creer que la desbaratada trama cuyos hilos habían sido solo en un punto
cortados, estaba anudada de nuevo. Sin duda en ello había ponderación,
pues mal podían hacer unos pocos individuos, de ellos ninguno de
superior poder o influjo, lo que se había malogrado contando con un
ejército, con un general, y con buena parte de lo más granado de la
ciudad de Cádiz. Pero pensábamos y sentíamos como piensan y sienten,
dominando el sentir al pensar, todos cuantos están empeñados en una
obra de grande importancia y además de peligro, a que se agrega
estar en destierro, circunstancia muy para tomada en cuenta, porque
no hay ilusiones iguales a las de los desterrados. No lo era yo, en
verdad, pero en cierto modo había llegado a serlo por mi voluntad,
si bien, gracias a la incuria del Gobierno, podía todavía haberme
trasladado en paz y sosiego a una situación decorosa y provechosa.
Pero apenas pensaba ya en ello, renovado en Gibraltar el espíritu que
poco antes me animaba en Cádiz. Lo que más nos ocupaba el ánimo era
saber a punto fijo el estado de las cosas, más aún que en Cádiz, en
el ejército acantonado en varios puntos de las provincias que hoy son
de Cádiz y Sevilla. Al intento convenía enviar allí emisarios; pero
estos nos hacían falta, y no era menor la que nos hacía el dinero,
alma de toda empresa. Aun contaba yo con algunos recursos, bien que
ya escasos, reliquias de un buen pasar heredado de mi padre, pero
era poca cosa lo que podía destinar a gastos de la naturaleza de los
que se presentaban como indispensables. No estaban más sobrados que
yo los otros fugitivos, y Moreno Guerra, que presumía de acaudalado,
y que real y verdaderamente tenía un mediano pasar, gustaba más de
gastar palabras que dinero, no obstante ser su celo furibundo y haber
en él sinceridad, aunque por las contradicciones propias del hombre
su misma pasión se contenía si llegaba el caso de hacer sacrificios.
Hicimos, pues, un cortísimo fondo, y solo quedó el discurrir cómo
emplearle, esto es, qué emisarios habrían de salir de la plaza para el
interior de España a ponernos en comunicación con la que juzgábamos
conjuración ya en trabajos. No vino a ser muy dificultoso hallar
algunos, pero sí lo era hallarlos buenos. Ya dejo dicho que al saberse
la ocurrencia del Palmar, huyeron algunas personas de poca cuenta
creyéndose comprometidos. De estas eran casi todas las de oficiales
subalternos, de las sociedades fundadas en los regimientos, hombres de
limitadas luces y ningún saber, y cuya fuga intempestiva los acreditaba
de cautos más que de arrojados. Estos hombres no se hallaban bien en
Gibraltar, pues se veían absolutamente faltos de recursos. Propúsoseles
que se arrojasen a entrar en España: pusieron primero dificultades,
en que unos tres o cuatro persistieron empeñados en irse a América a
las tierras fuera del poder de nuestro Gobierno y enemigas, y otros
al cabo se allanaron a hacer lo que de ellos se exigía, y socorridos
con escasas sumas, penetraron con poca dificultad en España. Pero
nosotros mismos conocíamos cuán poco podía esperarse de aquellos pobres
individuos, los cuales, dicho sea de paso, y anticipádose a hablar
de lo que después pasó, nada absolutamente hicieron más que vivir
escondidos hasta la hora en que cinco meses después fue levantada
la bandera de la rebelión constitucional para ser por tres años muy
largos la dominante en nuestro suelo. Visto, pues, que se necesitaba
gente más activa y entendida para, o soplar el medio avivado fuego
que ardía en el ejército, o poner en comunicación con los conjurados
de España los de Gibraltar, como si estos algo pudiesen ayudar a los
primeros, me brindé yo loca y criminalmente a desempeñar comisión tan
aventurada, lo cual por un lado me era fácil, pues no estando proscrito
ni encausado, era dueño de ir y venir según mi antojo, hasta con el
carácter de empleado, aunque fuerza es confesar que para ir a mi puesto
daba extraños y multiplicados rodeos sin adelantar camino. Aceptado por
mí el encargo, me preparé a volver a Cádiz, y para ello vi al cónsul
pidiéndole me refrendase mi pasaporte a fin de que en otro punto me
embarcase con destino a Río de Janeiro, pues de Gibraltar no salía, ni
se esperaba saliese, barco para aquella región lejana. El buen cónsul,
siempre cortés y cariñoso, así como descuidado, ni siquiera me habló
de mi singular proceder durante mi estancia en la plaza inglesa, ni
extrañó que me volviese al lugar de que había venido, ni hubo de hablar
de mí en sus despachos. Así pude yo seguir con algún grado de seguridad
mis maquinaciones, cuando con un mero aviso que habría producido mi
prisión, sin duda alguna no habría caído el trono al empuje de la
rebelión, o a lo menos no habría caído dentro de breve plazo.
El primer punto donde me dirigí al salir de Gibraltar, fue a Algeciras.
Allí nada pude hacer ni saber, por dos razones. Era la primera que los
de la sociedad algecireña, tan animados dos años antes, a tal punto se
habían amedrentado y dado al desmayo de resultas de lo ocurrido en el
Palmar, que, lejos de auxiliarme, ni aun trato privado querían con mi
persona, desmintiéndose ya en esta ocasión el afecto fraternal con que
los conjurados se miraban. Bien es cierto que yo, petulante entonces,
y engreído así como intolerante, no bien noté en ellos señales de
tibieza, cuando los traté con muestras hasta de desprecio, de modo que
al encontrarme con ellos ni siquiera los saludaba, perdonándome ellos
de buena gana una grosería que les venía a cuento por libertarlos de
amigo tan peligroso. Pero otra circunstancia me tenía en apartamiento
e ignorancia de todo cuanto pasaba; circunstancia que pudo haber
frustrado nuestra empresa, pero que, si no la favoreció en cierto modo,
no le sirvió de grande obstáculo, dando a los pasos de los conjurados
una dirección por la cual vinimos a alcanzar el triunfo. Al expirar
julio habían aparecido en la ciudad de San Fernando varios casos de
fiebre amarilla, azote que por aquellos años solía caer sobre Cádiz y
otros puntos de Andalucía, si bien no había vuelto a descargar desde
1813. En breve se difundió el mal, primero en un barrio de aquel
pueblo, y a poco en todo él, haciendo numerosas víctimas. Acudiose
al medio de incomunicar el pueblo infestado, y se multiplicaron las
precauciones, disponiéndose cordones sanitarios para mirar por la
salud del ejército, tanto cuanto por la de las poblaciones cercanas.
Al entrar septiembre no había prendido del todo el mal en la ciudad
de Cádiz, por donde siempre había empezado en los años anteriores,
pero algunos casos eran poco menos que seguro anuncio de que allí
se propagaría. Entre tanto, los cordones impedían el paso de unos a
otros puntos, y como no era el correo el conducto por donde podían
comunicarse con seguridad los conjurados, Algeciras venía a ser un
punto donde apenas se sabía lo que cerca pasaba. Resolví, pues, pasar
a Cádiz, y lo hice algo entrado septiembre, yendo en un miserable
barquichuelo cargado de carbón, con harta incomodidad, pero, en
cambio, con alguna más seguridad, porque no llamaban la atención
pasajeros de los que suelen ir en semejantes barcos. Fue corta y feliz
la navegación, y antes de veinticuatro horas de hacerme a la mar en
Algeciras, estaba ya en Cádiz. A mi llegada me encontré en situación
de no poco apuro. Cádiz estaba ya infestada, había salido de allí la
guarnición, dejando en la plaza solo un batallón, el de Soria; con
el ejército se había ido la verdadera fuerza de la conjuración, si
bien de ella quedaba algo en la ciudad, a la cual se había puesto en
incomunicación absoluta con el continente vecino, imponiéndose pena de
la vida a quien atravesase los cordones; exceso de rigor que en casos
tales nunca pasa de amenaza. Me vi, pues, encerrado y como caído en un
pozo, en cuanto a la dificultad de salir, pero no en punto a ahogarme,
si bien mi estancia en la ciudad era ya, cuando no un delito, un fuerte
motivo de sospechar de mi conducta. Era además claro que el encierro
había de durar hasta entrado diciembre, pues la experiencia tenía
acreditado que la maléfica enfermedad no paraba en sus estragos hasta
los fines del otoño. Estaban, sin embargo, compensados tantos graves
inconvenientes con noticias para mi situación y proyectos un tanto
lisonjeras. La deshecha trama estaba anudada, y si le faltaba infinito
de su fuerza antigua, en cambio había adquirido ventajas nuevas,
porque si entraban en la nueva composición materiales al parecer muy
inferiores, servían bien a su juego todos los que en ella entraban,
y si no teníamos al frente un caudillo poderoso, tampoco nos veíamos
en el caso de depender de la voluntad mudable de un personaje poco
seguro. De los elementos antiguos quedaban muchos en la obra nueva,
aunque todos ellos de los inferiores, o cuando más de los de segundo
orden tres meses antes. Por último, había entrado en nuestras filas
algún refuerzo, y tal y tan bueno, que contribuyó en gran manera a la
terminación feliz del renovado plan, en la ocasión primera malogrado.
Dos personas, entre varias de escaso valer, constituían tan importante
refuerzo. De ellas la una al cabo de nada vino a servir, pero sirvió
durante mediano tiempo por la clase de concepto de que gozaba. La
otra se dio a conocer por la vez primera, mostrando calidades tan
singulares, que en obra como la que teníamos a nuestro cargo son de
subidísimo precio. Los dos sujetos a que acabo de referirme eran don
Domingo Antonio de la Vega, abogado, ya algo entrado en años, y don
Juan Álvarez y Mendizábal, harto conocido de la generación presente.
El primero estaba en Cádiz; el segundo había salido con el ejército, y
andaba de uno en otro acantonamiento fuera de los cordones, dándole
su encargo de contratista de provisiones, medios abundantes y eficaces
para trabajar en el logro de nuestro propósito con más facilidad y sin
hacerse notable. Cómo alcanzamos el triunfo que tan difícil parecía
debe causar admiración y pasmo en quien lo ignore, siendo todo ello
cargo gravísimo contra el Gobierno que se dejó derribar por tan flacas
fuerzas, y sorprender por una conjuración llevada a efecto con tan poco
recato.
III.
Don Domingo Antonio de la Vega, cuya entrada en el gremio de los
conjurados he citado más arriba y ha poco, declarándola suceso
importante, era un hombre singular, aunque antes y después de los días
en que contribuyó más con su nombre que con sus hechos al levantamiento
constitucional no fuese conocido sino en reducido recinto; pero allí
donde llegaba la fama de su nombre, era esta a tal punto diversa, que
a los ojos de uno apareció si no radiante, poco menos, y a los de
otros cubierta de negra sombra. Al querer decidir hoy cuál de los dos
conceptos en que era tenido merecía, sin temeridad puede afirmarse
que ni el uno ni el otro. Estaba pobre, lo cual era, si no completa,
a lo menos fuerte prueba de que no había carecido de limpieza en su
conducta en punto a dineros, porque de talento para ganarle no carecía,
y de gastador no había pecado. Hubo, pues, de consistir su desconcepto
en que tenía mala condición, siendo por demás díscolo, maldiciente y
descontentadizo, y dado a satisfacer su afición a ofender a las gentes
por varias clases de medios. Y en cuanto a quienes tenían formado alto
concepto de su merecimiento, se fundaban en su antiguo y conocido apego
a la causa apellidada de la libertad, y más digna de ser llamada de
la revolución, y además en su práctica añeja de las conjuraciones, por
sospechársele, y no sin razón, que en muchas de ellas había padecido
persecuciones y llevado penas, aunque no graves. Verdad era que ninguna
conjuración de las varias en que había entrado había pasado de mero
proyecto, ni aun llegado a principios de ejecución; pero con todo, a
falta del acierto había conseguido ser celebrado por la perseverancia.
De la sociedad secreta antigua de que era hija o rama la conjuración
existente, era uno de los asociados más antiguos en España, y lo había
sido en época en que la hermandad privaba más que entre los liberales
de Cádiz, entre los afrancesados. Desde 1816 no había tenido entrada en
la sociedad de forma nueva. Siendo él un tanto inquieto, había tratado,
como suele decirse, de levantar altar contra altar, y hacia 1818 había
formado en Cádiz una sociedad del rito antiguo sin enlace con las
modernas. Por un descuido increíble, la casa donde este cuerpo débil y
pobre se congregaba fue registrada por los agentes del Gobierno, pero
a hora en que no había en ella reunión, hallándose solo en su interior
el aparato que sirve para sus símbolos y rito. No tuvo consecuencia el
descubrimiento, siendo el suceso en breve olvidado; y Vega continuó, si
no del todo ignorante de la conjuración, extraño a ella en la época de
sus altas esperanzas y de su terminación funesta por lo pronto, aunque
no absoluta. Pero como no careciese de amigos entre los hermanos,
comenzó en el vulgo de estos a correr con valimiento la idea de que
había sido gravísimo error excluirle de toda participación en tal
negocio, pues era posible y aun probable que su experiencia, constancia
y resolución hubiesen dado a las cosas mayor impulso, mejor sesgo y más
feliz remate que lo que habían venido a producir los últimos tristes
sucesos. Este modo de pensar cundió entre muchos de la oficialidad;
a la sazón, los principales conjurados, o dicho de otro modo, los
únicos, con rara excepción, que no habían desistido de trabajar en
la, aunque malograda, al parecer no enteramente perdida empresa. Los
principales enemigos de Vega, decían, eran los personajes de Cádiz
que con tanta flojedad y torpeza se habían portado: bueno era, pues,
sustituir a gente, si no tímida, tibia, personas cuyo mérito consistía
en la audacia. Estaba, pues Vega, afiliado en la sociedad conspiradora,
de la cual era ya parte cuando llegué de vuelta de Gibraltar a Cádiz.
Había yo tratado al objeto de esta parte de mi narración en Madrid en
1808, y después en Cádiz; nunca en relaciones intimas o frecuentes,
pero teniéndole en alguna estima, y si no participaba de la desmedida
opinión de su valor como elemento de conjuración que muchos le
atribuían, le suponía alguno superior al suyo real y verdadero, sin
contar con dos circunstancias, ambas poderosas para influir en mi
conducta respecto a él, de las cuales era la una participar yo en algo
del enojo general contra los anteriores directores de una obra sin
duda fatalmente terminada, y en mi sentir seguida con falta de valor o
de tino, y la segunda que un nombre cualquiera, si era para nosotros
aumento de fuerza, debía ser aprovechado conservándole o aumentándole
la que traía. Sirva todo esto de disculpa de haber hablado aquí tanto
de hombre que antes y después figuró tan poco, lo cual le fue común con
algunos más de quienes mayor parte tuvieron en el restablecimiento de
la Constitución, mal pagados después por sus servicios hasta en punto a
fama.
De Mendizábal es inútil hablar en punto a su carácter, harto conocido
de los más de la generación presente. No sé cómo tuvo entrada en la
sociedad y conjuración, durante mi estancia en Gibraltar, pero supe a
mi vuelta a Cádiz que no bien entró cuando empezó a figurar en ella
en primer término, por su prodigiosa audacia y actividad y lo vivo y
travieso de su imaginación e inventiva; hombre sin par en horas de
desorden para traer las cosas a feliz paradero por singulares caminos,
aunque por desgracia propio para desordenar lo ya ordenado, cediendo
a un deseo de bullir y de ocuparse y ponerlo todo en movimiento. Se
dieron al trabajo suspendido las sociedades de los regimientos. De
la junta superior nada quedaba, pero hubo de suplirse su falta de un
modo que ignoro. No era ya hora de entretenerse en meros trabajos
simbólicos, aunque tampoco quedaron estos descuidados, sirviendo de
medios de traer individuos a la conjuración, pero él pensó desde
luego en llevar a efecto el alzamiento. Mucho faltaba para ello, y
una de las principales faltas era la de un general que le capitanease
llevándose consigo la oficialidad no participante de la conjuración, y
con ella a la tropa. Se contaba como con el auxilio más poderoso con la
repugnancia a embarcarse, general en el ejército, en fuerza de la cual
era probable y casi seguro que seguiría dócil y aun con celo a quien
le asegurase no haría viaje tan desagradable. Pero no había un general
a mano, ni aun a mediana distancia, con intención o con osadía de las
necesarias para acometer tal y tanta empresa, pues si es cierto que en
Sevilla residía a la sazón el general don Juan O’Donojú, sabedor de lo
que se tramaba, hombre de talento e instrucción, de algún crédito, en
los pasados tiempos ministro de la Guerra, con no corta fama entre los
constitucionales por haber estado preso como sospechado de conspirador,
y a quien recomendaba para los de sus ideas la circunstancia de pasar
por cosa cierta, aunque no lo fuese, que había padecido tormento;
este personaje, cauto, o por su natural o a consecuencia de lo que
había padecido, conocía el proyecto, le fomentaba, pero con precaución
bastante a libertarse de grave peligro, de modo que lejos de querer ser
cabeza de una rebelión, ni parte ostensible quería tener en ella, aun
cuando no solo desease sino que por ocultos manejos contribuyese a su
triunfo.
En apuro tal, tuvo Mendizábal una idea como suya, de la cual después
me habló repetidas veces. Pues tanta necesidad hay de un general
(dijo), ¿por qué no ha de hacerse uno a gusto? Circule entre la tropa
que viene uno, sin decir su nombre o dándosele supuesto; háblese
mucho de ello ponderando su importancia y la del negocio que se le
confía, y yo de pronto me presentaré en los cuarteles con cualquier
uniforme y faja, con lo que, gritando quienes están en la trama «Viva
el general» seguirán otros, daré yo órdenes, se conmoverá Cádiz, y
en un instante queda efectuado el levantamiento. Acaso tal acto de
osadía habría salido bien, siendo la disposición de la tropa, como
acreditaron los sucesos, seguir a quien la venía a libertar del viaje
a América, por lo cual no habría entrado en averiguaciones sobre la
persona que venía a mandarla. Pero hubo de parecer loco el proyecto,
aun en días de locuras, y se siguió buscando general, si no entre
quienes lo eran, entre los inmediatos a serlo. Mandaba en la isla de
León un cuerpo, cuyo nombre era el depósito, un don N. Omlin, no me
acuerdo si coronel o brigadier, de origen o nacimiento extranjero,
con crédito de buen oficial, de opiniones políticas hasta entonces
no conocidas, y que, o no había tenido parte en la recién sofocada
conjuración, o solo había tenido una muy corta, y a este se brindó no
menos que con el cargo de general del ejército si era llevado a cabo
bajo su mando el levantamiento, a lo que él se prestó en la apariencia
gustoso. Pero entretanto crecían los estragos de la epidemia reinante
en San Fernando, y ya iban extendiéndose a Cádiz, de lo cual resultó,
como antes va dicho, salir y desparramarse un tanto el ejército por la
Andalucía baja, quedar cerrada Cádiz, y suspenderse toda operación,
soltándose, si no rompiéndose, los hilos de la ya reparada trama. Por
los mismos días, acometido Omlin de la fiebre, murió al cuarto o quinto
de haber caído en cama.
Todo esto pasó en días poco anteriores al de mi llegada a Cádiz. En
este, como he dicho, nada vi posible sino hacer en aquella ciudad una
estancia como de tres meses. Por no sé qué aprensión juzgué conveniente
estar oculto, como si mi presencia allí hubiese de causar sospecha,
y aun para mi persona peligro. Uno de los conjurados mis hermanos me
ofreció como asilo su casa, y yo la acepté pasando a ser su incómodo y
peligroso, y aun algo gravoso huésped. Era el sujeto que me hospedó un
joven llamado don José María Montero, de un mediano pasar, propietario
de una botica aunque no la servía, teniendo el título muy general
en Cádiz de comerciante, de buenas luces, de corta instrucción, de
apreciabilísimas calidades en punto a honradez y celo, entrado en
la conjuración por la sociedad, aunque a ella poco llevaba, y que
a su ardor en favor del proyecto que teníamos entre manos agregaba
una amistad ardiente a mi persona, no obstante haber corto tiempo
que estábamos en clase alguna de trato. Cupo a este joven tener una
gran parte en el restablecimiento de la Constitución, a que también
contribuyó con alguna suma no muy corta, atendiendo a no ser cuantioso
su caudal, y le cupo asimismo la suerte que suele tocar a ciertos
participantes en grandes empresas, que fue vivir muy ignorado después
del triunfo, y habiendo venido muy a menos, tener que contentarse con
un mediano empleo, que también perdió sin dar para ello motivo, siendo
triste ejemplo que debía retraer, pero no retrae siempre, de mezclarse
en negocios políticos a personas faltas de las altas dotes o de las
malas calidades necesarias para guiar con acierto la nave de la propia
fortuna por el mar borrascoso de las revoluciones.
Establecido yo en casa de Montero, nada tenía que hacer allí por algún
tiempo sino estar en expectativa. No me presentaba en público, y solo
salía de noche, y esto para pasar a casa de una persona de toda mi
confianza, con la cual me unían relaciones más estrechas que lícitas.
Sin embargo, el secreto de mi residencia en Cádiz lo era solo para
algunas personas, de suerte que acaso habría valido más darme al
público como detenido en mi viaje a Río de Janeiro. En mi encierro tuve
el disgusto de que hubiese en la casa no menos que cuatro víctimas
de la epidemia reinante, pero de sus estragos estaba yo seguro, por
haberla pasado ya en un año de los anteriores. Apenas hallaba con qué
entretener mi ocio, y así, cediendo a una imprudencia apenas creíble,
hube de escribir versillos sobre negocios de Cádiz no políticos, pero
que con la política se rozaban, y en los cuales aprovechaba yo la
ocasión de decir algo, y aun mucho, contra el Gobierno, sucediendo,
como era natural, que tan pobres y ligeras obrillas eran recogidas
y copiadas, y circulaban con aprobación muy superior a su valor
escasísimo, no sin declararse el nombre del autor y el lugar donde
escribía.[60]
[60] Por aquel tiempo vino a Cádiz, comisionado por el Gobierno
para estudiar la epidemia, un médico llamado Cavanellas, que
dijo e hizo mil extravagancias. Llovieron pullas sobre su
persona y yo tomé parte en ellas, pero vituperando, más que al
doctor, al Gobierno que le enviaba, y pasando a vituperarle por
algo más y de mayor gravedad que la comisión dada al Cavanellas.
Iba corriendo el tiempo; había entrado noviembre; la epidemia estaba
extinguida en San Fernando, y apenas existía ya en Cádiz, y se hacía
urgente adelantar los trabajos desigualísimos a nuestra empresa, y
sin embargo tales que en breve dieron las resultas apetecidas. Risa
daría a cualquiera considerar los elementos de que se componía la poco
numerosa sociedad que dentro del recinto de Cádiz era lo restante de
la conjuración todavía pertinaz en su propósito. Se reducía a dos
abogados con pocos pleitos, y con menor nombre que aun el ya citado
Vega, y don Sebastián Fernández Vallesa, de quien habré de hablar
después con alguna extensión, el joven Montero en cuya casa he dicho
que yo vivía, el teniente de navío que era de la real armada don
Olegario de los Cuetos, a quien han visto los que hoy viven por pocos
días ministro de Estado, y, por último, mi pobre persona. Teníamos del
ejército noticias cortas y confusas, y lo mismo sucedía a los que con
él estaban, pero unos y otros sabíamos que trabajaban nuestros amigos o
cómplices en los puntos donde residían. Los del ejército contaban mucho
con los de Cádiz, figurándose que allí estaban congregadas las mismas
personas que antes componían la autoridad superior de la sociedad o
de la conjuración, gentes a quienes reputaban de grande influjo, y
particularmente de considerable riqueza, de la cual estaban prontos
a sacrificar gran parte para el infeliz remate de la grande obra.
Hacíase, pues, necesario ponernos en comunicación y no por cartas, y
no menos indispensable nos era a los de Cádiz engañar a los de afuera,
suponiéndonos con un poder de que carecíamos para darles aliento con
la seguridad de que tenían un auxiliar poderoso. Mal medio, puede
decirse, y para no buen fin, pero estas son confesiones y no apología.
Me tocaba ser el conducto de comunicaciones tales, pues no para otra
cosa me había venido de Gibraltar, y a mi fanatismo complacía, a punto
de ensoberbecerme, el peligro que iba a correr, el cual no fue grande,
pero podía haberlo sido, si no estuviesen dormidos el Gobierno de
España y todos sus agentes.
Salí de Cádiz, pasé a San Fernando, y atrevesé el cordón, no obstante
la pena capital impuesta a quien así hiciese, y no fue necesario para
ello más que unos pocos reales dados al sargento de la guardia, que vio
en mí un trajinante. Verdad es que un mes antes habría habido para ello
bastante dificultad; pero la epidemia estaba concluida en San Fernando
y concluyendo en la algo más lejana Cádiz, y con la falta de peligro
de que se propagase, yendo a entrar el invierno, el cordón era mirado
como una cosa impertinente. El primer lugar a que me encaminé fue la
villa de Alcalá de los Gazules. Allí estaban algunos, bien que pocos,
de los comandantes y oficiales presos en el Palmar, siendo de ellos
el más notable don Antonio Quiroga, que tenía el grado de coronel.
Este oficial en la noche anterior al suceso del 8 de julio, al recibir
en el Puerto mi aviso, había opinado por hacer resistencia al conde.
En el batallón titulado de Cataluña que mandaba era muy querido, y
tal le tenía en punto a disposiciones relativas al alzamiento, que
receloso de él el Gobierno, hubo de hacerle embarcar hacia fines de
julio y de enviarle a la isla de Cuba. Estas circunstancias habían
dado al preso coronel cierto grado de concepto, y si se le suponía
ambicioso, cabalmente eran ambiciosos los que nos hacían falta. Pasé,
pues, a verme con Quiroga, lo cual en otro tiempo y lugar habría sido
peligroso y también difícil, porque estaba preso, y por no menos causa
que una tentativa de rebelión, lo cual traía consigo un encierro con
incomunicación rigurosa. Pero tales estaban las cosas, que los presos
por aquella causa, incomunicados de derecho, lo pasaban de hecho no
solo en comunicación, sino en libertad. Quiroga se paseaba por las
calles de Alcalá de los Gazules a la luz del día, concurría a un
juego de billar, jugaba, y con frecuencia solía asomarse a la puerta
de la casa de juego, y con el taco en la mano veía pasar la guardia
destinada a tener segura su persona y saludaba al oficial que llevaba
orden de no consentir que saliese ni hablase a criatura alguna. Me
contaron que un oficial,[61] no de la sociedad ni de la conjuración,
un día había reclamado contra tal escándalo, y blasonado de que el
día en que a él tocase la guardia de los presos, cumpliría con su
obligación, haciendo a los demás sujetarse al imperio de la ley; pero
pareció tan mal el anuncio de esta determinación, que cayendo sobre él
todos sus compañeros, aunque no de hecho de palabra, le obligaron a
retractarse de su propósito, de suerte que hubo de faltar a su deber
lo mismo que los otros.
[61] A este oficial dejaron atrás en Alcalá sus compañeros al
ponerse en movimiento ya levantados, creyéndole su contrario.
Pero él, cuando se vio solo, se vino tras de su batallón, se
presentó en San Fernando, se mostró quejoso de que no hubiesen
contado con él, y siguió muy celoso en la causa constitucional.