En cambio, en punto a alumbrado se hacía buen gasto de cera. Los
llamados quinqués, por el nombre de su inventor, eran entonces
todos de los que se ponen en la pared. Las lámparas para aceite no
eran conocidas: los antiguos velones estaban ya desterrados de las
habitaciones de mediana decencia.
Una cosa muy de notar para los que hoy vivimos, es lo distante que
estaba el lujo que entonces había de la medianía, siendo en ciertos
ramos de cultura, o digamos en lo perteneciente a las comodidades y
cortos regalos de la vida, a manera de un precipicio o tajo lo que hoy
merece llamarse declive suave con varios puntos intermedios. Y aun
en las casas de los principales señores y superiores empleados, como
eran los ministros, a la sazón dotados con pingües sueldos, el lujo
mismo carecía de ciertos ribetes o perfiles, hoy parte principal de
quienes viven con tal cual desahogo. Había, además, riquísimos señores,
aun de la grandeza, cuyos gastos eran enormes, llegando a punto de
ser derroche de cuantiosísimas rentas, y que, sin embargo, en punto
al servicio de mesa, vivían como hoy viven personas de muy reducidos
haberes.
En el lujo de fuera de casa hay ahora, sin duda, notable aumento, pero
no tanto cuanto algunos se figuran. Es idea corriente que ha crecido
de un modo pasmoso el número de carruajes, y esto es muy cierto; pero
no en el punto que no pocos dicen y creen. Nace esta equivocación de
que comparan muchos el Madrid actual con el Madrid de 1815, o 1824,
o 1836, recién terminadas las guerras de la Independencia o la
revolución de 1820 a 1823, o pendiente la guerra civil; épocas todas
de grandes calamidades, juntas con glorias mayores o menores, tanto
cuanto con lástimas no gloriosas. En Madrid, aun en 1795 y 1796, solía
llegar la doble fila de coches en el Prado, por una parte, a las
inmediaciones del convento de Atocha, y por el otro extremo, a las
del de Recoletos. Esto nacía de ser entonces indecoroso en ciertos
empleados no tener coche. No podía un consejero ir a pie al Consejo
sin rebajarse. Tenían coche los más entre los oficiales de secretaría,
personajes de más cuenta que lo son los actuales, si no por su cuna
o su talento o instrucción, por su poder o por la esfera en que los
ponían las preocupaciones de la sociedad existente. Tenían, pues, coche
gentes que vivían con estrechez en lo demás. Los coches eran pobres y
feos, con rarísima excepción, tirados por mulas. Algunos llevaban el
cochero montado; pero había muchos que cocheaban desde el pescante.[9]
[9] En 1795 y 96 teníamos un coche a medias entre mis padres y
mi tío, a la sazón oficial de la secretaría de Hacienda, con
una hermana de este y de mi padre. Mi tío, hombre instruidísimo
y de talento, y no mal escritor (don Vicente Alcalá Galiano),
era persona de poquísimo mundo, y solo conocía a Madrid y sus
cercanías, donde había venido siendo niño y seguido viviendo.
Como empezaban ya entonces a usarse los pescantes y los coches
colgados de muelles, mi madre y tía querían estar al uso
nuevo. «Niñas, niñas (decía mi tío, mozo aún, pero viejo en
sus modos), esas cosas son para esas capitales extranjeras
(que él conocía por los libros solo); pero no sirven en Madrid
con su mal empedrado y sus cuestas». Resta decir que en punto
al pescante ganaron las señoras, y que desde uno altísimo,
como eran los de entonces, fueron gobernadas las mulas sin que
sucediese mal alguno. En lo de los muelles nada consiguieron,
conservándose las sopandas. De caballos no se habló, pues casi
nadie los gastaba entonces. De los españoles se decía que no
servían para el tiro, y los extranjeros no venían a España.
Además, pasaban por no poder resistir el clima.
En 1807 ya había algunos coches tirados por caballos, pero
pocos. Entonces brillaba sobre todos el de la marquesa de
Tavares, recién venida de París; carruaje de los llamados
bombés, y cuya figura era una esferoide o como un inmenso huevo
de avestruz.
Los coches colgados de muelles se habían multiplicado en 1806: no así
en 1796, en que casi todos estaban sobre sopandas. Algunos grandes
tenían lindísimos trenes que lucían, sobre todo en las procesiones de
administración del Viático a los enfermos por Pascua, y de Minerva
después del Corpus, en que solían verse varios carruajes de una sola
casa. En punto a coches de alquiler, denominados _simones_, los que
había eran pocos y pésimos. Los de número o de plaza, es sabido que no
han empezado hasta 1847.
El paseo solía estar concurrido, como hoy lo está, y nada menos si se
toma en cuenta que la población era harto menos numerosa que la de
nuestros días.
Dos eran los teatros abiertos, estando cerrado a fines de 1806 el de
los Caños del Peral, que, destinado a óperas italianas, mientras se
reedificaba el teatro del Príncipe, que se había quemado, servía a la
compañía cómica de que era ornamento el justamente célebre _Máiquez_.
Pero, mediando 1806, fue abierto el nuevo teatro del Príncipe, pasando
a él los actores que representaban en el de los Caños. El recién
abierto teatro, si menos indecente que el antiguo, era poco digno
de un pueblo culto, siendo pequeño, como es hoy todavía, incómodo
y sucio. Faltaba en él, es verdad, casi del todo el patio, donde
estaban los espectadores de pie. El teatro de la Cruz conservaba su
fealdad vetusta, de que apenas pudo recobrarse hasta su final caída
en días novísimos, después de haberse afanado en balde para mejorarle
y sustentarle. Brillaba en él hasta 1807, en que hubo de retirarse,
la afamadísima _Rita Luna_, y a la par con ella el célebre gracioso
Querol, de quienes hablaré después al tratar de lo que eran el arte
dramático y los actores. Ciñéndome por ahora a la parte material
del edificio, repetiré que era horrible, y que el espacioso patio,
cuando estaba lleno, causaba a la vista y al oído un efecto por demás
desagradable, viéndose en él lo llamado con propiedad oleadas, porque
imitaba la gente empujándose el movimiento del mar, y aun podía mirarse
como remedo de sus bramidos la gritería que era consecuencia del
atropellarse y estrujarse de los concurrentes, en un lugar así como de
diversión, de tormento. Los pocos asientos que había entre el patio
y las tablas, así como los más numerosos del teatro del Príncipe,
asientos entonces conocidos con el nombre de _lunetas_, novísimamente
trocado por el americano de _butacas_, eran estrechos, duros, con forro
de mala badana, casi siempre con desgarrones, y nunca limpia. Alumbraba
los teatros una araña, que ya en 1806 era de _quinqués_, y en los días
de iluminación además velas puestas en candeleros, que, formando lo
llamado brazos, salían de los palcos.
La concurrencia a los teatros era regular. Publicaba entonces el
_Diario_, juntamente con el anuncio de la función del día, la suma de
lo recibido en la próxima pasada. Las entradas de lleno eran de 6000
reales[10] poco más, pero rara vez llegaban a tanto. Bien es cierto que
los precios eran bajos. No se cobraba entrada más que para el patio,
y a los palcos de amigos iban de balde los convidados o los que se
convidaban a sí propios.
[10] Temo que me sea infiel la memoria, y que las entradas de
lleno fuesen de 8000 reales.
Poco más tengo que añadir en cuanto a la parte material de la capital
de nuestra pobre España en aquellos días de decadencia y abatimiento.
Bien vendría, con todo, hablar algo aún de los vestidos entonces de
uso, hoy tan ignorados, que su ignorancia ha desfigurado con el vicio
de anacrónica una muy buena pintura, destinada a recordar un hecho
memorable de nuestra historia.[11]
[11] La reunión de las Cortes de Cádiz en 1810, cuadro que
existe en el Congreso de los Diputados.
Los hombres solían vestir entonces frac, y también levitas. Ni unos ni
otros eran muy desemejantes de los del día presente, si bien tampoco
se les parecían del todo. El cuello cuadrado que llevan en el citado
cuadro los diputados de las Cortes en 1810, había ya desaparecido en
1806 y mucho antes. Llevábanse pantalones ajustados con media bota
encima, y estas con una borla delante, calzado a que dio nombre el
general ruso Souvarow. También los elegantes usaban calzón corto con
cinta en vez de hebillas en la parte superior de la pierna, donde se
unía con las botas de campana, que con él eran indispensables. Rarísima
vez se veía en Madrid un sombrero redondo o de copa alta, y al ver
un hombre que le llevaba, se suponía que era procedente de un puerto
de mar, y particularmente de Cádiz. En los sombreros de picos (que
así eran llamados) llevaban escarapela negra los que no tenían fuero
militar: los militares la roja, aun vistiendo traje de paisano. El uso
de los uniformes para visita, o aun para paseo, era también muy común.
Las señoras solo gastaban sombrero para ir al teatro, y esto solo las
de elevada clase. Alternaban las mantillas blancas con las negras. Las
basquiñas negras, si aún vivían, tenían que compartir su existencia con
las de color, y en invierno con lo llamado _dulletas_.
El traje del pueblo era diferente del de las personas de alta y
mediana clase. Con el sombrero de picos cubrían su cabeza los hombres,
prenda que disonaba de la chaqueta; pero desde el famoso motín de los
días de Carlos III estaba prohibido el uso del sombrero gacho, cuya
supresión fue origen de aquel exceso, y vino a ser obligatorio el de
picos. Así, los señores que por capricho imitaban en su traje y modos
a la plebe, entre los cuales se distinguían el marqués de Perales y
el de Torrecuéllar, llevaban con vestidos casi de majos un sombrero
propio para el traje más de ceremonia. En cuanto a las mujeres, las
llamadas manolas vestían más o menos según están pintadas en los lindos
versos, tan populares un día, y dignos de su fama, con que en época muy
posterior las ha inmortalizado Bretón de los Herreros.
Excusado parece, pero con todo no será fuera de propósito decir que
las capas, las cuales en España nunca mueren, pues, si por más o
menos largo plazo un tanto se eclipsan, vuelven a aparecer, estaban
en uso corriente en los días de que voy aquí ahora hablando. Pero las
de grana, que privaban en mi niñez, habían desaparecido enteramente,
destronadas y hasta extirpadas por las blancas. Compartían, sin
embargo, el favor con ellas unos sobretodos llamados robs o carricks
con muchos cuellos, poco diferentes de los que hoy llevan los cocheros.
Entre el aspecto puramente externo, y el estado intelectual del pueblo,
puede decirse que media el trato ordinario, porque los modales tienen
de ambas cosas. Era por aquellos días la poca sociedad de Madrid culta
más que lo es hoy, aunque mucho menos instruida. La obscenidad en el
lenguaje no faltaba, siendo este vicio de los pueblos del Mediodía,
pero no había llegado al repugnante extremo en que hoy la oímos;
cosa singular, porque en otros pueblos, con la cultura, si ya no con
la religión, decrece esta fea práctica que entre nosotros ha tenido
aumento.
En cambio, el juego de puro azar, que en días novísimos ha sido
desterrado de las casas más decentes, entonces era la ocupación de las
poquísimas tertulias de la gente de superior esfera.
La razón de ser tan pocas las tertulias consistía en que era peligroso
recibir mucha gente en una casa. El Gobierno, recogido en los sitios
Reales, desde ellos miraba a Madrid con ceño y miedo, y parecía como
que se declaraba enemigo público, pagando y recibiendo odio por odio.
Es verdad que el mal que se temía no pasaba de ser el destierro de
Madrid, pero el destierro no es pena leve en muchos casos, por más que
a los españoles ni pena parezca, pues le vemos en uso bajo gobiernos
llamados constitucionales. Pero el peligro de ser desterrado, si no
grave, era grande, por ser fácil incurrir en culpa que le motivase,
porque lo era el estar en los sitios Reales sin objeto conocido, o el
dar un baile en Madrid o cosa parecida.[12]
[12] En el Carnaval de 1808, varios jóvenes de esta capital,
de los más elegantes de ella, resolvimos dar un baile por
suscripción. No estaba entonces esto en uso en Madrid, y la
cosa pareció, aun más que novedad, atrevimiento. En efecto,
la señora que se prestó a recibir salió desterrada. Varios
temimos igual suerte. Por fortuna, a pocos días (en marzo de
1808), sucesos de la mayor gravedad dieron al olvido pecados
tan leves, pues dieron en tierra con la monarquía antigua.
No dejaba de ir gente a los cafés. Estos no eran lujosos, y los había
de suma pobreza; pero en uno u otro no faltaba adorno ni aun asomos de
elegancia, mereciendo tal calificación la Fontana de Oro, que tenía
una sala espaciosísima; el del Ángel, que ha vivido hasta 1848, si
bien mejorando, y hoy pasado a ser del Iris, y el de la Cruz de Malta
en la calle del Caballero de Gracia. Aunque inferior a estos, no era
indecente el de San Luis, que novísimamente ha sido cerrado, merced a
la dureza del casero, y que había tenido pocas, aunque algunas mejoras.
A este último concurrían bastantes guardias de Corps, o de la Real
persona; cuerpo que representaba muy notable papel en Madrid, y más en
el pueblo en sus varias clases que en lo llamado alta sociedad, de la
cual, si embargo, eran, y a que concurrían algunos de ellos, bien que
no muchos. Aunque ya servían helados en varios cafés, subsistían las
botillerías, destinadas solo a bebidas frescas. La de Canosa, situada
en la Carrera de San Jerónimo, era, si no la decana, la que había
gozado de no disputada primacía entre todas; pero en 1806 estaba en
decadencia, cuando en mi niñez (hacia 1795 y 96) era la preferida por
las personas principales de la corte, bien que en ella entraban pocos,
y ningunas señoras, llevándose la bebida a los coches. Muchos que hoy
viven han visto tan miserable covacha, reliquia de tiempos antiguos,
conservada hasta 1846 o 47, si no en toda su fealdad y miseria, poco
menos, y sin duda teniendo parroquianos fieles, sin los cuales no
podría haber dilatado su existencia.
Era miserable el aspecto de las tiendas; notándose en ellas todavía más
la falta del adorno que la escasez del surtido, aunque en el último
punto había no poco que desear, porque los objetos de lujo eran poco
numerosos, y menos se encontraban de regalo, señaladamente en punto a
provisiones. La fonda de Genieys, situada entonces en el Postigo de
San Martín, era mediana en lo tocante a cocina, y nada brillante en lo
concerniente al servicio, aunque no mala del todo, comparándola con
lo que eran a la sazón las casas particulares; pero estaba pobremente
amueblada. No relucía más, mirada por el mismo aspecto, y aun quizá era
inferior, la pastelería de Ceferino, situada en la calle del León, a la
cual concurrían gentes de alta y mediana clase, particularmente a comer
pescado, del cual había entonces poco fresco en esta población, donde
apenas se conocían otras clases que el besugo y la merluza.
Si de cosas tan humildes, las cuales, aun siéndolo, pintan, sin
embargo, el estado de un pueblo, subimos a ver objetos de superior
esfera, poniéndonos en la del mundo político, intelectual y moral,
harto hay que decir en estos pobres recuerdos.
No voy aquí a juzgar el antiguo gobierno de España, siendo mi propósito
únicamente decir, en vez de lo que debía o no ser, lo que era, y no
describiendo su mecanismo, ni contando sus hechos, sino recordando cómo
estaba entonces considerado, y sus relaciones con la sociedad y el
pueblo de la capital de la monarquía.
Veíase el Gobierno en general aborrecido y despreciado. Lo mereció sin
duda; pero tal vez excedía, en punto tal, lo sentido a lo merecido. No
alcanzaba el odio al Rey, pero sí el desprecio, haciéndole favor la
voz popular en cuanto a las intenciones que le suponía, pero teniendo
en poco su carácter. El aborrecimiento a la Reina llegaba a un extremo
increíble, solo igualado por el en que se miraba al Príncipe de la
Paz, su privado y valido, reputado con bastante, pero no con completa
razón, el verdadero monarca. Al revés, el príncipe de Asturias, después
Fernando VII, era no un solo _mytho_, sino varios, figurándose gentes
de diversas y contrarias opiniones en su persona imaginada todas las
prendas que en un monarca futuro deseaban.
No faltaban en España quienes soñasen en una monarquía de las llamadas
constitucionales. Republicanos había ya pocos, aunque había habido
bastantes entre la gente ilustrada hacia 1795, y aun hasta 1804. Pero
la conversión en imperio de la república francesa había dividido a los
que, dándole culto, aspiraban a tomarla por modelo. Muchos se adherían
a Napoleón, como representante de la revolución, en su dictadura, ya
consular, ya imperial: otros, mirándole como destructor de la libertad,
le abominaban. Estos últimos eran cortísimos en número, y podría decir,
éramos, porque yo, niño y joven, me contaba entre ellos, pasando por
lo que en Cádiz, y aun aquí en Madrid, era conocido con el nombre de
_mameluco_, el cual, no sé por qué, servía de apodo a los enemigos
a la sazón de nuestro poderoso y glorioso aliado. Lo general de las
gentes admiraba y aplaudía al ínclito emperador francés, conquistador y
legislador, así como supuesto protector de España.
No está de más añadir que entre el clero, y aun entre los frailes,
gozaba Napoleón de alto y favorable concepto.
La corte no residía en Madrid más que muy de paso;[13] y en los
últimos años del reinado de Carlos IV, puede decirse que ni aun así.
[13] La corte solo pasaba en Madrid pocos días a fines de junio
y principios de julio al trasladarse de Aranjuez a la Granja,
y otros pocos en diciembre al pasar del Escorial a Aranjuez.
Pero a fines de 1806 no quiso ni aun entrar en Madrid para la
corta estancia de invierno, y viniendo del Escorial procedió
del puente de Segovia al de Toledo, formando del uno al otro la
tropa. Al terminar 1807, cuando la causa famosa del Escorial
había llevado el odio al Gobierno al último extremo, ni aun
se acercó el Rey a Madrid y se fue del Escorial a Aranjuez,
cortando desde las ventas de Alcorcón al camino de Andalucía.
En los sitios Reales estaban todos los ministros. Allí se acudía a
los besamanos, o con algún particular motivo. Entre los concurrentes,
hacían el primer papel los llamados pretendientes, lo cual venía a ser
a modo de un oficio o profesión con este nombre. En los últimos días de
la antigua monarquía, aun a estos solía expulsarse de la residencia de
los reyes.
Así, la corte no existía para la capital sino como para una ciudad de
provincia. Pero el monarca verdadero, o el considerado como tal, aunque
una u otra vez no lo fuese, porque lo era en casi todo, el prepotente
Príncipe de la Paz pasaba la vida, alternando ya en Madrid, ya en los
sitios. Aquí tenía lo llamado su corte un día a la semana; y no sin
propiedad era llamada su corte, pues se asemejaba mucho más a la de
un rey que a la de un ministro, aunque no se pareciese a lo que era
entonces el modo de recibir a sus súbditos, apellidados vasallos, los
soberanos de España.
En el hoy ministerio de Marina, edificio que desde la caída del hombre
singular que le ocupó y desde él casi reinó, ha servido a varios usos,
y donde vivía, como todos saben, hasta que en los últimos días de su
poder pasó a residir en una casa casi humilde, mientras le habilitaban
el palacio de Buena Vista, que acababa de serle ofrecido en dádiva,
tenía su corte el valido de Carlos IV. Un cuerpo nuevamente creado para
ser su guardia, hacía la de su casa; cuerpo considerado como ramo del
de Carabineros reales, pero diferenciándose de él en el uniforme, que
era el de los húsares de aquellos días; y cuerpo lucido por la buena
presencia de los soldados, todos ellos escogidos, y de los oficiales,
a que daban realce el vestido y las prendas todas de su equipo. Una
escalera hecha a grandísimo costo, y más señalada por la riqueza que
por el gusto de su adorno, daba paso a varios salones. En uno de
ellos, largo y comparativamente angosto, estaba lo principal de la
concurrencia, la cual, sin embargo, se extendía hasta llenar otros
dos o tres cuartos de menores dimensiones. Contribuían a formar aquel
concurso personas de muy diferentes clases y categorías, las más de
ellas traídas allí por el interés de alguna pretensión; algunas, bien
que pocas, solo para asistir a un espectáculo divertido; bastantes
sin otro objeto que no faltar, porque no pareciese hija del desafecto
siendo notada su ausencia. Ambos sexos, en proporción casi igual,
formaban lo que algunos días parecía hasta bullicio. Como no se exigía
requisito alguno para tener entrada, veíanse, aunque pocas, mujeres
de reputación equívoca, o aun quizá más, pues no faltaba una u otra
prostituta, aunque de lo más alto, o dígase de lo más rico de su mala
ralea. Y, ¡triste es decirlo, pero aunque el mal se ha ponderado, lo
hubo y grande!, de las señoras que por su cuna y situación merecían
respeto, bastantes iban allí a lucir sus dotes personales para captarse
la buena voluntad de aquel hombre todopoderoso, vendiendo su virtud
a trueque de mercedes, siendo, si ya no común, caso no infrecuente
llevar al inmundo mercado madres a sus hijas solteras, y hasta maridos
a sus esposas. Lo repito, la voz popular, expresando un odio ciego,
ha abultado y abultaba excesos de suyo tan enormes, pero abultaba y
no más; y el mismo valido, en los largos años de su abatimiento y
desventura, disculpándose, ya con más, ya con menos razón, de los
graves cargos hechos a su persona, se confesaba altamente culpado en
materia de amoríos, si nombre de amor pudiese merecer la satisfacción
de apetitos torpes, en que las circunstancias de ambas partes hacían el
trato de compra y venta.
El método seguido en aquella corte era el que suelen usar los
soberanos, y el que, remedándolos, usan a veces los capitanes generales
de nuestras provincias, y a falta de estos, las autoridades superiores
civiles, a las cuales toca exclusivamente, aunque así no suceda entre
nosotros, desempeñar el primer papel en todo cuanto no es de la
milicia. Asomaba, saliendo de los aposentos interiores, el Príncipe de
la Paz, y cesaba el murmullo que hay siempre en toda reunión numerosa,
poniéndose en orden los concurrentes, no sin afán de todos o casi todos
por situarse en la delantera, para no quedar sin ser vistos u oídos
cuando pasaba, no pudiendo detenerse a hablar con cada uno, el objeto,
si no de la adoración, del culto interesado de todos cuantos algo
pretendían del Gobierno.
No estará acaso de más que haga aquí una pintura, o digamos bosquejo
tosco, de tan afamado personaje. De su exterior solo voy a hablar,
pues de sus hechos, como es público, se ha dicho bastante, si bien
con extremos injustos en el vituperio, que en los últimos años de la
dilatada vida del que llegó a pobre y oscura vejez, hubo de ceder un
tanto, habiendo sido la singular suerte de hombre un día tan poderoso
la de sobrevivir hasta al odio, cuya existencia es más tenaz que la
de otros mejores afectos. Don Manuel Godoy, cuya elevación en sus
comienzos fue debida puramente a sus prendas personales, era de alta
estatura, lleno de carnes, aunque no gordo, muy cargado de espaldas,
a punto de llevar la cabeza algo baja, de pelo rubio, y color muy
blanco; rara circunstancia en un hijo de Extremadura, cuyos naturales,
con raras excepciones, llevan en el rostro a manera de un reflejo
del terreno de las tostadas dehesas donde tienen su cuna y pasan sus
niñeces. Sobre la blancura de sus mejillas relucía un vivísimo carmín,
que achacaba la feroz malicia de sus enemigos a lo vulgarmente llamado
mano de gato; pero aun personas nada amigas suyas sustentaban ser don
de la naturaleza, el cual en verdad casi rayaba en falta por lo muy
subido. Vestía el uniforme de capitán general, pero con faja azul, en
lo cual se diferenciaba como generalísimo de los capitanes generales.
Llevaba en la mano su sombrero de picos con pluma blanca y su bastón.
Era de fisonomía dulce, poco expresiva; en el hablar ni muy difícil
ni muy fácil, no dando muestras de ingenioso, y aspirando a veces a
chistoso,[14] si no con acierto, haciendo efecto, porque una sonrisa
más o menos forzada recibía con aparente aprobación sus chistes.