Pero como Alfieri usaba del verso suelto, y su traductor del

_Romance_ endecasílabo, y como cabalmente el verso aquí citado

debía ser seguido en castellano por otro terminado en _e o_

con que acabase el acto, hace Saviñón que a la exclamación

del pueblo romano, Bruto, que en la tragedia italiana calla

entonces, prorrumpa en el siguiente verso:

«Cópielo el mundo, y vivirán los pueblos».

En tanto, un ingenio muy de otros principios, el duque de Híjar,

hermano del actual, escribió e hizo representar una composición

dramática, en parte alegórica, en que no faltaban buenos trozos; pero

como abundaba en pensamientos monárquicos, aunque no contrarios a las

reformas que iban haciéndose, fue oída con corto favor, si bien no

con desaprobación, siendo además su autor persona en quien algunas

singularidades impedían que se hiciese la debida justicia al valor

natural y aun al buen cultivo de su entendimiento.[48]

[48] Como hubiese dicho el buen duque, candoroso por demás, que

para componer los versos se tendía boca abajo, dio esto motivo

a dichetes de mal gusto. Arriaza dijo sobre ello unos versillos

obscenos e ingeniosos, y Gallardo, en su _Diccionario crítico

burlesco_, también hace mención de un gran señor, el cual «diz

que componía los versos según aquí va referido». Mejor tratado

merecía ser el duque de Híjar, cuya afición a las letras era

notable y loable, y cuyos versos, si ya no de alto aplauso,

eran merecedores de algún aprecio, siendo correctos cuando

menos.

Entre tales ocupaciones y entretenimientos dentro de la isla gaditana,

se multiplicaban fuera de ella las desdichas. Cayó, al terminar el

año de 1811 o en los primeros días de 1812, en poder de los franceses

la ciudad de Valencia, y con ella el entonces principal ejército

español, quedando prisionero el general don Joaquín Blake, uno de

los del Consejo de Regencia del reino, y aun su presidente. Era el

revés de tal magnitud que hubo de causar más que la ordinaria pena

producida por otras desventuras en los descuidados habitantes de la

isla gaditana. Al mismo tiempo sonaron, aunque medio articuladas, voces

de traición de las que había tiempo que no se oían. Para Blake nunca

había soplado favorable el aura popular, a lo menos la que procede

de las regiones inferiores y medias de la sociedad, mientras de los

que más presumían, y con razón, de entendidos, una buena parte, en la

cual se contaban Argüelles y sus amigos, tenía al general desventurado

en no corta estima, reputándole hombre de saber tanto cuanto buen

patricio. Lo cierto es que Blake gustaba de dar batallas, y que solía

perderlas; que su sequedad desagradaba generalmente, cuando a otros

daba idea alta de su buen entendimiento o instrucción su silencio casi

perpetuo, y que su amor a su patria y su fidelidad no desmentida a la

causa de la nación, como estaban juntas con una tibieza que rayaba en

frialdad, eran poco a propósito para días de pasiones violentas, de

aquellas que se manifiestan más que en actos útiles, en palabras y

vanas demostraciones. Así corrió por Cádiz la noticia de que Blake,

si no había abrazado el partido del rey intruso, estaba cerca de

abrazarlo, y que los franceses, al recibirle la espada, le habían

hecho los honores de infante de España; enorme desatino, pues esto, si

hubiese sucedido, casi equivaldría a reconocer, en cierto grado, los

soldados de Napoleón y el gobierno de José, la legitimidad del gobierno

por ellos calificado de rebelde.

Hubieron de terminar tales desvaríos (por otra parte no tan peligrosos

como habrían sido tres o cuatro años antes) con llegar un parte de

Blake, donde se expresaba tan bien y con tan nobles pensamientos y

afectos al referir su desdicha a la par con la del Estado, que le captó

no pocas voluntades, hasta colocarle en la opinión en punto superior

al que merecía real y verdaderamente; porque si era honrado y un tanto

instruido, no tenía las altas dotes que en él suponían sus parciales.

Importaba, después de faltar Blake, nombrar nueva regencia. Sus

compañeros Agar y Císcar, que después vinieron a recobrar el favor de

los constitucionales, por entonces le tenían perdido, no dudándose

de su recta intención, pero sí de su suficiencia. La elección podía

parecer ridícula, pues apenas había España que gobernar. Pero fue

llevada a efecto con grande empeño de las Cortes y del público.

Formáronse los diputados en un remedo de cónclave, encerrándose

rigurosamente por unas veinticuatro horas poco más o menos. Esperábamos

delante de las puertas cerradas con notable impaciencia los que nos

creíamos interesados en cuestión de tanta importancia. Circulaban

nombres de candidatos, los más de ellos no muy del gusto de la turba

expectante, más extremada aún que la mayoría de las Cortes. Entre

los cinco elegidos disgustó, más que otro nombre, el del duque del

Infantado, sabiéndose además que no había sido del gusto de Argüelles

y los suyos, en este caso vencidos, aunque generalmente vencedores

en aquel Congreso. El de mi tío don Juan María Villavicencio tampoco

fue grato, aunque se supo que le habían votado los caudillos de los

liberales, y debo confesar, con arrepentimiento y vergüenza, que

pudo más en mí el fanatismo político que los lazos que me unían al

hermano querido de mi amadísima y amantísima madre, y que fui de

los desaprobadores de la elección siendo así que el electo, por sus

muchas buenas prendas aún gozaba de favor sumo entre lo general

de las gentes; pero yo conocía sus principios monárquicos que,

descubiertos, al cabo hubieron de engendrar mutua enemistad entre él y

los constitucionales. De los otros tres nombrados, solo el nombre del

conde de La Bisbal, don Enrique O’Donnell pareció bien, lo cual prueba

no estar dotados de grande penetración los que juzgaban a los recién

elegidos. Los dos restantes quedaron sin aplauso o censura, aunque uno

de ellos (don Joaquín Mosquera) fue después objeto, más todavía que de

acre vituperio, de burla amarga.

Era cosa de ver las enhorabuenas que recibían los nuevos regentes y las

esperanzas y los temores que reinaban sobre su modo de gobernar, cuando

faltaba un Estado en que pudiesen acreditar sus dotes de gobierno, y

era lo más probable que no llegase a haberle.

Ocupaba en medio de esto los ánimos el próximo juramento y promulgación

solemne de la recién elaborada Constitución, ya llevada a remate. La

fiesta que para ello se preparaba no podía ser ostentosa, pero lo

raro de las circunstancias le daba un alto grado de lustre. Señalose

para la ceremonia el 19 de marzo, aniversario de la subida al trono

de Fernando, y por singular coincidencia, día de gala forzada para

los españoles residentes en la opuesta costa, por serlo del santo del

que se titulaba rey de las Españas _y de las Indias_. En el día 18,

preparado ya todo para la festividad, se veía que no se prestaría a

favorecerla el cielo, pues lo que tal nombre lleva aparecía cubierto

a trechos de negras nubes, casi segura señal de recios aguaceros, y

aun de viento furioso. Con todo, el nuevo gobernador de Cádiz, el

dignísimo general de marina, don Cayetano Valdés, juzgando más por

su deseo que por lo probable, aseguró que según su experiencia y

habilidad en predecir por el _cariz_ el tiempo, podía augurar que no

sería malo el del día próximo venidero, y reinando en quienes supieron

tal vaticinio igual deseo que el del vaticinador, cuyo acierto en

tales casos era conocido y ponderado, se entregaron todos a lisonjeras

esperanzas, no obstante ver cargadísimo el horizonte por la boca del

Guadalquivir, y por el mar alrededor del castillo de San Sebastián,

circunstancias que, estando unidas, son indicio infalible de un viento

vendaval acompañado de lluvia. Acertó más que el general marino quien

con menos pasión juzgaba tomando en cuenta el aspecto del cielo. Fue

el día de aquellos de que hay pocos en lo malo, y sin embargo, pudo

más el alborozo que la inclemencia del tiempo, saliendo magnífica a

su modo la fiesta. Había ya arreciado un tanto el bombardeo, y la

catedral estaba en uno de los lugares más expuestos a la caída de los

proyectiles; por lo cual fue elegida para que en él se cantase el

_Te-Deum_, necesario apéndice de tal clase de funciones, la iglesia del

convento de Carmelitas Descalzos, situado en la Alameda. Desde ella se

descubre el mar con la entrada del puerto de Cádiz y la costa desde

Rota, asentada cerca de la embocadura del Guadalquivir, hasta muy a la

derecha de la ciudad del Puerto de Santa María, lugares ocupados por

los franceses. Tronaba la artillería en ambas contrapuestas riberas,

aunque estuvieron en aquel día suspensas las hostilidades, siendo los

cañonazos meras salvas, pero por tan contrarias causas, que aquel

saludo por una y otra parte era un reto o declaración de porfiada

guerra. Bien lo notaba el numeroso concurso que llenaba aquel paseo

de Cádiz, y con notarlo crecía en su entusiasmo. Era el caso de que

voy ahora hablando (según en otro pobre escrito mío he dado a notar)

uno de aquellos en que un pueblo entero, sin dar lugar a la reflexión,

obedece a un impulso único que le domina y arrastra, porque, aun a los

más opuestos a la ley que se estaba promulgando y ensalzando, y aun a

los más persuadidos de que la causa de la Independencia estaba perdida,

aquel acto, para los primeros odioso y para los segundos ridículo,

si meditada y fríamente le consideraban, embargaba, suspendía e

inspiraba un júbilo irresistible. Apareció en esto la comitiva que

del edificio donde celebraban sus reuniones las Cortes venía a la

iglesia. Componíanla los diputados formados de dos en dos: con ellos

los regentes. Estaba formada haciendo calle por la carrera la tropa,

o, según se decía entonces, tendida. El viento se había desatado y

soplaba como un huracán, bramando y combatiendo, y casi derribando a

las personas expuestas a sus ímpetus: las nubes iban rompiéndose en

torrentes de agua despedida con violencia, azotando los rostros, a la

par que calando los vestidos, y los circunstantes no por eso sentían

incomodidad grave; pues con ademanes de arrebatado entusiasmo, y ojos

y semblante encendidos, gritaban vivas salidos de lo más hondo del

pecho y oían con desprecio los cañonazos que en honor del intruso

rey de España disparaban los enemigos. Entrados en la iglesia los

diputados y demás personajes a quienes de oficio tocaba asistir al

acto solemne, y además los espectadores que cupieron, no desamparó la

concurrencia las inmediaciones del templo, a pesar de lo desabrigado

del sitio y del rigor del viento y lluvia. En una ráfaga tronchó el

como huracán un álamo de mediana robustez que estaba a corta distancia

de la iglesia, y hubo entre quienes lo presenciábamos alguien que, por

vía de burla, calificase tal incidente de funesto agüero en cuanto

a la suerte del código objeto de aquella festividad; cosa dicha sin

intención, pero que así podía haber hecho suya muy de veras la persona

más supersticiosa como la más sagaz y previsora, porque la obra de los

legisladores de Cádiz estaba destinada a morir en breve, ya triunfasen

los franceses, ya Fernando rescatado volviese al trono, no pudiendo

un rey reducirse de grado a aceptar una ley que tanto restringía su

poder, sin que esto sea disculpa de la negra ingratitud y bárbara y

feroz injusticia con que al fin aquel monarca, vuelto a su libertad y

poder por esfuerzos de los constitucionales, si no solos, a la par con

los de opinión contraria, pagó con persecución indigna beneficios con

que podía ir mezclada la equivocación, mas no otra idea contraria a su

autoridad; mal aconsejado en parte, pero también llevado por no buenas

inclinaciones propias. Mas esto que hoy vemos no lo veíamos entonces,

ni venía a cuento en aquella hora pensar en lo futuro. Atendíamos solo

a la grandeza y singularidad de la escena de que éramos espectadores,

y asimismo parte en mayor o menor grado. No amainó el temporal, y

al retirarse las Cortes y el concurso, continuaron el cielo con sus

rigores y la turba de concurrentes con su entusiasmo y vivas. Hubo

horas de descanso, retirándose las gentes a hacer su comida diaria

a la acostumbrada hora de las tres de la tarde, y a poco más de las

cuatro de la misma, nueva ceremonia llamó al pueblo a las calles, a

pesar de la continuada inclemencia del tiempo. Había preparados en los

principales sitios de la ciudad cuatro o cinco tablados donde había

de publicarse la Constitución con solemnidad. Presidió este acto el

gobernador don Cayetano Valdés, vestido de grande uniforme que estrenó

para el intento; circunstancia, aunque leve, notable, porque solía

tan digno personaje recordarla, pues, calado de agua al desempeñar su

encargo, hubo de perder aquel vestido algo costoso; pérdida de tal cual

consideración en sus entonces cortos haberes, y sacrificio que hacía

a la causa de la patria una misma con la de la Constitución en tan

memorable día. Terminó este tempestuoso y lluvioso, pero sin que hasta

cerrar la noche dejasen de estar atestadas de gente calles y plazas.

Había preparada una iluminación general, pero no fue posible llevarla a

efecto.

Ya dejo dicho que empezaban a caer las granadas con más frecuencia que

antes, aunque sin periodo fijo. Pero el 16 de mayo, primer aniversario

de la batalla de la Albuera, vino el mariscal Soult de Sevilla a las

líneas fronterizas a la isla gaditana, y como en desquite del revés

padecido en igual día del año anterior, dispuso y llevó a ejecución al

cerrar la noche un bombardeo más serio por su duración que todos los

anteriores. Esto, si no aterró, incomodó, y, como desde entonces, o de

allí a pocos días, siguiese el arrojar de granadas con regularidad,

se creó con ello un modo de vivir en los moradores adecuado a las

circunstancias.

El método que adoptaron los franceses fue disparar de cuatro en cuatro

horas sus trece o quince obuses-morteros. Tal regularidad, por más

de dos meses no desmentida, trajo consigo un método de vida en los

habitantes de la ciudad, el cual correspondía con el peligro o la

molestia, contribuyendo a hacerlos menores.

Las granadas alcanzaban como a dos tercios o más de la ciudad,[49] y el

otro hasta el fin del sitio quedó indemne y seguro.

[49] Es muy de notar que el alcance de la primer granada que

entró en Cádiz (en diciembre de 1810) fue rarísima vez excedido

y no muchas igualado por las que cayeron en su recinto hasta

el 24 de agosto de 1812, último día del bombardeo, siendo

lo común quedarse muy cortas hasta caer muchas en la bahía.

Próximos ya a retirarse los enemigos cayó una en la iglesia de

San Antonio excediendo a todas las anteriores y posteriores,

pero, como esto sucediese sabida ya la victoria de Salamanca,

y previéndose la retirada del enemigo, no hizo el efecto que

habría hecho en otro caso.

A él acudían a pasar la noche la mayor parte de los que vivían en

los barrios expuestos. Rebosaban en gente las casas del barrio que

lo era de refugio, y era de temer, y se temió, que con el rigor del

verano, el hacinamiento de personas en espacios breves y cerrados

produjese enfermedades, y tal vez que asomase y se propagase la fiebre

amarilla.[50]

[50] También en el paseo de la Alameda, del cual una buena

parte estaba fuera de tiro, y la otra no era de lo más

expuesto, dormían muchos a cielo raso y aun solían llevar allí

colchones. Como esto era en los meses de junio (hacia los

fines), julio y agosto, no resultó de ello daño, no siendo, por

otra parte en Cádiz, rodeado de mar, perjudicial a la salud el

rocío de la noche.

De este último azote que en 1810 había caído sobre la población,

aunque no recio como en 1800 y 1804, y que volvió a aparecer, con

algún más rigor que en 1810, en 1813, cuando por fortuna ya estaba

Cádiz libre del asedio, nos libertó aquel año como en 1811 la bondad

de la Divina Providencia. Pero el fundado temor dictó precauciones.

Los hombres, con rara excepción, nos quedamos a dormir en nuestras

casas. Otro tanto sucedía en general aun con las mujeres de clase menos

acomodada, siendo esta una de las muchas desdichas inseparables de la

pobreza. Las personas apiñadas en casas por lo común pequeñas, por

ser cabalmente el barrio seguro de la ciudad uno en que abundan más

las habitaciones reducidas que las espaciosas, tendían sus colchones

en el suelo, y, no siendo las camas cómodas, ni la estación impropia

para pasar el tiempo al raso, no bien se levantaban y limpiaban y se

aviaban un tanto en peinado y traje, cuando, sacando sillas fuera de

las puertas, se sentaban a conversar unas con otras. Concurríase allí

como a una tertulia constante. Durante los intervalos regulares entre

los disparos solían los refugiados, o digamos las refugiadas, ir a dar

una vuelta a sus casas. A veces se descuidaban, siendo sorprendidas por

las granadas antes de volverse a su asilo o a veces cuando a él venían

encaminándose.[51]

[51] De esto ocurrió un lance en mi familia, que cuento porque

puede servir de dar a entender lo que pasaba. En el intervalo

entre los disparos había venido a mi casa, situada en lugar

ni de los más expuestos ni de los seguros, con otra criada,

el ama de leche que lo era de mi desgraciado hijo Dionisio.

Se descuidó hasta dejar pasar las cuatro horas de suspensión

del bombardeo. Entonces se vino apresurada con el niño en sus

brazos hacia el lugar que era asilo de mi mujer y parientes.

Pero recién salida sonó la campana y siguió el zumbido de

una granada que vino a caer en la calle a muy corto trecho,

cubriéndola de polvo así como a la criatura. Era de ver, según

me contaron, cómo entró despavorida y llevando en su persona y

ropas señales del recién ocurrido lance.

Al llegar el término fatal, todos se ponían en escucha, atentos al

sonido de la campana del convento de San Francisco. Porque, por

juiciosa providencia, estaba prohibido el toque de campanas en todo

caso, para que no sonase otra que la de aviso, salida del aquí citado

campanario, donde un fraile, hecho atalaya, puesta la vista en las

baterías francesas, al ver salir de ellas un fogonazo, daba una

campanada, siendo estas tantas cuantos eran los tiros. Al sonido de la

campana seguía inmediato el estampido (que entonces no era _detonación_

más que en francés) del temible obús o mortero; venía luego el zumbido

de la granada por el aire, y cuando no caía el proyectil en la mar,

como solía suceder, daba aviso de su caída un recio golpe. Entraba

el averiguar dónde había caído y si había hecho daño a personas o

a edificios. Lo primero ocurría rara vez; lo segundo no pasaba del

agujero abierto por la casi inofensiva máquina de guerra. Había risa

aun cuando hubiese miedo. En los lugares seguros, donde faltaba el

temor de desgracia en la propia persona, había cuidado por las más

o menos queridas que estaban en sitio expuesto, y aun por las casas

y muebles que podían haber padecido detrimento. Libres ya de este

cuidado, aunque ciertos de haber de sentirle igual cuatro horas

después, se entregaban las gentes al buen humor, por lo común compañero

de incomodidades no graves. Parecía como que se estaba en competencia

para hacer gala de superior mérito contraído sobre quién vivía con más

estrechez en punto a espacio, o con menos regalo en punto a cama y

muebles.

Pero a criaturas que viven incómodas se hace necesario procurar

distracciones. En ello se ocupó la autoridad. En el lugar más lejano

del alcance de los fuegos enemigos, se puso al modo de una feria. Había

además allí un tablado para música instrumental y vocal, que servía

con frecuencia al fin a que estaba destinado. También se formó una como

plaza donde se corrió por la sortija.

El embajador de Inglaterra, que lo era entonces sir Enrique Wellesley,

hermano del general que llevaba el título de lord Wellington, solía

dar bailes, si no con la suntuosidad que hoy se ve en algunos, y con

lo que da de sí la ostentosa grandeza de los señores ingleses, unos

donde concurría la buena sociedad gaditana y la grandeza de España y

demás forasteros de alta categoría residentes en Cádiz, pero hubo de

cesar en la costumbre por estar su casa muy expuesta a las granadas,

porque sabiendo donde estaba, se recreaban los franceses en asestar

allí sus tiros, y también por estar inmediata al campanario de San

Francisco, otro punto a que ponían la puntería los sitiadores. Pero

si el agente diplomático de la nación, nuestra principal aliada,

interrumpió sus funciones destinadas al recreo de las clases altas,

convirtió su atención al entretenimiento del pueblo todo, costeando

fuegos artificiales, conciertos al aire libre, y otras diversiones

de clase parecida. El teatro asimismo era lugar peligroso, y ya he

contado en otro lugar que nos pasó por encima y cayó muy cerca una

granada, al estar representándose con loco aplauso la comedia de

Martínez de la Rosa titulada: _Lo que puede un empleo_. Pensose, pues,

en hacer otro en el lugar a la sazón destinado a espectáculos, donde

concurriese el público, y comenzó la obra, trabajándose en ella con

actividad, y llegándose a construir un edificio mezquinísimo y de mal

gusto, solo propio para aquellos días, pero que hoy está en pie y sirve

a su destino, no sin descrédito de la culta Cádiz. También se dio

principio a una plaza de toros allí muy al lado. Todo esto indicaba que

esperábamos pasar largo tiempo en la situación en que nos veíamos, y

de hacerla llevadera. En medio de todo ello no eran desatendidos los

pobres. Como de estos había y hay muchos en el barrio llamado de Santa

María, de los menos distantes de la línea enemiga, se formó delante de

la casa Hospicio, y a corto trecho del lugar de las diversiones, un

campamento en cuyas tiendas de lona tenían albergue muchas familias, y

si bien no parecían tales habitaciones propias para pasar en ellas el

invierno aun en el templado clima de Cádiz, se dejaba la consideración

de buscar a aquella gente otra morada a la estación del otoño, y entre

tanto se remediaba en algo el mal presente.

No puede decirse qué habría sucedido si semejante estado de cosas

hubiese durado mucho, dilatándose hasta la entrada de una estación en

que no es agradable, ni fácil, ni siquiera posible, pasar gran parte de

la vida en la calle, o si logrando los enemigos dar mayor alcance a sus

piezas, no hubiese quedado en la ciudad de Cádiz lugar completamente

seguro. Por fortuna, nos vimos libres de las calamidades que eran de

temer antes de sentir puesto a más prueba nuestro sufrimiento.

No me acuerdo si fue el 30 o 31 de julio cuando llegó al Gobierno la

noticia de la victoria alcanzada por el ejército inglés en la jornada

dicha por los vencidos de los _Arapiles_ y por los vencedores de

Salamanca. Era a medio día; la noticia corrió veloz por la población;

sonaron exclamaciones altas y unánimes; celebrose con salva el triunfo;

respondieron al saludo con sus granadas los enemigos, y a cada tiro de

estos, correspondía por nuestra parte un grito de alegría y desprecio.

Hasta contaban que el fraile a quien tocaba dar las campanadas para

anunciar la venida del proyectil, a cada llamarada que veía en la

batería francesa, no bien tocaba la campana, saludaba a los enemigos de

un modo que con poca razón, si con universal consentimiento, pasa por

obsceno, a pesar de qué su nombre suena ser, más que de otra cosa, de

_sastrería_. De allí a pocos días, como se esperaba con fundamento,

se supo haber entrado en Madrid el ejército aliado vencedor. Estas

segundas buenas nuevas, llegadas al anochecer, renovaron el entusiasmo,

particularmente en los madrileños y demás gentes de las provincias

del interior refugiadas en la isla gaditana. Apareció de súbito y por

movimiento espontáneo iluminada la ciudad toda, y cantos y gritos

poblaban el aire, y se abrazaban en las calles los más particularmente

interesados en el recién sabido feliz suceso.

Pero, así y todo, el bombardeo seguía. Al mismo paso iban los festejos.

El tablado de la música no estaba ya vacío ni silencioso ni una sola

noche. La fecunda vena patriótica de Arriaza había dado de sí una

canción nueva, cuyo coro era:

Viva el grande, viva el fuerte

Que en la más gloriosa acción

El furor francés convierte

En vergüenza y confusión.

Siendo la primera copla:

Ved cuál entre polvo y humo

Por los campos de Castilla

Va la bárbara gavilla

Que era un tiempo su opresión.

¿Quién los bate y los humilla

Con el rayo de victoria?

La trompeta de la gloria

Dice al mundo, _Velintón_.[52]

Recuerdos de un anciano · 第 14 / 41 段