la Paz, cuando estaba y aun se veía cercana su caída, estando
yo allí con mi madre, teníamos al lado a dos frailes, sin
duda personajes de cuenta en su orden, a los cuales se acercó
el valido, y dijo las palabras siguientes, cuyo sentido
no entendimos hasta que noticias después sabidas nos lo
explicaron: ¿_Conque el Espíritu Santo se ha vuelto perdiz_?
Y como no recibiese respuesta a esta necedad, que era alusión
a haber tomado posesión de Roma y su gobierno, en nombre
de su emperador, el general francés _Miollis_, destronando
al Papa, prosiguió el gran personaje: _Sí, perdiz con sus
patitas coloradas_. A lo cual añadió: «Yo estoy en el caso de
desear vestirme, no un hábito como ese (y señalaba el de los
religiosos), sino un saco, e ir a encerrarme a un desierto».
A tales frases, si no impías, cuando menos indecorosas,
respondían los buenos de los frailes con sonrisitas, y esto
cuando quien las decía estaba ya en vísperas de caer de su
poder y grandeza; pero tales eran los tiempos, que mientras
seguía en pie el ídolo, era costumbre seguir dándole culto.
Era notable en recordarse los rostros y el negocio que a cada cual
traía a verle, en medio de tal confusión de personas y cosas; calidad
esta de memoria común en los príncipes, donde se prueba cuánto se
perfecciona cualquiera de las facultades del hombre con ser continua y
casi exclusivamente cultivada y empleada. Concluida la corte, salían
los concurrentes: de ellos la mayor parte a maldecir a aquel ante quien
poco antes habían aparecido solícitos y sumisos. En cuanto al pueblo,
que no iba a tales ceremonias, maldecía únicamente al privado, pudiendo
en él más la preocupación que el juicio, y más violento en aborrecer
por lo mismo que ignoraba en gran parte por qué aborrecía.
Era por cierto muy notable en aquellas horas la situación de nuestro
Gobierno, y de sus relaciones con los gobernados, o digamos del
concepto en que era tenido, y de los deseos o esperanzas en cuanto a
lo venidero. De limitaciones al poder real pocos conocían algo, y así
eran cortos en número quienes a verlas establecidas aspirasen. Esto no
obstante, reinaba entre el mismo vulgo una idea confusa de que podía,
y aun de que debía haberlas, y cierta persuasión de que las había
habido, y de que era conveniente, así como posible, traerlas de nuevo
a uso. Era muy general buscar este correctivo al poder arbitrario en
el Consejo Real, vulgarmente llamado de Castilla. Pero la dignidad de
la Corona seguía, no solo respetada, sino apreciada altamente. Lo que
era odiado era los favoritos o privados, que (según decían) engañaban
al Rey siempre bueno, como si fuese imposible impedir que hubiese
validos prepotentes cuando el monarca lo es todo y quiere depositar su
confianza en una persona querida. Pero había un síntoma fatal para la
autoridad, y era haber caído no solo en odio sino en desprecio algunos
de los que la ejercían, inclusa la Reina, a la cual no alcanzaba la
inmunidad de que en la opinión vulgar gozaba el trono.
Una sociedad política admirablemente constituida ha causado en
Inglaterra que no padeciese menoscabo la monarquía ni aun reinando
aborrecido, despreciado y escarnecido el vicioso Jorge IV. Al revés,
en Francia recibió una herida, que con el tiempo vino a ser mortal,
la autoridad real en el reinado del corrompido Luis XV. Lo que en el
vecino reino, hacia 1770, podían ver en nuestra patria en 1807 vistas
no de lince; pero en materias políticas pocos eran los que veían
medianamente claro, porque faltaba generalmente aquí la luz de la
ciencia.
No porque, al decir esto, afirme yo que estábamos los españoles poco
antes de la invasión francesa envueltos en espesísimas nieblas,
pues alguna si bien escasa luz nos alumbraba. El estado puramente
intelectual del pueblo será asunto de otra parte de este imperfectísimo
trabajo, digno de ser leído por quienes le leyeren para recibirle como
chocheces; pero algo se saca de la garrulidad de los viejos, sobre todo
cuando, callando o habiendo callado muchos, quienes rompen el silencio
cuentan cosas y aun pequeñeces mal o poco o a veces nada conocidas. Aun
los chiquillos, ansiosos de diversión, suelen agolparse alrededor de la
abuela, a oír lo que cuenta de cuando era niña y moza, y por lo común
lo que cuenta vale poco, y no es raro que contenga, entre cosas nuevas,
otras muy sabidas. Otro tanto puede prometerse que le suceda quien,
según el modo de hablar del vulgo, es un pobre abuelito.
IV.
MADRID DE 1806 A 1807.
La literatura madrileña estaba en 1806 casi dividida en dos bandos,
si bien había literatos que no eran completamente del uno ni del
otro, siendo a modo de imparciales, ya en su común amistad, ya en su
enemistad a ambos, y no faltando quienes desertasen de una hueste
a la opuesta. En la formación de estos bandos influían variedad o
contraposición en las doctrinas, así literarias como de otra clase, no
dejando de influir estas últimas en aquellas, y viceversa, o razones
privadas, ya de piques y resentimientos, ya de celos y ambición de
ocupar puestos absoluta o relativamente superiores.
La una hueste era patrocinada por el Gobierno, o digamos por el
Príncipe de la Paz, al cual eran los hombres principales o cabos
personalmente adictos. Era el principal de estos don Leandro Fernández
Moratín, poeta cómico aventajado, si bien falto de imaginación
creadora, y de pasión viva o intensa; rico en ingenio y doctrina;
clásico en su gusto, esto es, a la latina o a la francesa; nada amante
de la libertad política, y muy bien avenido con la autoridad, aun la
de entonces, a cuya sombra medraba, y también dominaba; en punto a
ideas religiosas, laxo por demás, si hemos de tomar por testimonio sus
obras, donde se complace en satirizar no solo la superstición, sino la
devoción, como dejando traslucir lo que calla; de condición desabrida e
imperiosa, aunque burlón; de vanidad no encubierta, y con todo esto, no
careciendo de algunas buenas dotes privadas que le granjeaban amigos,
aunque buenos, en número escaso. Seguíale en poder y renombre su amigo
el presbítero don Pedro Estala, escritor prolífico, y hasta compilador
a veces; buen helenista, cuyas traducciones del Edipo rey de Sófocles
y del Pluto de Aristófanes merecen fama superior a la que le dieron;
literato a quien el gusto de su siglo, como sucedió poco antes en
Francia al abate Barthelemy, llevó a no conocer del todo el clasicismo
griego, a pesar de su grande conocimiento de la lengua y buenas obras
de aquel pueblo sin igual, porque interpretaba lo que sabía con arreglo
a preocupaciones dominantes en la época en que leía y escribía; hombre
a quien atribuían buenas prendas sus amigos, y en quien sus contrarios
solo hallaban dureza reputada de despótica. En pos de estos, o a la par
con ellos, venía el abate Melón, inferior a sus dos amigos en renombre,
si no en mérito, pero al cual daba su empleo de juez de imprenta un
poder que ejercía con rigor injusto a veces contra sus rivales o los
contrarios a su pandilla.[15] De triunvirato era calificada esta unión
de los tres, no sin añadirse a un sustantivo nada favorable adjetivos
que lo eran menos. Los secuaces de los tres eran poco numerosos, no
contándose entre ellos nombre alguno de los que sonaban con aplauso en
nuestra literatura contemporánea.
[15] Por ejemplo, de la traducción de _Blair_ se había hecho
un compendio, y negó el juez la licencia para darle a luz,
fundando la negativa en una crítica larga de la obra. No era
esta muy buena (como se ha visto después), porque al cabo,
caído el gobierno de Carlos IV salió a luz, pero tampoco
era mala, y al juez no tocaba decidir, para si podía o no
imprimirse, cual era su valor literario, sino si contenía algo
contra la fe y buenas costumbres.
En el bando opuesto militaban hombres célebres ya entonces, pero cuya
reputación creció en días posteriores, en los cuales vinieron a estar
dominantes a la par sus doctrinas y sus personas. Sus ideas eran las
de los filósofos franceses del siglo XVIII, y las de la revolución del
pueblo nuestro vecino, así como en la parte religiosa, en la política,
si bien no yendo todos igualmente lejos. En literatura su clasicismo
era menos puro que el de sus adversarios, yéndose con los semiheréticos
de los días de Voltaire, cuando los otros se quedaban con los ortodoxos
Boileau y Racine. Don Manuel José Quintana, a quien concedió la suerte
dilatada vida y al cabo próspera fortuna, era el principal, si no en
crédito, en influencia, de los de su parcialidad literaria. De los
que esta componían, muchos tenían empleos; pero en su bandera estaba
el lema de oposición, no escrito en letras claras, lo cual entonces
no podía haberse tolerado, pero sí en cierta cosa a manera de cifra
o jeroglífico, cuya clave o sentido a nadie se ocultaba ni podía
ocultarse. No podía Quintana gozar de la alta reputación que después
gozó, mereciéndola, porque poco de él era conocido, y cabalmente en
esto poco consiste su principal merecimiento, porque es el cantor
sin par de doctrinas políticas y filosóficas, no sanas siempre, e
imposibles de ser proclamadas en los días de nuestra monarquía antigua.
Tachaban en él sus contrarios alguna dificultad en la expresión, cuando
no era magnífica, pobreza en la rima, inexactitud en los epítetos
y galicismos frecuentes; tachas no infundadas, pero completamente
oscurecidas por el resplandor de los hermosos pasajes en que aparece
gran poeta, no solo escribiendo en verso, sino también en prosa. A
su lado era puesto Cienfuegos, y aun por algunos en lugar superior
como poeta, no obstante sus extravagancias innegables, figurándose no
pocos arrebatos de fogosidad lo que eran contorsiones para despertar
en sí el fuego sacro; en una u otra ocasión, acertando a ser bello,
pero de belleza singular en sus rarezas; varón justo y dignísimo,
según acreditó en los últimos días de su vida, y con su desgraciada
muerte traída por una persecución infame. Era Cienfuegos de las mismas
doctrinas que su amigo Quintana, quizá extremándolas, quizá no llegando
tan allá, pero pareciendo lo primero, porque la violencia en las formas
suponía otra igual en la sustancia. Tras de estos venía un numeroso
séquito de escritores, a quienes acontecimientos que sobrevinieron
dieron ya mayor, ya menor fama.
El prosista Capmany, aunque viviendo en trato amistoso con Quintana y
los suyos, sin que pudiesen verse señales de la enemistad furibunda y
a todas luces vituperable que después manifestó al primero, no cabía
dentro ni de la una ni de la otra de las opuestas parcialidades aquí
recién mencionadas; su antifrancesismo maniático y estrafalario no
había llegado al punto a que llegó en 1808, pero era purista, si bien
con extrañezas en su purismo, apareciendo el lemosín cuando pretendía
el escritor ser acrisolado castellano.
Un poeta de grande y merecida fama, pero de mayor concepto entre el
vulgo de lectores que entre los literatos rígidos; ingenioso en grado
altísimo, fácil en la dicción, diestro en el manejo de la rima, dote
no común en su época; con imaginación viva, pero no fuerte; con pasión
superficial, siendo su amor mero galanteo, y su patriotismo, aunque
verdadero, más chispeante que ardiente; terrible en la sátira; ajeno
hasta entonces a la política, pero cantor asiduo de alabanzas del
Príncipe de la Paz, de cuya sociedad privada era familiar: don Juan
Bautista Arriaza constituía una entidad aparte de toda pandilla. Su
oficio principal, que ahora tal vez llamaríamos, o llamarán muchos su
misión, era escribir sátiras, sobre todo de composiciones dramáticas,
en lo cual era siempre admirable, aunque fuese con frecuencia injusto,
y aun los amigos de las víctimas por él asaetadas no podían menos de
aplaudir la pasmosa habilidad del flechero.
Los dos bandos literarios tenían cada uno a manera de un catecismo de
su fe, o dicho con más propiedad, un libro en que a la par promulgaban
sus doctrinas, y en las aplicaciones de estas daban satisfacción
a sus afectos. El libro de los Moratinistas era los principios de
literatura de Batteux; el de los Quintanistas las lecciones de retórica
y poética del escocés Hugo Blair. Batteux no pasa de ser un comentador
de Aristóteles en la parte de poética, y explayando y aplicando las
doctrinas del insigne filósofo de Estagira las desfigura un tanto
al diluirlas y extenderlas. Blair, hoy tenido en poco entre sus
compatricios, pero algún día muy estimado, es harto más filosófico que
Batteux.[16]
[16] La traducción de Batteux fue tratada con rigor grande,
pero no injusto del todo, en el _Memorial literario_. Baste
decir que el bueno del traductor, entre otras lindezas, vertió
en castellano la voz _ramage_ (esto es, trino, gorjeo o canto
de los pájaros), el _ruido que hacen los pájaros en las ramas
de los árboles_. Otra cosa se le tacha en la misma crítica como
galicismo hasta ridículo, que hoy ha llegado a ser locución
corriente: ¡tanto ha crecido la corrupción de nuestra lengua!
El galicismo de que hablo, y que afeaba un crítico a principios
de este siglo, era traducir _les grecs furent battus_, por los
griegos fueron _batidos_, en vez de decir vencidos o deshechos.
En cuanto a la traducción de Blair, eran otros sus pecados.
De estos, fue uno de los más chistosos traducir la voz
_tense_, que significa _tiempo_ en gramática, o sea _tiempo
de verbo_, por _tenso_, y para autorizar el barbarismo o
voz nueva, afirmar con gravedad de doctor que _tense_ en
inglés solo significaba ciertos tiempos intermedios, como el
pluscuamperfecto, y otros a este tenor.
En los apéndices de una y otra obra, como se distinguiesen
los del Blair por su atrevimiento a veces desvariado pero en
otras ocasiones acertado, excitó eso grande indignación en los
contrarios anotadores de Batteux. Por ejemplo, dijo el que
adicionaba el Blair que Bartolomé Leonardo de Argensola no
había sabido escribir en prosa ni en verso. Esto parecía hasta
locura, y sonaba a harto más que lo que intentaba decir quien
lo escribió. Con tal motivo, los amigos de Moratín y Estala,
que eran quienes escribieron los apéndices a Batteux, rompieron
en exclamaciones violentas, hasta llegar a apostrofar al
maltratado Argensola.
Ambas obras estaban pésimamente traducidas; estando peor todavía la
del francés que la del inglés. Pero el campo de batalla de las opuestas
huestes estaba en los apéndices puestos por los traductores o por
amigos de los traductores a los originales; apéndices destinados a
juzgar, aunque por encima, las obras de nuestra literatura antigua y
moderna. Para los Moratinistas la primera era en grado sumo preferible;
para los Quintanistas la segunda. Aquellos se mostraban, si bien con
reserva o con timidez, antifranceses; estos otros, sin dejar de ser
buenos patricios, anteponían los autores extraños a los de su propia
patria. Nuestro teatro era para los unos objeto de admiración, aunque
según las preocupaciones del tiempo, confesaban que había pecado en
no conformarse a las doctrinas creídas aristotélicas: para los de
opiniones contrarias, si había en nuestra poesía dramática algo bueno,
lo malo predominaba, siendo el conjunto monstruoso. Al revés, o poco
menos, salvo al tratar de las comedias de Moratín, acontecía tratándose
de los contemporáneos, pues en los apéndices a las lecciones de Blair
llega a afirmarse que es el primero de nuestros poetas trágicos de
todas épocas Cienfuegos. Que en juicios tales influían afectos de odio
y de amor visibles, está claro, aunque tal vez hubo de encubrirse en
parte a quienes los promulgaban, que a menudo se creían desapasionados
y rectos jueces, cuando procedían como acalorados parciales.
Faltaban buenos lugares donde seguir con espacio semejantes lides.
Hubo, es verdad, algunos periódicos de crítica, no enteramente faltos
de mérito; pero vivieron poco. Fue el mejor de ellos el titulado
_Variedades de ciencias, literatura y artes_, en el cual escribían
Quintana y sus amigos. Mayor vida tuvo otro, cuyo título era, si mal
no me acuerdo, el _Memorial literario_, el cual pasó de unas a otras
manos, dirigiéndole, ya don P. Olive, ya los hermanos Carnerero, y sin
declararse ni por los Moratinistas ni por los Quintanistas. Uno y otro
periódico habían ya muerto en 1806; y don P. Olive escribía uno nuevo
con el título de _La Minerva_, inferior a los antes aquí citados.
El pobre _Diario_, cuyo sucesor es el hoy llamado _de Avisos_, en su
pequeñez suma y pésima impresión, solía contener breves artículos
de lo ahora llamado polémica, no siempre despreciables, y algunas
veces dignos de aprecio. En él habían escrito Capmany y Cienfuegos,
sobre si es o no es castiza, o diciéndolo como se debe, si debía o no
ser admitida con título de legitimidad en nuestra lengua la palabra
_detall_, o detalle. Pero en el mismo _Diario_, hacia fines de 1807
o principios de 1808, había salido a luz más de una carta donde se
disputaban la primacía en su arte, o la disputaban sus respectivos
parciales, los barberos de Madrid y los de Andalucía.
Un periódico semanal de política, o hablando propiamente, de noticias,
pues sobre materias de gobierno, aun en lo relativo a las relaciones
con los extranjeros, no era lícito entonces entrar en disputas, ni aun
en examen, era el _Mercurio_, a la sazón dirigido, y en parte escrito,
por don Nicasio Álvarez de Cienfuegos, en su calidad de oficial de la
primera secretaría de Estado, pues de ella salía la tal obra, siendo
como de oficio y a manera de un aditamento a la _Gaceta_, que era
publicada dos veces a la semana. En el _Mercurio_ solían publicarse
artículos sobre literatura, entre los cuales dio mucho que hablar uno
de la pluma de Cienfuegos, destinado a juzgar un drama, entonces muy
aplaudido, cuyo título es: _Sancho Ortiz de las Roelas_, refundición
hecha por don Cándido Trigueros de la _Estrella de Sevilla_, de Lope.
De obras largas sobre materias graves ninguna llamaba la atención en
aquel tiempo. Pero la llamaba el teatro, si no en el grado que en la
hora presente, en uno superior al efecto que producía cualquier otro
producto del ingenio.
Pocas eran las obras originales que se representaban. Las comedias
de Moratín estaban en el punto más alto de su reputación; pero no
las representaba la compañía de Máiquez, y la del teatro de la Cruz
no estaba en favor entre las gentes de la clase más alta de la
sociedad, si bien en algunas ocasiones aun esta concurría al teatro
desfavorecido. Máiquez gustaba de representar piececitas francesas, que
entonces, como ahora, privaban. En punto a tragedias, las de Alfieri y
Ducis, varias de ellas bien traducidas, aunque otras muy mal; algunas
de Arnault y Legouvé, y la _Zaire_, de Voltaire, en la traducción de
Huerta, donde la heroína tiene por nombre Jaira, disfrutaban de gran
favor, porque eran muy bien representadas. Es de notar que de Corneille
solo salía a nuestras tablas una traducción del _Cid_, recibida
con poco aplauso y aun con mediana atención, y de Racine ninguna
absolutamente.
De tragedias españolas a la francesa, o sea del género aún hoy mismo
llamado clásico, aparecía de vez en cuando una nueva, pero casi siempre
con infeliz éxito, contribuyendo a acabar con ella alguna sátira
cruel del desapiadado Arriaza, el cual, si no era más blando con los
traductores, no solía alcanzar sobre ellos completa victoria. _El duque
de Viseo_, de Quintana, era tolerado y, aunque no con frecuencia, oído.
_El Pelayo_, del mismo, fue recibido en 1806 con favor, pero no tal ni
tan duradero que se repitiese su representación pasados los primeros
días de su aparición y fama. Un _Coriolano_ de Sánchez Barbero murió
recién nacido. _Abdalaziz y Egilona_, de Vargas Ponce, tuvo igual
fortuna, no siendo casi ni comprendido, porque era poco comprensible
su singular lenguaje. Las tragedias de Cienfuegos hubieron de quedar
reducidas a estériles aprobaciones de los amigos del poeta.[17]
Alguna más tragedia nueva pasó de la pluma al teatro; pero de ellas
no me acuerdo para citarlas, y no será temeridad decir que mi olvido
es sentencia de condenación, porque supone el juicio contrario del
público; fallo que, aun no siendo justo, es prueba del estado de la
opinión en aquellos días.
[17] «La posteridad (dicen las adiciones al _Blair_) dará su
lugar a las tragedias de don Nicasio Álvarez de Cienfuegos, el
primero que entre nosotros ha dado a este género su estilo,
su colorido y su tono». Ya ha llegado la posteridad y ha dado
un fallo diametralmente contrario al que el apasionado de
Cienfuegos se prometía. Imposible parece que haya quien se
atreva hoy a sacar tales obras a las tablas. ¡En el olvido
yacen, y bien están allí! Con dolor dice esto quien respeta
la memoria de Cienfuegos cómo hombre dignísimo, aunque como
poeta, en general, solo mediano, alguna vez bueno, y con más
frecuencia malo, sobre todo en sus tragedias.
En medio de esto, nuestras comedias antiguas solían aparecer en la
escena, ya refundidas, ya ajustadas a las unidades, ya en su original
irregularidad, mejor llamada libertad, siendo recibidas a veces con
aceptación hasta extremada. De ello hubo un notable ejemplo hacia fines
de 1806, en que _El perro del hortelano_, de Lope de Vega, tal cual
salió a luz de su autor, obtuvo grandes aplausos en el teatro de la
Cruz, donde, con rara excepción, únicamente seguían representándose
nuestras comedias antiguas. Verdad es que fueron los actores que la
representaron Rita Luna, Querol y Carretero.
De Rita Luna apenas quedan memorias, no obstante el prodigioso favor
de que gozaba entre la parte más numerosa del público, y aun en el
concepto de personas inteligentes, siendo como rival de Máiquez, cuyo
merecido altísimo crédito fue de época posterior, y que hasta sus
últimos días no llegó a privar con el vulgo, ni aun con unos pocos
literatos.[18]
[18] Moratín, en cuyas obras hay un mediano soneto en alabanza
de Máiquez, ya difunto, solo hizo justicia al grande actor en
sus últimos años, porque antes era parcial de la compañía de
la Cruz, y había llevado muy a mal que Máiquez representase
en los Caños del Peral _La lugareña orgullosa_, del oficial
de caballería don A. Mendoza, que trataba el mismo argumento
que el _Barón_ de Moratín, cuyos amigos calificaban la antes
citada comedia de _plagio descarado_, no habiendo el _Barón_
pasado aún de ser un manuscristo. Gustó _La lugareña_, pero
su buen éxito indignó a los Moratinistas, y entonces Moratín
hizo representar el _Barón_, del cual decía Querol que no bien
saliese al público se morirían de vergüenza los que habían
aplaudido _La lugareña_. Pero el _Barón_ si agradó, no fue
mucho, porque, en verdad, vale poco, y otro tanto sucede a _La
lugareña_, hoy olvidada.
Arriaza era mortal enemigo de Máiquez. En la linda y justa
sátira de la tragedia _Blanca y Montcasín_ critica a la par con
la pieza al actor, si bien suaviza la crítica, añadiendo:
Que en mala situación no hay actor bueno.
Fue cruel la venganza de Máiquez, el cual, en la comedia
titulada _El gusto del día_, salió remedando a Arriaza en traje
y modos con fidelidad tal, que dio en rostro a todos.
A Rita Luna había dotado ricamente la naturaleza; pero había hecho poco
el arte para perfeccionar sus dotes naturales. Tenía muchas de las
faltas de nuestros comediantes antiguos, y entre otras una intolerable,
y hoy desconocida, que era la de estar de continuo volviéndose, como si
de lo que decía, la mitad fuese para el actor con quien hablaba, y la
otra mitad dirigida a los espectadores. Se empapaba poco en la índole
de los caracteres que representaba, porque era corta en conocimientos
literarios; pero a veces los comprendía por intuición, y entonces
eran sus atisbos aciertos, porque parecía imposible expresar con más
fuego o ternura, o gracia, o ironía, lo que llegaba ella a comprender
o sentir.[19]
[19] Don Antonio Saviñón, que era buen juez en materia de
declamación, y muy parcial de Máiquez, me decía hablando de
Rita Luna: «En muchas ocasiones, oyéndola, me ha ocurrido decir
en voz baja o en mis adentros, viéndola equivocar la índole del
personaje o situación que representaba: _No es eso, no es eso_,
pero decía esto llorando».
Tal juicio lo es muy atinado de las faltas de Rita Luna y del
singular poder que ejercía sobre su auditorio.