamamos a él, y abierto que nos fue, sin anunciar

mi llegada pasé yo a la sala donde encontré a Arco-Agüero, López de

Baños y el ayudante Silva. Un grito de agradable sorpresa me saludó al

ponerme delante de mis compañeros, que, juzgando al haberme perdido de

vista que yo me había acogido a lugar seguro, oyeron con sorpresa que

mis aventuras, trabajos y peligros habían sido muy otros que los suyos,

pues desde la casa del general a su asilo solo habían tenido que saltar

azoteas y, no habiendo sido descubiertos, no habían sido molestados.

Juntos ya los tres del parlamento, determinamos qué habíamos de

hacer, lo cual fue, en vez de seguir escondidos, reclamar el derecho

de parlamentarios según práctica o ley de la guerra, alegando que al

llegar a las obras avanzadas de la plaza habíamos tocado llamada.

Quiso Arco-Agüero que yo extendiese la reclamación como ejercitado en

el manejo de la pluma. Pero, hecho el escrito y firmado, ocurrió una

dificultad no leve, que lo era asimismo para que permaneciésemos por

más tiempo abrigados o amparados en aquella casa. El que en ella vivía

comenzó a sentir remordimiento o miedo de tenernos allí, y, sobre

todo, rehuía llevar un mensaje nuestro por donde quedase convicto de

habernos protegido por un periodo de cerca de veinticuatro horas. Nos

sacó, y a él también, de este apuro una idea de Arco-Agüero, la cual

fue aconsejar a aquel buen hombre que dijese al gobernador, al llevarle

nuestra reclamación, que en el día antes, en el momento de empezar

el alboroto habían llamado a la puerta de su habitación en el cuarto

tercero, y que, yendo él a abrir fue sorprendido por tres oficiales

armados venidos de la azotea, según pareció, los cuales, habiéndole

sujetado le habían encerrado en un cuarto interior y tenídole desde

entonces en aquel encierro, no dándole libertad sino para encargarle

del papel de que era portador. Agradó al mensajero el ingenioso

embuste, y, prestándose a él, marchó a cumplir su comisión, aliviado de

sus ansias. En tanto, nos preparamos a matar el hambre, dando prisa

a la criada para que nos trajese el almuerzo; almuerzo, ¡ay!, que no

hubimos de comer, ni tampoco otro igualmente mandado traer con no mejor

fortuna en el discurso de aquella malaventurada mañana.

Recuerdos de un anciano · 第 23 / 41 段