y dormí en el cuarto mismo de Quiroga, llevando allí adelante la
conjuración ajeno de temor porque estaba en seguridad completa. En la
misma villa recibí a un oficial en el gremio de la sociedad, con pocas
formalidades, pero con algunas, siendo la sala de recepción una cueva
pequeña en el cerro en que está edificada aquella población, y mi
asiento un canto a medio pulir de mediano tamaño. Al mismo tiempo me
presenté confiado, soberbio y aun misterioso para dar a entender que
algo importante callaba, porque no convenía divulgarlo; mentí afirmando
que trabajaba con nosotros en Cádiz gente de la mayor importancia en
aquella población: conociendo cuán necesaria era tal mentira; notando
el alto concepto en que era tenido Vega, por suponerle dueño de grandes
dotes y secretos para llevar a feliz término las conjuraciones, abundé
en el mismo sentido, y en suma, hallando en aquella gente, o dígase
en la oficialidad allí residente, materia dispuesta para el logro de
mis fines, fomenté su disposición hasta darles con una buena dosis
de esperanza otra no menor de aliento. Pero saqué una ventaja más de
mi corta estancia de dos días en aquel pueblo, que fue la de tener
un general para la empresa, aunque nos hubiese de costar a mí y a
mis socios el trabajo de darle tal dignidad, que aún no tenía. Desde
las primeras palabras que hablé con Quiroga, descubrí en él deseo de
ponerse al frente del levantamiento para llevarle a cabo, y deseo
tal no era común, sino todo lo contrario, pues los más resueltos y
firmes se mostraban prontos a seguir y no a acaudillar, influyendo en
ellos una aprensión que no era miedo ciertamente, pero la cual los
inutilizaba para llenar un lugar que era imposible dejar vacío. En
suma, ningún general quería serlo del levantamiento, y ningún oficial,
por muy determinado que estuviese a aventurar la vida y honra en la
empresa, quería comenzar por el acto de usurpar un cargo alto de la
milicia; y pues Quiroga quería, lo cual no era digno de vituperio,
concediendo mirar nuestro proyecto como bueno y aun como noble, a
Quiroga convenía y hasta era preciso dar el mando. Esto decidí en mi
interior, y al salir de Alcalá me propuse dar pasos para ello, casi con
seguridad de lograr mi intento, como le logré sin mucho trabajo.
Lo que tenía que hacer en Alcalá estaba concluido. Allí solo había
visto un batallón o regimiento, y por consiguiente solo una sociedad,
siendo lo que le daba importancia estar en aquel pueblo algunos de
los en el nombre presos, pero lo principal de mi encargo era ponerme
en comunicación con todas las sociedades del ejército, y a estas unas
con otras, más que lo estaban, hasta ligarlas con fuerte lazo, dar
al todo un recio impulso y tenerle preparado a recibir otro mayor y
definitivo en la ya no lejana hora del alzamiento. Salido de Alcalá,
pensé, pero no sin vacilar, en trasladarme a Arcos de la Frontera,
donde estaba el cuartel general; lugar el más propio para trabajar con
fruto, pero asimismo de no corto peligro, pues aun yendo, como iba,
disfrazado, era fácil que de alguien fuese conocido, de lo cual podía
seguirse mi prisión, y con ella nuevo y más completo malogramiento de
nuestra empresa. Mientras, revolviendo yo en la mente estas varias
consideraciones, caminaba al paso de mi mal caballo de alquiler,
acompañado de un oficial, mi amigo y cómplice, y cuando, habiendo
bajado de una serrezuela, atravesábamos un llano, por el cual corre
el río Majaceite, al que dio fama no ha mucho un suceso de la guerra
civil, y al tiempo en que poníamos la vista en Arcos, que asentada en
un cerro vecino se presenta allí al viajero, divisamos una persona a
caballo, viéndose ser la de un oficial seguido de su asistente, y como
fuésemos acercándonos, descubrimos, él en mí y yo en él, las personas
de dos amigos, agregándose a ello que él venía, si no en mi busca,
poco menos. Era el con quien tropecé don N. Bustillos, oficial de
artillería, sujeto digno de aprecio por mil títulos, aunque culpado del
muy común delito de participante en la proyectada rebelión, y uno de
los más activos entre los conjurados, sobre las cuales circunstancias
tenía la de haber contraído conmigo amistad estrecha, aunque no
antigua. El objeto de Bustillos era impedir que yo fuese a Arcos, acto
que, según él sabía, lo sería de imprudencia temeraria. Convencido de
lo que me decía Bustillos, pues ya me lo recelaba, determiné pasar a
Bornos, y para ello hice noche en el camino en la casa de una viña,
en despoblado, no causando extrañeza, porque con motivo de estar
acantonado el ejército por aquella vecindad, transitaba por allí
alguna gente. No me acuerdo por qué motivo mudé otra vez de propósito,
resolviendo ir más allá, a un pueblo cuyo nombre es Villamartín, de
corta nota aunque de alguna celebridad en los contornos por sus ferias.
Allí había un batallón con su sociedad correspondiente, y esta de las
más numerosas y celosas; allí, por supuesto, encontré amigo; allí me
detuve, y desde aquel punto envié mi convocatoria a las sociedades
vecinas, convocatoria que encabecé poniendo por título las más altas
dignidades de la sociedad, de que estaba revestido. La convocatoria
solo mandaba enviar diputados al lugar de mi residencia, y fue
obedecida, acudiendo bastantes. El punto principal fue el nombramiento
del general que había de ser, y yo por bajo de cuerda hice presentar
como candidato a Quiroga, proposición que admiró a todos y pareció
mal a no pocos, pero que, recomendada por mí cuando era consultado,
en breve empezó a correr con favor, porque al cabo no se presentaba
quien a mi candidato hiciese competencia. Convenidos en varios otros
particulares de importancia, se retiraron a sus respectivos lugares de
residencia los diputados, y yo me puse en camino de vuelta a Cádiz.
Entrar en los pueblos me parecía que encerraba peligro sin tener ya
objeto, y así busqué hospedaje en los campos. Al atravesar en mi
viaje de vuelta la llanura regada por Majaceite, e ir a subir por la
vecina serrezuela, comenzaba a cerrar la noche, que era la del 29 de
noviembre, y no obstante nada tenía de oscura ni de fría. Pero aun así,
necesario era encontrar cama y sustento, y al efecto se me presentaba
delante un convento titulado del Valle, en tiempos no muy distantes
algo celebrado por su hospedería. Aunque no era un convento lugar
propio de residencia para un viajero de mis circunstancias, allí me
dirigí, seguro de no correr peligro al hacerlo, y también de encontrar
mediana comodidad, si ya no regalo. Pero al llamar a sus puertas y
pedir asilo, logré entrar, no sin mostrar poca voluntad de acogerme, y
me encontré con la mansión más desabrida que puede figurarse el hombre
menos descontentadizo. De ello hago mención por ser esto retrato de los
tiempos, o prueba de la mudanza ocurrida en España durante la guerra de
la Independencia, y de lo imperfecto de la restauración que la siguió,
a pesar de la intención de Fernando VII de reponer las cosas en el pie
en que estaban en los días de su subida al trono. Aquel convento donde
había habido algo de regalo, aunque tal vez grosero, estaba reducido a
un grado de miseria apenas creíble. Le habitaban tres o cuatro frailes
cuya estupidez ni por la de los rústicos del campo vecino podía ser
excedida; tan ignorantes de todo cuanto cerca de ellos pasaba que no
podía yo ser sospechado, porque carecían de toda idea en qué fundar
sospecha. Pasada allí una noche, que en lo incómoda no había tenido
igual, ni la he tenido después en el largo discurso de mi trabajada
vida, al día siguiente, y aun temprano, llegué a Alcalá de los Gazules.
Allí me recibió con gusto Quiroga; me detuve a comer, di a conocer
a mi huésped que era probable fuese elegido general, con lo cual le
dejé satisfecho, y proseguí mi viaje a Medina Sidonia, donde contaba
pasar la noche. Era aquella ciudad la cuna de mi madre, y tenía yo en
ella por parientes más o menos lejanos todas las personas principales
que encierra: el alcalde, además, hombre instruido y aficionado a
la literatura, era de nuestra sociedad y conjuración, y a esto se
agregaba estar residiendo allí mi hijo único en compañía de una tía
mía ya anciana, que había sido y siguió siendo largo tiempo para mí
y para él segunda madre; pero esto no obstante, y a pesar también de
que toda la gente granada de aquella ciudad era constitucional en
sus ideas y deseos, la prudencia me dictaba no verlos ni aun darles
noticia de que tan próximo a ellos estaba. Como mi llegada fue ya bien
entrada una de las largas noches de aquella estación, hallé fuera de
la población esperándome, por aviso que de ir yo allí tenían, varios
oficiales del regimiento de la Corona. A ninguno de ellos conocía, y
por lo mismo hube de ser tenido en más como personaje a quien daba alto
valor su comisión misteriosa. Pasé allí la noche más dado a trabajos
concernientes a nuestra empresa que al sueño, y después de uno breve
monté a caballo antes de amanecer y me encaminé a San Fernando. Pero
al llegar me esperaba una dificultad de mí no prevista, pues creía yo
que el cordón sanitario por mí atravesado tan fácilmente cuando podía
llevar conmigo un germen de enfermedad a países sanos no me opondría el
menor tropiezo al querer penetrar de uno sano en otro en que solo mi
persona podía correr peligro. Me engañaba, con todo, y así me lo dio
a entender el hombre, mi compañero, que me había alquilado el caballo
que montaba, ducho en aquellas cosas por ser su ocupación constante
ir al cordón desde los lugares vecinos. «Mayor riguridad», me dijo,
«hay para dejar entrar que para dejar salir, y hoy como nunca, porque
manda la guardia un sargento muy malo que tiene dicho a los soldados
que cuidado como dejan pasar a naide, que para eso les da el rey su
paga». Poco menos que acorde con mi acompañante quedé yo en punto a
calificar de _malo_ al sargento que tan bien cumplía con su obligación,
porque me ponía en situación harto penosa. Por fortuna, me ocurrió una
idea, fruto de mi lectura, lo cual, dicho sea de paso, prueba que el
leer para mucho sirve, aunque abunden quienes lo crean cosa de poca
utilidad verdadera en los casos comunes de la vida. Tenía, pues, yo
noticia de que habiendo sido preso un fraile, en el reinado de Felipe
V, por fundada sospecha de ser autor de unos papelillos satíricos que
de cuando en cuando aparecían en palacio con el título de _El Duende_
(obrilla de fama en su tiempo, aunque de cortísimo mérito), como
estuviese su prisión harto mal guardada, se acercó un día a la puerta
con intento de escaparse, y, no encontrando para ello más obstáculo
que el de la centinela que estaba paseándose, acechó el momento en
que esta le volvía la espalda, salió, casi se cosió a ella, yéndole
detrás, y cuando el soldado dio la vuelta y tomó la contraria en su
paseo, él sin correr ni dar sospecha siguió en dirección opuesta como
un fraile cualquiera que andaba por la calle. Había yo tenido por
cuento esta relación; pero en mi apuro recurrí a hacer una cosa si no
del todo igual, muy parecida, la cual me salió a medida de mi deseo.
Estaba el puesto del cordón en la batería llamada del Portazgo, célebre
límite que desde 1810 hasta 1812 había separado del gigante imperio
francés a la entonces reducida España independiente. Tiene aquella
batería, como todas, un glacis y lo llamado camino cubierto. Despedí
yo desde afuera al caballo con el hombre cuyo era, y con mi maletilla,
encargándole la entregase en Medina Sidonia, y me quedé sin señal
alguna de caminante. Esperé a un momento en que el soldado que estaba
de centinela se quedase solo, lo cual sucedió, si bien era de temer que
no, pues convidaba a estar al sol la mañana, o dígase el medio día de
uno de los bellos de principios de diciembre. Seguí medio agachado, y
cuando vi a la centinela volverme la espalda, me dejé caer del glacis
al camino cubierto; pero, en vez de retirarme, volví la cara al lugar
de donde venía, y cruzados los brazos me eché de bruces sobre el borde
del glasis mirando a adelante. Al volver el soldado me vio, y creyendo
que había venido de adentro, y que en contravención a las órdenes me
ponía en lugar donde era prohibido estar, me dio el grito común entre
los militares de «Atrás, paisano». Como su _atrás_ para mí quería
decir _adelante_, obedecí gustoso, y me encaminé a la vecina ciudad
de San Fernando, sin que en mí reparase el terrible sargento. Una vez
dentro de la población tenía en ella amigos, y de los que más podían
valerme, porque la conjuración, previsora, se había asegurado de muchos
empleados en el ramo de Correos, y el administrador de esta dependencia
del Estado en San Fernando, o digamos la isla de León, era todo nuestro
y muy celoso. De este modo, esperando a la noche, llegada que fue
esta, vino la correspondencia de Madrid, que debía pasar a Cádiz, y en
el carrillo que la llevaba, abriéndose para darle paso la Puerta de
Tierra, entró en la ciudad de Cádiz bajo el amparo del Gobierno el que
estaba trabajando en derribarle.
Volví a Cádiz y a mi antiguo hospedaje, a descansar algunos días
mientras crecía fuera el incendio, no obra mía, pero por mí
poderosamente avivado y soplado. Di cuenta de lo ocurrido a mis poco
numerosos cómplices, que nada podían hacer por lo pronto más que
esperar y buscar dinero para los primeros gastos del alzamiento, género
entre nosotros escaso, y que teníamos pocos medios de sacar a quienes
podían disponer de sumas de mediana cuantía.
En todo cuanto acaba aquí de referirse apenas va hecha mención de
Mendizábal, de quien algo atrás se ha asegurado haber sido de los
principales entre los agentes y fautores del levantamiento. La razón
de omisión tan notable es que sus trabajos, si iban a la par con
los nuestros y los míos, eran llevados adelante en otros lugares.
En verdad, el estado presente de la conjuración en el ejército era
poco menos que obra suya, pues de un cuerpo casi muerto había hecho
uno vivo, robusto ya, y muy alentado; confirmando en su propósito a
los fuertes, acalorando a los tibios, restituyendo los bríos a los
desmayados, activando los trabajos de las sociedades, y estrechando las
relaciones que a unas con otras unían; cosas para las cuales le hacían
propio sus calidades naturales, y la situación en que se hallaba. En mi
viaje al ejército no pude yo verme con él, oponiéndose a ello más de un
obstáculo; pero si de nuestras visitas habrían resultado ventajas a la
común empresa, no habrían dejado de nacer de ellas algunos y no leves
inconvenientes. Mendizábal era dado a bullir más de lo necesario; con
sus singularidades conducentes al logro de sus fines mezclaba rarezas
inútiles, y era por demás indócil y aun dominante, y yo, entre otras
faltas, tenía la que aun en cierto grado conservo de mal sufrido. Es
por lo mismo probable que nos hubiésemos desavenido en cuanto al uso de
muchos medios de los encaminados a alcanzar los fines en que estábamos
acordes. Por otra parte, habría disminuido la importancia con que yo
me presentaba, y la cual contribuía eficazmente a llevar adelante con
más aliento el proyecto que teníamos entre manos, hallarme al lado con
hombre a quien no podía engañar respecto a los recursos de que era yo
dueño, recursos no solo pecuniarios, sino de otras varias clases. Bien
estuvo, pues, que no nos viésemos entonces, como lo vino a estar que
nos viésemos luego.
La cuestión de dinero era, como poco ha aquí he dicho, una de las
que más nos daba que pensar, e iba haciéndose apremiante. Yo solo
cortísimos picos podía dar; Montero, cuyo capital era escaso, dio
veinte mil reales y un poco más, y Cuetos, simple oficial de marina
en grado subalterno, pero que tenía alguno, bien que reducido
crédito personal, usó de todo el suyo para tomar prestado hasta mil
pesos fuertes. A personas pudientes de Cádiz no había que pensar en
dirigirnos. En tanto, supimos que había vuelto a la ciudad Istúriz,
persuadido con razones que parecían convincentes de que nada tenía que
temer de la causa pendiente hecha a los militares, y solo a estos,
después de la ocurrencia del 8 de julio. Sabedores de su llegada,
pensamos en acudir a él conociendo su generosidad y suponiéndole
riquezas que no poseía, así como no ignorantes de que el malogrado
proyecto anterior le había sido harto costoso. Aunque, como antes
aquí he dicho, no era todavía nuestra amistad estrecha, teníamos
algún trato, y para él valía más que las de los otros asociados mi
persona. Fui por esto yo diputado a verle y pedirle. La visita tenía
que ser de día, y aunque yo solo de noche pisaba la calle, me arrojé
a ella en la mañana del 25 de diciembre. Vivía Istúriz en el lugar
de más concurrencia que hay en Cádiz (en la plaza de San Antonio),
y el día festivo era de los en que más están fuera de su casa las
gentes, lo cual hacía en la apariencia peligrosa para mí mi salida,
aunque en verdad en el general descuido era el peligro que yo corría,
si acaso alguno, muy corto. Me embocé en mi capa, me calé un gorro,
me puse unos anteojos, y así mal encubierto llegué a la casa a que
iba; pregunté por el amo, di mi nombre para ser recibido, y lo fui
al instante con muestras de consideración y afecto. Pero al buen
juicio de Istúriz, al cual se agregaba el escarmiento, pareció nuestro
plan descabellado, porque no sin razón tenía en poco a los que en él
entrábamos, menos a mí (según me dijo y probó en cierto modo), y no
creía posible hiciésemos sin fuerza de clase alguna lo que no se había
podido teniendo mucha, ni que se atreviesen a un acto de loco arrojo
los que no habían sabido hacer una resistencia con visos de terminar
en una victoria. Noté yo que en él influía el desabrimiento hijo del
desengaño, y así se lo manifesté, a lo que dio por respuesta que yo
estaba llevado por una imaginación acalorada con exceso, en razón de
los mismos sacrificios que había hecho y estaba haciendo a una causa
desesperada. Terminó nuestra disputa en decirme que por consideración
personal a mí, me entregaría al momento mil duros, aunque los
consideraba perdidos. Acepté la oferta, pero había una dificultad. No
tenía Istúriz en casa oro, y no era día de buscarle, ni tampoco nuestro
negocio consentía espera, no siendo por otra parte conveniente que me
presentase yo en público, sobre todo en momentos que iban siendo muy
críticos, pues no podía tardar arriba de muy pocos días el rompimiento.
En caso tal, temerariamente cargué yo con el peso de más de dos arrobas
y media que tiene una talega, y metiéndome esta debajo de mi capa salí
de vuelta a mi asilo. A los pocos pasos conocí el desatino que había
hecho. Siempre he sido de poquísimas fuerzas, y aun las muy grandes
apenas bastan para llevar a pulso tanto peso, y así es que sentí írseme
escurriendo el que llevaba, y faltarme poder para contenerle, viéndome
además obligado a atender al embozo. En un momento me asaltaron
consideraciones tristísimas y harto fundadas. Ver rodar por el suelo
una suma crecida de dinero, saliendo de debajo de la capa de un hombre
embozado, en un día de los más festivos, y en que no se hacen pagos,
por fuerza habría de inducir a quienes tal cosa viesen a fortísimas
sospechas de ser un ladrón el sujeto al cual pasaba tan raro lance.
Habrían acudido mirones, y entre ellos gente dispuesta a recoger una u
otra moneda de las caídas y desparramadas, y de resultas de ello era
inevitable mi prisión hasta averiguar quién era yo, y por qué andaba
con aquel dinero oculto. Pero si, hecha la averiguación, quedaba
(solo por ser conocido mi carácter y no haber quien se quejase de
haber sido robado) indemne yo de la nota y sospecha de ladrón, entraba
otra cuestión no menos grave. ¿Qué hacía yo en Cádiz? ¿Por qué estaba
escondido? ¿A qué llevaba tan crecida suma en día de Navidad y con tal
recato, en vez de fiarla a un mozo de cordel? Y, agregando a esto las
voces que corrían sobre haber conjuración, y si no pruebas legales,
casi general convencimiento de haber yo tenido parte en la formada
primero y luego desbaratada a medias por el conde de La Bisbal, ¿no se
seguiría de mi prisión gravísimo peligro, más todavía al proyecto de
levantamiento que a mi persona? Todo esto en menos tiempo que el en que
lo escribo se me vino de tropel a la mente, aumentando con la congoja
moral la corporal que me producía el peso que me iba rindiendo. Pero un
grande apuro da fuerzas, y de ello tuve yo y di entonces una prueba,
pues entrándome por una calle corta y poco transitada, me arrimé a
una pared, sostuve mi embozo con los dientes, aproveché un punto algo
saliente en el a modo de zócalo de una casa para en él apoyarme,
respiré con fuerza, cobré con esto bríos, y capaz ya de andar por breve
espacio sin soltar mi carga, apreté el paso aprovechando la feliz
circunstancia de estar poco distante de la de Istúriz la casa que era
mi residencia. Llegué por fin a ella, atravesé la puerta de la calle,
en Cádiz por lo común abierta, llegué al segundo portón cerrado, así el
cordón de la campanilla, la toqué con violencia, y hecho ya el último
esfuerzo, vino la postración y hube de caer, si bien no enteramente de
golpe, boca abajo, quedando cubierta con mi cuerpo la talega. Al recio
campanillazo acudieron los de la casa, no sin susto, pues sabían estaba
yo fuera, y las circunstancias eran para estar con recelo y temor por
mí y por nosotros todos. Abierta la puerta, grité yo desde abajo con
voz lastimera y como enfermiza, y corriendo mis amigos a darme favor
aunque ignorando cuál era mi pena, al principio se quedaron admirados,
y luego soltaron la risa, distinguiéndose entre ellos el viejo Vega,
que se desternillaba. Cuenta de Napoleón el obispo de Pradt que le
dijo repetidas veces, en una conversación en Varsovia, que lo sublime
y lo ridículo distan un paso no más, copiando con alguna mudanza el
Emperador lo que había dicho Voltaire de _el amor y la devoción_,[62]
y prueba es de ello el lance que acabo de referir.
[62]
_Car de l’amour à la dévotion_
_il n’y a qu’un pas._
De la cual dice nuestro Arriaza en su linda sátira de la
tragedia _Los Venecianos_,
Sin duda se diría por tal caso
Que amor y devoción distan un paso.
No porque califique yo de sublime ni mi acción ni la empresa en que
estaba empeñado, pues sería hasta profanación de la voz sublime
aplicarla a tales objetos, pero al cabo grande era y grandísima vino a
ser por sus resultas la importancia de un suceso tan de burlas, por lo
cual no quiero omitir su relato donde aparece un testimonio más de cuán
común es depender cosas graves de sucesos por demás pequeños.
Mientras esto pasaba, nuestras relaciones con el ejército iban siendo
más frecuentes. Pero se había hecho necesario no dejar enfriar el
calor producido por mi visita. No pareció conveniente que yo la
repitiese, y fue en mi lugar Fernández Vallesa. Este sujeto, digno de
aprecio por más de un título, pero poco o nada conocido, apareció con
importancia superior a la que tenía, y desempeñó su encargo con sumo
acierto, mezclando el valor con la prudencia. Era, en verdad, Vallesa
persona de muy buenas prendas, aunque sin calidad alguna superior, no
muy instruido, pero tampoco ignorante, a lo cual acompañaba un juicio
claro, una gran serenidad de ánimo, y no común honradez; sujeto muy
deslucido en persona y modos, defecto que a primera vista oscurecía
sus dotes, las cuales se descubrían después de algún trato, y hombre
a quien tocó hacer mucho en la conjuración y figurar poco después del
triunfo, pero que, al cabo de su carrera, querido y también estimado,
vino a ocupar un puesto alto y no de los superiores, colocándose así
en el lugar correspodiente a su mérito, lugar que era de los elevados
entre los de segunda clase.[63]
[63] Murió siendo magistrado del Tribunal Supremo de Guerra y
Marina.
Vallesa, una vez en el ejército, lo cual logró hacer con poca
dificultad, porque de día en día iba allanándose más el paso por los
cordones, anunció estar hecha la elección de general en el coronel
Quiroga, el cual, sin embargo, seguía preso, si tal calificación podía
darse a la situación en que estaba. Poco al parecer tenía que hacer
este nuestro nuevo comisionado, pero con todo hizo mucho, porque la
conjuración, como todas comúnmente comparadas al fuego, necesitaba como
el fuego continuos soplos para mantenerse viva.