madre para moverse, determinó que con una hermana suya, soltera, y
que siempre vivió a su lado, y después al mío hasta morir en edad muy
avanzada, pasase yo a Cádiz a averiguar noticias y a cuidar de nuestra
casa, dejada, por la súbita e inesperada partida de mi padre, en
completo abandono.
Emprendí, pues, mi viaje, que fue por tierra, en un calesín a uso de
aquel tiempo. Al atravesar el arrecife que va de la isla de León (hoy
San Fernando) a Cádiz, era uso de los carruajes, cuando estaba baja la
marea, dejar el piso duro de la carretera por el blando de la playa,
por el cual iban pegados al límite del agua, atravesando con frecuencia
las olas por debajo de las ruedas. Desde allí se descubre largo espacio
de mar, y cabalmente el lugar donde entonces mismo estaba dándose la
acción de recordación tan funesta, aunque a la par gloriosa.
Divisábamos a lo lejos, bien que algo envueltos en nieblas, buques de
la armada. La tarde estaba serena, pero no despejado el horizonte; la
mar sin gran movimiento, y el sol, ya declinando, pero todavía distante
del ocaso, ni brillaba con toda su luz, ni estaba oculto por nubes.
Nos pareció que había humo cerca de los buques; pero a tanta distancia
era imposible distinguir qué era humo y qué era niebla.
Llegamos por fin a Cádiz; era por la tarde. Pasé a casa de un amigo, y
no bien había entrado, cuando viniendo otro que lo era de ambos, sin
reparar en mi presencia, gritó: «Subamos a la torre, porque la de vigía
ha hecho señal de _combate a la vista_». Inútil era el disimulo, porque
yo había oído el terrible anuncio; y así, corrimos todos a la torre,
siendo la de la casa en que estábamos una de las más altas y espaciosas
entre las muchas que tienen las casas particulares de aquella ciudad, a
la cual sirven de especial adorno vista desde lejos.
Las numerosas torres de Cádiz, y hasta las azoteas, desde las cuales
algo del mar puede descubrirse, estaban atestadas de gente, de esta
gran parte armada de anteojos de larga vista, instrumento muy común
en los gaditanos, para quienes es registrar el mar y las naves que
le surcan agradable y constante recreo. Seguía sereno el tiempo, si
bien con algunas, pero no claras, señales de cercana borrasca. De
la escuadra se veía poco, porque la envolvía, hasta ocultarla, una
espesa nube de humo. Pero en las claras hubo de aparecer algún navío
desarbolado, dando claro indicio de haber sido recio el combate, pues
el viento, hasta entonces manso, y la mar, poco o nada picada, no
podían haber causado tales averías. De súbito una vivísima llamarada
iluminó el mar próximo al horizonte; viose entre la luz como la figura
de un navío, y desapareciendo al momento la espantosa claridad, un
tremendo estampido vino muy en breve a anunciar que un navío se había
volado. Aun en los indiferentes, si alguno lo era del todo, hizo grande
efecto tal espectáculo, mayor que en los demás en mí, como era natural;
y con ello, y con ir oscureciendo, bajamos inquietos o afligidos de la
torre.
Cerró la noche, que lo fue de horrorosa incertidumbre, y no solo para
los inmediatamente interesados en la suerte de los que iban en la
escuadra, sino aun para lo general de las gentes, a quienes movía toda
clase de buenos y nobles afectos, entrando en estos el del patriotismo.
Amaneció el día 22 con horroroso aspecto, cubierto el cielo de nubes
negras y apiñadas, en cuanto permitía ver lo cerrado del horizonte,
cayendo con violencia copiosa lluvia, bramando desatado el viento
del SO, allí denominado vendaval, levantándose olas como montes que,
según suele suceder en Cádiz en las grandes borrascas, rompían en
la muralla con espantoso ruido, rociaban con su espuma los lugares
vecinos, y hasta amenazaban con no leve peligro a la tierra y edificios
contiguos a la orilla. Consonaba el horror y tristeza que causaba tal
espectáculo con el efecto que producía en los ánimos la consideración
de desventuras recién ocurridas. Porque, al asomar las gentes a ver
la furia de la tempestad, descubría la vista cinco navíos de línea
españoles, fondeados en lugar muy inseguro por no haberles permitido
el temporal tomar bien el puerto, desmantelados en gran parte; en
suma, mostrando señales de la dura pelea que en el día inmediatamente
anterior habían sustentado. También aparecía uno u otro navío francés.
A más distancia, cuando rompía a trechos y por cortos instantes la
espesura de las nubes el furioso viento, se divisaban aquí y allí
más navíos, de ellos algunos desarbolados, sin vérseles la bandera,
luchando con las olas, y no pudiendo saberse ni quiénes eran, ni
cuál sería su suerte. No obstante ser peligrosa y aun difícil la
comunicación por medio de embarcaciones pequeñas en tan recia marejada,
pudo al fin irse a los navíos anclados. Entonces empezaron a divulgarse
los pasados sucesos. El combate había sido terrible. Al principio no
se suponía haber sido de éxito enteramente contrario a las naciones
aliadas. Dábase por obra del temporal, sobrevenido de pronto, la
vuelta al puerto de los navíos presentes en su boca. En ellos (en el
_Príncipe de Asturias_) venía el general Gravina herido gravemente;
pero, según afirmaban, no de peligro sumo, a lo menos no de peligro
inmediato. En el navío _Neptuno_ (otro de los allí presentes) yacía sin
conocimiento su comandante el brigadier don Cayetano Valdés, heroico
no menos que lo había sido en el combate de 14 de febrero, ocho años
antes, y ahora, sobre herido, atolondrado por haberle caído una pieza
gruesa del aparejo sobre la cabeza. De otro navío, también de los
venidos del combate, se supo haber muerto su comandante Alcedo. En
cuanto a lo demás de la escuadra, no a la vista, se ignoraba la suerte
de cada navío, y la de las personas que llevaban. Hay que añadir que
esta incertidumbre duró días, pues hasta el 31 de octubre no supe yo la
muerte de mi glorioso, aunque desdichado padre.
Numerosísimo gentío poblaba el muelle. Ni la inclemencia del tiempo
impedía que personas aun de las clases superiores y acomodadas, y
de ambos sexos, acudiesen a ofrecerse a los heridos, solicitando a
competencia llevárselos a sus casas para su cura y regalo. Fue aquella
la primera ocasión en España durante dilatados años en que se notó
lo llamado espíritu público, o digamos tomar parte y aun empeño los
individuos privados en un suceso público, e interés por personas con
quienes no tenían relaciones de clase alguna. Ni se descuidaba el
gobierno. Activo como siempre Solano, había acumulado en el muelle
todos cuantos medios de transportar heridos o enfermos tenía Cádiz, en
este punto no muy rico: sillas de manos, que eran entonces allí más
que los coches, calesines incómodos, parihuelas. Manifestábanse los
gaditanos, si no arrepentidos de anteriores injusticias, deseosos de
repararlas, porque el mal éxito del combate del cabo de San Vicente (el
del 14 de febrero de 1797), los había movido a juicios de desatinada
severidad contra nuestros marinos, víctimas en aquel caso de la
impericia y rivalidad necia de dos generales, cuando en la ocasión de
que voy ahora aquí hablando, venidos a mejores pensamientos, honraban
el valor y sacrificios de aquellos mismos a quienes había sido adversa
la fortuna.
Veíanse espectáculos horribles, sabíanse rasgos de valor y sufrimiento
en el padecer, y también heroicas impaciencias en los que, víctimas
del recién terminado combate, venían, o a perder al cabo la vida de
resultas de sus heridas, o a recobrar la salud después de una cura
penosa. Llegó entre otros el guardia marino don N. Briones, de quien
se contaba que, habiéndole llevado el pie una bala, pero dejándosele
unido a lo restante de la pierna por un tendoncillo o nervio, como le
hubiese dicho a un marinero que le llevase a curarse, y no se viese
obedecido pronto, con la mano acabó de desprenderse del pie dando un
tirón, y arrojó el miembro perdido a la cara al marinero mal obediente,
quedando vivo después de tal acto, pero no por largo tiempo, pues murió
recién llegado a Cádiz. Mejor suerte cupo al capitán de fragata Somoza,
segundo comandante del navío _Montañés_, y cuya herida era de lo más
singular posible; pues una bala, pasándole de refilón por el vientre,
le había llevado toda la parte carnosa con la piel exterior, y dejádole
sana una película de las que cubren los intestinos, casi transparente,
lo cual no estorbó que conservase la vida hasta convalecer del todo,
siendo curado en el hospital, a donde quiso ir, desechando numerosas
ofertas de señoras y caballeros que pretendían llevársele a sus casas.
Gravina padeció largo tiempo, y aun acaso si se hubiese amputado el
brazo herido, no habría muerto; pero por culpa o suya o ajena, no fue
llevada a efecto la operación de muchos aconsejada. Salvó a Valdés
el arrojo de un oficial subalterno o guardia marina, pues habiendo
quedado abandonado sin conocimiento en el navío de su mando, próximo
a perderse en la costa, como de hecho se perdió, y no habiendo quien
se atreviese a ir a bordo del buque puesto en peligro, alrededor del
cual hervía la mar embravecida, logró el animoso joven persuadir a unos
pocos valientes marineros a que le siguiesen, y, favorecido por la
suerte, llegó al navío y sacó de él al digno comandante, quien llegado
con felicidad a Cádiz, y trasladado a casa de unas señoras sus amigas,
cuando volvió en sí, se encontró libre de peligro, y vivió después
largos años para contraer nuevos méritos y pasar nuevos trabajos,
siendo notable ejemplo de los vaivenes de la fortuna. Dolores hubo y
desdichas menos conocidos, aunque no de menos lástima, pero quedaron
ocultos entre las tinieblas en que suelen hechos notables ser desde
luego envueltos y seguir siempre ignorados.
En cuanto a mí, pues forzoso me es hablar de mí en estos recuerdos, el
día 22, recién aparecidos delante de Cádiz los navíos que bien merecen
ser dichos despojos del combate, traté de restituirme a Chiclana a dar
a mi madre algún consuelo en sus congojas y dudas, que todavía no eran,
como dejo dicho, dolor por una pérdida temida solo, pero no conocida.
Difícil nos era el viaje, porque por agua no consentía el tiempo
hacerle, y por tierra faltaban medios de ponerse en camino, estando
embargado todo carruaje. Vencí este inconveniente yendo yo a ver a
Solano, el cual me distinguía notablemente, y que además hubo de tomar
en consideración las circunstancias en que me hallaba. Concedióseme
un calesín, y pasé a Chiclana por tierra; pero siendo a la sazón el
camino que lleva a aquel lindo pueblecito, desde el de la isla de León,
largo y malísimo, hicimos harto incómoda jornada, calándonos el agua,
azotándonos el viento en el desabrigado vehículo, traqueteándonos
horriblemente el movimiento, amenazados mil veces de volcar, y
agregándose estas incomodidades a la agitación mental, bien que para
distraer en parte el ánimo de la pena o del cuidado.
No teniendo noticias en Chiclana, resolvimos venir a Cádiz a buscarlas.
Seguía, como no suele suceder, aun sin intermisión, o con algunas
breves en duración y no grandes en fuerzas, la borrasca. Hicimos el
viaje en un coche bastante cómodo; pero salidos de la isla de León, y
pasada Torregorda, al acercarnos a Cádiz, presenciamos un espectáculo
espantoso. Estando la marea baja, echamos por la playa. Pero aquel
camino siempre cómodo dejaba de serlo, porque le cubrían a cada paso
despojos de naves, pedazos de jarcias, de arboladura, aun de cascos
de buques, y con particularidad de botes, no faltando entre ellos de
trecho en trecho algún cadáver, todo lo cual arrojaban a la tierra las
olas encrespadas, que sin amansar su furia seguían apareciendo en el
mar a modo de montes y estrellándose con ímpetu y tremendo ruido en la
arena. Cerraba los ojos mi afligida madre como temerosa de encontrar
entre los muertos el cuerpo de la persona querida, cuya pérdida, si
no era para nosotros cierta, estaba muy dentro de los límites de lo
probable.
Una vez en Cádiz, la incertidumbre seguía. Pero no es de la de mi
familia y persona de la que me toca ahora aquí hablar, o a lo menos no
de la que debo tratar, sino como de una parte accesoria de la situación
de las cosas. En efecto, no mejorando el tiempo, casi todos los buques
escapados del combate fueron a dar en la costa. Uno francés se fue a
pique a la boca del puerto, pereciendo todos cuantos le tripulaban. A
otro, que estaba anclado fuera, tuvo la osadía de acercarse un navío
inglés hasta dispararle una andanada, a que él respondió con otra, pero
con poco efecto por ambas partes, retirándose el agresor por respeto a
la artillería de la plaza que comenzó a disparar, protegiendo a nuestro
aliado en su apuro. De los diecisiete navíos que habían arriado bandera
al terminar el combate, la mayor parte, corriendo varias fortunas en
pocos días, o pocas horas, ya volvían a ser de su nación, sublevada
la tripulación contra los pocos ingleses que marinaban el buque, ya
recaían en poder de los que le habían ganado y ocupado, ya iban a
perderse en la costa. Fue de los más afortunados el navío _Santa Ana_,
de tres puentes, que ya rendido, combatiéndole el mar y viento, hubo
de entrarse en Cádiz, cayendo prisioneros los ingleses ya dueños de
él y rescatándose el teniente general don Ignacio de Álava, que en
él estaba y venía herido. Así poco a poco iban llegando noticias de
casos particulares. Hubo también algún parlamento, siendo recibidos
en Cádiz los oficiales parlamentarios con cortesía, y hospedándose en
casa de Mr. James Duff (llamado en Cádiz don Diego Duff), cónsul que
había sido de su nación en la misma plaza, muy querido y respetado
allí, y que seguía haciendo parte del oficio de cónsul, y llevaba el
nombre de serlo en boca de lo común de las gentes, no obstante el
estado de guerra. De un parlamento fue objeto el reclamar los ingleses
como su prisionero a Álava, porque lo había sido por dos o tres días;
pero su pretensión fue desatendida, como debía serlo, pues el favor
de la suerte le había traído la libertad. A la casa de Duff era común
acudir a averiguar el paradero de una u otra persona de las de la
escuadra, cuyo fin o existencia aún eran ignorados; pero poco o nada se
averiguaba, no cuidándose los ingleses de otras vidas que las de los
suyos, y en quienes el dolor por la pérdida de la de Nelson no dejaba
lugar a otros dolores.
El 31, según más arriba dejo dicho, cesaron mis dudas y las de mi
familia, poniéndoles término el dolor más vivo y acerbo, dolor no
para contado a indiferentes, y del que basta hacer esta leve mención,
quizás, aun así, inoportuna.
Como todo pasa en el mundo, pasó la imagen de los sucesos que aquí
acabo de recordar, yendo borrándose poco a poco de la memoria. Por lo
pronto, dio motivo a los poetas para sentidos cantos, de ellos algunos
de gran valor, pues que aún bastante conservan. _La sombra de Nelson_,
obra de Moratín, hasta ha desaparecido de las más de las colecciones de
sus obras, no tanto por el vicio de oscuridad que la afea, pero el cual
está rescatado por grandísimas perfecciones, cuanto por las adulaciones
en él prodigadas, no solo a Napoleón, sino al Príncipe de la Paz, a
quienes prometen triunfos navales que no vinieron ni era de esperar que
viniesen. La oda de Quintana vive con gloria; y si no con tanta, no ha
muerto una de Arriaza.
También el púlpito, en oraciones fúnebres, ensalzó las glorias de aquel
día. Se distinguió entre los sermones con esta ocasión predicados, uno
que corrió impreso y aplaudido, pronunciado en el Ferrol por el señor
Varela, célebre después, siendo comisario de Cruzada, como aficionado y
protector de las letras y de las artes.
La guerra a Napoleón en defensa y sustento de nuestra independencia y
gloria, como llena de grandísimos acontecimientos, oscureció la de un
periodo más antiguo. Además, a la moribunda marina fue no menos funesta
la paz y alianza con Inglaterra, que lo había sido la imprudente y poco
feliz guerra sustentada contra aquel gobierno. Porque, siendo forzoso
atender a lo presente y no más, convertida la atención a los ejércitos,
y pareciendo como inútil la marina de guerra, perecieron carcomidos los
navíos, y no se pensó en sustituirlos con otros.
Hoy ha cesado esta situación, y va resucitando, o aun puede decirse ha
resucitado, nuestra marina de guerra.[7] Aún las reliquias vivas de
Trafalgar no han sido olvidadas, y al cabo de 56 años sus servicios han
tenido una remuneración, si no grande, sin duda decente, y lo que vale
más, honrosa. Y si los sucesivos gobiernos atienden a este ramo del
servicio público, la opinión general en este punto los ayuda y estimula.
[7] Aquí merece particular mención y muy honorífica el librito
que, con el título de _Trafalgar_, escribió en 1850 don Manuel
Marliani. Verdad es que su objeto fue vindicar nuestra marina
de los agravios, a veces calumniosos, de M. Thiers; pero
cumpliendo el autor su propósito del modo más satisfactorio
posible, hizo un servicio señalado a su patria, así como a la
Armada española. Al marqués de Molins, cuyo celo del honor
del cuerpo a cuyo frente estaba era y es vivísimo, se debe
haber patrocinado la obra del señor Marliani, suministrándole
datos, y por todos los demás medios posibles, y haciéndose así
acreedor a no corta parte del elogio que es debido y se tributa
aquí con singular placer al autor y a la obra, y al ministro
que les dio su patrocinio.
III.
MADRID EN LOS DÍAS DEL REINADO DE CARLOS IV.
Notan algunos, y entre ellos quien esto escribe, que más de una vez lo
ha repetido, cuán poco sabe la generación presente de lo que eran sus
padres e inmediatos abuelos, mientras la diligencia de los eruditos
ha llegado a enterarse bien y a poner con algún acierto a la vista
del público lo que fueron sus antepasados absoluta o relativamente
remotos. Últimamente algo se ha dicho de la época de Carlos III, pero
de la de Carlos IV se habla poco o nada. Bien está, pues, en las
tristes y escasas reliquias que aún quedamos de los últimos días de
reinado tan deplorable, que alguna memoria dejemos y transmitamos a
las generaciones futuras de la imagen política, literaria y social
de un periodo casi envuelto en niebla, por lo mismo que no tuvo ni
pudo despedir luz que le diese brillo, y con él a nuestra entonces
malaventurada patria.
No se suponga en los borrones que siguen, y que están unidos con
otros iguales o parecidos destinados a pintar usos y costumbres, y
sucesos de leve monta de época de superior interés, la loca pretensión
de suplir una falta o de llenar un hueco que han menester esfuerzos
mayores y más detenimiento para ser suplidos o cubiertos de un modo
satisfactorio. Cuento (pues justo es usar de la primera persona en
trabajo de tan corto valor) lo que vi, y lo que otros han callado:
lo cuento como viejo; pero, si no me engaña (como es posible que me
engañe) una pasión natural, sin necio apego a lo pasado, si bien no
con la amarga censura, no siempre justa, de unas escenas lastimosas.
Escribo tirando a ser imparcial, y sin esperanza de conseguirlo del
todo; pues, si aun las mejores cabezas y las más nobles almas no están
exentas de las miserias de la flaqueza humana, cual podría estarlo
quien no presume de hombre sabio o de varón justo.
Me ciño a traer a la vista de mis lectores solo escenas de la capital
de la monarquía, y de uno u otro año, porque no pretendo hacer un
cuadro acabado de la España de mi niñez y de los primeros años de mis
mocedades. De meros rasgos puede sacarse algo y bastante para hacer
pinturas, haciendo el ingenio y buen discurso lo que han hecho grandes
anatomistas al construir con huesos de animales muertos esqueletos, y
aun cuerpos, con fundada pretensión de ser reproducciones fieles de las
que fueron criaturas vivas.
En los primeros años del presente siglo, era Madrid un pueblo feísimo,
con pocos monumentos de arquitectura, con horrible caserío, y, aunque
ya un tanto limpio desde que, con harto trabajo y suma repugnancia de
una parte crecida del vecindario, le hizo despojar de la inmundicia
que afeaba sus calles Carlos III, todavía distantísimo de verdadero
aseo, como el de que entonces con razón blasonaba Cádiz. Los hierros
del balconaje estaban tales cuales habían salido de la herrería; las
vidrieras compuestas de vidrios pequeños, azulados, por los cuales
penetraba trabajosamente la luz, y no pasaba menos dificultosamente la
vista de dentro afuera; las fachadas de los edificios sucias, con las
puertas y ventanas mal pintadas, y renovada en ellas la pintura tan de
tarde en tarde que tal vez habría presentado mejor aspecto la madera
dejada en su color primitivo. Era pésimo el empedrado. Verdad es que
había aceras, de lo cual entonces carecía París y siguió careciendo por
largos años; pero las aceras madrileñas, de las que hoy duran algunas,
servían con imperfección al fin a que están destinadas. En los zaguanes
o portales de casi todas las casas estaba el basurero, y al traer a él
los sucios materiales que le llenaban, buena parte de ellos se quedaba
esparcida por las escaleras. Eran estas, en general, oscuras y hechas
de mala manera, atendiéndose poco o nada a mantenerlas en buen estado.
Bien es cierto que, adelantando el presente siglo, otras capitales
de Europa han venido a ser muy otras de lo que eran. Londres ha
visto desaparecer a millares sus horribles casas y angostas calles
y callejuelas, sustituyéndolas con casas, si no hermosas, limpias y
con pretensiones de adorno, y con calles bellísimas por su anchura y
traza, sin contar con que en aquella capital se han construido palacios
y edificios públicos de que antes carecía. París, que, no obstante
contar un buen número de bellos edificios, era, en su mayor parte,
una población de mal aspecto, empezó, imperando Napoleón, y siguió,
reinando las dos ramas de los Borbones, una carrera de notabilísimas
mejoras e innovaciones, hasta que en el reinado de Napoleón III, con
verdadero exceso, atendiendo a doctrinas económicas, ha venido a
convertirse en nueva ciudad de señalada hermosura. Dista infinito de
haberse hecho tanto en Madrid, y, sin embargo, es mayor la diferencia
que hay en nuestra capital, tal cual es y tal cual era, que entre otras
ciudades mucho más enriquecidas con monumentos soberbios, pero no tan
cambiadas.
Si de lo exterior pasamos a lo interior de las casas, la mudanza o
mejora es más notable. Quien ve las habitaciones modernas, no puede
enterarse de lo que eran las antiguas. No porque, según piensan
algunos, llevando las cosas a extremos y equivocando épocas, hubiese en
1806, por ejemplo, en las salas decentes de Madrid sillas de Vitoria.
En la fecha a que me refiero, en la cual vine yo a esta capital, de
donde había salido muchos años antes en mi niñez todavía, he aquí lo
que era la casa de un consejero de Hacienda, cuya mujer pasaba por
elegante. Había por delante de las paredes, en la sala principal, una
banqueta de pino pintado imitando caobo, con florones de metal dorado
en las esquinas, muy alta de pies, con asiento durísimo, y cubierta
de seda en lo poco que no era de madera. Entre las ventanas había una
mesa de las hoy llamadas _consolas_, y en la pared, delante de esta,
un espejo, entonces dicho _tremor_ del francés _trumeau_,[8] cuya
pequeñísima luna se componía de dos pedazos, siendo el marco grandísimo
a proporción, aunque no grande en absoluto, y de pino pintado, con dos
columnitas delgadas, cuyos chapiteles eran de metal dorado, mientras
sobre la luna o lunas, en el espacioso friso o cornisa, había un ramo
de flores mal pintadas.
[8] Ya los franceses usan poco o nada de la voz _trumeau_, y
llaman a los espejos de sala _glaces_.
Al adorno de la pieza principal correspondía el de las demás. Pero se
distinguía por lo pobre el comedor, incluyendo el servicio de mesa. Las
botellas blancas, de uso general en Cádiz, no se veían en Madrid sino
en alguna muy rara mesa, sirviendo el vino en su fea botella de vidrio
negro u oscuro, y el agua en un jarro que tenía el criado para llenar
los vasos. Los platos y fuentes solían ser de loza de la fábrica de
la Moncloa; loza blanca, no de mala apariencia. La de Valencia servía
para casas más humildes. Al mismo tiempo había más vajillas de plata
que hay hoy; y las empleaba en el servicio diario la gente de más alta
esfera y superior riqueza; pero esta última era escasa a la sazón, si
se exceptúa a los grandes señores, porque la capital carecía de los
hoy llamados capitalistas; y algunos comerciantes ricos, vivían, si no
pobremente, sin lujo alguno.