Pasaban días, y no parecían los ejércitos vencedores, aguardados con

ansioso deseo, el cual vino a ser impaciencia y bien motivada. Sabíase

que el de Andalucía no se había movido por haber necias rivalidades

entre las Juntas de Granada y Sevilla, y las tropas de la una y la otra

que le habían compuesto. Entretanto, Madrid continuaba sin una fuerza

física necesaria para impedir se turbase el sosiego público, o para

restablecerle en caso de que ocurriese un acto de desorden y violencia.

Sobre cuál había de ser el gobierno de España durante la cautividad

del rey, no había menos ansia, pero de esta solo participaba la gente

entendida. Habíase armado una violenta disputa entre el Consejo y las

Juntas de provincia, haciendo aquel las veces de esta en la capital, y

no admitiéndole las últimas por colega, pues hasta le afeaban sin razón

haber existido junto bajo el intruso José Napoleón, aunque por pocos

días. Los madrileños se declararon por el Consejo, quizá por mirarle

como cosa de casa, y hasta el _Semanario Patriótico_ dedicó un artículo

a defenderle de las acusaciones de las Juntas; hecho singular, si se

paraba la atención en que el antiguo tribunal con pujos de gobierno

debía ser mirado como acérrimo enemigo de las doctrinas políticas del

periódico liberal, cuando las Juntas, por su origen y aun por uno u

otro de sus actos, a pesar de sus muchos desatinos e inconsecuencias,

representaban el poder popular con más o menos acierto y conocimiento

de su esencia.

Llegó, por fin, el tan suspirado día de ver las madrileñas tropas

españolas de las que habían vencido a los franceses. Mal representante

de nuestros ejércitos con el de Valencia, que entró en esta capital

el 13 o 14 de agosto. Los soldados, mal vestidos, con los zaragüelles

provinciales y mantas y fajas, con los sombreros redondos, cubiertos

de malas estampas de santos, desgreñados, sucios, de rostro feroz, de

modos violentos, en que se veía carecer de toda disciplina, presentaban

un aspecto repugnante. A la preocupación que daba a temer de tan

malas trazas nada mejores hechos, se agregaba saberse los horrorosos

asesinatos cometidos en Valencia en las personas de franceses no

militares e indefensos, y se suponía, quizá en algún caso con verdad,

que había entre aquellos soldados varios asesinos, y de cierto, si no

los había, abundaban los muy capaces de serlo. El buen general Llamas

que los mandaba, tenía apariencias de oficial antiguo y buen caballero,

pero no de guerrero a la moderna. Ello es que en Madrid se llenó de

terror la gente de educación y clase mediana al ver campeando por las

calles aquella gente con guitarrillas, cantando, y a la par amenazando,

entrándose en los conventos a pedir a las monjas alguna estampa más que

poner en sus sombreros cargados de ellas, y dejando asomar puñales que

contrastaban con las imágenes devotas. Al revés, la plebe, y de esta

especialmente la parte acostumbrada o aficionada a crímenes, o si no

tanto, a excesos y alborotos, miraba a los recién llegados como amigos,

y en caso de necesidad, como apoyos con que podían contar de seguro. No

salieron fallidas las malas esperanzas, ni vanos los justos temores. A

los dos o tres días de la entrada de los valencianos, hubo un alboroto

en las cercanías de la plaza de la Cebada, en que cayó muerto un sujeto

cuyo nombre y calidad no pudo averiguarse, como tampoco la causa de su

trágico fin, y el cadáver fue arrastrado con las mismas circunstancias

que el de Viguri. Súpose que el general Llamas había acudido a impedir

el asesinato de que sus soldados eran participantes, y que, sobre ser

desobedecido, había sido amenazado de muerte. Cundió el terror por

Madrid, por lo mismo que se ignoraba quién era la víctima, de modo que

nadie podía creerse en plena seguridad.

Así, la estancia de los valencianos en Madrid estaba considerada como

una desdicha. Por lo mismo se deseaba la llegada del ejército andaluz,

del cual se sabía que era compuesto de tropas disciplinadas.

El 24 de agosto, si no me es infiel mi memoria, fue cuando los

vencedores de Bailén pisaron las calles de la capital, por su esfuerzo

y fortuna libertada de odioso yugo. Era de esperar un entusiasmo loco

en el recibimiento hecho a tales tropas, y con todo, si bien hubo

grandes aplausos, se notaba menos ardor en los que aplaudían. Lo que

más o lo que primero llamó la atención del público, fue el corto cuerpo

de lanceros de Jerez que venían delante. Desde largos años no veían los

españoles en su ejército lanzas ni corazas, y en las tropas francesas

habían visto estas armas, que creían desechadas y olvidadas, vueltas

a uso. Ahora, pues, pensando en las garrochas con que pican nuestros

campesinos o picadores en plaza a los toros, se creyó se había dado

con un medio de contrarrestar a los lanceros polacos, no dudando la

vanidad nacional de que se haría con ventaja. Y se contaba que así

había sucedido en Andalucía, donde habían sido ensartados los franceses

en las garrochi-lanzas jerezanas. Venían los lanceros vestidos, no con

uniformes al uso común, sino como los hombres del campo de Jerez, con

sombrero de copa baja, muy parecidos a los hoy llamados calañeses, y

con traje semejante al que llevarían si fuesen a picar reses en el

campo. Daba realce a esta apariencia ser andaluces los lanceros, y como

tales alegres y decidores, y sus gracias gustaban, aunque no fuesen de

las mejores, por lo mismo que se los suponía graciosos, de modo que era

un enviar y recibir dichetes lo que se oía alrededor de aquella gente.

Las demás tropas tenían mediano aspecto, no como las valencianas, no

como las mejores francesas; llevando aún la infantería el sombrero de

picos, hoy dicho apuntado, el cual era entonces pequeño. Al recordar

las gentes el porte marcial de los soldados de la guardia imperial

francesa que llevaba consigo el vencido Dupont, pasmaba considerar que

se habían rendido a hombres de muy inferior aspecto como militares.

Después de la entrada del ejército victorioso en los campos de

Andalucía, ningún otro espectáculo podía llamar la atención o excitar

los afectos en igual grado. No dejó, con todo, de mover las pasiones la

proclamación de Fernando como rey, hecha el 25, llevando esta vez el

pendón el conde de Altamira entre vítores que parecía se levantaban a

la línea de los héroes.

Pero iba haciéndose hora de que a la embriaguez del triunfo sucediese

el cuidado de lo presente y no lisonjeras previsiones de lo futuro.

Aunque se había retirado José Napoleón hasta ponerse del otro lado del

Ebro, veíanse graves peligros, y se temían no inferiores males para

la patria. El entusiasmo es cosa que dura poco, sobre todo si se ha

gastado muy de prisa. Pero a su decadencia no acompañó decaimiento

de ánimo bastante a aconsejar la sumisión si era adversa la fortuna.

Así fue que no hubo otra jornada de Bailén, sino al revés, muchas

en que llevaron nuestras armas lo peor, sin el consuelo de quedar

gloriosas, aun saliendo vencidas. Pero hubo tenaz propósito, aun

cuando parecía locura persistir en la resistencia, y esta pertinacia

heroica nunca faltó en la parte con mucho más numerosa de los hombres

de aquellos días de prueba. Así, la bandera de la patria, caída a

veces, se levantaba otra vez al momento, y en la isla gaditana una

España abreviada, contando por suya toda la tierra no pisada por los

franceses, vivió mereciendo ver premiados sus esfuerzos con haberse

logrado afirmar la independencia de la nación española amenazada por el

mayor poder que ha conocido el mundo.

VI.

MADRID Y ALGUNA PROVINCIA A FINES DE 1808 Y EN 1809.

Después de la entrada de los vencedores de Bailén en la capital de

España, quedó esta en una situación de más sosiego, pero comenzó a

cundir entre la gente ilustrada la mayor inquietud posible sobre más

de un punto. Como la gran victoria alcanzada, vistas bien las cosas,

parecía un milagro, nacieron justísimos temores de que milagros tales

no se repitiesen. Los elementos de desorden por lo tocante a alborotos

en las calles y atentados contra la seguridad de las personas parecían

neutralizados porque estaban suspendidos, o ya los contuviese la tal

cual fuerza existente de la que se esperaba sustentase el imperio de

la ley, o ya el haberse apagado el ardor patriótico, que así impelía a

locos y criminales excesos, como estimulaba a hechos hijos de nobles

pasiones. Dos cosas daban cuidado: la notoria mala calidad de los

ejércitos, pobres en número y faltos de buen orden; y la carencia de

un gobierno general de la nación, necesario hasta para el aumento y

buena dirección de la fuerza militar. Al fin, esto último hubo de

conseguirse, no sin trabajo.

Diputados de las Juntas, congregados en Aranjuez, compusieron una

Junta magna, que tomó el título de Central. Establecido este gobierno

en una población pequeña, estaba libre de la opresión que en tiempos

revueltos ejerce sobre una autoridad, por necesidad débil, la plebe de

las ciudades populosas; pero carecía por lo mismo del favor popular

que en horas de apuro alienta a un objeto querido, cuya presencia

inspira entusiasmo, y el cual a la vez recibe como de rechazo buena

parte del que excita. El pueblo de Madrid se contentó con que hubiese

al fin nacido la Junta Central, pero no saludó con pasión el día de

su nacimiento y no llegó a cobrarle amor, como en las capitales de

provincia le tenía lo general de la población a sus respectivas Juntas.

En cuanto a las personas capaces de juzgar en materias políticas,

miraron como un bien altísimo que al cabo hubiese un gobierno; pero no

acertaban a calificar para la aprobación o desaprobación al que acababa

de salir a luz con harto trabajo y grandes actos de condescendencia

por diversos lados, resultando una amalgama en que no quedaban bien

unidas y mezcladas hasta formar un buen todo las varias materias

que le componían. Por un lado, Quintana había sido nombrado oficial

mayor de la secretaría de la Junta, ejerciendo grandísimo influjo

en el secretario don Martín de Garay: por otro, una de las primeras

disposiciones de la Central había sido nombrar Inquisidor General,

confiriendo tal puesto al obispo de Orense, muy propio al objeto de tal

nombramiento. La libertad de la imprenta, reinante de hecho y no de

derecho, fue de nuevo negada, con rigor, por fortuna o por desgracia,

no efectivo. Porque seguía la confusión o diversidad de pareceres,

como cuando más, en lo relativo al modo de gobernar la nación por lo

presente, y de proveer a cómo habría de ser gobernada en lo futuro.

_El Semanario Patriótico_ continuaba siendo un periódico igual en ideas

a los franceses de 1789 o 1790 en punto a doctrinas; don Juan Pérez

Villamil acababa de publicar un escrito muy aplaudido, en el cual,

apostrofando al rey cautivo, le decía que «verificado su anhelado

rescate y vuelto al trono, si quería conservarle, mandase poco, mandase

menos, porque eran demasías las por muchos juzgadas prerrogativas

de la Corona, y que el pueblo, de salir a recibirle ya libre, le

presentaría con una mano una Constitución a que habría de atenerse»; y

el mismo Quintana había dado a luz sus poemas patrióticos, por largos

años escondidos en su papelera, y donde ya se ensalzaba al comunero

Padilla, aprobando sus hechos, ya se denostaba a Felipe II, llenando

de horror y pasmo a los monjes del Escorial,[22] ya, con motivo de

celebrar la invención de la imprenta, se calificaba al poder papal de

no menos que monstruoso, indigno y feo, cuyo abominable solio, sentado

en las ruinas del capitolio romano, estaba próximo a caer, dejando

tristes señales en sus ruinas.

[22] De esto fui yo testigo en una visita que hice al Escorial

en noviembre de 1808, de que digo algo aquí más adelante, y que

he hablado por extenso en un folletín del periódico _Correo

Nacional_ en 20 de agosto de 1840.

De tal y tanta confusión era la recién formada Junta fidelísimo espejo.

Porque bueno es que lo sepan nuestros contemporáneos; nunca ha habido

en España, ni aun en otra nación o edad alguna, democracia más perfecta

que lo era nuestra patria en los días primeros del alzamiento contra

el poder francés. Gobernaba entonces el pueblo, el pueblo tal cual

era, ejerciendo en ciertas ocasiones su prepotencia en plebe, como

más numerosa y resuelta, y yendo el Estado dejando a menudo autoridad

absoluta a quienes tenían el mando, siendo inconsecuente el poder

como nave mal gobernada o casi sin gobierno, a la cual arroja el

ímpetu de las olas venidas a veces de distintos rumbos a muy diversas

direcciones. Y todo esto no era producido ni dirigido por medios

juiciosos ni con orden previo, como sucede cuando y donde las leyes

arreglan el ejercicio del poder popular, sino de una manera confusa,

haciendo las veces de la razón el instinto. Los amantes de la soberanía

popular por fuerza habrán de convenir, si ya no deliran, en que en los

pueblos soberanos, como en los soberanos de cuerpo y alma, los hay

buenos y malos, porque los hay ilustrados e ignorantes, y la ignorancia

y pasiones de la multitud traen tan fatales consecuencias al procomún

cuanto podría traer la calidad de una persona revestida de autoridad

ilimitada. En el gobierno creado por el pueblo español en 1808 estaba,

pues, expresado en compendio el mismo pueblo, con todas las calidades

que a la sazón tenía.

Fue llamado a presidir la Junta el conde de Floridablanca, no con gran

satisfacción de los hombres adictos a doctrinas de las hoy llamadas

liberales, pero en obediencia a la voz popular que, por entonces, llena

de indignación por lo extremada injusta, contra todo lo perteneciente

al gobierno de Carlos IV, recordaba con aplauso, no menos injusto

por ser excesivo, los días de Carlos III, y al ministro que en aquel

gobierno había representado el principal papel. De Floridablanca

hablaban con variedad los hombres que viviendo entonces ya de edad

madura, le habían conocido en el mando, y por cierto no todo era

elogios en el juicio de tales críticos, pues había muy otra cosa. Yo,

que ahora cuento y no juzgo, debo decir que, fuese lo que hubiese sido

el Floridablanca de 1780, el de 1808 había llegado a ser incompetente

para ocupar bien el alto lugar a que había sido elevado. Al frente

tenía en la Central otro nombre por demás ilustre, y de persona no su

amiga: el de don Gaspar Melchor de Jovellanos. En este último ponían

sus esperanzas quienes deseaban encaminar las cosas del Estado por

una senda cuyo paradero fuese el establecimiento de una monarquía

limitada. En tanto, el Consejo Real se había resistido a reconocer la

Junta Central, dando para ello razones buenas y malas, conociéndose

que la principal era el recelo de que, tomando cuerpo y fuerza ciertas

doctrinas, no viniesen los tribunales a perder o a no lograr el

influjo en el gobierno que habían tenido o pretendido tener y a que de

continuo aspiraban. No estaba dispuesto a acceder a tales pretensiones

Floridablanca, pues, si bien adverso a toda idea de limitación del

poder real por el popular, tampoco quería verle censurado o intervenido

por los togados, y hasta en la forma con que el Consejo, sin negarse

a obedecer a la Junta, ponía dificultades para hacerlo, veía el antes

ministro absoluto con enojo lo que llama acertadísimamente Jovellanos

_escrúpulos de la obediencia_. El mismo Jovellanos se inclinaba algo

al Consejo Real por dos razones: por preocupaciones de togado, y

porque efectivamente llevaba razón el Consejo en insinuar que, para el

ejercicio de la potestad ejecutiva, convenía más una regencia de pocos

que un cuerpo numeroso. En la gente que veíamos las cosas desde afuera

andaban muy discordes los pareceres. No llevábamos a mal que hubiese

una Junta Central, pues había habido y seguía habiendo Juntas de

provincia. Pero unos estimaban buenas las razones del Consejo, y otros

al contrario; y por diversos motivos esta y aquella cosa. La Junta,

por su origen y por lo que este habría de influir en su índole, era

popular, y el Consejo representaba a la monarquía antigua. De aquella

eran de temer actos de despotismo, disposiciones imprudentes, poco

orden, principios nada fijos; de estotro un firme sostener de rancios

abusos y un orden de mala naturaleza, sobre todo, en punto a lo que

pedían los tiempos. Fuese como fuese, hubo poco espacio para pensar en

tales materias mientras residió la Junta en Aranjuez; periodo que no

pasó de dos meses. Una proclama o alocución de la Junta agradó mucho,

porque era de la pluma de Quintana. En verdad era una oda más del poeta

patriota, pero en la disposición de los ánimos gustaba el lirismo.

Prometía el nuevo gobierno poner en pie un ejército de quinientos mil

infantes y cincuenta mil caballos, y no parecía desatino promesa tal,

con estar muy fuera de la esfera de lo posible. También prometía la

Central leyes enfrenadoras del despotismo, y ni a los que después se

opusieron a leyes de esta clase sonó mal la promesa. Lo cierto es que

se veía venir encima una gran desdicha con la reunión de las fuerzas de

Napoleón, próximas a pasar la frontera, y la falta de poder, no solo

por la inferior calidad, sino también por el corto número de nuestras

tropas para disputar el triunfo. Empezaba a oírse la voz de la queja

y del temor, primero en tono sumiso, porque no pareciese traición la

desconfianza; luego más perceptible, por no poderse negar el peligro.

El poeta Meléndez Valdés, en los días primeros del levantamiento, dócil

instrumento de los franceses, como volvió a serlo, venido entonces a

mejor acuerdo, y cediendo a su inclinación y a la de sus amigos, y no a

su flaqueza de espíritu, había publicado un romance de mediano mérito

con el título de _Alarma_, lleno de las ideas reinantes; pero hubo de

publicar segunda _Alarma_, mejor que la primera, y en la cual no solo

añadía un cántico más a los muchos destinados a celebrar triunfos, sino

que en sentidas y patrióticas palabras anunciaba la próxima venida de

Napoleón con gran poder, diciendo:

Vendrá y traerá sus legiones

Que oprimen la Escitia helada,

Ofreciendo a su codicia,

Por cebo, montes de plata.

Vendrá y lloraréis de nuevo

Las ciudades asoladas, etc.

Estaban tan trocadas, si bien solo hasta cierto punto, las cosas,

que temores tales, que un mes antes aun hubieran sido calificados de

traición, parecían cosa natural y sonaban como voces de un patriotismo

ilustrado y verdadero.

En tanto, se acercaba el día del cumpleaños del cautivo rey, que lo

era de gala, y se preparaban los madrileños a festejarle, pero con

tibio ardor, no nacido de flaqueza en el propósito de resistir al poder

francés, pero sí de desmayo causado por el triste aspecto de la causa

pública. El día de San Fernando, santo patrono del monarca, había

sido celebrado en una u otra capital de provincia con el fervor del

levantamiento recién ocurrido; en otras había sido la señal y época

del alzamiento mismo, pero en Madrid, día de duelo bajo el yugo de

los odiados opresores. Quiso la desgracia que no fuese más feliz la

celebración de una fiesta que tanto debía serlo. A cosa de medio día

comenzó a correr por las calles la noticia de que iban arrastrando por

algunas de ellas dos cadáveres de personas bárbaramente asesinadas,

sin que se llegase a averiguar quiénes eran las víctimas de la ira

popular locamente excitada contra dos entes sin duda oscuros mientras

vivieron. Pronto comenzó a asegurarse que eran los muertos arrastrados

dos mamelucos. Los de la guardia imperial venidos en corto número a

España con Murat, habían llamado mucho la atención por su vistoso traje

y armas, y después se habían hecho blanco principal del aborrecimiento

de la plebe, que veía en ellos, sobre la calidad de franceses, la de

infieles. Los turbantes y calzones rojos, lo corvo de los alfanjes

que casi formaban una media luna, el puñal, la carabina o fusil y las

grandes pistolas, los hacían formidables a la vista. En los sucesos del

Dos de Mayo se les achacaba la parte principal en punto a crueldad, y

el destrozo hecho en una casa de la Puerta del Sol, cuyos moradores

fueron todos pasados a cuchillo, pasaba por acto exclusivo de los

mamelucos, no sé si con fundamento. Que se hubiesen quedado en Madrid

mamelucos de la guardia imperial de Napoleón, distaba mucho de ser

probable, y lo que sí lo venía a ser era haber sido calificados de

tales los dos pobres hombres asesinados, víctimas probablemente de

una riña y calumniados por sus mismos matadores. Pero ello es que la

calumnia creída dio a la plebe de Madrid en aquel día infausto un

carácter de ferocidad superior al manifestado contra Viguri y contra

el desconocido igualmente arrastrado en agosto, recién entradas en la

capital las tropas valencianas. La preocupación popular añeja suponía

en los judíos un miembro o apéndice que solo tienen los animales,

y para el ignorante vulgo era judío todo hombre no cristiano o no

católico. Así es que gritaban por las calles que los dos cadáveres

tenían rabos, con lo cual quedaba comprobado quiénes eran. Acercándome

yo a mi casa, situada en la calle del Barco, lugar lejano de los que

solían ser teatro de escenas de desorden, una vieja de aspecto feroz me

paró como reconviniéndome, y dijo: «Qué, ¿no va usted a ver arrastrar a

los mamelucos? Yo los he visto, y por mis propios ojos los he visto el

rabo». Cuentan algunos que, en efecto, estropeados aquellos cadáveres

sangrientos por el roce con las piedras, estaban despellejados, y que

del espinazo a la rabadilla les salían tiras de pellejo que transformó

en rabo la crédula y rabiosa muchedumbre; pero tal vez ni aun este

motivo hubo para formar y propagar la indicada ilusión. No traté yo de

desengañar a la buena, o, diciéndolo con propiedad, a la mala vieja,

y antes me disculpé, con no me acuerdo qué razones, de no acudir a

presenciar el espectáculo a que me convidaba. Fue aquel día uno de

terror y congoja, porque ni siquiera suavizaba la alegría nacida de

gratos recuerdos y lisonjeras esperanzas lo repugnante de aquellos

actos y pensamientos de barbarie, manchas feas de las que empañan el

lustre de los más gloriosos sucesos, cuando la multitud predomina,

heroica a veces, y en España entonces, cual en cualquiera otra

situación de las que recuerda la historia del mundo, pero ignorante y

apasionada, quedando por la primera calidad un tanto, aunque no del

todo, disculpados sus excesos.

Iba a empezar noviembre y las cosas empeoraban a ojos vistas. Con la

inquietud crecían desvariadas sospechas y locas e indignas acusaciones.

Ni el vencedor de Bailén escapó de ser sospechado, no siendo el general

Castaños de aquellos que se captaban los afectos de la plebe, por lo

mismo que se granjeaba por sus modales cultos la buena voluntad de los

de elevada esfera.

Entró por fin aquel fatal noviembre, y con él un golpe de enormes

desventuras. Súpose que en Lerín había caído prisionero el batallón

de tiradores de Cádiz, cuerpo compuesto en gran parte de presidiarios

y otra mala gente, pero consoló el saber que habían hecho una defensa

gloriosísima, acto no común en los de su clase, cuya valentía, feroz

en pendencias y acciones criminales, flaquea con frecuencia hasta

desaparecer en las graves funciones de la guerra. No hubo gloria, y

sí una fatal derrota en la batalla que sustentaron en Gamonal, cerca

de Burgos, las tropas procedentes de Extremadura, bisoñas, no bien

arregladas, y cuyo mando tenía un joven de alta clase, buen caballero

y patricio, pero capitán inexperto. En breve hubo noticia de mayor

desdicha, cual fue la rota en Reinosa y Espinosa del ejército llamado

de la izquierda, que contenía muy buenas tropas. Fuerzas francesas

veteranas acababan de entrar en España, procedentes de Alemania; con

ellas venía el gran Napoleón acompañado de sus mejores generales, y a

tal poder no podía resistir el de la pobre España, escasa en soldados

y en quienes gobernasen con acierto los pocos, y de ellos muchos no

buenos, con que contaba. En esto corrió una noticia consoladora,

porque se aseguraba haber tenido los nuestros una ventaja notable en

Caparroso, lugar de Navarra que tiene un puente, el cual se suponía

ganado gloriosamente por los españoles. Vino, con todo, la _Gaceta_ de

oficio a aguar el gozo, publicando un parte de tal singularidad, que le

conservo casi íntegro en la memoria, particularmente el último periodo,

que era cual le pongo en seguida al pie de la letra: «Participo a usted

que hemos _tomado_ a Caparroso a las _once_ de esta mañana, habiéndole

_evacuado_ los enemigos a las _ocho_. Voy corriendo a activar todo

aquello, y a que sigan adelante las conquistas». Firmaba este escrito

don Francisco Palafox, hermano del célebre don José, defensor de

Zaragoza, y hombre muy apreciable, pero corto en luces y saber, y, si

bien digno de estima, impropio para el mando.

Recuerdos de un anciano · 第 7 / 41 段