Había en medio de esto llegado el 26 de diciembre. No estaba señalado

el día en que había de tener efecto el rompimiento, pero no podía ya

perderse tiempo, y era necesario poner en obra lo propuesto y dentro

de plazo muy breve. Estando así las cosas, se me presentó un sujeto

de mí desconocido, que me traía, de parte de Mendizábal, un encargo,

diciéndome que sin demora pasase a verle en Jerez, para lo cual me

traía el mensajero medio fácil y seguro de atravesar el cordón. Cauto

yo, como convenía a las circunstancias, con arte procuré averiguar si

el mensajero era nuestro aliado o cómplice, y pronto hube de conocer

que no lo era, sino que, al contrario, ignoraba qué clase de negocio

tenía yo en trato con nuestro común amigo, y creía que era sobre cosa

de compra y venta, todo ello relativo al ramo de provisiones. Acomodé

al saber esto mi lenguaje a lo que de mí debía pensar el que iba a ser

en mi nuevo corto viaje mi compañero. En medio del día tuve que salir

por medio de Cádiz, donde era tan conocido, embozado y tapándome, pero

de manera que no diese tampoco sospechas por mi empeño en encubrirme a

la persona que iba conmigo. No pude conseguir esto último, pues como

él me dijo después, receló que yo tenía alguna causa por la cual me

recataba con exceso. El hombre, sin embargo, no era de temer, porque

a la política atendía poco, y si algo, era allá constitucional a su

modo, como buen gaditano. Así es que nos embarcamos sin tropiezo para

el Puerto, de la cual población salimos sin perder tiempo para Jerez,

donde nos encontramos Mendizábal y yo, siendo de notar que no le había

yo visto desde que había entrado en nuestra sociedad y nuestro proyecto.

Ya en aquella hora, una conjuración sin verdadera cabeza, sin

recursos, o poco menos, tenía una fuerza formidable. Con todo eso, aún

podría el Gobierno haberla atajado, como pudo fácilmente después del

levantamiento haberla sujetado; pero dio con su conducta sobrado motivo

para que los más amantes de las doctrinas que profesaba y de las cuales

era defensor, se viesen forzados a darlo, aunque de mala gana, y por

otras causas, la calificación de malo que le daban sus enemigos y se le

da en esta narración prolija. Sirva de disculpa de esta prolijidad que

ella misma, en sus menudencias, manifiesta con lo flaco de los medios

empleados para derribar aquel poder, hasta qué punto había en él venido

a menos la fuerza que tenía en 1814.

IV.

Al llegar a Jerez y verme con Mendizábal, encontré a este lleno de

su importancia, y no sin razón, ufano del éxito de sus trabajos,

tan feliz, según nuestro deseo, que era ya fácil y llano, a punto

de contarlo como seguro lo que tres meses antes habría parecido un

delirio. Por desgracia, o diciéndolo con propiedad, para mortificación

de nuestra impaciencia, teníamos al principio un testigo de nuestra

conversación en mi acompañante, quien, al vernos hablar de negocios de

compra y venta, con ingenuidad manifestó que había recelado otra cosa

de mí, porque a la salida de Cádiz tenía para él trazas de persona muy

sospechosa, y tal vez implicada en un suceso político de aquellos días

al cual aludió,[64] pero sin darnos susto, porque no era el de harta

más gravedad que teníamos entre manos.

[64] Por aquellos días fue comunicada una Real orden supuesta,

mandando poner en pie y entrar en servicio activo las milicias

provinciales. De dónde salió, y cuál fin llevaba tal fraude,

no creo que se haya sabido, pues de los conjurados no fue ni

podía ser, porque en las milicias más contrarios teníamos

que amigos. Lo cierto es que el Gobierno se indignó, y en la

_Gaceta_ expresó su indignación en nuevas y verdaderas Reales

órdenes, mandando averiguar el origen de un hecho en que veía

un peligro. De esto se habló mucho; no entre nosotros, atentos

a mayor cuidado. Mi acompañante, más enterado de ello que de

nuestro negocio, me dijo, pues, que al figurarse que yo me

tapaba mucho, receló si sería de los implicados en la causa

mandada formar sobre el asunto de las milicias provinciales.

Un negocio o solo un deseo de distracción llevó a este que nos era

importuno, y dejándonos a solas uno con otro a los dos agentes de

conjuración, supe de Mendizábal que me llamaba para que juntos

pasásemos a las Cabezas de San Juan, donde habían de darse sus

disposiciones finales para el levantamiento casi inmediato, porque allí

estaba uno de los que en él habían de hacerlo principal, nombrándome a

la tal persona, hasta allí de mí no conocida. Era esta la del primer

comandante del batallón de Asturias, don Rafael del Riego, de allí a

poco de tan alto renombre, por algunos años después de controvertida

fama, al cabo de suerte por extremo lastimosa. Del carácter del tal

personaje deben dar el mejor testimonio sus hechos, pero estos son

conocidos imperfectamente, habiéndolos abultado, sacado de quicio, y

desfigurado en contrarios sentidos pasiones furiosas o locas, unas

de amor y otras de odio. Un motivo poderoso me sirve de impedimento

para hacer su retrato, y es que lo trágico de su fin y el extremo de

barbarie con que fue tratado por sus enemigos vencedores deben hacer

en alto grado respetable su memoria, mientras por el lado opuesto la

verdad histórica, que no admite falsedades, ni aun abona el silencio

cuando es justa y necesaria la censura, exigiría, al hacer mención

de sus buenas prendas, señalar igualmente las faltas enormes que las

compensaban y deslustraban, y que tan fatales fueron a la patria, causa

y persona del que sobre todo era desigual por demás al puesto a que por

breve plazo le encumbró la fortuna. Riego tenía parte en la conjuración

medio sofocada en el Palmar, siendo de la sociedad secreta, pero tenía

en ella tan pobre papel, que solo era conocido de sus amigos. Tuvo la

mala suerte de haber ido en el séquito militar del conde de La Bisbal

en la noche del 7 al 8 de julio, desde Cádiz al Puerto, a ejecutar la

prisión de los comandantes, pero, lleno del celo de la causa común, y

conociendo la intención del general desde el momento en que se puso

en marcha, había tratado en el camino de dar aviso a sus cómplices y

de excitar a la resistencia. O por no ser sabido tal proceder, o por

otra causa ignorada, lejos de participar de la desgracia de los que

cayeron presos en aquel lance, había sucedido a dos de ellos (los

hermanos San Miguel) en el mando del batallón de Asturias; pero lo

ignorado o desatendido por unos, era recordado y aprobado por otros, de

lo cual había nacido contarse mucho con Riego entre los continuadores

de la poco antes malograda empresa. Yo ni de vista le conocía; pero

Mendizábal me hizo de él grandes elogios, porque en la trama renovada

y reforzada en el ejército había tenido y tenía muy principal parte.

Esto supe en Jerez, y esto oí de nuevo en el camino que emprendimos

Mendizábal y yo, sin compañeros, en la noche del 26 al 27 de diciembre.

Habiendo llegado al amanecer a las Cabezas, villa pequeña, villa cuya

existencia y nombre sabían pocos, excepto en los lugares comarcanos,

pero de extendida fama después, y que será recordada siempre, ya para

bien, ya para mal, en la historia de España, entramos en el pueblo,

fuimos al alojamiento de Riego, y yo fui presentado a él, quien desde

luego me recibió como amigo, a uso de aquellos días de sinceridad en

nuestro entusiasmo, y se empezó al momento a trabajar en los pormenores

del plan del levantamiento. Tres habían de ser los movimientos

principales. El batallón de Asturias, saliendo de las Cabezas en la

noche del 31 de diciembre (después se pospuso a la del 11 de enero de

1820), había de irse sobre Arcos, donde estaba el cuartel general, y

juntándose en las inmediaciones de aquella población con el batallón

de Sevilla, que había de acudir al mismo punto desde su acantonamiento

en Villamartín, y con algún otro, juntos caer sobre la residencia

del general del ejército, prenderle con todos cuantos a él siguiesen

adictos, y proclamar lo que llamábamos la libertad, y por general a

Quiroga. Al mismo tiempo este, sacado de su prisión en Alcalá por el

batallón de España, allí acuartelado, y puesto a su frente, había de ir

sobre Medina Sidonia, donde le esperaba y se le reuniría el batallón

de la Corona, y ambos juntos, marchando en la larga noche de invierno,

debían con la primera alborada estar sobre la batería del Portazgo y

puente de Suazo, donde, aprovechando el general completo descuido, lo

cual, como acreditó la experiencia, no era prometerse mucho, entrar

sin resistencia y por sorpresa en la isla gaditana, y dueños ya de

ella los levantados, creían seguro serlo de Cádiz, guarnecida por el

batallón de Soria, muy nuestro, aunque no lo era su primer comandante,

y cuyo vecindario, liberal ardoroso, recibiría con aplauso a los que

debía considerar como libertadores de la patria, sujeta al yugo del

despotismo. Por último, tercer movimiento hecho un poco más en lo

interior, y empezado por la artillería, cuyo comandante, el coronel don

Miguel López de Baños, era contado entre los más firmes y ardientes

de nuestra sociedad y empresa, agregándose el batallón de Canarias

y algunos más, había de marchar a la costa, donde el ejército antes

expedicionario, y ya destinado a muy otro fin, había de presentarse

junto. De este plan solo una parte tuvo efecto, y muchas tropas de las

que con harta razón suponíamos amigas, en fuerza de las circunstancias,

vinieron a sernos contrarias, no obstante lo cual, en el término de

poco más de dos meses fue nuestra y completa la victoria.

Estando ocupados en estos trabajos, se presentó en las Cabezas, llamado

por Riego, el comandante de un batallón acantonado, no me acuerdo si en

Trebujena o en Constantina, de la sociedad también, y de la conjuración

por consiguiente, pero hombre tibio e irresoluto. Enterósele de lo

quede tocaba hacer en la obra común, lo cual era ponerse en marcha

sobre Cádiz, juntándose, si le era posible, con Riego. Allanose a ello

sin poner objeción alguna, y como si hubiese aún algo en qué convenir,

después de estar conformes en lo principal, fue preguntado por Riego si

necesitaba todavía alguna cosa, a lo que él respondió con gran flema y

no menor asombro de nuestra parte, que solo pedía una orden del general

(no del nombrado por nosotros, sino del que lo era por el Rey), para

ponerse en movimiento. Ridiculizó Riego, como era de suponer, la idea

de pedir una orden del general para rebelarse contra el Gobierno y

contra su misma persona, pero el bueno del comandante repuso: «¿Pero

y yo, si no sale bien el movimiento, con qué me cubro?». «¿Y con

qué me cubro yo atacando el cuartel general?», exclamó arrebatado y

replicándole Riego. No hizo mella tal consideración en el ánimo de

su compañero, del cual visto estaba que poco o nada era de esperar,

pues trataba de cubrirse, y así fue que se marchó con apariencias de

ir disgustado, y que no tomó parte en el movimiento verificado de

allí a cinco días. Pero hizo otra cosa más singular, y es que Riego,

habiéndole parecido tan ridícula pretensión la de su compañero, apelase

después al arbitrio de que se burló e indignó;[65] acción por largo

tiempo ignorada aun de mí, y descubierta por el mismo que la hizo en

una de sus frecuentes indiscreciones.

[65] Cuando regía la Constitución, y estaba Riego en el punto

más alto de su fama e influjo o poder, como estuviésemos un

día, estando él presente, hablando del pormenor de los sucesos

de nuestra conjuración, cité yo, como idea singular por lo

ridícula, la del buen comandante que necesitaba una orden

supuesta del general para sublevarse, y la alentada y oportuna

respuesta del que era llamado Héroe de las Cabezas, cuando, con

sorpresa mía, este dijo: «_Pues yo hice escribir una orden como

la de que se trata, para mí, y estaba tan bien imitada la letra

de la oficina y la firma del general_ (el conde de Calderón),

_que puestas al lado las órdenes verdaderas y la supuesta, no

se distinguía la una de las otras_». Como había entre nosotros

personas, si no enemigas, tales que podían hablar de este acto,

hicimos ruido y procuramos que apenas se entendiese lo que algo

menguaba la clara fama de Riego. Lo más raro de todo ello, es

que habiendo él publicado la Constitución de 1812, separándose

del plan del alzamiento, no se atina cómo pudo pretender

cubrirse con una orden para ponerse en marcha.

Pasose en claro la noche del 27 al 28, como había yo pasado la anterior

caminando, pero no sentíamos la falta de sueño. Arregladas las cosas

en las Cabezas, salí para Jerez de vuelta a Cádiz, y me separé de

Mendizábal. En las pocas horas que pasé en Jerez, escribí para Quiroga

la proclama que había de dar en la hora del levantamiento, y que solo

fue publicada en San Fernando al tercero o cuarto día de estar allí,

siendo ya inoportuna. Marchó a Alcalá a llevarla don Vicente Bertrán

de Lis y Rives, amigo muy querido mío, cuya muerte temprana, aunque no

ocurrida en la primera juventud, es una de las que lamento entre las

muchas que está destinado a llorar aquel a quien concede el cielo el

dudoso favor de una vida larga.

Tenía prisa de llegar a Cádiz, y lo hice sin tropiezo o gran

dificultad, aunque estaba el cordón subsistente como para prueba de que

había una ley o disposición del Gobierno, de que nadie hacía caso. A

favor de mis relaciones con el correo, desde el Puerto fui en el carro

que llevaba las valijas, juntamente con el conductor, que solo vio en

mí un recomendado, y así penetré en la ciudad a la acostumbrada hora de

la noche. Encontré a la gente un tanto inquieta con una novedad, y era

que en la noche anterior había sido preso Istúriz y llevado al castillo

de San Sebastián, donde estaba encerrado e incomunicado. Seguía, pues,

la causa de los complicados en la conjuración, y con algún aumento

de actividad, pues ya eran presos paisanos como cómplices de los

militares; pero seguía con tan poco tino que dejaba libres a los que a

la sazón amenazaban al Gobierno con peligro tan inmediato como grave.

Aun mi prisión acaso, que mes y medio antes habría desbaratado de nuevo

la trama, ya no habría alcanzado a impedir el alzamiento, pero a lo

menos habría sido ponerse en el rastro verdadero, cuando con prender

entonces a Istúriz se seguía uno que no llevaba objeto a la sazón

importante.

Así es que la prisión de Istúriz nos dio pena, pero susto no, y aun la

primera fue poca, por creernos seguros de libertarle dentro de tres o

cuatro días. No eran más los que faltaban para el gran suceso esperado.

Los pasamos en ansiosa expectativa, si llenos de esperanza, no ajenos

de temor, y este, puede afirmarse sin jactancia, no por nuestras

personas, sino por la causa a que con empeño tal nos habíamos dado.

Llegó, por fin, el 1.º de enero y pasó, y ninguna noticia tuvimos;

pasó el día siguiente y continuó la misma incertidumbre, hasta llegar

la noche y cerrarse las puertas. Aunque estas habían de abrirse para

el correo, ya apenas contaba yo con recibir por él noticias, y tan

subidas cuanto habían sido mis esperanzas, tanto era mi desaliento, o

debo decir mi desesperación, figurándome, si no una desgracia como la

del Palmar, pues de ella, si la hubiese habido, habría tenido noticia

el gobernador de Cádiz y sería pública, un amilanamiento al tiempo

de obrar, u otra cosa parecida, que causando nuevas dilaciones iba a

malograrlo todo, pues la dilación encerraba entonces segura ruina.

Entre furioso y triste, siguiendo mi costumbre de salir de noche, me

fui al lugar donde solía estarme hasta la hora de recogerme. Pero no

habría estado allí una hora, cuando llamaron con recio campanillazo

a la puerta, y acudiendo a ver quién era, preguntó por mí un sujeto

desconocido. Bien podía infundir temor la pregunta, y el hecho de

buscarme allí donde poquísimos sabían que podría hallárseme; pero era

hora de aventurarlo todo, y así me presenté resuelto al que deseaba

verme. No le conocí, pues en mi vida le había visto, pero me hizo las

señales por donde nos dábamos a conocer unos a otros, a lo que siguió

decirme lo siguiente: «Acabo de entrar en Cádiz en el carro del correo.

Vallesa ha llegado a la isla esta tarde de vuelta del ejército: el gran

golpe está dado:[66] el cuartel general ha sido sorprendido ayer antes

de amanecer con feliz fortuna y ninguna resistencia: el general del

ejército está preso con otros muchos: Quiroga libre, y dueño del mando,

viene marchando sobre el Puente de Suazo, donde llegará al amanecer,

siendo fácil, a punto de darse por seguro, que en el descuido que hay

entrará en San Fernando, sorprendiendo antes la guardia avanzada del

Portazgo, sin que se note siquiera».

[66] No deben extrañar los lectores que no entre aquí a referir

el famoso hecho de Riego, porque hablo de cosas en que o tuve

parte, o que estaban enlazadas inmediatamente con mis actos

personales, Riego proclamó la Constitución de 1812 en las

Cabezas, el 1.º de enero de 1820 por la mañana, y al cerrar

la noche fue sobre el cuartel general de Arcos, le sorprendió

con extraordinario arrojo, y con ello ganó eterno y en no

corto grado merecido renombre. Pero con su valor mezcló no

poco de imprudencia, mostrando ya lo que constantemente mostró

en su breve carrera política, y es que obraba a medida de su

capricho. Riego no tenía encargo de proclamar la Constitución

de 1812, ni hacer tal cosa era parte principal de nuestros

planes. Debía haber ido sobre Arcos, según estaba convenido,

ocultando a qué iba hasta dar el golpe. En verdad un solo

soldado infiel en un caso en que la infidelidad habría sido

altamente premiada, un solo vecino del pueblo de las Cabezas

que se hubiese escapado en las horas que mediaron entre la

proclamación del Código de Cádiz y la salida del batallón de

Asturias del pueblo, habría malogrado el plan general, y hecho

la sorpresa imposible. Y no vale decir que Riego acordonó el

pueblo, pues sabido es cuán fácilmente atraviesa un cordón un

hombre solo.

El batallón de Sevilla, acantonado en Villamartín, cumpliendo

fielmente lo dispuesto, y guiado por su segundo comandante don

N. Osorio, a quien siguió el primer comandante, fue asimismo

sobre Arcos, adonde llegó antes de amanecer. Pero no dio con

Riego y los de este. En tal situación esperó a la luz del día,

siendo prodigio que al verse solos y creerse perdidos, la

tropa no se creyese vendida y se dispersase. En tanto, Riego,

viéndose sin esta ayuda que esperaba, dio el golpe solo. Pero

si de este fue el atrevimiento, del otro fue el mérito de la

obediencia al plan formado y de la firmeza. Sin embargo, nadie

habló con alabanza de la conducta del batallón de Sevilla y de

sus jefes. Una acción de valor temerario seguida del triunfo,

se lleva tras sí la atención general, distrayéndola de ocuparse

en actos, si no de inferior mérito, de menos bulto.

Grandes noticias eran estas, y tales que equivalían al triunfo

completo de nuestra causa; de suerte, que hasta en mí, siempre más

inclinado a creer y mirar posible lo adverso que lo favorable,

produjeron el efecto de infundirme, juntamente con loca alegría por lo

presente, las más lisonjeras esperanzas para lo futuro.

El gran golpe estaba dado, y si aún quedaba por hacer una cosa, al

parecer nada fácil, que era la entrada en la isla gaditana, atendido

el estado de las cosas, lo miraba yo como cosa hecha. En esto último

acerté, pues, como referiré de aquí a poco, fue entrado y ganado por

nosotros lo que había sido diez años antes baluarte de la España

independiente y límite del gigante imperio de Napoleón, sin resistencia

y hasta sin conocimiento de los que dentro estaban, a pesar de lo cual,

y de algún otro suceso feliz, montes de dificultades se nos pusieron

delante, a punto de poner muy a pique de ser trágicos fines los que

habían sido tan afortunados principios.

Volviendo a mi persona, cuando recibí las para mí tan faustas nuevas,

corrí a verme con mis amigos y cómplices, a fin de prepararlo todo para

abrir las puertas de Cádiz a los levantados. Parecía la cosa fácil una

vez en San Fernando los nuestros. Guarnecía a Cádiz con muy escasa

fuerza el batallón de Soria, en el cual teníamos cómplices numerosos,

si bien no lo era el primer comandante; pero este más trazas tenía de

sernos amigo que contrario, como lo probó al fin, aunque tarde; y de

los gaditanos esperábanos con plena seguridad, si no otro auxilio, el

de su arrebatado aplauso, que no deja de servir, y aun bastante, en

señaladas ocasiones.

Pero luchábamos con un inconveniente, el cual era lo corto del poder

o influjo de las cinco o seis personas únicas que en Cádiz estábamos

en el secreto de lo que pasaba, y aquí se nos presentó un obstáculo en

don Domingo Antonio de la Vega, quien, sin contar con que se nos mostró

tímido, como de él no se esperaba, obró guiado por consideraciones

de interés privado, harto disculpables en sus circunstancias, pero

funestas para nuestra empresa, pues habiendo él tomado tanta parte

en los trabajos y peligros, no quería que fuese de otros el provecho

ni la gloria, y sabía que, levantaba la población de Cádiz, daría el

mando por elección a los que nada habían hecho en la empresa nueva,

cuando, entrando el ejército, tocara un alto puesto al que en la

nueva conjuración le ocupaba muy principal, y en el concepto de los

vencedores era tenido en mucho. Que no calumnio a Vega al decir de él

que tales motivos le guiaban en el 3 de enero de 1820, me consta de sus

propias declaraciones, pues más de una vez en el aquí recién citado

día, me expresó lo que yo de él no supongo, sino refiero, procurando

hacer uno con su interés el mío. Pero me olvido de que pensando en lo

posterior, aunque inmediato, he pasado por alto varias circunstancias

de la mañana del mismo 3 de enero.

Bien era de suponer que dormiría yo poco en la noche anterior. Así

es que el alba me encontró despierto, suponiendo que en aquella hora

o éramos dueños de la importante posición de la isla de León o San

Fernando, o habíamos tenido un revés inesperado que reduciría a nada

la victoria en el cuartel general recién conseguida. Pasaron horas,

y ninguna noticia me llegaba. Inquieto nuevamente por demás, envié

una persona a la Puerta de Tierra a que viese si venía gente de la

Isla, como viene todos los días a Cádiz en no corto número, y de

los que viniesen averiguase lo que allí había pasado o pasaba. Fue

mi comisionado y volvió con noticias que, por ser tan ordinarias y

triviales, si no me causaron dolor, aumentaron mis angustiosas dudas.

Habían llegado de la isla de León calesines salidos de aquel pueblo ya

entrado el día, y como fuesen preguntados los caleseros qué había de

nuevo en el punto de que venían, respondieron que nada. Terrible era

la respuesta, por ser al parecer prueba evidente de que se le había a

Quiroga malogrado el golpe. No perdí tiempo en despachar una persona de

mi confianza a la isla de León, y me puse a esperar las tres o cuatro

horas que debía tardar la respuesta. No hube de estar por tan largo

tiempo en mi casi congojosa espera, pues a poco más de una hora de

su salida, mi comisionado me escribió desde poco más de la mitad del

camino que Quiroga y los suyos eran ya dueños de la Isla, y que había

hablado con una corta partida o avanzada de sus tropas, que, vencida

ya más de la cuarta parte del camino que separa aquella población de

la de Cádiz, estaba en el lugar a que da nombre un torreón antiguo

llamado Torregorda. Nueva alegría fue esta tras de nuevas congojas, y

esta vez parecía todo concluido, aunque vino a distar mucho de estarlo.

He aquí lo que había pasado con particularidades que calla o ignora la

historia; menudencias quizás, pero tales que explican nuestro increíble

triunfo.

Por mucha prisa que se hubiese dado Quiroga en su marcha, no había

podido hacerla con la prontitud necesaria para el fin propuesto. En

primer lugar, no se había movido en el día 1.º al mismo tiempo que

Riego, lo cual se le achacaba a grave culpa, pero no lo fue, porque si

se hubiese movido, habría habido de detenerse en el camino, atajándole

el paso dos ríos que, estando como estaba lloviendo con violencia, y

siendo como torrentes, hasta dos o tres horas después de escampar, no

podían ser vadeados. En segundo lugar, puesto ya en marcha, encontró

muy malo de resultas de las lluvias el camino. También al llegar a

Medina Sidonia, si allí se le reunió el batallón de la Corona, lo

hizo, aunque sin asomo de resistencia, con alguna tardanza. Esta,

aunque no grande, trajo pérdida de tiempo, y lo mojado y cenagoso del

terreno hicieron trabajoso el paso de las cuatro leguas que hay de

Medina-Sidonia al puente de Suazo. Ello es que, en vez de llegar a

avistar este punto antes de amanecer, o con luz dudosa, se vio cercano

a la batería del Portazgo entre las nueve y diez de la mañana de un

claro día; mala hora para sorpresas.

Recuerdos de un anciano · 第 20 / 41 段