Empezaba a correr marzo de 1820, y se veía España en una situación de

que da la historia pocos ejemplos. Sobre cuatro mil hombres no cabales

dueños de la ciudad de San Fernando tenían allí levantada la bandera

de la Constitución de 1812, y el Rey, señor de todas las fuerzas de la

monarquía, en el término de más de dos meses no había podido vencer

una rebelión de tan flacas fuerzas. Una columna procedente de aquel

punto, y que apenas ascendió en la hora de su salida a dos mil hombres,

había recorrido buena parte de la Andalucía Baja, proclamando en varias

de sus poblaciones la Constitución, y perseguida por las tropas reales,

alcanzada y vencida, pero no desbaratada, en Marbella, haciéndose

después de este revés señora de la ciudad de Málaga, rechazando allí

a los contrarios que vinieron a embestirle, y obligada a emprender la

fuga después de su triunfo, había padecido segunda y mayor derrota

en Morón, lo cual no impidió que sus fugitivas reliquias ocupasen

por algunas horas a Córdoba. En tanto, los que habían quedado en San

Fernando se veían cercados por fuerzas muy superiores a las suyas en

puesto harto mal defendido, pues dueños de Cádiz sus contrarios, así

como lo eran de la tierra de allende el Puente de Suazo y la batería

del Portazgo, fácilmente podían por el lado nombrado en primer lugar

haber superado los pobres obstáculos que les ofrecía la espaciosa

playa. Que tan flaco poder como era el de los rebeldes existiese

aún, y hasta con apariencias de fuerte, era ciertamente un prodigio,

pero prodigio que podía y debía ser explicado por la situación de

España por aquellos días. Los constitucionales, aunque en número muy

escaso, tenían la ventaja de estar en perfecto concierto, unidos con

el lazo de la sociedad secreta, si no todos ellos, los que gozaban

de algún influjo, y hasta el ser pocos les daba vigor, porque es

privilegio de una minoría reducida tener una fuerza que es grande por

estar reconcentrada. Además tenían parciales en el ejército que con

habilidad y osadía habían adquirido extraordinaria influencia sobre

sus compañeros e inferiores. Si la mayor parte de los españoles era

realista, lo era tímida y confusamente, sin pasión todavía, porque no

tenía que chocar y luchar con pasiones contrarias, poco satisfecha

del Gobierno, del cual juzgaba por los efectos que era malo, y de

resultas, si no deseosa de verle caído, tampoco dispuesta a sostenerle

contra una fuerza contraria. Así, los constitucionales levantados,

donde quiera que ponían el pie y levantaban el grito, si no encontraban

amigos y valedores, tampoco tenían que habérselas con enemigos, y,

hasta viéndose rodeados de espectadores cuya indiferencia parecía buena

voluntad, cobraban bríos suponiéndose o figurándose tener un tanto

numerosos parciales.

Si tal era la disposición de los ánimos en lo general de la nación, y

si por ello, y particularmente por el estado de la opinión en una parte

crecida de la oficialidad del ejército, la causa de los levantados

dueños de la ciudad de San Fernando no podía darse por perdida, resta

considerar cómo pensaban y sentían en aquellas horas quienes componían

las dos fuerzas beligerantes, dando este nombre solo a los que en

Andalucía sustentaban las opuestas partes de la revolución y de la

monarquía.

En el ejército destinado a Ultramar reinaba entre la tropa, corriendo

1819, grande repugnancia a embarcarse. Esta repugnancia de los soldados

fue aprovechada por los conspiradores, los cuales, fomentándola y

avivándola, predispusieron los ánimos de gente ruda en quienes no

podía haber opiniones políticas en favor del levantamiento. En punto

a la oficialidad, ha sido calumnia corriente atribuir a toda ella que

obraba movida por tan feo motivo, pero en punto a que influía en una

parte de ella, quizá la menor, apenas cabe duda. A unos pocos oficiales

instruidos habían llevado a la empresa doctrinas de las llamadas

liberales, bien estudiadas; a muchos, deseos de medrar; a otros un

espíritu inquieto. La sociedad secreta había comprometido a no pocos,

que habían pasado a ser constitucionales porque habían empezado por ser

sectarios. Así, en general, y aun puede decirse con rarísima excepción,

si acaso alguna, todavía en marzo las tropas acantonadas en San

Fernando bajo la bandera constitucional se mantenían firmes y hasta

ardorosas en su adhesión a la causa que habían abrazado.

No había sucedido lo mismo en la columna volante, de la cual habían

desertado algunos oficiales y muchos soldados a la bandera Real. Pero

esto era sabido de pocos en San Fernando, los cuales lo ocultaban a

punto de conseguir que estuviese casi generalmente ignorado, no fuese

que el ejemplo incitase a la imitación, cosa en aquellas circunstancias

harto probable.

Pero lo que apenas sabían ni los constitucionales ni los mismos

oficiales superiores que militaban en las filas de los Reales, era que,

particularmente en las tropas que formaban la guarnición de Cádiz,

había llegado a crearse un espíritu, si no anticonstitucional, hostil a

los constitucionales, que iba llegando a ser entusiasmo. Por cierto, si

esto hubiese sido conocido, habría causado en la parte opuesta desmayo,

y en la propia bríos, con lo cual la expugnación de San Fernando y la

ruina completa del levantamiento constitucional habría sido cosa fácil.

Varias causas habían contribuido a convertir en celosos y acalorados

parciales de la causa monárquica a los mismos que poco antes por la

aversión a embarcarse abrazaron o favorecían la de los levantados. Fue

una desgracia que, al ser sorprendido por Riego en Arcos el cuartel

general del ejército, sin haber verdadera refriega, hubiesen caído

muertos dos o tres soldados del batallón de Guías del general, y

aunque luego este mismo cuerpo se puso bajo la bandera constitucional,

desde luego dio muestras de obrar como forzado y resentido, pudiendo

estas cosas al parecer de inferior importancia más que otras de muy

superior clase en los ánimos de la soldadesca. Así, los guías se

fueron desertando casi todos, y viniéndose a Cádiz se formó de ellos

un cuerpo con su nombre antiguo. De otros desertores de la bandera

constitucional, y no del batallón de _Guías_, fue compuesto en la misma

plaza de Cádiz otro batallón con el nombre de Leales de Fernando

VII, y con llamarse así, y con la idea constante en su mente de la

deserción, se sentían poseídos de afectos de ardorosa lealtad al

monarca. Hasta la circunstancia de ser el vecindario de Cádiz, con

rarísimas excepciones, apasionado amigo de la Constitución en aquel

pueblo nacida, contribuyó a excitar en el soldado pensamientos y

afectos contrarios, porque el no encubierto desvío de los paisanos a

los que miraban como opresores aumentó la mala voluntad o desprecio con

que suelen mirarlos y tratarlos los militares.

Todo esto, bien será repetirlo, no estaba patente. Así, en la

oficialidad de la fuerza opuesta a la constitucional abundaban

parciales de estos, irresolutos tanto cuanto ignorantes del modo de

pensar y sentir de la clase llamada de tropa.

Tal era la situación de las cosas, y bien podía ser considerado el

ejército de San Fernando como perdido, cuando comenzaron a circular

por Cádiz rumores que daban por noticia haber sido proclamada la

Constitución en puntos de España bastante lejanos. De Galicia llegó

casi a saberse con certeza. De otros lugares se decía con menos verdad,

pero se presumía con sobrado fundamento que así fuese. En tanto, faltó

el correo de Madrid, porque el conde de La Bisbal, puesto al frente

de una corta fuerza, había proclamado la Constitución en la Mancha

cortando la comunicación entre la capital y Andalucía, lo cual hizo

creer desde luego como cierto lo que en breve llegó a serlo, y era

haber triunfado la causa del levantamiento constitucional en el mismo

centro del Gobierno, compeliendo al Rey a doblar la cerviz y sujetarse

al yugo.

Mandaba el ejército opuesto a los levantados constitucionales el

general Freire, y la escuadra surta en la bahía de Cádiz el capitán

general de marina don Juan María Villavicencio; el primero bien

acreditado en la guerra de la Independencia por distinguidos

servicios, y en 1814 sospechado de cierta inclinación a la Constitución

entonces derribada; el segundo, persona muy notable por haber sido

hasta uno de los regentes del reino desde 1812 a 1813, así como por

su larga carrera, y también por su talento y saber, nada afecto a la

causa constitucional, de lo cual había dado pruebas, pero tolerante

con sus adversarios. Como puede presumirse, aparecía el primero

más celoso de la causa que sustentaba, por lo mismo que podía ser

sospechado de tibio, mientras el segundo, señalado por sus no lejanos

grandes servicios al poder monárquico, cuyos excesos había condenado

como prudente sin faltarle por esto a la lealtad debida, parecía que

preveía ser necesario buscar un medio de avenencia entre parcialidades

poderosas. Sabidas las noticias de la sublevación de Galicia con

certeza, y de la de la Mancha confusamente, y siendo muy de temer que

hubiese habido una gran mudanza en Madrid, ambos generales vinieron

a Cádiz, el uno del Puerto de Santa María, y el otro de su navío.

Su llegada conmovió al pueblo de Cádiz; supusiéronles intenciones

que no traían; acudió numeroso gentío a la plaza de San Antonio, que

había sido llamada de la Constitución desde 1812 a 1814; el hecho

mismo de haber allí tal concurso era ya grave, trocado el temor en

confianza, siendo así que poco antes los gaditanos, irritados y

medrosos, apenas salían a la calle, y no osaban congregarse en crecido

número; y, como acaece siempre cuando hay muchas personas juntas, la

concurrencia, aun sin ser bulliciosa, tenía apariencias y aun carácter

de serlo, sonando como clamor sordo las conversaciones particulares, y

alterados los rostros de los concurrentes como de quienes estaban en

ansiosa expectativa a punto de no poder ya distinguirse que aquella

reunión fuese pacífica, sin poder por esto ser calificada con razón

de sediciosa. No podía durar mucho tal incertidumbre. Los generales

se asomaron al balcón de una casa que daba a la misma plaza, y en

breve, sin que ninguno de los dos lo hubiese dispuesto ni consentido,

pero sin que mostrase resolución de estorbarlo, un grito de «Viva

la Constitución» salido de mil bocas pobló el aire, y atronó aquel

recinto. No sonó una voz que a tal exclamación se opusiese; no se dio

providencia para reprimir un movimiento que era ya una rebelión o

revolución declarada. Era entonces, y fue por algún tiempo, costumbre

dar a la inscripción que anunciaba tener una plaza el nombre de la

Constitución a modo de un carácter sagrado y una importancia política

la más alta. Así es que de pronto se buscó una tabla, y escribiendo

en ella el a la sazón terrible letrero, fue este colocado en el lugar

donde había estado otro igual escrito con letras de bronce dorado en

lápida de mármol, saludando apasionadas aclamaciones a aquel símbolo

de una época renovada, que para los gaditanos era de glorioso y caro

recuerdo. Siguiose iluminarse el pueblo todo al cerrar la noche, y

discurrir las gentes por las calles con ruidosa alegría, tanto que en

las escenas de la revolución de 1808 a 1814 no hubo una que a esta

excediese en punto a manifestaciones de entusiasmo popular, y pocas que

la igualasen.

En tanto, el general de marina Villavicencio, a impulsos de su natural

conciliador, o mandó o consintió que pasasen a San Fernando tres

oficiales de la armada a dar al ejército llamado Nacional noticia de

lo ocurrido. Fueron los que llevaron tal comisión el conde de Mirasol,

muerto ha pocos días, don Jacobo Oreiro, y don N. Sánchez Cerquero.

Poco esperábamos en San Fernando recibir tan faustas nuevas. Yo, que

era uno de los contados a cuya noticia había llegado haber sido vencida

y deshecha la columna volante del mando de Riego, había salido en la

misma tarde de aquel día (9 de marzo), y cuando en Cádiz ocurría tan

inesperada mudanza, a dar un corto paseo, y me sentía poseído de negra

melancolía, viendo cercano el momento en que, o había de caer en manos

de nuestros contrarios y pagar con la vida mi delito, o de escapar

con trabajo a vivir la vida del proscrito, empresa nada fácil. Venía

retirándome de mi paseo, y había entrado en las calles, cuando noté

súbito alboroto de general alegría. Anunciábase haberse jurado en Cádiz

la Constitución, y la llegada de los portadores de la noticia tanto

cuanto feliz difícil de creer. Ya antes más de una vez habían corrido

voces semejantes creídas de algunos, dudadas de muchos, y venidas a

desvanecerse como ilusión hija del deseo. En esta ocasión fui yo de

los incrédulos, hasta que varias personas me afirmaron ser verdad

averiguada lo que yo estimaba lo contrario. Me encaminé, pues, a casa

del general Quiroga, donde hallé a los oficiales de marina, procedentes

de Cádiz, rodeados de gente alborozada, agasajados, festejados y

acosados a preguntas por quienes apenas podían creer el felicísimo

suceso de que eran nuncios.

Entró entonces el discurrir qué habría de hacerse, por nuestra

parte. Lo primero que se resolvió, fue enviar a Cádiz comisionados

que tratasen de ponernos en paz y unión con las autoridades y tropas

de aquella ciudad, si bien pareció oportuno dar el carácter de

parlamentarios a los encargados de tan importante comisión, por no

considerarse aún la paz asentada. Tres fuimos los nombrados para la

comisión o parlamento; el coronel don Felipe Arco-Agüero, jefe de

estado mayor de nuestro ejército; el de igual graduación don Miguel

López de Baños, que tenía el mando de nuestra artillería, y tercera

persona no militar, que fue la mía, recomendándome para tal comisión

el ser diplomático, y más todavía el cercano parentesco que me unía

con el general Villavicencio, hermano de mi madre, además mi padrino

de bautismo, y a cuyo lado había yo pasado buena parte de mi niñez.

Comenzamos desde las primeras horas de la noche a prepararnos para

nuestro viaje, si bien los preparativos no podían ser muchos, ni lo

eran. De ello nos distrajo por breve rato la agradable ocupación de

salir de la población al sitio llamado Manchón de Torrealta, donde está

situado el observatorio astronómico, y desde el cual registra la vista

no corto espacio, descubriéndose a lo lejos, allende las aguas de la

bahía y las tierras llanas inmediatas, la ciudad de Cádiz, blanca como

la nieve, en el horizonte; pero en aquel momento, si las tinieblas de

la noche no permitían ver sus casas y torres, señalaba el lugar donde

estaban un resplandor vivísimo nacido de las luminarias, cuya luz se

dilataba a largo trecho. Numerosos espectadores acudían a recrearse

con la contemplación de aquella luz, más grata todavía que la de la

aurora lo es para el navegante, tras de una noche de borrasca, peligro

y ansias.

Poquísimo dormí yo en la noche de que voy ahora aquí hablando, porque

hacía en mí el gozo lo que podría haber hecho la pena más aguda.

Amaneció el deseado día, y en sus primeras horas pasé a juntarme con

mis compañeros, y emprendimos nuestro breve viaje. Llevábamos los

parlamentarios algún acompañamiento: un ayudante de Arco-Agüero,

llamado don N. Silva, cuatro soldados de artillería de a caballo, con

largas barbas, por lo cual eran apellidados _barbones_, y un trompeta

de la misma arma. Todos iban a caballo menos yo; circunstancia no

digna de mención si no hubiese influido en mi suerte en los sucesos

que siguieron, y debida a que, siendo yo pésimo jinete, no quería ir

haciendo ridícula figura a nuestra entrada en Cádiz, por lo cual escogí

un calesín a pesar de lo incómodo y feo de tan mala y antigua máquina

de viaje.

Poco más de media legua habríamos andado desde San Fernando, y

estábamos cercanos al lugar donde, cerca del torreón apellidado de

Torregorda, tuerce casi formando un ángulo recto, y va en derechura a

Cádiz la carretera nombrada allí arrecife, cuando empezamos a encontrar

gente de Cádiz, que a pie había andado sobre legua y media ansiosa

de ver y saludar a los constitucionales de ellos tan amados. Según

íbamos adelantando, iba creciendo el número de los viajeros, que llegó

a ser muy considerable ya a más de media legua de Cádiz. Habíamos los

del ejército constitucional, cuyo título era el de nacional, tomado

por divisa añadir a la escarapela encarnada un ribete ancho de cinta

verde, divisa considerada después por muchos como propia de la sociedad

secreta directora del levantamiento, y de la cual éramos gran parte

de los del ejército, si bien no todos, pero divisa que no lo era de

sociedad alguna, siendo solo emblema de nuestra esperanza al acometer

y empezar a poner por obra nuestra empresa, esperanza nunca del todo

perdida. Como sabían esto los gaditanos todos, los paisanos se habían

puesto escarapela como militares, y, no habiendo tenido tiempo para

coser a las que traían el ribete verde, se habían contentado con poner

un lazo de este color sobre el centro de la escarapela encarnada.

Las manifestaciones de alegría de aquellas gentes tenían trazas de

delirio, y al vernos rompían en altos vivas, declarando, a la par que

adhesión a la causa que con ellos nos era común, afecto vivo y aun

admiración a nuestras personas, en las cuales veían representadas

las de nuestros compañeros. En medio de tanto aplauso, llegamos a la

obra avanzada llamada la Cortadura, guarnecida por tropas que poco

antes eran para nosotros enemigas, habiéndolo sido por espacio de dos

meses, plazo durante el cual habían nacido en ella contra nuestra

causa, y más aún contra nuestras personas, pasiones de odio no poco

vivo, siendo muy otra nuestra firme, pero errada creencia, pues los

reputábamos amigos violentados a sernos hostiles. Sin embargo, al

acercarnos al fuerte, más por pedantería que por recelo, quisimos usar

las fórmulas comunes de la guerra, y mandamos al trompeta que con

nosotros venía, tocar llamada. Salieron a respondernos; pero no como

prestándose al parlamento, sino calificándole de inútil, porque ya no

estábamos en guerra. Parecía afectuosa la respuesta, así como fundada

en buena razón, y, con todo, no hubo de agradarnos, porque fue dada

con desabrimiento. Otras dos causas, con harto más motivo, mezclaron

un tanto de disgusto y desconfianza a nuestra alegría. Poco antes de

llegar a la Cortadura, del numeroso gentío que venía de Cádiz se separó

una persona que vino a hablarnos, entendiéndose particularmente con

Arco-Agüero, con quien había tenido algunas relaciones de trato casi

amistoso. Era el personaje de quien ahora hago aquí mención un don

N. Elola, oidor o, como decimos ahora, magistrado de la Audiencia de

Sevilla, vivo, travieso, no de la mejor reputación, pues era tachado

de ligero y cruel, no sé si con justicia, entremetido y dado a bullir,

sin crédito de constitucional ni de lo contrario, y el cual, no sé,

ni llegamos a saber, por qué razón venía de Cádiz, y si lo hacía por

voluntad propia o encargo de otros. Lo cierto es que Elola se empeñó

en persuadir a Arco-Agüero a que nos volviésemos sin llegar a Cádiz;

pero como las razones que alegaba nada claro ni explícito contenían,

no juzgamos decoroso ni justo dejar de cumplir con lo que nos estaba

encomendado. Separose, pues, de nosotros Elola, sin haber logrado

convencernos, y no sé si regresó a Cádiz o si siguió a San Fernando.

Igual, si no mayor, causa de temor o de sospecha nos dio otra

circunstancia que por lo pronto no fue de todos nosotros notada ni

aun sabida. Cabalmente, cuando estábamos llamando a parlamento, y

recibiendo por respuesta que tal acto era impropio entre gentes ya no

enemigas, había crecido sobre manera y agolpádose en aquel lugar la

turba procedente de Cádiz, cuyos vivas y aplausos eran tales y tantos

que nos ensordecían, y en medio de la gritería reparamos que también

gritaban desde el fuerte asomados a sus murallas los soldados, y aunque

viniendo sus gritos de lejos solo podían oírse estos, confundiéndose

otros más cercanos y numerosos, no faltó quien oyese que eran, en vez

de bendiciones y aplausos, maldiciones y denuestos. Pero esto, repito,

apenas llegó a nuestra noticia, y aun cuando hubiese llegado nos habría

desviado de pensar en ello el espectáculo que presentó a nuestra vista

Cádiz.

A pesar de que las turbas (pues llegaron a serlo) que nos esperaban

fuera de las puertas parecía como que debían haber dejado poca gente

en el casco de la ciudad, o fuese porque de la población nadie había

querido quedarse en casa, o que los que no habían salido a la calle,

sin excepción de clase u ocupación, poblaban los balcones y ventanas,

era inmenso el gentío que se presentaba a la vista. Las casas estaban

adornadas con colgaduras. Entre tanto llovían sobre nosotros, los

parlamentarios, flores arrojadas por los que estaban en alto, mientras

los que paseaban las calles se apiñaban a nuestro alrededor con

animación casi frenética, gritando y procurando asirnos la mano o

bien la pierna, o aun solo el vestido. Mis compañeros, poco o mucho

conocidos en Cádiz, eran objeto de admiración, y a mí, nacido en

aquella ciudad y que en ella había pasado buena parte de mi juventud,

se me daban generalmente testimonios de ardiente afecto. Los caballos

de mis compañeros apenas podían romper por el tropel, y se encabritaban

espantados, y a mi pobre calesín apenas consentían que rodase, no

faltando quien se subiese en las ruedas para apretarme la mano o darme

una enhorabuena afectuosa. ¡Días eran aquellos que no volverán en

largo tiempo, no siendo tan arrebatado o loco entusiasmo posible ya a

una generación llena de desengaños y escarmientos, y que por ser más

cuerda ha perdido muchos de los placeres que las ilusiones hijas de la

inexperiencia traen consigo!

Como ya va aquí dicho, atravesamos casi toda la ciudad de Cádiz por

estar muy distante de la Puerta de Tierra la casa del general Freire,

a que nos encaminábamos. Al ir a llegar a ella, pasamos las esquinas

de la calle de Linares, que desde la plaza de San Antonio, que iba a

ser de la Constitución, va al paseo de la Alameda, y que era y debe

de ser aún hoy una de las vías de comunicación en aquella ciudad más

transitadas. Al atravesar descubrimos parte de la plaza atestada de

gente, porque allí iba a jurarse la Constitución ante la lápida que de

ella era recordación y símbolo. Reservándonos nosotros asistir a aquel

espectáculo para la hora muy cercana en que, presentes las autoridades,

había de celebrarse la ceremonia del juramento, nos apeamos a la puerta

de la casa del general y pasamos a su presencia.

Hallamos a Freire cortado, inquieto, ni desabrido ni afable, y solo con

muestras de estar muy poco satisfecho de la situación en que se veía.

La sala en que le vimos estaba muy concurrida, llenándola personas

de diversas opiniones, cuáles alegres y soberbias, cuáles si ya no

mostrando tristeza o enojo, dando señales o de abatimiento o de recelo.

Vinieron a abrazarnos amigos nuestros, que presos por haber sido

cómplices en nuestra empresa, habían sido puestos en libertad pocas

horas antes y en las de la noche. Otros, poco antes nuestros contrarios

ardorosos, con frases conciliatorias procuraban captarse nuestro

afecto, explicando su conducta anterior como quien se disculpa de una

falta. Bien mirado y considerado todo, no nos sentíamos satisfechos

de la escena de que eran teatro aquel lugar y los cercanos, y de que

éramos testigos. Freire como que procuraba despedirnos para que nos

volviésemos al lugar de que habíamos venido, aunque no lo dijese

claramente, y habiendo soltado una expresión de temor de que puestas

en roce las tropas de su mando con las del ejército nacional, este

introdujese en aquellas un espíritu de indisciplina; y respondiendo a

esto Arco-Agüero, como algo picado, que el ejército constitucional

era por demás disciplinado, añadió el general de las tropas reales

que las suyas (según esperaba) a ningunas cedían en este punto; pero

lo dijo con tan anublado rostro y vacilante acento, que bien parecía

que hablaba según su deseo y no según su esperanza. En esto sonó un

tremendo ruido, oyéronse tiros, voces confusas, carreras: se asomó

al balcón Freire y desde la calle le gritaron que estaban asesinando

al pueblo. Él dio muestras de no creer tal cosa, pero poco pudo

decir, porque ya el hecho estaba patente. La parte trágica y en sus

consecuencias no poco funesta de la historia de la segunda época

constitucional había comenzado, anticipando los odios que por fuerza

habían de nacer de la mudanza de una a otra opinión sustentada con

vehemencia, y del choque de intereses que cambios tales tienen por

consecuencia forzosa.

II.

La súbita acometida de parte de la guarnición de Cádiz a los pacíficos

paisanos que habían acudido alegres a una fiesta a que los había

convidado la autoridad, era un suceso que debían haber previsto el

general Freire y los que a sus órdenes mandaban las tropas de aquella

plaza. Pero de estos últimos, algunos, sin duda, fueron cómplices,

aunque solo cómplices hasta cierto grado, del hecho atroz de la

desmandada soldadesca; y en cuanto al general, justo será decir que,

combatido de terribles dudas, casi arrepentido de haberse prestado a

que se proclamase la Constitución en el día anterior, sin llegar su

arrepentimiento a punto de atreverse a revocar su resolución cuando

menos aventurada, sintiéndose casi rebelde sin serlo, y por lo mismo

falto o de la osadía o de la fe que hace de la rebelión la defensa

de un principio, o bien creído, o tomado por pretexto, no acertaba a

contener la tropa, sofocando el espíritu que la animaba, y dejaba andar

las cosas, lisonjeándose de que no llegarían a un extremo.

Recuerdos de un anciano · 第 22 / 41 段