empresa a que todo el poder de Napoleón no había bastado, pero hubieron
también de reflexionar que ningún lugar es fuerte si no está defendido.
Hízose, pues, la prueba de si lo estaba. Dos compañías del regimiento
de la Corona se adelantaron hasta la batería del Portazgo. Había en
esta una corta guardia mandada por un oficial subalterno, ignorante de
lo que pasaba, pues aún lo estaban las autoridades de Cádiz de haber
sido sorprendido el cuartel general treinta horas antes a cinco o seis
leguas de distancia. Viendo el oficial del puesto llegar tropa, la
juzgó amiga, no suponiendo que pudiese haberla contraria en España,
entonces en paz, y saludando al que mandaba a los recién llegados como
compañero, le pidió que le entregase el pasaporte o carta de sanidad u
otro documento que debía traer consigo. En tanto, formados como venían
los de la Corona, hicieron alto delante del cuerpo de guardia, mientras
los que este lugar ocupaban, ajenos de recelo, no tomaron las armas,
dejándolas asimismo afuera en el lugar acostumbrado. Al fingir ir a
dar el pasaporte el que mandaba a los en aquel caso agresores, hizo a
los suyos una seña, a la cual, obedientes ellos, se arrojaron de golpe
al soldado que estaba de centinela, le desarmaron, no consintiéndole
resistir el asombro; cogieron como a manojo las armas y las tiraron a
tierra, y apuntando al oficial y a los suyos que, sin armas, salían
a echar mano a las suyas, curiosos más todavía que irritados de tan
imprevisto suceso, les intimaron que se entregasen prisioneros, lo cual
hicieron ellos sin resistir y sin saber por qué eran así tratados. Todo
esto pasó en completo silencio. Quedaba aún el Puente de Suazo, de más
fama que fuerza, entonces, pues da su nombre a los lugares vecinos, y
si es formidable y dificilísimo de expugnar, aun en la guerra de la
Independencia había quedado de segunda línea, y en 1820 ni guarnecido
estaba. Salió encargado de tomarle o de ocuparle, o solo de pasar
por él, un capitán de granaderos de la Corona, llamado don Miguel de
Bádenas, joven de singular humor festivo, atronado, muy conocido en la
buena sociedad de Madrid, donde eran citadas sus rarezas. No conocía
Bádenas el lugar a que iba, pues nunca había estado en él, por lo cual
fue yerro darle el encargo que llevaba, si bien fue yerro que no tuvo
malas consecuencias. Atravesó Bádenas con los suyos a todo correr el
espacio como de un cuarto de legua o algo más, que separa el Portazgo
del Puente; llegó a este último sin saber dónde estaba; vio baterías a
sus costados y un puente levadizo al frente, sin gente las primeras, y
el segundo con el paso expedito; siguió adelante, mirándole desde las
baterías uno u otro soldado sin conmoverse o mostrar extrañeza; se puso
al otro extremo del largo puente, y ya frente de las primeras casas de
la población de San Fernando, y enterado allí, con asombro suyo, de
que dejaba ya atrás el fuerte puesto, cuyo nombre había sonado en sus
oídos, loco de alegría, y apelando a sus singularidades, se echó en
tierra, se revolcó por ella, pidió papel, y con lápiz puso en el que le
trajeron _Soy dueño del Puente de Suazo_, y firmó tan raro parte con
la palabra _Netez_, voz derivada del adjetivo _neto_ que él usaba con
frecuencia, soliendo designarse por ella a sí propio. Así fue entrada
por pocos hombres la isla gaditana.
En el pueblo de San Fernando nadie sabía lo que estaba sucediendo,
menos los conjurados, y aun estos apenas, porque habiendo salido al
amanecer a recibir a sus amigos, con no verlos venir, cansados de
esperar, recelosos y desesperados, se habían vuelto a sus casas. Un
incidente más señaló tan singular suceso, como para poner en relieve la
inercia o incuria de las autoridades que allí había. Estaba en aquella
población, que es el primer departamento de marina, no menor personaje
que el ministro, o dígase el secretario de Estado y del despacho del
ramo, que era entonces el teniente general don Baltasar Hidalgo de
Cisneros, buen oficial, pero no político avisado. Residía allí, por
breve tiempo, aunque conservando su alto puesto e importante cargo
por orden del Rey, a fin de que activase la salida de la expedición
dedicada a reconquistar una parte de nuestras perdidas provincias
ultramarinas. Estaba el buen ministro o trabajando o descansando en su
morada, en plena paz, y en su entender seguridad completa, cuando ya la
bandera de la insurrección, que pronto fue la constitucional de 1812,
pasaba triunfante las desiertas calles. Sabedores los constitucionales
de la presencia allí de tal personaje, no tardaron en dar orden de
asegurarse de su persona. De hacerlo fue encargado un oficial con pocos
soldados. Tenía el ministro en su casa una guardia de infantería de
marina, la cual, viendo formarse enfrente tropa de tierra, no hizo
alto en ello, y antes dio franca entrada al oficial de ejército que
manifestó deseos de ver al general ministro. Este último, asimismo se
mostró pronto a recibir la visita que se le anunciaba; pero como, con
sorpresa suya, el recién entrado a su presencia le intimase que se
diese a prisión, el honrado y candoroso anciano, aunque no ignorante
por experiencia propia de lo que son las revoluciones, pues diez años
antes había sido en la de Buenos Aires, donde era virrey, depuesto
y preso, ajeno de toda sospecha de ver en la España europea cosa
igual o parecida, juzgó que procedía del Rey el duro injusto proceder
que con él se usaba, y exclamó: «que bien veía que S. M. había sido
sorprendido, pues él había hecho de su parte todo lo posible para que
la expedición saliese». Pero como, continuando la conversación, pasase
él a averiguar por qué conducto venía la orden de prenderle, y le fuese
respondido que la disposición era del general del ejército nacional;
asombrado al oír tal adjetivo, comprendió su significado, y se vio
llevar a decoroso encierro, no volviendo en sí de su asombro de que se
hubiese apoderado de la isla de León fuerza armada sin sentirlo ni el
vecindario ni las autoridades militares de lugar de tanta importancia.
No sin razón va aquí citada esta ocurrencia, porque esclarece la
situación en que tuvo efecto, y explica, como lo que más, el éxito de
una conjuración, solo por culpa del Gobierno favorecida por la fortuna.
Mientras esto sucedía en la isla de León, en Cádiz, recibido ya el
aviso de estar cercana parte de nuestras tropas, sin que supiésemos en
cuánta fuerza, nos preparábamos a recibirla. Al intento juntamos gente,
de ella la mayor parte de la peor clase posible, y le dimos por punto
de reunión la Puerta de Tierra. Pero aquí empezaron las dificultades.
Guiado Vega por los motivos que antes aquí dejo dichos, y además,
faltándole arrojo por haberle quitado los años el que tenía; como había
sabido que hora y media antes estaban algunos de los de Quiroga en
Torregorda, los suponía, no sin razón, en la Cortadura, y por estar
este puesto avanzado indefenso, dueños de ella, que es decir casi a
las puertas de la plaza. Por esto prefería en su entender lo cierto y
seguro a lo dudoso y arriesgado, y también se veía ya puesto por los
vencedores sus cómplices a la cabeza de una junta. En tanto, furioso
yo con su vacilación y dilaciones, quería arrojarme a la calle, pero
me lo estorbaba diciéndome que con mi salida intempestiva podía echar
a perder lo que había salido o iba tan a medida de nuestro deseo. Es
de contar que ya recibíamos avisos de que las autoridades de Cádiz,
sabedoras, aunque tarde, de lo que pasaba, estaban en movimiento y
apercibiéndose a la defensa, pero nos daba esto poco miedo. Faltaba
a Cádiz gobernador; el que hacía sus veces, el teniente de rey don
N. González Valdés, había sido castigado en 1814 por constitucional,
pecado no común en el ejército, y de él juzgábamos que si no se nos
declaraba amigo no se nos mostraría acérrimo contrario. Verdad es que
estaba en Cádiz el general Campana, pero en él ni pensábamos, siendo
hombre que, con razón o sin ella, gozaba de escaso concepto en la
milicia. En el batallón que guarnecía la plaza veíamos un apéndice de
la parte del ejército levantado. Solo quedaba en Cádiz el regimiento
de la Pava, o sea milicia urbana del tiempo antiguo, tal que ni sirvió
en la guerra de la Independencia, sustituyéndole los voluntarios. Pero
¡rareza de las que suelen suceder en el mundo! Contra toda probabilidad
habíamos logrado levantar el ejército, y traer parte de él hasta dentro
de la isla gaditana, y con todas las probabilidades en favor nuestro,
no fuimos dueños de la, aunque fuerte, indefensa ciudad de Cádiz,
cuyo vecindario nos era afecto, y con no lograr su posesión, nuestra
empresa, bien comenzada, estuvo cerca de terminar trágicamente y en
nuestra ruina.
Volviendo a mi situación y la de mis allegados, continuaba yo mi
altercado con Vega, insistiendo en hacer algo, cuando él, con el tono
enfático siempre suyo y el medio bramido que precedía en su boca a sus
frases: «Calle usted, Antonio», me dijo, «y no dude de que no hay que
temer; que si hubiese gobierno en España, meses ha que estaría usted
siete estados debajo de tierra». Triunfó al fin Vega, ayudado de otros,
aunque solo por lo pronto, creyendo todos de cuarto en cuarto de hora
saber que los de Quiroga estaban en la Puerta de Tierra, o cuando menos
en la Cortadura.
En esto, el día brevísimo, como de los primeros de enero, iba a
terminar, y yo, esperando a Vega que se había ido a su casa para
volver o aguardando noticias, y entre ellas la de la llegada de los
de Quiroga, me consumía de rabia, hasta que me eché a la calle. Pero
no encontraba conocidos a quienes preguntar, y solo veía la gente
inquieta y notaba movimiento. Vega, creyendo errado el golpe, se había
escondido. La gente nuestra que estaba apostada en la Puerta de Tierra,
no viendo venir tropa de afuera, y sin moverse la de adentro, se había
ido dispersando. Acudí al cuartel del regimiento de Soria, y el segundo
comandante, mi amigo y cómplice, me declaró que no era posible por
entonces que su tropa se declarase por nuestra causa. No sabiendo qué
hacer, lleno de dolor y de rabia, corrí a la casa donde solía pasar las
primeras horas de la noche, y allí me estuve sin pensar en volver a la
de mi asilo, de donde se había retirado su propio dueño no creyendo
aquella estancia segura.
Seguía la ciudad en silencio, cuando a altas horas de la noche, que
yo no había tratado de dar al sueño, sonaron dos o tres cañonazos. De
nuevo volví a salir, pero no tenía a dónde ir ni a quién preguntar.
Al cabo llegué a saber de un desconocido, en la calle, que el fuego
que había sonado había sido en la Cortadura. Pero reinaba donde
quiera silencio, dormía el pueblo, o velaba recogido cada cual en su
casa, y todo declaraba que, si había habido choque, los que venían
de fuera habían sido rechazados. Era mortal mi angustia, porque a la
incertidumbre se agregaba un tanto de reconvención que me hacía a mí
propio por haber cedido en el día anterior a ajena voluntad en vez de
hacer la mía, y además consideraba culpados a todos cuantos desde Cádiz
habíamos traído allí a los levantados, prometiéndoles fácil entrada en
aquella plaza, sin cuya posesión corrían grave peligro.
Estos pensamientos me hicieron pasar segunda noche desvelada, pero
harto peor que la anterior, en que la inquietud estaba acompañada de
alegría. Con el nuevo día vine a saber lo ocurrido en la noche, lo cual
fue, según testimonios venidos después a confirmar o rectificar las
primeras noticias, lo siguiente.
Quiroga había perdido muchas horas en la Isla, atento a varios
cuidados y no ligeros. Pero debía haber desatendido cualquiera otra
consideración, poniendo la suya principalmente en ocupar desde luego
a Cádiz, o cuando menos la Cortadura, pues esta dista solo como una
legua de Torregorda, donde ya habían llegado algunos de sus soldados
al mediodía, y con haber adelantado en la tarde una corta fuerza hasta
aquella obra avanzada, a la sazón sin defensa alguna, nuestra habría
sido la plaza de Cádiz, o en la misma noche, o al día siguiente.
Difirió, con todo, hasta cerca del oscurecer la marcha de la fuerza
destinada a tan importante objeto, la cual hubo de andar su camino
entre las tinieblas de la noche. A yerro tal agregó otro para los
suyos no menos funesto. Aunque tenía a su lado el comandante que había
sido del batallón de Aragón, don Lorenzo García, llamado el _fraile_
por haberlo sido lego antes de ser militar, y el cual era persona de
no común arrojo, y con la circunstancia de ser hombre de los dichos
«_de vida airada_», que en Cádiz, donde él había residido, pasan la
vida en comilonas, en los ventorrillos que hay en el camino a San
Fernando, y aunque el mismo García solicitó del nuevo general, muy su
amigo, la dirección de una expedición a que llevaba él la ventaja de
conocer aquel terreno a palmos, fue encomendada la empresa al primer
comandante de la Corona don N. Rodríguez Vera, buen oficial, pero para
quien los lugares donde iba a obrar eran absolutamente desconocidos.
Así es que en su marcha nocturna, ya casi cerca de media noche, se
encontró Vera al frente, como gigante que le atajaba el paso, la alta
muralla de la Cortadura corriendo de mar a mar, y al acercársele, oyó
dentro gran rumor de armas, llamar a la pelea en voces terribles, y
en medio de esto salieron de las troneras dos disparos de cañones
de grueso calibre, la bala de uno de los cuales acertó a caer en la
poco numerosa columna de su mando, matando a dos e hiriendo a algunos
más de los que la componían. Fue, por cierto, rara casualidad que
de dos tiros solos, salidos de batería no rasante, sino al revés,
muy elevada, una bala de cañón fuese tan certera. Mayor casualidad
fue que en una tropa declarada en rebelión al Gobierno, y persuadida
de que venía a consultar amigos, tal recibimiento, acompañado de
tal estrago, no hubiese infundido sospechas de traición y producido
un contralevantamiento, pero la tropa se mantuvo fiel, y el que la
mandaba, desesperando de poder tomar tanta fortaleza con el corto
poder de que disponía, hubo de volverse a San Fernando. Desde entonces
la Cortadura, en poder de las tropas fieles al rey, fue valladar
insuperable para las fuerzas de Quiroga y Riego, y aseguró al Gobierno
la posesión de Cádiz por más de dos meses; de suerte que, solo
después de haber jurado Fernando VII la Constitución, lograron los
restauradores de esta poner el pie en lo que debía haber sido una de
sus primeras conquistas.
He aquí lo que había sido la inesperada y feliz resistencia de la
Cortadura. Al saberse confusamente lo ocurrido en Arcos, donde había
caído prisionero el general del ejército expedicionario, y con
alguna más claridad que habían entrado en la isla de León tropas de
los levantados, las autoridades de la plaza de Cádiz trataron de
defenderla. El teniente de rey acudió al general Campana, el cual
tomó el mando con cualquier título. No tenían mucha fuerza, y de la
poca que tenían desconfiaban; pero nadie se movía ni alzaba la voz, y
era fácil obrar cuando nadie se presentaba a oponerse, reinando en la
ciudad quietud y silencio. En esto, un joven animoso tomó a su cargo la
defensa de la Cortadura. Era el de quien aquí ahora hablo el capitán
de infantería don Luis Fernández de Córdoba, tan famoso después en
los anales de España, entonces de pocos años y ningún renombre, no
obstante lo ilustre de su familia. Tenía yo relaciones de parentesco
con Córdoba y alguna amistad, y bien podría, si hubiese yo andado libre
por Cádiz, haber tratado de atraerle a nuestro partido, y es probable
que lo hubiese hecho, y aun que lo hubiese conseguido, porque no tenía
él opiniones políticas formadas, y de su carácter podía presumirse que
le sedujesen el atractivo de lo llamado libertad, y una empresa que
abría a su actividad un camino ancho, y, según la opinión de muchos en
aquellos días, glorioso. Pero Córdoba solo supo que había una rebelión
o sedición militar, y que faltaban fuerzas para hacerle resistencia,
si bien no tanto que algo no pudiese hacerse, y esto poco cubriría de
gloria a quien con brío lo acometiese, mayormente si, favoreciéndole
la fortuna, salía airoso de su empeño. Marchó, pues, a la Cortadura
con poquísima gente de la milicia urbana y algunos artilleros; llegó
allí, por su buena suerte y nuestra desdicha y la tardanza de Quiroga,
como una hora antes que los que venían a ocupar aquel puesto se
presentasen; al sentirlos venir dio voces, armó alboroto, tocó tambores
aparentando tener consigo gran fuerza, mandó hacer disparos con tanta
felicidad que, de dos cañonazos, uno hizo estrago en sus enemigos, y
con su osadía y habilidad, cuando ya pocos, si acaso algún más disparo
podía hacer, vio retirarse a los que venían a apoderarse del punto de
cuya defensa se había encargado, labrando con este hecho la fábrica
de su fortuna, que después tuvo su mayor aumento en una causa, si no
idéntica, análoga a la de que él había sido ardoroso contrario, y todo
ello no con una deserción vergonzosa, sino al revés, sin mengua de
su decoro. Pero fuerza es confesar que le favoreció la suerte, pues
si Rodríguez Vera hubiese conocido el lugar donde estaba, lejos de
retroceder, habría seguido por la playa, al abrigo ya de los fuegos
de la fortaleza, y rodeando esta la habría entrado por la gola casi
indefensa, pudiendo Córdoba y los suyos solo morir con gloria, pero no
rechazar a los agresores.
Con esto quedó por lo pronto seguro Cádiz por la causa del Rey. Una
tentativa hecha de allí a dos días, en la noche del 5, a que asistí yo
en persona y que tenía mil probabilidades de salirnos favorable, por
haberse entrometido en ella más de una persona y dado disposiciones que
se contradecían, vino a parar solo en proporcionar la fuga de varios
de los presos en el castillo de San Sebastián, que pasaron al ejército
ya constitucional, y fueron allí de tanto servicio y provecho que sin
ellos no habría triunfado; pero no sirvió de darnos la posesión de
Cádiz, que sin duda habría sido nuestra si se hubiese seguido el plan
primero en vez de alterarle con inoportunas adiciones, como hicieron
algunos en la hora de ejecutarle. Aunque en lo singular no es este
lance menos digno de atención que otros aquí referidos, pues al revés,
abunda en escenas que juntamente provocan a risa y pena, me abstengo de
contarle por menor ahora, por haber dejado correr la pluma harto más de
lo debido en estas narraciones prolijas. Baste decir que de resultas
salió orden de prenderme, y que, después de estar siete días oculto,
salí de Cádiz no sin peligro, favoreciéndome para atravesar la Puerta
de Mar la casualidad apenas vista en aquellos alrededores de estar
nevando, y que pasado a un buque francés disfrazado de marinero, entre
otros de la misma nación, me fui al Trocadero, y de allí pude escapar a
Puerto Real, donde encontré a Riego con algunas tropas de las suyas. Ya
en el ejército de San Fernando, referir lo que allí pasaba y pasó sale
fuera de los límites de esta parte de mis recuerdos.
Réstame solo hacer leve mención de lo que todos saben. Nuestra empresa,
gracias a la torpeza del Gobierno llevada a ejecución con felices
comienzos, por nuestros yerros, y asimismo por causas que no pudimos
remediar, llegó a tener tan mal aspecto al cabo de dos meses de floja
guerra civil, que nuestra perdición parecía segura; pero el mismo torpe
proceder que dejó pasar a ser rebelión una conjuración mezquina, dio al
cabo la victoria a una rebelión de flaquísima fuerza cuando estaba, si
no vencida, poco menos. Tres años y medio hubo de durar el edificio que
levantamos con tan malos materiales; pero la falta de solidez apareció
al cabo: tal cual fue levantado, cayó derribado a no muy recio embate.
De él algo quedó, sin embargo, malo y bueno, y de lo uno y de lo otro
está sintiendo los efectos la generación presente.
X.
EL 10 DE MARZO DE CÁDIZ.
Ya más de una vez ha dado a notar quien esto escribe cuán olvidada
está la generación presente de lo que hicieron y pensaron sus padres.
Parece como que la parte más moderna de nuestra historia, o digamos la
que está más atrás del periodo en que, muerto Fernando VII, comenzó
la guerra por la sucesión a la corona de España, es una de las más
desconocidas. Verdad es que la breve época desde 1820 hasta 1823
tiene poco que la recomiende, habiendo sido su terminación no solo
funesta, sino ignominiosa para los que entonces predominaron, y no,
cierto, porque todos ellos fuesen dignos de desprecio, sino porque,
traídos por los sucesos a una situación de que era imposible no salir
mal, si no merecieron el descrédito en que cayó la revolución de que
fueron defensores, y con ella hasta cierto punto sus personas, tampoco
pudieron, ni pueden con razón, extrañar la a veces injusta y acre
censura que ha sido común hacer de sus hechos y sus nombres.
Pero no es lo malo que se tache, si a veces con justicia, a veces
sin ella y en todo caso con rigor, por lo excesivo no merecido, a los
constitucionales de 1823, pues peor es, si cabe, y atendiendo a que
duele más a los humanos ser despreciados que ser maltratados; que de
las cosas de aquellos días solo queden memorias escasas y confusas.
De seguro no faltarán quienes al leer el encabezamiento del artículo
presente pregunten: ¿Y qué ocurrió en Cádiz el 10 de marzo que merezca
ser conmemorado? ¿Y de qué año fue el 10 de marzo, cuya recordación da
margen a no menos que un artículo de periódico del día presente?
Sin embargo, este 10 de marzo hoy conservado en pocas memorias, como
que casi ha desaparecido la generación cuyos ánimos tanto ocupó, era
citado con frecuencia desde 1820 a 1823, siendo uno de los asuntos
que daban motivo a encarnizadas disputas y vehementes declamaciones
y apasionados juicios, en los cuales, tomando la fundada acusación
carácter de odio y venganza, y apareciendo espíritu de bandería,
perdía mucho de su fuerza, mientras por el lado opuesto, defensas
hijas de parcialidad política, tiraban a convertir en acto loable, o
cuando menos disculpable, un delito que debía ser calificado de tal,
juzgándole por sus méritos y fuese cual fuese la causa en cuyo favor
se declarase, y diese su fallo definitivo la fortuna. Y así fue que,
vuelto en 1823 al mando y predominio el partido de la monarquía, fue
celebrado y recompensado como buen servicio hecho al trono un atentado
que toda autoridad debería haber desaprobado, aun cuando por motivos
dignos de consideración no castigase a los perpetradores y directores.