[14] En la última o penúltima corte que tuvo el Príncipe de

la Paz, cuando estaba y aun se veía cercana su caída, estando

yo allí con mi madre, teníamos al lado a dos frailes, sin

duda personajes de cuenta en su orden, a los cuales se acercó

el valido, y dijo las palabras siguientes, cuyo sentido

no entendimos hasta que noticias después sabidas nos lo

explicaron: ¿_Conque el Espíritu Santo se ha vuelto perdiz_?

Y como no recibiese respuesta a esta necedad, que era alusión

a haber tomado posesión de Roma y su gobierno, en nombre

de su emperador, el general francés _Miollis_, destronando

al Papa, prosiguió el gran personaje: _Sí, perdiz con sus

patitas coloradas_. A lo cual añadió: «Yo estoy en el caso de

desear vestirme, no un hábito como ese (y señalaba el de los

religiosos), sino un saco, e ir a encerrarme a un desierto».

A tales frases, si no impías, cuando menos indecorosas,

respondían los buenos de los frailes con sonrisitas, y esto

cuando quien las decía estaba ya en vísperas de caer de su

poder y grandeza; pero tales eran los tiempos, que mientras

seguía en pie el ídolo, era costumbre seguir dándole culto.

Era notable en recordarse los rostros y el negocio que a cada cual

traía a verle, en medio de tal confusión de personas y cosas; calidad

esta de memoria común en los príncipes, donde se prueba cuánto se

perfecciona cualquiera de las facultades del hombre con ser continua y

casi exclusivamente cultivada y empleada. Concluida la corte, salían

los concurrentes: de ellos la mayor parte a maldecir a aquel ante quien

poco antes habían aparecido solícitos y sumisos. En cuanto al pueblo,

que no iba a tales ceremonias, maldecía únicamente al privado, pudiendo

en él más la preocupación que el juicio, y más violento en aborrecer

por lo mismo que ignoraba en gran parte por qué aborrecía.

Era por cierto muy notable en aquellas horas la situación de nuestro

Gobierno, y de sus relaciones con los gobernados, o digamos del

concepto en que era tenido, y de los deseos o esperanzas en cuanto a

lo venidero. De limitaciones al poder real pocos conocían algo, y así

eran cortos en número quienes a verlas establecidas aspirasen. Esto no

obstante, reinaba entre el mismo vulgo una idea confusa de que podía,

y aun de que debía haberlas, y cierta persuasión de que las había

habido, y de que era conveniente, así como posible, traerlas de nuevo

a uso. Era muy general buscar este correctivo al poder arbitrario en

el Consejo Real, vulgarmente llamado de Castilla. Pero la dignidad de

la Corona seguía, no solo respetada, sino apreciada altamente. Lo que

era odiado era los favoritos o privados, que (según decían) engañaban

al Rey siempre bueno, como si fuese imposible impedir que hubiese

validos prepotentes cuando el monarca lo es todo y quiere depositar su

confianza en una persona querida. Pero había un síntoma fatal para la

autoridad, y era haber caído no solo en odio sino en desprecio algunos

de los que la ejercían, inclusa la Reina, a la cual no alcanzaba la

inmunidad de que en la opinión vulgar gozaba el trono.

Una sociedad política admirablemente constituida ha causado en

Inglaterra que no padeciese menoscabo la monarquía ni aun reinando

aborrecido, despreciado y escarnecido el vicioso Jorge IV. Al revés,

en Francia recibió una herida, que con el tiempo vino a ser mortal,

la autoridad real en el reinado del corrompido Luis XV. Lo que en el

vecino reino, hacia 1770, podían ver en nuestra patria en 1807 vistas

no de lince; pero en materias políticas pocos eran los que veían

medianamente claro, porque faltaba generalmente aquí la luz de la

ciencia.

No porque, al decir esto, afirme yo que estábamos los españoles poco

antes de la invasión francesa envueltos en espesísimas nieblas,

pues alguna si bien escasa luz nos alumbraba. El estado puramente

intelectual del pueblo será asunto de otra parte de este imperfectísimo

trabajo, digno de ser leído por quienes le leyeren para recibirle como

chocheces; pero algo se saca de la garrulidad de los viejos, sobre todo

cuando, callando o habiendo callado muchos, quienes rompen el silencio

cuentan cosas y aun pequeñeces mal o poco o a veces nada conocidas. Aun

los chiquillos, ansiosos de diversión, suelen agolparse alrededor de la

abuela, a oír lo que cuenta de cuando era niña y moza, y por lo común

lo que cuenta vale poco, y no es raro que contenga, entre cosas nuevas,

otras muy sabidas. Otro tanto puede prometerse que le suceda quien,

según el modo de hablar del vulgo, es un pobre abuelito.

IV.

MADRID DE 1806 A 1807.

La literatura madrileña estaba en 1806 casi dividida en dos bandos,

si bien había literatos que no eran completamente del uno ni del

otro, siendo a modo de imparciales, ya en su común amistad, ya en su

enemistad a ambos, y no faltando quienes desertasen de una hueste

a la opuesta. En la formación de estos bandos influían variedad o

contraposición en las doctrinas, así literarias como de otra clase, no

dejando de influir estas últimas en aquellas, y viceversa, o razones

privadas, ya de piques y resentimientos, ya de celos y ambición de

ocupar puestos absoluta o relativamente superiores.

La una hueste era patrocinada por el Gobierno, o digamos por el

Príncipe de la Paz, al cual eran los hombres principales o cabos

personalmente adictos. Era el principal de estos don Leandro Fernández

Moratín, poeta cómico aventajado, si bien falto de imaginación

creadora, y de pasión viva o intensa; rico en ingenio y doctrina;

clásico en su gusto, esto es, a la latina o a la francesa; nada amante

de la libertad política, y muy bien avenido con la autoridad, aun la

de entonces, a cuya sombra medraba, y también dominaba; en punto a

ideas religiosas, laxo por demás, si hemos de tomar por testimonio sus

obras, donde se complace en satirizar no solo la superstición, sino la

devoción, como dejando traslucir lo que calla; de condición desabrida e

imperiosa, aunque burlón; de vanidad no encubierta, y con todo esto, no

careciendo de algunas buenas dotes privadas que le granjeaban amigos,

aunque buenos, en número escaso. Seguíale en poder y renombre su amigo

el presbítero don Pedro Estala, escritor prolífico, y hasta compilador

a veces; buen helenista, cuyas traducciones del Edipo rey de Sófocles

y del Pluto de Aristófanes merecen fama superior a la que le dieron;

literato a quien el gusto de su siglo, como sucedió poco antes en

Francia al abate Barthelemy, llevó a no conocer del todo el clasicismo

griego, a pesar de su grande conocimiento de la lengua y buenas obras

de aquel pueblo sin igual, porque interpretaba lo que sabía con arreglo

a preocupaciones dominantes en la época en que leía y escribía; hombre

a quien atribuían buenas prendas sus amigos, y en quien sus contrarios

solo hallaban dureza reputada de despótica. En pos de estos, o a la par

con ellos, venía el abate Melón, inferior a sus dos amigos en renombre,

si no en mérito, pero al cual daba su empleo de juez de imprenta un

poder que ejercía con rigor injusto a veces contra sus rivales o los

contrarios a su pandilla.[15] De triunvirato era calificada esta unión

de los tres, no sin añadirse a un sustantivo nada favorable adjetivos

que lo eran menos. Los secuaces de los tres eran poco numerosos, no

contándose entre ellos nombre alguno de los que sonaban con aplauso en

nuestra literatura contemporánea.

[15] Por ejemplo, de la traducción de _Blair_ se había hecho

un compendio, y negó el juez la licencia para darle a luz,

fundando la negativa en una crítica larga de la obra. No era

esta muy buena (como se ha visto después), porque al cabo,

caído el gobierno de Carlos IV salió a luz, pero tampoco

era mala, y al juez no tocaba decidir, para si podía o no

imprimirse, cual era su valor literario, sino si contenía algo

contra la fe y buenas costumbres.

En el bando opuesto militaban hombres célebres ya entonces, pero cuya

reputación creció en días posteriores, en los cuales vinieron a estar

dominantes a la par sus doctrinas y sus personas. Sus ideas eran las

de los filósofos franceses del siglo XVIII, y las de la revolución del

pueblo nuestro vecino, así como en la parte religiosa, en la política,

si bien no yendo todos igualmente lejos. En literatura su clasicismo

era menos puro que el de sus adversarios, yéndose con los semiheréticos

de los días de Voltaire, cuando los otros se quedaban con los ortodoxos

Boileau y Racine. Don Manuel José Quintana, a quien concedió la suerte

dilatada vida y al cabo próspera fortuna, era el principal, si no en

crédito, en influencia, de los de su parcialidad literaria. De los

que esta componían, muchos tenían empleos; pero en su bandera estaba

el lema de oposición, no escrito en letras claras, lo cual entonces

no podía haberse tolerado, pero sí en cierta cosa a manera de cifra

o jeroglífico, cuya clave o sentido a nadie se ocultaba ni podía

ocultarse. No podía Quintana gozar de la alta reputación que después

gozó, mereciéndola, porque poco de él era conocido, y cabalmente en

esto poco consiste su principal merecimiento, porque es el cantor

sin par de doctrinas políticas y filosóficas, no sanas siempre, e

imposibles de ser proclamadas en los días de nuestra monarquía antigua.

Tachaban en él sus contrarios alguna dificultad en la expresión, cuando

no era magnífica, pobreza en la rima, inexactitud en los epítetos

y galicismos frecuentes; tachas no infundadas, pero completamente

oscurecidas por el resplandor de los hermosos pasajes en que aparece

gran poeta, no solo escribiendo en verso, sino también en prosa. A

su lado era puesto Cienfuegos, y aun por algunos en lugar superior

como poeta, no obstante sus extravagancias innegables, figurándose no

pocos arrebatos de fogosidad lo que eran contorsiones para despertar

en sí el fuego sacro; en una u otra ocasión, acertando a ser bello,

pero de belleza singular en sus rarezas; varón justo y dignísimo,

según acreditó en los últimos días de su vida, y con su desgraciada

muerte traída por una persecución infame. Era Cienfuegos de las mismas

doctrinas que su amigo Quintana, quizá extremándolas, quizá no llegando

tan allá, pero pareciendo lo primero, porque la violencia en las formas

suponía otra igual en la sustancia. Tras de estos venía un numeroso

séquito de escritores, a quienes acontecimientos que sobrevinieron

dieron ya mayor, ya menor fama.

El prosista Capmany, aunque viviendo en trato amistoso con Quintana y

los suyos, sin que pudiesen verse señales de la enemistad furibunda y

a todas luces vituperable que después manifestó al primero, no cabía

dentro ni de la una ni de la otra de las opuestas parcialidades aquí

recién mencionadas; su antifrancesismo maniático y estrafalario no

había llegado al punto a que llegó en 1808, pero era purista, si bien

con extrañezas en su purismo, apareciendo el lemosín cuando pretendía

el escritor ser acrisolado castellano.

Un poeta de grande y merecida fama, pero de mayor concepto entre el

vulgo de lectores que entre los literatos rígidos; ingenioso en grado

altísimo, fácil en la dicción, diestro en el manejo de la rima, dote

no común en su época; con imaginación viva, pero no fuerte; con pasión

superficial, siendo su amor mero galanteo, y su patriotismo, aunque

verdadero, más chispeante que ardiente; terrible en la sátira; ajeno

hasta entonces a la política, pero cantor asiduo de alabanzas del

Príncipe de la Paz, de cuya sociedad privada era familiar: don Juan

Bautista Arriaza constituía una entidad aparte de toda pandilla. Su

oficio principal, que ahora tal vez llamaríamos, o llamarán muchos su

misión, era escribir sátiras, sobre todo de composiciones dramáticas,

en lo cual era siempre admirable, aunque fuese con frecuencia injusto,

y aun los amigos de las víctimas por él asaetadas no podían menos de

aplaudir la pasmosa habilidad del flechero.

Los dos bandos literarios tenían cada uno a manera de un catecismo de

su fe, o dicho con más propiedad, un libro en que a la par promulgaban

sus doctrinas, y en las aplicaciones de estas daban satisfacción

a sus afectos. El libro de los Moratinistas era los principios de

literatura de Batteux; el de los Quintanistas las lecciones de retórica

y poética del escocés Hugo Blair. Batteux no pasa de ser un comentador

de Aristóteles en la parte de poética, y explayando y aplicando las

doctrinas del insigne filósofo de Estagira las desfigura un tanto

al diluirlas y extenderlas. Blair, hoy tenido en poco entre sus

compatricios, pero algún día muy estimado, es harto más filosófico que

Batteux.[16]

[16] La traducción de Batteux fue tratada con rigor grande,

pero no injusto del todo, en el _Memorial literario_. Baste

decir que el bueno del traductor, entre otras lindezas, vertió

en castellano la voz _ramage_ (esto es, trino, gorjeo o canto

de los pájaros), el _ruido que hacen los pájaros en las ramas

de los árboles_. Otra cosa se le tacha en la misma crítica como

galicismo hasta ridículo, que hoy ha llegado a ser locución

corriente: ¡tanto ha crecido la corrupción de nuestra lengua!

El galicismo de que hablo, y que afeaba un crítico a principios

de este siglo, era traducir _les grecs furent battus_, por los

griegos fueron _batidos_, en vez de decir vencidos o deshechos.

En cuanto a la traducción de Blair, eran otros sus pecados.

De estos, fue uno de los más chistosos traducir la voz

_tense_, que significa _tiempo_ en gramática, o sea _tiempo

de verbo_, por _tenso_, y para autorizar el barbarismo o

voz nueva, afirmar con gravedad de doctor que _tense_ en

inglés solo significaba ciertos tiempos intermedios, como el

pluscuamperfecto, y otros a este tenor.

En los apéndices de una y otra obra, como se distinguiesen

los del Blair por su atrevimiento a veces desvariado pero en

otras ocasiones acertado, excitó eso grande indignación en los

contrarios anotadores de Batteux. Por ejemplo, dijo el que

adicionaba el Blair que Bartolomé Leonardo de Argensola no

había sabido escribir en prosa ni en verso. Esto parecía hasta

locura, y sonaba a harto más que lo que intentaba decir quien

lo escribió. Con tal motivo, los amigos de Moratín y Estala,

que eran quienes escribieron los apéndices a Batteux, rompieron

en exclamaciones violentas, hasta llegar a apostrofar al

maltratado Argensola.

Ambas obras estaban pésimamente traducidas; estando peor todavía la

del francés que la del inglés. Pero el campo de batalla de las opuestas

huestes estaba en los apéndices puestos por los traductores o por

amigos de los traductores a los originales; apéndices destinados a

juzgar, aunque por encima, las obras de nuestra literatura antigua y

moderna. Para los Moratinistas la primera era en grado sumo preferible;

para los Quintanistas la segunda. Aquellos se mostraban, si bien con

reserva o con timidez, antifranceses; estos otros, sin dejar de ser

buenos patricios, anteponían los autores extraños a los de su propia

patria. Nuestro teatro era para los unos objeto de admiración, aunque

según las preocupaciones del tiempo, confesaban que había pecado en

no conformarse a las doctrinas creídas aristotélicas: para los de

opiniones contrarias, si había en nuestra poesía dramática algo bueno,

lo malo predominaba, siendo el conjunto monstruoso. Al revés, o poco

menos, salvo al tratar de las comedias de Moratín, acontecía tratándose

de los contemporáneos, pues en los apéndices a las lecciones de Blair

llega a afirmarse que es el primero de nuestros poetas trágicos de

todas épocas Cienfuegos. Que en juicios tales influían afectos de odio

y de amor visibles, está claro, aunque tal vez hubo de encubrirse en

parte a quienes los promulgaban, que a menudo se creían desapasionados

y rectos jueces, cuando procedían como acalorados parciales.

Faltaban buenos lugares donde seguir con espacio semejantes lides.

Hubo, es verdad, algunos periódicos de crítica, no enteramente faltos

de mérito; pero vivieron poco. Fue el mejor de ellos el titulado

_Variedades de ciencias, literatura y artes_, en el cual escribían

Quintana y sus amigos. Mayor vida tuvo otro, cuyo título era, si mal

no me acuerdo, el _Memorial literario_, el cual pasó de unas a otras

manos, dirigiéndole, ya don P. Olive, ya los hermanos Carnerero, y sin

declararse ni por los Moratinistas ni por los Quintanistas. Uno y otro

periódico habían ya muerto en 1806; y don P. Olive escribía uno nuevo

con el título de _La Minerva_, inferior a los antes aquí citados.

El pobre _Diario_, cuyo sucesor es el hoy llamado _de Avisos_, en su

pequeñez suma y pésima impresión, solía contener breves artículos

de lo ahora llamado polémica, no siempre despreciables, y algunas

veces dignos de aprecio. En él habían escrito Capmany y Cienfuegos,

sobre si es o no es castiza, o diciéndolo como se debe, si debía o no

ser admitida con título de legitimidad en nuestra lengua la palabra

_detall_, o detalle. Pero en el mismo _Diario_, hacia fines de 1807

o principios de 1808, había salido a luz más de una carta donde se

disputaban la primacía en su arte, o la disputaban sus respectivos

parciales, los barberos de Madrid y los de Andalucía.

Un periódico semanal de política, o hablando propiamente, de noticias,

pues sobre materias de gobierno, aun en lo relativo a las relaciones

con los extranjeros, no era lícito entonces entrar en disputas, ni aun

en examen, era el _Mercurio_, a la sazón dirigido, y en parte escrito,

por don Nicasio Álvarez de Cienfuegos, en su calidad de oficial de la

primera secretaría de Estado, pues de ella salía la tal obra, siendo

como de oficio y a manera de un aditamento a la _Gaceta_, que era

publicada dos veces a la semana. En el _Mercurio_ solían publicarse

artículos sobre literatura, entre los cuales dio mucho que hablar uno

de la pluma de Cienfuegos, destinado a juzgar un drama, entonces muy

aplaudido, cuyo título es: _Sancho Ortiz de las Roelas_, refundición

hecha por don Cándido Trigueros de la _Estrella de Sevilla_, de Lope.

De obras largas sobre materias graves ninguna llamaba la atención en

aquel tiempo. Pero la llamaba el teatro, si no en el grado que en la

hora presente, en uno superior al efecto que producía cualquier otro

producto del ingenio.

Pocas eran las obras originales que se representaban. Las comedias

de Moratín estaban en el punto más alto de su reputación; pero no

las representaba la compañía de Máiquez, y la del teatro de la Cruz

no estaba en favor entre las gentes de la clase más alta de la

sociedad, si bien en algunas ocasiones aun esta concurría al teatro

desfavorecido. Máiquez gustaba de representar piececitas francesas, que

entonces, como ahora, privaban. En punto a tragedias, las de Alfieri y

Ducis, varias de ellas bien traducidas, aunque otras muy mal; algunas

de Arnault y Legouvé, y la _Zaire_, de Voltaire, en la traducción de

Huerta, donde la heroína tiene por nombre Jaira, disfrutaban de gran

favor, porque eran muy bien representadas. Es de notar que de Corneille

solo salía a nuestras tablas una traducción del _Cid_, recibida

con poco aplauso y aun con mediana atención, y de Racine ninguna

absolutamente.

De tragedias españolas a la francesa, o sea del género aún hoy mismo

llamado clásico, aparecía de vez en cuando una nueva, pero casi siempre

con infeliz éxito, contribuyendo a acabar con ella alguna sátira

cruel del desapiadado Arriaza, el cual, si no era más blando con los

traductores, no solía alcanzar sobre ellos completa victoria. _El duque

de Viseo_, de Quintana, era tolerado y, aunque no con frecuencia, oído.

_El Pelayo_, del mismo, fue recibido en 1806 con favor, pero no tal ni

tan duradero que se repitiese su representación pasados los primeros

días de su aparición y fama. Un _Coriolano_ de Sánchez Barbero murió

recién nacido. _Abdalaziz y Egilona_, de Vargas Ponce, tuvo igual

fortuna, no siendo casi ni comprendido, porque era poco comprensible

su singular lenguaje. Las tragedias de Cienfuegos hubieron de quedar

reducidas a estériles aprobaciones de los amigos del poeta.[17]

Alguna más tragedia nueva pasó de la pluma al teatro; pero de ellas

no me acuerdo para citarlas, y no será temeridad decir que mi olvido

es sentencia de condenación, porque supone el juicio contrario del

público; fallo que, aun no siendo justo, es prueba del estado de la

opinión en aquellos días.

[17] «La posteridad (dicen las adiciones al _Blair_) dará su

lugar a las tragedias de don Nicasio Álvarez de Cienfuegos, el

primero que entre nosotros ha dado a este género su estilo,

su colorido y su tono». Ya ha llegado la posteridad y ha dado

un fallo diametralmente contrario al que el apasionado de

Cienfuegos se prometía. Imposible parece que haya quien se

atreva hoy a sacar tales obras a las tablas. ¡En el olvido

yacen, y bien están allí! Con dolor dice esto quien respeta

la memoria de Cienfuegos cómo hombre dignísimo, aunque como

poeta, en general, solo mediano, alguna vez bueno, y con más

frecuencia malo, sobre todo en sus tragedias.

En medio de esto, nuestras comedias antiguas solían aparecer en la

escena, ya refundidas, ya ajustadas a las unidades, ya en su original

irregularidad, mejor llamada libertad, siendo recibidas a veces con

aceptación hasta extremada. De ello hubo un notable ejemplo hacia fines

de 1806, en que _El perro del hortelano_, de Lope de Vega, tal cual

salió a luz de su autor, obtuvo grandes aplausos en el teatro de la

Cruz, donde, con rara excepción, únicamente seguían representándose

nuestras comedias antiguas. Verdad es que fueron los actores que la

representaron Rita Luna, Querol y Carretero.

De Rita Luna apenas quedan memorias, no obstante el prodigioso favor

de que gozaba entre la parte más numerosa del público, y aun en el

concepto de personas inteligentes, siendo como rival de Máiquez, cuyo

merecido altísimo crédito fue de época posterior, y que hasta sus

últimos días no llegó a privar con el vulgo, ni aun con unos pocos

literatos.[18]

[18] Moratín, en cuyas obras hay un mediano soneto en alabanza

de Máiquez, ya difunto, solo hizo justicia al grande actor en

sus últimos años, porque antes era parcial de la compañía de

la Cruz, y había llevado muy a mal que Máiquez representase

en los Caños del Peral _La lugareña orgullosa_, del oficial

de caballería don A. Mendoza, que trataba el mismo argumento

que el _Barón_ de Moratín, cuyos amigos calificaban la antes

citada comedia de _plagio descarado_, no habiendo el _Barón_

pasado aún de ser un manuscristo. Gustó _La lugareña_, pero

su buen éxito indignó a los Moratinistas, y entonces Moratín

hizo representar el _Barón_, del cual decía Querol que no bien

saliese al público se morirían de vergüenza los que habían

aplaudido _La lugareña_. Pero el _Barón_ si agradó, no fue

mucho, porque, en verdad, vale poco, y otro tanto sucede a _La

lugareña_, hoy olvidada.

Arriaza era mortal enemigo de Máiquez. En la linda y justa

sátira de la tragedia _Blanca y Montcasín_ critica a la par con

la pieza al actor, si bien suaviza la crítica, añadiendo:

Que en mala situación no hay actor bueno.

Fue cruel la venganza de Máiquez, el cual, en la comedia

titulada _El gusto del día_, salió remedando a Arriaza en traje

y modos con fidelidad tal, que dio en rostro a todos.

A Rita Luna había dotado ricamente la naturaleza; pero había hecho poco

el arte para perfeccionar sus dotes naturales. Tenía muchas de las

faltas de nuestros comediantes antiguos, y entre otras una intolerable,

y hoy desconocida, que era la de estar de continuo volviéndose, como si

de lo que decía, la mitad fuese para el actor con quien hablaba, y la

otra mitad dirigida a los espectadores. Se empapaba poco en la índole

de los caracteres que representaba, porque era corta en conocimientos

literarios; pero a veces los comprendía por intuición, y entonces

eran sus atisbos aciertos, porque parecía imposible expresar con más

fuego o ternura, o gracia, o ironía, lo que llegaba ella a comprender

o sentir.[19]

[19] Don Antonio Saviñón, que era buen juez en materia de

declamación, y muy parcial de Máiquez, me decía hablando de

Rita Luna: «En muchas ocasiones, oyéndola, me ha ocurrido decir

en voz baja o en mis adentros, viéndola equivocar la índole del

personaje o situación que representaba: _No es eso, no es eso_,

pero decía esto llorando».

Tal juicio lo es muy atinado de las faltas de Rita Luna y del

singular poder que ejercía sobre su auditorio.

Recuerdos de un anciano · 第 4 / 41 段