Los que vivíamos en Madrid, supusimos el levantamiento antes que

sucediese; sucedido, le creímos superior en fuerza a la que tenía;

apenas creímos sus ridiculeces, perdonamos sus excesos, nos figuramos

triunfos y negamos reveses. No impedía el terror que siguió al Dos

de Mayo que se mostrase la opinión con poco rebozo. La tertulia de

Quintana seguía no muy concurrida, pero no falta de gente, y toda ella

era entonces antifrancesa, a pesar de que, andando el tiempo, hubieron

de hacerse afrancesados unos pocos de los que la formaban. En lugares

mucho más humildes había el mismo espíritu. En los pobres cafés de

aquel tiempo, en que era costumbre leerse la _Gaceta_ al lado de un

brasero de sartén en invierno, y cerca de la ventana en verano, se

hablaba con el mismo desahogo, tal, que parecía no se recelaba peligro

por parte de los dominadores. Al revés, en lo que había miedo, era en

punto a negar las victorias de los levantados sobre los franceses,

y los incrédulos, que no lo eran por falta de patriotismo sino por

sobra de juicio, callaban medrosos cuando oían contar los hechos menos

creíbles. Así, un pobre levantamiento de Segovia, pronto vencido y

sofocado, fue pintado como un gran suceso en el cual los franceses,

de quienes se ignoraba u olvidaba que habían atravesado los Alpes, se

habían quedado sin atreverse a subir por los puertos de la cordillera

de Guadarrama. La gente más curiosa acudía a los cuarteles a averiguar

cuántos soldados y oficiales habían desertado cada noche, esto es,

ídose a las provincias a engrosar las filas de los ejércitos españoles,

ya en hostilidades con los franceses. Eran satisfactorias las noticias

que se adquirían, los cuarteles iban quedando vacíos y, lo que daba

más gusto, algunos de los honrados desertores se llevaban consigo las

banderas.

Al paso que seguían llegando las noticias, crecían, si no las

esperanzas, desde luego grandes, a punto de no admitir aumento, los

extremos del gozo. Entre todas las noticias, las de Zaragoza excitaban

particular entusiasmo. Palafox había llegado a ser un semidiós;

admiradas las gentes que le habían conocido en sus mocedades, apenas

concluidas, de que hubiese llegado a ser un general tan insigne. Me

acuerdo de una llamada batalla de _las eras_, dada en junio de 1808,

en que los franceses habían sido completamente derrotados, y de una

proclama que contenía, poco más o menos, las frases siguientes: «Si

la batalla de las eras hubiese sido ganada por esos vocingleros (los

franceses), se habría puesto a la par de las de Marengo, Austerlitz y

Jena; pero vosotros (los aragoneses) solo la miráis como un ensayo de

las que estáis dispuestos a ganar bajo el mando de vuestra Generalísima

y Patrona». Esta producción fue leída y admirada en el café de la

Corredera Baja de San Pablo en medio del día, tocándome, como solía

tocarme, el papel de lector entre los concurrentes.

Si algo se hablaba de la Constitución que estaba haciéndose en Bayona,

era por vía de burla, no sin maldecir a los que se prestaban a hacerla

o aprobarla; de ellos los más forzados, como acreditaron muchos con la

conducta que después siguieron, viva ya la guerra.

Murat se había ido de Madrid a reinar en Nápoles. El odio público había

seguido al verdugo de las víctimas del Dos de Mayo, y, como poco antes

de partirse hubiese sido acometido de cólicos violentos, aun hubo la

atrocidad de culpar al facultativo que le asistió porque le hubiese

salvado la vida. Quedó mandando Savary, casi igualmente aborrecido

por su conducta en Madrid y Vitoria en abril próximo anterior, y por

cierto más digno de aborrecimiento que el mismo Murat, siendo uno

de los peores satélites de su amo. No tengo presente dónde moraba

Savary, pero sí que no era en Palacio, el cual estaba abandonado,

no sin dolor ni escándalo de los españoles, para quienes era a modo

de religión la monarquía. Me acuerdo de haberle visto con frecuencia

para ver a mi sabor las bellas pinturas que entonces contenía y ahora

están en el Museo. En las salas se paseaban algunos franceses, y en un

dormitorio (el de la reina María Luisa creo) dos o tres de ellos con

otras tantas mujerzuelas de mala vida estaban ensayándose en el bolero

con acompañamiento de guitarra y castañuelas. Veíanse por allí, en un

rincón, el famoso sombrerito de tres picos con un par de botas a un

lado, que eran, o se suponía ser, del mismo Napoleón, y que enviados

a esta capital, cuando aún estaba en ella el rey, habían servido de

prueba de que el emperador francés no solo venía a España como huésped,

sino que estaba de camino. Y, como ha habido quien niegue la venida

de tales prendas, no está de más decir que las vi yo más de una vez

por mis propios ojos. Sin ser yo entonces muy monárquico, si bien no

era lo contrario, sino mezcla de una y otra cosa, miraba con dolor e

ira aquellas escenas que me parecían un insulto hecho no solo a la

majestad del trono, sino al decoro del pueblo español, del cual era el

trono representante.

Por fortuna, bien está repetirlo, creíamos cercana la venganza de

tanta afrenta. Había llegado julio, y pocos triunfos habían conseguido

nuestros odiados dominadores. Resistía Zaragoza: era verdad que el

mariscal Moncey se había retirado de Valencia, rechazado de los

flacos muros de aquella ciudad, solo propios para resistir a armas no

de fuego: de Andalucía era seguro que Dupont se había venido atrás,

desocupada Córdoba. Andábase averiguando noticias, siendo difícil

tenerlas ciertas, pues solían carecer de ellas los mismos franceses.

Tal era la sandez, hija del entusiasmo, que aun en gente no vulgar

era frecuente salir a la calle a saber qué había, y volver a casa con

grande satisfacción, porque, habiendo mirado a la cara a algunos

franceses, habían notado en ellos señales de mal humor; de lo cual

se deducía que estaban furiosos o tristes por el mal estado de sus

negocios, como si no pudiese ser y no fuese con frecuencia aprensión

del observador la figura o mala cara de los observados, o como si

razones privadas y no políticas no causasen en un francés enfado o

tristeza.

En medio de esto, súpose que había entrado José Napoleón como rey

por las provincias del Norte. Estaba desmentido el grosero y sucio

estribillo de seguidilla, que aún en Madrid cantaban a media voz

dominando los franceses, el cual era, ni más ni menos, el siguiente:

Anda salero,

No c——á en España

José primero.

«Ya sucedió lo que se suponía que no», exclamó con pesar una persona

al oír el estampido (que entonces no se llamaban detonaciones) de los

cañones que en esta corte anunciaban y celebraban la entrada del nuevo

monarca en su reino. Pero así y todo, no había por qué desmayar; malas

digestiones le esperaban en el mal adquirido trono y en la tierra que

llamaba su reino, y como había entrado, así saldría. Tiempo hubo en que

parecía errado el pronóstico, pero al cabo vino a resultar cierto; que

tanto puede un pueblo resuelto a no llevar el yugo de los extraños y

tenaz en su esperanza y fe aun en los reveses de la más adversa fortuna.

Por entonces, y estando José cerca de Burgos, llegó la nueva de haberse

dado una gran batalla en los confines del antiguo reino de León y

de Castilla la Vieja. Como es de suponer, para los madrileños había

terminado la batalla en una victoria completa de los nuestros, aunque

había sido cabalmente todo lo contrario. Algo contradijo la persuasión,

poco menos que universal, de haber sido de los españoles la victoria

saber que el titulado rey venía acercándose a Madrid y que iba a entrar

en la villa que llamaba su corte y en el usurpado palacio.

Entonces ya, si no se convino en que había habido derrota por parte

de nuestros compatricios, se calló tocante a la batalla, atentos los

ánimos solo al modo de recibir al rey calificado de intruso. De él se

afirmaba que era tuerto; y con mayor seguridad, que gustaba de beber

con exceso, a punto de merecer la grosera calificación de borracho. En

suma, si de oficio y para sus poco numerosos parciales era don José

Napoleón I, rey de las Españas y de las Indias (que tales títulos

tomó), para las noventa y nueve centésimas partes de los españoles vino

a ser conocido con el apodo familiar, pero no amigo, de Pepe Botellas.

No puedo hablar del recibimiento hecho al pretendiente al trono

en Madrid, porque, si bien residía yo en esta capital, no salí de

casa en aquel día. En que fue malo no cabe duda, si bien tal vez se

ponderó la soledad de las calles, porque a falta de adictos, hubo de

haber curiosos. Era común en aquellas horas repetir la narración y

descripción de la entrada del archiduque Carlos en Madrid, titulándose

el rey Carlos III, que está en los Comentarios del marqués de San

Felipe, transmitiéndola los que habían leído esta obra a los que no

la habían leído, y aun a los que no sabían leer; y fue universal

deseo renovar la escena de casi un siglo antes. Quizá ponderó algo el

marqués; pero lo cierto es que el archiduque se volvió descontento a

sus reales, desde la mitad del camino, sin llegar a habitar el regio

alcázar, cuando José, más fácil de contentar, siguió hasta aposentarse

en el Palacio.

A la amargura y rabia que causó verle sentado en el trono material

de los reyes de España, sirvió de calmante, aunque leve, saber los

desaires a que se veía expuesto. Muchos se negaban a prestarle

juramento de fidelidad, quiénes a las claras, resueltamente, quiénes

buscando evasivas, honrados y fieles, pero no animosos; quizá algunos,

puestos a ver venir, atentos a lo que había de suceder en las

provincias. Celebrose como grande hazaña que el alférez mayor de los

Reinos, marqués de Astorga y conde de Altamira, hubiese huido de Madrid

por no llevar y levantar el pendón en la jura mandada hacer al nuevo

soberano.

En tanto, habían pasado algunos días después del 19 de julio; día

inmortal en que de veinte mil franceses rindieron unos y entregaron

otros las armas a poco más de treinta mil españoles bisoños, en los

campos de Bailén. Tardó en llegar a Madrid la noticia auténtica de tal

suceso. Pero ya bien o mal sabida, y trasluciéndose, comenzaron a ser

fundadas las hasta entonces numerosas y mal fundadas conjeturas.

Pocos días antes había vuelto a las inmediaciones de Madrid con sus

tropas el mariscal Moncey, rechazado de Valencia; y si no derrotado,

obligado a desistir de su empresa a término de abandonar dos

provincias. Aunque no había hecho mucho efecto su llegada, servía,

como hecho constante, de dar crédito a voces que corrían de otros

de magnitud muy superior. Ya los observadores de los rostros de los

franceses no andaban tan fuera de razón, porque a todos ellos y a sus

parciales los veían cabizbajos, afanados, como quien se prepara a un

viaje, y este no de recreo. Al cabo, los preparativos de retirada se

hicieron visibles, y aun comenzó esta a efectuarse en el 29 de julio,

siguiendo el 30 y 31 en que salió el intruso rey con la corte, yéndose

con él algunos de sus parciales, y quedándose otros dispuestos a

pasarse a la bandera nacional.

Amaneció el día 1.º de agosto de 1808, día por cierto memorable, y de

aquellos de que rara vez gozan los pueblos, día cuya memoria no puede

borrarse en la mente de los que hoy vivimos, y la cual es bastante viva

y tierna para reanimar y conmover a personas rendidas al peso de los

años y heladas por el frío de la vejez, como por fuerza hemos de ser y

somos los pocos testigos que hoy quedamos de aquellas grandes escenas.

Apenas había amanecido, cuando las calles, y principalmente el

Salón del Prado, rebosaban en un gentío numeroso, alegre sobre toda

ponderación, ufano, y si no ajeno de malos deseos, dispuesto a

enfrenarlos en medio del puro gozo de la victoria. En esto apareció

entre aquel bullicio un corto piquete de franceses rezagados que

corrían a juntarse con los suyos: soldados de poca edad, mal vestidos,

con ciertos como saquillos de color claro y no muy limpios que solían

llevar aquellas tropas de infantería, parte de ellas nada lucidas,

aunque temibles en la campaña. Era de temer que la plebe alborotada

les embistiese; pero se contentó con insultarlos, y si uno de ellos

recibió unos cuantos golpes que le derribaron, no pasó la cosa a

más, y recogiendo el pobre muchacho el fusil caído, se fue con sus

compañeros, perseguido solo con silbidos y risotadas. La turba se

dirigió al Retiro, que había sido convertido en ciudadela por los

franceses. Veíanse allí cañones clavados; comienzos de fortificaciones

o no concluidas o deshechas; municiones de guerra en abundancia; acopio

de provisiones arrojadas al suelo y desparramadas, o por los mismos

invasores al retirarse, o por los primeros del pueblo que llegaron,

y a quienes impelió ya la locura, ya la ira, ya el lícito deseo de

aprovechar parte de aquellos despojos. Abundaba el vino, como era de

suponer, y convidaba a hacer de él uso. Pero un clamor casi general,

levantado de repente, hizo correr la sospecha de que aquellos víveres

y bebidas estuviesen llenos de veneno, por juzgarse propia acción de

los pérfidos invasores haber dejado tan funesta dádiva al pueblo del

Dos de Mayo en la hora de abandonarle. Pronto llegó a creerse realidad

la sospecha, porque un infeliz del pueblo había caído víctima de la

ponzoña. Yo mismo le vi traído entre cuatro, siguiéndole centenares

de hombres enfurecidos, clamando venganza contra los amigos de los

franceses que en Madrid hubiesen quedado. Pero aun los más apasionados

hubieron de conocer en breve que el supuesto envenenado no lo estaba de

otra ponzoña que de una, que si a algunos mata a la larga, a los más

deja sanos, sin otro remedio más que el del sueño. Al ver puramente

borracho al que había pasado por agonizante, se trocó el furor en risa,

y volvieron a predominar los buenos afectos sobre los malos.

No podía, sin embargo, dejar de causar temor a las personas prudentes

el estado de una población crecida falta absolutamente de gobierno,

donde la seguridad pública y la de los individuos en sus vidas y

haciendas había quedado encomendada a la virtud y buen juicio de la

muchedumbre, virtud que existe, pero que se desmiente con frecuencia.

No existía en Madrid autoridad ni fuerza alguna moral o material: los

que estaban gobernando el día 31 de julio bajo el intruso rey, eran,

cuando menos, sospechosos, y más que de mandar trataban de esconderse.

Del poder militar, que en España era la verdadera policía, apenas

quedaban en la capital más que unos pocos inválidos de los entonces

conocidos con el nombre indecente de «_culones_», pues los soldados y

oficiales de la anterior guarnición estaban ya todos en las provincias.

Había otra dificultad, y era que quien se atreviese a tomar el mando no

acertaría a resolverse en nombre de qué superior habría de ejercerle,

sí del rey Fernando o del pretendiente José, porque los franceses

estaban cerca y podían volver sin que hubiere quien se lo estorbase,

y las tropas españolas lejos, y el pueblo, aunque tranquilo, nada

dispuesto a sufrir que se le hablase de los Napoleones sino en términos

del vituperio más extremado. Entonces, por disposición no se sabe de

quién, se discurrió que numerosas cuadrillas de los llamados vecinos

honrados paseasen las calles haciendo el oficio de patrullas. Aunque

solo contaba yo diecinueve años de edad, fui de la de mi barrio o

cuartel, que se juntaba en el espacioso portal de la casa que había

sido y aun creo era del Banco Nacional de San Carlos, situada en la

calle de la Luna, entre las de Tudescos y Silva. De allí salíamos, y

recorríamos calles y calles entre gritos del pueblo reducidos a vivas,

pues durante dos o tres días ni una sola desgracia, ni un solo desorden

vino a turbar el sosiego público, o dígase el bien intencionado

regocijo.

A cualquier circunstancia se atendía, esperando ver hecha mención

solemne como de rey del cautivo Fernando. Hubo quien me contase que

por deseo de oír tan deseada mención, había ido a oír misa cantada,

y que tuvo el gusto de que en la colecta el sacerdote, anticipándose

a órdenes de oficio, dijese después de nombrar al Papa y al obispo

«_Regem nostrum Ferdinandum_». Frivolidades parecen estas cosas a la

generación presente; pero no lo eran entonces, por ser el pronunciado

nombre algo más que el de un monarca, la expresión del voto unánime

de un pueblo, expresada entre grandes peligros y heroicos hechos y

levantados pensamientos, tipo múltiple que contenía infinidad de

proyectos y esperanzas, y señal en aquella hora, y también consecuencia

de una increíble y gloriosísima victoria.

Por fin, al tercero o cuarto día de tan peligrosa situación, ocurrió un

suceso funesto. Se había quedado en Madrid don Luis Viguri, intendente

que había sido en la isla de Cuba, muy amigo de don Diego Godoy,

el hermano de don Manuel, y a quien habían acusado de haber en una

conversación con un coronel (dignísimo sujeto) llamado don N. Jáuregui,

insinuado, allá en 1807, que deseando el rey Carlos IV descargarse del

peso del gobierno, y no queriendo dejársele al príncipe su hijo, bien

podría el Príncipe de la Paz ser declarado Regente. Fuese por esta

razón o por otra, es lo cierto que, habiendo Viguri maltratado a un

negro su esclavo y quejádose este calumniando a su amo, se juntó gente

a los gritos, y la fama no buena en el concepto popular del desdichado

amo produjo un alboroto en que cayó muerto Viguri, atándose en seguida

una soga a su cadáver, con la cual atado fue arrastrado por las calles

entre gritos de aplauso de gente frenética, si no malvada. Llegonos,

estando en el zaguán de la casa de la calle de la Luna, la triste

noticia, que vino por grados: primero, que iban a matar a Viguri; poco

después, que ya había muerto; y en seguida, la atrocidad de que su

cuerpo era objeto. Nada podíamos hacer más que dolernos del tal caso,

y temer otros iguales o parecidos, y otro tanto hubo de pasar a los

pobres vecinos honrados de los demás barrios.

Había llegado el día 4, y ni aun en las esquinas aparecía documento

que dijese a los madrileños bajo qué autoridad vivían. Rompió al fin

el silencio el Consejo Real, vulgarmente llamado de Castilla, con

una alocución no mal escrita, aunque verbosa, impresa y puesta en

carteles. El Consejo gozaba de cierto favor popular en Madrid; el

vulgo le suponía un poder legal que no tenía, pero al cual aspiraba,

como si en algo fuese un sustituto de las Cortes, sobre todo de las

antiguas. El Consejo no había jurado la Constitución de Bayona, si bien

no se había resistido de frente a hacerlo; pero su timidez poco sabida

era de algunos que la sabían perdonada, cuando su resistencia era un

hecho constante. Vio el Consejo llegada la hora de ser realidad su más

arrogante pretensión, y ejerció su adquirido poder con satisfacción de

la población de la capital; no así de las provincias, o, dicho con más

propiedad, de las Juntas, que tenían pretensiones más subidas y con

otro fundamento, y a las cuales movía la codicia del poder inherente a

la naturaleza humana.

La alocución del Consejo tenía algo de confuso, pero no en cuanto a

declararse contra los aborrecidos franceses. Mi buena memoria (de

la cual espero que no se lleve a mal que haga mención, por ser dote

inferior al de un buen entendimiento) es causa de que pueda, al cabo

de tantos años, poner aquí de tal documento un periodo íntegro, el

cual me dio golpe por su consonancia con los afectos de que todos

participábamos: «Adoremos, decía, a la Divina Providencia, que si ha

sabido humillar a los soberbios, no consentirá queden impunes los

taladores, incendiarios y asesinos». Requiebros tales era entonces muy

del uso echar a los franceses.

El atentado cometido en Viguri no se repitió en algunos días. El

Consejo se convirtió en Gobierno, y dictó providencias tan buenas

cuanto consentían las circunstancias. Con la crueldad irreflexiva

propia de días de loco entusiasmo, fue pronto olvidada la víctima de

la furia popular, y si quedó de ella memoria, fue para crear un verbo

atroz, porque hacía materia de risa lo que debía de serlo de anatema,

pues se llamó _Vigurizar_ la acción de asesinar y en seguida arrastrar

el cuerpo exánime del asesinado.

A otras materias se convirtió la atención de la gente ilustrada, cual

era la de qué gobierno habría de establecerse.

Entretanto, casi quedó establecida, bien que por plazo breve, la

libertad de imprenta. Bien es cierto que el Consejo, nada amigo

de ella, trató de ponerle impedimento; pero en algún tiempo no lo

consiguió, aunque lo mandase. Había censores, pero o no ejercían la

censura, o no sé hacía caso de ella, ni se necesitaba. Una censura

había, y era terrible, que era la seguridad de ser hecho pedazos si

algo se decía o se insinuaba siquiera contra el punto principal de

todos los pensamientos: la causa de la nación contra el enemigo. En

los demás, era la discordancia de opiniones tan grande cuanto cabe

serlo, y pocos reparaban en ello, no viéndose ni aun disputas entre

las doctrinas de libertad política llevada casi al extremo, y la poco

menos que irreligión del _Semanario patriótico_, y otras producciones

rebosando fanatismo y toda especie de ideas rancias en punto a

gobierno, y la mezcla singular de máximas favorables al patriotismo

español y contrarias a la civilización europea y general, contenidas

en la extravagante _Centinela contra franceses_, de Capmany; obra que

compartía con los escritos de Quintana el favor popular en primer

grado. Pero bien está repetirlo: en tales diferencias, no obstante su

magnitud, llegada a ser contradicción, nadie reparaba, pues bastaba la

semejanza o igualdad en adhesión viva a la causa santa del pueblo.

No faltaban composiciones poéticas. Primero vieron la luz las dos odas

de Quintana a España libre. Eran lo que debía esperarse de autor ya

tan afamado, y reproducían con ventaja los pensamientos y afectos de

las conocidas composiciones del mismo poeta a la heroica desdicha de

Trafalgar, y a la hazaña de Guzmán el Bueno. Otra composición salió

a luz que disputó a las de Quintana la palma, y aun se la arrebató,

en sentir de muchos jueces, debiendo, en razón, solo compartirla, por

ser inferior en fuerza de fantasía, y solo igual, por otro lado, en

el sentimiento, aunque superior en la corrección y en la admirable

construcción del periodo poético a la del ya un tanto antiguo y

célebre poeta. Todos entenderán que hablo aquí de la elegía, o lo que

sea, sobre el suceso del Dos de Mayo, cuyo autor, don Juan Nicasio

Gallego, a la sazón capellán de los pajes de Su Majestad, se había dado

a conocer solo por una buena oda a la reconquista de Buenos Aires.

Gallego era muy amigo de Quintana, a cuya tertulia era concurrente

asiduo, y los dos poetas, en aquella ocasión rivales, se complacían en

darse mutuas y sinceras alabanzas.

Otra oda apareció con el título de _Profecía del Pirineo_, abundante

en perfecciones, manchada por algunos, pero leves, lunares, y que

excitó aprobación y aun admiración, así como curiosidad, porque desde

luego su autor no la publicó dando su nombre. Súpose en breve que era

de Arriaza, buen poeta en su clase, pero de otra estofa que Gallego

y Quintana. Pareció la nueva composición, si no la mejor de su autor,

de las mejores, y particularmente de otro estilo que el general suyo.

Sin embargo, era fácil notar, en composición tan justamente aplaudida,

que sobresalía el ingenio más que la imaginación o el sentimiento, y la

principal, si bien no la única prenda de Arriaza, era ser ingenioso.

Hubo, además, una inundación de versos patrióticos o medianos o malos.

¿Qué más? Hasta yo, empeñado entonces, _invita dea_, en poetizar o

metrificar, di a luz una oda al uso de lo que se fabricaba, ni siquiera

señalada por lo mala sino de aquella medianía que, según Horacio, ni

los postes aguantan, de suerte que ni merecía ni llamó la atención aun

para desaprobarla.

La Constitución hecha en Bayona mereció ser puesta en coplillas que

la ridiculizaban, y ciertamente censurándola en lo poco que tenía

favorable a la libertad y en lo no poco en que tiraba a formar un

gobierno ilustrado. Por ejemplo, prometiéndose en aquella obra la

libertad de imprenta, decía el crítico:

La libertad de la imprenta

Disfrutará la nación:

¡Pobre del Papa y del clero!

¡Pobre de la religión!

Y esto no obstante, si la voz común no mentía, esta crítica fue obra de

un literato, después muy parcial de las doctrinas llamadas liberales y

de la misma libertad de imprenta: de don Eugenio Tapia.

También se tentó hacer versos para cantarlos; pero, aunque siguiendo la

guerra las canciones patrióticas adquirieron valimiento, por lo pronto

no eran oídas sino las más toscas y vulgares. Arriaza escribió el himno

llamado de las provincias, que tiene muy bellas estrofas; y el famoso

guitarrista Sor le puso música, pero con corta fortuna en punto a

hacerle correr entre las gentes. No porque se dejase de cantar por las

calles, pues, al revés, atronaba los oídos la continua canturía. Pero

las canciones que resonaban, era una que decía:

Virgen de Atocha,

Dame la mano,

Que tienes puesta

La bandolera

Del rey Fernando.

Virgen de Atocha,

Dame tu poder,

Para que al rey Fernando

Le traigas con bien.

o con otra, y no mejor música, la no mejor letra que decía:

Ya vienen las provincias

Arrempujando,

Y la Virgen de Atocha

Trae a Fernando.

¡Vivan los españoles!

¡Viva la religión!

Yo me c...o en el gorro

De Napoleón.

o una de igual valor, como es:

Ya se van los franceses—Larena,

Matan los piejos—Juana y Manuela,

Matan los piejos—Prenda,

Y el general los dice—Larena,

Que son conejos—Juana y Manuela,

Que son conejos.—Prenda.

Y en el pueblo en que esto se cantaba era el _Semanario patriótico_,

escrito por Quintana y sus amigos, el periódico más apreciado y

respetado, y el que más influjo ejercía.

Recuerdos de un anciano · 第 6 / 41 段