menester alguna distracción para las noches, pues de día no daban poco
los paseos, extraordinariamente concurridos. El invierno de 1810 a
1811 había corrido estando en gran parte de él en la isla de León la
Regencia y las Cortes, y en el otoño anterior la fiebre amarilla,
que tanto estrago había hecho en Cádiz y en toda Andalucía en 1800 y
1804, había aparecido por tercera vez, no con el antiguo rigor, pero
acabando con no pocas vidas y causando el temor consiguiente. Por esto,
así como por otras razones, no se pensó en abrir el teatro de Cádiz.
No era tiempo oportuno para hacerlo el del siguiente verano. Pero
corrió este sin que diese la menor muestra de sí, como se temía, la
epidemia. Entonces comenzó a pensarse en la conveniencia de aumentar
distracciones a una población que, al cabo, si lo pasaba bien, vivía
encerrada en breve recinto, y expuesta al peligro del bombardeo.
Había tenido Cádiz sucesivamente varios gobernadores en el corto
término de dieciséis a diecisiete meses, hasta que en junio de 1811
fue nombrado para desempeñar su gobierno militar y político, hasta
allí siempre unidos, el teniente general de marina don Juan María
de Villavicencio, personaje notable, instruido, activo, de singular
chiste que contrastaba con lo severo y adusto de su rostro, dotado de
gran tino para el manejo de los hombres; hombre, a quien confío que me
será lícito elogiar, sin que el cercano parentesco que con él me unía
(pues era hermano y muy querido de mi madre, y además mi padrino) me
incline demasiado a su favor, ni la disconformidad que llegó a haber en
nuestras opiniones políticas, crecida en sus últimos días a punto de
romper entre nosotros todo trato, me pueda mover a rebajar en un ápice
el buen concepto de que entre las gentes, inclusos no pocos de sus
contrarios, disfrutaba. Aunque era Villavicencio religioso, lo era sin
superstición, siéndole familiares las obras de los filósofos franceses,
y así, aunque tropezó con preocupaciones que representaban ser impropio
en una ciudad amenazada de peligros darse a diversiones profanas que
bien podrían provocar sobre los moradores de Cádiz la ira de Dios, no
hizo caso de ellas y atendió a distraer los ánimos de los males de la
guerra, proporcionándoles el esparcimiento posible en uno que, al cabo,
aunque cómodo, no dejaba de ser encierro. Se abrió, pues, el teatro,
y pronto se vio lleno, no obstante la escasez de recursos de los
habitantes. En aquellos días el teatro de Cádiz, hoy pobre, mezquino y
feo, puesto en cotejo con otros muchos después edificados, era tenido
por de los mejores de España, aun incluyendo el del Príncipe, recién
construido en Madrid, pequeño y de escaso adorno, aun el de los Caños
del Peral, solo notable por ser algo mayores sus dimensiones. En el
de Cádiz, los palcos principales, que en la nomenclatura madrileña
de ahora se llaman bajos, eran todos propiedad particular, la mayor
parte vinculada. Los apellidados de platea, puestos al nivel del patio
y lunetas, eran incómodos, y así a los segundos concurrió la flor de
la sociedad de la corte; familias de grandes de España, y de altos
empleados.
Eran medianos los actores, pero entre ellos había algunos de los ya
afamados de la capital. Faltaba Máiquez, que bien podría haber estado
allí, atendiendo a su celo patriótico que por poco le cuesta la vida
en el Dos de Mayo; pero el insigne actor se había dejado ablandar por
los halagos de José Bonaparte y de las autoridades afrancesadas, y
lucía su habilidad prodigiosa en las tablas de Madrid, si bien no sin
conservar ardiente amor a su patria, que le atrajo dura persecución
en 1814 y hasta odio personal del rey Fernando, restablecido en su
trono. Faltaban dos buenos discípulos de Máiquez, Prieto y Caprara, ya
conocidos de los gaditanos. Pero estaba Carretero, el galán compañero
de Rita Luna, de quien ya he hablado en otra parte de estos recuerdos;
estaba Díez, aventajado alumno de la escuela de Máiquez, a cuyo lado
había ya representado papeles, y estaba Querol, gracioso de la más
alta fama en la corte, excelente actor, y en las comedias llamadas de
figurón, inimitable. Una actriz, de la cual ya he hablado al referir
anécdotas de las mocedades de Martínez de la Rosa, Agustina Torres,
hasta allí solo conocida en teatros de inferior clase, y de cuyas
buenas dotes y cortas facultades he hablado, debiendo ahora añadir que
con su natural talento y sensibilidad, recibiendo lecciones o consejos
de personas entendidas, perfeccionó lo que en ella era perfectible, y
brilló supliendo hasta cierto punto la falta de aquello de que por la
naturaleza de su voz carecía. Otro actor, después subido a la más alta
y merecida reputación, apareció en aquel mismo teatro, venido de alguno
muy oscuro; pero este (hablo de Guzmán) solo apareció después de haber
levantado el bloqueo y retirádose los franceses, si bien cuando todavía
era Cádiz residencia del gobierno de España.
Las piezas que se representaban eran de muy varia clase: de la
antigua poesía dramática castellana, y de las nuevas, representándose
de cuando en cuando alguna composición patriótica recién escrita.
También de aquellas de las cuales era natural sacar alusiones al día
presente, solía echarse mano. Así, una comedia de poco valor titulada
las _Vísperas sicilianas_, era oída con aplauso, a punto de venirse
el teatro abajo, cuando al sonido de la campana se arrojaban los
sicilianos acaudillados por Juan de Prócida sobre los franceses y
hacían en ellos horrible destrozo.
Estaba el teatro bien dentro del alcance de las bombas enemigas, pero
desde diciembre de 1810 y en todo 1811, y aun en los días primeros
de 1812, rara vez nos enviaron los sitiadores tan molesto presente.
Rara vez, digo, pero no nunca; pues, como para quitar crédito a una
voz que empezó a correr después de una larga interrupción, suponiendo
abandonado por los sitiadores un proyecto que tan corto efecto
producía, con intervalos desiguales, que fueron siendo menores,
siguieron cayendo en Cádiz granadas. Pero en mucho tiempo todas
cuantas penetraron en la población se quedaron más cortas que la
primera, y además viniendo como esta llenas de plomo, y no reventando,
dieron motivo a la famosa coplilla de
Con las bombas que tiran
los fanfarrones
se hacen las gaditanas
tirabuzones.[41]
[41] Alusión a los rizos en forma de sacacorchos usados
entonces, y que se formaban ciñendo con pedacitos de plomo
delgadas mechas de pelo, que cubre y adorna la frente y sienes.
Don Adolfo de Castro, en la obrilla excelente de su género,
donde trae mil particularidades de lo ocurrido en Cádiz durante
la guerra de la Independencia, cita esta coplilla, y con ella
una variante que es como sigue:
Con las bombas que tira
el farsante Sult
se hacen las gaditanas
toquillas de tul.
Pero como por fuerza ha de ver el lector, esto no tenía
sentido, como lo de los tirabuzones. El señor de Castro (que no
vivía entonces) ignora que esta variante tonta fue una copla
improvisada y cantada en el teatro por un actor llamado Navarro
que la echaba de gracioso, y a veces lo era, pero no a menudo.
Al oírla fue aplaudida, como suele serlo cualquiera necedad,
pero no era uso cantarla, pues bien se veía que no había
materiales para medio pañuelo (vulgo toquilla en Andalucía) en
las granadas que tiraban los franceses.
Sin embargo, ya entrado 1812, y muy a los principios, empezaron a
venir con más frecuencia a visitarnos los instrumentos de muerte y
ruina; y como ocurriese una u otra desgracia, ya comenzaron a buscar
los habitadores en Cádiz medios de libertarse del peligro. Cabalmente
de ello nació hacerse aún más alegre la vida. Como se verá en la
continuación de esta narración (cuyas dimensiones van excediendo a las
que pensé darle al comenzarla), los últimos meses del sitio, y los
del bombardeo, nunca terrible, pero sí ya incómodo, fueron los en que
de tal modo vino a ser la vida armada y rica en entretenimiento, que
los pocos, poquísimos que hoy vivimos, y fuimos testigos de aquella
situación, nos acordamos de ella como de una serie de días iguales a
los que se pasan en una feria o en otra serie semejante de diversiones.
Lo que particularmente distinguía a los españoles de los días gloriosos
en que sustentó nuestro pueblo, con raras excepciones y sin distinción
de clases, la independencia y gloria de la patria, heroico en su
perseverancia, aun cuando en varias ocasiones no lo fuesen en la
campaña sus soldados bisoños, era la fe en la justicia de su causa, de
donde nacía la confianza en el triunfo final, fuesen cuán grandes y
numerosos podían ser los reveses con que hubo de afligirlos la adversa
fortuna. Era en verdad España, en aquellas horas, personificación del
varón justo y tenaz en su propósito, que en un pasaje, con frecuencia
citado, pinta Horacio; cuyo espíritu firme, ni por las ventajas
alcanzadas por el enemigo, ni por discordias intestinas y funestas
desmayaba, y a quien no aterraba ver irse desmoronando sobre su cabeza
el edificio de la nación a los embates del vencedor poderoso, estando,
como estaba, resuelto a perecer impertérrito sepultado bajo las
ruinas. De esto daba pruebas, como en ningún otro periodo de la guerra
comenzada en 1808, España en los últimos meses de 1811 y primeros del
siguiente; días cabalmente en los cuales hubo más sombras que lustre en
el honor de nuestras armas, siendo frecuentes y graves los reveses, y
escasas y de corta importancia las victorias. En aquella misma hora en
que, consultada la razón, solo podía dar por respuesta que el triunfo
del invasor era, si ya no seguro, poco menos, venía a ser cuando estaba
haciéndose una Constitución, y cuando fue nombrado nuevo gobierno,
atendiendo a ello más que a los sucesos de la guerra los moradores
de la isla gaditana, mientras los de las tierras enseñoreadas por el
enemigo, aun cuando poco se cuidasen de legislación política, miraban
como la real y verdadera la que salía de la asediada Cádiz.
Mediado 1811, empezó en las Cortes a discutirse la Constitución.
De sus méritos no me toca hablar aquí ahora: básteme decir que su
todo y sus artículos empeñaban vivamente la atención y toda clase de
afectos, considerándola como destinada a regir durante plazo más o
menos breve a España toda. Los discursos de los diputados sobre puntos
constitucionales eran oídos, no meramente con atención, sino con ansia
viva, comentándose luego,[42] y aun con frecuencia en la hora de ser
pronunciados; clase esta última de comentario, si no ilegal en sí,
ilegalmente ejercida, pues se expresaba con aplauso a los oradores
gratos al público, y con vituperios a los de opinión contraria.
[42] Perdóneseme como a un pobre viejo a quien dio algún
cuidado su reputación, citar aquí algo de mis mocedades en que
pruebe que no fui el loco tribuno que se me supone. En 1811
escribí un largo artículo en el _Redactor general_, defendiendo
la doctrina que hace necesaria la sanción Real para que las
resoluciones de cuerpo o cuerpos legisladores pasen a ser
leyes, cuando el _conde de Toreno_ en las Cortes había hablado
contra dar al Trono tal prerrogativa. Verdad es que me ceñí
a copiar los argumentos de _Mirabeau_. Pero al cabo algo era
seguir al Mirabeau gran repúblico, en vez de seguir, como
solían los más en aquel tiempo, en Mirabeau al tribuno, al
revolucionario demoledor o trazador de locos planes.
Argüelles, Mejía, Muñoz Torrero, Calatrava, Oliveros, Gallego, Golfín,
con algunos más, eran oídos como oráculos; Inguanzo, Gutiérrez de
la Huerta, Borruell, Valiente, con otros pocos adictos a las mismas
doctrinas, con extremos de injusticia. El famoso Ostolaza era blanco
principal del odio y burlas del auditorio, lo cual merecía en parte por
una frescura digna de ser calificada de descaro, y por ser conocidas
sus malas costumbres y sus arterías para elevarse,[43] todo lo cual
ponía en relieve su figura llena, su cara excesivamente redonda y
rojiza, y sus ademanes y continente en grado sumo provocativos.
[43] Justifica lo aquí dicho de Ostolaza el proceso que se le
formó por haber seducido a jóvenes de un colegio de que era
director, cuando después de haber privado altamente con el
rey Fernando fue enviado a residir en una provincia. También
los medios por donde se había hecho notorio en 1810 habían
sido ridículos y asimismo vituperables. Pero nada alcanza a
disculpar la maldad atroz de que fue víctima, hacia 1838 o
1839, cuando, con no sé qué pretextos, murió asesinado con
burlescas formas de juicio en Valencia.
Había asimismo diputados cuyos discursos unas veces eran recibidos con
aplauso y otras con extremada desaprobación, porque en ellos estaban
representados juntamente, pero alternando, los dos diversos y a veces
opuestos principios del levantamiento popular de 1808: la predominancia
del pueblo o de la plebe y el fanatismo. De ello venía o ser ejemplo
don N. Torreros, conocido por el _Cura de Algeciras_, afluente, de
corta y mala instrucción, sencillo a veces, malicioso en otras,
ridículo en sus modos, y mucho en su acento _ceceoso_ a punto de dar
golpe aun en Andalucía.[44]
[44] Bien viene aquí, a fuer de buen andaluz, decir que no
todos los andaluces cecean, aunque ninguno pronuncia bien el
castellano. En Cádiz, por ejemplo, donde el convertir la _l_ en
_r_ es vicio común, raros son los que hacen sonar la _z_, cuyo
sonido sustituyen con una _s_, cual no la hay en otra lengua o
parte alguna.
En los primeros días de las Cortes se había hecho notable el buen cura
por sustentar la causa de los guerrilleros contra la de los oficiales
del ejército con frases que le valieron altos aplausos. Cuando empezó
a discutirse la Constitución, ya no privaba Torreros con el pueblo
de las galerías, porque había soltado expresiones favorables a la
intolerancia religiosa llevada al mayor extremo. Pero al hablarse del
artículo de aquella Constitución que declara que la soberanía reside
esencialmente en la nación, a la cual asiste el derecho de variar sus
leyes fundamentales, ningún demagogo pudo exceder al cura de Algeciras
sustentando una doctrina tan peligrosa, por la cual parece que está la
asociación política que constituye un Estado como de continuo puesta
en vilo. Sus elogios del pueblo, los temores o recelos del poder del
trono, que manifestaba, ya con énfasis, ya con singulares reticencias
que implicaban cargos y encerraban amenazas, y todo esto dicho con los
modos y tono estrafalarios, en él tan comunes, recrearon a los oyentes,
que recibían su discurso con una aprobación mezclada con risa.
También por aquellos días ocuparon a las Cortes otros asuntos, que
dieron margen a que mostrase el auditorio, que de veras se creía amante
de la libertad, su feroz tiranía, no sin participación de la mayoría
del Congreso que en unas ocasiones le excitaba y daba ejemplo, y en
otras aprobaba sus excesos, pues aprobación venía a ser su tolerancia.
Los procedimientos contra un folleto del exregente Lardizábal, contra
otro del consejero don José Colón, y contra una consulta quedada en
mero proyecto del consejo llamado de Castilla, eran actos de despotismo
en que las Cortes, figurándose parte, hacían no poca del oficio de
juez, todo lo cual era celebrado, y lo que es peor, aplaudiéndose el
rigor injusto, a la par que recibiéndose con violenta desaprobación
la defensa que hacían de los acusados sus parciales. En uno de estos
acalorados debates vituperó la conducta del desmandado auditorio el
diputado don Juan Pablo Valiente, consejero de Indias, y trajo en apoyo
de su censura una cita de Filangieri; pero aunque este escritor, hoy
olvidado, era para los hombres de las sectas reformadoras del siglo
XVIII autoridad de gran peso, los concurrentes a las galerías del
cuerpo deliberante, entre los cuales no abundaban los doctos, llevaron
tan a mal la cita, en odio del citador, que rompieron en un torrente de
dicterios contra el orador, expresándolos en gritos y acompañándolos
con amenazas, y hasta con señales de querer pasar sin dilación de las
palabras a las obras. Empezó, pues, un alboroto, interrumpiose la
sesión, retirose a una pieza interior Valiente, y no paró por esto el
tumulto, siguiendo en voces y ademanes no leves muestras de propasarse
a actos de violencia contra su persona. No tenía, con todo, aquel
bullicio carácter verdadero popular, pues lo general de la población
se mantenía en paz profunda, ciñéndose la turba medio amotinada al
corto recinto de las dos o tres calles inmediatas al lugar donde se
celebraban las sesiones, y en punto a número al de los que tenían la
asistencia a las galerías por ocupación ordinaria. Hubo con todo de
acudir llamado el gobernador, mi tío, que aún gozaba de favor con
todo el pueblo, incluso con los constitucionales, y que, tomando del
brazo a Valiente, le sacó por entre los alborotadores, y le llevó al
seguro asilo de un buque surto en la bahía. No se oyó en las Cortes
la merecida severísima reprobación de tal atentado, ni volvió a tomar
asiento en ellas Valiente.
Mientras esto pasaba, iban cayendo en poder del enemigo varias plazas
de Cataluña y Valencia; una gran derrota de la flor de nuestro
ejército, mandada por el regente Blake, amenazaba aún con mayores
males; y el ejército inglés, aunque victorioso, ceñido a defender
a Portugal, si alguna vez conseguía ventajas dentro de España,
pronto desamparaba nuestro territorio, si bien desde los confines
del territorio vecino era para la causa de la restauración auxiliar
poderoso. Todo esto llegaba a noticia de los vecinos de Cádiz, y si no
les era grato, tampoco los afligía en extremo, llamando más su atención
la lucha entre las opuestas banderías que acababan de ser bautizadas
con los nombres de _servil_ y _liberal_, que las operaciones militares.
También se prestaba atención a las producciones impresas, pero
corta, salvo en una u otra ocasión en que lo impreso era casi como lo
hablado, porque trataba de las cuestiones políticas pendientes. Los
antirreformistas iban levantando la cabeza, no sin indignación de sus
contrarios, que los culpaban de usar de la libertad para hablar contra
la libertad, como si al obrar así no usasen de un derecho que se les
había dado, así como a todos. No tenían grandes escritores, pero el
padre Alvarado, que publicaba unas cartas con el nombre del _Filósofo
rancio_, no era digno de desprecio. Una obra publicaron los de la misma
parcialidad que valía poco, pero que hizo ruido, y vino a ser memorable
por haber dado origen a otra producción de más valor, si bien no del
que llegó a dársele, y de considerable escándalo. La que acabo de citar
aquí en lugar primero, tenía por título _Diccionario razonado manual_,
y era una sátira de los reformadores, siempre acre o amarga, por lo
común necia e injusta; pero en algunas ocasiones no falta de ingenio o
chiste, y hasta en uno u otro caso no ajena de justicia. Ello es que
picó a sus adversarios, decidiéndose desde luego entre estos que era
indispensable dar las tornas a tal agresor, y hacerlo con armas iguales
a las por él empleadas. Lo más singular es que fuese señalado, como
por elección, aunque no hecha por vías notorias, evidente, el campeón
de los liberales a quien tocaba entrar en batalla, y, según se suponía
sin consentirse en ello dudas, derribar y aniquilar al osado paladín de
los serviles. El nombrado fue don Bartolomé Gallardo, dueño entonces de
altísima reputación, aunque fundada en títulos que si por su calidad
eran hasta cierto punto valederos, por su número y dimensiones apenas
alcanzaban a constituir un valor literario muy subido. Gallardo, no
muy conocido en Madrid, había sido elegido en Sevilla para escribir en
el _Semanario patriótico_, puesto a la sazón a cargo de don Isidoro
Antillón, don José María Blanco (el después conocido por Blanco White)
y don Alberto Lista, a los cuales había encomendado Quintana, por
entonces muy embebido en las ocupaciones de su empleo, continuar el
periódico por él fundado en Madrid en agosto de 1808, al cual había
logrado dar extremada valía e influencia, y en que había empleado su
ya acreditada pluma. Gallardo hubo de escribir un artículo que no
gustó, a punto de haber salido desechado por quienes habían de ser
sus colaboradores. No eran prendas del así maltratado escritor ni la
modestia, ni el sufrimiento, como hubo de probarlo en su larga carrera
prolongada hasta días poco remotos del presente; carrera que fue una
perpetua guerra en que él, agresor a menudo, se vio al fin obligado
a defenderse y recibió más heridas que llevó, haciendo poco daño con
sus armas, aunque procuró afilarles todo cuanto cabe en lo posible las
puntas, y aun untárselas con veneno. Gallardo juró odio acerbo a la
pandilla de Quintana y al que era de ella cabeza, lo cual, no obstante,
se allegó a la bandera reformadora, pero como queriendo formar en ella
un tercio o escuadrón aparte señalado por extremarse en la osadía.
Había publicado un folletito de pocas páginas, titulado _Apología de
los palos dados a don Lorenzo Calvo de Rozas_, y en tan breve trabajo
y sobre tan pobre asunto había mostrado calidades de grande escritor;
dicción castiza con solo algún ligero ribete de afectación, buen
estilo, chiste abundante y de la mejor ley. Con tales méritos fue, sin
embargo, desmedido el concepto que dio a su autor tan ligera obrilla,
juguete primoroso, pero que de serlo no pasaba. Lo cierto es que
Gallardo, como dejo dicho, fue señalado para contraponer un diccionario
al _razonado manual_, y que cumplió con su encargo al cabo de no muy
breve tiempo, anunciándose próximo unas veces el esperado parto de
su ingenio, y otras remitiéndose a hora algo posterior el logro de
las que eran altas esperanzas, y al cabo apareciendo el _Diccionario
crítico burlesco_ con grande aplauso del vulgo de lectores, y moderada
aprobación de los entendidos; con bastantes malos chistes entre
algunos pocos buenos; con no mucha originalidad; conteniendo trozos
bien escritos y otros en que la afectación llega a ser insufrible. Lo
que más valor dio a la obra fue la ira que excitó, harto merecida en
parte, por la ostentación de impiedad que en ella resalta. Gallardo
hubo de ser condenado por su obrilla y aun reducido a prisión, pero la
muy suave en que estuvo fue para él lugar de recreo y triunfo, siendo
allí visitado y adulado por gran número de personas, para quienes eran
méritos las culpas del autor atrevido.
Tales eran (y si algunas de otra clase pocas) las plantas que florecían
y fructificaban allí y entonces en el campo de la literatura. Por
aquellos días publicó Capmany reimpreso en Londres, el libro a que
impropiamente había dado el título de _Filosofía de la elocuencia_,
mero tratado de retórica al uso antiguo, en que nada filosófico
podía encontrarse aun con el mejor deseo de hallarlo, y el cual,
sin embargo, había corrido con aceptación por muchos años; pero su
autor, en su _galofobia_, le había variado, dándose por arrepentido
de haber citado en él, como modelos, trozos de autores franceses, y
sustituyendo a estos otros de escritores castellanos, a que agregó en
su estilo renovado salpicar la composición con frases propias de los
malos conceptistas del siglo XVII y hasta dignas del imaginado fray
Gerundio. Pero su obra no dio margen por lo pronto ni a alabanza, ni a
vituperio.[45]
[45] En días muy posteriores, y (si bien me acuerdo) en
la _Gaceta de Bayona_, publicada hacia 1830 y escrita en
castellano, fue censurada con extremos de aspereza, aunque
no sin mucho de justicia, la aquí citada obra de Capmany,
llegando los censores a punto de citar, para usarla en
sentido contrario, la famosa frase de Quintiliano, cuando
dice tocante a Cicerón: _Ille se profecisse sciat cui Cicero
valde placebit_, afirmando que da pruebas de buen gusto quien
condena a _Capmany_. Aquí se mezclaban con odios literarios
los políticos, porque los críticos, antes servidores de
José Napoleón, y pasados a protegidos de Fernando VII, no
perdonarían ocasión en que pudiesen cebar su odio a los que se
mantuvieron firmes en defender la causa de su patria.
Sin duda, las rarezas de que llenó Capmany la nueva edición
de su obra, nunca más que mediana, justificaban no poco la
severidad de la censura. ¿No son dignas de Gracián o aun del
supuesto Gerundio frases como las que siguen, «corriendo se
vendían antiguamente las rosas», «porque galas tan caducas no
permitían asiento»; o esta otra; «los antiguos nos daban dentro
de una medalla todo un César, porque los grandes hombres se han
de medir de pescuezo arriba»?
En tanto empezaban a darse a luz traducciones de obras que antes no
habrían podido publicarse en España. Una de Mably, de escaso valor,
pero que le tuvo no corto cuando su autor, hoy enteramente olvidado,
pasaba por grande autoridad en política, tuvo por traductor, o, como
debe decirse, por traductora, a la excelentísima señora marquesa de
Astorga, condesa de Altamira. Un don N. de la Dehesa, que en 1834 o 35
fue ministro de Gracia y Justicia, dio a la estampa en nuestra lengua,
la antes estimada obra del suizo Delolme, sobre la _Constitución
inglesa_, llamando al autor original, ciudadano de Génova, por decir de
Ginebra, lo cual a más que a traducir equivocadamente la voz francesa
_Genève_ se extendía.[46]
[46] Debía el bueno del traductor, sobre haber sabido que
Génova en francés es Gênes, así como Genève es Ginebra, saber
que los genoveses, aun cuando era república el Estado de que
eran parte, no usaban el título o calificación de _ciudadanos_.
Al revés, en Ginebra, donde ciudadano era una calificación o
un título legal, no común a todos los habitantes sino a una
categoría de estos, por lo cual venía a ser un distintivo.
Más traducciones aparecieron, pero cuáles y cúyas fueron se me
ha borrado de la memoria. Algo de esto era leído, de donde iban
propagándose doctrinas hasta allí conocidas de pocos españoles.
Pensose en escribir para el teatro. Comenzó Martínez de la Rosa
su tragedia _La viuda de Padilla_, y poco después su comedia _Lo
que puede un empleo_, de las cuales ya he hablado en otro lugar
de este libro. Infatigable Saviñón en traducir, lo cual hacía con
extraordinario acierto, se dedicó a poner en verso castellano el
_Bruto primo_ de Alfieri, mudándole el título en el de _Roma libre_,
y extremándose alguna vez más que el autor en varias doctrinas
republicanas.[47]
[47] Al terminar el primer acto del original, recién expelido
del trono Tarquino, grita el pueblo romano:
«Il primo di che vivrem noi, fia questo».
Saviñón le tradujo bien diciendo:
«Este es el primer día en que vivimos».