de marzo el restablecimiento de la Constitución el vecindario de
Cádiz, bramaban de coraje los soldados en los cuarteles, siendo para
ellos cada viva que oían un insulto insufrible, o un reto que pedía
respuesta. En tal disposición de ánimo no fallaron malos consejeros que
les persuadiesen a pasar de las palabras de queja y resentimiento a
las obras. Quiénes fueron los consejeros del atentado que cometieron,
no está averiguado, ni aun hoy, al cabo de largos años y de una causa
que duró más de tres, sin dar de si más que llevar al suplicio a
un pobre guarda de las puertas, no más culpado que otros, pero sí
totalmente desvalido. Que los consejeros del movimiento que vino a ser
sublevación, no dictasen el modo brutal con que fue llevado a efecto,
probabilísimo es; pues, resuelto el hecho, hubo de quedar el modo de
la ejecución encargado a gente baja y grosera. Porque haberse opuesto
en la tarde del 9 a obedecer a quien les mandaba, fuese quien fuese,
proclamar la Constitución, o consentir que la proclamase el pueblo,
habría sido acto loable en cierto grado, y aun haber manifestado los
soldados y oficiales en la mañana del 10, quietos en sus cuarteles,
su desaprobación de todo cuanto estaba pasando e iba a hacerse,
declarándose resueltos a ser fieles al Rey y su Gobierno, habría
merecido aprobación más todavía que disculpa. Y con tal declaración
bastaba para que el acto de jurar la Constitución hubiese sido por lo
menos suspendido, evitando por tal medio un choque al cual no podía
arrojarse el indefenso y tímido vecindario.
Pera no fue así; y saliendo a la calle primero el batallón de Guías y
después el de Leales, casi en tropel, sin son de cajas, asomaron los de
aquel a la plaza de San Antonio por varias de las calles que en ella
desembocan, y saludaron al numeroso gentío allí congregado con una
descarga. Pretenden los defensores de la inicua agresión que muchos
de los tiros disparados lo fueron al aire, y solo para amedrentar,
de lo cual citan como prueba haber habido pocas víctimas entre tanta
gente allí apiñada; pero si tan prudentes o misericordiosos estuvieron
algunos, no fueron todos, pues quedaron una o dos personas muertas
y varias heridas en aquel sitio, sin contar con que solo el terror
producido por tal barbarie era un acto de ferocidad punible. Huyeron en
confuso tropel los que llenaban la espaciosa plaza, entre los cuales
había mujeres, niños y ancianos, dándoles alcance los soldados con
muestras, si no con intención, de hacer en ellos estrago. Difundiose
por la ciudad el alboroto, hubo gritería, gemidos; cerrar de puertas
que parecía nuevos disparos y alternaba con los que ciertamente lo
eran. Enfureciéndose los agresores, como siempre acaece, con sus
primeros actos de violencia, discurrían por las calles voceando,
amenazando y a veces hiriendo, pues en lugares distantes del teatro
del acto primero de aquella tragedia cayeron muertos algunos paisanos.
Resistencia no hubo, por no ser el pueblo gaditano propio para la
guerra de calles. Así, al alboroto y bullicio siguió la soledad de
las calles, y la angustia y terror en el interior de las casas, pero
el silencio no en algún tiempo; pues los vencedores sin batalla con
tiros continuos y gritos descompasados de _viva el rey_ seguían dando
satisfacción a sus pasiones.
Ya dejo dicho que a la primer noticia del alboroto se asomó el general
Freire al balcón para sosegar al pueblo que acudía a quejarse y pedir
favor, y que aseguró que nada había qué temer, quizá no creyendo lo
ya ocurrido. En tanto los del parlamento, desempeñada ya nuestra
comisión, íbamos a volvernos a nuestro ejército a ser portadores de
nuevas poco satisfactorias, y muy otras que las que los nuestros con
harta razón esperaban. Fue gran fortuna que hubiésemos diferido unos
cuantos minutos ponernos en camino, pues, no siendo así, habría roto
la sedición antes de haber nosotros llegado a la Puerta de Tierra;
y no habiendo por ella salida, porque nos la habría impedido la
tropa acuartelada en la inmediación, sin duda alguna habríamos sido
sacrificados. Pero como el tumulto comenzó cabalmente en el momento
de ir a montar mis compañeros en los caballos que habían dejado a la
puerta de la casa del general, suspendieron el salir, y, al revés, se
volvieron adentro, donde no creyéndose seguros, subieron a las azoteas
que tienen todas las casas de Cádiz, y saltando de una en otra de las
de la manzana, al fin pararon en una ya algo distante, donde bajando
por la escalera encontraron en uno de los pisos o cuartos de la casa
quien les diese abrigo. Otra y harto más crítica fue mi suerte.
Ya dije que había dejado mi calesín a alguna, bien que corta, distancia
del alojamiento de Freire, y en esta distancia estaba la calle de
Linares en medio. La había yo atravesado, o iba a subir en el calesín,
cuando vi que este huía a buen correr de su caballo, y, por otro
lado, un golpe crecido de gente huyendo en tropel y barriendo la
angosta calle como un torrente me atajaba el camino para la vuelta.
En la esquina había (y creo hay aún) una confitería que comunica con
una botillería del mismo dueño, a la cual solía yo concurrir algunos
meses antes, y había concurrido bastantes años, siendo en ella
conocido de los mozos de servicio. Respaldarme a una de las puertas
de la confitería, ya cerradas, fue mi primer acto; el segundo o casi
inmediato volver mi sombrero de suerte que la escarapela con su lista
verde no se viese. Así parecía yo un militar, siendo entonces muy
común en los oficiales llevar el sombrero de picos o apuntado con
divisas juntamente con el traje de paisano. Por esto no llamé la
atención de unos cuantos soldados de Guías que entraron furiosos por
la calle persiguiendo a los fugitivos. Delante de mí, y en la acera
opuesta, cayó uno de estos enredado en su capa, y echándose sobre él
un soldado repetidas veces, le hirió al parecer con su bayoneta; pero
creyéndole muerto o moribundo, pasó adelante en busca de nueva víctima,
cuando, con sorpresa mía, el que creía yo cadáver se levantó sano y
salvo, y se puso en huida, pues ni él tenía otra lesión ni daño que el
causado por el miedo, ni su agresor, ciego de furia, había acertado
a atravesar con su arma otra cosa que la capa o capotillo del caído.
En medio de esto oí yo que me llamaban por mi nombre por las rendijas
de la puerta. Respondí, y volvió a hablarme un mozo del café que,
preguntándome en voz baja si había algún soldado enfrente, y diciendo
yo que todos estaban ya distantes siguiendo el alcance, abrió de la
puerta lo bastante para que por allí cupiese mi persona, y tirándome
de los faldones me hizo entrar de espaldas, siendo tal la prisa que
teníamos, yo por verme en seguridad y él por llevarme a lugar en su
sentir algo menos expuesto, que, sin detenerse a abrir la entrada que
alzando una tabla del mostrador da paso de este a la parte exterior
de la tienda, me hizo saltar por encima y casi caer al lado opuesto.
Una vez dentro de la casa, pasé a la sala que servía de botillería y
no tenía puerta a la calle, sino solo a un patio, y encontré aquella
pieza llena de gente, en su mayor número de mujeres, acongojadas y
aterradas. No les fue grata mi llegada, pues pronto se enteraron de
quién era yo y del triste caso en que me veía, y les entró el fundado
temor de que podrían penetrar allí los soldados y el menos racional de
que, si entraban, pagarían todas las personas en aquel lugar refugiadas
la pena de hallarse en mi compañía. Así fue que un rumor sordo empezó
a declarar deseos de que saliese de entre gentes a las cuales estaba
comprometiendo; pero pudo más al cabo la compasión que el miedo, y no
hubo quien se atreviese a proponer acción tan fea como habría sido la
de arrojarme a la calle donde me amenazaba grandísimo peligro. Lo que
sí hicieron fue apoderarse de mi sombrero, y con tijeras descoserme
de la escarapela la cinta verde que le servía de ribete, y la cual,
por lo mismo de no estar sobrepuesta, me delataba como procedente del
ejército de San Fernando. Entre tanto poblaban el aire varios ruidos
de voces y tiros, y desde adentro juzgaban muchos refriega o combate
lo que era alboroto y excesos de los vencedores, que lo habían sido
sin hallar resistencia. Mal podía suponerse que hubiera poder que la
hiciese, pero no faltaban quienes se figurasen que en aquel pueblo
indefenso y nada belicoso podía haber personas capaces de apelar a las
armas para, o hacer frente a una agresión, o tomar de ella venganza,
mientras otros se lisonjeaban de que una parte de la guarnición estaba
en batalla con la otra en cuya sublevación no había tenido parte. Cesó
por fin el ruido, o solo sonaba el de los vivas al Rey dados con voces
así como destempladas, roncas: claro indicio tanto de la furia mostrada
en la repetición del gritar de los voceantes, cuanto de la bebida con
que habían excitado su entusiasmo al arrojarse a su atroz hazaña, y
le habían mantenido y seguían manteniendo al solemnizar su triunfo.
Pero, como no se oyesen ya disparos, comenzaron los abrigados en la
botillería a pensar en irse a sus respectivas casas, lo cual fueron
llevando a efecto poco a poco, asomándose primero algunos o algunas
con precaución, y aventurándose luego a salir los menos tímidos, y
sirviendo el ejemplo a los demás, pues ya veían que habían pasado para
lo general de las gentes los momentos de mayor peligro. No así para
mí, cuya situación era diferente, y que a la sazón no tenía casa en
Cádiz. Por esto hube de detenerme, pensando en qué haría. Solo ya, o
poco menos, en mi asilo, había llegado la hora de las tres de la tarde,
que era la de comer en Cádiz, y el dueño de aquel establecimiento,
no obstante no ser fonda, ni servirse en él otra cosa que bebidas
frescas, me propuso darme de comer, lo cual acepte yo sin escrúpulo,
suponiendo que pagaría lo que gastase. Comí, pues, y no mal en medio
de mi inquietud, y hube de hacerlo de pescado, por ser aquel día
viernes de Cuaresma, pensando en que a un francés o inglés parecería
natural, siguiendo ideas supersticiosas sobrado comunes, que fuere tan
trágico aquel día de la semana, porque entre los extranjeros tiene
la reputación de aciago que los españoles atribuyen al martes. Pero
cuando concluí mi comida, y para pagarla pedí la cuenta, se me presentó
el mismo amo de la casa diciendo que nada me cobraría por título
alguno; acto de cortesía y generosidad por desgracia compensado con la
condición que me puso, y fue que le hiciese el favor de irme a la calle
lo más pronto posible. No tuve otro remedio que obedecer, y me arrojé a
correr mi suerte por medio de la ciudad atribulada y desierta, o solo
poblada fuera de las casas por soldados que habían roto el freno de la
disciplina.
Triste era por cierto y espantoso el aspecto de aquella población,
entonces todavía por lo común alegre y de gran concurrencia en sus
calles y paseos. Veíanse cerradas todas las puertas, así las que
caían a la calle como las que daban paso a los balcones y rejas, y
se notaba que aun las de madera detrás de las vidrieras lo estaban
asimismo; reinaba profundo silencio, cuando no le interrumpían los
gritos de los soldados. Vagaban estos por el pueblo con gesto airado
y ademanes descompuestos, como buscando enemigos en quienes desahogar
su furia, y rabiosos porque no los encontraban. Por entre ellos pasaba
yo sin ser notado, gracias a las divisas de militar que llevaba en
mi sombrero. Incierto en cuanto a escoger el punto a que primero me
dirigiría, resolví ir a casa de mi tío, porque precisamente por haber
él enviado a nuestro ejército en la tarde anterior los oficiales de
marina portadores de las para nosotros alegres nuevas, y también, según
nos parecía, de seguridades de paz y unión, le considerábamos, no con
toda justicia, obligado a hacer que se nos respetase. Llegué, pues,
a su casa, penetré donde él estaba, le encontré comiendo con alguna
gente, y levantándose al verme, con rostro donde se pintaban sorpresa
y enojo, me mandó ir a otra pieza, donde sin perder un momento vino a
hablarme sin testigos. Su primer palabra fue preguntarme qué traía,
y mi respuesta, seca y hasta insultante, nacida de ver su gesto no
afable, fue que no venía a buscar al pariente, o al hermano más querido
de mi difunta adorada madre, sino al general de marina que nos había
convidado a venir a Cádiz como amigos; siendo mi principal empeño
que me reuniese con mis compañeros para que juntos tuviésemos igual
fortuna. La respuesta de mi tío fue que nada sabía de ellos, ni tenía
que ver con lo que pasaba, por lo cual me remitía al general Campana,
con quien me tocaba entenderme, pues este era el gobernador de Cádiz.
Salime yo, pues, sin despedirme ni ser despedido, y resuelto a seguir
el consejo de mi tío, fui en busca del personaje a quien me remitía;
viaje nuevo más peligroso que el que acababa de hacer con tan poco
feliz suceso. Estaba por entonces el general Campana en uno de los
pabellones de los cuarteles próximos a la Puerta de Tierra, siendo
forzoso para llegar allí desde el punto de la ciudad de que yo venía
atravesarla toda cuan larga es, pasando por sitios por los cuales
estaba en mayor número desparramada la sublevada tropa. Fue mi suerte
oír entre sus gritos expresados deseos de haber a las manos a los que
pocas horas antes habían entrado en Cádiz procedentes de San Fernando
y sido recibidos en triunfo, prometiéndoles, si los descubrían, saciar
en ellos su saña. Bien temía yo, y no sin algún motivo, ser conocido
de alguno de aquellos hombres feroces, porque de su número no pocos
habían estado en el ejército de San Fernando, en el cual era yo muy
conocido, aun de los individuos de la clase de tropa, que me daban por
título o nombre el de _El Gacetero_. Pero tuve la dicha de no tropezar
con quien me conociese, y llegué al alojamiento del general Campana.
La sala en aquella hora estaba llena de oficiales, todos celosos
de la causa Real, todos, a lo menos en la apariencia, ufanos de lo
ocurrido. Asombrose el general de verme allí, y no obstante no tener
conmigo amistad, sino mero conocimiento, se esforzó en persuadirme a
que luego, luego, me retirase y fuese a esconderme, porque (según me
decía) estaba la gente muy exaltada, y era muy posible que fuese yo
víctima de alguna violencia. Pero yo insistí en reclamar mi privilegio
de parlamentario, y más todavía en que se me llevase donde estaban mis
compañeros, siendo esto último mi principal deseo, porque me habría
creído deshonrado si no participaba de su suerte, y también porque
ellos no sabían si yo había huido dejándolos en peligro, y no quería yo
tener sobre mí tan fea y no merecida nota, ni justificar la prevención
desfavorable con que aun el más despreocupado militar juzga al paisano.
Mi primera pretensión fue tratada como ridícula; y en cuanto a la
segunda, se me aseguró lo que era verdad, y yo no quería creer, a
saber: que nadie de los que estaban en autoridad entonces sabía ni
sospechaba dónde habían ido a ocultarse los oficiales parlamentarios,
pues los soldados estaban presos. Desistí al fin de mi temeridad, o,
diciéndolo con más propiedad, de mi necia pertinacia; seguí el consejo
del general Campana, que me le daba con empeño e insistencia afectuosa,
y me encaminé a buscar abrigo en los puntos en que juzgué me sería
menos difícil hallarle. Pero encontré resistencia a acogerme aun en
amigos y parientes: tal era el terror de que estaban poseídos los
gaditanos. Cerró en tanto la noche, que fue nublada y lluviosa, y, no
habiéndose encendido los faroles del alumbrado de la ciudad, que, si
no tan bueno como suele serlo ahora el de toda población considerable,
era lo mejor qué a la sazón había en España, quedó Cádiz así como
en soledad y silencio, en tinieblas, de manera que los poquísimos
precisados a transitar por las calles íbamos a tientas y tropezando.
En tanta incomodidad y angustia ocurrió que en la calle cuyo nombre es
del Sacramento, oí cerca de mí un «¡Viva el Rey!» dado por voz bronca
y vinosa, y, antes que viese la persona de quien salía el grito, me
sentí detenido y asido por un soldado que, en estado de embriaguez casi
completa, andaba, vagando con el sable desnudo, pronto así a hacer mal
como a contentarse con dar voces. «¿Quién vive?», me dijo, «y ¿dónde
va usted?», a lo cual respondí yo ser oficial de la _Real_ marina (y
recalqué el adjetivo Real) que iba con una comisión de mi general. No
estaba el que me detenía para entrar en averiguaciones prolijas, y como
su enojo era con los paisanos y yo no le parecí tal, por mi sombrero
que veía en la oscuridad cuando estábamos juntos, me llamó compañero,
trocado en familiaridad el respeto, y, convidándome a gritar «Viva el
Rey», lo cual hice yo de buena o mala gana, me dejó ir adelante. Pero
podía repetirse este lance con peores resultas. Así fue que crecieron
mis ansias, hasta que, por fortuna, en casa de la viuda del hermano
mayor de mi madre (que también había sido general de marina) y con
cuyas hijas gemelas me había criado más como hermano que como primo,
siendo la misma nuestra edad, encontré donde pasar con descanso y
seguridad la noche. Pero aun esta misma familia limitó a una noche su
hospitalidad, lo cuál no extrañé, pues al cabo más hacían por mí que
otros. Pasé, pues, en aquella casa la noche, y dormí profundamente,
con admiración de quienes me hospedaban, que atribuyeron a serenidad
lo que era cansancio. Llegó la mañana y hube de desocupan mi lugar de
provisional abrigo, y de volver a mis vanas pesquisas del día anterior.
No había mejorado con el nuevo día el aspecto de Cádiz, y apenas uno
u otro habitante había salido de su casa, mientras los soldados,
cansados de la agitación pasada, casi todos se habían recogido a las
filas de sus respectivos cuerpos, quedando pocos, si bien todavía
algunos, sueltos por las calles. En tanto, acudí yo en busca de
noticias o de asilo, entre otras personas, a dos que eran de nuestra
sociedad secreta, que habían sido partícipes en sus trabajos juntos
conmigo pocos meses antes, y que, hasta por su obligación así como
por reglas de decoro, debían darme amparo. Pero ambos me recibieron
con sequedad casi grosera, y me trataron con tan claro desvío, que,
si no me echaron fuera de sus casas a viva fuerza, me intimaron que
saliese de ellas en términos que no daban lugar a resistencia alguna
y ni siquiera a demora. Volví otra vez a mi paseo sin objeto, cuando
una casualidad rarísima le puso término, dándole el más favorable en
mis circunstancias, o, a lo menos, el más conforme a mis deseos con
empeño manifestados. Caminando yo por una de las desiertas calles del
centro de Cádiz, y próximo al teatro Principal, sentí pasos detrás de
mí, y a corta distancia, dados tan a compás con los míos, que bien
declaraba ser de persona que me seguía. En caso tal, fuese amigo o
contrario quien venía sobre mí o a mí, la resistencia era inútil. En
efecto, mi seguidor, pues no era perseguidor, en voz muy baja me llamó
por mi apellido. Respondí yo, preguntando qué me quería. «¿A dónde va
usted?», repuso él; y un _no lo sé_ fue mi segunda respuesta. «¿Y por
qué no va usted a juntarse con sus compañeros (dijo hablando otra vez
el desconocido, que para mí lo era, aunque él me conociese bien)».
«Porque no sé dónde están (respondí yo), y desde el alboroto de ayer
los ando buscando». «Pues yo soy quien los tengo ocultos (dijo aquel
hombre), y precisamente he salido a comprar algo con que almuercen.
¿Quiere usted venirse conmigo?». «¿No he de querer?», fue mi nueva
respuesta. «Pues déjeme usted pasar delante», dijo mi interlocutor
(cuya conversación conmigo había pasado siguiendo andando el uno detrás
del otro), «sígame usted, y al llegar a la casa número tantos de la
calle de Linares entraré yo, y, si no hay soldados en la calle, dejaré
la puerta entornada, y por ella entrará usted en mi seguimiento».
Hicímoslo así, hallamos la calle del todo desierta, se entró mi guía en
la casa indicada, pasé yo detrás y cerré tras de mí la puerta, y siendo
la casa de las llamadas de pisos, esto es, como son generalmente las de
Madrid que tienen más de un vecino, subiendo la escalera hasta llegar
al cuarto tercero, llamamos a él, y abierto que nos fue, sin anunciar
mi llegada pasé yo a la sala donde encontré a Arco-Agüero, López de
Baños y el ayudante Silva. Un grito de agradable sorpresa me saludó al
ponerme delante de mis compañeros, que, juzgando al haberme perdido de
vista que yo me había acogido a lugar seguro, oyeron con sorpresa que
mis aventuras, trabajos y peligros habían sido muy otros que los suyos,
pues desde la casa del general a su asilo solo habían tenido que saltar
azoteas y, no habiendo sido descubiertos, no habían sido molestados.
Juntos ya los tres del parlamento, determinamos qué habíamos de
hacer, lo cual fue, en vez de seguir escondidos, reclamar el derecho
de parlamentarios según práctica o ley de la guerra, alegando que al
llegar a las obras avanzadas de la plaza habíamos tocado llamada.
Quiso Arco-Agüero que yo extendiese la reclamación como ejercitado en
el manejo de la pluma. Pero, hecho el escrito y firmado, ocurrió una
dificultad no leve, que lo era asimismo para que permaneciésemos por
más tiempo abrigados o amparados en aquella casa. El que en ella vivía
comenzó a sentir remordimiento o miedo de tenernos allí, y, sobre
todo, rehuía llevar un mensaje nuestro por donde quedase convicto de
habernos protegido por un periodo de cerca de veinticuatro horas. Nos
sacó, y a él también, de este apuro una idea de Arco-Agüero, la cual
fue aconsejar a aquel buen hombre que dijese al gobernador, al llevarle
nuestra reclamación, que en el día antes, en el momento de empezar
el alboroto habían llamado a la puerta de su habitación en el cuarto
tercero, y que, yendo él a abrir fue sorprendido por tres oficiales
armados venidos de la azotea, según pareció, los cuales, habiéndole
sujetado le habían encerrado en un cuarto interior y tenídole desde
entonces en aquel encierro, no dándole libertad sino para encargarle
del papel de que era portador. Agradó al mensajero el ingenioso
embuste, y, prestándose a él, marchó a cumplir su comisión, aliviado de
sus ansias. En tanto, nos preparamos a matar el hambre, dando prisa
a la criada para que nos trajese el almuerzo; almuerzo, ¡ay!, que no
hubimos de comer, ni tampoco otro igualmente mandado traer con no mejor
fortuna en el discurso de aquella malaventurada mañana.