propongo contar hechos heroicos, ni crean que recomiendo la estancia
en una plaza fuerte, verdaderamente asediada y combatida, como una
situación halagüeña. Intento, al refrescar en la mente antiguas
memorias y pasarlas a la pluma, y de ella a la estampa, poner a la
vista de la generación presente algunas escenas del singular drama
que se representaba en Cádiz cuando estaba al frente, en la opuesta
costa, el ejército enemigo, dueño ya, aunque no bien asentado en
su posesión, sino muy al contrario, de las tres cuartas partes del
territorio español, y representante del poder del imperio francés bajo
el varón más sin igual que vieron todas las edades. Fueron los actos
de heroísmo nada escasos en la guerra que sostuvo España en desagravio
de su honor ofendido y en defensa de su independencia, pero de estos
no hubo de caber parte a los vecinos de Cádiz, si bien muchos de
ellos se señalaron en la campaña, porque su ciudad, protegida por la
naturaleza, les facilitaba resistir sin estragos ni graves peligros.
Así, mal puede llamarse sitio o aun bloqueo lo que hacían los franceses
respecto a la desde entonces llamada isla gaditana. La relación de
unos con otros beligerantes en aquellos lugares, desde febrero de 1810
hasta agosto de 1812, creó un estado anómalo, compendiando o abreviando
a España hasta tenerla encerrada en reducidísimos límites, pero sin
quitar el carácter de la potencia España a aquella cortísima porción
de su territorio. Por esto, cuando los sitios afamados de Zaragoza
y Gerona, y aun los menos célebres, pero dignos de recordación y
alabanza, de Astorga, Ciudad Rodrigo, Tortosa, Tarragona y algunos
más, trajeron a los sitiados horrorosos males, donde fue probado su
heroísmo, a los moradores en Cádiz y la vecina isla de León (hoy ciudad
de San Fernando) cupo en suerte un buen pasar a corta distancia de los
fuegos de un contrario poderoso.
Ni con esto pienso rebajar el mérito contraído por una ciudad de que
soy hijo, a la cual conservo amor entrañable. No puede afirmarse
qué habrían hecho los gaditanos puestos en grande apuro, y sujetos
a los más duros rigores de la guerra; pero lo que les tocó hacer lo
hicieron bien, portándose como buenos españoles. Ya en otro lugar de
estos recuerdos he contado que dieron a los ejércitos una buena suma
de voluntarios, y también he referido que el batallón de tiradores
de Cádiz, compuesto si no todo de gaditanos, de moradores de aquella
ciudad y sus cercanías, hizo en Lerín, en octubre de 1808, una gloriosa
defensa, cabalmente en los días en que, amortecida la llama que tanto
brilló en los primeros sucesos del alzamiento, y tanto estrago causó en
el enemigo, empezaba la época de los reveses, no sin mengua del crédito
de nuestros soldados. También he dicho que todo había sido paz y
sosiego en Cádiz desde febrero de 1809 hasta ir a terminar el enero del
año siguiente. Pero entonces, invadida la Andalucía con resistencia
cortísima de nuestras escasas y desalentadas tropas, venían con gran
poder sobre Cádiz los franceses. Suya era casi toda España: fuera de la
Península ibérica no contaba el emperador francés con un solo enemigo
en el continente. Por un momento parecía como que flaqueaba en los
españoles el propósito de resistir a todo trance al invasor, dado que
la resistencia solo podía parar en ser vencidos y al cabo sujetos. Sin
embargo, nadie pensó en Cádiz en abrir las puertas a los a la sazón
vencedores. Resistir era tenido por cosa precisa y como natural.
Uno de los graves inconvenientes con que se hacía necesario luchar
era con la falta de Gobierno. Verdad es que el de la Junta Central,
por un año establecida en Sevilla, había decretado trasladarse a la
isla de León; pero la Junta Central había caído en sumo desconcepto,
por cierto no merecido, a lo menos hasta el punto a que había llegado
en aquella hora. Sabíase confusamente que en Sevilla un medio motín,
con pretensiones de revolución, había sustituido al malaventurado y
desconceptuado Gobierno que lo había sido de España el de la antigua
Junta de provincia, reforzada con algunos personajes malcontentos e
inquietos; pero el recién formado o resucitado cuerpo era a modo de
fantasma o visión, que a soplo mucho menor que el del furioso viento
que todo lo iba barriendo y desbaratando, debía desaparecer resuelto
en humo o niebla. Cádiz no hizo caso del recién nacido poder, ni del
antiguo, que reputaba difunto, y apeló al recurso de aquel tiempo,
en que era fácil y común nombrar gobierno creando una Junta. De ella
hizo cabeza el que era gobernador militar y político de la ciudad, el
general don Francisco Javier Venegas; militar antiguo, general que
había mandado con varia fortuna, literato, caballero cumplido con mucho
de cortesano, aunque poco había vivido en la corte; hombre, en fin,
de los que aciertan a ganarse las voluntades. Los demás de la Junta
fueron nombrados por un método regular y por elección indirecta, que
era lo que privaba entonces, o, digamos, el único sistema electoral
conocido.
Sentado ya que había de resistirse y nombrada Junta, la cual, por
supuesto, a ninguna autoridad superior obedecía, a lo menos en algún
tiempo, quedaba y era urgente llevar el propósito a efecto.
Si algo podía disminuir el valor de la animosa resolución de
defenderse, era la firme fe de que Cádiz y aun la isla eran
inexpugnables. Ya había pasado por tal Despeñaperros, y acababa de
desmentirse su alto concepto; pero un caso no probaba contra otro;
sucediendo, como en otros lances de la vida pública o privada, ser vana
en su significado la palabra escarmiento, no solo en cabeza ajena,
sino a menudo hasta en la propia. En cuanto a la ocasión de que voy
hablando, se veía el puente de Suazo echado sobre un brazo de mar
con agua harto profunda; baterías rasantes a los lados del extremo
que va al continente; alrededor, por la parte de afuera, salinas
pantanosas, donde solo puede andarse por angostísimos pasos conocidos
solo de los salineros, y fuera de los cuales perece hundiéndose quien
temerariamente se arroja a pisar el terreno engañoso; y se colegía
de todo ello, no si razón, pues acreditó después la experiencia ser
muy fundada la confianza, que obstáculos tales no podían ser vencidos
por los agresores. Pero se olvidaba que la ciencia y el valor en la
guerra superan los más formidables, y que para la defensa de puntos,
aun siendo fortísimos, se ha menester gente numerosa que los presidie.
Esto faltaba en Cádiz, y porque inesperadamente fue suplida esta falta
pudo la isla gaditana tener al frente al poderosísimo enemigo durante
treinta meses y días, sin peligro casi, con pocos inconvenientes, y de
modo tal, que la vida allí vino a ser, no meramente tranquila y cómoda,
sino agradable y divertida. Fuese como fuese, aun con la escasa fuerza
que había en Cádiz y la isla de León comenzó a prepararse la defensa.
De la del puente de Suazo no trató inmediatamente el vecindario de
Cádiz, dejándola a cuidado de la autoridad militar entonces obedecida.
Pero las inmediaciones de la ciudad podían ser puestas en estado de
buena defensa, construyendo y asimismo derribando lo necesario a
dificultar su empresa a los sitiadores que se veían en perspectiva.
Tenía Cádiz, y tiene otra vez hoy, fuera de la punta de tierra, por
donde solo puede ser atacada, buen número de casitas y jardines, pobres
o chicos, aunque aseadas y bonitas las primeras, áridos los segundos, a
los cuales envía de continuo el mar grandes cantidades de arena, cuya
humedad salitrosa en breve desaparece, volviéndose seca y enemiga de
la vegetación, aunque no a punto de destruir la que existe, pero sí
de dejarle poca belleza o frescura. Estos edificios era forzoso echar
por tierra, dejando llano y liso el terreno donde, llegando ocasión de
ello, pudiese jugar bien la artillería de la plaza. Aun antes de venir
a caso tal, convenía detener al enemigo agresor, y particularmente en
lugar tan distante que desde él no pudiese mortificar al vecindario
y destruir el caserío, arrojando a la ciudad bombas. Para ello había
sido trazada y empezaba a levantarse la Cortadura que ya he descrito en
otro artículo de estos mis recuerdos. Poco se había adelantado en ella
desde que, once meses antes, había sido teatro donde fue representada
la escena de la supuesta traición descubierta y del fácil vencimiento
de los _polacros_. El lienzo de cantería estaba hecho, así en la parte
de la cortina como en la de los baluartes, pero por otras nada había,
faltando aún el terraplén o piso de la muralla.
A remediar tales males o peligros acudió solícito todo el vecindario de
Cádiz, quiero decir, todos los vecinos varones y no impedidos. Era de
ver el gentío que poblaba las afueras de aquella linda ciudad, todo
él compuesto de trabajadores aficionados. Como sucede en ocasiones
semejantes, reinaba entre el bullicio la alegría, sin que se pensase
en que la causa de tal concurrencia más era para dolerse que para
alegrarse. Frailes robustos, de aquellos de que sacan copias los
enemigos de las órdenes monásticas para ridiculizar sin razón a todos,
asidos de gruesas sogas tiraban de parte de las casitas destinadas a
ser derribadas, y en breve las igualaban con el suelo, entre risas y
pullas de las que solían usarse con los de su hábito, a los cuales a
un tiempo, con notable contradicción, se tributaba respeto y se hacía
objeto de sátira, a veces grosera, mientras ellos, acostumbrados a
recibir tiros de saetas sin punta y arrojadas sin intención de dañarlos
menoscabando su poder o influencia, correspondían de buen humor con
dichetes iguales a los de que eran objeto. Hombres de todas las
edades, cuyos vestidos declaraban ser su condición y situación en la
vida social cuando menos acomodada, formando cadena, pasaban de mano
en mano espuertas llenas de tierra, revueltos con gente de inferior
clase para la cual era más fácil, aunque en ellas no fuese costumbre,
tal trabajo. Suplían el celo y el número la falta de fuerzas o de
habilidad, y animaba a los trabajadores ver cuánto adelantaban, porque
en poco tiempo quedó levantado el alto terraplén, que apisonaban otros
a costa de salir con los brazos, si no lastimados, doloridos.[33]
[33] Me acuerdo del buen humor con que acudíamos a trabajar,
formando una como cuadrilla los que solíamos concurrir a
la tertulia de la marquesa de Casa-Pontejos, madre de la
excelentísima señora marquesa de Miraflores. Eran estos, entre
otros, el duque de Híjar (Agustín), poeta si no de gran mérito,
no del todo malo, y regular literato; el actual duque (entonces
conde de Salvatierra); el conde de Casa-Tilly (después marqués
de Iturbieta); el que llevaba por su mujer el título de
Casa-Pontejos; don Fernando Silva (no el afamado corregidor
de Madrid, don J. Vizcaíno), y algunos más hoy borrados de mi
memoria, y todos, menos el duque de Híjar y yo, salidos ya
al teatro del mundo. ¡Con qué alegría y ardor pasábamos de
mano a mano las espuertas de tierra, y las contábamos para
gloriarnos de lo activo de nuestro trabajo! No así con el
pisón, pues yo le hube de tomar creyéndole obra poco penosa, y
tuve que soltarle en breve, lleno de dolores en los brazos. Una
enorme caldera llena de arroz con buenos tasajos servía para
reponernos de la fatiga, y metíamos en ella nuestras cucharas,
de palo, pero limpias y cada día nuevas.
Duró cosa de una semana este trabajar de todos sin orden ni regla,
pero al cabo del breve plazo que acabo de decir, entró un arreglo
dispuesto por la autoridad, que fue dividir la ciudad en barrios para
el trabajo, y hacer que cada día fuesen los de aquel al cual tocase a
hacer la necesaria faena. Ni aun por esto, a pesar de que ya privaba
algo al trabajo de su calidad de voluntario, cesó el celo durante
algunos días; pero empezó la hora en que con el cansancio venía la
tibieza, perdiendo además la obra el atractivo de la novedad, si bien
por fortuna entonces lo más urgente estaba hecho, y por otra parte
quedaba muy disminuida la importancia de la Cortadura, porque otro
era ya el punto destinado a tener a raya el poder francés, salvando
la independencia de España y, aun bien puede afirmarse sin jactancia,
por consecuencia de la de España la de Europa, rescatando gobiernos y
pueblos la que tenían perdida.
Mientras se trabajaba en la Cortadura, y era esto el principal
entretenimiento de los gaditanos, la inesperada aparición del duque
de Alburquerque con su división, con dar guarnición suficiente a las
líneas del brazo de mar que va desde la _Carraca_ a _Sancti Petri_,
aseguró la posesión de la empezada a llamar isla gaditana a los
sustentadores de la independencia.
No es asunto de las presentes páginas contar de nuevo la historia de
aquellos días, referida ya por mejor cortadas plumas, y hasta por
la misma, tosca y pobre como es, de que salen estos renglones. En
ellos me propongo solo decir lo que a la historia no compete, por ser
demasiado humilde; lo que han callado quienes lo vieron; aquello de que
hoy existen pocos que hayan sido testigos presenciales; pocos, y que
parecemos ruinas en pie, pero en quienes no está mal, cuando podamos,
que hablemos, pues no somos piedras, y que presentemos a la generación
presente algunos cuadros de costumbres donde conozcan las de sus
abuelos.
No obstante estar preparados a todo, la aparición de los franceses al
frente de Cádiz no dejó de producir un efecto desagradable, o, cuando
menos, solemnemente triste. Era el día 5 de febrero. Brillaba, como
suele allí casi de continuo, el sol, siendo no infrecuentes, pero sí de
corta duración, los nublados; y la atmósfera, pura y despejada, rival,
si no superior a la de Madrid en sus bellos días, permitía ver los
objetos distantes con claridad asombrosa.
En la expectativa del poco grato espectáculo cuya aparición era segura
y se veía próxima, estaban los moradores de Cádiz, armados muchos de
ellos con anteojos, poblando torres y azoteas, y la muralla que mira al
norte, clavada la vista en la contrapuesta costa, y de ella en el punto
llamado de Buena Vista, por donde es el camino de Jerez al Puerto de
Santa María, principal medio de comunicación de lo interior de España
con las poblaciones que rodean a Cádiz. De repente se divisa polvo:
a poco aparecen tropas de caballería, reflejando un tanto la luz del
sol las capas blancas y cascos de acero de los dragones franceses que
venían delante de las demás tropas de su nación, en ordenanza como de
quien no espera tropezar con oposición alguna inmediata. Singular cosa
era ver aquella gente, a la par odiosa y temible al pueblo español, y
verla sin recelo, aunque no para recibirla como a amiga; efecto ello de
la disposición de aquellos lugares. Así es, que si nadie los vio con
gusto, no hubo quien los viese con miedo, y hubo de suceder, aun a los
tímidos, lo que al cordero de la fábula, que en el bien guardado redil
hasta llegaba a echar fieros y retos al lobo.[34]
[34] No esta de más repetir aquí la noble y sencilla respuesta,
dada por Cádiz a la intimación hecha por los franceses para
que se sujetasen a José Bonaparte: «La ciudad de Cádiz, fiel
a los principios que ha jurado, no reconoce otro soberano que
al señor don Fernando VII». Y tampoco parece excusado renovar
aquí la memoria de los agravios y calumnias de la historia de
_El Consulado y el Imperio_, de M. Thiers, que en lo referente
a otros pueblos que al francés, no pasa de obra de invención.
Dice el calumniador de España que los habitantes de Cádiz, muy
confiados en la fuerza natural de su ciudad y en el apoyo de
las tropas inglesas, dieron suelta a sus pasiones, _opusieron
insultantes bravatas a las intimaciones de los franceses, y
anduvieron alborotados, divididos, mofándose unos a otros, y
todo ello impunemente_. A esto hay quien llame historia, e
historia exacta e imparcial. Bien que ya va despertando el
mundo en cuanto a la obra de Thiers. Los ingleses, que la
llevaron con paciencia, comienzan a probar sus falsedades.
Hasta hay ya franceses que la censuran con rigor. Y es de creer
que se arrepientan de haberla alabado como imparcial y verídica
españoles a quienes alucinó su indudable gran mérito; mérito,
sin embargo, oscurecido por gravísimas faltas.
No tardaron los franceses en acercarse al puente de Suazo. Entonces
empezó a correr la noticia de que, adelantándose a reconocer las
baterías, algunos pocos dragones hubieron de aventurarse a pisar el
terreno de las salinas, en el que se hundieron caballos y hombres hasta
quedar sepultados, lo cual se celebraba con risadas, ponderándose el
apuro que debieron tener al ir hundiéndose en el fango con la ferocidad
con que celebra la pasión la desventura de un contrario aborrecido.
No sé si fue cierto este suceso; pero bien pudo, y, fuese o no
verdad, sirvió para confirmar en la opinión de que era aquel terreno
intransitable, dando a los que estaban detrás de él seguro amparo.
A pocos días ya no fue el puente de Suazo el límite entre el reino
que dominaba el intruso José y el que reconocía por rey al cautivo
Fernando. El duque de Alburquerque salió de la isla de León, y ocupó
un puesto que dista de ella sobre un cuarto de legua, donde había un
portazgo, y que estaba vecino al caño de Zurraque. No sé por qué no
le disputaron la posesión de tal punto los franceses. Ello es que,
teniendo condiciones para la defensa iguales a la del puente mismo,
y además la ventaja de ser punto más avanzado, se plantó allí una
batería llamada del portazgo, la cual no fue ni siquiera formalmente
atacada por el enemigo durante los treinta meses que siguió al frente
de aquella España en compendio, y el poder que se dilataba hasta las
riberas del Báltico hubo de respetar aquellas obras de pobre aspecto,
pero de verdadera fortaleza.
Quedó, pues, la isla de León segura a la par que la ciudad de Cádiz.
Así es que en ella murió legalmente la Central e hizo su testamento,
instituyendo por heredero al Consejo de Regencia. Allí se estableció
este y tomó el carácter de Gobierno Supremo de España, sin que se le
negase Cádiz, aunque por lo pronto no se le reconociese del todo,
siendo objeto de su amor exclusivo, cuando el amor no era corta parte
del poder de la autoridad, su nueva Junta.
La isla de León vino a ser para los gaditanos lo que para Madrid un
Sitio Real cuando en él residía la corte, lugar donde era común,
y con frecuencia necesario, ir para negocios, y asimismo a veces
para diversión y recreo. El camino estaba en buen estado, y era
completamente seguro, pues ni aun cuando pudiesen alcanzar allí los
fuegos de los franceses, malgastarían ellos su pólvora o municiones en
disparar a blanco incierto, donde, aun acertando un tiro, sacarían de
esto muy escasa ventaja.
Febrero, marzo y parte de abril fueron para las dos poblaciones
asediadas una época de tranquilidad. Algo molestó al principio la
carestía, pero cesó pronto, recibiéndose toda clase de auxilios de
lugares vecinos y lejanos y de tierras extrañas. Estando aliados los
españoles con los ingleses, participaban de la dominación de estos
en el mar para traficar en toda clase de géneros. Galicia, libre de
franceses desde junio de 1808, y nunca vuelta a ocupar por ellos,
aun cuando se enseñorearon de poco menos que toda España, enviaba
a sus hermanos de la isla gaditana los abundantes productos de sus
árboles, pastos y corrales; los otros pueblos de la costa de España,
especialmente los de Andalucía, no bien salían de ellos los soldados
franceses, que mal podían estar en todas partes de continuo, cuando se
ponían en comunicación con la España de que eran parte, la cual existía
allí donde estaba el Gobierno nacional, o, digamos, donde se reconocía
estar la cabeza del cuerpo moral llamado patria, cuerpo cuyos miembros
bien podían estar en sujeción al titulado rey José, pero que siempre
se miraban y en efecto eran partes de un todo que no podía dominar la
fuerza material, porque estaba por su índole fuera de su jurisdicción o
de sus alcances. Así es que, como dos meses después de formalizado el
bloqueo, que solo lo era por la parte de tierra, llegaron los alimentos
a un precio razonable, manteniéndose el importante artículo de la carne
de vaca a seis reales la libra de 32 onzas, y las demás carnes y pan en
proporción a esto, y abundando las verduras, frutas y otros regalos.
Los aljibes provistos de agua llovediza, que es delgada y sin sabor,
bastaron a impedir que hubiese sed, sirviéndoles de suplemento algunos
pozos, cuyo contenido, si menos grato, por ser el agua algo menos
delgada, nada tenía de salobre.
Hostilidades apenas había. Las escuadras inglesa y española surtas en
la bahía, y más aún las numerosas lanchas cañoneras de ambas naciones,
disparaban a veces a los enemigos situados en la costa opuesta.
Asimismo, en las líneas alguna vez se hacía fuego; pero tan inútil uso
de pólvora y el no más provechoso sacrificio de algunas vidas, nada
podían influir en el éxito de la contienda pendiente.
Un suceso desagradable interrumpió, si no del todo o en todos, el
sosiego material, o el del espíritu en aquel periodo. Pocos días
después de haberse presentado delante de Cádiz los franceses, y en
los primeros días de marzo, en que acertó a ser el Carnaval (del 4
al 6), rompió un furioso temporal del S al SO tal, que recordó a los
gaditanos el que siguió inmediatamente al combate de Trafalgar, al
cual superó en violencia, aunque no en duración, no habiendo este
último excedido del término de tres días. Hasta a los acostumbrados
a escena tan aterradora como lo es la que presenta la casi aislada
Cádiz cuando, movidas las olas por un viento parecido, aunque no
igual, al huracán, amenazan tragarse aquella tierra baja, expuesta a
los efectos de su furia, horrorizaban el ruido del mar y del viento,
la atmósfera cargada de nubes, la espuma marina cayendo a la par
con la lluvia, los edificios estremeciéndose a los recios embates
a que oponían resistencia, al parecer, si bien no en realidad, por
demás flaca y precaria. A los venidos de tierra adentro hubo de ser
objeto de pasmo y terror espectáculo tan horrible y grandioso. En
medio de él, dos de las reliquias de nuestra antigua marina, y de
estos uno el navío de tres puentes de más porte entre los de nuestra
Armada,[35] fondeados en paraje poco seguro, porque en lo interior
del puerto habrían sido molestados y aun destruidos por los fuegos de
los franceses, garrándoles las anclas o rompiéndoseles los cables, se
fueron con mediana rapidez, pero con inatajable curso, hacia la costa
donde estaba el enemigo.
[35] _La Purísima Concepción_.
Fue imposible socorrerlos, y llegando casi a dar en tierra, fueron
desamparados e incendiados. Aumentaba la pena ver lo irreparable de la
pérdida, porque no era tiempo de pensar en construir buques nuevos.
Algo pudo mitigar el dolor considerar que lo que entonces hizo el furor
de los elementos lo habría venido a hacer en no largo plazo la misma
naturaleza por otro medio, causando en los viejos cascos la podredumbre
que trae consigo la muerte.
Mediando abril, una mañana empezó a ensordecernos y hasta a conmover
la tierra un espantoso ruido. Las cañoneras, los navíos, nuestras
baterías, las enemigas habían roto un fuego vivísimo y continuado.
Decían los viejos acostumbrados a la guerra que nunca desde el día en
que combatieron con feliz éxito a Gibraltar las baterías flotantes
habían oído los hombres tronar a un tiempo tantos cañones de tan
gruesos calibres. Pasmoso era el efecto que producía; pero, si causaba
dolor considerar que una grande efusión de sangre acompañaba aquel
estruendo (punto en el cual hubo de ser exagerada la suposición, pues,
como sucede en casos tales, no correspondió el estrago al ruido), no
hubo asomo de temor en cuanto a la seguridad de Cádiz o de la isla; tan
firme era la persuasión de ser inexpugnables las líneas, y estar, por
consecuencia, en completa seguridad la plaza, o digamos la ciudad de
Cádiz.
Un inconveniente de mediana gravedad resultó de aquel tremendo cañoneo.
Se perdió en él Matagorda, castillejo que mal podía conservarse,
quedando los franceses dueños de ambos lados de la boca del después
afamado canal o caño llamado el Trocadero, cuando antes lo eran de
uno solo. De resultas quedó insegura por demás para nuestros buques
la parte interior y abrigada de la bahía,[36] y aun casi cortada la
comunicación por mar entre Cádiz y la isla de León, antes, si no tan
segura, tan frecuente como la de tierra.
[36] Quizá con alguna inexactitud doy el nombre de bahía al
puerto de Cádiz. Pero hablo como suelen mis paisanos, que así
le llaman, diciendo los de la clase ínfima _la badía_. El
puerto allí es el de Santa María, o digamos, la ciudad de este
nombre. Sin embargo, se dice la boca del puerto a la entrada
del de Cádiz.
Otro mal resultó de la pérdida de Matagorda, que entonces no se
preveía, y fue que desde el cercano lugar llamado punta de la
Cabezuela, pudieron los enemigos arrojar granadas a la ciudad de Cádiz,
reputada hasta allí, y con razón, fuera de tiro, según lo que alcanzaba
la ciencia teórica y había acreditado la experiencia.