Algo animó saberse que parte del ejército inglés vencedor de Junot en

Portugal, venía adelantándose por una y otra Castilla. La división

que había entrado por la Nueva se acercaba a Madrid, donde se creyó

que entrase. No lo hizo, y solo se acercó pasando por el Real Sitio

de San Lorenzo, o dígase el Escorial, al cual llegó ya más de mediado

noviembre. Acudí allí yo a verla, pero tuve pocos compañeros. No

olvidaré los pensamientos que en mí despertó ver aquellos extranjeros

en aquel lugar. Los herejes ingleses aparecían armados en el monumento

de Felipe II, y aparecían allí, no como enemigos, sino como aliados,

y aun como acudiendo a defender la fe que no profesaban, siendo en

el lema o divisa de la causa de la nación aliada con la protestante

Inglaterra la defensa de la religión a la par con la del rey y la

patria. De estos contrastes y de iguales o parecidas inconsecuencias

vemos mucho en la historia, y no poco en las cosas todas del mundo,

pero quizá el suceso que aquí conmemoro da de ello una de las pruebas

más señaladas.[23]

[23] Permítaseme citarme para no repetirme. De esto hubo mucho

en mi antes aquí mencionado escrito, inserto en _El Correo

Nacional_ en agosto de 1840.

No pasé arriba de dos días en el Escorial; pero mi vuelta a Madrid

fue triste, porque en el no largo camino del Real Sitio a esta corte

tropezaba a cada paso con dispersos fugitivos, casi todos ellos

procedentes de la derrota de Gamonal y llenos del mayor desaliento.

Veíase ya llegar la hora de caer Madrid en poder del victorioso y

terrible enemigo.

No bien llegué a mi casa, cuando mi madre, señora de clarísimo

entendimiento, de ánimo varonil, instruida, algo dada a pensar en

la política, acérrima enemiga del emperador francés, aun mucho

antes de su pérfida invasión de España, y cuando era general en los

españoles adorarle, previendo el mal que sobrevendría dispuso que nos

trasladásemos a Cádiz, pues quedarnos en Madrid si le ocupaban los

franceses venía a ser por razones privadas una cosa imposible, porque

nos faltaría para vivir todo recurso. Siendo menor de edad, hube de

seguirla. Salimos de Madrid el 27 de noviembre, y así no fui testigo

presencial de las escenas de la corta resistencia y ocupación de la

capital, de las cuales supe, sin embargo, y conservo en la memoria

curiosas anécdotas; pero me abstengo de referirlas, porque me ciño a

hablar de lo que vi yo mismo.

Se caminaba entonces lentamente. No porque, como hoy dicen o se figuran

algunos, fuesen aquellos tiempos los en que hacían las gentes su

testamento antes de emprender el viaje de Madrid a Andalucía. Al revés,

el camino era bueno, y si no falto de peligro en punto a ladrones,

tampoco tal que fuese caso común ser robado. No había diligencias,

pero había postas medianamente servidas para los viajeros, escasos en

número, que de ellas usaban, y, lo que hoy falta, en cada casa de posta

había dos sillas (viejas en verdad, y malas por todos conceptos), de

suerte que podía viajarse con alguna rapidez en carruaje sin llevarle

propio. Pero esto solo servía para dos, o cuando más tres, personas.

A una familia decente era necesario un coche de colleras, medio de

viajar por cierto no barato. Andábamos nueve leguas al día, alguna vez

diez con una enorme zaga, y siempre con alguna escolta, saliendo de

madrugada y haciendo larga parada en la mitad del día.

Así fue que el día en que salimos de Madrid hicimos noche en Aranjuez.

Allí, al amanecer del día siguiente, nos encontramos en momentos

de terror y confusión. La Junta Central en la noche había resuelto

trasladarse a Andalucía o a Extremadura, por venir ya encima y estar

cercano el enemigo victorioso, bien que no estuviese aún en su poder

el paso de Somosierra, el cual se creía defendible a pesar de estar

muy mal guardado. Grande era el apuro de los numerosos dependientes

del Gobierno, hallándose sin recurso alguno de coches, carros o

caballerías para acompañarle en su fuga. Se acudió al medio de embargar

los carruajes que había en Aranjuez, suerte que hubo de tocarnos. En

tanto ahogo apelamos al favor, y conseguimos el desembargo de nuestro

coche. Continuamos, pues, nuestro viaje, ya muy entrado el día, siendo

Tembleque el punto en que habíamos de hacer noche. Pero yendo de

camino, nos pasó una silla de posta que tuvo la desgracia de volcar

y, bajándonos a dar socorro a quienes en ella venían, supimos que el

Gobierno había suspendido su viaje, resuelto a quedarse en Aranjuez

por no estimar muy inminente el peligro. Con estas mezclas de temor y

confianza en que la imprevisión de la cabeza del Estado resultaba de

la mala situación del cuerpo todo que le dominaba, allanado dos días

después Somosierra, y puesto Napoleón sobre Madrid, hubo la Junta de

ponerse en camino precipitadamente, siendo como un prodigio que llegase

sana y salva a Badajoz, de donde por juiciosa determinación pasó a

Sevilla.

No eran cortos los peligros que en tal confusión corrían los viajeros.

La voz traición era aplicada a la conducta de los que huían, y el

calificativo de traidor hallaba en todo lugar jueces y verdugos,

siendo el juicio tan sumario que a menudo la acusación era la

sentencia.[24]

[24] En los días de que voy ahora hablando, fueron asesinados

no pocos viajeros. Entre ellos cayeron don Miguel Cayetano

Solar, ministro de Hacienda que había sido bajo Carlos IV,

y que lejos de servir al rey intruso se venía de Madrid a

lugares no ocupados por el enemigo, y el general don Benito

San Juan, que había defendido el paso de Somosierra con gran

valor, si con infeliz fortuna, abandonado por soldados cobardes

que después figuraron entre sus asesinos. Pero a bastantes

personas oscuras costó la vida el venir huyendo de Madrid en

aquellas horas. De algunas supe que si no murieron, escaparon

con trabajo de manos de la plebe, empeñada en reputar a los

traidores porque no coadyuvaban a la resistencia heroica que

se suponía estaban haciendo a los franceses los madrileños,

resistencia que, bien está decirlo, era imposible, por ser

muy otras las condiciones relativas de la capital y del poder

que vino sobre ella que las de los sitiadores y sitiados de

Zaragoza.

Como prueba del estado de las cosas y de los ánimos en aquellos días,

puede y debe servir la anecdotilla siguiente: Había yo llegado a

Manzanares al quinto día de mi salida de Madrid, según el modo lento

de caminar de aquella época. Deteniéndome, según uso, largas horas en

la mala posada, a poco de estar en ella y en nuestro cuarto, se nos

presentó un mozo sirviente de la casa, alto, robusto y no de la mejor

traza, a lo menos en lo tocante a la seguridad de nuestras personas,

pues su rostro y modos eran insolentes y aun amenazadores. Desde

luego empezó a hablarnos de las cosas políticas que a todos ocupaban

con empeño. «Aquí tienen ustedes, dijo, al hombre que más franceses

tiene muertos en la Mancha». Y entrando en particularidades, comenzó

a contar hechos atroces, que, según es probable, lo eran aun más

referidos que lo habían sido real y verdaderamente, porque su idea y

la de muchos era tener la más bárbara crueldad por virtud, si de ella

resultaban ser víctimas los enemigos, y la jactancia y ponderación del

delito pasaban por blasón de acciones heroicas. Así es que contaba el

alucinado mozo que entrando en un hospital de soldados franceses, había

quitado la vida a los enfermos en sus camas, y que como uno de ellos

le dijese (y le remedaba al contarlo): «_Español, agua de tisan_», él

le había respondido: «Toma tisana», magullándole los sesos. Mi madre y

yo hubimos de encubrir el horror que tal relato nos causaba, y aun de

murmurar algo como aprobación del hecho, porque en el rostro y modos

del narrador veíamos que más quería decir o hacer que enterarnos de sus

hazañas. Así fue que al cabo de una breve pausa, con gesto amenazador,

dijo: «Y aquí tienen ustedes al que ha de matar a todos los traidores».

Aunque sospechando, o, mejor dicho, viendo a qué se encaminaban tales

palabras: «Bien hecho», exclamé yo, «porque los traidores son peores

que los franceses». A esta frase mía sucedió nuevo silencio, como

si el mocetón titubease; pero al fin, descubriendo la intención que

llevaba en lo que decía: «Dicen», añadió, «que todos los que se vienen

de Madrid son traidores». Ya la acusación estaba hecha, sin rodeos.

Si yo hubiese querido argüir, estaba perdido, lo cual, a pesar de mis

pocos años, conocía, habiendo visto o sabiendo cómo pasaban entonces

las cosas. Quiso mi suerte que tuviese yo una ocurrencia acertada.

«¿Por qué han de ser traidores?», le pregunté. A lo que él respondió:

«Porque se vienen huyendo, en vez de pelear con los franceses». «¿Qué

franceses?», repuse, «Pues qué, ¿no saben ustedes aquí las noticias?

¿No han sabido ustedes que Castaños les ha dado una gran batalla en que

ha acabado con todos los que quedaban en España?». La buena nueva, dada

hasta en lenguaje que era entonces el del pueblo, llenó de alegría a

aquel feroz manchego, de suerte que solo pudo decirme: «¿Qué me cuenta

usted?». «La verdad», fueron mis palabras, «según se supo en Madrid

el día de mi salida». No cabiendo en sí de gozo el hombre, mudando ya

de parecer en punto a juzgarnos traidores, salió presuroso a divulgar

las felices noticias que yo traía. No corría yo el menor peligro

porque fuese descubierto el engaño, porque, en primer lugar, no podía

serlo en breve plazo; en segundo, quien me desmintiese no habría sido

creído, y acaso lo habría pasado mal, y, por último, aun sabido ser

incierta la gran victoria por mí contada, no se llevaría a mal haberla

yo anunciado, suponiéndose que la había creído, porque el patriotismo

consistía en decir lo más grato al soberano popular, siquiera fuese

mintiendo.

Llegado ya a los términos de Andalucía, solo encontramos un tropiezo

que podría haber sido ocasionado. Llevábamos moneda francesa, que

corría entonces en Castilla y donde quiera habían estado los ejércitos

franceses. El rey Carlos IV había hecho legal el uso de tal moneda,

y novísimamente la Junta Central había renovado el Real mandamiento.

Pero en las provincias no ocupadas, faltando la ocasión, faltaba el

caso de poner en ejecución tal providencia. Así fue que, llegados a

Santa Elena, hubo dificultad en recibirnos las piezas francesas, y

la dificultad iba tomando carácter político, pareciendo la empresa

de defender la efigie de Napoleón un tanto atrevida y arriesgada.

Por fortuna, tuve yo en el mayoral de mi coche alquilado un auxiliar

poderoso, porque en los de su clase no era uso buscar los traidores.

Y como él (según es de creer) traería moneda francesa, la defensa que

hizo de la legitimidad de este instrumento de cambio fue animosa por

lo mismo de no ser desinteresada. «¿Quién es ahora el rey de España?

(dijo); ¿no lo es el conde de Floridablanca? Pues ese manda que corra

esta moneda». Concedida su premisa, hubo de serlo la consecuencia, y ya

desde entonces no tuvimos más disputas sobre punto de tanta importancia

para viajeros.

Llegamos por fin a Córdoba, donde por tener allí familia habíamos

pensado hacer estancia, que al cabo vino a ser de cerca de dos meses.

Córdoba estaba sosegada. El primer hervor de la insurrección había

pasado allí. El saqueo de la ciudad por Dupont había dejado ira, pero

también miedo. En Córdoba se había encarnado el levantamiento en su

origen en una persona, la cual había por entonces desaparecido del

teatro, habiéndole sido adversa la fortuna: en don Pedro Agustín de

Echevarri,[25] singular personaje, no sin ribetes de locura en sus

rarezas.

[25] Para la plebe cordobesa se llamaba Chavarría, y no gustaba

oírle llamar de otro modo.

Por sus extravagancias había en aquella ciudad la causa nacional sido

sustentada con menos ardor que en otros pueblos por la parte entendida

y juiciosa de la población, y a la plebe que le seguía hubo de parecer

amargo que la hubiese llevado a padecer una derrota en el puente de

Alcolea, de lo cual fue consecuencia el saqueo antes aquí citado. Así

es que aún se cantaba alguna coplilla, cuya índole satírica no habría

sido sufrida en otras partes, como es la siguiente:

Pensaban los españoles

Cargar con toda la Francia,

Y se vinieron huyendo

Por la cuesta de la Lancha.

Conseguido el triunfo de Bailén, reinó tranquilidad en las provincias

andaluzas lejanas del teatro de la guerra y a las cuales solo llegaban

noticias favorables, pues nadie osaba darlas de otra especie. Por

esto a mi llegada a Córdoba lo general del pueblo, esto es, la clase

inferior de él, a la sazón predominante, no sospechaba que estuviese

en peligro de caer en poder del enemigo la capital de la monarquía.

De súbito se divulgó que estaba sobre Madrid el ejército francés.

Inquietos los ánimos, pero sin llegar la inquietud a ser alboroto, se

manifestó el justo y natural deseo de tener noticias ciertas de lo

que en los lugares donde estaba lo vivo de la guerra ocurría. Había

en Córdoba una Junta, pero de corta importancia, porque la oscurecía

la de Sevilla, a la que en cierto modo había obedecido. La Junta

cordobesa comisionó a un don N. Tenz, prebendado de aquella catedral,

y que antes había sido guardia de Corps, a averiguar lo que pasaba.

Tenz, hombre de no muchas luces naturales o adquiridas, pero tampoco

un necio, buen patricio por otra parte, y aun acalorado parcial de

la causa de la nación, se puso en camino, pero no fue más adelante

que los primeros pueblos de la Mancha, donde tuvo la fatal noticia de

haberse entregado Madrid.[26]

[26] Llegó a dudar de que hubiese sido tomado Madrid por los

franceses todo un Jovellanos, y eso que siendo de la Central

sabía las cosas de oficio. Así fue que, hablando con don José

Pizarro (después célebre ministro), y diciéndole este que había

casi visto entrar a los enemigos cuando él salía huyendo: «Bien

(dijo aquel varón insigne, pero crédulo); pero ¿no puede haber

sucedido que al entrar los enemigos, un hombre singular, como

algunos de aquellos de que habla la historia, haya conmovido al

pueblo excitándole a levantarse, y contenido al vencedor en el

momento de su entrada?». «¡Ah!, eso sí puede ser», respondió el

menos crédulo Pizarro encogiéndose de hombros. El mismo Pizarro

me contó este lance.

Siendo hombre veraz y leal, se volvió a Córdoba, cumplida fielmente su

comisión, y con dolor contó lo que había sabido. Pero encontró casi

en todos, no solo enojo, sino incredulidad completa, y aun estuvo a

pique de recibir algo más que desaprobación y reconvenciones, porque

al cabo no había llegado a Madrid, y contaba lo que le habían dicho

lenguas acaso de traidores. Se amedrentó el buen Tenz, tergiversó, casi

se desdijo, y, lo que es más, llegó a dudar si habría sido engañado.

Vino a ser opinión común que Madrid seguía resistiendo al enemigo,

y esta opinión, si bien vacilante, reinó todo diciembre y aun buena

parte de enero. Al propio tiempo corrían otras noticias contrarias a

tal opinión, y corrían con valimiento, sin que en lo contradictorio se

reparase. Napoleón había sido rechazado del puerto de Guadarrama, en

parte por las nieves, en parte por un ejército imaginado, no se sabía

si inglés o español. Napoleón andaba errante: aun sonó que se había

refugiado a la Cartuja del Paular, y no faltó quien afirmase que allí

había caído prisionero. Burlones malignos, ya por ser parciales de

los franceses, o ya por divertirse, se complacían en añadir ridículas

circunstancias a las relaciones corrientes, de modo que hubo quien

afirmó haber sido preso Napoleón disfrazado de monje en el coro de la

misma Cartuja.

No llegó la credulidad a punto de recibir como verdades tales desatinos.

En tanto, la Junta Central se había establecido en Sevilla,

encargándose del gobierno supremo de España. Nadie se le disputó a las

claras; pero algunas provincias apenas la reconocieron por potestad

soberana, quedando varias de ellas en obediencia imperfecta. En cuanto

al grande asunto de la caída de Madrid, calló la Junta, no publicando

en la _Gaceta_ lo que sabía de oficio sobre tal acontecimiento hasta

cerca de dos meses después de ocurrido.

Así no presentaba Córdoba, hasta que salí yo de ella al ir terminando

enero, cosa alguna que pudiese llamar la atención, dando materia a

observaciones. Otra cosa debía suceder en Cádiz, adonde llegué cuando

iba a entrar febrero. Pero lo que más me admiró fue que, al llegar a

las puertas de la ciudad, como al presentar nuestros pasaportes se

viese que procedíamos de Madrid, aunque salidos de aquella población

en noviembre, se nos preguntase, como si fuese todavía casi dudoso, o

como si nosotros, al cabo de dos meses de residencia en una provincia,

pudiésemos saberlo como testigos presenciales, si eran o no real y

verdaderamente los franceses dueños de la capital de la monarquía.

No estaban, con todo, tan ignorantes de lo que pasaba los habitantes

de una ciudad que, si contaba a la sazón pocos literatos, no dejaba

de tener por moradores a muchos hombres de algunos conocimientos y

de buen juicio. Y, sin embargo, tan culta ciudad iba a ser en breve

teatro de un alboroto vergonzoso, mal descrito por todos cuantos de él

han hablado, entre otros por el conde de Toreno, a quien hubieron de

engañar falsos informes: el alboroto de febrero de 1809, acompañado

de un asesinato, y señalado por circunstancias de ridiculez tal, que

en tal ciudad, según había aparecido antes y apareció después, parece

increíble.

VII.

UN TUMULTO EN UNA CIUDAD DE PROVINCIA EN 1809.

Cádiz en 1809 era entre las ciudades de España una de las de más

cultura. Hoy, si no ha decaído, apenas ha adelantado, siguiendo casi

estadiza cuando otras han ido progresando, y ella hasta en ciertos

puntos perdiendo algo en vez de ganar, si bien hay otros en que ha

mejorado, viéndose allí, como en todo, la compensación inseparable de

las cosas humanas. En esto último, o digamos en la parte de ganancias,

debe contarse el cultivo del entendimiento, señaladamente en materias

literarias, ramo por aquellos días allí muy descuidado, llegando a

parecer hasta ridículos unos pocos, poquísimos jóvenes, que teníamos

pujos de literatos y remedábamos a los escritores de la vecina Sevilla.

En la parte de lo perdido merece contarse el excesivo aseo, el cual, si

hoy se conserva, no está en el punto a que había llegado entonces, y el

general aspecto y modos de los gaditanos, cuyo traje y usos más tenían

de extranjero que de andaluz, o aun de español, salvo en las mujeres

que, al revés, conservaban el vestido nacional en su pureza. Lo que

era muy de notar entonces en aquella ciudad, con razón calificada de

emporio, era la falta de vulgo, esto es, de vulgo insolente y soez, y

de ello aun hoy bastante queda. Y no obstante esto, había sido en Cádiz

feroz, como en otras poblaciones de España, el alzamiento popular,

haciéndose más notable la ferocidad por lo ilustre de la víctima en que

dio prueba de sí: el general don Francisco Solano, marqués del Socorro

y de la Solana, bárbaramente asesinado, después de haber llevado y

sufrido con heroica fortaleza horrorosos tormentos. Nada parecía más

ajeno de la índole y costumbres de los gaditanos que los movimientos

populares, y, con todo, el de últimos de mayo de 1808 (según relaciones

fidedignas, porque yo no lo presencié) a ninguno de otro pueblo

había quedado inferior en violencia. Había habido en él asimismo una

circunstancia singular. Aunque los gaditanos, como todos los españoles,

eran buenos cristianos, tenía su piedad religiosa otro carácter que el

de los pueblos de tierra adentro, no dejándose sentir, a lo menos en

lo aparente, en Cádiz el influjo del clero, particularmente el de los

monacales. Pero cuando pereció Solano, y quedó señoreada de la ciudad

la enfurecida plebe, con armas arrancadas del parque en las manos de

gente de la cual era muy de temer que hiciese de ellas mal uso, hubo de

apelarse a un singular remedio para recoger aquellos instrumentos de

daño, y fue que se encargasen de hacerlo los capuchinos. Me contaban

(mas yo, como aquí dejo dicho, no lo vi, por estar a la sazón en

Madrid) que era curioso espectáculo el de aquellos religiosos (cuyo

hábito distaba más del vestido común que el de los frailes de otras

órdenes, y por lo mismo les daba un carácter extraño), con grandes

canastas o cestos llenos de fusiles, pistolas y sables que les

entregaban, soltándolo todo de buena gana los que de ello se habían

hecho dueños. Resultó de esto conseguir los capuchinos, si bien por

breve plazo, una prepotencia en Cádiz que nadie les disputaba, ni aun

otros miembros del cuerpo del clero secular o regular, y ciertamente

no los militares ni los empleados civiles. No son ajenas estas

particularidades al suceso del tumulto de febrero de 1809, principal

asunto del presente artículo, destinado a poner recuerdos de lo pasado

a la vista de la generación presente.

Pero el influjo de los capuchinos estaba, si así puede hablarse,

latente y para aparecer solo cuando la necesidad de algún caso hacía

necesario u oportuno su uso. Otra cosa daba más en rostro en Cádiz, y

era ver la población armada formando una milicia muy semejante a la

que después con el nombre de nacional, y siendo remedo de la francesa,

ha existido en las poblaciones de España, útil por demás a veces, y en

alto grado; en otras ocasiones en no menor proporción perniciosa; digna

de alabanza y de censura; lo primero, por sus hechos patrióticos; lo

segundo, más por su yerro que por su culpa de intención; instrumento,

no para afianzar la libertad, sino para sustentar un partido; casi

necesario en una guerra en lo interior de un Estado cuando es forzoso

no tener ocupado el ejército en guarnición de plazas no amenazadas de

cercano peligro. En Cádiz, desde muy largo tiempo había existido la

llamada milicia urbana, pero existido más en el nombre que de hecho,

y con oficiales más que con soldados, y venida a ser hasta objeto de

risa, pues era conocida con el nombre de regimiento de la _Pava_.[27]

[27] De la antigua milicia urbana fue aprovechada una parte,

que fue la de los artilleros, servicio que lo era exclusivo

de los gallegos, los cuales abundan en Cádiz, siendo de esta

provincia todos los mozos de cordel o esquina, y gran parte de

los criados.

Los artilleros gallegos hicieron buen servicio durante el sitio

de Cádiz, y destinados a un lugar de algún peligro, como era el

del castillo de Puntales, no pocos de ellos perdieron allí la

vida. Bien está pagarles este leve tributo en recompensa de sus

ignorados méritos y sacrificios.

El gran movimiento de 1808 pedía cosa más viva que poner en pie aquel

casi cadáver. Cádiz, que envió un número muy crecido de voluntarios

a los ejércitos, quiso además que acudiese a la campaña la un tanto

numerosa fuerza que la presidiaba, y como plaza tan fuerte no podía

quedar desamparada, aun estando lejano el enemigo y cercanos los amigos

ingleses dominando los mares, discurriose hacer un cuerpo militar del

vecindario. A formarle concurrieron todos alegremente y con celo.

Nacieron al momento seis batallones numerosos, cuatro de ellos remedo

de la infantería de línea; dos de la ligera. Voluntarios de Cádiz era

su nombre: a poco, y cabalmente por el suceso que voy aquí a narrar,

se le confirió por el Gobierno supremo el de voluntarios distinguidos;

pero el uso común era nombrarlos por un apodo o mote: el de guacamayos

y cananeos. Cuadraba a los primeros la calificación del vistoso

pájaro de la zona tórrida por la naturaleza de su uniforme, que era a

imitación de los del ejército inglés; casaca encarnada, cuello, vueltas

y solapa verde con un ligero bordado en el primero, pantalón blanco

y sombrero de picos, que así se decía el antes por su figura dicho

de tres picos, y hoy, por atroz galicismo, hijo de crasa ignorancia,

dicho por algunos españoles _tricornio_,[28] y con más propiedad, si

bien con frase nueva, señalado como sombrero apuntado.[29]

Recuerdos de un anciano · 第 8 / 41 段