tal modo y clase que es ya altamente criminal solo el intento,
pues hasta tuvo preparado el veneno que quería se diese a
Sarsfield, por fortuna no era la de un español, sin que por
esto pretenda yo tiznar la buena fama de sus compatricios al
referir su malvado proyecto. Era, en verdad, mal sujeto, aunque
hombre de bastante talento y de alguna instrucción, bien que la
suya fuese superficial y de no la mejor clase. También, como
Moreno Guerra, había leído a Maquiavelo, y le tenía en mucho,
porque era cosa singular que el famoso florentino gozase de
alta reputación entre los liberales conjurados de 1819, no solo
como portentoso ingenio, lo cual es justo, sino como maestro
de sanas doctrinas. Verdad es que hay liberales italianos de
la misma opinión, pero a esto mueve y domina el patriotismo,
olvidando al maestro de la tiranía y torcida política en su
admiración al escritor ingenioso, agudo y profundo, y en su
conducta no mal patricio, cuando en los no italianos es de
admirar que consideren doctor y apóstol de la iglesia liberal
al admirador y ensalzador de _César Borja_ y de _Castruccio
Castracani_. Volviendo al objeto de esta nota, diré de él que,
nacido de dignísimo padre español, abrazó la causa de los
americanos que alzaron bandera contra España, pasó a servirlos,
y (lo que es en él de vituperar) sustentó su causa, según voz
común, con espíritu de feroz odio a todo cuanto era español,
acreditado en hechos de crueldad y perfidia. Esto no obstó a
que después viniese a España, donde residía ya en 1816, hasta
siendo oficial en nuestro ejército, si bien no en servicio
activo. Tuvo parte en los trabajos de la sociedad secreta y
en la conjuración de 1819, pero no pasó a la ciudad de San
Fernando cuando allí tremolaba el pendón constitucional en
enero, febrero y marzo de 1820. Proclamada en toda España y
aceptada por el rey la Constitución, logró este mismo individuo
tener asiento en las Cortes de 1820 y 1821 como representante
(creo que suplente) por una provincia de América. No hizo papel
lucido en aquel Congreso, donde votó con la oposición, siendo
del partido que entonces llevaba el título de _exaltado_.
En sus conversaciones solía hablar de aquellas Cortes en
términos de vituperio y aun de desprecio absoluto. Concluida la
legislatura ordinaria de aquel Congreso en julio de 1821, se
fue a Cádiz, donde se entregó a tales maquinaciones que hubo de
huir de España por no ser preso al terminar aquel año. Después
poco se ha hablado de él. No quiero decir su nombre, hoy de
casi todos ignorado.
Al intento, la Junta intermedia convocó a diputados de todas las
inferiores, o dígase de las de los regimientos, a una reunión solemne.
Celebrose esta de noche, y con un tanto de misterio y reserva, pues
si no amenazaba grave peligro, no consentía el decoro ni quería el
general que se dejase de proceder con cierto recato, si bien más
aparente que verdadero. En una pieza de no grandes dimensiones,
medianamente alumbrada, con un calor propio del mes de junio en climas
muy ardientes, nos congregamos en número bastante crecido. En el ritual
y planta de la sociedad hay un individuo, cuyo cargo tiene el título
de _Orador_, aunque no lo es, pues su oficio se reduce a leer breves
escritos. Desempeñaba yo este oficio como por vía de preludio de ser
orador más de una vez y en varios lugares, con crédito, y también con
descrédito de mi pobre persona, y ciertamente, mirando a mi interés,
más en mi daño que en mi provecho, viniéndose a añadir a mi nombre,
como profesión, la oratoria, que en los demás es solo un apéndice de
otras ocupaciones y obligaciones.
Era entonces, como confieso, ardiente mi fanatismo; mi edad, aunque ya
no la de la verdadera juventud, una en que todavía ejercen grandísimo
poder en el hombre las pasiones; mi natural, más que lo común
apasionado, y el lugar, la calidad de la reunión, el corto peligro
presente, el no leve futuro, todo contribuía a exaltarme y dar casi
frenética viveza a mis palabras y a mi acento y modos. Rasgué, pues, el
velo harto transparente de símbolos inútiles, convidé al levantamiento,
ponderé la tiranía bajo que gemíamos, presenté la imagen de la libertad
coronada con la aureola de glorias cuyo lustre había de rodear a sus
restauradores, y, al fin, cogiendo una espada desnuda que en nuestro
rito debía estar y estaba siempre sobre la mesa: «Jurad», dije con
voz fuerte y trémula de emoción, «jurad llevar a cabo esta empresa,
y juradlo sobre esta espada, símbolo del honor, que no en balde en
este lugar se os pone a la vista». Un grito unánime, que casi era un
alarido, respondió a mis palabras y a mi acción y gesto, arrojándose
casi todos los concurrentes a la espada, y profiriendo el juramento
con tono, rostro y ademanes de loco entusiasmo, no inferior al mío.
¡Escena tremenda, preñada de males futuros, recordada aquí y ahora no
para recomendarla al aplauso, y todavía menos a la imitación, sino
como retrato de los tiempos y con la mira a que sirva, entre otras, de
lección a gobiernos y pueblos; a los primeros para evitar, en cuanto
sea posible, con una conducta juiciosa, acertada y firme, que se
repitan; a los segundos para que, difundida en ellos la ilustración, no
dejen que las pasiones ahoguen y usurpen la voz y autoridad del juicio!
De esta escena hubo de tener noticia el conde de La Bisbal, y hubo de
conocer que ya le era forzoso acabar con la conjuración, si ya no es
que, llevando a ejecución el proyecto de los conjurados, quería darle
favorable remate.
Empezó, pues, a obrar, y contra los conjurados. Su primer disposición
fue mudar la guarnición de Cádiz; disposición importante, porque en la
ciudad debía darse el grito de rebelión al amparo de sus murallas, y
entre su población, toda ella con rarísimas excepciones, constitucional
ardorosa, y en la guarnición que iba a salir estaba la mayor parte de
la oficialidad ganada a la causa del alzamiento propuesto, y, al revés,
en los cuerpos que venían a relevarla había menos que en otros del
mismo ejército oficiales comprometidos en la empresa cuyo éxito estaba
pendiente.
Si esto disgustó de cierto, otro suceso causó mayor recelo, aunque para
algunos fue motivo de esperanza. De súbito vino Sarsfield de Jerez
a Cádiz, y encerrándose con el conde, tuvieron ambos una larguísima
conferencia sin testigos. En que trataban de combinar sus operaciones,
no cabía duda: si era para llevar a efecto la revolución o para
impedirla, venía a ser también dudoso; pero, bien mirado, con arreglo a
fuertes indicios, lo segundo era lo probable.
Vuelto Sarsfield a Jerez, entró en comunicaciones amistosas y muy
frecuentes con Gutiérrez Acuña, que allí residía. Se mostraba ya
tan dado a la causa de la revolución, que vituperaba la tibieza e
irresolución de su amigo el conde de La Bisbal, aunque sin poner en
duda lo sincero de su fe, porque decía: «A Enrique le falta corazón».
Como esto era dicho para engañar, mal puede afirmarse que hubiese
veracidad al hacer semejante cargo.
Así estaban las cosas al anochecer del 6 de julio de 1819. Ya
oscurecido, se habían cerrado las puertas de la ciudad de Cádiz,
entonces, aunque en tiempo de paz, cerradas de noche con rigor, que
para pocos casos tenía relajación, sobre todo en la Puerta de Tierra,
solo abierta cuando lo era para dar paso al correo. De repente corre
la voz de que la guarnición toda, menos la parte de ella que cubría
las guardias, se había puesto en movimiento y aun salido por la Puerta
de Tierra con el general a su frente, encaminándose al Puerto de Santa
María, donde estaba acantonada la división del ejército que pocos días
antes estaba guarneciendo la plaza. Con haber llegado la hora de la
retreta, y no aparecer los tambores o músicas, como hacían siempre, en
la plaza de San Antonio, desapareció toda duda sobre si era falso lo
que corría respecto a estar en camino las tropas, sin duda para objeto
importante, aunque ignorado. Empieza entonces a decirse que, antes de
salir, el conde había llamado a una de las personas con quienes se
entendía, y díchole que preparase todo para proclamar restablecida la
Constitución de 1812 en la ciudad de Cádiz, mientras él lo hacía en el
ejército, para lo cual iba a juntarle todo. Con este motivo comenzaron
las enhorabuenas, y aun los vivas dados en voz baja como grato secreto
que se confían las gentes unas a otras. Sin embargo, la autenticidad de
la comunicación verbal hecha por el conde no constaba, y lo evidente
era su salida misteriosa, y haberla dispuesto cuando, cerrada ya Cádiz,
no podía ir de ella al Puerto la noticia de que marchaba allí el
general con demasiado acompañamiento.
En mí como en otros despertó circunstancia tal fuertes sospechas. Pero
nadie pensaba en dar aviso a nuestros amigos del Puerto, y menos que
otros la Junta de casa de Istúriz, a la cual correspondía hacerlo,
pero que ni congregada estaba. Lo que nadie hacía hube yo de hacerlo,
obrando por mí, sin participación y aun sin consejo ajeno. Debía dar la
vela en la próxima madrugada con destino a la Habana un buque-correo,
cuyo mando tenía don Antonio Valera, primo mío muy querido y de
nuestra grey conspiradora. Para él y la tripulación de sus botes
se abría la puerta de la mar a todas las horas de la noche. Acudí,
pues, a él, le pedí un bote para que fuese al Puerto con un aviso, y
busqué también persona que le llevase, y cuya salida era fácil, no
examinándose quiénes salían para ir en los botes. Me puso Valera por
reparo la falta de tiempo, pues que de allí a pocas horas tenía que
levar anclas y hacerse a la mar; pero yo le hice presente cuán fácil
era a un bote con buenos remos ir en una hora al Puerto y en menos
tiempo volverse a bordo del buque a que pertenecía. Accedió a mi ruego
Valera, marchó el comisionado, llegó a su destino sin obstáculo ni
demora, se avistó con los conjurados, y los informó de que venía sobre
ellos el Conde con tropas, sin poderse decir si como amigo o contrario.
De nada sirvió el aviso, pues, por causas que nunca han sido bien
explicadas, y que no es ahora del caso averiguar, determinaron esperar
pacíficos, cuando si hubiesen tenido intento de resistir, era muy
probable que parase la resistencia en darles el triunfo, pues contaban
en los que seguían al general con muchos parciales. Bien es cierto que
al mismo tiempo iba a caer sobre ellos por la espalda Sarsfield al
frente de la caballería, pero esto lo ignoraban.
Ahora será bien dar cuenta de lo que el mismo Sarsfield había hecho en
Jerez. Allí seguía engañando a Gutiérrez Acuña y a Grasses, quizás aún
más de lo necesario para su propósito. Cuando ya se preparaba a marchar
contra los conjurados, en la noche, en sus primeras horas, y poco
antes de la destinada a emprender su movimiento, yendo de paseo con
los dos que llamaba amigos, tropezó con un rosario donde iban cantando
el _Ave María_, y dijo en tono de burla: _Cantad, cantad, que pronto
no cantaréis_, como considerando triunfo sobre prácticas religiosas el
hecho político que suponía cercano. A esto agregó decir a Gutiérrez
Acuña, que estaba levemente indispuesto: «Recójase usted y descanse
para prepararse a los brillantes trabajos que le esperan». Dicho esto,
se despidió, y yéndose a su casa, no bien llegó a ella, cuando firmó
una orden para prender a aquellos dos crédulos conjurados, orden que
fue fiel e inmediatamente cumplida. Puesto al fin en camino, ya cerca
del alba, llegó al Puerto de Santa María con sus caballos, casi a la
misma hora en que llegaba al mismo punto el conde con su gente por
el lado opuesto. En esto, amanecido ya, las tropas acantonadas en el
Puerto habían salido a formarse, como tenían por costumbre, en un sitio
apellidado el Palmar,[57] llevándolos allí sus jefes, no sabedores del
intento con que se les venían acercando fuerzas un tanto crecidas; pero
recelosos de que era en su daño, si bien resueltos a no resistir, a
no innovar cosa alguna en su conducta diaria, y a aparecer ignorantes
de que la guarnición de Cádiz hubiese hecho algún movimiento.
[57] Palmar llaman en Andalucía a ciertos terrenos incultos que
allí abundan, y deben su nombre a estar llenos de palmas enanas
que no sé cómo deben llamarse, pues aunque soy en extremo
aficionado a árboles, plantas y flores, ni sé de ello lo que
sabe no ya un botánico, sino acaso el jardinero u hortelano más
tosco y rudo. Este Palmar del Puerto, teatro de la hazaña de
O’Donnell y Sarsfield, tiene cierta fama. Cuando en los pueblos
de la Andalucía baja, vecinos a la costa, se habla de una
persona de mucha edad, y quiere ponderarse su vejez, es común
decir de ella _que tiene más años que el Palmar del Puerto_.
Así los encontraron formados al acercarse por la parte de Cádiz el
conde y por la de Jerez Sarsfield. Puesto el general al frente de la
formación, hizo salir y presentarse ante él a todos los comandantes[58]
primeros y segundos, a los cuales intimó que se diesen presos, no
expresando sino a medias por qué causa.
[58] En el orden y planta dados a aquel ejército
expedicionario, constaban los regimientos de un solo batallón
cada uno, como sucedía, y aun creo sucede en Inglaterra, y
hoy en Portugal. No había, pues, coroneles, aunque lo fuesen
personalmente algunos de los que mandaban los regimientos de
un solo batallón. El de Canarias, por ejemplo, estaba mandado
por don Demetrio O’Daly, brigadier, que fue uno de los presos
por el conde. Pero otros tenían a su frente meros comandantes,
aunque de primera clase.
Este acto pasó sin la menor alteración de la tranquilidad, viéndole
con admiración los oficiales y tropa, unos, y los más, por no adivinar
del todo la causa de tan raro y general rigor; otros, y no pocos, por
ver convertido en contrario y perseguidor al que miraban como caudillo
futuro en la empresa en que tenían parte. Cuentan que recién acabado
este acto, encontrándose Sarsfield y el conde, el primero soltó la
risa; fea acción, si ya no fue calumnioso aserto el suponerlo, y
agravación de otra de no menos fealdad. Si los posteriores, así como
los anteriores señalados servicios de Sarsfield pueden, aunque no
disculpar, compensar lo vituperable de su conducta en los sucesos
de que soy ahora narrador, y si su desdichada muerte, causada por
un vil asesinato en medio de una sedición infame, debe hacer cara
y aun respetable su memoria, la historia debe ser veraz, y para
serlo, inflexible, máxima seguida aun tratándose de los primeros
personajes históricos, pues hasta los mayores encomiadores en Augusto
no han dejado de vituperar, ni aun pasado en silencio, las horribles
proscripciones del triumviro Octavio.
No aparecía risueño ni contento el conde de La Bisbal, sino al
revés, como pesaroso y avergonzado de su acción, en el momento mismo
de cometerla. Al prender a los comandantes primeros y segundos de
los cuerpos que estaban en el Puerto, había envuelto en su rigor a
culpados e inocentes, y de entre los últimos a algunos que ni siquiera
comprendían la causa por que se veían presos, pues de la conjuración
tenían escasa noticia, y juzgaban la corta que tenían por rumor vano. A
los no militares, y aun a algunos militares cuya culpa sabía, no quiso
molestar siquiera. Se dejó decir más de una vez que nadie temiese,
porque «_él era caballero, y a nadie vendería_», y cumplió tal palabra,
que estaba en contradicción con su modo de portarse tocante a la
conjuración y a los conjurados ya presos. De resultas vino a quedar en
situación harto amarga, porque, si bien recibió del Gobierno la gran
cruz de Carlos III, distinción que entonces tenía más valor que en el
día presente, fue a la par separado del mando del ejército y llamado a
Madrid, a donde hubo de encaminarse lleno de recelo, pues al cabo, si
había deshecho la conjuración por lo pronto, antes la había fomentado
a punto de poner como al vuelco de un dado su éxito, y de ser dueño de
la suerte de España pasaba a una situación en la cual así podía recibir
castigo como recompensa.
Volviendo atrás, y al suceso del 8 de julio, bien será decir
que, al saberse en Cádiz lo ocurrido en el Puerto, fue grande la
consternación entre los conjurados. De ellos huyeron algunos de los más
comprometidos, como por ejemplo Istúriz, y no dejó de hacer otro tanto
Moreno de Guerra, que se figuraba ver tras sí a Sarsfield. Pero otros
no se movieron, creyéndose en mucho menos peligro. Con razón creía
yo que el mío no era muy grave, porque solo había representado hasta
entonces en aquellos sucesos segundos papeles, entre otros muchos; pero
me constaba que el conde no ignoraba mi parte en la trama, aunque a la
par me alentó haber sabido desde luego que a nadie pensaba perseguir,
excepto a los ya presos. Ello es que, a pesar de aconsejarme no pocos
la fuga, yo ni pensé en ella. Tal era la ceguedad del Gobierno, que
nada sabía de mi conducta, ni aun de mi paradero: tal la mía, que,
olvidado de toda regla de moral, conservando el título y derechos de mi
empleo, pensé en trabajar con más ardor que antes en la obra que en el
Palmar del Puerto parecía que había quedado reducida a ruinas.
Y así fue que, cuando una conjuración formidable había venido a parar
en nada, otra compuesta de sus reliquias, como pobre rama de planta
poderosa, que trasplantada apenas con esperanza de verla prender,
prende, con todo, y crece, y fortifica, una conjuración, de puro
arrojada hasta ridícula, vino a derribar el trono de Fernando, sentado
pocos años antes en lo que parecía robustísimo cimiento, y aún lo era
ciertamente.
Pocos días habían pasado desde el en que fueron presos varios de los
conjurados, y ya los escapados del peligro le queríamos correr mayor
con acciones que eran delito atroz, y no inferior desatino. Siete u
ocho personas de escaso poder, y sin recursos, nos juntamos y formamos
el proyecto de hacer una tentativa contra la persona del conde de La
Bisbal, en uno de los cortos viajes que solía hacer de uno a otro
punto de aquellos en que tenía acantonadas sus tropas, tentativa que
bien podía ser asesinato; pero el fanatismo a estos excesos, y aun a
mayores si cabe, lleva, y particularmente si se le agrega el deseo
de tomar venganza. Por fortuna, locuras tales algo tenían, si no de
baladronadas, de visiones, y nuestra mala idea ni a ser proyecto llegó,
quedándose en desahogo de vana rabia.
Todo aparecía, pues, por entonces concluido. Así es que hube de pensar
en hacer mi viaje al Brasil a servir allí mi empleo, mudando una
traición en otra, porque traición era seguir sirviendo al Gobierno al
cual había tratado de derribar.
Había, con todo, en mi propósito de irme al Brasil, algo de segunda
intención, porque lo natural era, saliendo de Cádiz, pasar a Lisboa,
donde casi de seguro encontraría barcos con destino a aquel país, parte
entonces de la monarquía portuguesa, y aun residencia de su gobierno,
y preferí trasladarme a Gibraltar, donde faltaban medios de hacer el
viaje, aunque yo suponía que debía de haberlos. La verdad es que a
Gibraltar me llevaba otro motivo. Allí sabía que había ido Istúriz con
otros fugitivos, cortos en número, y casi todos ellos de poco influjo,
y allí se decía que estaban Gutiérrez Acuña y Grasses, escapados con
poca dificultad de su prisión en Jerez, donde tenían la casa por
cárcel. Todo esto era a manera de un núcleo de conjuración renovada.
A lo menos, así se lo figuraba el deseo, el cual, no obstante ser
vivísimo en mí, no me llevaba, sin embargo, como suele suceder, a ser
crédulo en demasía, pero tenía poder bastante para no dejar morir mis
esperanzas.
El 22 de julio, día en que cumplía los treinta años de mi edad, y
catorce días después de la catástrofe del Palmar, salí de Cádiz. Nadie
me había molestado, y ningún peligro corría; otros en igual caso que yo
vivían tranquilos, y así fue que tomé el pasaporte correspondiente como
secretario de la legación en el Brasil, que iba a servir su empleo.
Llegué a Gibraltar al cuarto día de mi partida; con tanta detención
se caminaba, y aun todavía por allí con poca más prontitud se camina;
siendo entonces forzoso ir a caballo desde la isla de León o San
Fernando, cuando hoy hasta Medina Sidonia se va en ruedas por carretera
bien construida. En Gibraltar, a mi arribo, encontré lo que parecía
desengaño. Istúriz, en quien era común poner grandes esperanzas, como
si él tuviese medios iguales a su deseo, los cuales era común suponerle
en un grado excesivo, había marchado de Gibraltar a Lisboa, porque
la autoridad superior de la fortaleza inglesa veía con poco gusto su
estancia allí, recelosa de que tramase algo contra el gobierno español,
aliado del de la Gran Bretaña. Pero estaban en la plaza Gutiérrez
Acuña y Grasses, ambos y señaladamente el segundo muy amigos míos, y
con ellos había algunos más a quienes el miedo o el figurarse con una
importancia superior a la que tenían, habían llevado a buscar en la
fuga una seguridad que igualmente habrían tenido estándose quietos, y
estaba Moreno Guerra, que así nos servía de embarazo a veces, como de
distracción a menudo, con sus singularidades. Todo ello nada prometía,
y seguía yo resuelto a embarcarme.
Al llegar a Gibraltar me vi, como era de suponer, con el cónsul de
España en aquella plaza. El que a la sazón servía aquel destino era
un excelente caballero, que sin duda se portaba bien en el desempeño
de su obligación salvo en un punto en que podía más su bondad que su
celo o su perspicacia, el cual era el vigilar bien la conducta de los
conjurados fugitivos allí congregados. A mí me trataba con cordialidad
como a un diplomático que va de viaje. Si mi conducta en Gibraltar
hubiese sido cauta, habría él merecido disculpa, pero me portaba yo
con una imprudencia que excede los límites de lo creíble. Vivía con
mis compañeros de conjuración como si lo fuese suyo de proscripción;
con ellos paseaba; con ellos hablaba de los negocios pendientes sin el
menor recato. Hasta hube de escribir allí un soneto atroz[59] contra
el conde de La Bisbal, composición hija de un frenético espíritu de
venganza, y mis amigos imprimieron el soneto en un papelillo, el cual
circuló por la ciudad y fue transmitido a España, sin que locura
tanta llamase particularmente la atención a mi persona.
[59] No quiero copiar este soneto, harto conocido. De él tuvo
noticia el conde de La Bisbal, y después de restablecida la
Constitución, procuró y logró entrar en trato, aunque no
frecuente, amistoso conmigo, quejándoseme en una ocasión de
que yo le había tratado mal por no conocer los motivos de su
conducta. Sabido es que otra vez (en 1823) faltó el conde
a la confianza que en él pusieron los constitucionales más
ardorosos. Aunque yo entonces en Sevilla, en las Cortes, hablé
con violencia suma contra él, hoy, sin disculparle, debo
decir de su carácter lo que siento. Si el conde de La Bisbal
cometió varios y gravísimos actos de falta a la fe jurada y
a la obligación contraída, no tenía el carácter propio de un
traidor, no obrando con premeditación ni doblez continuada. Era
ligero como pocos hombres. Una hora después de haber pensado
una cosa pensaba la contraria. Así obraba con sinceridad en sus
mudanzas violentas.