el día en que había de tener efecto el rompimiento, pero no podía ya
perderse tiempo, y era necesario poner en obra lo propuesto y dentro
de plazo muy breve. Estando así las cosas, se me presentó un sujeto
de mí desconocido, que me traía, de parte de Mendizábal, un encargo,
diciéndome que sin demora pasase a verle en Jerez, para lo cual me
traía el mensajero medio fácil y seguro de atravesar el cordón. Cauto
yo, como convenía a las circunstancias, con arte procuré averiguar si
el mensajero era nuestro aliado o cómplice, y pronto hube de conocer
que no lo era, sino que, al contrario, ignoraba qué clase de negocio
tenía yo en trato con nuestro común amigo, y creía que era sobre cosa
de compra y venta, todo ello relativo al ramo de provisiones. Acomodé
al saber esto mi lenguaje a lo que de mí debía pensar el que iba a ser
en mi nuevo corto viaje mi compañero. En medio del día tuve que salir
por medio de Cádiz, donde era tan conocido, embozado y tapándome, pero
de manera que no diese tampoco sospechas por mi empeño en encubrirme a
la persona que iba conmigo. No pude conseguir esto último, pues como
él me dijo después, receló que yo tenía alguna causa por la cual me
recataba con exceso. El hombre, sin embargo, no era de temer, porque
a la política atendía poco, y si algo, era allá constitucional a su
modo, como buen gaditano. Así es que nos embarcamos sin tropiezo para
el Puerto, de la cual población salimos sin perder tiempo para Jerez,
donde nos encontramos Mendizábal y yo, siendo de notar que no le había
yo visto desde que había entrado en nuestra sociedad y nuestro proyecto.
Ya en aquella hora, una conjuración sin verdadera cabeza, sin
recursos, o poco menos, tenía una fuerza formidable. Con todo eso, aún
podría el Gobierno haberla atajado, como pudo fácilmente después del
levantamiento haberla sujetado; pero dio con su conducta sobrado motivo
para que los más amantes de las doctrinas que profesaba y de las cuales
era defensor, se viesen forzados a darlo, aunque de mala gana, y por
otras causas, la calificación de malo que le daban sus enemigos y se le
da en esta narración prolija. Sirva de disculpa de esta prolijidad que
ella misma, en sus menudencias, manifiesta con lo flaco de los medios
empleados para derribar aquel poder, hasta qué punto había en él venido
a menos la fuerza que tenía en 1814.
IV.
Al llegar a Jerez y verme con Mendizábal, encontré a este lleno de
su importancia, y no sin razón, ufano del éxito de sus trabajos,
tan feliz, según nuestro deseo, que era ya fácil y llano, a punto
de contarlo como seguro lo que tres meses antes habría parecido un
delirio. Por desgracia, o diciéndolo con propiedad, para mortificación
de nuestra impaciencia, teníamos al principio un testigo de nuestra
conversación en mi acompañante, quien, al vernos hablar de negocios de
compra y venta, con ingenuidad manifestó que había recelado otra cosa
de mí, porque a la salida de Cádiz tenía para él trazas de persona muy
sospechosa, y tal vez implicada en un suceso político de aquellos días
al cual aludió,[64] pero sin darnos susto, porque no era el de harta
más gravedad que teníamos entre manos.
[64] Por aquellos días fue comunicada una Real orden supuesta,
mandando poner en pie y entrar en servicio activo las milicias
provinciales. De dónde salió, y cuál fin llevaba tal fraude,
no creo que se haya sabido, pues de los conjurados no fue ni
podía ser, porque en las milicias más contrarios teníamos
que amigos. Lo cierto es que el Gobierno se indignó, y en la
_Gaceta_ expresó su indignación en nuevas y verdaderas Reales
órdenes, mandando averiguar el origen de un hecho en que veía
un peligro. De esto se habló mucho; no entre nosotros, atentos
a mayor cuidado. Mi acompañante, más enterado de ello que de
nuestro negocio, me dijo, pues, que al figurarse que yo me
tapaba mucho, receló si sería de los implicados en la causa
mandada formar sobre el asunto de las milicias provinciales.
Un negocio o solo un deseo de distracción llevó a este que nos era
importuno, y dejándonos a solas uno con otro a los dos agentes de
conjuración, supe de Mendizábal que me llamaba para que juntos
pasásemos a las Cabezas de San Juan, donde habían de darse sus
disposiciones finales para el levantamiento casi inmediato, porque allí
estaba uno de los que en él habían de hacerlo principal, nombrándome a
la tal persona, hasta allí de mí no conocida. Era esta la del primer
comandante del batallón de Asturias, don Rafael del Riego, de allí a
poco de tan alto renombre, por algunos años después de controvertida
fama, al cabo de suerte por extremo lastimosa. Del carácter del tal
personaje deben dar el mejor testimonio sus hechos, pero estos son
conocidos imperfectamente, habiéndolos abultado, sacado de quicio, y
desfigurado en contrarios sentidos pasiones furiosas o locas, unas
de amor y otras de odio. Un motivo poderoso me sirve de impedimento
para hacer su retrato, y es que lo trágico de su fin y el extremo de
barbarie con que fue tratado por sus enemigos vencedores deben hacer
en alto grado respetable su memoria, mientras por el lado opuesto la
verdad histórica, que no admite falsedades, ni aun abona el silencio
cuando es justa y necesaria la censura, exigiría, al hacer mención
de sus buenas prendas, señalar igualmente las faltas enormes que las
compensaban y deslustraban, y que tan fatales fueron a la patria, causa
y persona del que sobre todo era desigual por demás al puesto a que por
breve plazo le encumbró la fortuna. Riego tenía parte en la conjuración
medio sofocada en el Palmar, siendo de la sociedad secreta, pero tenía
en ella tan pobre papel, que solo era conocido de sus amigos. Tuvo la
mala suerte de haber ido en el séquito militar del conde de La Bisbal
en la noche del 7 al 8 de julio, desde Cádiz al Puerto, a ejecutar la
prisión de los comandantes, pero, lleno del celo de la causa común, y
conociendo la intención del general desde el momento en que se puso
en marcha, había tratado en el camino de dar aviso a sus cómplices y
de excitar a la resistencia. O por no ser sabido tal proceder, o por
otra causa ignorada, lejos de participar de la desgracia de los que
cayeron presos en aquel lance, había sucedido a dos de ellos (los
hermanos San Miguel) en el mando del batallón de Asturias; pero lo
ignorado o desatendido por unos, era recordado y aprobado por otros, de
lo cual había nacido contarse mucho con Riego entre los continuadores
de la poco antes malograda empresa. Yo ni de vista le conocía; pero
Mendizábal me hizo de él grandes elogios, porque en la trama renovada
y reforzada en el ejército había tenido y tenía muy principal parte.
Esto supe en Jerez, y esto oí de nuevo en el camino que emprendimos
Mendizábal y yo, sin compañeros, en la noche del 26 al 27 de diciembre.
Habiendo llegado al amanecer a las Cabezas, villa pequeña, villa cuya
existencia y nombre sabían pocos, excepto en los lugares comarcanos,
pero de extendida fama después, y que será recordada siempre, ya para
bien, ya para mal, en la historia de España, entramos en el pueblo,
fuimos al alojamiento de Riego, y yo fui presentado a él, quien desde
luego me recibió como amigo, a uso de aquellos días de sinceridad en
nuestro entusiasmo, y se empezó al momento a trabajar en los pormenores
del plan del levantamiento. Tres habían de ser los movimientos
principales. El batallón de Asturias, saliendo de las Cabezas en la
noche del 31 de diciembre (después se pospuso a la del 11 de enero de
1820), había de irse sobre Arcos, donde estaba el cuartel general, y
juntándose en las inmediaciones de aquella población con el batallón
de Sevilla, que había de acudir al mismo punto desde su acantonamiento
en Villamartín, y con algún otro, juntos caer sobre la residencia
del general del ejército, prenderle con todos cuantos a él siguiesen
adictos, y proclamar lo que llamábamos la libertad, y por general a
Quiroga. Al mismo tiempo este, sacado de su prisión en Alcalá por el
batallón de España, allí acuartelado, y puesto a su frente, había de ir
sobre Medina Sidonia, donde le esperaba y se le reuniría el batallón
de la Corona, y ambos juntos, marchando en la larga noche de invierno,
debían con la primera alborada estar sobre la batería del Portazgo y
puente de Suazo, donde, aprovechando el general completo descuido, lo
cual, como acreditó la experiencia, no era prometerse mucho, entrar
sin resistencia y por sorpresa en la isla gaditana, y dueños ya de
ella los levantados, creían seguro serlo de Cádiz, guarnecida por el
batallón de Soria, muy nuestro, aunque no lo era su primer comandante,
y cuyo vecindario, liberal ardoroso, recibiría con aplauso a los que
debía considerar como libertadores de la patria, sujeta al yugo del
despotismo. Por último, tercer movimiento hecho un poco más en lo
interior, y empezado por la artillería, cuyo comandante, el coronel don
Miguel López de Baños, era contado entre los más firmes y ardientes
de nuestra sociedad y empresa, agregándose el batallón de Canarias
y algunos más, había de marchar a la costa, donde el ejército antes
expedicionario, y ya destinado a muy otro fin, había de presentarse
junto. De este plan solo una parte tuvo efecto, y muchas tropas de las
que con harta razón suponíamos amigas, en fuerza de las circunstancias,
vinieron a sernos contrarias, no obstante lo cual, en el término de
poco más de dos meses fue nuestra y completa la victoria.
Estando ocupados en estos trabajos, se presentó en las Cabezas, llamado
por Riego, el comandante de un batallón acantonado, no me acuerdo si en
Trebujena o en Constantina, de la sociedad también, y de la conjuración
por consiguiente, pero hombre tibio e irresoluto. Enterósele de lo
quede tocaba hacer en la obra común, lo cual era ponerse en marcha
sobre Cádiz, juntándose, si le era posible, con Riego. Allanose a ello
sin poner objeción alguna, y como si hubiese aún algo en qué convenir,
después de estar conformes en lo principal, fue preguntado por Riego si
necesitaba todavía alguna cosa, a lo que él respondió con gran flema y
no menor asombro de nuestra parte, que solo pedía una orden del general
(no del nombrado por nosotros, sino del que lo era por el Rey), para
ponerse en movimiento. Ridiculizó Riego, como era de suponer, la idea
de pedir una orden del general para rebelarse contra el Gobierno y
contra su misma persona, pero el bueno del comandante repuso: «¿Pero
y yo, si no sale bien el movimiento, con qué me cubro?». «¿Y con
qué me cubro yo atacando el cuartel general?», exclamó arrebatado y
replicándole Riego. No hizo mella tal consideración en el ánimo de
su compañero, del cual visto estaba que poco o nada era de esperar,
pues trataba de cubrirse, y así fue que se marchó con apariencias de
ir disgustado, y que no tomó parte en el movimiento verificado de
allí a cinco días. Pero hizo otra cosa más singular, y es que Riego,
habiéndole parecido tan ridícula pretensión la de su compañero, apelase
después al arbitrio de que se burló e indignó;[65] acción por largo
tiempo ignorada aun de mí, y descubierta por el mismo que la hizo en
una de sus frecuentes indiscreciones.
[65] Cuando regía la Constitución, y estaba Riego en el punto
más alto de su fama e influjo o poder, como estuviésemos un
día, estando él presente, hablando del pormenor de los sucesos
de nuestra conjuración, cité yo, como idea singular por lo
ridícula, la del buen comandante que necesitaba una orden
supuesta del general para sublevarse, y la alentada y oportuna
respuesta del que era llamado Héroe de las Cabezas, cuando, con
sorpresa mía, este dijo: «_Pues yo hice escribir una orden como
la de que se trata, para mí, y estaba tan bien imitada la letra
de la oficina y la firma del general_ (el conde de Calderón),
_que puestas al lado las órdenes verdaderas y la supuesta, no
se distinguía la una de las otras_». Como había entre nosotros
personas, si no enemigas, tales que podían hablar de este acto,
hicimos ruido y procuramos que apenas se entendiese lo que algo
menguaba la clara fama de Riego. Lo más raro de todo ello, es
que habiendo él publicado la Constitución de 1812, separándose
del plan del alzamiento, no se atina cómo pudo pretender
cubrirse con una orden para ponerse en marcha.
Pasose en claro la noche del 27 al 28, como había yo pasado la anterior
caminando, pero no sentíamos la falta de sueño. Arregladas las cosas
en las Cabezas, salí para Jerez de vuelta a Cádiz, y me separé de
Mendizábal. En las pocas horas que pasé en Jerez, escribí para Quiroga
la proclama que había de dar en la hora del levantamiento, y que solo
fue publicada en San Fernando al tercero o cuarto día de estar allí,
siendo ya inoportuna. Marchó a Alcalá a llevarla don Vicente Bertrán
de Lis y Rives, amigo muy querido mío, cuya muerte temprana, aunque no
ocurrida en la primera juventud, es una de las que lamento entre las
muchas que está destinado a llorar aquel a quien concede el cielo el
dudoso favor de una vida larga.
Tenía prisa de llegar a Cádiz, y lo hice sin tropiezo o gran
dificultad, aunque estaba el cordón subsistente como para prueba de que
había una ley o disposición del Gobierno, de que nadie hacía caso. A
favor de mis relaciones con el correo, desde el Puerto fui en el carro
que llevaba las valijas, juntamente con el conductor, que solo vio en
mí un recomendado, y así penetré en la ciudad a la acostumbrada hora de
la noche. Encontré a la gente un tanto inquieta con una novedad, y era
que en la noche anterior había sido preso Istúriz y llevado al castillo
de San Sebastián, donde estaba encerrado e incomunicado. Seguía, pues,
la causa de los complicados en la conjuración, y con algún aumento
de actividad, pues ya eran presos paisanos como cómplices de los
militares; pero seguía con tan poco tino que dejaba libres a los que a
la sazón amenazaban al Gobierno con peligro tan inmediato como grave.
Aun mi prisión acaso, que mes y medio antes habría desbaratado de nuevo
la trama, ya no habría alcanzado a impedir el alzamiento, pero a lo
menos habría sido ponerse en el rastro verdadero, cuando con prender
entonces a Istúriz se seguía uno que no llevaba objeto a la sazón
importante.
Así es que la prisión de Istúriz nos dio pena, pero susto no, y aun la
primera fue poca, por creernos seguros de libertarle dentro de tres o
cuatro días. No eran más los que faltaban para el gran suceso esperado.
Los pasamos en ansiosa expectativa, si llenos de esperanza, no ajenos
de temor, y este, puede afirmarse sin jactancia, no por nuestras
personas, sino por la causa a que con empeño tal nos habíamos dado.
Llegó, por fin, el 1.º de enero y pasó, y ninguna noticia tuvimos;
pasó el día siguiente y continuó la misma incertidumbre, hasta llegar
la noche y cerrarse las puertas. Aunque estas habían de abrirse para
el correo, ya apenas contaba yo con recibir por él noticias, y tan
subidas cuanto habían sido mis esperanzas, tanto era mi desaliento, o
debo decir mi desesperación, figurándome, si no una desgracia como la
del Palmar, pues de ella, si la hubiese habido, habría tenido noticia
el gobernador de Cádiz y sería pública, un amilanamiento al tiempo
de obrar, u otra cosa parecida, que causando nuevas dilaciones iba a
malograrlo todo, pues la dilación encerraba entonces segura ruina.
Entre furioso y triste, siguiendo mi costumbre de salir de noche, me
fui al lugar donde solía estarme hasta la hora de recogerme. Pero no
habría estado allí una hora, cuando llamaron con recio campanillazo
a la puerta, y acudiendo a ver quién era, preguntó por mí un sujeto
desconocido. Bien podía infundir temor la pregunta, y el hecho de
buscarme allí donde poquísimos sabían que podría hallárseme; pero era
hora de aventurarlo todo, y así me presenté resuelto al que deseaba
verme. No le conocí, pues en mi vida le había visto, pero me hizo las
señales por donde nos dábamos a conocer unos a otros, a lo que siguió
decirme lo siguiente: «Acabo de entrar en Cádiz en el carro del correo.
Vallesa ha llegado a la isla esta tarde de vuelta del ejército: el gran
golpe está dado:[66] el cuartel general ha sido sorprendido ayer antes
de amanecer con feliz fortuna y ninguna resistencia: el general del
ejército está preso con otros muchos: Quiroga libre, y dueño del mando,
viene marchando sobre el Puente de Suazo, donde llegará al amanecer,
siendo fácil, a punto de darse por seguro, que en el descuido que hay
entrará en San Fernando, sorprendiendo antes la guardia avanzada del
Portazgo, sin que se note siquiera».
[66] No deben extrañar los lectores que no entre aquí a referir
el famoso hecho de Riego, porque hablo de cosas en que o tuve
parte, o que estaban enlazadas inmediatamente con mis actos
personales, Riego proclamó la Constitución de 1812 en las
Cabezas, el 1.º de enero de 1820 por la mañana, y al cerrar
la noche fue sobre el cuartel general de Arcos, le sorprendió
con extraordinario arrojo, y con ello ganó eterno y en no
corto grado merecido renombre. Pero con su valor mezcló no
poco de imprudencia, mostrando ya lo que constantemente mostró
en su breve carrera política, y es que obraba a medida de su
capricho. Riego no tenía encargo de proclamar la Constitución
de 1812, ni hacer tal cosa era parte principal de nuestros
planes. Debía haber ido sobre Arcos, según estaba convenido,
ocultando a qué iba hasta dar el golpe. En verdad un solo
soldado infiel en un caso en que la infidelidad habría sido
altamente premiada, un solo vecino del pueblo de las Cabezas
que se hubiese escapado en las horas que mediaron entre la
proclamación del Código de Cádiz y la salida del batallón de
Asturias del pueblo, habría malogrado el plan general, y hecho
la sorpresa imposible. Y no vale decir que Riego acordonó el
pueblo, pues sabido es cuán fácilmente atraviesa un cordón un
hombre solo.
El batallón de Sevilla, acantonado en Villamartín, cumpliendo
fielmente lo dispuesto, y guiado por su segundo comandante don
N. Osorio, a quien siguió el primer comandante, fue asimismo
sobre Arcos, adonde llegó antes de amanecer. Pero no dio con
Riego y los de este. En tal situación esperó a la luz del día,
siendo prodigio que al verse solos y creerse perdidos, la
tropa no se creyese vendida y se dispersase. En tanto, Riego,
viéndose sin esta ayuda que esperaba, dio el golpe solo. Pero
si de este fue el atrevimiento, del otro fue el mérito de la
obediencia al plan formado y de la firmeza. Sin embargo, nadie
habló con alabanza de la conducta del batallón de Sevilla y de
sus jefes. Una acción de valor temerario seguida del triunfo,
se lleva tras sí la atención general, distrayéndola de ocuparse
en actos, si no de inferior mérito, de menos bulto.
Grandes noticias eran estas, y tales que equivalían al triunfo
completo de nuestra causa; de suerte, que hasta en mí, siempre más
inclinado a creer y mirar posible lo adverso que lo favorable,
produjeron el efecto de infundirme, juntamente con loca alegría por lo
presente, las más lisonjeras esperanzas para lo futuro.
El gran golpe estaba dado, y si aún quedaba por hacer una cosa, al
parecer nada fácil, que era la entrada en la isla gaditana, atendido
el estado de las cosas, lo miraba yo como cosa hecha. En esto último
acerté, pues, como referiré de aquí a poco, fue entrado y ganado por
nosotros lo que había sido diez años antes baluarte de la España
independiente y límite del gigante imperio de Napoleón, sin resistencia
y hasta sin conocimiento de los que dentro estaban, a pesar de lo cual,
y de algún otro suceso feliz, montes de dificultades se nos pusieron
delante, a punto de poner muy a pique de ser trágicos fines los que
habían sido tan afortunados principios.
Volviendo a mi persona, cuando recibí las para mí tan faustas nuevas,
corrí a verme con mis amigos y cómplices, a fin de prepararlo todo para
abrir las puertas de Cádiz a los levantados. Parecía la cosa fácil una
vez en San Fernando los nuestros. Guarnecía a Cádiz con muy escasa
fuerza el batallón de Soria, en el cual teníamos cómplices numerosos,
si bien no lo era el primer comandante; pero este más trazas tenía de
sernos amigo que contrario, como lo probó al fin, aunque tarde; y de
los gaditanos esperábanos con plena seguridad, si no otro auxilio, el
de su arrebatado aplauso, que no deja de servir, y aun bastante, en
señaladas ocasiones.
Pero luchábamos con un inconveniente, el cual era lo corto del poder
o influjo de las cinco o seis personas únicas que en Cádiz estábamos
en el secreto de lo que pasaba, y aquí se nos presentó un obstáculo en
don Domingo Antonio de la Vega, quien, sin contar con que se nos mostró
tímido, como de él no se esperaba, obró guiado por consideraciones
de interés privado, harto disculpables en sus circunstancias, pero
funestas para nuestra empresa, pues habiendo él tomado tanta parte
en los trabajos y peligros, no quería que fuese de otros el provecho
ni la gloria, y sabía que, levantaba la población de Cádiz, daría el
mando por elección a los que nada habían hecho en la empresa nueva,
cuando, entrando el ejército, tocara un alto puesto al que en la
nueva conjuración le ocupaba muy principal, y en el concepto de los
vencedores era tenido en mucho. Que no calumnio a Vega al decir de él
que tales motivos le guiaban en el 3 de enero de 1820, me consta de sus
propias declaraciones, pues más de una vez en el aquí recién citado
día, me expresó lo que yo de él no supongo, sino refiero, procurando
hacer uno con su interés el mío. Pero me olvido de que pensando en lo
posterior, aunque inmediato, he pasado por alto varias circunstancias
de la mañana del mismo 3 de enero.
Bien era de suponer que dormiría yo poco en la noche anterior. Así
es que el alba me encontró despierto, suponiendo que en aquella hora
o éramos dueños de la importante posición de la isla de León o San
Fernando, o habíamos tenido un revés inesperado que reduciría a nada
la victoria en el cuartel general recién conseguida. Pasaron horas,
y ninguna noticia me llegaba. Inquieto nuevamente por demás, envié
una persona a la Puerta de Tierra a que viese si venía gente de la
Isla, como viene todos los días a Cádiz en no corto número, y de
los que viniesen averiguase lo que allí había pasado o pasaba. Fue
mi comisionado y volvió con noticias que, por ser tan ordinarias y
triviales, si no me causaron dolor, aumentaron mis angustiosas dudas.
Habían llegado de la isla de León calesines salidos de aquel pueblo ya
entrado el día, y como fuesen preguntados los caleseros qué había de
nuevo en el punto de que venían, respondieron que nada. Terrible era
la respuesta, por ser al parecer prueba evidente de que se le había a
Quiroga malogrado el golpe. No perdí tiempo en despachar una persona de
mi confianza a la isla de León, y me puse a esperar las tres o cuatro
horas que debía tardar la respuesta. No hube de estar por tan largo
tiempo en mi casi congojosa espera, pues a poco más de una hora de
su salida, mi comisionado me escribió desde poco más de la mitad del
camino que Quiroga y los suyos eran ya dueños de la Isla, y que había
hablado con una corta partida o avanzada de sus tropas, que, vencida
ya más de la cuarta parte del camino que separa aquella población de
la de Cádiz, estaba en el lugar a que da nombre un torreón antiguo
llamado Torregorda. Nueva alegría fue esta tras de nuevas congojas, y
esta vez parecía todo concluido, aunque vino a distar mucho de estarlo.
He aquí lo que había pasado con particularidades que calla o ignora la
historia; menudencias quizás, pero tales que explican nuestro increíble
triunfo.
Por mucha prisa que se hubiese dado Quiroga en su marcha, no había
podido hacerla con la prontitud necesaria para el fin propuesto. En
primer lugar, no se había movido en el día 1.º al mismo tiempo que
Riego, lo cual se le achacaba a grave culpa, pero no lo fue, porque si
se hubiese movido, habría habido de detenerse en el camino, atajándole
el paso dos ríos que, estando como estaba lloviendo con violencia, y
siendo como torrentes, hasta dos o tres horas después de escampar, no
podían ser vadeados. En segundo lugar, puesto ya en marcha, encontró
muy malo de resultas de las lluvias el camino. También al llegar a
Medina Sidonia, si allí se le reunió el batallón de la Corona, lo
hizo, aunque sin asomo de resistencia, con alguna tardanza. Esta,
aunque no grande, trajo pérdida de tiempo, y lo mojado y cenagoso del
terreno hicieron trabajoso el paso de las cuatro leguas que hay de
Medina-Sidonia al puente de Suazo. Ello es que, en vez de llegar a
avistar este punto antes de amanecer, o con luz dudosa, se vio cercano
a la batería del Portazgo entre las nueve y diez de la mañana de un
claro día; mala hora para sorpresas.