No siendo hermosa, ni aun verdaderamente bella ni bonita, tenía

ojos admirables, vivos, parleros, así excitando a unas como a otras

pasiones, y una voz de exquisito metal, y, tanto cuanto sonora,

flexible. Expresando el dolor, partía el corazón a sus oyentes:

representando la malicia, enamoraba. En el mal drama de Kotzebue,

titulado _Misantropía y arrepentimiento_, hoy olvidado, pero algún

tiempo locamente aplaudido, al descubrir quién era, su culpa producía

un efecto en nada inferior al de los mejores actores de cualquier

pueblo o tiempo, y sus sollozos, y sus gemidos, y su voz llorosa

sacaban lágrimas aun al oyente más frío. En _El perro del hortelano_,

de Lope de Vega, la condesa Diana con sus caprichos de mala especie

se llevaba tras sí los corazones o los sentidos. _El desdén con el

desdén_, de Moreto, nunca ha tenido mejor intérprete. Era, en suma,

Rita, grande actriz, y tal vez hoy la calificaríamos de grande artista,

pero de aquellos en que están compensadas considerables imperfecciones

con singularísimos primores, superando estos a aquellos en cuanto son

hijos de cosas a que el arte con todo su gran poder nunca alcanza.[20]

[20] Arriaza en su linda sátira de la tragedia _La muerte de

Abel_, donde asimismo censura otras obras dramáticas a la sazón

recibidas con aplauso, llama a Rita Luna

la dama inmemorial

_Del desdén con el desdén._

Ya en sus poesías se leen los siguientes versos hechos al busto

de la famosa comedianta:

Si algún mortal tan insensible vive

que de esa tu expresión siendo testigo,

dolor igual al tuyo no recibe,

no le pidas al cielo otro castigo

sino el mismo... que le prohíbe

el dulce bien de suspirar contigo.

Ayudaban a esta famosa mujer dos galanes, Carretero y Ponce. No

cuadraba mal ni al uno ni al otro el nombre de galán, propio de su

papel en el lenguaje del teatro, porque lo eran ambos de persona.

Ponce estuvo algún tiempo al lado de Máiquez, antes de pasar a la

compañía rival de la de este, y tomó algo de la escuela de su maestro,

pero la dejó pronto para volver al estilo antiguo español en punto

a representar, si bien nunca viniendo al método extravagante de que

era modelo el un día celebrado Manuel García Parra. Carretero, dotado

de una voz bellísima y de bastante sensibilidad, fue mejorando, y

en días muy posteriores adquirió merecida fama en una escuela que

tenía bastante de la nueva, pero conservando un tanto de la antigua.

Por lo que toca a Querol, era inimitable en su género. Quien le vio

representar el don Claudio del _Hechizado por fuerza_, o el Polilla de

_El desdén con el desdén_, o aun el Muñoz de _El viejo y la niña_, mal

podía encontrarle rival; y eso que hemos contado en días más cercanos

a un Guzmán, superior en lo general a Querol mismo, pero no en los

papeles de que acabo de hablar, porque los buenos actores, como que

crean los caracteres en cuya representación brillan, dejan a quienes

los siguen la situación desventajosa de imitadores.

Si de la compañía cómica del teatro de la Cruz pasamos a la del

Príncipe, que por algunos años había sido la de los Caños del Peral,

variamos de escena, pasando a la preferida por la gente de superior

esfera, si ya no por los primeros literatos. Era el repertorio del

teatro favorecido casi todo de piececillas francesas traducidas, y de

tragedias asimismo vertidas del francés o del italiano. En todas ellas

brillaba Isidoro Máiquez, tan aventajado en el género cómico cuanto

en el trágico, de no comunes dotes naturales y adquiridas, siendo

más las primeras, aunque no aparentes, porque entre ellas se contaba

la capacidad de aprovechar asombrosamente cortos estudios. Máiquez

había empezado su carrera por ser poco grato al público, por el cual

estuvo a punto de ser silbado, tachándole principalmente de frío,

acaso porque era natural; pero, habiendo ido a París y hecho allí una

corta estancia, durante la cual oyó, admiró y trató al célebre Talma,

volvió a su patria no imitador ajustado de los actores franceses,

sino creador de un arte nuevo adaptable y bien adaptado a la lengua

española. No tenía, con todo, conocimientos literarios, quedándose en

este punto inferior a nuestros actores del día presente, aun los de

segundo orden, y hasta no sabía medir el verso, pues en los que decía,

solía, equivocándose, alterar la cantidad, pasándolos con quitarles o

añadirles sílabas a la calidad de prosa. Pero tenía la superioridad

mental, a que dan los franceses, y a su imitación los ingleses, y

damos hoy los españoles cuando no queremos ser puristas, el título de

_genio_, y esto lo era como actor en grado eminente y no disputable.

Su alta estatura, su rostro expresivo, sus ojos llenos de fuego, su

voz algo sorda, pero propia para conmover, la suma naturalidad en su

tono y en su acción, su vehemencia, su emoción, y aun lo intenso,

a falta de lo fogoso, de la pasión en los lances ya terribles, ya

de ternura profunda, constituían un todo digno de ponerse a la par

con los primeros de su clase de todas las naciones. Era juntamente

maestro, aunque los discípulos no supieron conservar todo cuanto

de él aprendieron; pero bajo su dirección le ayudaban del modo más

satisfactorio posible Prieto y Caprara, muy decaídos luego que le

perdieron de vista; conservaban con todo buena parte de su escuela,

haciéndose oír con gusto aun el segundo, no obstante su desagradable

acento extranjero, siendo napolitano, esto es, pronunciando con algo

del más desagradable tono del peor dialecto de Italia. No fue tan

feliz con su mujer Antonia Prado, de la cual sacó un poco, pero sin

poder curarla del achaque de afectación como de mujer presumida. En el

_Otelo_ de Ducis, mala imitación de Shakespeare, en los _Venecianos_

de Arnault, obra de poquísimo valor, y como la primera, malísimamente

traducida por una misma persona; en el _Polinice_ y el _Orestes_ de

Alfieri, puestos en hermosos versos y lenguaje por Saviñón el uno con

el título de los _Hijos de Edipo_, y por don Dionisio Solís el segundo,

y en la _Muerte de Abel_ de Legouvé, pieza de corto valor, pero a la

cual una bellísima versión del ya citado Saviñón dio realce, daba

representados la compañía de Máiquez, y sobre todo por el que era su

cabeza, los más perfectos modelos que en su clase se han visto en los

teatros de España. Inútil es citar caracteres cómicos, en los cuales no

parecía Máiquez que representaba un papel, sino que era el personaje

representado; tal era la naturalidad de su expresión y modos. Aunque

poco aficionado a nuestro teatro antiguo, quiso una vez representar el

_Pastelero de Madrigal_, y admiró al público en la personificación del

impostor, ya humilde, ya altivo. Hasta arrebató aplausos representando

la mala comedia de Comella, cuyo título es _María Teresa de Austria o

el Buen Hijo_; pero esto lo hizo, si a punto de lograr que se repitiese

varias noches tan pobre pieza, sacrificando su mérito artístitico en

su deseo de captarse el favor del vulgo con bufonadas. Máiquez era de

condición violenta, soberbio por estar ufano de su mérito, nada sufrido

con los grandes y poderosos, altivo y dominador con los pequeños e

inferiores. Así lo bueno y malo de su carácter le atrajo frecuentes

desventuras. En el año de 1807 hubo de salir de Madrid, no me acuerdo

si desterrado, como lo fue después, y como lo estaba cuando en 1820 le

sobrevino la muerte. Si en cuanto al arte dramático había en Madrid

buenos actores, que solían representar malas o medianas piezas, y

no aparecían producciones originales sino en cortísimo número, y,

salvo en uno u otro caso, de escasísimo valor, en la parte del drama

lírico, o dígase cantado, era grande la decadencia. Madrid, que en los

reinados de Felipe V y Fernando VI había tenido una ópera italiana

de las mejores de Europa, donde había brillado _Farinelli_; Madrid,

que, aun reinando Carlos III y Carlos IV, si bien ya cerrado el regio

teatro del palacio del Buen Retiro, había visto y oído en los Caños del

Peral a la _Todi_ y a la _Banti_, se contentaba con oír en el teatro

óperas cómicas francesas medianamente traducidas, en las cuales alterna

la representación con el canto. El teatro del Príncipe era el lugar

destinado a tales funciones, alternando en él una compañía de cantantes

con la de Máiquez. Distinguíase entre aquellos Manuel García, después

subido a eminente altura; pero entonces aún no consumado maestro, a

pesar de que su hermosa voz estaba en su mejor periodo. Cantaban con él

su mujer Manuela Morales, cuyo mérito apenas llegaba a la medianía, aun

entonces. Ayudábanlos un Cristiani, mejor actor que cantor, cuyo género

era el jocoso, y la N. Briones, madre de la famosa Malibrán y de madame

Viardot, ambas nacidas en París, adonde en 1807 pasó su padre con su

querida.

Ya en 1806 faltaba en Madrid buena compañía de baile. Pocos años antes

las había habido lindísimas, y tres bailarinas célebres, la Hutin, la

Costou y la Duchemin, habían tenido acalorados parciales que disputaban

unos con otros cual podría hoy suceder tratándose de una cuestión

política de superior empeño. En punto a los bailarines, no daban

ocasión a tales contiendas; pero no dejaban de llamar la atención y

de recibir aplausos como ahora no los recibirían, habiendo caído la

afición al baile, y solo concediéndose aprobación a las mujeres que

en él lucen, pero poco o nada a los varones. Verdad es que lo que

agradaba en el tablado tenía igual aceptación, en la proporción debida,

en los bailes particulares. Quien ve ahora pasearse como de mala gana

en una sala algunas parejas, figurándose que bailan, no puede hacerse

cargo del ardor, de los bríos, así como de la habilidad con que se

entregaban a la pasión de la danza los señoritos de los días de mis

mocedades, siendo para mí, que vivía entre ellos, causa de dolor que

por ser torpe o desmañado me veía completamente privado de figurar en

su compañía. La gavota estaba en su auge. En los rigodones, al bailar

los solos el galán, se extremaba en piruetas y trenzados, haciendo

sextas. Era esto punto de vanidad, y así blasonaban los jóvenes de su

afición al baile, casi como blasonan los del día presente de mirarle

como una tarea penosa. En cambio, el vals, recién introducido en

España, pues solo lo fue hacia 1800, era pausado en comparación con el

actual y con nuestras polkas, etc.

No consentían los tiempos reuniones literarias, y por otra parte,

escaseaban elementos de qué componerlas. En una u otra tienda de libros

había tertulia de la clase de la que pinta don Tomás de Iriarte en su

comedilla titulada _La Librería_; pero los tiempos habían llegado a

ser tales, que eran muchos los peligros que ocasionaba el estar juntas

personas instruidas, que por fuerza habían de tratar de materias

graves, con las cuales a veces se rozaba la política, o de asuntos

literarios, en que podía decirse alguna cosa desabrida a la pandilla

predominante.

En medio de esto subsistía por entonces en España la Inquisición, pero

tan mansa, que apenas era temida. El inquisidor general Arce era hombre

instruido, de condición suave y, más que otra cosa, cortesano.[21]

[21] En 1808, viniendo yo de Cádiz a Madrid, traía unos libros.

Entre ellos estaba la _Historia de Carlos V_, por Robertson

en el original inglés. Llegado mi corto equipaje a la Aduana,

se pusieron a examinar los libros dos inquisidores, blando de

condición el uno, severo el otro. Al tropezar con Robertson, no

entendiendo inglés, me preguntaron qué obra era. Yo, escamado

del gesto del uno, dije el argumento de la obra, pero callé el

autor, protestando que iba a estudiar el inglés, pero que no

le sabía. Oído esto, un inquisidor me dijo que me le llevase,

pero el otro, casi furioso, exclamó que siendo Robertson era

obra prohibida. En la duda ofrecí yo entregar el libro, y así

hice. En seguida conté lo ocurrido a mi tío don Vicente Alcalá

Galiano, muy estrecho amigo del señor Arce, inquisidor general

y patriarca. A poco me fue devuelta la historia de Robertson,

aunque yo era un joven de 17 años y no tenía licencia para leer

libros prohibidos. Fui a dar las gracias en persona al señor

Arce, el cual tuteándome y con rostro y modos cariñosos: _Hola,

muchacho_, me dijo, _¿conque lees esos libros? ¡Pues cuidado!_

Poco importaba el aviso, porque el hecho le quitaba el carácter

de amenaza.

Así es que la malicia popular, mirándole como privado del gran

privado, hasta le achacaba estar casado; claro desatino, pero indicio

de que no veían en él las gentes un sucesor de Torquemada o de Valdés,

de quienes vino a ser representante el nombrado inquisidor por la Junta

Central, el afamado obispo de Orense. Se entretenía la Inquisición en

perseguir y castigar a falsas beatas, inventoras de milagros, lo cual

hacía con tanto mejor éxito, cuanto que no podía pasar por hija de la

impiedad o la incredulidad la pena dada.

Sin embargo, la tertulia de Quintana existía, y vivió en los años

críticos de 1807 y 1808, hasta que la caída del trono antiguo en

Aranjuez le dio, no solo seguridad, sino importancia. En ella tuve yo

entrada en noviembre de 1806, no obstante mi corta edad, que era de 17

años, porque ya cultivaba las letras con buen deseo, si no con acierto,

ajeno de lo que se llama estudios, pero supliendo con la afición,

aunque muy imperfectamente, lo que me faltaba. Hoy soy el único que

vive de quienes componían aquella sociedad medianamente numerosa. Iban

allí don Juan Nicasio Gallego, cuya fama empezaba entonces; Blanco

White, ya conocido en Sevilla; Arjona, también del gremio literario

sevillano; Tapia, unido con Quintana por amistad estrecha; Capmany, a

quien malas pasiones llevaron después hasta a pintar con negros colores

a aquella concurrencia donde era bien admitido; Alea, traductor del

_Pablo y Virginia_, de Saint-Pierre; don Gerónimo de la Escosura,

muerto académico de la lengua; don N. Viado, y algunos más de cuyos

nombres no me acuerdo. Se aparecía de cuando en cuando, y no muy de

tarde en tarde, Arriaza, el cual como que disonaba entre gentes casi

todas opuestas al Príncipe de la Paz, cuya casa él frecuentaba, como

antes he dicho. La conversación era sobre materias de literatura; pero

también se hablaba de noticias, como, por ejemplo, de la campaña de

Napoleón en Prusia y Polonia, llegando el atrevimiento solo a punto ser

lícito manifestar, ya afecto, ya desafecto al conquistador glorioso.

Solía leer Quintana las vidas de hombres célebres, que por entonces dio

por primera vez a la estampa. Nunca vi allí a Cienfuegos, y en cuanto

a Meléndez Valdés, creo que estaba ausente de Madrid en aquellos días.

Era aquella sociedad culta y decorosa, cuadrando bien al dueño de la

casa, hombre grave y severo. A ella no asistía su mujer, reputada una

de las principales beldades de Madrid, pero sin duda poco aficionada a

la literatura o a la sociedad de gentes nada propias para divertir a

señoras en la flor de la juventud y en la madurez de su hermosura.

Así iban acercándose a la muerte el Madrid y la España de nuestros

abuelos. Quien vio el Madrid y la España de 1815, con sus pretensiones

a ser fiel renovación de lo antiguo, se forma de lo pasado una idea,

cuando no mucho, bastante equivocada. Los que aspiran a resucitar

muertos no estando dotado por Dios del don de hacer milagros, desvaría,

y si trabaja para el logro de su descabellado intento, y de su trabajo

algo llegan a prometerse, y se figuran haber conseguido lo que se

prometían, equivocan un cadáver galvanizado con un cuerpo venido a

vida nueva. Fue muy duro el golpe, llegó a penetrar muy en lo hondo el

movimiento que recibieron nuestra monarquía y nuestra sociedad en 1808,

y desde entonces hasta 1814, para que pudiesen tener efecto cumplido

los deseos y conatos de quienes querían pasar por encima de seis años,

y no años ordinarios, como si tal hueco no hubiese existido.

De la sociedad de 1814 a 1820 hay quienes conservan recuerdos que

podrían, si quisiesen, trasladar de la mente a la pluma, pero cuidando

de no equivocarlos con una época muy diferente.

V.

MADRID DESDE FINES DE MAYO HASTA FINES DE AGOSTO DE 1808.

Algo hay escrito de la guerra de la Independencia, si bien quizá no

tanto cuanto debería esperarse, o cuanto en otro pueblo más fecundo

en autores y lectores habrían dado de sí acontecimientos tan graves y

tan ricos en escenas del más vivo empeño posible. Y cuando me arrojo

a decir que solo es algo lo escrito o lo publicado sobre las cosas de

aquellos días, hablo de la cantidad y no de la calidad, porque hay

entre lo poco obras de mérito, entre las cuales descuella la historia

del conde de Toreno, donde, si hay faltas, abundan las perfecciones.

Pero hay dos puntos que son los principales para quien desea enterarse

de lo que fue aquella contienda, y de lo que eran aquellos días de que

poco se ha tratado. Es el primero la consideración crítica y filosófica

del espíritu de aquella contienda, donde concurrieron con igual celo a

un fin común gentes de opiniones encontradas, presentando el total muy

diversos aspectos, según el lado por el cual era mirado, pudiendo solo

juzgarlo del todo quien atentamente examinare las varias ideas, y la

general, venida a ser conjunto de todas las diferencias que habrían

de manifestarse, logrado o próximo a lograrse el objeto del común

deseo. El mismo conde de Toreno, no obstante ser hombre de grandísimo

entendimiento y vasta instrucción, concibió su historia atendiendo

a un modelo clásico o antiguo; y siendo por afición y hábitos poco

amigo de generalizar, solo mezcló breves reflexiones políticas en

su narración animada y elocuente. Pero el otro punto, poco o nada

conocido, es la parle anecdótica de aquellos días, sobre la cual calla

la historia por juzgarlo indigno de su atención, y faltan testimonios

de observadores contemporáneos, no habiendo en España lo que es común

intitular memorias, ni de la clase de que son las inglesas, ni de la de

que son las francesas, las cuales, siendo unas de otras muy diferentes,

contribuyen por lados diversos a poner a la vista de generaciones

sucesivas lo que fueron sus abuelos o eran sus padres. De suplir esta

falta pueden servir los borrones que siguen, y si pareciere arrogancia

este aserto, se suplica al lector considere que la empresa es llana,

pues solo requiere memoria y buen deseo, porque a contar lo que vio

alcanza la vieja más ignorante, y no es más alta la pretensión de que

son expresión estos recuerdos. Pocos quedamos ya de los que vivían en

aquella época, muy diferente de la actual, aunque con ella enlazada, no

solo como lo están todos los sucesos en los anales del linaje humano,

sino con más estrecho nudo, porque si entonces vivía la España antigua,

entonces también murió la España nueva, que era niña balbuciente en

1810, y hoy frisa con la vejez, por haber vivido muy de prisa, y en

uno y otro caso tiene las ventajas y desventajas propias de los años

primeros y otros de los ya avanzados. Basta y sobra ya de preámbulos, y

entremos en materia.

Después del terrible suceso del Dos de Mayo, había quedado Madrid

aterrado, pero a la par con el terror reinaba la ira. Los sucesos

de Bayona, donde fue obligado el rey Fernando, locamente amado por

lo mismo que era un enigma interpretado de modos diversos, todos

favorables a ideas también diversas, fue compelido a hacer renuncia de

la corona en su padre, para que este la traspasase a Napoleón, estaban

previstos, y a nadie admiraron. Pero lo verdaderamente singular es

que, en la opinión general, aun contando la de gente muy entendida

e ilustrada, había poco temor de que uno u otro Napoleón reinase.

Entretanto, menudeaban decretos y proclamas de Bayona: el trono había

quedado como vacante (aunque de oficio nunca lo estaba, pues fue

cedido por Carlos IV a Napoleón, y este a su hermano José); España

estaba tranquila; de ejército español solo había cortas divisiones en

lugares muy distantes unos de otros, de suerte que ninguna esperanza

fundada existía de libertar a España del yugo francés; pero suplía

completamente la falta de la esperanza lo vivo del deseo, o diciéndolo

con toda propiedad, era este tal y tanto, que, pasando más allá de

esperanza, llegaba a ser persuasión. Todos tenían puesta la vista en

las provincias, como decíamos en el lenguaje común de aquellos días,

y de allí aguardamos el remedio creyendo infalible su llegada y aun

su eficacia. Habrá quien achaque esta locura patriótica a una causa

de muchos creída innegable verdad, y es que en nuestra patria la

gente superior en talento y ciencia, con raras excepciones, creía que

debíamos aceptar de Francia con nuevo rey leyes nuevas y un gobierno

ilustrado; y que solo el vulgo ignorante o los hombres de rancias

doctrinas deseaban o esperaban el restablecimiento del trono de los

Borbones, de lo cual, como es natural, se sigue que, conformándose

la fe con el deseo, y este y aquella con la ceguera intelectual,

ofuscasen el ánimo visiones que presentaban como fácil y seguro lo casi

imposible. Tan errada persuasión, originada en escritos y dichos de los

franceses y sus parciales, acogida y fomentada por algunos ingleses,

y a la cual dio valimiento la conducta del rey en 1814, está en

contradicción con los hechos. La tertulia de don Manuel José Quintana,

por ejemplo, era el punto principal en que concurrían los hombres más

señalados en España por su talento y saber, y también por sus ideas

favorables a la libertad política y religiosa en grado hasta excesivo.

Poco después del Dos de Mayo, don Nicasio Álvarez de Cienfuegos, a

quien nadie excedía en amor a las doctrinas después llamadas liberales,

había sido, por un artículo favorable a Fernando VII, inserto en la

_Gaceta de Madrid_, llevado ante la autoridad francesa, y amenazado

de una condenación a muerte. Vivía en lo general de los españoles

de aquellos días honda y vehementemente sentido el amor de patria

juntamente con el de libertad, confundiéndose en uno ambos afectos. De

los pocos que disentían de la opinión popular, los unos eran odiosos

al pueblo, y otros cedían a compromisos contraídos, no sin dolor y

vergüenza, que apenas, si acaso algo, disimulaban. A pesar de contarse

tantas personas de entendimiento e instrucción entre los que padecían

del achaque de una credulidad infundada en prometerse triunfos de la

nación española en la indudable resistencia que suponían haría al

poder francés, tal confianza parecía desatino; pero más difícil que

probar que lo era, venía a ser negar que existía. Disposición tal en

los ánimos explica cómo fue acometida, casi unánime y simultáneamente,

empresa tan atrevida cuanto lo era la de desafiar al poder francés una

nación falta de recursos, y cuyas plazas fuertes fronterizas y gran

parte de su territorio, inclusa la capital, estaba en poder de los

invasores. Como estaban convencidos de que había de haber insurrección,

bastó que algunos pocos hombres osados en varias capitales, todos ellos

de corto valer, alzasen la voz, para que fuesen seguidos, siendo la voz

de tales hombres a modo de campana de reloj que da la hora en que esté

convenido que ha de hacerse alguna cosa, sea o no de importancia.

Recuerdos de un anciano · 第 5 / 41 段