[28] Siendo demasiado vistoso, y también costoso y estorboso el

uniforme referido de casaca larga y sombrero de picos para el

servicio diario en las guardias y patrullas, los voluntarios

de línea tuvieron otro, compuesto de las prendas siguientes:

casaca corta de color pardo con cuello, solapa pegada, y

vuelta anteados, pantalón igual a la casaca en invierno, y

de mahón en verano, y sombrero redondo con chapa de latón

blanco y un plumero pequeño, lo cual no disonaba, porque

entonces con sombrero igual cubrían la cabeza los soldados

de marina ingleses. Parecería una ridiculez recordar estas

cosas del vestido, si no viésemos que de olvidarlas resultan

inconvenientes. Hoy en un cuadro (de gran mérito por otra

parte) destinado a representar la apertura de las Cortes de

Cádiz en 1810, se ven los españoles de aquellos días pintados

no con el traje que usaban, sino con el de los franceses de

quince años antes, o digamos de la Convención, y tal vez del

Directorio, o del Consejo de los Quinientos.

[29] Permítaseme aún aquí dar satisfacción a mi manía contra

los corruptores de nuestra lengua. He dicho y escrito (no

sin encontrar aprobadores) que muchos de los galicismos hoy

corrientes nacen, no de haber leído mucho obras francesas,

sino de conocer poco el idioma de nuestros vecinos. Esto

sucede a los que traducen _tricorne_ por _tricornio_. Llamaban

los franceses _chapeau à trois cornes_ a lo que nosotros

sombrero de tres picos. _Corne_ en francés es, pues, _pico_ en

castellano, tratándose de sombreros. _Tricorne_ es abreviación

de _trois cornes_, y si nosotros fuésemos a hacer una igual o

parecida deberíamos decir tripico, pero no podríamos porque

sería voz ridícula que sonaría como cosa de _tripas_. De todos

modos, como _cornio_ en castellano no es pico de sombrero,

es tricornio un barbarismo inadmisible. Dicho sea esto sin

esperanza de corrección en los tricornistas.

A los que llevaban por nombre el de la gente infiel de Canaán no

valía tal calificación el ser reputados descreídos, sino el uso de

la cartuchera delante del vientre, conocida con la voz de _canana_,

que venía bien con el uniforme de las tropas ligeras españolas de

aquel tiempo, chaqueta con alamares ceñida, pantalón igual en color

a la chaqueta, y en la cabeza lo llamado entonces morrión, y después

_chacó_, que iba anchando según subía. No me ciega pasión alguna al

afirmar que aquellos cuerpos se hicieron merecedores de bastante

elogio, y puede decirse de ninguna censura, salvo en el caso que es

argumento del presente trabajo, y en el cual lo que empezó por yerro,

y hasta por culpa, fue en breve remediado y compensado por un buen

servicio, aunque, si ha de decirse la verdad, ensalzado y premiado con

exceso.

En los voluntarios de Cádiz se habían alistado solteros, casados y

viudos; padres o hijos de familia; en suma, hombres a quienes, en caso

de haber quintas, tocaba entrar en sorteo, y otros que no estaban en

igual caso. Como aquí poco ha dejo apuntado, Cádiz había enviado muchos

mozos a las filas de los defensores de la patria en el campo; pero no

todos sus mozos, y de lo primero estaba muy ufana la población.

Sin embargo, iba llegando el caso de una quinta. El entusiasmo que

había llevado a empuñar las armas había cesado, o, dígase, los

entusiasmados ya las habían tomado, y los que en estado de usarlas no

lo habían hecho, habrían de hacerlo compelidos por la ley, si ya no

se dejaba sin refuerzos el ejército, muy necesitado de tenerlos en

abundancia. Corrió de súbito la voz que la quinta estaba resuelta.

Entonces hubo en algunos la singular ocurrencia de que a ella no debía

estar sujeta la población de Cádiz, fundándose la pretensión de tal

excepción en dos razones; de las cuales la primera era haber dado los

gaditanos más que su cupo, lo que debía tomárseles en cuenta como

contribución de sangre adelantada; y la segunda, que los voluntarios

estaban haciendo servicio militar, aunque no de campaña ni con el

enemigo al frente. No eran razones tales muy poderosas, ni se dieron

en términos expresos, pero corrían con no poco valimiento, haciéndolas

correr y esforzándolas los que temían y no querían entrar en cántaro,

y acogiéndolas con favor muchos, ya por temor de ver forzados a ser

soldados a sus parientes y amigos, ya por prestarse a creer lo que oyen

afirmar. En esto, gentes sin duda arteras inventaron y propagaron otra

voz, causa de disgusto. Los cuerpos de voluntarios (decían) iban a

salir a campaña por orden del Gobierno residente en Sevilla. Era enorme

desatino la suposición; pues nadie podía pensar en poner los paisanos

de Cádiz armados, los vecinos de la regalada Cádiz, frente a frente con

los aguerridos enemigos a la sazón victoriosos. Pero es común creer

los desatinos, y los que temían entrar en quinta y no querían salir a

campaña daban crédito aparente al desagradable rumor, por lo mismo que

no se le daban verdadero, embaucando a los sencillos.

Por el mismo tiempo había llegado a Cádiz, procedente de Sevilla, y con

no sé qué comisión del supremo Gobierno, de que era parte, el vocal

de la Junta Central, marqués del Villel, señor catalán de ilustre

alcurnia y alguna riqueza. El conde de Toreno en su historia es harto

desfavorable al del Villel, del cual dice que era, en la Junta Central,

de los más opuestos a las reformas y apegado a todos los rancios

abusos. Lo cierto es que el tal personaje era corto en saber, y al

parecer, no largo en luces, de condición desabrida y de insufrible

entono, aunque honrado y buen patricio y caballero. Su entono de gran

señor fue lo que más disgustó a los gaditanos, entre quienes figuraban

en primer lugar los comerciantes, no de los que pasan en otros lugares

con este nombre, sino de clase allí diferente de la de los tenderos,

y de ellos no pocos hidalgos por su cuna y enlazados con gente de la

nobleza inferior. El trato en Cádiz era fino, culto, y aun podría

decirse democrático, tomando esta voz en su mejor acepción; y, como

reinaba la igualdad, era chocante la pretensión de superioridad de la

gente de más alta esfera. El marqués del Villel disgustó, pues, por su

modo de hacer las cosas, más todavía que por las cosas que hizo, si

bien tiene razón Toreno en culparle de haberse entrometido en negocios

privados, averiguando el modo de vivir de las personas, y queriendo

arreglar familias entre sí mal avenidas, y corregir vicios a que no

alcanza, porque se los ocultan fuertes consideraciones, el rigor de las

leyes. Pero es lo cierto que estas pequeñeces, si contribuyeron no poco

a los excesos de que el del Villel estuvo a punto de ser víctima, no

fueron la causa principal que los trajo.

En la quinta que amenazaba está la causa, si no única, verdadera

del desorden y atentados que voy a referir inmediatamente. Del

ejército francés solían desertarse bastantes soldados de los numerosos

extranjeros que en ellos servían. Los convidábamos los españoles a la

deserción, haciéndoles presente que ellos también estaban padeciendo

bajo el yugo que contribuían a poner y agravar sobre la cerviz de un

pueblo que en nada se les había mostrado contrario. De desertores tales

pocos eran polacos, porque los hijos de nación tan agraviada casi todos

se habían dado con celo al servicio del emperador francés, de quien

esperaban fuese su redentor, y, siendo celosos de la independencia

propia, se mostraban crueles enemigos de la ajena. Sin embargo, los

polacos eran mirados entre los que componían los ejércitos de Napoleón,

si no con favor, poco menos, y, cuando no los más gratos, eran los más

nombrados entre la gente no francesa que militaba en los ejércitos de

los invasores.

De los desertores de que acabo aquí de hablar se habían formado algunos

batallones o regimientos, y a uno de ellos se dio la orden de pasar

a Cádiz, mediando febrero de 1809. Coincidió esto con el temor de

la quinta, con las patrañas a que el mismo temor dio origen, con el

disgusto que daba el marqués del Villel, y también con el mal aspecto

de la causa pública, siendo señaladas y repetidas las ventajas que a la

sazón alcanzaban las tropas francesas sobre las españolas. Dondequiera

abundaban combustibles hacinados, y en Cádiz causaron un incendio.

La chispa o la mecha que prendió fuego a tantas materias preparadas

para recibirle y extenderlo fue la próxima llegada del batallón de

desertores. De repente se oye una voz terrible: Cádiz estaba vendido:

los voluntarios iban a salir, y en su lugar iban a entrar los polacos

(a los cuales el vulgo gaditano, acostumbrado a hablar de barcos,

y habiendo de estos una clase con el nombre _polacras_, llamaba

_polacros_). La Central era bien o mal obedecida, pero lo era solo en

los puntos capitales; merecía a veces aprobación y la conseguía, pero

no inspiraba plena confianza, porque no estaba en posesión del afecto

popular, que en cada provincia quedaba reservado a sus respectivas

juntas. No era de extrañar que en tal cuerpo hubiese traidores. De

todos modos, lo necesario, lo urgente era impedir la entrada a los

_polacros_, de lo cual era consecuencia necesaria, aunque de ello no se

hablase, que los voluntarios no saliesen. La voz propagada fue señal de

un tumulto. Los fanáticos honrados de la clase inferior, y los amantes

de desorden, a quienes sucesos poco lejanos habían dado ser y valor,

acudieron a una señal, que lo era en su sentir de la hora de volver,

a su modo, por la causa de la patria, siempre puesta en peligro por

los traidores. El tumulto estalló y creció. Los alborotados salieron

en tropel voceando y amenazando por la Puerta de Tierra, por donde

venían, estando ya cercanos, los mal encubiertos enemigos a quienes era

necesario hacer frente. En el camino que va de Cádiz a unir la ciudad

con lo demás de España, se alza hoy, y entonces comenzaba a alzarse,

una obra de fortificación, llamada la Cortadura, porque lo era en el

arrecife o calzada, formándola un simple lienzo o cortina flanqueada

por dos baluartes, y bañada por el mar por uno y otro extremo. Había

comenzado esta obra don Tomás de Morla, destinándola a impedir que los

franceses, si penetraban en la isla gaditana,[30] pudiesen bombardear

a Cádiz.

[30] Es de advertir que la voz «isla gaditana», aunque muy

propia, solo empezó a ser usada entonces. Antes la ciudad de

Cádiz no daba nombre a la isla, y la población, hoy ciudad de

San Fernando, era llamada isla de León, con el aditamento de

Real. La isla geográfica dividida de la tierra firme por un

brazo de mar, sobre el cual corre el puente de Suazo, no tenía

nombre.

Digo que la obra estaba solo comenzada, pues quedaba del todo abierta,

y no podía hacer todavía ni una mediana defensa, no obstante lo cual,

había en ella ya cañones. Al llegar los amotinados a aquel punto, le

encontraron mal defendido, como debían ya saber; pero lo que les probó

ser su triste estado obra de la traición y no de falta de tiempo, fue

que, según afirmaban, hallaron los cañones llenos de arena. Que así

fuese era, no solo posible, sino probable, porque la mar azota con

furia aquellas playas y todo lugar a ella vecino, y sus olas, cuando

se encrespan, traen consigo gruesas cantidades de arena, que sacuden,

despiden y dejan en el terreno a que han llegado o se han acercado

cuando se retiran. Tal vez no había ni aun tal arena; pero si la

hubiese, fácil era vaciar de ella las piezas antes de hacer fuego. No

se paraban a hacer estos juicios críticos los sediciosos. La arena

hallada, o que creyeron hallar, fue un comprobante de la traición. En

esto apareció el batallón que venía de marcha, cansado, pacífico, ajeno

de recelo. Embistió de repente con los extranjeros la turba popular,

nada temible, pues hasta poco numerosa era. No hicieron defensa

aquellos pobres soldados, aunque bien podían, porque hubieron de quedar

pasmados al recibir tal hospedaje. Así es que no hubo ni heridos, pues

los extranjeros, atónitos, se dejaron hasta apalear, pero no mucho,

pues retrocedieron, y con mostrarse sumisos apaciguaron la furia de los

agresores.

Mientras esto pasaba fuera de puertas, dentro iba agavillándose

la gente alborotada delante de la casa del marqués de Villel. Los

vencedores de los polacos, vueltos triunfantes a Cádiz, aumentaron

la furia de la muchedumbre, si muchedumbre merecía llamarse aquel

número de personas, aunque no crecido, lo bastante para dominar sin

resistencia. El marqués fue declarado traidor, a lo que se siguió

el intento de matarle, como era uso hacer con los traidores. Iba

a ser allanada la casa y muerto el personaje, blanco de la ira de

los sediciosos. Entonces acudieron los voluntarios a defender a la

persona así amenazada. Hasta aquel momento habían sido espectadores

del tumulto, no aprobándole, aunque no faltase entre ellos quienes

le viesen con aprobación apenas encubierta, pero no haciendo cosa

encaminada o contenerle. No podía, con todo, aquel cuerpo consentir

en que se cometiese a su vista, estando armado, un asesinato. Así,

protegió al marqués de Villel, salvándole la vida, y le llevó entre

sus filas amparando su persona, mas no sosteniendo su autoridad, hasta

depositarle en lugar seguro. No había entonces más que uno que lo fuese

completamente en Cádiz, aun contando las iglesias: no había más que el

convento de los a la sazón archipopulares capuchinos. Allí quedó el

vocal del Supremo Gobierno de España reconocido por la misma Cádiz, y

quedó, si no en calidad de preso, poco menos. En salvo ya la vida del

marqués, nadie pensó por lo pronto en restablecer el imperio de las

leyes. Pero era necesario que hubiese quien gobernase aquella ciudad

y plaza fuerte, siquiera como titular, porque el gobierno quedaba en

la plebe alborotada. El empleo o puesto de gobernador en Cádiz no

estaba vacante, pues le tenía un don Félix Jones, mariscal de campo,

militar antiguo, cuyos servicios habían sido en la brigada irlandesa

de nuestro ejército, siendo, como declaraba su apellido, su familia

oriunda de Irlanda o de Gales; buen señor, y no mal oficial o soldado,

pero desigual sin duda a la situación en que se veía, y en que estaba

asimismo todo cuanto le rodeaba. Salvó al general Jones de completa

sospecha su apellido británico, y de que le temiesen los alborotados

su flaqueza; pero, si hubo de quedar libre de peligro, en su autoridad

quedó anulado.

Pasó Cádiz un día en poder de la plebe, pero la de Cádiz, por fortuna,

con alguna rara excepción, está exenta de ferocidad. No peligraron las

casas, ni en general las personas. Se gritaba, pero a nada se procedía.

En tal situación cerró la noche y vino con ella el sosiego.

En la mañana del nuevo día aparecieron las cosas sin notable mudanza.

Pero era imposible que, faltando todo freno a las malas pasiones,

faltase quien, impelido por ellas, se arrojase a cometer un crimen.

Desempeñaba a la sazón el cargo de comandante del resguardo don N.

Heredia, a quien relaciones de su familia con el príncipe de la Paz

hacían poco grato a la opinión popular, y a quien su ingrato empleo

forzosamente había de haber puesto en mal predicamento con la clase

algo numerosa, y nada buena, de los contrabandistas. No había el

pobre Heredia tenido ni la menor parte en la venida de los terribles

_polacros_, ni en los actos despóticos del marqués de Villel, ni en

cosa alguna de todas cuantas daban motivo al tumulto, pero no carecía

de enemigos, y la hora era propicia para que el que se quejaba con

razón o sin ella de un daño recibido se vengase. No acierto a decir,

porque no llegué a averiguarlo, cómo supo el desdichado que su vida

estaba en peligro, pero ello es que, en vez de esconderse, huyó, no sin

ser visto y seguido en la fuga. Al ir a embarcarse, o ya embarcado,

y a corto trecho de tierra, en una barquilla, fue alcanzado por sus

perseguidores, que le quitaron la vida. Tan inesperado asesinato causó

horror, y se vio que no podía seguir Cádiz sin gobierno. Jones nada

hacía y nada podía, y se ignoraba, no viendo que fuese algo de hecho,

si era o no todavía gobernador de derecho. Resolvió esta cuestión el

nombramiento de un nuevo gobernador militar y político, y la elección,

hecha no puede saberse por quién, recayó en el guardián de capuchinos,

llegando con esto a su apogeo el favor extraordinario de que aquella

orden monástica gozaba; y no sin razón digo a su apogeo, pues desde

entonces empezó a declinar, hasta llegar cuatro años después a un

estado de abatimiento cual nunca le había tenido en España. Había algo

de instinto popular en nombramiento tan ridículo, porque, recelándose

traiciones por todos lados, hubo de parecer la persona de más confianza

la más interesada en que no dominasen los franceses, y tal pareció

un fraile, pues aunque Napoleón al arrogarse el trono de España y

traspasarle a su hermano, sin darle absoluta independencia, lejos

de abolir desde luego las órdenes monacales, las había reconocido

hasta señalarles lugar representadas por sus generales en las Cortes

dispuestas por la Constitución de Bayona, bien veían los del clero

secular, y más aún los del regular, cercano el fin de su existencia

estos, y de su influjo aquellos con el establecimiento de un poder no

favorable a la libertad política y civil, pero sí desfavorable a todo

pensamiento religioso. Otro tanto veía el pueblo confusamente, como

suele él ver las cosas, y por esto nombró para gobernarle al capuchino,

si hombre poco a propósito para ejercer la autoridad en lo militar, y

aun en lo civil, de toda confianza en cuanto a no entregar la plaza de

Cádiz a los enemigos.

No puedo acordarme cuánto tiempo duró el gobierno del buen

guardián,[31] pero sé que acabó como por consunción en breve plazo, no

deponiéndole la Junta central, pero sí nombrando un nuevo gobernador

militar y político, cargos desempeñados entonces por una misma persona,

y esta de la clase de los oficiales generales.

[31] Está en su lugar contar una anecdotilla relativa a estos

sucesos. Venía en las horas a que la narración de arriba se

refiere, navegando para Cádiz, aun no bien restablecido de una

grave herida recibida en la batalla de Espinosa, el ilustre

general de marina don Cayetano Valdés, tan célebre en España

antes y después, y en Cádiz muy particularmente. Al ir a entrar

en el puerto, como pasasen cerca algunas barcas, el general,

deseoso de saber quién ejercía la autoridad militar con que

él había de entenderse, preguntó quién era el gobernador de

Cádiz. «El guardián de Capuchinos», le respondieron desde

lejos. Pareció bufonada de mal gusto al general la respuesta.

Pero al hacer igual pregunta a otra embarcación que pasó, oyó

también que era gobernador de Cádiz el guardián de Capuchinos.

Conociendo Valdés que es uso en las cercanías de Cádiz poner

en boga por temporadas un dichete más o menos o nada chistoso,

pensó que era la gracia de uso entonces decir que gobernaba el

guardián de Capuchinos. Pero llegándose al buque donde venía

y deteniéndose a un costado un bote (no sé si el de sanidad o

el del práctico), y reiterada la pregunta, y recibida la misma

respuesta, incomodándose el general de que le viniesen con

bufonadas, y manifestando su enojo, supo con admiración ser el

hecho que él deseaba saber lo que le había parecido burleta

necia. De boca del mismo general he oído, y más de una vez,

este lance.

No acierto a decir si fue bien comprendido en Sevilla el alboroto de

Cádiz, pero lo cierto es que hubo aplausos y premios solo hasta cierto

punto merecidos, y poca severidad e imparcialidad en el castigo, ya

dictase tal conducta el error, ya el disimulo.

A los voluntarios de Cádiz fueron dadas recompensas honoríficas, el

dictado de distinguidos y el uso de los cordones de cadete, todo ello

por haber amparado la vida del marqués, olvidando, o no sabiendo,

o callando que para enfrenar el alboroto, particularmente en sus

principios, cuando era cosa fácil, habían hecho poco o nada. El marqués

del Villel fue llamado a Sevilla y a la Junta, desagraviado con

palabras de aprobación y sin repugnancia suya a salir de una ciudad

en la cual había hallado más sinsabores que satisfacciones. Fueron

presos, creo que sin otros compañeros, dos jóvenes de Cádiz, ambos

instruidos, y que después hicieron mediana fortuna, don Manuel María de

Arrieta y don Pablo Massa, cuyo delito, o dígase cuyo supuesto delito,

pues fueron al cabo absueltos después de larga, pero no dura prisión,

y de una causa enojosa, era haber hecho el papel de representantes

del pueblo alborotado para expresar sus pretensiones. De la quinta no

volvió a hablarse, quedando exenta de ella los gaditanos, bien que en

ninguna población de España creo que fue llevado a efecto con la debida

regularidad y exactitud este modo de reclutar el ejército, poco propio

para días en que el entusiasmo hacía mucho y el poder de la autoridad

era corto, por lo cual acudían a las filas los que querían, y a los

renitentes o reacios nadie podía sacar de su retiro.

Del alboroto de febrero no quedó en Cádiz señal. Pasó allí tranquilo

el año 1809, causando alegría las pocas y cortas ventajas en el

mismo periodo conseguidas por nuestras armas, y dolor los grandes y

multiplicados reveses de las mismas en aquellos días aciagos; pero

reinando la tranquilidad más completa, de suerte que en momentos de

tantas penas tuvo Cádiz la felicidad de no tener historia, mientras

tan llena de sucesos estaba la de otras provincias. Los voluntarios

siguieron prestando buenos servicios, y manteniendo la ciudad en paz y

sosiego, de suerte que hasta el término final de la guerra no volvió

aquella población a ver un alboroto de consideración en sus calles, ni

cayó víctima de la furia popular persona alguna. Recién entrado el año

de 1810 fueron otras las circunstancias, en las cuales Cádiz, si no le

consistieron las suyas señalarse por actos de heroísmo, se acreditó de

fiel a la causa de la patria, haciendo por sustentarla sacrificios no

leves. Además, la ciudad que se entregó al gobierno de un religioso

poco después hizo a la causa de las reformas celoso acogimiento,

sucediendo allí a las doctrinas innovadoras y liberales lo que a planta

llevada a terreno bien preparado para recibirla y criarla lozana, y, en

cuanto no lo impiden desdichas inevitables, fuerte y robusta. Pero los

sucesos desde 1810 hasta 1813 no entran en el propósito del presente

artículo, y como son harto conocidos,[32] las memorias que de ellos

conservo no serán quizá transmitidas a la pluma como parte de los

recuerdos que con desaliño procuro dejar constantes para divertimiento,

si ya no para enseñanza, de la generación presente y de las futuras.

[32] Acaba de salir a luz una obra de mucho mérito en su

clase, y cuyo objeto es referir particularidades de sucesos

ocurridos en Cádiz, y de los méritos contraídos por aquella

población durante la guerra de la Independencia. El autor de

este librito, que es don Adolfo de Castro, está ya muy conocido

por muchas producciones de su pluma como hombre de nada común

erudición y laboriosidad, a lo cual agrega prendas de dicción

y estilo. Su obrilla contiene mil cosas, muchas de las cuales

conservaba en la memoria quien esto escribe, pensando pasarlas

al papel. Hoy no sabe si lo hará, pues lo que contaría como

hasta ahora ignorado, en gran parte ha pasado ya a ser sabido.

Pero si el señor de Castro ha hecho cuanto es dado hacer a la

erudición y diligencia más prolija, como no vio los tiempos

de que habla, sabe y cuenta bien lo que en ellos pasó, pero

no cómo pasó y con la fisonomía de los hombres y cosas de

entonces, lo cual no puede poner a la vista de sus lectores.

Hay, por otra parte, ocurrencias de que son narradores infieles

los documentos existentes, porque callan menudencias conocidas

de los que vivían cuando ellos nacieron, las cuales explican

los acontecimientos, a veces a punto de convertirlos en cosa

más o menos diferente de lo que referidos de oficio aparecen.

VIII.

CÓMO SE PASABA BIEN EL TIEMPO EN UNA CIUDAD SITIADA.

Recuerdos de un anciano · 第 9 / 41 段