que da la historia pocos ejemplos. Sobre cuatro mil hombres no cabales
dueños de la ciudad de San Fernando tenían allí levantada la bandera
de la Constitución de 1812, y el Rey, señor de todas las fuerzas de la
monarquía, en el término de más de dos meses no había podido vencer
una rebelión de tan flacas fuerzas. Una columna procedente de aquel
punto, y que apenas ascendió en la hora de su salida a dos mil hombres,
había recorrido buena parte de la Andalucía Baja, proclamando en varias
de sus poblaciones la Constitución, y perseguida por las tropas reales,
alcanzada y vencida, pero no desbaratada, en Marbella, haciéndose
después de este revés señora de la ciudad de Málaga, rechazando allí
a los contrarios que vinieron a embestirle, y obligada a emprender la
fuga después de su triunfo, había padecido segunda y mayor derrota
en Morón, lo cual no impidió que sus fugitivas reliquias ocupasen
por algunas horas a Córdoba. En tanto, los que habían quedado en San
Fernando se veían cercados por fuerzas muy superiores a las suyas en
puesto harto mal defendido, pues dueños de Cádiz sus contrarios, así
como lo eran de la tierra de allende el Puente de Suazo y la batería
del Portazgo, fácilmente podían por el lado nombrado en primer lugar
haber superado los pobres obstáculos que les ofrecía la espaciosa
playa. Que tan flaco poder como era el de los rebeldes existiese
aún, y hasta con apariencias de fuerte, era ciertamente un prodigio,
pero prodigio que podía y debía ser explicado por la situación de
España por aquellos días. Los constitucionales, aunque en número muy
escaso, tenían la ventaja de estar en perfecto concierto, unidos con
el lazo de la sociedad secreta, si no todos ellos, los que gozaban
de algún influjo, y hasta el ser pocos les daba vigor, porque es
privilegio de una minoría reducida tener una fuerza que es grande por
estar reconcentrada. Además tenían parciales en el ejército que con
habilidad y osadía habían adquirido extraordinaria influencia sobre
sus compañeros e inferiores. Si la mayor parte de los españoles era
realista, lo era tímida y confusamente, sin pasión todavía, porque no
tenía que chocar y luchar con pasiones contrarias, poco satisfecha
del Gobierno, del cual juzgaba por los efectos que era malo, y de
resultas, si no deseosa de verle caído, tampoco dispuesta a sostenerle
contra una fuerza contraria. Así, los constitucionales levantados,
donde quiera que ponían el pie y levantaban el grito, si no encontraban
amigos y valedores, tampoco tenían que habérselas con enemigos, y,
hasta viéndose rodeados de espectadores cuya indiferencia parecía buena
voluntad, cobraban bríos suponiéndose o figurándose tener un tanto
numerosos parciales.
Si tal era la disposición de los ánimos en lo general de la nación, y
si por ello, y particularmente por el estado de la opinión en una parte
crecida de la oficialidad del ejército, la causa de los levantados
dueños de la ciudad de San Fernando no podía darse por perdida, resta
considerar cómo pensaban y sentían en aquellas horas quienes componían
las dos fuerzas beligerantes, dando este nombre solo a los que en
Andalucía sustentaban las opuestas partes de la revolución y de la
monarquía.
En el ejército destinado a Ultramar reinaba entre la tropa, corriendo
1819, grande repugnancia a embarcarse. Esta repugnancia de los soldados
fue aprovechada por los conspiradores, los cuales, fomentándola y
avivándola, predispusieron los ánimos de gente ruda en quienes no
podía haber opiniones políticas en favor del levantamiento. En punto
a la oficialidad, ha sido calumnia corriente atribuir a toda ella que
obraba movida por tan feo motivo, pero en punto a que influía en una
parte de ella, quizá la menor, apenas cabe duda. A unos pocos oficiales
instruidos habían llevado a la empresa doctrinas de las llamadas
liberales, bien estudiadas; a muchos, deseos de medrar; a otros un
espíritu inquieto. La sociedad secreta había comprometido a no pocos,
que habían pasado a ser constitucionales porque habían empezado por ser
sectarios. Así, en general, y aun puede decirse con rarísima excepción,
si acaso alguna, todavía en marzo las tropas acantonadas en San
Fernando bajo la bandera constitucional se mantenían firmes y hasta
ardorosas en su adhesión a la causa que habían abrazado.
No había sucedido lo mismo en la columna volante, de la cual habían
desertado algunos oficiales y muchos soldados a la bandera Real. Pero
esto era sabido de pocos en San Fernando, los cuales lo ocultaban a
punto de conseguir que estuviese casi generalmente ignorado, no fuese
que el ejemplo incitase a la imitación, cosa en aquellas circunstancias
harto probable.
Pero lo que apenas sabían ni los constitucionales ni los mismos
oficiales superiores que militaban en las filas de los Reales, era que,
particularmente en las tropas que formaban la guarnición de Cádiz,
había llegado a crearse un espíritu, si no anticonstitucional, hostil a
los constitucionales, que iba llegando a ser entusiasmo. Por cierto, si
esto hubiese sido conocido, habría causado en la parte opuesta desmayo,
y en la propia bríos, con lo cual la expugnación de San Fernando y la
ruina completa del levantamiento constitucional habría sido cosa fácil.
Varias causas habían contribuido a convertir en celosos y acalorados
parciales de la causa monárquica a los mismos que poco antes por la
aversión a embarcarse abrazaron o favorecían la de los levantados. Fue
una desgracia que, al ser sorprendido por Riego en Arcos el cuartel
general del ejército, sin haber verdadera refriega, hubiesen caído
muertos dos o tres soldados del batallón de Guías del general, y
aunque luego este mismo cuerpo se puso bajo la bandera constitucional,
desde luego dio muestras de obrar como forzado y resentido, pudiendo
estas cosas al parecer de inferior importancia más que otras de muy
superior clase en los ánimos de la soldadesca. Así, los guías se
fueron desertando casi todos, y viniéndose a Cádiz se formó de ellos
un cuerpo con su nombre antiguo. De otros desertores de la bandera
constitucional, y no del batallón de _Guías_, fue compuesto en la misma
plaza de Cádiz otro batallón con el nombre de Leales de Fernando
VII, y con llamarse así, y con la idea constante en su mente de la
deserción, se sentían poseídos de afectos de ardorosa lealtad al
monarca. Hasta la circunstancia de ser el vecindario de Cádiz, con
rarísimas excepciones, apasionado amigo de la Constitución en aquel
pueblo nacida, contribuyó a excitar en el soldado pensamientos y
afectos contrarios, porque el no encubierto desvío de los paisanos a
los que miraban como opresores aumentó la mala voluntad o desprecio con
que suelen mirarlos y tratarlos los militares.
Todo esto, bien será repetirlo, no estaba patente. Así, en la
oficialidad de la fuerza opuesta a la constitucional abundaban
parciales de estos, irresolutos tanto cuanto ignorantes del modo de
pensar y sentir de la clase llamada de tropa.
Tal era la situación de las cosas, y bien podía ser considerado el
ejército de San Fernando como perdido, cuando comenzaron a circular
por Cádiz rumores que daban por noticia haber sido proclamada la
Constitución en puntos de España bastante lejanos. De Galicia llegó
casi a saberse con certeza. De otros lugares se decía con menos verdad,
pero se presumía con sobrado fundamento que así fuese. En tanto, faltó
el correo de Madrid, porque el conde de La Bisbal, puesto al frente
de una corta fuerza, había proclamado la Constitución en la Mancha
cortando la comunicación entre la capital y Andalucía, lo cual hizo
creer desde luego como cierto lo que en breve llegó a serlo, y era
haber triunfado la causa del levantamiento constitucional en el mismo
centro del Gobierno, compeliendo al Rey a doblar la cerviz y sujetarse
al yugo.
Mandaba el ejército opuesto a los levantados constitucionales el
general Freire, y la escuadra surta en la bahía de Cádiz el capitán
general de marina don Juan María Villavicencio; el primero bien
acreditado en la guerra de la Independencia por distinguidos
servicios, y en 1814 sospechado de cierta inclinación a la Constitución
entonces derribada; el segundo, persona muy notable por haber sido
hasta uno de los regentes del reino desde 1812 a 1813, así como por
su larga carrera, y también por su talento y saber, nada afecto a la
causa constitucional, de lo cual había dado pruebas, pero tolerante
con sus adversarios. Como puede presumirse, aparecía el primero
más celoso de la causa que sustentaba, por lo mismo que podía ser
sospechado de tibio, mientras el segundo, señalado por sus no lejanos
grandes servicios al poder monárquico, cuyos excesos había condenado
como prudente sin faltarle por esto a la lealtad debida, parecía que
preveía ser necesario buscar un medio de avenencia entre parcialidades
poderosas. Sabidas las noticias de la sublevación de Galicia con
certeza, y de la de la Mancha confusamente, y siendo muy de temer que
hubiese habido una gran mudanza en Madrid, ambos generales vinieron
a Cádiz, el uno del Puerto de Santa María, y el otro de su navío.
Su llegada conmovió al pueblo de Cádiz; supusiéronles intenciones
que no traían; acudió numeroso gentío a la plaza de San Antonio, que
había sido llamada de la Constitución desde 1812 a 1814; el hecho
mismo de haber allí tal concurso era ya grave, trocado el temor en
confianza, siendo así que poco antes los gaditanos, irritados y
medrosos, apenas salían a la calle, y no osaban congregarse en crecido
número; y, como acaece siempre cuando hay muchas personas juntas, la
concurrencia, aun sin ser bulliciosa, tenía apariencias y aun carácter
de serlo, sonando como clamor sordo las conversaciones particulares, y
alterados los rostros de los concurrentes como de quienes estaban en
ansiosa expectativa a punto de no poder ya distinguirse que aquella
reunión fuese pacífica, sin poder por esto ser calificada con razón
de sediciosa. No podía durar mucho tal incertidumbre. Los generales
se asomaron al balcón de una casa que daba a la misma plaza, y en
breve, sin que ninguno de los dos lo hubiese dispuesto ni consentido,
pero sin que mostrase resolución de estorbarlo, un grito de «Viva
la Constitución» salido de mil bocas pobló el aire, y atronó aquel
recinto. No sonó una voz que a tal exclamación se opusiese; no se dio
providencia para reprimir un movimiento que era ya una rebelión o
revolución declarada. Era entonces, y fue por algún tiempo, costumbre
dar a la inscripción que anunciaba tener una plaza el nombre de la
Constitución a modo de un carácter sagrado y una importancia política
la más alta. Así es que de pronto se buscó una tabla, y escribiendo
en ella el a la sazón terrible letrero, fue este colocado en el lugar
donde había estado otro igual escrito con letras de bronce dorado en
lápida de mármol, saludando apasionadas aclamaciones a aquel símbolo
de una época renovada, que para los gaditanos era de glorioso y caro
recuerdo. Siguiose iluminarse el pueblo todo al cerrar la noche, y
discurrir las gentes por las calles con ruidosa alegría, tanto que en
las escenas de la revolución de 1808 a 1814 no hubo una que a esta
excediese en punto a manifestaciones de entusiasmo popular, y pocas que
la igualasen.
En tanto, el general de marina Villavicencio, a impulsos de su natural
conciliador, o mandó o consintió que pasasen a San Fernando tres
oficiales de la armada a dar al ejército llamado Nacional noticia de
lo ocurrido. Fueron los que llevaron tal comisión el conde de Mirasol,
muerto ha pocos días, don Jacobo Oreiro, y don N. Sánchez Cerquero.
Poco esperábamos en San Fernando recibir tan faustas nuevas. Yo, que
era uno de los contados a cuya noticia había llegado haber sido vencida
y deshecha la columna volante del mando de Riego, había salido en la
misma tarde de aquel día (9 de marzo), y cuando en Cádiz ocurría tan
inesperada mudanza, a dar un corto paseo, y me sentía poseído de negra
melancolía, viendo cercano el momento en que, o había de caer en manos
de nuestros contrarios y pagar con la vida mi delito, o de escapar
con trabajo a vivir la vida del proscrito, empresa nada fácil. Venía
retirándome de mi paseo, y había entrado en las calles, cuando noté
súbito alboroto de general alegría. Anunciábase haberse jurado en Cádiz
la Constitución, y la llegada de los portadores de la noticia tanto
cuanto feliz difícil de creer. Ya antes más de una vez habían corrido
voces semejantes creídas de algunos, dudadas de muchos, y venidas a
desvanecerse como ilusión hija del deseo. En esta ocasión fui yo de
los incrédulos, hasta que varias personas me afirmaron ser verdad
averiguada lo que yo estimaba lo contrario. Me encaminé, pues, a casa
del general Quiroga, donde hallé a los oficiales de marina, procedentes
de Cádiz, rodeados de gente alborozada, agasajados, festejados y
acosados a preguntas por quienes apenas podían creer el felicísimo
suceso de que eran nuncios.
Entró entonces el discurrir qué habría de hacerse, por nuestra
parte. Lo primero que se resolvió, fue enviar a Cádiz comisionados
que tratasen de ponernos en paz y unión con las autoridades y tropas
de aquella ciudad, si bien pareció oportuno dar el carácter de
parlamentarios a los encargados de tan importante comisión, por no
considerarse aún la paz asentada. Tres fuimos los nombrados para la
comisión o parlamento; el coronel don Felipe Arco-Agüero, jefe de
estado mayor de nuestro ejército; el de igual graduación don Miguel
López de Baños, que tenía el mando de nuestra artillería, y tercera
persona no militar, que fue la mía, recomendándome para tal comisión
el ser diplomático, y más todavía el cercano parentesco que me unía
con el general Villavicencio, hermano de mi madre, además mi padrino
de bautismo, y a cuyo lado había yo pasado buena parte de mi niñez.
Comenzamos desde las primeras horas de la noche a prepararnos para
nuestro viaje, si bien los preparativos no podían ser muchos, ni lo
eran. De ello nos distrajo por breve rato la agradable ocupación de
salir de la población al sitio llamado Manchón de Torrealta, donde está
situado el observatorio astronómico, y desde el cual registra la vista
no corto espacio, descubriéndose a lo lejos, allende las aguas de la
bahía y las tierras llanas inmediatas, la ciudad de Cádiz, blanca como
la nieve, en el horizonte; pero en aquel momento, si las tinieblas de
la noche no permitían ver sus casas y torres, señalaba el lugar donde
estaban un resplandor vivísimo nacido de las luminarias, cuya luz se
dilataba a largo trecho. Numerosos espectadores acudían a recrearse
con la contemplación de aquella luz, más grata todavía que la de la
aurora lo es para el navegante, tras de una noche de borrasca, peligro
y ansias.
Poquísimo dormí yo en la noche de que voy ahora aquí hablando, porque
hacía en mí el gozo lo que podría haber hecho la pena más aguda.
Amaneció el deseado día, y en sus primeras horas pasé a juntarme con
mis compañeros, y emprendimos nuestro breve viaje. Llevábamos los
parlamentarios algún acompañamiento: un ayudante de Arco-Agüero,
llamado don N. Silva, cuatro soldados de artillería de a caballo, con
largas barbas, por lo cual eran apellidados _barbones_, y un trompeta
de la misma arma. Todos iban a caballo menos yo; circunstancia no
digna de mención si no hubiese influido en mi suerte en los sucesos
que siguieron, y debida a que, siendo yo pésimo jinete, no quería ir
haciendo ridícula figura a nuestra entrada en Cádiz, por lo cual escogí
un calesín a pesar de lo incómodo y feo de tan mala y antigua máquina
de viaje.
Poco más de media legua habríamos andado desde San Fernando, y
estábamos cercanos al lugar donde, cerca del torreón apellidado de
Torregorda, tuerce casi formando un ángulo recto, y va en derechura a
Cádiz la carretera nombrada allí arrecife, cuando empezamos a encontrar
gente de Cádiz, que a pie había andado sobre legua y media ansiosa
de ver y saludar a los constitucionales de ellos tan amados. Según
íbamos adelantando, iba creciendo el número de los viajeros, que llegó
a ser muy considerable ya a más de media legua de Cádiz. Habíamos los
del ejército constitucional, cuyo título era el de nacional, tomado
por divisa añadir a la escarapela encarnada un ribete ancho de cinta
verde, divisa considerada después por muchos como propia de la sociedad
secreta directora del levantamiento, y de la cual éramos gran parte
de los del ejército, si bien no todos, pero divisa que no lo era de
sociedad alguna, siendo solo emblema de nuestra esperanza al acometer
y empezar a poner por obra nuestra empresa, esperanza nunca del todo
perdida. Como sabían esto los gaditanos todos, los paisanos se habían
puesto escarapela como militares, y, no habiendo tenido tiempo para
coser a las que traían el ribete verde, se habían contentado con poner
un lazo de este color sobre el centro de la escarapela encarnada.
Las manifestaciones de alegría de aquellas gentes tenían trazas de
delirio, y al vernos rompían en altos vivas, declarando, a la par que
adhesión a la causa que con ellos nos era común, afecto vivo y aun
admiración a nuestras personas, en las cuales veían representadas
las de nuestros compañeros. En medio de tanto aplauso, llegamos a la
obra avanzada llamada la Cortadura, guarnecida por tropas que poco
antes eran para nosotros enemigas, habiéndolo sido por espacio de dos
meses, plazo durante el cual habían nacido en ella contra nuestra
causa, y más aún contra nuestras personas, pasiones de odio no poco
vivo, siendo muy otra nuestra firme, pero errada creencia, pues los
reputábamos amigos violentados a sernos hostiles. Sin embargo, al
acercarnos al fuerte, más por pedantería que por recelo, quisimos usar
las fórmulas comunes de la guerra, y mandamos al trompeta que con
nosotros venía, tocar llamada. Salieron a respondernos; pero no como
prestándose al parlamento, sino calificándole de inútil, porque ya no
estábamos en guerra. Parecía afectuosa la respuesta, así como fundada
en buena razón, y, con todo, no hubo de agradarnos, porque fue dada
con desabrimiento. Otras dos causas, con harto más motivo, mezclaron
un tanto de disgusto y desconfianza a nuestra alegría. Poco antes de
llegar a la Cortadura, del numeroso gentío que venía de Cádiz se separó
una persona que vino a hablarnos, entendiéndose particularmente con
Arco-Agüero, con quien había tenido algunas relaciones de trato casi
amistoso. Era el personaje de quien ahora hago aquí mención un don
N. Elola, oidor o, como decimos ahora, magistrado de la Audiencia de
Sevilla, vivo, travieso, no de la mejor reputación, pues era tachado
de ligero y cruel, no sé si con justicia, entremetido y dado a bullir,
sin crédito de constitucional ni de lo contrario, y el cual, no sé,
ni llegamos a saber, por qué razón venía de Cádiz, y si lo hacía por
voluntad propia o encargo de otros. Lo cierto es que Elola se empeñó
en persuadir a Arco-Agüero a que nos volviésemos sin llegar a Cádiz;
pero como las razones que alegaba nada claro ni explícito contenían,
no juzgamos decoroso ni justo dejar de cumplir con lo que nos estaba
encomendado. Separose, pues, de nosotros Elola, sin haber logrado
convencernos, y no sé si regresó a Cádiz o si siguió a San Fernando.
Igual, si no mayor, causa de temor o de sospecha nos dio otra
circunstancia que por lo pronto no fue de todos nosotros notada ni
aun sabida. Cabalmente, cuando estábamos llamando a parlamento, y
recibiendo por respuesta que tal acto era impropio entre gentes ya no
enemigas, había crecido sobre manera y agolpádose en aquel lugar la
turba procedente de Cádiz, cuyos vivas y aplausos eran tales y tantos
que nos ensordecían, y en medio de la gritería reparamos que también
gritaban desde el fuerte asomados a sus murallas los soldados, y aunque
viniendo sus gritos de lejos solo podían oírse estos, confundiéndose
otros más cercanos y numerosos, no faltó quien oyese que eran, en vez
de bendiciones y aplausos, maldiciones y denuestos. Pero esto, repito,
apenas llegó a nuestra noticia, y aun cuando hubiese llegado nos habría
desviado de pensar en ello el espectáculo que presentó a nuestra vista
Cádiz.
A pesar de que las turbas (pues llegaron a serlo) que nos esperaban
fuera de las puertas parecía como que debían haber dejado poca gente
en el casco de la ciudad, o fuese porque de la población nadie había
querido quedarse en casa, o que los que no habían salido a la calle,
sin excepción de clase u ocupación, poblaban los balcones y ventanas,
era inmenso el gentío que se presentaba a la vista. Las casas estaban
adornadas con colgaduras. Entre tanto llovían sobre nosotros, los
parlamentarios, flores arrojadas por los que estaban en alto, mientras
los que paseaban las calles se apiñaban a nuestro alrededor con
animación casi frenética, gritando y procurando asirnos la mano o
bien la pierna, o aun solo el vestido. Mis compañeros, poco o mucho
conocidos en Cádiz, eran objeto de admiración, y a mí, nacido en
aquella ciudad y que en ella había pasado buena parte de mi juventud,
se me daban generalmente testimonios de ardiente afecto. Los caballos
de mis compañeros apenas podían romper por el tropel, y se encabritaban
espantados, y a mi pobre calesín apenas consentían que rodase, no
faltando quien se subiese en las ruedas para apretarme la mano o darme
una enhorabuena afectuosa. ¡Días eran aquellos que no volverán en
largo tiempo, no siendo tan arrebatado o loco entusiasmo posible ya a
una generación llena de desengaños y escarmientos, y que por ser más
cuerda ha perdido muchos de los placeres que las ilusiones hijas de la
inexperiencia traen consigo!
Como ya va aquí dicho, atravesamos casi toda la ciudad de Cádiz por
estar muy distante de la Puerta de Tierra la casa del general Freire,
a que nos encaminábamos. Al ir a llegar a ella, pasamos las esquinas
de la calle de Linares, que desde la plaza de San Antonio, que iba a
ser de la Constitución, va al paseo de la Alameda, y que era y debe
de ser aún hoy una de las vías de comunicación en aquella ciudad más
transitadas. Al atravesar descubrimos parte de la plaza atestada de
gente, porque allí iba a jurarse la Constitución ante la lápida que de
ella era recordación y símbolo. Reservándonos nosotros asistir a aquel
espectáculo para la hora muy cercana en que, presentes las autoridades,
había de celebrarse la ceremonia del juramento, nos apeamos a la puerta
de la casa del general y pasamos a su presencia.
Hallamos a Freire cortado, inquieto, ni desabrido ni afable, y solo con
muestras de estar muy poco satisfecho de la situación en que se veía.
La sala en que le vimos estaba muy concurrida, llenándola personas
de diversas opiniones, cuáles alegres y soberbias, cuáles si ya no
mostrando tristeza o enojo, dando señales o de abatimiento o de recelo.
Vinieron a abrazarnos amigos nuestros, que presos por haber sido
cómplices en nuestra empresa, habían sido puestos en libertad pocas
horas antes y en las de la noche. Otros, poco antes nuestros contrarios
ardorosos, con frases conciliatorias procuraban captarse nuestro
afecto, explicando su conducta anterior como quien se disculpa de una
falta. Bien mirado y considerado todo, no nos sentíamos satisfechos
de la escena de que eran teatro aquel lugar y los cercanos, y de que
éramos testigos. Freire como que procuraba despedirnos para que nos
volviésemos al lugar de que habíamos venido, aunque no lo dijese
claramente, y habiendo soltado una expresión de temor de que puestas
en roce las tropas de su mando con las del ejército nacional, este
introdujese en aquellas un espíritu de indisciplina; y respondiendo a
esto Arco-Agüero, como algo picado, que el ejército constitucional
era por demás disciplinado, añadió el general de las tropas reales
que las suyas (según esperaba) a ningunas cedían en este punto; pero
lo dijo con tan anublado rostro y vacilante acento, que bien parecía
que hablaba según su deseo y no según su esperanza. En esto sonó un
tremendo ruido, oyéronse tiros, voces confusas, carreras: se asomó
al balcón Freire y desde la calle le gritaron que estaban asesinando
al pueblo. Él dio muestras de no creer tal cosa, pero poco pudo
decir, porque ya el hecho estaba patente. La parte trágica y en sus
consecuencias no poco funesta de la historia de la segunda época
constitucional había comenzado, anticipando los odios que por fuerza
habían de nacer de la mudanza de una a otra opinión sustentada con
vehemencia, y del choque de intereses que cambios tales tienen por
consecuencia forzosa.
II.
La súbita acometida de parte de la guarnición de Cádiz a los pacíficos
paisanos que habían acudido alegres a una fiesta a que los había
convidado la autoridad, era un suceso que debían haber previsto el
general Freire y los que a sus órdenes mandaban las tropas de aquella
plaza. Pero de estos últimos, algunos, sin duda, fueron cómplices,
aunque solo cómplices hasta cierto grado, del hecho atroz de la
desmandada soldadesca; y en cuanto al general, justo será decir que,
combatido de terribles dudas, casi arrepentido de haberse prestado a
que se proclamase la Constitución en el día anterior, sin llegar su
arrepentimiento a punto de atreverse a revocar su resolución cuando
menos aventurada, sintiéndose casi rebelde sin serlo, y por lo mismo
falto o de la osadía o de la fe que hace de la rebelión la defensa
de un principio, o bien creído, o tomado por pretexto, no acertaba a
contener la tropa, sofocando el espíritu que la animaba, y dejaba andar
las cosas, lisonjeándose de que no llegarían a un extremo.