sucesos, si bien probaron asimismo que tan poco podrían contar con su
nuevo campeón los constitucionales, como el Gobierno que acababa de
poner en él su confianza.
En aquellos días yo acababa de ser nombrado secretario de la legación
de España en Río de Janeiro, donde residía el rey que lo era así del
Brasil como de Portugal. En 1818 me había trasladado de Cádiz a Madrid
y sido relevado del cargo de secretario de la legación de S. M. en
Suecia, cargo que había conservado como titular, y gozando de licencia
por cerca de cuatro años después de haber salido de aquella corte
remota. Mi tenaz propósito por tan largo plazo había sido no servir al
Gobierno, que odiaba; mis conatos encaminados a derribarle. Pero pasaba
el tiempo, y no veía señal que me diese la menor esperanza de alcanzar
lo mirado por mí como un bien y ardientemente apetecido. En Madrid no
encontré Sociedad formada. Así es que hube de resignarme a salir de
España continuando el servicio en mi carrera. Fui, pues, nombrado para
el cargo en el Brasil que poco antes he dicho, y en enero de 1819 me
puse en camino para Cádiz, resuelto a embarcarme allí para el lejano
país a que me llevaba la suerte.
Pero cuando llegué a Andalucía en los días últimos de enero hallé tan
mudadas las cosas, que lo antes desesperación y desmayo pasó a ser
fundada cuanto lisonjera esperanza, que trajo consigo renovados bríos
para trabajar en lo que en mis circunstancias era criminal empresa.
No sé lo que son las sociedades secretas desde 1823 hasta el día
presente. Que de ellas ha habido muchas, es constante; que aún hay
algunas, es probable; pero que no son ni han sido desde mucho acá lo
que eran desde 1816 hasta 1820, me parece fuera de duda. Son ya muy
conocidas; están muy gastadas por el uso; reinan sobre ellas muchas
menos ilusiones. Puede ser que como todo viejo estime yo las cosas
de mis mocedades en grado superior al de su merecimiento, y tase las
de ahora en valor inferior al suyo real y verdadero; pero hay una
razón que me persuade de que no me engaño. Las Sociedades de aquel
tiempo tenían en la vida política, el ardor y lozanía de la juventud,
y la pureza de la virginidad; las de hoy adolecen de la frialdad y
astucia de la vejez, y a fuerza de dar fruto están, si no corrompidas,
estropeadas.
Los hermanos de 1819 teníamos bastante de fraternal en nuestro modo de
considerarnos y tratarnos. El común peligro, así como el común empeño
en una tarea que veíamos trabajosa y divisamos en nuestra ilusión como
gloriosísima una vez llevada a feliz remate, nos unía con estrechos
lazos, que, por otro lado, eran sobremanera agradables, porque
contribuían en mucho al buen pasar de la vida. Así es, que al poner el
pie en Sevilla, donde yo había parado poco tiempo, me encontré rodeado
de numerosos amigos íntimos, a los más de los cuales solo había hablado
una o dos veces en época anterior, cuando a otros veía entonces por
la vez primera. Al momento fui informado de que en Cádiz estaba todo
preparado para un levantamiento en que el general puesto al frente
de sus tropas, había de pedir al Rey, en términos que harían de lo
llamado súplica precepto, si no el restablecimiento de la Constitución
de 1812, poco menos; esto es, la sustitución del sistema de gobierno
de las monarquías moderadas al entonces vigente, calificado por su
propio consentimiento de absoluto. De todo esto, gran parte era verdad;
pero había bastante ponderación, porque el conde de La Bisbal sabía la
conjuración, la toleraba y hasta la fomentaba; pero se detenía, daba
largas, y retrocedía; incierto siempre, pues que hasta al dar el golpe
contra los conjurados le dio de tal manera que los dejó con fuerzas
bastantes para convertir en triunfo lo que había sido derrota.
Los pocos días que me detuve en Sevilla (y pasé allí tres o cuatro
sin motivo para tal detención), fueron para mí muy lisonjeros. Se
hablaba de nuestra empresa con poco, si bien con algún recato. Que así
hiciesen entre sí los _hermanos_, todos ellos conspiradores, natural
era, pero a muchos de los profanos encubrían mal o poco el proyecto
que los tenía ocupados. Solía estar en trato frecuente con nosotros
un sujeto no de la Sociedad, y por consiguiente no de la conjuración;
hombre singularísimo en persona y modos; de estatura muy elevada, si
no gordo, rehecho, con la cabeza pobladísima de pelo un tanto mal
peinado, o a lo menos no peinado al uso, con el vestido mal cortado,
dado a familiarizarse con gente a quien conocía poco, hablador, y que
parecía, como lo era, bien intencionado, franco, servicial, y en el
trato agradable en grado no corto. Este hombre, con quien fue mi suerte
trabajar unido muchos años, que tuvo en el alzamiento de enero de 1820
una de las partes principales, que después ha hecho gran papel en la
historia de nuestra patria, y del cual por no breve tiempo he sido
amigo político, y por más largo periodo contrario, viniendo en sus
últimos días a renovar nuestra amistad privada, y siendo de los que
más han llorado su muerte, era don Juan Álvarez y Mendizábal. Siendo
de pocos conocido entonces, era socio y principal agente de la casa
de comercio de Bertrán de Lis, y tenía a su cargo las provisiones
del ejército llamado expedicionario. La familia de Bertrán de Lis
acababa de perder uno de los hijos, del que era su cabeza, muerto
arcabuceado por orden de Elío, a quien sin razón echábamos en cara como
un asesinato lo que solo fue un acto de rigor cruel, ejecutado con la
ferocidad propia del carácter de aquel general, de mala condición y
durísimas entrañas. Un hermano de la víctima era de los más ardientes
de la sociedad secreta y de la conjuración; pero a Mendizábal no
se había dado entrada en la primera, ni parte en la segunda, no
sospechándose en él las calidades que después descubrió, y las cuales
llegaron a dar tanta importancia a su persona. Estando él en continuo
roce con los conjurados, poco reservados en aquellos días, algo sabía
de sus proyectos y más trataba de averiguar, deseoso de bullir y
señalarse en los sucesos que se preparaban. Como yo le viese entre mis
amigos o _hermanos_, estos me avisaron que no le contábamos en nuestro
gremio, si bien nada recelaban de él, mirándole como seguro, pero de
poca cuenta. Mas, con sorpresa mía, esta misma persona, que conmigo
tenía tan poco trato, me llamó a parte y me dijo que, pues tratábamos
de hacer una revolución, debíamos proponernos llamar otra vez al trono
al anciano Carlos IV. Tal desvarío había ya ocurrido a mejores cabezas,
y aun habían dado pasos para ello algunos constitucionales de los a la
sazón desterrados, pero con tan mala fortuna cuanto escaso acierto.
Esto aparte, fuese o no descabellada la idea, hacerme tal proposición,
a mí, empleado del Gobierno y recién llegado a la corte, un hombre
que apenas me conocía, da a entender a la par el estado de los ánimos
en aquellos momentos y la singularidad del carácter de Mendizábal.
Como debía suponerse, respondí yo a este haciendo de su propuesta
objeto medio de burlas, medio de veras, no ofendiéndole ni dándome por
ofendido, no haciendo protestas hipócritas de adhesión al Gobierno,
pero tratando de vanos proyectos o ilusiones los pensamientos de
contribuir a una revolución que se figuraba él que yo abrigaba. No
pasó de aquí por entonces tan curioso incidente: en menos de un año,
Mendizábal y yo, de acuerdo, fuimos los dos los principales entre
muchos que lograron el restablecimiento de la Constitución de 1812,
dando así principio a la serie de revoluciones y contrarrevoluciones
que han venido a hacer una España nueva tan desemejante a la antigua.
Llegado yo a Cádiz al comenzar febrero, me encontré en una escena
animada. La conjuración estaba adelantada, patrocinándola el conde
de La Bisbal; pero por medios rodeados, como era indispensable en su
situación, si bien usando de más artificio que lo que esta exigía. Al
pueblo de Cádiz trataba de hacerse grato hasta en frioleras. Como de
resultas de la muerte de la reina María Isabel de Braganza, segunda
esposa del rey Fernando, estuviesen cerrados los teatros, dispuso que
en los cafés se jugase a la lotería a precios bajos, proporcionando
así a los ociosos un entretenimiento no perjudicial, aunque no loable.
Consintió las máscaras en Carnaval, no en público ni de día en las
calles, pero sí en casas particulares con más franqueza que antes
era uso. A esto agregó cosas de mayor importancia y transcendencia.
De los conjurados que fueron sorprendidos en Valencia trazando un
levantamiento, y que, cayendo en poder de Elío, fueron todos al
suplicio sin demora, uno había logrado escaparse y venídose a Cádiz,
donde residía, sabiéndolo el general gobernador, que le daba amparo
a pesar de que recibía repetidas órdenes de buscarle y prenderle. En
tanto, las juntas de la sociedad secreta menudeaban, no tan de oculto
que su existencia no fuese sabida de muchos que de ellas no eran parte.
De tal estado de cosas fuerza era que tuviese noticia el gobierno de
Madrid, que nada hacía, o ya temiese al general viéndole cabeza y dueño
de un ejército al cual no podía oponer otro España, o ya fiase en
promesas de contener la rebelión en la hora en que llegase a serlo;
prueba todo ello de flaqueza junto con perfidia. Cinco meses hubo de
durar tal situación, plazo ciertamente largo para negocio de naturaleza
tan peligrosa y apremiante.
Como era natural, los conjurados se impacientaban. ¿Qué aguardaba el
general? Era la voz común ya con algo de queja. A esta, que tenía
un tanto de acusación, hija de la sospecha, respondía el conde que
aún no estaba el ejército bastante trabajado; frase esta del día,
que significaba no estar todavía todo lo extendido que era necesario
entre la oficialidad la filiación a la sociedad secreta. Se tropezaba
en estas comunicaciones con un inconveniente irremediable, el cual
consistía en que el conde no podía tratar con los conjurados sino por
el conducto de una o dos personas, y las destinadas al intento eran, si
no de las menos celosas, de las menos impacientes, llenas de confianza
superior a la debida en la sinceridad del hombre de quien dependía en
aquel momento la suerte de la conjuración y la de la patria. Y aquí
viene bien explicar en pocas frases cuál era la planta y arreglo de la
sociedad conspiradora en el momento de que voy aquí hablando.
La sociedad, cuyo nombre callo solo por razones de decencia, pues harto
sabido es, no era, como ya he dicho, en España en 1819 lo que ahora es,
o lo que en tiempo alguno había sido en otros pueblos. Así, conservando
su rito, había buscado la fuerza en un orden propio para dar a la
conjuración efecto. Había una sociedad de la clase común o inferior en
Cádiz, componiéndola militares y paisanos. Formose además una sociedad
en cada regimiento. Pero sobre estas existía una autoridad ejercida
por una junta con el nombre de Capítulo, que celebraba sus sesiones
sin aparato ni fórmula en la casa de don Francisco Javier de Istúriz.
Allí asistían personas acaudaladas de Cádiz, de las que son a manera de
la aristocracia de aquella ciudad, las más de ellas de edad madura,
graves, sesudas, si fanáticas en alto grado, de un fanatismo por lo
común no acompañado de arrojo, un tanto despreciadoras de la gente
inferior, que era toda cuanta no entraba en su gremio. De esta reunión
salían y eran parte quienes se entendían con el conde.
Pero se creyó necesario introducir entre el puro simbolismo a que
estaban reducidas las sociedades inferiores, el cual no impedía ver
claro el fin a que se caminaba, y las maquinaciones políticas de la
alta junta, poco trabajadora por su índole, un cuerpo donde estuviesen
juntos los más arrojados y diligentes de los conspiradores; cuerpo al
cual tocaba, sin descartar de él algo de la parte simbólica, formar los
planes del levantamiento proyectado y hasta extender proclamas, como
si estuviese cercano el momento en que estas habían de ser de uso. De
reunión tal me tocó ser parte, siendo ella más adaptada a mi condición,
a mis años y a mis hábitos de vida alegre, que la grave autoridad que
se congregaba en casa de Istúriz, con quien tenía yo algún trato,
pero todavía no amistad estrecha y tierna como la que después por
dilatados años nos ha ligado, y hoy en una vejez avanzada nos liga. No
me acuerdo de quiénes y cuántos éramos los de la junta intermedia, y
básteme decir que don Evaristo San Miguel y yo éramos los que en ella
más trabajábamos, sin decir por esto que en su interior hiciésemos el
primer papel o tuviésemos superior influencia. Esta junta espoleaba a
la superior sin necesidad de ser aguijada por las inferiores; porque
en ella estaba lo más ardoroso de los conjurados. Asimismo los que la
componíamos no dejábamos de asistir a nuestras respectivas sociedades
de última clase, donde bullíamos y dirigíamos, ya incitando, ya
refrenando, muy atendidos y aun respetados por suponérsenos dueños de
secretos que al oído de otros llegaban algo confusos.
Era a principios de junio, e iba haciéndose imposible demorar mucho
el golpe tan de antemano resuelto y preparado. Sonaba que el ejército
iba a embarcarse, En esto fue nombrado para mandar la caballería de
la expedición el general don Pedro Sarsfield, de gran crédito en
nuestro ejército por sus campañas en Cataluña, durante la guerra de la
Independencia, y persona con quien era forzoso contar para tratarla,
o como a eficacísimo cooperador o como a terrible contrario. Unían
al general O’Donnell, conde de La Bisbal, con Sarsfield, antiguas
relaciones; el común origen irlandés, haber militado juntos, mucha
semejanza de hábitos, si no identidad completa. De las opiniones
políticas de Sarsfield nada se sabía, siendo probable que hubiese
pensado poco hasta entonces en tales materias, ciñéndose a vivir y
pensar como mero soldado, y así es que en las mudanzas de gobierno
ocurridas o intentadas en España, no había sido pronunciado su nombre.
Sabíase que había sido muy amigo de Lacy, y se suponía que lamentaba
su suerte y veneraba su memoria; mera suposición no apoyada en hecho
alguno evidente. Era hombre seco por demás, casi hipocondríaco,
entregado, según decían, a la bebida y aun al uso del opio. Todo ello
le daba para el caso de la conjuración existente el carácter de un
enigma que era indispensable adivinar, valiéndose para ello del método
indagatorio directo o indirecto, no siendo conveniente esperar a que
los sucesos le descifrasen. El conde de La Bisbal dijo a los conjurados
que con él se entendían que era indispensable ganar a Sarsfield porque
_le valía lo que una división_ para la propuesta empresa. Debía ocurrir
a los que recibieron tal encargo, que nadie era más a propósito que el
conde mismo para ganar al general, su segundo, y asimismo su compañero
y amigo en tiempos pasados. Pero alegaba O’Donnell que no podía él
hacer tal averiguación sin exponer su persona, y con ella el grande
hecho proyectado, si Sarsfield se mostraba adverso a la idea de una
rebelión contra el Gobierno. Satisfizo a casi todos esta razón, aunque
no buena, porque, fuese quien fuese el destinado a tantear a Sarsfield,
por fuerza había de darle a entender, cuando no de descubrirle, que
el general del ejército tenía parte muy principal en la trama. No
era, sin embargo, posible desatender un encargo hecho por el conde de
La Bisbal, dueño a la par de la fuerza militar y del secreto de la
conjuración, por lo cual podía fácilmente valerse de la primera para
acabar con la segunda. Hubo, por tanto, la autoridad superior que se
congregaba en casa de Istúriz de nombrar una comisión que se entendiese
con Sarsfield. De aquí tuvo origen el malogramiento de una empresa
que tanto prometía, pero malogramiento tan incompleto, que, acometida
después con inferiorísima fuerza, salió favorable a quienes la llevaron
adelante, hasta darle feliz término contra toda racional esperanza,
y gracias a la sin igual torpeza de un Gobierno que, titulándose
absoluto, no sabía ejercer la autoridad de uno u otro modo entre los
muchos que se presentan a quienes son cabezas del cuerpo de un Estado.
II.
Resuelto ya a entrar en tratos con el general Sarsfield, y nombrada
para ello una comisión, pasó esta a la ciudad de Jerez de la Frontera,
donde residía el general de la caballería, por tener allí lo principal
de la fuerza de su arma. Componían la comisión tres personas; dos
de ellas escogidas con acierto, pero no así la tercera. Eran las
primeras las de dos oficiales de artillería, uno de ellos, amigo
que había sido del general, don José Grasses, a quien ha visto gran
parte de quienes hoy viven gobernador de Madrid, militar arrojado y
no falto de instrucción, de natural talento y singular viveza, un
tanto ligero, calidad que, viéndose en él demasiado, lo hacía a veces
parecer inferior a su natural valor, de muy nobles pensamientos y
finísimos modales que le acreditaban de caballero cumplido, y el otro
don Bartolomé Gutiérrez de Acuña, de buenas dotes naturales, de corto
saber y caballero en sus modos como lo era por su cuna, pero persona
a quien hubo de tasarse por algún tiempo en valor mucho más alto que
el de sus merecimientos, dándole la autoridad de un _sabio_ en los
varios sentidos de esta palabra, exageración que al cabo hubo de
rebajarle en algo, cuando fue forzoso moderar la alta tasación primera,
la cual daba al así celebrado, con una idea grandísima de sí mismo,
un tanto de entono, a pesar de lo cual era imposible negarle buenas
calidades. No sé por qué razón fue agregado a estos dos oficiales en la
peliaguda comisión para que con ellos fuese un paisano a representar
la parte civil de los conjurados, quitando así al proyecto el carácter
de pura sedición militar, una de las criaturas más estrafalarias
que han representado un papel notable en los sucesos de nuestras
revoluciones, don José Moreno de Guerra. Era este un caballero de un
lugar no de los principales de la provincia de Córdoba, y aunque de
ideas muy revolucionarias, blasonaba no poco de su alcurnia, siendo
en esto lo peor que lo hacía con no mucha razón, si bien no con falta
absoluta de ella, pues decían que su nobleza era, aunque verdadera
en el sentido legal, de pocos quilates y fecha no muy antigua. Tenía
algún ingenio, desordenado, y en cuyos irregulares desahogos asomaba
el mérito de la novedad en sus aciertos y en sus desaciertos: había
leído algo,[54] sin método, por lo cual descubría no poca confusión
en sus ideas; era atrevidísimo y carecía absolutamente de valor, por
donde no sustentaba bien los excesos de su lengua; se consumía en
deseos de hacerse notable, y a todo esto como que daba realce para
llamar a él más la atención su alta estatura acompañada, si ya no de
gordura de poco menos, su vestido mal hecho y desaliñado, sus modales
por lo común toscos, su acento andaluz con la pronunciación de la
gente del pueblo de su tierra, y la incoherencia de sus discursos en
que mezclaba toda especie de cosas, de las cuales muchas no venían a
cuento para las materias sobre que hablaba.[55]
[54] Moreno Guerra había leído a Maquiavelo, y, como el famoso
florentino goza de mala fama entre la gente piadosa, así como
entre mucha que no lo es, miraba como gran mérito el conocer
las obras del autor del tratado _El Príncipe_, y le ensalzaba
y citaba tanto que por ello era ridiculizado por quienes de
cerca le trataban. En verdad, aprendió algo de las arterías
recomendadas por tan insigne autor, pues en su carrera se
mostró poco escrupuloso en cuanto al uso de medios para llegar
a fines que, si alguna vez eran buenos, solían ser muy otra
cosa.
[55] En un folleto muy gracioso y celebrado, cuyo título era
_Semblanzas de los diputados a Cortes de 1820 y 21_, está bien
retratado, como todos, y aun mejor que varios más, Moreno
Guerra, y se hace alusión a lo incoherente de sus discursos,
diciéndose de él que en las Cortes había contado que _vio la
fragata Perla_, etc.
Estos tres comisionados se presentaron al general, según es de creer
tomando por pretexto que iban a visitarle. Llegados a su presencia, le
declararon el objeto de su visita, la existencia de la conjuración,
el propósito de la misma y los medios con que contaba, oyéndolo
Sarsfield, atento, impasible, como provocando con su silencio a que se
le explicase todo muy por menor y puntualmente. Pero, no bien se hubo
enterado de todo cuanto de él se esperaba, cuando, levantándose con
tono y gesto amenazadores, dijo a los conjurados que le mirasen como
a un enemigo resuelto a oponerse a su proyecto con todas sus fuerzas
hasta desbaratarle y aniquilarlos a ellos, aunque puso por correctivo
a sus amenazas que, como hombre de honor, no descubriría lo que
fiándose en su honor acababa de serle confiado. Quedáronse atónitos y
suspensos, pero no aterrados, Gutiérrez Acuña y Grasses, y temblando
de pies a cabeza el casi agigantado Moreno Guerra. Pero Sarsfield,
viendo la turbación de aquellos hombres, y pensándolo mejor (o bien
podría decirse peor), si no es la honradez palabra vana, detuvo a los
que iban a retirarse, y les dijo que la respuesta recién salida de sus
labios no expresaba su modo de pensar ni su intención, pues la había
dado solo para poner a prueba el temple de los conjurados, con quienes
si aceptaba lo por ellos propuesto, como iba a aceptarlo, había de
asociarse. No satisfizo ni podía satisfacer el nuevo aserto, pero el
mal estaba hecho, el remedio era difícil, y, como durante algunos días
se manifestase Sarsfield en palabras hasta celoso en la prosecución
de la empresa, llegó a contarse con él, siguiéndose la propensión del
hombre a acomodar su fe a su deseo.
En la Junta principal causó sumo disgusto lo ocurrido en Jerez, y
aun hubo (pero fue uno solo, reprobándolo todos) quien propusiese
un medio atrozmente criminal para libertarse del peligro con que
Sarsfield amenazaba.[56] Pero como el daño no aparecía, continuaba la
conjuración, la cual se hacía ya necesario que de proyecto pasase a ser
hecho dentro de corto plazo.