uniforme referido de casaca larga y sombrero de picos para el
servicio diario en las guardias y patrullas, los voluntarios
de línea tuvieron otro, compuesto de las prendas siguientes:
casaca corta de color pardo con cuello, solapa pegada, y
vuelta anteados, pantalón igual a la casaca en invierno, y
de mahón en verano, y sombrero redondo con chapa de latón
blanco y un plumero pequeño, lo cual no disonaba, porque
entonces con sombrero igual cubrían la cabeza los soldados
de marina ingleses. Parecería una ridiculez recordar estas
cosas del vestido, si no viésemos que de olvidarlas resultan
inconvenientes. Hoy en un cuadro (de gran mérito por otra
parte) destinado a representar la apertura de las Cortes de
Cádiz en 1810, se ven los españoles de aquellos días pintados
no con el traje que usaban, sino con el de los franceses de
quince años antes, o digamos de la Convención, y tal vez del
Directorio, o del Consejo de los Quinientos.
[29] Permítaseme aún aquí dar satisfacción a mi manía contra
los corruptores de nuestra lengua. He dicho y escrito (no
sin encontrar aprobadores) que muchos de los galicismos hoy
corrientes nacen, no de haber leído mucho obras francesas,
sino de conocer poco el idioma de nuestros vecinos. Esto
sucede a los que traducen _tricorne_ por _tricornio_. Llamaban
los franceses _chapeau à trois cornes_ a lo que nosotros
sombrero de tres picos. _Corne_ en francés es, pues, _pico_ en
castellano, tratándose de sombreros. _Tricorne_ es abreviación
de _trois cornes_, y si nosotros fuésemos a hacer una igual o
parecida deberíamos decir tripico, pero no podríamos porque
sería voz ridícula que sonaría como cosa de _tripas_. De todos
modos, como _cornio_ en castellano no es pico de sombrero,
es tricornio un barbarismo inadmisible. Dicho sea esto sin
esperanza de corrección en los tricornistas.
A los que llevaban por nombre el de la gente infiel de Canaán no
valía tal calificación el ser reputados descreídos, sino el uso de
la cartuchera delante del vientre, conocida con la voz de _canana_,
que venía bien con el uniforme de las tropas ligeras españolas de
aquel tiempo, chaqueta con alamares ceñida, pantalón igual en color
a la chaqueta, y en la cabeza lo llamado entonces morrión, y después
_chacó_, que iba anchando según subía. No me ciega pasión alguna al
afirmar que aquellos cuerpos se hicieron merecedores de bastante
elogio, y puede decirse de ninguna censura, salvo en el caso que es
argumento del presente trabajo, y en el cual lo que empezó por yerro,
y hasta por culpa, fue en breve remediado y compensado por un buen
servicio, aunque, si ha de decirse la verdad, ensalzado y premiado con
exceso.
En los voluntarios de Cádiz se habían alistado solteros, casados y
viudos; padres o hijos de familia; en suma, hombres a quienes, en caso
de haber quintas, tocaba entrar en sorteo, y otros que no estaban en
igual caso. Como aquí poco ha dejo apuntado, Cádiz había enviado muchos
mozos a las filas de los defensores de la patria en el campo; pero no
todos sus mozos, y de lo primero estaba muy ufana la población.
Sin embargo, iba llegando el caso de una quinta. El entusiasmo que
había llevado a empuñar las armas había cesado, o, dígase, los
entusiasmados ya las habían tomado, y los que en estado de usarlas no
lo habían hecho, habrían de hacerlo compelidos por la ley, si ya no
se dejaba sin refuerzos el ejército, muy necesitado de tenerlos en
abundancia. Corrió de súbito la voz que la quinta estaba resuelta.
Entonces hubo en algunos la singular ocurrencia de que a ella no debía
estar sujeta la población de Cádiz, fundándose la pretensión de tal
excepción en dos razones; de las cuales la primera era haber dado los
gaditanos más que su cupo, lo que debía tomárseles en cuenta como
contribución de sangre adelantada; y la segunda, que los voluntarios
estaban haciendo servicio militar, aunque no de campaña ni con el
enemigo al frente. No eran razones tales muy poderosas, ni se dieron
en términos expresos, pero corrían con no poco valimiento, haciéndolas
correr y esforzándolas los que temían y no querían entrar en cántaro,
y acogiéndolas con favor muchos, ya por temor de ver forzados a ser
soldados a sus parientes y amigos, ya por prestarse a creer lo que oyen
afirmar. En esto, gentes sin duda arteras inventaron y propagaron otra
voz, causa de disgusto. Los cuerpos de voluntarios (decían) iban a
salir a campaña por orden del Gobierno residente en Sevilla. Era enorme
desatino la suposición; pues nadie podía pensar en poner los paisanos
de Cádiz armados, los vecinos de la regalada Cádiz, frente a frente con
los aguerridos enemigos a la sazón victoriosos. Pero es común creer
los desatinos, y los que temían entrar en quinta y no querían salir a
campaña daban crédito aparente al desagradable rumor, por lo mismo que
no se le daban verdadero, embaucando a los sencillos.
Por el mismo tiempo había llegado a Cádiz, procedente de Sevilla, y con
no sé qué comisión del supremo Gobierno, de que era parte, el vocal
de la Junta Central, marqués del Villel, señor catalán de ilustre
alcurnia y alguna riqueza. El conde de Toreno en su historia es harto
desfavorable al del Villel, del cual dice que era, en la Junta Central,
de los más opuestos a las reformas y apegado a todos los rancios
abusos. Lo cierto es que el tal personaje era corto en saber, y al
parecer, no largo en luces, de condición desabrida y de insufrible
entono, aunque honrado y buen patricio y caballero. Su entono de gran
señor fue lo que más disgustó a los gaditanos, entre quienes figuraban
en primer lugar los comerciantes, no de los que pasan en otros lugares
con este nombre, sino de clase allí diferente de la de los tenderos,
y de ellos no pocos hidalgos por su cuna y enlazados con gente de la
nobleza inferior. El trato en Cádiz era fino, culto, y aun podría
decirse democrático, tomando esta voz en su mejor acepción; y, como
reinaba la igualdad, era chocante la pretensión de superioridad de la
gente de más alta esfera. El marqués del Villel disgustó, pues, por su
modo de hacer las cosas, más todavía que por las cosas que hizo, si
bien tiene razón Toreno en culparle de haberse entrometido en negocios
privados, averiguando el modo de vivir de las personas, y queriendo
arreglar familias entre sí mal avenidas, y corregir vicios a que no
alcanza, porque se los ocultan fuertes consideraciones, el rigor de las
leyes. Pero es lo cierto que estas pequeñeces, si contribuyeron no poco
a los excesos de que el del Villel estuvo a punto de ser víctima, no
fueron la causa principal que los trajo.
En la quinta que amenazaba está la causa, si no única, verdadera
del desorden y atentados que voy a referir inmediatamente. Del
ejército francés solían desertarse bastantes soldados de los numerosos
extranjeros que en ellos servían. Los convidábamos los españoles a la
deserción, haciéndoles presente que ellos también estaban padeciendo
bajo el yugo que contribuían a poner y agravar sobre la cerviz de un
pueblo que en nada se les había mostrado contrario. De desertores tales
pocos eran polacos, porque los hijos de nación tan agraviada casi todos
se habían dado con celo al servicio del emperador francés, de quien
esperaban fuese su redentor, y, siendo celosos de la independencia
propia, se mostraban crueles enemigos de la ajena. Sin embargo, los
polacos eran mirados entre los que componían los ejércitos de Napoleón,
si no con favor, poco menos, y, cuando no los más gratos, eran los más
nombrados entre la gente no francesa que militaba en los ejércitos de
los invasores.
De los desertores de que acabo aquí de hablar se habían formado algunos
batallones o regimientos, y a uno de ellos se dio la orden de pasar
a Cádiz, mediando febrero de 1809. Coincidió esto con el temor de
la quinta, con las patrañas a que el mismo temor dio origen, con el
disgusto que daba el marqués del Villel, y también con el mal aspecto
de la causa pública, siendo señaladas y repetidas las ventajas que a la
sazón alcanzaban las tropas francesas sobre las españolas. Dondequiera
abundaban combustibles hacinados, y en Cádiz causaron un incendio.
La chispa o la mecha que prendió fuego a tantas materias preparadas
para recibirle y extenderlo fue la próxima llegada del batallón de
desertores. De repente se oye una voz terrible: Cádiz estaba vendido:
los voluntarios iban a salir, y en su lugar iban a entrar los polacos
(a los cuales el vulgo gaditano, acostumbrado a hablar de barcos,
y habiendo de estos una clase con el nombre _polacras_, llamaba
_polacros_). La Central era bien o mal obedecida, pero lo era solo en
los puntos capitales; merecía a veces aprobación y la conseguía, pero
no inspiraba plena confianza, porque no estaba en posesión del afecto
popular, que en cada provincia quedaba reservado a sus respectivas
juntas. No era de extrañar que en tal cuerpo hubiese traidores. De
todos modos, lo necesario, lo urgente era impedir la entrada a los
_polacros_, de lo cual era consecuencia necesaria, aunque de ello no se
hablase, que los voluntarios no saliesen. La voz propagada fue señal de
un tumulto. Los fanáticos honrados de la clase inferior, y los amantes
de desorden, a quienes sucesos poco lejanos habían dado ser y valor,
acudieron a una señal, que lo era en su sentir de la hora de volver,
a su modo, por la causa de la patria, siempre puesta en peligro por
los traidores. El tumulto estalló y creció. Los alborotados salieron
en tropel voceando y amenazando por la Puerta de Tierra, por donde
venían, estando ya cercanos, los mal encubiertos enemigos a quienes era
necesario hacer frente. En el camino que va de Cádiz a unir la ciudad
con lo demás de España, se alza hoy, y entonces comenzaba a alzarse,
una obra de fortificación, llamada la Cortadura, porque lo era en el
arrecife o calzada, formándola un simple lienzo o cortina flanqueada
por dos baluartes, y bañada por el mar por uno y otro extremo. Había
comenzado esta obra don Tomás de Morla, destinándola a impedir que los
franceses, si penetraban en la isla gaditana,[30] pudiesen bombardear
a Cádiz.
[30] Es de advertir que la voz «isla gaditana», aunque muy
propia, solo empezó a ser usada entonces. Antes la ciudad de
Cádiz no daba nombre a la isla, y la población, hoy ciudad de
San Fernando, era llamada isla de León, con el aditamento de
Real. La isla geográfica dividida de la tierra firme por un
brazo de mar, sobre el cual corre el puente de Suazo, no tenía
nombre.
Digo que la obra estaba solo comenzada, pues quedaba del todo abierta,
y no podía hacer todavía ni una mediana defensa, no obstante lo cual,
había en ella ya cañones. Al llegar los amotinados a aquel punto, le
encontraron mal defendido, como debían ya saber; pero lo que les probó
ser su triste estado obra de la traición y no de falta de tiempo, fue
que, según afirmaban, hallaron los cañones llenos de arena. Que así
fuese era, no solo posible, sino probable, porque la mar azota con
furia aquellas playas y todo lugar a ella vecino, y sus olas, cuando
se encrespan, traen consigo gruesas cantidades de arena, que sacuden,
despiden y dejan en el terreno a que han llegado o se han acercado
cuando se retiran. Tal vez no había ni aun tal arena; pero si la
hubiese, fácil era vaciar de ella las piezas antes de hacer fuego. No
se paraban a hacer estos juicios críticos los sediciosos. La arena
hallada, o que creyeron hallar, fue un comprobante de la traición. En
esto apareció el batallón que venía de marcha, cansado, pacífico, ajeno
de recelo. Embistió de repente con los extranjeros la turba popular,
nada temible, pues hasta poco numerosa era. No hicieron defensa
aquellos pobres soldados, aunque bien podían, porque hubieron de quedar
pasmados al recibir tal hospedaje. Así es que no hubo ni heridos, pues
los extranjeros, atónitos, se dejaron hasta apalear, pero no mucho,
pues retrocedieron, y con mostrarse sumisos apaciguaron la furia de los
agresores.
Mientras esto pasaba fuera de puertas, dentro iba agavillándose
la gente alborotada delante de la casa del marqués de Villel. Los
vencedores de los polacos, vueltos triunfantes a Cádiz, aumentaron
la furia de la muchedumbre, si muchedumbre merecía llamarse aquel
número de personas, aunque no crecido, lo bastante para dominar sin
resistencia. El marqués fue declarado traidor, a lo que se siguió
el intento de matarle, como era uso hacer con los traidores. Iba
a ser allanada la casa y muerto el personaje, blanco de la ira de
los sediciosos. Entonces acudieron los voluntarios a defender a la
persona así amenazada. Hasta aquel momento habían sido espectadores
del tumulto, no aprobándole, aunque no faltase entre ellos quienes
le viesen con aprobación apenas encubierta, pero no haciendo cosa
encaminada o contenerle. No podía, con todo, aquel cuerpo consentir
en que se cometiese a su vista, estando armado, un asesinato. Así,
protegió al marqués de Villel, salvándole la vida, y le llevó entre
sus filas amparando su persona, mas no sosteniendo su autoridad, hasta
depositarle en lugar seguro. No había entonces más que uno que lo fuese
completamente en Cádiz, aun contando las iglesias: no había más que el
convento de los a la sazón archipopulares capuchinos. Allí quedó el
vocal del Supremo Gobierno de España reconocido por la misma Cádiz, y
quedó, si no en calidad de preso, poco menos. En salvo ya la vida del
marqués, nadie pensó por lo pronto en restablecer el imperio de las
leyes. Pero era necesario que hubiese quien gobernase aquella ciudad
y plaza fuerte, siquiera como titular, porque el gobierno quedaba en
la plebe alborotada. El empleo o puesto de gobernador en Cádiz no
estaba vacante, pues le tenía un don Félix Jones, mariscal de campo,
militar antiguo, cuyos servicios habían sido en la brigada irlandesa
de nuestro ejército, siendo, como declaraba su apellido, su familia
oriunda de Irlanda o de Gales; buen señor, y no mal oficial o soldado,
pero desigual sin duda a la situación en que se veía, y en que estaba
asimismo todo cuanto le rodeaba. Salvó al general Jones de completa
sospecha su apellido británico, y de que le temiesen los alborotados
su flaqueza; pero, si hubo de quedar libre de peligro, en su autoridad
quedó anulado.
Pasó Cádiz un día en poder de la plebe, pero la de Cádiz, por fortuna,
con alguna rara excepción, está exenta de ferocidad. No peligraron las
casas, ni en general las personas. Se gritaba, pero a nada se procedía.
En tal situación cerró la noche y vino con ella el sosiego.
En la mañana del nuevo día aparecieron las cosas sin notable mudanza.
Pero era imposible que, faltando todo freno a las malas pasiones,
faltase quien, impelido por ellas, se arrojase a cometer un crimen.
Desempeñaba a la sazón el cargo de comandante del resguardo don N.
Heredia, a quien relaciones de su familia con el príncipe de la Paz
hacían poco grato a la opinión popular, y a quien su ingrato empleo
forzosamente había de haber puesto en mal predicamento con la clase
algo numerosa, y nada buena, de los contrabandistas. No había el
pobre Heredia tenido ni la menor parte en la venida de los terribles
_polacros_, ni en los actos despóticos del marqués de Villel, ni en
cosa alguna de todas cuantas daban motivo al tumulto, pero no carecía
de enemigos, y la hora era propicia para que el que se quejaba con
razón o sin ella de un daño recibido se vengase. No acierto a decir,
porque no llegué a averiguarlo, cómo supo el desdichado que su vida
estaba en peligro, pero ello es que, en vez de esconderse, huyó, no sin
ser visto y seguido en la fuga. Al ir a embarcarse, o ya embarcado,
y a corto trecho de tierra, en una barquilla, fue alcanzado por sus
perseguidores, que le quitaron la vida. Tan inesperado asesinato causó
horror, y se vio que no podía seguir Cádiz sin gobierno. Jones nada
hacía y nada podía, y se ignoraba, no viendo que fuese algo de hecho,
si era o no todavía gobernador de derecho. Resolvió esta cuestión el
nombramiento de un nuevo gobernador militar y político, y la elección,
hecha no puede saberse por quién, recayó en el guardián de capuchinos,
llegando con esto a su apogeo el favor extraordinario de que aquella
orden monástica gozaba; y no sin razón digo a su apogeo, pues desde
entonces empezó a declinar, hasta llegar cuatro años después a un
estado de abatimiento cual nunca le había tenido en España. Había algo
de instinto popular en nombramiento tan ridículo, porque, recelándose
traiciones por todos lados, hubo de parecer la persona de más confianza
la más interesada en que no dominasen los franceses, y tal pareció
un fraile, pues aunque Napoleón al arrogarse el trono de España y
traspasarle a su hermano, sin darle absoluta independencia, lejos
de abolir desde luego las órdenes monacales, las había reconocido
hasta señalarles lugar representadas por sus generales en las Cortes
dispuestas por la Constitución de Bayona, bien veían los del clero
secular, y más aún los del regular, cercano el fin de su existencia
estos, y de su influjo aquellos con el establecimiento de un poder no
favorable a la libertad política y civil, pero sí desfavorable a todo
pensamiento religioso. Otro tanto veía el pueblo confusamente, como
suele él ver las cosas, y por esto nombró para gobernarle al capuchino,
si hombre poco a propósito para ejercer la autoridad en lo militar, y
aun en lo civil, de toda confianza en cuanto a no entregar la plaza de
Cádiz a los enemigos.
No puedo acordarme cuánto tiempo duró el gobierno del buen
guardián,[31] pero sé que acabó como por consunción en breve plazo, no
deponiéndole la Junta central, pero sí nombrando un nuevo gobernador
militar y político, cargos desempeñados entonces por una misma persona,
y esta de la clase de los oficiales generales.
[31] Está en su lugar contar una anecdotilla relativa a estos
sucesos. Venía en las horas a que la narración de arriba se
refiere, navegando para Cádiz, aun no bien restablecido de una
grave herida recibida en la batalla de Espinosa, el ilustre
general de marina don Cayetano Valdés, tan célebre en España
antes y después, y en Cádiz muy particularmente. Al ir a entrar
en el puerto, como pasasen cerca algunas barcas, el general,
deseoso de saber quién ejercía la autoridad militar con que
él había de entenderse, preguntó quién era el gobernador de
Cádiz. «El guardián de Capuchinos», le respondieron desde
lejos. Pareció bufonada de mal gusto al general la respuesta.
Pero al hacer igual pregunta a otra embarcación que pasó, oyó
también que era gobernador de Cádiz el guardián de Capuchinos.
Conociendo Valdés que es uso en las cercanías de Cádiz poner
en boga por temporadas un dichete más o menos o nada chistoso,
pensó que era la gracia de uso entonces decir que gobernaba el
guardián de Capuchinos. Pero llegándose al buque donde venía
y deteniéndose a un costado un bote (no sé si el de sanidad o
el del práctico), y reiterada la pregunta, y recibida la misma
respuesta, incomodándose el general de que le viniesen con
bufonadas, y manifestando su enojo, supo con admiración ser el
hecho que él deseaba saber lo que le había parecido burleta
necia. De boca del mismo general he oído, y más de una vez,
este lance.
No acierto a decir si fue bien comprendido en Sevilla el alboroto de
Cádiz, pero lo cierto es que hubo aplausos y premios solo hasta cierto
punto merecidos, y poca severidad e imparcialidad en el castigo, ya
dictase tal conducta el error, ya el disimulo.
A los voluntarios de Cádiz fueron dadas recompensas honoríficas, el
dictado de distinguidos y el uso de los cordones de cadete, todo ello
por haber amparado la vida del marqués, olvidando, o no sabiendo,
o callando que para enfrenar el alboroto, particularmente en sus
principios, cuando era cosa fácil, habían hecho poco o nada. El marqués
del Villel fue llamado a Sevilla y a la Junta, desagraviado con
palabras de aprobación y sin repugnancia suya a salir de una ciudad
en la cual había hallado más sinsabores que satisfacciones. Fueron
presos, creo que sin otros compañeros, dos jóvenes de Cádiz, ambos
instruidos, y que después hicieron mediana fortuna, don Manuel María de
Arrieta y don Pablo Massa, cuyo delito, o dígase cuyo supuesto delito,
pues fueron al cabo absueltos después de larga, pero no dura prisión,
y de una causa enojosa, era haber hecho el papel de representantes
del pueblo alborotado para expresar sus pretensiones. De la quinta no
volvió a hablarse, quedando exenta de ella los gaditanos, bien que en
ninguna población de España creo que fue llevado a efecto con la debida
regularidad y exactitud este modo de reclutar el ejército, poco propio
para días en que el entusiasmo hacía mucho y el poder de la autoridad
era corto, por lo cual acudían a las filas los que querían, y a los
renitentes o reacios nadie podía sacar de su retiro.
Del alboroto de febrero no quedó en Cádiz señal. Pasó allí tranquilo
el año 1809, causando alegría las pocas y cortas ventajas en el
mismo periodo conseguidas por nuestras armas, y dolor los grandes y
multiplicados reveses de las mismas en aquellos días aciagos; pero
reinando la tranquilidad más completa, de suerte que en momentos de
tantas penas tuvo Cádiz la felicidad de no tener historia, mientras
tan llena de sucesos estaba la de otras provincias. Los voluntarios
siguieron prestando buenos servicios, y manteniendo la ciudad en paz y
sosiego, de suerte que hasta el término final de la guerra no volvió
aquella población a ver un alboroto de consideración en sus calles, ni
cayó víctima de la furia popular persona alguna. Recién entrado el año
de 1810 fueron otras las circunstancias, en las cuales Cádiz, si no le
consistieron las suyas señalarse por actos de heroísmo, se acreditó de
fiel a la causa de la patria, haciendo por sustentarla sacrificios no
leves. Además, la ciudad que se entregó al gobierno de un religioso
poco después hizo a la causa de las reformas celoso acogimiento,
sucediendo allí a las doctrinas innovadoras y liberales lo que a planta
llevada a terreno bien preparado para recibirla y criarla lozana, y, en
cuanto no lo impiden desdichas inevitables, fuerte y robusta. Pero los
sucesos desde 1810 hasta 1813 no entran en el propósito del presente
artículo, y como son harto conocidos,[32] las memorias que de ellos
conservo no serán quizá transmitidas a la pluma como parte de los
recuerdos que con desaliño procuro dejar constantes para divertimiento,
si ya no para enseñanza, de la generación presente y de las futuras.
[32] Acaba de salir a luz una obra de mucho mérito en su
clase, y cuyo objeto es referir particularidades de sucesos
ocurridos en Cádiz, y de los méritos contraídos por aquella
población durante la guerra de la Independencia. El autor de
este librito, que es don Adolfo de Castro, está ya muy conocido
por muchas producciones de su pluma como hombre de nada común
erudición y laboriosidad, a lo cual agrega prendas de dicción
y estilo. Su obrilla contiene mil cosas, muchas de las cuales
conservaba en la memoria quien esto escribe, pensando pasarlas
al papel. Hoy no sabe si lo hará, pues lo que contaría como
hasta ahora ignorado, en gran parte ha pasado ya a ser sabido.
Pero si el señor de Castro ha hecho cuanto es dado hacer a la
erudición y diligencia más prolija, como no vio los tiempos
de que habla, sabe y cuenta bien lo que en ellos pasó, pero
no cómo pasó y con la fisonomía de los hombres y cosas de
entonces, lo cual no puede poner a la vista de sus lectores.
Hay, por otra parte, ocurrencias de que son narradores infieles
los documentos existentes, porque callan menudencias conocidas
de los que vivían cuando ellos nacieron, las cuales explican
los acontecimientos, a veces a punto de convertirlos en cosa
más o menos diferente de lo que referidos de oficio aparecen.
VIII.
CÓMO SE PASABA BIEN EL TIEMPO EN UNA CIUDAD SITIADA.