como debe escribirse, sino como se pronuncia en castellano y es
necesario para la rima.
Como se ve, no era la composición de lo mejor de un poeta que ha dejado
muchas buenas, ni tampoco acertó quien lo puso en música; pero se oía
con más gusto y entusiasmo que en tiempo alguno pueden haberse oído los
mejores versos o los sonidos más melodiosos.
Como dentro de una semana, poco más o menos (en la noche del 24 al 25
de agosto de 1812), habiendo ya cesado los disparos en la tarde, el
ruido de repetidas explosiones anunciaba que se estaban poniendo en
retirada los sitiadores; suceso ya esperado. Amaneció el 25, y a su
luz viéronse evacuadas las líneas enemigas, y a lo lejos, por el mismo
camino de Buena Vista por el cual en el 5 de febrero de 1810 habían
aparecido los franceses, ir marchando las columnas de caballería e
infantería de los enemigos que para nunca volver desocupaban la tierra
de que por tanto tiempo habían estado enseñoreados, dando poco menos
que seguro vaticinio de que en no largo plazo habrían de abandonar
la de España; castigada así la perfidia y dura conducta del invasor,
y recibiendo el pueblo español la recompensa merecida por su primer
arrojo y su no desmentida constancia.
La tarde del 25 fue destinada por un gentío numeroso a visitar las
baterías abandonadas del Trocadero y la vecina punta de la Cabezuela,
de la cual salían las granadas arrojadas a Cádiz. A los que en el
1.º de agosto de 1808 habíamos visitado el Retiro, nos parecía una
repetición de la anterior escena la que presentaba el campamento
francés en aquel momento. Los obuses-morteros eran principal objeto de
la atención: se los miraba, se los palpaba, se les decían injurias, se
los cargaba de desprecio, como si pudiesen ellos sentir el vituperio
o la burla. El viaje a aquel punto se hacía por mar, pues por tierra
había que dar para llegar a él un largo rodeo; los barcos, a pesar de
haber muchos, escaseaban e iban atestados de gente, y todos ellos, al
volver, traían en el tope de sus palos un gran ramo de hierba, como
en señal de que ya podían pisarse los campos, saliendo de los áridos
arenales a que por largos días habíamos estado reducidos. Es cierto que
ramaje como el que venía en muestra traído del terreno del Trocadero,
nada mejor que el de la isla gaditana, podía haberse hallado en esta
última; pero no era del caso ser críticos tan prolijos, y bien venía
saludar con gusto la señal que lo era de una feliz vuelta de la fortuna.
¡Rara condición la del hombre! El vernos libres del sitio no trajo
consigo toda la alegría propia de tan fausto acontecimiento.
A quienes se ha acostumbrado a la agitación parecen la paz y
tranquilidad una situación fastidiosa. Así es que, a los pocos días de
levantado el sitio, vueltas las gentes a sus comodidades acostumbradas,
era frecuente decir: «Gracias a Dios que nos vemos libres de franceses
y de bombas, pero hay que confesar que la vida ahora es algo pesada, y
que en los últimos apuros del sitio era muy divertida. Casi hace falta
el oír sonar una campana que sirva de anunciar la venida de una bomba».
Así éramos las personas de 1812: así serían las de ahora puestas en
iguales circunstancias.
IX.
CÓMO CAE UN MAL GOBIERNO.
No intenta quien esto escribe, al cabo de largos años de vida, rica en
desengaños y no pobre en arrepentimientos, pero en la cual no faltan
casos, siquiera se engañe, en que se ratifica en sus antiguos juicios,
y en que la fría prudencia de la vejez confirma los dados entre las
pasiones de una juventud ardorosa, ensalzar aquí una forma de gobierno
a costa de otros, aun cuando crea hoy mismo que hay en unos de ellos
superiores calidades. Pero con toda forma de gobierno puede gobernarse
bien, o, si no tanto, medianamente, y con la mejor en cuanto cabe
serlo, si no en absoluto relativamente a otras, es no solo dable sino
frecuente cometerse desaciertos enormes contra el provecho común, así
como contra el derecho o interés de los particulares. Ahora, pues, el
Gobierno establecido en España en mayo de 1814, sobre las ruinas del
constitucional, era malo por varios títulos, más todavía que por ser
absoluto y tener la pretensión, imposible de lograr, de renovar una
época pasada, y, si no remota, separada de la que la seguía por el
campo de una revolución llena de graves sucesos y de consecuencias
no menos importantes de los mismos, por ser ejercido sin justicia y
también sin tino, guiándole un espíritu de persecución odiosa, que
era, no como otras, venganza de agravios, sino injusta paga de buenos
servicios, faltando concierto en las cosas y dignidad en las personas,
inclusa la más alta, y sobre todo esto siendo débil a la par que
violento, y encerrando en sí las causas de una caída, a la larga,
infalible. Que tal caída llegó, cosa es que consta, y aun quienes la
lloraron y la reputaron no merecida por sus excesos, habrán de confesar
que lo fue por su torpeza.
Los padecimientos de los constitucionales, en 1814 y 1815, en quienes
eran de las mismas ideas causaron un apetito de venganza vituperable,
pero natural, y, como era de presumir, ansioso de saciarse, fuesen
cuales fuesen los medios.
Uno se presentaba de los peores, pero asimismo de los más eficaces,
señaladamente en aquellos tiempos en que tenía el atractivo de la
novedad y el valor de ser no muy usado ni muy conocido, cuando hoy,
si no falto enteramente de fuerza, está muy enflaquecido por el
uso y por la mayor facilidad que hay para descubrir sus manejos y
contrarrestarle. Ya se entenderá que se va aquí ahora hablando de una
sociedad secreta. De estas había una de antigua mala fama, condenada
por la Iglesia, mirada con horror por la gente piadosa, y aun por
la que no lo era mucho con sospecha, a la que era común atribuir en
las grandes mudanzas del mundo moderno una parte que nunca tuvo, aun
cuando alguna haya tenido; en España, harto novel entonces, y grata a
los ojos de los innovadores, porque era uno de los blancos de la ira
de los llamados serviles, y hoy subsistente en varios pueblos donde
su existencia está declarada, pero convertida en inocente y un tanto
simple juego de vanas ceremonias, y aun a veces en loable medio de
ejercitar la virtud de la beneficencia. Había sido costumbre en los
adversarios de la Constitución suponer a tal sociedad una fuerza que
no tuvo en los días de la guerra de la Independencia, pues si bien es
cierto que contó entonces con algunos prosélitos, fue con pocos, y
estos no los de superior influencia en los sucesos de aquellos días.
Los invasores franceses la habían establecido en España, y en ella
se habían afiliado muchos de sus secuaces, como por hacer corte a
sus señores, y también como para dar al mundo, y darse a sí propios,
una prueba de que, despreciando preocupaciones añejas, al servir al
dominador extranjero trabajaban por la regeneración de la patria.
Esto mismo daba a la sociedad mal color, aun a los ojos de los más
entendidos y más adictos a las reformas entre los sustentadores de la
causa de la Independencia, de los cuales algunos, como por ejemplo
Argüelles y sus amigos, no miraban ni podían mirar con favor cosa de
que eran parciales y propagadores los servidores de José Bonaparte y
del poder francés, nuestro odiado enemigo.
Pero vuelto al trono Fernando, restablecida la Inquisición, perseguidos
insignes patriotas y amenazados otros, el fanatismo y la sed de
venganza unieron con estrecho lazo a los adictos a la Constitución
proscrita que aún gozaban de libertad. Los conatos de restablecer la
ley caída en muchos no pasaban del decir a las obras. Pero si una
conjuración duradera era, cuando no imposible, dificultosa, porque
estaría de continuo expuesta a ser descubierta y deshecha con grave
daño de los conjurados, una sociedad con sus ritos y ceremonias, con su
orden y arreglo, en que hay mucho simbólico capaz de interpretaciones,
que así puede ser nada como mucho, la cual, cuando es conjuración, se
disfraza un tanto para que haya quienes sean hermanos sin el temor o
escrúpulo de ser conspiradores, era cosa muy hacedera. La hubo, pues,
en España, y comenzó a tener consistencia hacia 1816. Por una rara
casualidad, siendo muy extendidas sus ramas, y alcanzando a todas las
ciudades principales del reino, el tronco no vino a estar en la capital
de la monarquía, sino en una ciudad de provincia, y esta no de entre
las de primer orden, aunque por muchos títulos ilustre: en Granada.
Gobernaba a la sazón aquella provincia como capitán general de ella el
conde del Montijo.[53]
[53] No el último conde del Montijo, padre de la emperatriz de
los franceses, caballero de altas prendas y muy pacífico, sino
su hermano mayor, muerto sin hijos en 1834.
Este personaje había figurado mucho en las cosas de nuestra patria,
acreditándose de ambicioso e inquieto, pues pasaba por cosa averiguada
que en marzo de 1808, en Aranjuez, disfrazado de hombre de la plebe,
y llamándose el tío Pedro, había capitaneado la sedición que derribó
al príncipe de la Paz, y por consecuencia, aunque en verdad no de
intento, movió a Carlos IV a hacer renuncia de la corona. En la guerra
de la Independencia el mismo conde había representado algún papel,
aunque no de los de más nota o lustre, siendo a veces soldado valiente
en el campo y nunca general, y soliendo en las ciudades trazar o
dirigir alborotos, cuyo objeto era apoderarse él del mando o dársele
a algunos de sus amigos. Restablecido Fernando en el trono y presos
y encausados los de superior renombre entre los diputados a Cortes,
apareció con general admiración declarando contra ellos para contribuir
a su condenación el conde del Montijo, acción tanto más extraña, cuanto
que él, por su vida anterior y opiniones conocidas, más parecía de las
opiniones de los constitucionales que de las contrarias, y por otra
parte, cuanto que, ausente casi siempre del lugar en que celebraban sus
sesiones las Cortes, poco podía saber de ellas sino por rumores vagos.
Pero como no era en él costumbre ni perseverar en un sistema ni dejar
que no hablase de él la voz pública, ello es que, llegando a Granada,
estableció allí la sociedad secreta, que se difundió por toda la
monarquía siendo él general cabeza del cuerpo conspirador, y teniendo
igual carácter la parte de la sociedad de que era inmediato presidente.
Que aspirase tal sociedad desde luego al restablecimiento de la
Constitución, dudoso es, y aun puedo decirse falso; pero al cabo era
una asociación prohibida por las leyes humanas, y aun por las divinas,
y en España, en 1816, por fuerza había de ser una máquina de guerra,
cuyo juego, si ya no cuyo objeto, sería conmover o derribar el trono,
pues que combatía los cimientos en que el de 1814 estaba asentado. Se
multiplicaron las sociedades; hubo una en Madrid, poco notable por la
calidad de las personas que la formaban; gente ardorosa, pero de poco
nombre o corto influjo. No podía faltar una en Cádiz, pueblo señalado
por su adhesión a la Constitución caída y la consiguiente aversión al
gobierno del rey Fernando. La hubo, pues, y me tocó (pues fuerza es
hablar de mí) hacer un mediano papel en ella.
Había yo vuelto de Suecia, donde era secretario en la legación de
España, en el otoño de 1814 con licencia para restablecer mi salud,
tan quebrantada por algún tiempo, que por rara fortuna había escapado,
como suele decirse, de las puertas de la muerte. En Gotemburgo había
sabido los sucesos de mayo, la disolución de las Cortes, la prisión de
los diputados de más importancia y de otros costitucionales. Llenome
tal noticia de indignación, la cual subió de punto cuando a mi regreso
a España, verificado muy en breve, pasando por Inglaterra, me vi en
Londres con algunos de los que se habían salvado de la proscripción con
la fuga, y entre ellos con Gallardo, a quien miraba yo con estimación
superior a la de que era digno, si bien alguna merecía, no habiendo
sido justos por lo excesivos, ni su anterior altísimo concepto ni
el descrédito absoluto en que cayó en sus últimos años. Cuáles eran
nuestros pensamientos y afectos de odio al Gobierno establecido
en Madrid, bien puede presumirse, y a ellos correspondían nuestros
propósitos de venganza. Prometí yo a los desterrados contribuir a
su logro en cuanto pudiese; promesa hija de loca presunción, pero
cuyo cumplimiento hubo de tener efecto por un concurso de singulares
circunstancias. Pero llegado a Cádiz en octubre de 1814, no encontré
ni el menor medio que pudiese dar esperanza de hacer cosa alguna
contra el Gobierno, a la sazón pujante. Gobernaba entonces a Cádiz y
también a Andalucía el conde de La Bisbal, y estaba extremándose en
dar pruebas de adhesión al Gobierno restaurado, más ofensivas a los
caídos y a los parciales de estos que conducentes al fin de dar a la
autoridad verdadera fuerza. En una mañana apareció en la plaza de San
Antonio un cañón como amenazando a una rebelión en que nadie soñaba, e
invadida y convertida en cuerpo de guardia una casa-café allí situada,
a cuyo dueño, al intimarle que entregase a los soldados aquel lugar
destinado al recreo público y al provecho de su propietario, se le hizo
entender que era aquello castigo, o modo de purgar la atmósfera de una
pieza donde, en los días del reinado de la Constitución, habían los
concurrentes hablado del Rey en términos descomedidos. A esto se seguía
querer reconciliar el mismo general a muchos matrimonios desavenidos,
y castigar a personas por irreverencias ligeras en los templos; cosa
llevada más a mal porque al mismo tiempo vivía si no divorciado,
separado de su mujer y entregado a escandalosos amoríos, a punto de
haber llegado a las manos en la escalera de su casa, por disputarse
el papel primero entre sus queridas, dos señoras, si dignas de esta
calificación por su clase, no cierto por su conducta. Todo ello hacía
odioso al Gobierno, pero aún no era tiempo de que el odio pudiese hacer
más que maldecir en voz baja.
Enormes desgracias domésticas que cayeron sobre mí por aquellos días
no me permitieron pensar en otra cosa que en mis aflicciones. La
tentativa de Mina, cuya índole no llegó a ser conocida, aunque él
haya impreso muchos años después que tenía por objeto restablecer la
Constitución, y la de Porlier, claramente encaminada al fin que supuso
después Mina haber sido el suyo, malogradas ambas, pasaron pronto sin
dejar otra huella que dos ejemplos. Ni una ni otra fueron trazadas en
las sociedades secretas.
Empezaba la de Cádiz a trabajar con alguna frecuencia en 1817. Pero
sus trabajos se quedaban en vanas ceremonias, aunque muchos no nos
dedicábamos a tales juegos sino con propósito y esperanza de que fuesen
comienzos y medios de cosas muy graves, en tanto que otros con el juego
se contentaban por lo que tenía de misterioso, y por parecerles un
triunfo sobre las preocupaciones, sin que faltasen quienes, conociendo
cuán natural era pasar a veras de aquellas como burlas, quisiesen
diferir todo lo posible el tránsito, temerosos de agravar su peligro,
como si el que corrían ya fuese corto.
De estas disposiciones se vio un ejemplo en 1817. Hizo el infeliz
general Lacy una tentativa de proclamar la caída Constitución en
Cataluña, llegando a dar principio a su empresa; pero vio muy en breve
deshecha la escasa fuerza que le seguía, y, cayendo él prisionero para
pasar en breve del encierro al suplicio, huyeron varios de sus secuaces
hasta lograr ponerse en salvo. De estos fugitivos, el general Milans,
con algunos pocos, llegó a Gibraltar, donde se detuvo pocos días. No
era la gran sociedad secreta, ya entonces vigorosa por lo extendida, la
que había tramado la conjuración de que fue fruto inmediato la fatal
empresa de _Lacy_. Pero participaban los asociados de las ideas de
los complicados en el alzamiento, y así fue que, no bien fue sabida
la llegada de Milans y los suyos a Gibraltar en Algeciras, cuando de
la sociedad residente en esta última población pasaron a la fortaleza
inglesa comisionados a verlos y consolarlos, y en cuanto era posible
a favorecerlos, siendo una de las muestras de afecto que les dieron
iniciarlos y afiliarlos. De esto enviaron pronta noticia a Cádiz
muy ufanos de su hecho los de Algeciras, solicitando aprobación con
algo de aplauso, porque en la jerarquía de la sociedad era autoridad
superior de la algecireña la gaditana. Presidía esta última a la
sazón don Joaquín de Frías, oficial de la real Armada, que en días
posteriores más de una vez llegó a ser ministro de Marina; hombre de
mediano talento y un tanto de instrucción superficial, solemne en
sus modos, campanudo en su lenguaje, que había sido encausado como
constitucional en 1814 y condenado a una pena leve, y que después,
como escamado, andaba cauto por demás en punto a contraer compromisos,
aunque con inconsecuencia no extraordinaria en los hombres, no dejaba
de persistir en algunos que bien podían serle fatales. Ello es que
Frías desaprobó la conducta de los que por celo excesivo se habían
propasado a patrocinar a los cómplices de una rebelión, si bien,
ahuecando la voz, con frases peinadas, y como fingiendo llanto, lamentó
la suerte de Lacy, a quien comparó con el asesinado maestro de obras
de Salomón, personaje imaginario, cuya catástrofe sacó todavía más
ayes y lágrimas aparentes de su elogiador que la verdadera y recién
ocurrida del general su contemporáneo, que acababa de caer víctima de
su arrojo imprudente. Pero a varios de los presididos sonó pésimamente
lo dicho por el ocupante de la silla presidencial, y al revés, pareció
la conducta de los hermanos de Algeciras loable en alto grado, y como
propia de los fines para el logro de los cuales existía la sociedad
secreta en España y en aquel tiempo. Nada formal hubo con todo de
resolverse, ni había necesidad de resolución, porque los escapados de
la catástrofe de Cataluña, salidos ya de Gibraltar, iban navegando para
Buenos Aires, y el pensamiento de hacer lo que ellos habían hecho con
infausta fortuna a nadie ocurría por entonces. Así es que el hecho que
acabo aquí de referir sirvió solo de mostrar la índole y situación de
las sociedades secretas en aquella hora, dispuestos a un levantamiento
los más de quienes las componían, pero no todos, y unos y otros
resueltos o resignados a remitir la satisfacción de su deseo a época
más o menos distante, en la cual pudiere contarse con medios de que
entonces se veían todavía completamente faltos.
Poco después un suceso, que pudo ser fecundo en tragedias, pero que
tuvo cortas consecuencias, vino a causar fundados temores en todas
las sociedades que eran ramas del tronco aún subsistente en Granada.
La de Madrid fue descubierta, procediéndose a disponer la prisión de
quienes la componían; pero casi todos huyeron, y solo cayó en poder
de los tribunales don Juan Van Halen, coronel entonces, o teniente
coronel, si no me es infiel la memoria. Era conocido Van Halen por
su extremada travesura, acreditada en 1814 en una acción que estuvo
a pique de costarle la vida, y que le mereció altos elogios de las
Cortes y del Gobierno constitucional aún no caídos, sin que el rey
restaurado declarase con su aprobación o desaprobación manifestadas
en consideraciones o despego al individuo celebrado y agraciado haber
tomado en gran cuenta sus servicios. Ello es que Van Halen, sin duda
afiliado en las sociedades secretas, si no patrocinadas, toleradas por
el Gobierno de José Bonaparte, al cual él servía, bullía en la Sociedad
nueva o alterada que de la antigua tomaba rito y formas. Preso ya este
personaje, y puesto en la cárcel de la Inquisición, a la cual tocaba
juzgarle, no fue tratado, según parece, con rigor excesivo. De allí a
poco se susurró que Van Halen había sido llevado ante el Rey mismo,
a ruegos del mismo preso, o por mandado del monarca. Añadíase que
súbdito y Rey habían tenido una larga conferencia, cuyos particulares
eran referidos de muy diversos modos, corriendo versiones, sin duda
injustas, en que se acusaba a Van Halen de haber hecho revelaciones,
cuando menos, impropias; y sosteniendo otros que había tratado de
persuadir a Fernando a que capitanease la Sociedad que le inspiraba
odio y miedo, hasta convertirla, de enemiga que le era, en su firme
apoyo. La verdad que de tan singular conferencia (si es que la hubo) no
resultó cosa alguna notable, ni creció o se extendió la persecución, ni
en el trato dado al encarcelado hubo agravación en la dureza, o clase
mayor o menor de alivio. Lo que añadió singularidad a estos sucesos
fue que muy en breve se escapó de su encierro el cautivo, y de allí
a poco, de España, ejecutando su intento con facilidad tal, que bien
aclaraba cuán distante estaba la Inquisición de 1817 de ser la de los
días de los reyes austríacos. Así es que no faltó quien supiese haber
sido la fuga de Van Halen protegida por poder muy superior; pero falta
fundamento para tal sospecha, siendo cierto que, al salir, el preso fue
favorecido por personas, aunque amigas suyas, enemigas del Gobierno y
de la corte existentes.
No dejó de tener consecuencias el descubrimiento de la rama de la
Sociedad que residía y trabajaba en Madrid. En largo tiempo no llegó
a juntarse, fugitivos unos de los principales socios, y otros siempre
recelando, y por lo mismo no dando nuevos motivos que los sujetasen
a persecución. Así es que en 1818 estaba como rota la red que un año
antes envolvía la mayor parte de España. En la misma Granada había
desaparecido la autoridad superior de un cuerpo tan temible. El conde
del Montijo ya no mandaba allí, y, o cansado del oficio de conspirador,
no obstante tenerle suma afición, o temeroso, vivía sin ser molestado;
pero había cesado de ser objeto de consideración, así como para el
temor, para la esperanza.
Mas cuando iba a empezar 1819, las materias que encerraba la atmósfera
política, como neutralizadas por algún tiempo, fueron agregándose
hacia Cádiz para formar allí, apiñadas y en buena situación de hacer
efecto, negrísima nube preñada de recia tormenta. Se había reunido en
la Andalucía baja, y estaba destinado a pasar a América a intentar
la reconquista de aquellas perdidas posesiones de la corona de
España, un ejército que por la cortedad de su fuerza apenas merecía
el nombre de tal, pero que, atendido cuál era el estado de nuestra
nación entonces, no dejaba de ser considerable. Al frente de él había
sido puesto el conde de La Bisbal, cuya condición mudable y ambición
inquieta, si no eran ya cosa conocida, daban motivo fundado a recelos
en quien depositase en él su confianza para empresas importantes. A los
soldados, y aun a los oficiales poco instruidos, repugnaba atravesar
el mar para ir a aportar a tierra ingrata y enemiga, donde repetidos
ejemplos acreditaban que había que recoger escasa gloria y aun más
corto provecho, y que temer todo linaje de calamidades. Ya, al salir
de Cádiz, en 1815, la expedición mandada por el general Morillo, había
habido temores de un levantamiento de los soldados; pero entonces la
idea de un movimiento favorable a lo llamado libertad reinaba en pocos,
y además, el general era dueño de la confianza del Gobierno, y la
merecía. Otras eran las circunstancias al expirar 1818, así en punto al
espíritu de las tropas como tocante a la calidad de la persona que las
mandaba.
Al saberse en Cádiz que venía a ser gobernador militar y político de
la ciudad, así como capitán general de Andalucía, juntamente con ser
jefe del ejército destinado a América, el conde de La Bisbal, fueron
grandes el descontento y el miedo. Se recordaban las gentes los cañones
puestos en la plaza de San Antonio; varias tropelías cometidas contra
las personas; en suma, actos de tiranía desconcertada, y por lo mismo
temible en mayor grado, pues no es fácil precaverse de sus rigores.
Pero el conde, no bien llegó a la ciudad donde había dejado nada buena
fama, cuando se mostró tan trocado de lo que había allí sido, que
en cortesía y benignidad, si no excedía, igualaba a los más queridos
entre sus predecesores. Corría la voz de que tanta mudanza en los modos
encerraba otra igual en las ideas sobre cosas de superior cuantía. En
una palabra, el conde de La Bisbal pasaba por convertido a la doctrina
constitucional, y tanto que, a manera de otro _Saulo_, era ya un
_Pablo_ resuelto a propagar la fe nueva que había abrazado por los
medios más eficaces que los de la predicación que en su mano tenía.