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RECUERDOS DE UN ANCIANO.
BIBLIOTECA CLÁSICA.
RECUERDOS
DE
UN ANCIANO
POR EL EXCMO. SEÑOR
D. ANTONIO ALCALÁ GALIANO
MADRID
Imprenta Central a cargo de Víctor Saiz
Colegiata, núm. 6.
1878
AL LECTOR.
Al dar a luz, coleccionados y en forma de libro, los artículos que
con el título de _Recuerdos de un anciano_, hace años y en vida de su
autor se publicaron en la acreditada revista titulada _La América_, que
a la sazón dirigía con sumo acierto el señor don Eduardo Asquerino,
cedo al deseo manifestado repetidamente por muchas personas de valía
de recorrer de nuevo las interesantes páginas que contienen, y que,
aparte de su mérito literario, encierran una suma de noticias tan
curiosas como ignoradas, y de cuya veracidad son garantía suficiente
la prodigiosa memoria del escritor y la entera buena fe, que si
resplandeció en su carácter cuando vivo, según es notorio, hoy se
refleja fielmente en sus escritos.
El haber publicado el periódico _Las Novedades_ el 11 de junio de
1862, tomada del _Diario_, la sesión de las Cortes en Sevilla de igual
fecha de 1823, en que se adoptó la resolución de suspender al Rey para
verificar la traslación del Gobierno a Cádiz, movió al autor, tanto de
aquella célebre medida como de la presente obra, a escribir el primer
artículo de sus recuerdos en _La América_, declarando entonces en un
preámbulo al relato, que hoy se suprime por aparecer este hecho en el
lugar que cronológicamente le corresponde y resultar allí innecesario
y aun ocioso, que «como es sabido, las relaciones de oficio solo dan
una idea imperfecta, o cuando menos no cabal, de los sucesos que
conmemoran, y quizás no fuese inoportuno añadir al compendioso relato
de lo que se dijo y se resolvió en aquella ocasión, lo que entretanto
ocurría en el salón y en sus inmediaciones».
Este fue el propósito que realizó al narrar aquel episodio
interesantísimo de nuestra historia moderna, y sin duda, animado por el
éxito que obtuvo y puesto en vena de hablar de los principales sucesos
de aquel primer tercio del siglo actual en que le tocó ser espectador
interesado y aun autor principal más de una vez, empezaron a brotar de
su pluma, sacadas del inmenso arsenal de sus recuerdos, las singulares
escenas que describe en esta venida a ser hoy obra, de cuyo precio y
tasa me vedan ocuparme el amor que profesé al padre queridísimo, el
respeto que a su gloriosa memoria dedico en todas las horas de mi vida,
y que aun así y todo, apenas creo que me hace digno de llamarme su
hijo y de llevar, si orgulloso, a la par con temor de no merecerle, el
nombre ilustre que, cualquier que sea el juicio de los críticos, logró
aquel varón singular consignar de un modo indeleble en la historia y
literatura patrias.
Páginas nacidas de tan castiza pluma, hechos interesantes como los
relatados, bien merecen que el público fije en ellos su atención con
preferencia; algunos para recordar lo que entonces leyeron; los más
para leer lo que, conviniendo que se sepa, a la par que instruye,
deleita.
Más tarde, cuando las circunstancias lo permitan, verá la luz la obra
póstuma del autor, que es como la fuente y origen de donde proceden
estos episodios; sus memorias inéditas, en que se presentará al público
el personaje en la vida política y privada, desnudo de todo atavío, tal
como fue en sus propósitos y en sus hechos, y derramando cual brillante
antorcha la más viva luz sobre los sucesos de los dos primeros períodos
de la revolución española.
Al entregar de nuevo esta producción al juicio del público, sírvame de
excusa para confiar en su éxito el que ya alcanzó en otro tiempo, y
que, no tratándose ni mucho menos de una obra de circunstancias, es de
esperar consiga ahora como entonces.
ANTONIO ALCALÁ GALIANO.
RECUERDOS DE UN ANCIANO.
I.
CÁDIZ EN LOS PRIMEROS AÑOS DEL SIGLO PRESENTE.
Cádiz, donde residía yo, poco después de empezado el presente siglo,
era a la sazón un pueblo floreciente. La guerra con la Gran Bretaña,
seguida desde 1796 a 1802, le había sido funesta, sin causarle con
todo males a que no pudiese y debiese poner término la renovación de
la paz, a la cual habría de acompañar abrirse las comunicaciones con
nuestras extensas y en cierto modo ricas provincias de América, fuente
principal por entonces de la riqueza de España, y señaladamente de la
del puerto y plaza de comercio que, si no monopolizaba, conservaba
para sí en su mayor parle los provechos del tráfico con aquellas
apartadas regiones. La paz de Amiens, ajustada al entrar 1802, dejó
sentir su benéfico influjo en Cádiz de un modo prodigioso. Empezaron
a venir en abundancia buques de varios puntos de América, todos con
buenos cargamentos de producciones preciosas y de gran valor en el
comercio, y, sobre todo, de plata. De esta última recibía gran
porción el gobierno, no escasa los particulares, una parte crecida el
vecindario gaditano. Notábase gran movimiento; poblada de buques la
bahía; transitando por las calles numerosos carros cargados de efectos,
o procedentes del puerto, o llevando a los muelles los venidos del
interior, y cruzando por entre la concurrencia de paseantes, allí muy
numerosa, robustos gallegos en cuyo cuello, doblado por el peso, como
que relucía al través de la grosera tela de las talegas el metal de
los pesos duros. En tanto se levantaban casas nuevas, no recomendables
por su belleza arquitectónica, pero sí por su solidez y primor, todas
de sillares, cuya piedra fea y de color oscuro cubría una capa de
blanquísima cal que daba al total de la ciudad el carácter de blancura
que la distinguía, mientras las rejas, entonces en lo general de España
dejadas en su negrura primitiva, aparecían cuidadosamente pintadas, las
más de ellas de color verde, y las vidrieras, en vez de compuestas de
vidrios feos y pequeños, lo estaban de cristales o vidrio finísimo y
transparente. Era extremado el aseo del piso, siendo allí desconocido
el lodo, aun en los días en que aquel cielo, generalmente despejado,
aparecía cubierto de espesas nubes, que, empujadas por el vendaval,
descargaban torrentes de agua mientras azotaba el mar las murallas con
espantoso bramido, derribándolas a trechos, dejando abiertos los allí
conocidos con el nombre de agujeros, y amenazando ruina a los edificios
vecinos. Era en cierto grado el lujo grande, pero no parecido al de
los días presentes, en que conocemos comodidad y regalos ignorados
de nuestros padres. No existían sino para muy pocos en España las
alfombras, si bien no faltaban enteramente en Madrid, en las casas
más principales, y aun de ellas había algunas en provincia. Suplían
su falta en invierno las esteras; pero las de Valencia, casi únicas
en Madrid, en Cádiz eran tenidas en corta estima, usando los ricos
de unas hechas en Chiclana, de buena labor para ser esteras, y cuyo
precio no era bajo, aunque no fuese alto. La madera de caoba, escasa
en lo interior de la Península, abundaba en Cádiz. Así los muebles de
la gente de la clase media hacían notable ventaja a los usados por
personas de la misma calidad y de iguales o mayores bienes de fortuna
avecindadas en la corte. Una particularidad de la cultura gaditana en
el ramo de adorno interior era el cuidado con que se amueblaban las
habitaciones interiores, cuando en Madrid el escaso lujo solía ceñirse
a las salas y gabinetes de recibo. Los comedores gaditanos ostentaban,
por lo común, mesas de caoba, allí entonces siempre maciza, teniéndose
en menos el trabajo del enchapado. El servicio de cristal era curioso,
y el agua servida a la mesa en botella blanca, en vez de echarla el
criado en los vasos desde un jarro de loza basta, siendo la de los
platos y fuentes toda inglesa de la llamada de pedernal, nombre que en
nuestros días casi ha perdido. Así es que, trasladados a Madrid, los
gaditanos hacíamos ascos, y no sin alguna razón, a varias cosas de la
capital, lo cual hubo de durar aún hasta después de la guerra de la
Independencia.
En el vestir era también esmerada la gente de Cádiz, pero había
diferencia notable entre la del uno y la del otro sexo. Porque el traje
de los hombres era, en la clase alta y media, el de los extranjeros,
y particularmente el de los ingleses, y la clase baja, aunque usaba
chaqueta, no vestía a la andaluza, y al revés, las mujeres, aun cuando
no fuesen de majas (lo cual era diferente del vestir ordinario y no
estaba en uso común), solo salían a la calle, necesitando para ello
mudarse de ropa, con basquiña (cuyo nombre era el de saya), mantilla y
jubón (conocido este último con la palabra corpiño), todo lo cual hacía
de las gaditanas criaturas (como diríamos ahora) especiales, a las
cuales daba realce el pie pequeño, calzado con zapato corto y bajo, y,
al andar por las llanas y bien empedradas calles y plazas, el airoso
talle y el gracioso contoneo.[1]
[1] Del andar y meneo de los gaditanos dice lord Byron en su
poema _Don Juan_, canto segundo:
I cannot describe it; so much it strike.
Nor liken it: I never saw the like.
Que mal traducido, dice:
Tanto admira, que mal puede pintarse.
Ni a compararle acierto; que en mi vida
Cosa no vi a que pueda compararse.
Eran los gaditanos finos en sus modales, no al par con la gente
cortesana, sino de una finura cual es la de las personas del alto
comercio en pueblos donde el trato con los extranjeros de las naciones
más adelantadas en civilización y cultura es frecuente. Algo y aun no
poco tenían, con todo, de gente de provincia. Lo notable en Cádiz era
que las clases bajas en su tono y modos apenas se diferenciaban de las
altas, siendo corteses, y sobre todo cariñosas, y no manifestando en el
trato con sus superiores ni humildad ni soberbia, como si un espíritu
y práctica de igualdad social no dejase lugar ni a la sumisión ni a la
envidia, o al odio por ella engendrado contra los favorecidos por la
fortuna, a quienes tampoco consentía el uso que fuesen desdeñosos.
En cambio de tan ventajoso estado de cultura material, el cultivo del
entendimiento estaba en Cádiz descuidado. Verdad es que se enseñaban
allí las lenguas francesa e inglesa, abundando quienes las aprendiesen
hasta llegar a hablarlas con la fluidez y corrección necesarias
para la conversación y el despacho de los negocios mercantiles. Dos
establecimientos con el título de academias, a los que hoy diríamos
colegios, se habían distinguido allí desde los últimos años del siglo
próximo pasado. Para señoritas había una academia dirigida por una
francesa llamada madama Bienvenú, a la cual siguió otra no inferior
en reputación, puesta a cargo de una española llamada doña Rita N.
Aunque en estas, así como en las dos antes citadas, destinadas a niños,
de ellos ya muchos crecidos, había clase de francés, no salían las
discípulas muy aventajadas, porque o la genial pereza era impedimento
al estudio, o las costumbres de la juventud, nada favorables a él,
borraban en breve de la cabeza, como cosa no de uso, el corto y
superficial saber adquirido de no buena gana.
Aunque no habían por entonces llegado los días del _periodismo_,
palabra todavía desconocida, aunque ya existiese la de periódicos,
hacia 1804 apareció uno en Cádiz. Privaba en aquellos días entre los
lectores andaluces _El Correo de Sevilla_, de que era editor don J.
Matute, médico y literato, y donde salían a luz versos de Blanco,
Lista, Reinoso, Arjona, Roldán y Mármol, con algunos de González
Carvajal, y también artículos en prosa sobre crítica, en los cuales _El
Diario Sevillano_ había medido sus fuerzas con un periódico madrileño
en que figuraba Quintana, y salido de la contienda triunfante en alguna
ocasión y siempre airoso. Mal podía Cádiz, falto de jóvenes aficionados
a las letras y de hombres de edad madura dados a su cultivo, producir
o sostener una obra semejante. El novel periódico gaditano dado a luz
con el título de _Correo de las Damas_ era de lo más pobre en mérito
que en ocasión alguna ha salido de las prensas. Le escribía, o hablando
con propiedad, le publicaba un buen señor, oficial francés emigrado,
entrado en años, corto en saber, y no sobrado en luces, honrado
caballero, cuyos títulos algo pomposos de barón de Bruere y vizconde
de Brié cuadraban mal con su pobreza. Retazos comúnmente mal zurcidos
de varios escritos componían los números de aquel periódico (no me
acuerdo si semanal, pero no diario), siendo la mayor parte de lo en él
publicado traducciones del francés, todas ellas harto mal hechas, si
bien es justo decir que en punto a pureza de dicción castellana, con
tener poquísima, todavía podrían competir con las que hoy leemos en
días de muy superior ilustración, y en compañía con buenos escritos, y
quedar victoriosas en la competencia.
En tanto, unos pocos jóvenes de Cádiz tuvimos el atrevimiento de
pretender fundar no menos que un cuerpo literario, al cual dimos por
dictado el de Academia de Bellas Letras, remedando a la de Buenas
Letras que por algunos años había existido en Sevilla, y que a la
sazón, si no había muerto, estaba moribunda. Eran nuestras fuerzas
desigualísimas a tanta empresa, no habiendo en nosotros para llevarla
a ejecución apenas otra calidad que la del buen deseo. Nuestras tareas
se reducían a tener juntas literarias semanales, en las cuales se leían
dos disertaciones escritas por uno de los académicos al cual tocaba por
turno, debiendo versar una sobre elementos de retórica, y otra sobre
los de poética, y sirviendo de texto para comentarle un capítulo de
la obra del abate Batteux, traducida por Arrieta, aunque también se
tenía a la vista las lecciones de Hugo Blair puestas en castellano por
Munarriz, obra de más valor que la del crítico francés, y cuya versión,
siendo mala, lo era menos. Seguíase a esto leerse algunas composiciones
ligeras, las más de ellas en verso y de escasísimo mérito, bien
que en algunas no faltase algo digno de alabanza conforme al gusto
pseudo-clásico de aquellos días. Teníamos dos concursos anuales a
premios, y para el acto de adjudicarlos sesiones públicas de tal cual
solemnidad, en las cuales, después de leerse las obrillas premiadas,
era común añadir a su lectura la de otra composición, si no poética,
metrificada a lo menos. Pero a diferencia de las academias antiguas
y autorizadas, éramos en la nuestra los académicos competidores y no
jueces, pues habría sido arrogancia indigna de perdón la idea de juzgar
obras ajenas, y, al revés, merecía disculpa competir por un premio,
ejercitando en ello el ingenio, para someter nuestro trabajo al fallo
de tribunal competente. Así es que de los académicos, no todos, sino
una parte por acto voluntario, después de discurrir dos programas,
uno de verso y otro de prosa, escribíamos nuestras composiciones, y,
nombrados de antemano tres jueces, que eran escogidos de entre los
hombres de más concepto por su entendimiento y ciencia así de Cádiz
como de Sevilla, a estos las remitíamos sin nombre de autor y con un
lema, acompañando un pliego cerrado con el mismo lema en el sobrescrito
y la firma del escritor adentro, abriéndose solo el que declaraba cúya
era la obrilla por la mayoría o unanimidad de los jueces preferida.
La apertura del pliego era en la sesión pública para dar al triunfo
del vencedor mayor realce. Todo ello, valiendo poco, no dejaba de ser
ocupación un tanto provechosa, si bien, libertándonos de más graves
culpas, nos hacía tal vez incurrir en la de presumidos y pedantes.
La Academia, después de algunas ridículas tentativas anteriores,
comenzó formalmente con el año de 1805 y se prolongó hasta entrar 1808.
La protegió bastante el capitán general de Andalucía y gobernador
militar y político de Cádiz don Francisco Solano, marqués del Socorro,
y antes de la Solana, persona de buenas prendas, cuyo nombre ha
perpetuado más que otra cosa su trágica muerte. Poco más adelante y en
este mismo artículo habré de hablar de este digno general, a quien yo
particularmente debí consideraciones excesivas para una persona que,
como yo, contaba entonces pocos años. Pero si logramos tan estimables
aprobaciones, éramos en compensación objeto de burla para la mayor
parte de los gaditanos, por quienes estábamos considerados como
ridículos copleros.
De los que compusimos aquella Academia pocos vivimos, y casi todos han
dejado de sí corta memoria. No porque en ella faltasen jóvenes que
algo y aun bastante prometían; pero casi ninguno de los académicos
había seguido la carrera dicha literaria, y, dedicados después a sus
respectivas profesiones, olvidaron los entretenimientos de su mocedad,
o solo volvieron a ellos rara vez el pensamiento. Vive, sin embargo, en
edad muy dilatada allende los términos ordinarios de la vida humana, y
vive con la cabeza firme y el ingenio despierto, laborioso, habiendo
alcanzado merecido renombre en las letras, y conservándolo aún por sus
presentes trabajos en su ancianidad, don José Joaquín de Mora, con la
singularidad de ser compañero en este periódico del autor del presente
artículo, como lo era en trabajos académicos ha ya cincuenta y nueve
años. Ocioso sería y de poco interés para los lectores mentar otros
nombres, no por ser de personas de corto valer, porque declararlos
tales sería injusticia y casi acción villana, sino porque la suerte no
les ha dado renombre, aunque tal vez en compensación les haya dado en
su tranquila y meritoria vida felicidad superior a la de los que han
cobrado fama a precio muy subido. Debe, con todo, aquí hacerse mención
del sujeto en cuya casa celebraba la pobre Academia sus sesiones, sin
tener que pagar por ello suma alguna, lo cual no nos habría sido fácil:
de don José de Rojas, después conde de Casa-Rojas, que en aquellos días
aún no había heredado su título.
Si la literatura daba poca ocupación a los ánimos de los gaditanos,
tampoco los embebía mucho la atención la política; pero en este último
punto no era Cádiz una de las poblaciones de España en que nada se
pensaba sobre los negocios del Estado. Siendo puerto de mar y plaza de
comercio a la sazón de primer orden, por fuerza había de resentirse
de la guerra, la cual estaba continuamente poniendo a la vista la
escuadra inglesa, que a la vela y aun a veces anclada se descubría
desde sus torres. Si se leía la _Gaceta de Madrid_, que dos veces
por semana llegaba al sexto día de publicada, también eran leídos,
aunque por pocas personas, los periódicos extranjeros, inclusos los
ingleses, no obstante estar prohibida su lectura. Como en toda España,
abundaban o componían la parte más crecida los parciales de la Francia
y admiradores de Napoleón, pero no faltaban los mamelucos, cuyo gremio
constaba de gentes de opiniones muy diferentes: de los odiadores de la
revolución desde su principio hasta su fin, y de los que veían en el
emperador francés un destructor de la libertad, siendo muy de notar
que, andando el tiempo, los más considerables entre los mamelucos
fueron ardorosos liberales.
En punto a la política interior, daba poco que pensar, salvo en su
relación con las cuestiones de la paz o de la guerra. Solo había
conformidad en odiar y despreciar al Gobierno, conviniéndose en punto
tal por muy diferentes motivos. A Carlos IV era común suponerle bueno,
pero débil y necio; a la reina considerarla como mala mujer, y al
príncipe de la Paz como a un monstruo. Pero Madrid estaba lejos, y de
mudar la forma existente de gobierno nadie tenía la menor esperanza,
a punto de no consentir la desesperación el deseo. Lo importante para
los gaditanos era el carácter y hechos de su gobernador, cargo que
desempeñaba un teniente general que a menudo era asimismo capitán
general de Andalucía.
Los ancianos hablaban del gobierno del conde de O’Reilly, a quien
tantas mejoras materiales había debido Cádiz, y que era citado con
extremos de alabanza, no obstante achacársele, con razón o sin ella,
poca limpieza, pero suponiendo que empleaba en común provecho buena
parte, si no el total, de lo que sacaba por medios ilícitos a los
particulares. Después de él había habido varios gobernadores, de
quienes no se hacía particular recordación: Fonsdeviela, el conde
de Cumbrehermosa, Iturrigaray, quizá algún otro. Pero en 1800 fue
conferido el gobierno de Cádiz a un sujeto notable por su carácter
personal, que se granjeó parciales acalorados y no menos ardientes
enemigos: el general de artillería don Tomás de Morla.
Este general, de familia poco conocida de Jerez, pues la antigua y
aristocrática casa de los López de Morla de aquella ciudad no le
reconocía por pariente, no obstante tratarle como amigo, aunque sin
duda de alguna oscura nobleza, pues había entrado en un Real cuerpo
para ser cadete, del cual era necesario probar que se era noble;
de claro y agudo entendimiento; de instrucción en su ramo, según
acreditan sus obras tenidas en estima; con pretensiones hasta de
escritor poco justificadas, si bien no del todo absurdas; de condición
violenta y despótica, pero adulador en la corte, así como tirano
en el mando, grosero con afectación de serlo, bufón a veces en sus
providencias,[2] recto en medio de esto y desinteresado como pocos,
con mala reputación de soldado, pues la voz común le suponía falto
de la calidad primera del guerrero, y sin embargo, arrostrando toda
oposición con valentía, era temido, y juntamente querido del vulgo, y
dividía en opuestos pareceres respecto a su conducta a las gentes de
las clases superiores.[3]
[2] Morla gustaba mucho de remedar a Federico II de Prusia,
objeto de la atención y admiración universal en los días en
que el general español comenzó su carrera. Esta imitación se
notaba en singularidades de sus decretos. Por ejemplo, se quejó
un vecino de que una academia de baile le era molesta, y Morla
puso por decreto en el memorial del querellante:
Siga la danza,
Baile el danzante
Y tenga paciencia el suplicante.
De su caprichosa y despótica justicia, citaba con admiración el
vulgo el siguiente rasgo: Por cierto favor hecho a una persona
de condición humilde, regaló el favorecido al gobernador, su
favorecedor, media docena de gallinas. Este, para castigar un
acto de gratitud que parecía cohecho, mandó meter en la cárcel
al que había hecho el presente, y tenerle allí seis días,
sirviéndole en cada uno de ellos una de las gallinas que le
había regalado.
[3] No se haría, ni aun se apuntaría cargo tan grave y feo como
es el de falta de valor en un militar, si no hubiese sido hecho
a Morla delante del rey Carlos IV y hablando a Su Majestad
mismo por el duque de San Carlos, padre del general conde de
la Unión, muerto gloriosamente en la campaña en 1794, mientras
Morla se retiraba si no vergonzosamente, poco menos.
Habiendo llegado a Cádiz en los días de lo llamado la _epidemia_
grande, o sea la invasión de la fiebre amarilla en 1800, una de las
cosas en que se señaló durante su gobierno, fue en providencias
durísimas para atajar todo contagio, circunstancia digna de
recordación, porque trasladado el mismo general a Granada en 1804,
y apareciendo allí la misma cruel enfermedad, por lo que hizo a fin
de atajarla vino a ser objeto de odio para los granadinos, lloviendo
sobre él sátiras de versos casi todos malos, pero no sin chiste, y
respondiendo él en prosa con algún folleto impreso en el cual presumía
de médico, así como de literato.[4]
[4] Era empeño de los granadinos, como suele serlo de todo
pueblo cuando en él aparece una enfermedad pegadiza o
transmisible de enfermos a sanos (para huir de las sutilezas
a que da lugar decir contagiosa) negar que existía el mal, y
calificar de enfermedades comunes los casos de él que ocurrían.
Morla tenía razón en sustentar que había enfermos de la fiebre
amarilla en Granada, pero sustentaba su causa con malos
medios. De los infinitos versos con que los poetas o copleros
granadinos le asaeteaban, algunos quedan en la memoria del
anciano cuyos son estos recuerdos. Ya uno decía:
La fiebre amarilla
Que reina en Granada
Se pasea en coche,
Anda por las plazas.
. . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . .
Aparta, que viene,
Mírale a la cara,
¡Qué gesto tan feo!
¡Qué zancas tan largas!
Huid, granadinos,
No os lleve a la zanja.
Ya otro glosando la anterior, decía:
Estimado amigo:
En esta letrilla
Voy a retratarte,
¡_La fiebre amarilla_!
No la verdadera,
De esa no hablo nada.
Sí solo de aquella
Que reina en Granada.
Es más horrorosa
Que una mala noche,
Y todos los días
_Se pasea en coche._
Y así seguía la glosa, peor aún que lo glosado.
Otra composición era una colección de epitafios para el
cementerio, algunos de ellos graciosos y todos satíricos. En
uno de ellos, aludiendo a un médico favorecido de Morla, y,
por supuesto, de los que daban por cierta la existencia de la
fiebre amarilla, se decía:
Aquí, pecador cristiano,
Reposan cuarenta y dos
Pidiendo justicia a Dios
Contra el médico Solano.
Y terminaba:
Del contagio imaginado
Que tanto nos da que hablar,
Ninguno en este lugar
Todavía se ha enterrado.
Martínez de la Rosa, a la sazón muy joven, fue de los que
(según cuentan) hicieron versos contra Morla.
Aunque privaba mucho Morla con el príncipe de la Paz, no conservó por
entonces largos años el gobierno de Cádiz. Le sucedió en él, siendo
asimismo capitán general de Andalucía, el aquí mismo poco ha citado don
Francisco Solano.
No se parecía a su antecesor el gobernador nuevo. Era hombre de
gallarda presencia, de modales cortesanos, dado a la literatura amena,
aunque no escritor, activo aun más que lo necesario, y de valor
extremado, acreditado después en su fortaleza al morir asesinado entre
tormentos. Había servido, si bien por breve tiempo, en un ejército
francés y había tomado de los guerreros de aquella nación el porte
y aire marcial, si bien no los malos hábitos de crueldad y rapiña,
en aquellos, aunque con excepciones, tan comunes; propia falta de
conquistadores.
Solano entró a gobernar en tiempo de paz; pero a poco de haberse hecho
cargo del gobierno rompió la guerra con la Gran Bretaña en 1804. Había
por aquellos días venido a Cádiz el famoso general francés Moreau de
camino para el destierro a que le había condenado el cónsul Bonaparte,
ascendido cabalmente en aquellos momentos al trono imperial, y Solano,
aunque tenía bastante de cortesano, y aunque sabía la sumisión de
nuestro Gobierno al francés, acordándose de que había conocido en una
campaña en Alemania al ilustre proscrito, entonces glorioso general
republicano, se esmeró en agasajarle. Recién rotas las hostilidades,
Solano, con su huésped francés al lado, cuidaba de que se armasen
baterías, recorría las ya hechas, se afanaba y daba aparato teatral
a todos sus movimientos, mientras el francés, cuya apariencia era
modesta, y cuyo aspecto y modos fríos y harto diferentes de los
generales sus compatricios, parecía como que miraba con sonrisa
benévola, pero sarcástica, tales alardes, cotejándolos con las reñidas
y sangrientas lides en que él había adquirido inmortal fama.
No fue solo en hacerle ver preparativos militares en lo que entretuvo
el general español al francés durante la estancia de este en Cádiz, la
cual hubo de prolongarse algunos meses, no sin disgusto de Napoleón,
que miraba a Moreau con odio, aunque afectase despreciarle. Duraba aún
la paz entre España e Inglaterra, cuando llegó el famoso desterrado
a Cádiz, rica entonces y dada al placer y al lujo, y su gobernador,
aficionado a fiestas, gustaba de que se diesen bailes públicos en el
teatro, cosa no usada en Madrid, y que un Gobierno y una corte recelosa
y oscura habría mirado como criminal por ver en ello un peligro.
Obsequió, pues, Solano a Moreau con un baile, a que asistió numerosa
concurrencia. La mujer del general francés, riquísima americana de las
Antillas francesas, no bella, pero agraciada, se presentó con un lindo
traje blanco muy ajustado al cuerpo, como era uso entonces llevarlos, y
de arriba a abajo rodeado como cadena en roscas con hilos de brillantes
ensartados, que al dar las vueltas del vals, baile que empezaba a estar
en moda en España, brillaban y como que chispeaban reflejando las luces
del bien alumbrado salón de baile en que estaba convertido el teatro.
Así, mientras los hombres contemplaban a aquel personaje que tanto
ruido había hecho en el mundo, y veían en él una figura cuya traza nada
declaraba ni prometía, las mujeres admiraban y tal vez envidiaban la
riqueza de aquella señora, riqueza al lado de la cual era poca cosa el
lujo gaditano.
No era solo para obsequiar a un huésped ilustre para lo que disponía
Solano fiestas, pues sin motivo alguno especial las multiplicaba.
El modo de cubrir su costo demuestra cuáles eran las costumbres de
aquellos días. Mandó el general descontar de las pagas de los oficiales
de la guarnición un tanto razonable, o bien podría decirse contra toda
razón, y destinó el producto de esta exacción a los bailes, mientras a
los comerciantes ricos de Cádiz, con insinuación que era precepto, sacó
mucha mayor cantidad, no siendo corta la necesaria para tales fiestas.
Llegada la Cuaresma, en vez de quitarse el tablado que hacía del teatro
un salón para los bailes de Carnaval, como entonces no se consintiesen
representaciones teatrales desde el miércoles de Ceniza hasta el
domingo de Pascua, fue destinado aquel lugar a funciones calificadas
de tertulias y conciertos, cuyo gasto se cubría del mismo modo que el
de los bailes.
Una aventura chistosa interrumpió esta práctica. Se acercaba el día
de año nuevo, no me acuerdo si de 1807 o 1808, día que celebraba como
el de su santo el omnipotente don Manuel Godoy. No era Solano un
adulador rastrero, pero no negaba el culto al ídolo por todos adorado
aunque entre maldiciones ahogadas. Así es que convocó a los generales
y oficiales superiores de la guarnición de Cádiz para que se celebrase
el día del privado con el lucimiento propio de obsequio hecho a tan
encumbrado personaje. Concurrió entre los generales uno célebre en
los fastos de Cádiz por ser una de las figuras más raras que paseaban
las calles de aquella ciudad, correspondiendo en rareza su carácter
a su figura. Su nombre era don N. Ugalde, pero nadie le conocía (y
no había chico ni grande que no le conociese) sino como el general
Chafarote. Parecía una momia de puro pegado que tenía el pellejo a los
huesos, tenía una nariz enorme y encorvadísima, la barba puntiaguda, y
por consiguiente la boca hundida por extremo entre las dos facciones
salientes. Jamás vistió frac, ni pantalones, ni abandonó en el peinado
los rizos y la coleta. Sombrero de picos puesto de frente; casaca
redonda, casi siempre de seda de color; chupa o igual a la casaca, o
blanca con bordado; calzón corto, medias de seda, zapato con hebilla y
el espadín recto, o, como decían entonces, atravesado por los riñones,
componían su vestidura, sin que de general llevase más que la faja
sobre la chupa. Con traje tan insólito añadido a su figura, sostenida
en piernas que parecían cañas delgadas, era objeto de admiración a
quienes le veían por la vez primera, y como de diversión para todos,
aunque de burlas mal podía ser, porque el tal general nada tenía de
sufrido, y no era lícito entonces ofender a personas de su clase. Pero
los chiquillos, y aun los grandes, solían con pluma o lápiz dibujar un
perfil de su persona, siendo ella tal, que era imposible no dar al más
torpe bosquejo mucha semejanza. Era tan extraño personaje maldiciente
por demás, y siendo rico y anciano, nada temía; por lo cual siempre
que se desataba en vituperios del Gobierno, decía que «él por sus
años estaba _fuera de cuenta_», no siéndole posible recibir ya grave
daño. Asistió, pues, Chafarote en clase de general a la junta en que
propuso Solano costear el obsequio al Príncipe de la Paz; y como todos
al oír la propuesta callasen, aceptando con el silencio la carga que
a pocos debía de ser grata, llegada la vez al estrafalario anciano,
dijo, con gran sorpresa de todos, «que él no tenía trato ni relaciones
de amistad con el caballero a quien se trataba de hacer el obsequio,
y que si tales relaciones tuviese, medios tenía y voluntad de hacerle
un obsequio a su costa particular y no en compañía; pero siendo como
era, no veía para qué contribuir él con suma alguna». Turbáronse los
circunstantes, y aun el mismo Solano, al oír frases tan atrevidas
en que se hablaba como de un caballero cualquiera del príncipe
generalísimo, y se disolvió la junta sin tomarse resolución alguna, de
que resultó no darse el baile.
No dejó de atender Solano a objetos de más utilidad que la de tales
diversiones. Si desde los días del gobierno de O’Reilly había sido
Cádiz una ciudad notable por su aseo, gobernando Solano llegó la
limpieza, o puede decirse la pulcritud de las calles, al punto más
subido. El pueblo de Chiclana, lugar de recreo entonces preferido
de los gaditanos, le debió mucho, haciéndose para él un camino de
carruajes bueno y cómodo, y estableciéndose en el caño de Zurraque, que
le atravesaba, una excelente barca. Vivimos en días en que en este ramo
se ha adelantado infinito, y bien puede mover a risa ver celebradas
hoy las pobres mejoras de pasados y no muy antiguos tiempos; pero todo
es comparativo, y Solano era, para sus días, un gobernador celoso y
entendido, Así es que gozaba de favor con el pueblo de todas clases,
y si había quien censurase en él ligerezas, actos teatrales y afán
superior a la importancia de lo a que se dedicaba, todos perdonaban
estas faltas, tanto por las buenas providencias que las compensaban,
cuanto porque agradaba a un pueblo ansioso de diversiones y deleite un
gobernador que se complacía, entre otras cosas, en divertirle.
Así, en medio de la decadencia de aquella ciudad, a la cual privaba
la guerra de su comercio, fuente única de su prosperidad, seguía
siendo Cádiz una residencia agradable. Sin duda en los recuerdos de
una juventud ya muy lejana hay mucho de ilusión, y al representarse
en la mente las cosas de la primavera de la vida, aparecen frescas y
brillantes como lo son los cuadros de una estación deliciosa. Pero
no es ilusión el recuerdo de que los paseos estaban concurridos
diariamente, y lleno el teatro; de que vivir bien y comer bien era allí
cosa común, y que en la Pascua de Pentecostés en Chiclana, y en las
ferias del Puerto se presentaba gran gentío que alegremente gastaba
sumas, si no crecidas, no despreciables.
Y nótese que aun en los días de más prosperidad de Cádiz, si había
buenos caudales, no se hablaba de cosa igual a la suma que para ser
rico se cree necesaria en la hora presente. Un millón de pesos fuertes
(allí no se solía contar por reales) era lo que se atribuía a tres
o cuatro de las personas más acaudaladas. Tener cien mil pesos se
reputaba estar muy bien. Y esto que, salvo el lujo de coches, apenas
necesario en aquel pueblo llano y pequeño, no se escaseaban los regalos
de la vida.
Vino al cabo la guerra de la Independencia, y con ella la pérdida
de nuestra América Continental, y entonces recibió Cádiz la herida
mortal de que hoy está convalecida, pero sin poder volver a su ser
antiguo. El lustre y animación que tuvo en los días de la guerra de
la Independencia, fueron hijos de la circunstancia de estar allí el
Gobierno supremo de la nación, y las principales personas de esta,
viniéndose a formar una España reducida a corto recinto. De ello va
dada razón en _La América_ en recuerdos anteriores a estos en la fecha
de la publicación, si bien posteriores en punto a la época de que
tratan.
El autor del presente artículo se acuerda ahora de que vio a Cádiz en
1844, en días para él no felices, y que admiró con extremo de dolor la
decadencia de una ciudad antes tan floreciente, decadencia mayor aún
que la de su propia persona y fortuna, aunque entre estas y aquellas
hubiese consonancia. Pero Cádiz va recobrándose, porque para los
pueblos no hay muerte, mientras que quien esto escribe camina para
el sepulcro, que no puede estar lejano, y en su cansada vejez vuelve
mentalmente la vista a los lugares que tanto amó, y desea cuantas
prosperidades sean compatibles con el curso de las cosas humanas a la
población que fue su cuna, y donde pasó algunos de los dulces años en
que, a pesar de los inconvenientes que toda edad y toda situación trae
consigo, es una felicidad la vida.
II.
CÁDIZ EN LOS DÍAS DEL COMBATE DE TRAFALGAR.
En el año 1805, España había vuelto a entrar en guerra con la Gran
Bretaña, gracias al atentado en plena paz cometido contra cuatro
fragatas españolas. Aun los poco adictos a la alianza francesa, que
eran, y aun puedo decir, éramos a la sazón muy pocos, aprobamos una
guerra venida a ser inevitable, si bien censurábamos la desacertada
conducta que había dado, si ya no razón, motivo al insulto hecho a
nuestra bandera.
Cádiz fue uno de los puntos en que más se sentía la guerra, limitada a
los mares y costas, aunque sus efectos aun en lo interior se sintiesen,
pero siendo casi nada conocidos. En el mar vecino, a vista de los
gaditanos, solía ondear orgullosa la bandera enemiga, a la cual, rara
vez las aliadas marinas francesa y española se resolvían a hacer
frente, reconociendo en ella superior poder, debido a circunstancias
favorables a una nación, por necesidad y por afición nacida de la
necesidad, en alto grado marinera. No se contentaban los ingleses con
insultar en cierto modo a Cádiz con su presencia, sino que trataban
de dar un duro golpe a las escuadras surtas en su puerto. Las que en
septiembre y octubre llenaban la entonces espaciosa bahía, eran un
tanto numerosas, pero estaban nada bien pertrechadas y mal tripuladas.
Sin embargo, reinaba confianza en que si los ingleses intentaban caer
sobre ellas forzando la entrada del puerto, saldrían de su empresa
desairados y mal parados. Si en los días lejanos del reinado de Felipe
II el conde de Essex había ganado a Cádiz y saqueádola, en tiempo de
harto menos poder para la monarquía española los esfuerzos de las armas
británicas contra tan importante punto habían salido vanos. En la
decaída España de principios del siglo XVIII, las fuerzas inglesas de
mar y tierra, después de ocupar las poblaciones abiertas de Rota y el
Puerto de Santa María, se habían estrellado contra el fuertecillo de
Matagorda, y embarcádose, no sin mengua, los que saltaron en tierra,
retirándose en seguida sus navíos. En 1797, un bombardeo, cuyo objeto
más era, al parecer, contra la escuadra que contra la plaza, había
tenido poco efecto, reduciéndose a combates en que salieron con honra
y ventaja nuestras lanchas cañoneras, siendo de notar que mandaba en
esta ocasión las fuerzas agresoras Nelson, cuya fama estaba en sus
comienzos, pero cuyo arrojo, ya probado en el combate del Cabo de San
Vicente, era fianza y seguro vaticinio de su futura gloria. En 1805
el mismo Nelson, ya con la dignidad de Lord y con el crédito que le
daban su gran victoria de Aboukir o el Nilo, y su menos claro triunfo
en Copenhague, del cual, sin embargo, sacó partido no inferior al
que si hubiese sido vencedor podía haber alcanzado; aguijado por una
ambición noble, pero excesiva, por un patriotismo mezclado con odio
rencoroso a Francia, y por un orgullo nunca enfrenado por la prudencia
de que carecía, y despechado de no haber acertado con las escuadras
de sus contrarios, a los cuales había perseguido con actividad
pasmosa, pero no con feliz fortuna, venía a ponerse sobre Cádiz con el
proyecto declarado de buscar dentro del puerto a sus enemigos, y allí
combatirlos a todo trance. Por nuestra parte, nos preparábamos a la
resistencia con igual ardor, ayudando a la defensa de los navíos las
baterías de la costa y ciudad de Cádiz, y numerosas cañoneras.
Gobernaba a la sazón a Cádiz y Andalucía[5] el general don Francisco
Solano, marqués de la Solana por su mujer y que después heredó de
su padre el título de marqués del Socorro, que llevaba en el día
de su trágica muerte, en que se hizo notable por su extraordinaria
fortaleza.
[5] La capitanía general, impropiamente llamada de los cuatro
reinos de Andalucía, pues había otra en Granada, si bien con
el título de la costa, no solía estar unida con el gobierno
militar y político de Cádiz, el cual, por sí solo, era un
puesto de lustre y alta importancia, confiado a un teniente
general. La residencia del capitán general de Andalucía fue,
por algunos años, en el Puerto de Santa María, desempeñándola
un general con el título de príncipe italiano (creo que de
Monforte), o nacido en la Italia inferior, u oriundo de
ella. Pero siendo los capitanes generales presidentes de las
Audiencias, cosa que tan mal les convenía, se determinó que
fuesen a establecerse en Sevilla a presidir la de aquella
capital. Sin embargo, juntos en una persona aquel alto cargo
con el gobierno de Cádiz, y viva a la sazón la guerra con los
ingleses, con sumo acierto se dispuso que el general revestido
de ambas dignidades residiese en la plaza fuerte, expuesta a
los ataques del enemigo.
Era Solana un general por otro estilo que los que entonces contaba
España, de alta y aventajada estatura, lleno de carnes, de expresiva
figura, de presencia marcial, sediento de gloria, no corto en
instrucción y aun con algo de literato; finísimo en modales, donde
aparecían sus pensamientos de caballero vestidos con la cultura
moderna; bastante teatral en sus actos, así militares como civiles;
más de militar francés que de español; activo a menudo con exceso, lo
cual le movía a obrar en todo más de lo necesario, frecuentemente con
alguna precipitación y no siempre con tino; hombre, en suma, digno de
aprecio, y dueño de él y de buen afecto, sobre todo entre las personas
ilustradas y de alta y mediana esfera. Había militado por breve plazo
en los ejércitos republicanos franceses, y si no me es infiel mi
memoria, al lado del célebre general Moreau. Así es que cuando este
afamado guerrero vino a Cádiz, de paso para los Estados Unidos, a donde
le enviaba desterrado el recién coronado Napoleón, Solano, a pesar de
no ser contrario del novel emperador francés, se esmeró en obsequiar al
ilustre proscrito, traspasando tal vez en sus atenciones los límites de
la prudencia. Solano había sucedido al no menos nombrado don Tomás de
Morla[6] sujeto muy de otra clase, y en sus singularidades muy distante
de estar falto de talento.
[6] Quizá, en articulillos posteriores se entretendrá el
escritor del presente en traer al conocimiento y vista de sus
contemporáneos personajes o tipos de la generación pasada.
Faltan y hacen falta en nuestra España noticias de esta clase,
de lo cual tienen muy errados juicios. Aun hablando de hombres
no de alta estatura intelectual o política, se da a conocer
lo que eran ciertos tiempos que fueron; por ejemplo, don
Tomás de Morla fue hombre singular, muy notado en su época,
y que hoy está olvidado, salvo en el cuerpo de Artillería,
donde es venerada su memoria, y con razón, mirándolo como
ilustrado artillero, aunque por otro aspecto, si es digno de
conmemoración en alguna parte honrosa, también lo es de no
blanda censura.
Pero aunque Morla era militar instruido, y oficial facultativo de la
mejor nota, era su sucesor más soldado, siendo además el mérito de
este último el entusiasmo de que el otro carecía. Diose, pues, Solano
a multiplicar y ensayar medios de defensa, así de la plaza de Cádiz
y la vecina costa, como de las escuadras de que las fortalezas de
tierra eran amparo, en adición al que les daban sus cañones. Volvíase
todo revistas, simulacros (voz hasta entonces no oída en España, si no
es tratándose de templos y aras de falsos dioses), y probar cañones
para cerciorarse del alcance de los fuegos. A todo acudía solícito el
general, fastuoso en sus alardes, sin descuidar por esto el gobierno
civil, pues, al revés, era amigo de fiestas y de mejoras materiales.
Entretanto, las escuadras seguían en su fondeadero, si amenazadas, con
harta probabilidad de rechazar a un agresor temerario. Más de treinta
navíos de línea, ondeando en unos la bandera tricolor, en otros la
amarilla y encarnada, poblaban la bahía gaditana, dilatándose su línea
desde la boca del puerto, en el lugar llamado el Berreadero, hasta las
inmediaciones del arsenal de la Carraca. Allí apareció por última vez
una numerosa escuadra de nuestra entonces ya decaída marina, pocos años
antes tan floreciente, a lo menos a primera vista y por el indudable
mérito de muchos de nuestros oficiales, si bien cuerpo de más viso que
robustez por faltarle el elemento de una buena y numerosa marinería, y
estar fuera de proporción con la marina mercante.
Mandaba, como es sabido, la escuadra combinada el almirante francés
Villeneuve; valiente en la pelea, tímido e irresoluto en el consejo,
no sin razón persuadido de la ventaja que a los suyos y a los nuestros
llevaban los ingleses, y desaprobador de los planes de su Emperador,
por lo cual tenía como general el grave inconveniente de ser ejecutor
de lo que desaprobaba.
Menudeaban los consejos de generales a bordo. La escuadra inglesa
estaba a la vista como desafiando a sus contrarios. Aún no había
llegado a tomar de nuevo el mando de ella Nelson, quien no mucho antes
había pasado a Inglaterra por pocos días; pero su llegada era dada
por varios como hecho ya ocurrido, y por los demás como cercano. Se
sabía o se suponía que Napoleón ansiaba porque sus marinos probasen sus
fuerzas con la de los odiados isleños en un combate.
A un consejo de guerra celebrado para decidir si habría o no de salirse
a la mar en busca del enemigo, fueron convocados dos brigadieres, uno
de los cuales era mi padre don Dionisio, a la sazón próximo a recibir
la faja de jefe de escuadra por haber sido novísimamente nombrado
comandante general de pilotos, así como por sus antiguos, señalados y
mal premiados servicios; hombre, en fin, a quien me es lícito calificar
de varón ilustre, pues tal le juzgaban sus contemporáneos. En el
consejo de guerra quedó resuelto que las escuadras no saliesen, y a tal
resolución contribuyó como quien más mi padre, cuya opinión era, y en
aquel caso fue, que empeñándose un combate general era probabilísimo
fuese de los enemigos la victoria, siendo grande la probabilidad
contraria si se arrojaba Nelson a embestir con los nuestros en el
puerto.
Estando así las cosas, en el 18 de octubre hube yo de salir para
Chiclana con mi familia, siendo el objeto de nuestro viaje mirar por la
salud de mi madre, a quien aconsejaban los médicos pasar una temporada
en el campo por estar convaleciente de una grave enfermedad, sobre
sus achaques y padecimientos grandes y continuos. Hicimos el viaje
por agua, llevándonos mi padre en su bote, y llegados, se despidió
asegurando que volvería dentro de tres o cuatro días, pues era seguro
que no saldría la escuadra. Despedida fue, que apenas lo era, por
ser separación por breve plazo y a corta distancia, pero que vino a
serlo de aquellas que solo en mejor vida terminan, si es que las almas
igualmente felices pueden renovar los lazos que las unieron en el mundo.
Ajeno yo de toda zozobra, iba paseándome por el lindo campo de Chiclana
hacia el mediodía del 20 de octubre, cuando un hombre del pueblo,
encontrándome y saludándome con la cortesía entonces usada fuera de
poblado, y queriendo entrar conmigo en conversación, cosa no rara en
la franqueza española, me preguntó si no iba al altillo de Santa Ana
a ver salir la escuadra. Sorprendiome la noticia, y puse en duda su
certeza, pero se ratificó en su dicho quien me la había dado, afirmando
que decía lo que había visto. Corrí entonces desalado a la altura, y
vi el espectáculo bello para considerado en otras circunstancias, pero
en aquellas dolorosísimo para mí y aun para personas menos interesadas
en la suerte de aquellos marinos: el mar poblado de numerosos buques
de gran porte, navegando a toda vela, ciñendo el viento, largas las
banderas y en ademán de ir a provocar al enemigo.