Matagorda, volvieron las cosas a su estado ordinario. No era este
todavía de tanto entretenimiento y recreo como llegó a ser en 1812,
cuando fue compensada, como después diré, la incomodidad de las bombas
con la multiplicación de las diversiones. Aún no estaba abierto el
teatro, que lo fue mediando 1811. Encerraba Cádiz muchas personas
de alta categoría, o por su cuna, o por su dignidad, adquirida en
el servicio público en una larga carrera. De estos muchos dueños de
pingües y aun cuantiosísimas rentas, pero cuyo caudal consistía en
tierras, como estas, estuviesen a la sazón en país ocupado por el
enemigo, cobraban poco y mal, cuando cobraban algo. Quienes vivían
de sueldo también recibían mermados o con irregularidad los suyos.
Pero había conformidad, porque el mal de muchos no es, como suele
decirse, consuelo solo de los tontos, sino que lo es asimismo de los
entendidos. Las costumbres hubieron de resentirse de la situación, y
España, donde el poder era desde tiempo antiguo democrático, pero la
sociedad no, encogida en el recinto de Cádiz, se amoldó a los usos de
aquella ciudad, donde reinaba la igualdad, pero donde también brillaba
entonces hasta un grado considerable la buena crianza. Era la política
el principal alimento de la conversación; pero la política para las
más de las gentes se reducía a pensar y hablar de los sucesos de la
guerra, pues antes de juntarse las Cortes las cuestiones políticas
sobre materias constitucionales, que poco después embebieron tanto la
atención, de escaso número de gentes eran conocidas.
La calle Ancha, por las mañanas, la inmediata plaza de San Antonio,
cuando era posible pasear en ella al sol, o, según la frase española,
que tanto golpe da a los extranjeros, tomar el sol, y la alameda,
pobre y fea entonces, pero con deliciosas vistas, estaban atestadas de
gente. La hora de comer para la de la clase superior o acomodada vino
por aquellos días a ser la de las tres de la tarde, ya dadas. Así, el
gentío de ociosos de buen porte que a la hora antes indicada charlaba
y fumaba en la misma plaza de San Antonio o en sus inmediaciones, al
sonar tres campanadas del reloj de la parroquia que lleva el nombre del
mismo santo se dispersaba, yéndose todos en busca de lo que lo general
de españoles llama la puchera, y a que dan los andaluces por nombre _la
olla_, pero sin añadirle el epíteto de _podrida_, que solo a ciertas
ollas cuadra.
Trasladado en mayo el Consejo de Regencia de la isla de León a Cádiz,
tuvo algunas, pero pocas, creces el vecindario; pero la isla de León,
convertida en mero puesto militar, no dejó de seguir animada, por
ser numeroso el ejército que allí tenía su cuartel general, del cual
eran parte las tropas aliadas inglesas, y un regimiento portugués, y
además porque residía todavía en aquella población alguna oficialidad
de marina, a lo cual se agregaba haber ido a establecerse en el mismo
lugar unas pocas familias a quienes parecía mansión estrecha la de
Cádiz.
La vida así pasada era uniforme, y si libre de sustos, no ajena de
fastidio. Pero llegó el día de abrirse las Cortes, con lo cual quedó
abierto campo a la actividad individual, o, dicho con más propiedad,
a la del pensamiento; y con avivarse las facultades vinieron a pedir
más alimento, y, de resultas de ello, el cuerpo de la sociedad,
sintiéndose más fuerte, buscó y encontró con qué ejercitar su fuerza y
satisfacer sus lícitos apetitos.
En muchas cosas hace ventaja la generación presente a la de los días
pasados, porque sabe más y piensa más, y aumenta el caudal de su
entendimiento y discurso, allegándole los tesoros de la experiencia.
Pero tal vez siente menos que sentíamos, o, a lo menos, no siente con
igual viveza. Si no carece de fe, no puede blasonar de tener mucha,
y esto hasta un bien es, en cuanto evita abrazar una fe errada, y
sustentarla y propagarla; pero es un mal, y no leve, porque encoge y
apoca el pensamiento y embota los afectos, si no del todo, quitándoles
la viveza.
No comprenden los hombres de ahora el entusiasmo con que en 1810
acogimos unos pocos, que pronto en la isla gaditana fuimos muchos,
la reunión de las Cortes. Los que eran gratos ensueños, halagüeñas
visiones, hijas de nuestra lectura, y enseñoreadas de nuestra fantasía,
pero sin pasar de la clase de deseo, habían llegado a ser realidad,
harto bien a duras penas conseguido. En el estado de las cosas bien
merecía ser calificado aquello de locura, pero locura sublime.
Me acuerdo de que en uno de los primeros días de las sesiones de las
Cortes generales y extraordinarias (hubo de ser el 28 de septiembre,
pero de la exactitud de la fecha no estoy cierto), estaba yo en la
isla, cerca del pobre teatro donde los representantes de la nación
celebraban sus sesiones. Estábamos en la calle, porque el Congreso
celebraba sesión secreta. En medio de un corrillo, de que era yo
parte, aparecía la figura severa, pero satisfecha por demás en aquella
hora, de don Manuel José Quintana. Sabíamos que se estaba tratando
en la sesión, entre otras cosas, del negocio del duque de Orleans,
mucho después rey de los franceses. Este alto personaje había venido
a España solicitando el mando de un ejército; llamado por el regente
Saavedra; mal apoyado por el mismo cuando ya le tuvo en Cádiz; a quien
habían hecho viva oposición el gobierno inglés y el ministro de Estado
español, Bardají; del cual se decía que los diputados por América
querían hacer algo correspondiente a su clase de personaje de la regia
estirpe de Borbón, y sobre quien, después de un debate en secreto,
habían dispuesto las Cortes, o en aquel mismo día o en el anterior,
que saliese inmediatamente de España. Nadie sospechaba o conocía las
buenas calidades de aquel príncipe, acreditadas desde 1814 hasta 1830
en Francia, y después en diecisiete años y medio de reinado, en que
conservó a los franceses en libertad y prosperidad, llevando tal pago
cual solo merecía el tirano más aborrecible. Sabíase confusamente que
había militado con gloria en los ejércitos republicanos, lo cual,
por cierto, no le recomendaba a la gente del pueblo español, adicta
con entusiasmo a la monarquía; constaba que estaba reconciliado con
su familia, y casado con una princesa de la familia real de Nápoles,
lo cual le hacía mal visto por quienes, odiando a Napoleón, eran,
con todo, parciales acalorados de las ideas de la revolución por
él terminada en provecho de la autoridad despótica, y por último,
era francés, y esto solo bastaba para que el vulgo le recibiese con
sospecha y aun con mala voluntad; consideración esta bastante a
alejarle de todo poder o influjo, habiendo de redundar el que pudiese
dársele por corto plazo en daño ajeno y hasta en el suyo propio. Así
era aplaudida la resolución de las Cortes contraria a su persona. Con
este motivo, Quintana dijo que los tiranuelos de Nápoles, Portugal
y Cerdeña estaban dando pasos encaminados a adquirir el mando o
influencia superior en España, y que era vano su intento, atendido el
espíritu de las recién congregadas Cortes; y en todos cuantos allí
estábamos escuchando causó no solo aprobación, sino placer oír tratar
de tiranuelos a los pocos reyes nuestros aliados, y ver que había
llegado en España la hora en que el poder popular trataba al trono
como de igual a igual, y en algún caso como a inferior. Estábamos en
aquellos momentos comunes en la historia en que los poderosos están
caídos y exaltados los antes humildes, de lo cual se sigue por lo
pronto, no la igualdad, sino un trocar de papeles en que los nuevamente
encumbrados cobran la soberbia o el entono que en los recién venidos a
menos afeaban.
Mientras esto pasaba, y seguía la sesión secreta, y los corrillos no
amenazadores ni inquietos, sino satisfechos y curiosos, continuaban en
sus conversaciones, afanándose por averiguar lo que estaba pasando en
el Congreso, sonó ruido de caballos que se acercaban, y a poco asomó en
la angosta calle, teatro de la escena que voy describiendo, el duque
de Orleans vestido de general español, que claramente venía a entrar
en el Congreso. Se apeó, en efecto, a la puerta del teatro, pero no a
la principal, sino a la del vestuario, estrecha y mezquina, como lo
era todo en aquel pobre edificio. Por ella entró el príncipe y allí
le perdimos de vista, pero no del todo, pues hubieron de reducirle a
tomar asiento en un pasillo o cuarto oscurísimo, de modo que por entre
las puertas entreabiertas asomaban sus piernas, más visibles, porque
llevaba calzón corto de grana y media de seda, impropias prendas para
quien venía a caballo, pero sin duda preferidas por el que las llevaba,
porque se presentaba con el carácter de capitán general del ejército
español. Con notoria y ridícula injusticia mirábamos todos el acto del
príncipe en venir a las Cortes como un insulto, y con malignidad nos
recreábamos en notar que no se le daba entrada, y que estaba haciendo
como de portero. El color encendido del calzón seguía dando señal
vistosa de su presencia en aquel sitio, y nos atropellábamos para
clavar la vista en aquel objeto, siendo nuestro afán cerciorarnos de
si entraba o no, y nuestro deseo que no entrase. Quedamos plenamente
satisfechos, porque, pasado algún tiempo, vimos movimiento en las
piernas tan observadas, pasando el muslo de la horizontal a la
vertical, esto es, poniéndose en pie el príncipe, cuyo cuerpo entero
asomó inmediatamente a la puerta en ademán de quien iba a salir
despedido, como hizo al momento. Montó de nuevo el duque de Orleans a
caballo; saludó con cortesía, pero con mal gesto, a los circunstantes,
que le vieron ir desairado, si no con insulto, pues no llegó a tanto
la locura, con satisfacción no disimulada. Al día siguiente se embarcó
el príncipe francés, y dio la vela de vuelta a Sicilia, no volviéndose
a pensar en él durante largos años en España, ni durante tres o cuatro
más en lugar alguno del mundo.
Al nuevamente abierto Congreso atendían todos. Por la primera vez
se oía en España hablar en público a otros que a los predicadores o
abogados. Encantaba y arrebataba tal novedad, de suerte que nacieron
y crecieron reputaciones que hubieron de conservarse hasta nuestros
días, mereciéndolas quienes las alcanzaron por sus virtudes y servicios
eminentes a la causa pública, si no por su talento oratorio; sentencia
desfavorable de que es razón excluir al ilustre Argüelles, aunque este
mismo no pareció a una generación posterior lo que al auditorio de
las Cortes de Cádiz. Era además común entonces leer discursos, de los
cuales muchos eran celebradísimos leídos, pero oídos causaban el mal
reprimido fastidio con que infaliblemente es oído lo que se lee cuando
es largo, salvo en algunas piezas de verso.
Pero hasta febrero de 1811 no vinieron las Cortes a Cádiz, y los
gaditanos no pudimos estar de continuo en la isla, donde no abundaban
los alojamientos y los buenos escaseaban. Hízose, pues, necesario saber
lo que pasaba en el Congreso, y saberlo sin demora, y para el intento
servían los periódicos, que desde luego crecieron en poder, aunque ya
alguno tenía desde que empezó a dominar en las cosas del Gobierno el
influjo popular, lo cual coincidió con el alzamiento de 1808.
Por desgracia, no contaba Cádiz con periódico alguno como el _Semanario
patriótico_, muerto en Madrid con la entrada de los franceses, y
resucitado en Sevilla para morir en breve por su propia voluntad, hija
de enojo nacido de pretender el Gobierno escatimarle la libertad de sus
juicios u opiniones, o aun como la _Gaceta de Valencia_, célebre por
las bufonadas con que comentaba los folletines del ejército francés,
o como la de la _Mancha_, ya entonces difunta, o saliendo de tarde
en tarde en diferentes lugares. Pero no mucho antes de abrirse las
Cortes había empezado a publicarse en Cádiz un periódico titulado
_El Conciso_, cuyo reducido tamaño, no dando cabida a gran número de
palabras, justificaba su nombre. Era el fundador y principal escritor
en él un don G. Ogirando, traductor conocido como tal hacía algunos
años, cuya versión de la ópera _Une folie_, con el nombre de _Una
travesura_, le había dado celebridad, más que por su mérito indudable
de bien hecha y de castizo lenguaje, por la que llegó a tener aquella,
hoy olvidada, y entonces y poco antes aplaudidísima música de Mehul,
sobre todo, cantada por nuestro Manuel García. Había asimismo puesto
en excelente castellano el mismo Ogirando la comedia francesa _Les
Marionnettes_, a que él llamó _Los Títeres_, obra de Picard, hoy
completamente decaído del alto concepto de que gozó, aunque, en mi
pobre sentir, hay más injusticia en el extremo de su actual descrédito
que la había en el de su antigua celebridad. No sé de qué otros
conocimientos podía blasonar Ogirando fuera del de las lenguas francesa
y castellana, siendo en la última verdadero purista: lo cierto es
que no dio grandes muestras de sí, pero que tuvo fortuna, pues su
periodiquillo vivió hasta 1814, siempre recibido con algún favor,
habiéndose desde luego alistado en el partido que tomó el apellido de
liberal de allí a poco. Pobre cosa era _El Conciso_, pero tal cual
era, si no ayudaba, servía. Recién abiertas las Cortes, publicó uno
a modo de número supletorio, al cual nombró _El Concisín_, que venía
a dar a su _papá_ noticias de lo que en la isla iba pasando en el
Congreso; obra de escaso chiste, pero de algún efecto.
Dicho dejo que con atender a las cosas de las Cortes empezó un
entretenimiento nuevo, que llamó otros. En electo, venido el Congreso
a Cádiz en febrero de 1811, puede decirse que fue su venida principio
de la segunda parte del drama representado en aquella población sitiada
o bloqueada. Hasta para variar, vinieron las bombas o granadas como a
dar aviso de que estábamos en guerra y con el enemigo cercano, pero
con las bombas vino a multiplicarse las diversiones, abriéndose el
teatro y celebrándose fiestas de diversas clases al aire libre; estar
llenos de gente los paseos, animadas con la muchedumbre y buen humor
de los concurrentes las calles y plazas, y en medio de todo esto,
ventilándose con ardor todo linaje de cuestiones, no ciertamente con
los conocimientos venidos hoy a ser comunes, pero con más sinceridad
y calor al sustentar y esforzar errores que hay hoy para defender
verdades, siendo aquello las mocedades de un pueblo, llenas de
inexperiencia y superficialidad, pero ricas en ilusiones, cuyo valor,
en la flaqueza de la condición humana, a veces iguala y en alguna
ocasión supera al de la realidad misma.
Pintar esto más circunstanciada, aunque toscamente, será asunto a otra
parte de este artículo. Si en él me sucede ver las cosas de mis mejores
días como suelen verlas los ancianos, aun esto servirá para pintar cómo
pensaban y sentían los hombres de entonces, y una voz que sale de los
bordes del sepulcro tendrá algo en consonancia con la índole de lo que
conmemora.
Hermosa imagen han presentado a la vista y contemplación de los
lectores de todos tiempos los que, narrando y describiendo los sucesos
y escenas de la guerra por nosotros llamada _de la Independencia_, han
pintado a un pueblo dándose nuevas leyes mientras llovían sobre él las
bombas del enemigo sitiador, dueño además de casi toda la superficie
del país a que la novel legislación estaba destinada. Sin duda hay
ponderación, y no corta, al decir que caían las bombas como lluvia,
y más si se tiene presente que en la misma guerra hubo poblaciones
reducidas a escombros, o poco menos, sin desmayar por esto sus
defensores hasta la hora fatal en que llegó a ser imposible continuar
la heroica resistencia. Pero, según la expresión vulgar, así se peca
por carta de más como por carta de menos, y las bombas arrojadas a
Cádiz desde diciembre de 1810 hasta el 24 de agosto de 1812, si escasas
en número, particularmente en los primeros tiempos del bombardeo, y
menos destructoras que son por lo común tales instrumentos de ruina,
no dejaron, andando el tiempo, de caer con alguna frecuencia, causando
molestia y acabando con varias vidas, lo cual implica que para los
habitantes de Cádiz había entonces cierto grado, si bien corto, de
peligro.
Ya he dicho que, aun tomado por los franceses el fuertecillo de
Matagorda, a lo cual siguió establecerse los sitiadores en la Punta
de la Cabezuela, puesto el más cercano a la ciudad de Cádiz entre
todos los de la costa fronteriza, no se recelaba que pudiesen alcanzar
sus fuegos a la linda población, hecha por breve plazo capital de la
ocupada, pero no sujeta, España. De repente en un día de diciembre,
pasados ya diez meses de tener delante el ejército francés, como
estuviésemos los ociosos, no cortos en número, en nuestro acostumbrado
lugar de reunión en la calle Ancha, llenándola toda de acera a acera
en corrillos de parleros, se difundió la voz de que había caído una
granada o bomba cerca del Hospital de mujeres, esto es, en un lugar
muy del centro de la población. Al oír tal noticia, la primera idea
fue tratarla de patraña. ¿_De dónde_ había de venir tal bomba? Sabido
era que de la costa opuesta no podía ser, pues todos sus puntos
estaban fuera de tiro de la plaza, aun para los morteros conocidos de
mayor alcance. Por mar, sí, era fácil meter bombas y granadas en el
recinto de Cádiz, pero los franceses no se atrevían a asomarse con
sus cañoneras fuera de las bocas del Guadalquivir y Guadalete, y si
bien algún botecillo o lanchilla podía haberse escurrido por entre las
fuerzas navales que protegían la ciudad y bahía, no así una bombardera,
que es embarcación pesada y poco manejable, y ha menester otras que le
den compañía y amparo. Y suponer que lo juzgado bomba fuese un aerolito
enorme, no era menor desatino, y además, de aerolitos poco se sabía
entonces, siendo voz que ni en el Diccionario de la Academia estaba.
Con todo esto, la curiosidad hubo de llevarnos a muchos al lugar que
nos daban por teatro de tan singular suceso. Llegados allí ya, a nadie
quedó duda: había caído una granada de mediano tamaño. Al caer, en
lugar de reventar con estrago, se había abierto como si la hubiese
quebrado o rajado la violencia del golpe. Esto consistía en que en vez
de venir toda rellena de pólvora y con una larga espoleta, al acabar
de consumirse la cual revientan los proyectiles huecos causando grave
daño sus cascos, que suben y se extienden de resultas de la explosión,
venía casi atestada de plomo, y con tan corta cantidad del material
destructor, que no era bastante a lanzar con violencia hecho pedazos
el hierro. Veíase, pues, ser aquel un nuevo invento del arte, en que
el aumento de peso se había hecho necesario para dar más alcance al
proyectil que se arrojaba. No fue agradable esta ocurrencia, la cual
podía traer en pos de sí consecuencias muy superiores a las que tuvo,
pero causó más admiración que terror; y como a la primera granada no
siguiesen otras en no corto tiempo, hasta llegó a creerse abandonada
una idea que si había parado en algo, era en muy poco. Olvidadas
estaban las granadas cuando vinieron las Cortes de la isla: sus debates
llamaban en gran manera la atención. En las cosas de la guerra no
dejaba de pensarse, pero tal vez menos de lo debido. Sin embargo,
yendo a terminar febrero de 1811, empezó a prepararse una expedición,
de la cual nada menos se prometían las gentes, y aun el Gobierno, que
la derrota del enemigo y el levantamiento del sitio de Cádiz; porque
fuerzas respetables inglesas y españolas, con un regimiento portugués,
salidas de la isla gaditana y desembarcadas en Algeciras, venían a
embestir a los sitiadores por la espalda, mientras una salida de los
sitiados, hostilizándolos por el frente, los reducía a estar cogidos
entre dos fuegos. A la historia toca definir cómo fue el malogramiento
de esperanzas en gran parte fundadas, a pesar de haber conseguido los
ingleses en el cerro del Puerco una victoria indudable, si bien los
historiadores franceses tienen el descaro de afirmar lo contrario,
dando motivo al aserto mentiroso que desavenencias entre los aliados
hicieron inútil la ventaja alcanzada, y que un revés anterior llevado
por nuestras armas había puesto las cosas en tal estado, que no era
posible ya sacar de la expedición ventajas considerables. Pero lo que
por ser pequeño no merece mención en la historia, y si en una pintura
de aquel tiempo, fue el papel que en estos sucesos representaron, o
diciéndolo con propiedad, representamos los voluntarios de Cádiz.
Risa dará a los hombres de ahora la importancia que dimos a una cosa
pequeñísima; pero así éramos, y cuales éramos debemos ser considerados.
Hasta entonces aquella milicia, casi en todo semejante a la nacional de
nuestros días, no había pasado de cubrir los puestos del casco de la
plaza con los anejos castillos de San Sebastián y Santa Catalina, con
su uniforme pardo, o de lucir el encarnado, remedo del inglés, en la
procesión del Corpus y otras fiestas, haciendo triste figura con sus
galas, porque los sombreros de picos o apuntados con que cubríamos
la cabeza, eran diferentísimos en hechura, produciendo esto en la
tropa formada un efecto desagradable a la vista. Pero necesitándose
emplear en la expedición destinada a pelear fuera de la isla gaditana
y en las líneas de esta la numerosa fuerza que las guarnecía, hubo de
resolverse que, saliendo del recinto y murallas de Cádiz, fuésemos los
voluntarios a cubrir los puestos avanzados de la Cortadura y baterías a
ella inmediatas, a no larga distancia de la boca del Trocadero con los
fuertes de Matagorda y Ortluis ocupados por los franceses. Levísimo, o
aun puede decirse ningún peligro había que correr en aquellos lugares;
porque el castillo de Puntales, próximo a ellos, y donde solían llegar
las bombas y balas enemigas, y perderse vidas, no estaba incluido en
los puntos en que habíamos de hacer servicio. Pero así y todo nos
pareció la faena a que nos vimos destinados una verdadera salida a
campaña. Por su orden, los cuatro batallones que figuraban ser de línea
(vulgo guacamayos), y los dos de ligeros (alias cananeos), en seis días
consecutivos marchamos ufanos a nuestra grande empresa, siguiendo desde
entonces en dar guarnición a aquellos puntos. La música de un batallón,
pues solo uno la tenía, fue sucesivamente acompañando a todos en la
primera salida de cada uno. Tuvimos cuidado de hacer nuestras mochilas
lo más pesado posible, para dar prueba a los espectadores, y aun
dárnoslas a nosotros mismos, de nuestra fortaleza, elegimos para romper
la marcha el punto más distante de aquel donde íbamos a parar, a fin
de hacer con lo trabajosa más meritoria la jornada, y, acompañando con
el canto la música instrumental, entonando las canciones patrióticas
de aquellos días, en los cuales, como desde 1820 hasta 1823, era uso
dar muestras del patriotismo en el canto, caminamos entre aplausos, y
anduvimos una buena media legua con nuestra carga sin sentir fatiga;
¡tan ligero hacía el peso el nada fundado pero sí sincero entusiasmo!
Años después, la milicia nacional de Madrid hizo muy superior servicio
con igual celo, justificando con mayor motivo el entusiasmo que en
ella inunda, y en días más cercanos del nuestro, cuerpos de milicias
nacionales movilizadas han acreditado su buena voluntad y sufrimiento,
en servicio de campaña, si no en combates; pero en los días de que
voy hablando, obrábamos y sentíamos dominados por el hechizo de la
novedad, y si bastante había ridículo en nuestro orgullo, merecíamos
indulgencia por la candidez de nuestra soberbia un tanto fatua. Ni
una sola desgracia, aun de las más leves, ocurrió a los que hasta
1812 siguieron ocupando aquellos puntos, aunque de ellos a la batería
llamada la _Furia_, y además a la que tenía por nombre la _Venganza_,
solían llegar balas y aun granadas; pero, buscando a tiempo, como era
fácil, el abrigo de los salchichones de tierra y retama de que estaban
hechas, venía a ser ninguno el peligro.
Aunque llegó a ser modesto o enfadoso pasar tanto tiempo sobre las
armas, pues cada seis días había que entrar de guardia, y en hacerla en
los puntos fuera de puertas se consumía buena parte de dos; con todo,
lo divertido, pues lo era hasta cierto punto, de la ocupación, hacía
la molestia llevadera. Las inmediaciones de la Puerta de Tierra habían
sido, y por muchos años han seguido siendo para los gaditanos, lugar de
recreo y fiesta, y por cierto, rara vez de recreo provechoso. Pasaban,
pues, los días de guardia como de gresca y broma, siéndolo de comilonas
en los vecinos ventorrillos. De esto padecían algo las costumbres,
siendo ello uno de los males que trae consigo el dar a los paisanos
hábitos de soldados sin el freno de la disciplina.