Mayor y mejor entretenimiento iba dando el interior de la ciudad. A

muchos del sexo masculino (porque a las personas del femenino estaba

vedado) ocupaba la asistencia a las Cortes. Celebraban estas sus

sesiones en la iglesia de la casa de los padres Filipenses, que aun

hoy subsiste; iglesia en forma de óvalo de no mala planta, pero no

de adorno de buen gusto, y a la cual había adaptado medianamente al

nuevo fin a que estaba destinada don N. Prats, oficial de ingenieros

de marina. Unas tribunas formando a modo de andamiaje, que dentro

del templo le daban trazas de costado de un teatro, componían las

tribunas reservadas. Dos galerías altas con reja de balcón hasta el

pecho, que corrían por todo el recinto de la iglesia y la abrazaban

por entero, siendo parte antigua del edificio mismo, eran las tribunas

del público, concurriendo allí donde antes iba el auditorio a oír la

palabra sagrada numerosos oyentes a oír discursos de muy otra clase.

De estos oyentes muchos no lo eran asiduos y constantes, pero había

bastantes que tomaron la asistencia casi como oficio. Si bien la

maldad de varios anticonstitucionales abultó extremadamente algunos

excesos cometidos por concurrentes diarios a las galerías, y si

bien en una época de atroz injusticia e inicua venganza, hubo quien

inventase un nombre para hombres tales, y con inventarle añadiese,

no solo un vocablo a la lengua, sino un delito en la lista de los

hasta allí conocidos, apellidándolos _galeríos_, mal puede negarse

que con frecuencia olvidaban el papel que estaban representando, el

cual era el de verdaderos testigos mudos, destinados a transmitir

afuera, juzgándolo y entregándolo al juicio ajeno, lo que allí veían

y oían. De estos excesos ha habido no pocos en épocas posteriores, y

hasta muy cercanas, y algunos de ellos de suma gravedad; pero aunque

todavía la concurrencia a las sesiones de nuestros Cuerpos deliberantes

dista un tanto de guardar el silencio absoluto a que está obligada,

hay en este punto harto menos que censurar, pues en Cádiz, de 1811 a

1813, el mezclarse el auditorio en las deliberaciones del Congreso,

dando muestras ruidosas de aprobación y desaprobación que una vez

pasaron a ser hechos, era cosa continua. Había entre los bulliciosos

espectadores de que voy ahora aquí hablando, todos ellos movidos

por un celo sincero aunque descaminado, personas de todas clases,

gaditanos y forasteros, para quienes vino a ser sustento ordinario del

entendimiento la política militante.

La hora de concluir las sesiones era sobre las dos de la tarde, y las

noticias de lo ocurrido en las Cortes pasaban a la calle Ancha, poco

distante del lugar donde celebraba sus sesiones el Congreso, y los

juicios de los procedentes de las galerías eran revisados por otra

más numerosa clase de ociosos, o de hombres cuyas ocupaciones habían

terminado.

Escaso campo quedaba para entretenimiento puramente literario en Cádiz,

tal cual era entonces. No estaba enteramente olvidada del trabajo

del espíritu, pero trabajaba influyendo en él las circunstancias, y

conforme a lo que recibía era lo que daba, de suerte que el matiz

político, siempre subido, con frecuencia cubriéndolo todo, daba su

color a todas las producciones del ingenio.

Residía en Cádiz Quintana, ya con la dignidad de patriarca de la

iglesia político-filosófica, de que había sido largos años, aunque

como en secreto, por no consentir otra cosa los tiempos, uno de los

principales doctores y maestros. Estaba ya en él reconocida su calidad

de gran poeta, si bien no faltaba quien se la negase. Gallego, a quien

la famosa composición al _Dos de Mayo_ había desde luego remontado a

uno de los primeros puestos en lo todavía llamado nuestro _Parnaso_,

siendo a la sazón diputado a Cortes, y nunca muy amigo del trabajo,

tenía contenida su vena poética, no fecunda, aunque de exquisitos

productos.

Beña, militar instruido, no descuidaba, en medio de otras ocupaciones,

la de lo entonces dicho pulsar la lira. Arriaza, ya en Londres, ya en

Cádiz, escribía mediana prosa, no manejando mal la pluma en reñidas

disputas con Blanco White, que desde Inglaterra hacía guerra cruda a

todo cuanto era de España en un periódico cuyo título era _El Español_,

pero mostrándose por lo común inferior a su diestrísimo y más instruido

adversario, y entre tanto seguía cultivando la poesía, fecundo siempre

y por demás ingenioso, siendo esto último la principal calidad de su

talento. Capmany, en quien la vejez, aunque no muy avanzada, había

extremado rarezas que siempre tuvo, docto y vivo, hacía alarde de su

purismo lleno de singularidades, y mientras en las Cortes seguía las

hostilidades contra los galicismos de dicción, alistado en la bandera

de los reformadores, pero con actos de insubordinación frecuente,

y tan allegado a la Inglaterra que parecía en él falta lo que no

era sino hábito de extremarse en todo, daba rienda a resentimientos

personales, publicando vituperios de Quintana. Gallardo, con un lindo

y chistosísimo folleto había cobrado crédito de los más altos, que

sostuvo entre lo general de los jueces, pero no entre los mejores,

con su _Diccionario crítico burlesco_. Algunas composicioncillas,

aunque no malas, del joven don Ángel de Saavedra, no daban, con

todo, idea de lo que había de llegar a ser el ilustre duque de

Rivas. Don Mariano Carnerero, casi abandonando por la política y sus

marañas la literatura, en que había comenzado a señalarse, parece

como que anunciaba que no habían de igualar a sus grandes facultades

intelectuales ni la importancia de sus escritos y actos, ni la altura

o extensión de su fama en lo venidero. Al revés Martínez de la Rosa,

recién vuelto de Inglaterra, donde había pasado unos pocos meses,

empezaba a levantar la fábrica de lo que fue después, con título justo,

su elevada fortuna. Saviñón, cuya principal celebridad había sido la

de habilísimo traductor, la confirmaba con nuevas versiones. Jérica

y Costa, poeta o versista de corto valor, pero fecundo, empleaba

su mediano ingenio en frívolas censuras de cosas apenas dignas de

atención. Un don Santiago Jonama, de agudo entendimiento y bastante

instrucción, pero de no poca rareza, así como otros escribiendo gozaban

de concepto superior al que merecían, era tenido en precio harto

inferior al suyo real y verdadero. Algunos más podría nombrar, pero

me sirve mal la memoria, y con los nombrados basta para dar una idea

general y somera del estado del cultivo en que estaban las letras en

Cádiz sitiada.

Pero, según antes he dicho, los mismos literatos solo usaban la pluma

para tratar cuestiones políticas, porque en otros asuntos apenas

habrían encontrado lectores. De esto fue excepción, sin embargo, el

folleto de Capmany contra Quintana, reducido a censurar su estilo,

y más todavía, su dicción, justo en su crítica en uno y otro caso,

injusto con suma frecuencia; por lo acre de su tono vituperable a todas

luces, y no tan bien escrito como debía exigirse a juez tan severo,

pues si no pecaba de galicista tampoco podía blasonar de natural y

fluido; vicio este de todos los escritos de un hombre cuyo idioma

verdadero era el catalán, y en cuyas obras aparecía el castellano puro

como traído con violencia. A pesar de que ya el censurado Quintana

había subido a la silla del patriarcado, como en ella era novel,

faltaba en lo general del público la reverencia que da una larga

posesión del personaje respetado, y así Capmany hubo de encontrar

aprobadores numerosos. Pero los amigos de Quintana, en quienes al

principio causó desmayo la súbita e inesperada acometida, volvieron

en sí, e hicieron frente al adversario. Entonces, como en otro lugar

de este libro he contado, salió a nuevo y más brillante teatro el que

hasta entonces solo había hecho papel en el literario de Granada,

don Francisco Martínez de la Rosa. Quintana se defendió con nobleza

en un breve escrito. Con la publicación de este último perdió los

estribos Capmany, nunca sufrido ni prudente, y en segundo folleto,

indigno de su pluma, y aun de la de todo hombre de juicio, lanzó sobre

Quintana, no ya censuras literarias, sino acusaciones y vituperios de

toda clase, calumniosos algunos, injustos todos, sin perdonar a los

amigos de su enemigo, y haciendo de los concurrentes a la tertulia de

Quintana en Madrid, de los cuales era él uno casi perenne, los más

feos retratos, donde si se acercaba en algún rasgo de la pintura la

malicia, hasta producir alguna semejanza, con más frecuencia turbaba la

mente y descomponía la mano del pintor el odio, llevándole a recargar

leves faltas, o a suponer las que no había. Apoyaban a Capmany en

esta contienda, más o menos disimuladamente, Arriaza, y sin rebozo,

Gallardo, a los cuales se adherían todos los adversos a las reformas

por odio a Quintana el político y a su secta, más que por idea alguna

literaria. Pero tal contienda fue pronto olvidada, y ni aun en los

periódicos se hizo de ella larga memoria.

Los periódicos eran pocos y pequeños. _El Conciso_ no traspasaba

sus estrechísimos límites. Pero el _Redactor general_ los tuvo más

extensos, llegando a los que hoy tienen algunos periódicos semanales,

y constando ya cada carilla de dos columnas. Su principal redactor era

un don Pedro Daza, de buena familia, de mediano pasar, bien criado, y

caballero en sus modales; pero escaso en conocimientos literarios o

políticos, por lo cual escribía poco en su diario. Este, sin embargo,

alcanzó la primacía, escribiendo de cuando en cuando en él hombres

de alguna nota, y otros de mediana, entre los cuales hube yo de ser

contado una o dos veces. Los anticonstitucionales tenían periódicos

de los cuales era el principal el titulado _Procurador de la Nación

y del Rey_. Por desgracia de los hombres de esta opinión, que en el

Congreso podían blasonar de tener personas de no corto mérito, aunque

a reconocérsele se negase la intolerancia liberal, aun mayor entonces

que lo es ahora, en los periódicos estaban mal representados. A su

frente tenía el marqués de Villafranés, caballero jerezano de singular

extravagancia, aun en el vestir, pues con el frac, aunque mal cortado,

al cabo frac, y no casaca redonda, llevaba cinturón con un medio sable

en vez de espadín, y el cual se jactaba de dormir en una dura tarima,

creyendo esto conducente a la salud intelectual más todavía que a la

corporal, pues contaba que a sus hijos, como les hallase dificultad en

la comprensión al seguir sus estudios, había remediado el mal, de él

reputado gravísimo, con rellenarles sus almohadas en vez de plumas o

lana con piedras. Era el principal ayudante del raro marqués un sujeto

cuyo nombre se me ha ido de la memoria, esta vez traidora,[37] y que en

los días de 1814 llegó a gran privanza con el rey, a la cual siguió un

revés de fortuna; clerizonte, según creo, ordenado de menores, alto,

desgarbado, con un sombrero de picos mal puesto en la cabeza, cuyo

título literario principal había sido, según él refería, haber hecho

oposición a una plaza de organista sin haberla logrado; hombre en quien

un descaro no común daba realce a sus modos y figura estrafalaria.

[37] Si mal no me acuerdo, su apellido era Molé. En los días

del gobierno absoluto llegó a cierto grado de privanza muy

superior a su valer, pero le sucedió lo que entonces a los

de su estofa, que fue cambiarse su valimiento en desgracia y

destierro. Hubo de pasar algún tiempo en semiconfinamiento en

Cabra, donde no se ganó mucho crédito por título alguno, aunque

tuvo embaucada a alguna persona devota.

Como ambos personajes se presentaban a tantos lugares donde podían

herirlos las saetas de la burla, se veían acribillados, más con estas

armas que con las de argumentos serios. Otro mérito tenían las cartas

del filósofo rancio, pero estas no salían a luz en períodos fijos.

La sociedad, en tanto, era la que solía ser en Cádiz con fuerte mezcla

de lo que era la de Madrid, de lo cual resultaba un buen conjunto.

En aquellos días, nadie en castellano hablaba de abrir los salones,

pero en cambio se iba a la tertulia. Ya he hecho mención de la de

la marquesa de casa de Pontejos, en la cual se congregaba la gente

de la más alta y mejor sociedad; pero, por desgracia, según fea

costumbre de aquellos días, conservada hasta ha muy poco, ocupando

a la concurrencia, más que otra cosa, el juego del _monte_. También

una señora, mujer del abogado don N. Ayesa, recibía en su casa a las

personas de más jerarquía, pero sin que faltase la mesa de juego,

centro alrededor del cual giraban los tertulianos como palomitas en

torno de la luz, y para más perfección del símil, quemándose con

frecuencia en ella. De muy diversa clase era la reunión, corta en

número, modesta en la apariencia, pero un tanto rica por el valor

de varios de quienes la componían, que formaba todas las noches la

sociedad de la señora doña Margarita López de Morla y Virués, mujer

de singular entendimiento e instrucción vasta, educada en Inglaterra,

aficionada a estudios serios, de agradabilísimo trato, y hasta ajena de

pedantería, en la cual unos ojos hermosos y una conversación viva en

que asomaba la andaluza entre la docta, suplían la absoluta falta de

belleza; cargo grave para hecho a persona de su sexo, pero rescatado

por perfecciones que hasta enamoraban y que hoy puede temerse sin

lastimar afecto alguno ni aun el filial, al enumerar los méritos de

tan ilustre difunta.[38]

[38] Trágica suerte hubo de caber a la señora de quien habla el

texto de este artículo. A fuerza de discurrir, hubo de perder

el juicio. En sus últimos años, apenas pisando los confines

de la vejez a que no llegó, abrazó las doctrinas de Fourier

con tal calor, que ya daba indicios de locura. Esta vino,

por desgracia, a declararse. Medio sanó, con todo, y hacia

1849 vino a Madrid, donde sus antiguos amigos la visitábamos,

y de ellos con más frecuencia Gallego y yo, agregándosenos

una persona cuya amistad con tan digna mujer era harto más

nueva, pero había llegado a ser estrecha: el señor don Joaquín

Francisco Pacheco. Pero a poco volvió a descomponerse aquella

cabeza a punto tal, que fue necesario llevarla a la casa de

Toledo, en la cual murió no muchos días después de haber

entrado en ella, dándole cuanta asistencia podía su amante

hijo, obligado muy a su pesar a ponerla en recogimiento, y su

amigo Pacheco, que en este triste caso obró como si fuese de su

familia.

A su casa llevaba don Juan Nicasio Gallego el buen humor y chiste

porque tanto se señalaba en el trato social, Quintana su tono severo

y dogmático, Toreno sus calidades superiores de hombre, así como

de talento e instrucción, de mundo. Iba allí de cuando en cuando

Argüelles, pero no ordinariamente como los tres que acabo de nombrar.

Iba allí el mucho después afamado _Gorozarri_, que en las Cortes de

1837 llegó a adquirir fama de necio y extravagante, y no sin razón,

pero que había leído mucho, y que en 1810 y 1811, oscuro todavía, ya

era notable por sus rarezas. Había en la reunión, como era de suponer,

el hermano de la señora de la casa y que vivía con ella, don Diego

López de Morla, después conde de Villacreces, de familia de lo más

ilustre de Jerez, aunque no hubiese titulado todavía; hombre ingenioso,

instruido, decidor, raro entre los raros y que hacía gala de serlo y de

extremarse en todo, dado entonces al estudio de la medicina que después

practicó, menos aficionado a la política que solían serlo todos cuantos

habitaban en Cádiz, y particularmente los concurrentes a su casa y aun

su misma hermana; muy desviado de la democracia, porque tenía en alta

estima su noble cuna, pero allegado a doctrinas nuevas, porque sus

principios filosóficos distaban a la sazón infinito de los que eran

fundamento del gobierno de la España antigua. Era yo su íntimo amigo

desde los últimos días de nuestras niñeces, y había continuado con

él en nuestra juventud en frecuente amistoso trato, por lo cual tuve

entrada en la tertulia de su hermana. A ella hube yo de llevar a otra

persona de cuenta que empezó a representar en aquella reducida sociedad

uno de los principales papeles, allegado yo a él, y formando como una

oposición al partido predominante en el Congreso, del cual era el

conde de Toreno en aquella sala particular el primer representante,

así como en la de sesiones uno de los capitanes de la gloriosa hueste

de los reformadores. Era la persona de quien acabo de hablar don

José García de León y Pizarro (conocido solo por la parte segunda

de su apellido), entonces secretario del Consejo de Estado, empleo

puramente titular, pues este cuerpo, aunque existente de derecho, de

hecho estaba, si no muerto, en letargo parecido a la muerte; hombre de

instrucción varia y amena, de clarísimo entendimiento, de gran chiste;

algo singular, llano por demás y alegre, en el trato tan agradable

cuanto serlo cabe, algo y aun bastante dado a censurar, tildado de

tener cierto matiz de afrancesamiento, en doctrinas no poco liberal,

pero disintiendo a menudo de los corifeos de la parcialidad dominante,

y, sobre todo, disgustado de lo que en ellos juzgaba entono y orgullo,

y de la en su sentir casi servil sumisión con que eran mirados por sus

secuaces; personaje que, después ministro más de una vez, no hubo de

corresponder a las esperanzas que de él se tenían, pero más que por

otra cosa, inferior a su concepto por lo duro de las circunstancias,

y con quien ha sido injusta la opinión, negándole el mérito que sin

duda tenía, y el cual en algún tiempo era en él conocido y confesado.

Con extrañeza de las gentes por la diferencia que había entre nuestras

edades, por tres años fuimos Pizarro y yo inseparables, como pueden

serlo dos amigos de los más íntimos iguales o cercanos en años,

paseando juntos, leyendo juntos, comentando lo que leíamos, abarcando

muy diversas materias en nuestra lectura y conversaciones, conformes o

poco menos en nuestras ideas políticas,[39] y sobre todo en el orgullo

con que resistíamos a otro orgullo, siendo en la fe constitucional

cismáticos, aunque no herejes. En aquel palenque hubo de ser la

victoria, aunque no completa, de mi amigo Pizarro, de que me cupo una

pequeña parte.

[39] En un punto capital eran enteramente disconformes nuestros

pareceres, porque Pizarro opinaba que habría convenido a

España sujetarse de buena voluntad a Napoleón, y yo todo lo

contrario. En el breve primer reinado de José Bonaparte en

Madrid, terminado por el suceso de Bailén y la retirada de los

franceses (pocos días de julio de 1808), había prestado Pizarro

juramento de fidelidad al monarca intruso, como lo había hecho

todo el Consejo de Estado, de que él era secretario. Sin

embargo, no vaciló en cuanto a seguir al legítimo gobierno en

diciembre del mismo 1808, cuando entró el Emperador francés

victorioso en la capital de España, y huyó a pie pasando

mil trabajos durísimos y peligros. Así sus adversarios le

echaban en cara el juramento sin mucha razón, pues habían

jurado la Constitución napoleónica en Bayona varios hombres

que después se señalaron sirviendo al gobierno legítimo: el

señor Romanillos, el general don Miguel de Álava, mi tío el

tesorero general don Vicente Alcalá Galiano, con otros de igual

o inferior nota. Mostrando yo a Pizarro mi extrañeza al ver

que su conducta patriótica desmentía sus opiniones de casi

afrancesado, me respondió con la imagen siguiente: «Si cuando

en diciembre iba yo saliendo de Madrid a pie con el uniforme

puesto y calzado con alpargatas, me hubiesen dicho: “¿Dónde

va usted? ¿No ve usted que resistir a los franceses es una

locura?”, habría respondido: “Sí, lo creo una locura, pero no

me detenga usted, porque la nación quiere, y hay obligación de

acceder a su voluntad”».

En cuanto a mí, pobre muchacho, ya me había negado a las

cariñosas ofertas de emplearme ventajosísimamente en el

servicio del usurpador, que me había hecho don Miguel de

Azanza, íntimo amigo que había sido de mi padre y de toda mi

familia.

En esto apareció una tertulia de igual naturaleza, pero en que

predominaban opiniones diametralmente opuestas: la de la señora doña

Francisca Larrea, mujer del ilustrado alemán don N. Böhl de Faber,

literato, buen escritor en nuestra lengua y apreciabilísimo, visto a

todas luces. Su mujer, a quien acababan de dar licencia los franceses

para pasar a Cádiz desde Chiclana, donde residía durante los meses

primeros del sitio, era literata y patriota acérrima, pero de las

que consideraban el levantamiento de España contra el poder francés

como empresa destinada a mantener a la nación española en su antigua

situación[40] y leyes, así en lo político como en lo religioso, y aun

volviendo algo atrás de los días de Carlos III, únicos principios y

sistema, según su sentir, justos y saludables.

[40] Me acuerdo de que la señora de Böhl repetía con

entusiasmo, mirándola como emblema de nuestro alzamiento, la

siguiente décima, por cierto no falta de brío en la expresión o

en el pensamiento, aunque incorrecta:

Nuestra española arrogancia

Siempre ha tenido por punto

Acordarse de Sagunto

Y no olvidar a Numancia.

Franceses, idos a Francia,

_Y dejadnos nuestra ley_,

Que, en tocando _a Dios y al rey_

Y a nuestros patrios hogares,

Todos somos militares,

Y formamos una grey.

Aquí está compendiado el modo general de ver el levantamiento

del pueblo español por un aspecto de los varios que presentaba,

considerándole el único.

De estas doctrinas de sus padres, y más particularmente de su

madre, saca las suyas que con tanto celo sustenta la afamada

novelista, hoy viva, cuyo nombre en la república literaria es

_Fernán Caballero_.

Fui yo presentado en casa de la señora de Böhl; pero por mil razones

no hube de agradarle, ni ella por su parte, a pesar de su mérito, se

captó mi pobre voluntad. Lo cierto es que la vi una vez y después

fue mi suerte (ya en 1818) entrar con ella y su estimable marido en

agrias contiendas literarias en que hubieron de injerirse con poco

disimulo cuestiones políticas, no sin grande peligro mío en aquellas

horas; acrimonia de que hoy me pesa al hacer a aquellos dos ilustrados

consortes la debida justicia.

Recuerdos de un anciano · 第 12 / 41 段