Jenny Hawkins acababa de entrar en su departamento de _Tavistock-Street_.
En pie en medio del salón alumbrado por dos lámparas de encima de la
chimenea, caído el abrigo hasta la cintura, despidió á la doncella diciendo
que se desnudaría sola, y se puso á acechar en el silencio la llegada del
formidable visitante esperado.
Un ruido en la calle, solitaria á aquellas horas; un paso precipitado en
la escalera y una mano impaciente que golpeaba la puerta. Lea atravesó
el pasillo oscuro, y fué á abrir. Á la tenue claridad que salía por la
puerta entreabierta, reconoció á Jacobo á pesar de traer el sombrero
echado sobre los ojos y el cuello del gabán levantado hasta la nariz.
Freneuse entró bruscamente, pasó por delante de ella, se detuvo en el
salón alumbrado, sin volverse siquiera para ver si ella le seguía, se
quitó el sombrero y el gabán y apoyándose en la chimenea, miró fijamente
á la que poseía el secreto de que dependía su salvación. Lea, aterrada
pero más hermosa todavía por su mismo espanto con su traje blanco y sus
hombros espléndidos, esperaba con la cabeza baja que él empezase á
hablar. Jacobo dijo con acento de terrible ironía:
--Los muertos pueden volver á la tierra, Lea, puesto que estás viva
delante de mi, que fuí condenado por matarte. Te creías desembarazada
del infeliz Jacobo, ¿verdad? Y dormías tranquila creyéndome en una tumba
más segura que la tuya. Yo también he salido, sin embargo, y vengo á
pedirte cuenta de todo lo que he sufrido.
Lea movió la cabeza y dijo sordamente:
--¿Has sido tú solo el que ha sufrido? ¿La responsabilidad de lo
ocurrido es de los demás ó de ti mismo? ¿Es posible que hayas olvidado
lo que hiciste? Dos años son largos, cuando se sufre, y dan tiempo para
reflexionar. ¿Has examinado tu conducta al mismo tiempo que juzgabas la
de los demás?
--¡Desgraciada! Me recuerdas las horas más tristes de mi existencia,
aquellas en que, solo y aherrojado, me volvía loco buscando las causas
de mi desdicha. ¿Cómo había de juzgar lo que no podía comprender? Lo
ignoraba todo en mi suerte; mi infortunio era para mí un enigma
indescifrable. Por muy grandes que hubiesen sido mis faltas no bastaban
para justificar el exceso de mi miseria. ¡Establecer responsabilidades!
¿Cómo hacerlo en la oscuridad de mi espíritu? Lea Peralli muerta; ¿por
qué? ¿Cómo y á manos de quién? Ni los jueces, ni los jurados, ni mi
abogado mismo, vieron lo que era imposible sospechar, aquel lazo infame
en que era cogido un inocente. Y mientras yo me moría de dolor y de
ignorancia, la pretendida víctima huía y se burlaba de la justicia y de
la inocencia y se regocijaba con su cómplice por haber llegado á tan
dichoso desenlace... Yo, con la cabeza llena de tinieblas, sometido á
unos jueces que me tomaban por un malvado endurecido, á unos abogados
que me encontraban estúpido porque callaba cuando era preciso
defenderme, á unos guardianes que se mofaban de mi, á una prensa
moralizadora que me arrastraba por el fango, á mi falta de conocimiento,
que hasta me incitaba á creer en un crimen, fui á dar en Numea, entre
bandidos y bajo un cielo de fuego. Y todo ¿por qué? Por haber tenido la
desgracia de amar á una criatura feroz que jugaba con mis sufrimientos y
se felicitaba por mi abyección.
Lea levantó los brazos y por primera vez miró á Jacobo con ojos aún
turbados por el terror.
--¡No! No por haber tenido la desgracia de amarla, replicó, sino por
haber cometido la indignidad de hacerla traición...
Á estas palabras, primer rayo de luz en la oscuridad que le envolvía
hacia dos años, Jacobo se estremeció y toda su inteligencia se puso en
tensión para penetrar el misterio.
--¡Ah! Empiezas al fin á confesar, infame... ¡Querías vengarte!
--Sí, contestó Lea con energía. Lo quise porque tú me obligaste. Y la
mayor parte de lo ocurrido lo hizo la casualidad.
--¡Al fin voy á saber! exclamó Jacobo en una especie de delirio. ¡Te
tengo aquí, maldita, y hablarás ¿entiendes? aunque tuviera que
arrancarte tu secreto del corazón con las uñas! ¡Oh! no tendré piedad,
como tú no la tuviste. No cuentes con ninguna gracia. ¡Vas á decirlo
todo ó, por mi honor, que te mato, y esta vez no resucitarás!...
Se irguió espantoso y su cara expresó una implacable resolución. Pero
Lea parecía más tranquila á medida que él se mostraba más exaltado. Se
sentó lentamente en una silla, cerca de Jacobo, y dijo con dulzura:
--Es inútil que me amenaces; estoy resuelta á hablar. Si no te hubieras
presentado á mí y yo hubiera sabido tu presencia en Londres, te hubiese
ido á buscar. Hace mucho tiempo que este secreto pesa sobre mi
conciencia y que el remordimiento me tortura... Hablas de lo que has
sufrido... Vas á saber lo que he sufrido yo y después compararás. Acaso
tu prisión no era más dura que mi libertad, porque tú tenías derecho de
llorar, de maldecir, mientras que yo estaba obligada á brillar, á
divertir á los demás, á encerrar mi dolor en mí misma. No he sido la
única culpable, pero si sola para sufrir la expiación.
--¿Tenías cómplices?
--Uno solo.
--¿Sorege?
--Sí.
--¡El miserable! ¿Y por qué quiso perderme?
--Porque me amaba.
Jacobo se quedó inmóvil, silencioso, respirando apenas, tan oprimido
estaba por la angustia de aquel momento solemne. Por fin preguntó:
--¿Pero tú, por qué te prestaste á su infamia? ¿Por qué contribuíste á
perderme?
Lea contestó en tono brusco y desesperado:
--¡Porque te amaba!
--¿Y por eso me condenaste á un suplicio peor que la muerte?... ¿Quién
era, pues, la mujer asesinada? ¿Qué te había hecho?
--Lo mismo que tú. Me hacía traición descaradamente; iba á marcharse
contigo; me insultaba con su triunfo y se burlaba de mis celos...
Jacobo se estremeció. Acababa de comprender.
--¡Era Juana Baud!
--Sí; era ella.
--¿Y quién la mató?
Lea levantó orgullosamente la cabeza y respondió con acento terrible.
--¡Yo!
--¡Tú, desgraciada! ¿Y cómo?
--Vas á saberlo.
Todo quedó en silencio, solamente turbado por la respiración anhelosa de
Lea. El rumor de la ciudad dormida se apagaba á lo lejos con el sordo
rodar de los ya escasos coches. Jacobo se sentó sombrío y cansado en un
sofá, y seguro ya de saber lo que con tanto ardor había deseado, se
dispuso á escuchar sin prisa. Lea, inclinada hacia él, con la cara
ensombrecida por una violenta emoción, los codos sobre las rodillas y
balanceando el cuerpo por un movimiento inconsciente, habló con voz
entrecortada:
--Bien sabes cuánto te he amado y con qué pasión tan exclusiva. Durante
dos años fuiste toda mi vida. Mis costumbres, mis gustos, mis caprichos,
todo lo subordiné á tu fantasía y jamás un rey fué más complacientemente
adulado por una favorita que todo lo esperase de él, que tú lo fuiste
por esta mujer que nada quería ni esperaba. Yo no era venal y nunca te
pedí dinero. Vivía de tu vida y si tú dilapidaste tu fortuna, me harás
la justicia de confesar que nunca te incité á ello ni tuve nada que ver
con tu ruina. Tú me revelaste el amor. Antes de conocerte, sólo había
tratado indiferentes; mi marido y algunos botarates de mi país que
ningún poder tenían sobre mis sentidos. Tú me volviste loca el primero y
me adherí á tí con un ardor igual á la dicha que me dabas. Me traías á
todos tus amigos, orgulloso de mi belleza y sin que jamás parecieses
celoso. ¿Para qué, si sabías que no existía para mí más hombre que tú?
Todos los compañeros de tu vida disipada me hicieron el amor, menos
Tragomer, que desconfiaba de mí, y tú lo supiste de todos excepto de uno
á quien juzgué desde el primer día y que me daba miedo.
--¿Sorege? preguntó Jacobo.
--Sorege. Ese no era un vividor insignificante como los demás. Se
imponía por la originalidad de su actitud y la ironía de su palabra. No
podía pasar inadvertido, y cuando se le había conocido una vez, había
que acordarse de él, aunque no fuera más que para odiarle. Solamente me
inspiró temor. Se acercó á mí y con maneras cautelosas encontró medio de
expresarme los sentimientos que le inspiraba, sin ninguna confesión que
pudiera comprometerle. Sabía precaverse contra una revelación de mi
parte, y si yo me hubiera visto obligada á repetir sus palabras, nada
incorrecto se hubiera visto en ellas. Yo no me atrevía á bromear contigo
sobre sus pretensiones como lo hacía sobre las de otros, y seguro de la
impunidad, ya no se contuvo y me aseguró que por un medio ó por otro me
obtendría. Le respondí de un modo que debió hacerle mucho daño, porque
por primera vez le ví palidecer y descomponerse. Con espantosas amenazas
me juró que aunque tuviera que causar tu pérdida, me libraría de tí,
pues bien sabía que mi amor me impediría ceder de buen grado.
--¡Cobarde! exclamó Jacobo, con la cara contraída por el furor. ¿Por qué
no me dijiste nada?
--Porque empezabas á separarte de mí, lo conocía, y no quería perder una
ocasión de probarlo por medio de sus revelaciones. Desempeñaba el papel
de Yago con un arte feroz. Solamente que era á Desdémona á quien
dedicaba sus envenenadas confidencias. Todo lo que tu ciega confianza le
hacía saber de tus negocios ó de tus placeres, venía á repetírmelo. Yo
quería alejarle, porque me torturaba, pero tenía sed de saber y me
prestaba á sus delaciones creyendo aprovecharlas para conservarte.
Nuestras conversaciones eran unas salvas de injurias. Yo le colmaba de
maldiciones y él me insultaba groseramente con su seguridad de poseerme.
Vino para nosotros la época de los apuros; las deudas crecían y los
acreedores se volvían exigentes. Tú, más loco que nunca pasabas las
noches jugando en el círculo y los días en las carreras, y yo,
abandonada por el hombre á quien amaba, vivía entregada sin defensa á
las inspiraciones violentas de mi carácter. En aquellos momentos
peligrosos para mí conocí á Juana Baud. Quería hacerse cantante y me
rogó que le ayudase á rectificar su mala pronunciación italiana. Yo
estaba sin ocupación y sumida en horrible fastidio, y acepté por
distracción y porque aquella muchacha me agradaba. Tú la recuerdas,
joven, alegre, risueña, viviendo en el mayor descuido y ávida solamente
de placer, al que se entregaba con locura. Nunca había yo tenido por
amigas sino mujeres honradas. La viveza de las efusiones de Juana me
pareció singular, pero era tan tierna, tan encantadora, que atribuí á la
amistad lo que debía explicarse por pasión. Tomé mucho cariño á aquella
muchacha, sin sospechar cómo me amaba ella, y solamente una noche, al
volver de la ópera, tuve la revelación repentina de lo que pasaba en su
ánimo. Acabábamos de cenar las dos y te estaba esperando, cuando
llamaron á la puerta.
--Es Jacobo, exclamé, habrá olvidado su llave. Espera: voy á abrir.
Fui al vestíbulo y pregunté á través de la puerta:
--¿Eres tú, Jacobo?
Pero la voz de Sorege me respondió:
--No, soy yo. Necesito decir á usted una palabra. Me voy en seguida.
Tuve intenciones de despedirle, pero la presencia de Juana me
tranquilizó. Abrí y Sorege entró en casa sin sospechar que no estaba
sola. Sin sentarse me dijo en seguida:
--¿Espera usted á Jacobo? No vendrá.
--¿Por qué?
--Porqué está en otra parte.
--¿En el círculo?
--No, acaba de salir de allí.
Se reía al hablar así, el monstruo, sabiendo todo el mal que me hacía.
Palidecí y él me dijo:
--Mírese usted en el espejo, Lea, y vea su cara descompuesta. Ese Jacobo
va á matar á usted si no toma el partido de dejarle. La engaña lo
bastante para que le haga usted lo mismo.
--¡Cállese usted, miserable! Bien sabe que si le engaño alguna vez, no
será con usted.
--¡Á que sí! Y más pronto de lo que usted cree. ¡Es matemático! Usted
será mía y Jacobo mismo habrá de procurarlo. Una mujer como usted no se
resigna al abandono ni á que la engañen con viejas como la Deverrière y
la Tresorier, ó con mujerzuelas, como...
Le interrumpí furiosa:
--Aunque Jacobo fuera mil veces más infiel, no le engañaría con usted.
Con otro, puede... ¡Sí! Si supiera que eso le hacía á usted sufrir,
acaso...
Sorege hizo un movimiento de cólera, y cogiéndome bruscamente por el
cuerpo, balbuceó:
--¡Ahora mismo entonces! Ya te tengo...
Era forzudo y me había echado en un sofá. Yo me defendía llenándole de
injurias al luchar, cuando la cortina del comedor se levantó y apareció
Juana diciendo tranquilamente:
--¡Ande usted, señor de Sorege! No se moleste por mí ¿Quiere usted que
le ayude?
El efecto fué inmediato. Sorege se levantó exasperado por su fracaso y
temblando por sus esfuerzos, y salió sin decir palabra, pero echándonos
una mirada mortal. Yo, con los nervios retorcidos y el corazón
desgarrado, prorrumpí en sollozos y Juana, arrodillada á mi lado, se
esforzó por consolarme. Sus besos enjugaban mis lágrimas y sus abrazos
se estrechaban á medida que sus palabras se hacían mas tiernas. Estaba
en sus brazos sin saber lo que hacía y sin pensar en lo que me decía
Juana, á la que escuchaba aturdida sin otra sensación que la del agrado
que producen las muestras de cariño después de una agresión brutal y de
la espera indefinida de un amante infiel... Pasaba el tiempo y yo
perdía la esperanza de verte volver. Juana me ofreció quedarse á mi lado
con una voz tan suplicante, que no pude oponerme. Además era una mujer y
me parecía que así no me hacía culpable para contigo. El día seguiente
tuve vergüenza y quise no volver á recibir á aquella loca, pero la vi
llorar y comprendí que iba á hacerle sufrir los mismos dolores que yo
pasaba por ti, sin contar que encontraba cierta dulzura en tener un
corazón á quien confiar mi pena... Así pasaron seis meses, los peores
de mi vida. Te amaba más y con más pasión desde que no te pertenecía
exclusivamente y prefería la muerte al pensamiento de separarme de tí.
Debes recordar el fin de aquel horrible período, durante el cual pasabas
en el juego los días y las noches, poseído de un vértigo en el que
debían zozobrar tu fortuna, tu honor y tu vida. Sorege, que había vuelto
como si nada hubiera pasado, me tenía al corriente de todas las fases de
la partida empeñada por ti. Se había vuelto risueño y ya no me hablaba
de amor. Debí temerlo todo, pero una especie de aturdimiento me dominaba
y no estaba verdaderamente en posesión de mi razón. Vivía en una especie
de desequilibrio moral y de tensión nerviosa que me tenían á merced de
los impulsos de mi desesperación y de mi cólera. Te vi llegar loco de
angustia, después de haber perdido cuanto tenías y debiendo pagar una
suma en el círculo, so pena de ser expulsado, y te di mis alhajas para
empeñarlas como te hubiera dado mi vida si me la hubieras pedido.
Entonces--oye bien esto--entonces fué cuando se produjo aquel espantoso
episodio que me hizo perder la razón y trajo todos los desastres.
Con la voz enronquecida por la emoción que le producían aquellos
terribles recuerdos, Lea se calló un instante. Jacobo, impasible, no la
interrumpía ya, poseído por el punzante interés del relato. Ni los
sufrimientos inmerecidos de su antigua amada ni sus goces criminales le
habían arrancado ni un suspiro. Había permanecido mudo ante las
confesiones de celos y de traición. Él había expiado sus faltas y no
tenía remordimientos. ¡Qué importaba lo que Lea decía de Sorege, de
Juana, de ella y de él mismo! Lo que estaba ávido de saber era cómo le
habían perdido y cómo podría rehabilitarse. Lea se pasó el pañuelo de
encajes por la húmeda frente y comprimiéndose el corazón, que latía con
fuerza, continuó:
--Oye lo que sucedió, imprevisto y monstruoso. El día siguiente de aquel
en que te di cuanto poseía, recibí la visita de Sorege. Se presentó
frío, la cara grave y como impresionado por un suceso de importancia. Se
sentó y me miró en silencio con una expresión de piedad que nunca le
había visto. Por fin habló y desde las primeras palabras mi furor no
reconoció límites. Venía á contarme que eras el amante de Juana y que no
teniendo esperanza de reponerte en París, habías resuelto partir con
ella á Londres, donde acababa de firmar una contrata sin que yo lo
supiera. Aunque acostumbrado á mis accesos de cólera, Sorege pareció
alarmado y trató de calmarme con su pérfido aire de bondad.
--Bien había yo previsto que llegaría el momento en que tendría usted
que contar con un amigo verdadero. Ya ve usted la inconstancia de su
amante y la ingratitud de su amiga. Uno y otra la insultan y la engañan.
¿Vacilará usted en romper la primera con Jacobo y en poner en la puerta
á esa insensata á la que ha hecho usted tantos favores?
Yo quise protestar, discutir.
--¿Quién me dice que usted no me engaña? Le creo capaz de todo para
conseguir sus fines. ¿Cómo no habría yo sospechado ni visto nada de su
intimidad? Tiene usted mucho interés en mentir para que le crea
fácilmente.
--No se trata ya de discutir, dijo fríamente. Sepa usted que el mismo
Jacobo me ha dado los detalles que acabo de contar. Juana, que habita un
departamento amueblado, lo ha despedido la semana pasada. Sus baúles
están hechos desde ayer y va á dejarlos en depósito en la estación del
Norte. Ella se va á Boulogne y el saldrá por otra línea é ira á reunirse
con ella. ¿Es claro todo ésto?
Hablaba con tal calma, que no traté ya de discutir ni dudé más. La
verdad me anonadaba y una rabia loca empezaba á hervir en mi corazón.
Bramaba de rabia, en aquel saloncito en el que había pasado horas tan
dichosas, al verme vendida y abandonada á la vez por mi amiga y por mi
amante. Sorege en tanto estaba impasible y sin decirme una palabra de
consuelo, como si contase para su triunfo con el exceso de mi mal. Me
miraba en silencio y por fin me dijo:
--¿No debe ver á usted Juana antes de partir?
--La esperaba en seguida. Mis criados tienen permiso y yo debía comer
con ella... Pero no vendrá; no tendrá esa impudencia.
--¿Quién sabe? dijo Sorege. Es muy grande y muy delicado el placer de
asistir á la mistificación que uno mismo ha preparado y gozar de la
confianza estúpida de aquel á quien se engaña. No me sorprendería que
viniese á dar á usted un beso antes de robarle su amante...
--¡Pobre de ella! exclamé.
--¡Bah! ¿Qué iba usted á hacer? No creo que pensase sacarle los ojos ó
abrirle la cabeza. Eso sería muy vulgar.
No respondí. Por mi cabeza enloquecida y en la que las ideas parecían
chocar unas con otras con un ruido de olas, pasaron fulgores siniestros.
Me sentía arrebatada por un vértigo de muerte. Sorege me dijo:
--Siento mucho haber prevenido á usted, porque me parece dispuesta á
hacer tonterías. ¡Vamos! cálmese usted. Después de comer vendré á ver si
esta más tranquila y espero encontrarla razonable.
Se marchó y yo me quedé como desvanecida en un sofá, con la cabeza en
los cojines, dando vueltas al veneno que había vertido en mi pensamiento
aquel monstruo que, según he visto claramente después, lo había
combinado todo para impulsarme á un acto de suprema demencia. Un
campanillazo me sacó de mi sopor y me hizo poner en pie. Miré el reloj y
eran las siete. Abrí y vi á Juana. Entró alegremente, me besó en la
oscuridad del vestíbulo y me siguió tarareando hasta el salón donde se
quedó admirada viendo á la luz del crepúsculo mi extremada palidez, mi
desorden y mi angustia.
--¿Qué tienes? me preguntó inquieta.
La miré y la vi en traje de viaje con sombrero redondo y un saco de
cuero. La certidumbre de que Sorege había dicho la verdad se imponía á
mí fulminante. Recobré repentinamente mi sangre fría al ver tanta doblez
y respondí con calma, casi con languidez.
--Tengo jaqueca; mira, estoy en traje de casa. Si quieres, no saldremos
para ir á comer. Tengo aquí con qué improvisar una buena comida; nos
quedaremos tranquilamente al lado del fuego y me harás compañía hasta
muy tarde.
Ordinariamente Juana acogía esas proposiciones con transportes de
alegría; pero entonces la oyó fríamente y una sombra pasó por su mirada.
--Me quedaré á comer, eso si, con mucho gusto, como te había prometido.
Pero no podré pasar la velada contigo. Tengo cita para un asunto serio
con mi profesor de canto Campistrón. Tendré que dejarte á las nueve.
Su hipocresía me puso fuera de mí.
--¿Estás segura de que es á ver á tu profesor de canto á donde vas?
Mi acento, mi actitud y mi palidez la turbaron repentinamente.
Retrocedió un paso y balbuceó:
--¿Pero qué me preguntas? ¿Por qué había de engañarte?
Fui hacia ella hasta tocarla y cara á cara le dije:
--Porque ya me has engañado y me sigues engañando; porque eres una
infame que no contenta con robarme tu ternura, me robas también la de mi
amante.
Enrojeció y con los dientes apretados por el temor y por la cólera,
respondió:
--¿Quién ha dicho eso?
--Yo lo sé.
--¡Es falso!
--¿Falso? Te vas con él á Inglaterra; me le quitas cuando sabes que no
puedo vivir sin él. Tu me asesinas, tu me...
La voz se perdió en mi garganta y, fuera de mí, permanecí delante de
ella sin decir palabra y como atontada. Juana me creyó impotente y
aniquilada y cobrando ánimos me dijo con risa insultante:
--¡Bah! No le amas tanto puesto que le olvidas muy bien conmigo...
Me insultó echándome en cara lo que constituía mi remordimiento secreto
y me hirió en lo más sensible de mi ser. Retrocedí y no encontrando una
palabra bastante despreciativa, la golpee en la cara con toda mi fuerza.
Lanzó un agudo grito, se puso lívida y con los ojos echando llamas se
arrojó á mi rechinando los dientes. Sentí sus dedos rodear mi garganta y
perdí la respiración. Entonces me defendí golpeándola el pecho,
pegándola con la rodilla en el vientre, tratando de tirarla al suelo. Y
así luchamos sordamente, sin un grito, respirando el odio y la muerte.
Mis ojos se cegaron por una espesa niebla. La cogí por la garganta y
apreté los dedos hasta hundírselos en la carne. De pronto aquella mujer
cesó de luchar y cayó en la alfombra. Me arrojé sobre ella como una
furia y sin noción de lo que hacía. No había en mí sino el instinto de
la bestia que quiere matar para vivir. Al cabo de un instante me cansé;
ella ya no hacía resistencia, y con los ojos extraviados me levanté y
miré. Estaba tendida, inerte, con la cara tumefacta por los golpes, los
ojos en blanco, la boca torcida, horrible y amenazadora todavía. Al
entrar en posesión de mis facultades, se apoderó de mi el espanto y me
estremecí viendo á aquella desgraciada inmóvil y contraída. La cogí,
quise levantarla y su cuerpo me resultó pesado y blando en mis brazos.
La llamé y no me respondía. Iba á pedir socorro para tratar de volverla
á la vida, pero la prudencia me contuvo. Toqué su corazón, escuché su
pecho y retrocedí horrorizada. ¡Estaba muerta! Una inmensa desesperación
se apoderó de mí. ¿Era posible que me hubiese convertido en una
criminal? Era verdad que me había hecho traición, insultado,
agredido... Pero yo la había matado y todas las consecuencias se
desarrollaron instantáneamente en mi espíritu. Me vi presa, juzgada,
condenada y un terror invencible se apoderó de mí. No tuve ya más que un
pensamiento, huir á la suerte que me esperaba, y sin pensar en lo que
hacía, sin vestirme, en zapatillas, me lancé á la escalera y eché á
correr. Estaba ya en el entresuelo, cuando una mano me detuvo y una voz
me dijo bruscamente.
--¿Dónde va usted así, Lea?
Permanecí como atontada y sin responder. Era Sorege que, según su
promesa, venía á saber qué había sucedido. Mi turbación y el desorden de
mis vestidos le dijeron bastante sin duda, pues me cogió por un brazo y
me dijo bajando la voz:
--¿Está usted loca? ¿Qué significa?... Suba usted conmigo.
Me hizo entrar en mi casa, cerró la puerta con cerrojo, entró en el
salón el primero, pues yo no quise pasar delante de él, y viendo á Juana
Baud tendida en el suelo, lanzó un juramento y dijo volviéndose hacia
mí:
--¡He aquí un feo negocio! ¿La ha matado usted? Era una bribona, pero el
procedimiento es brutal...
Yo exclamé, impulsada por la necesidad de disculparme:
--¡Me ha pegado! Mire usted mis brazos, mi cuello... ¡Tuve necesidad de
defenderme!
Sorege respondió con una flema horrible en semejante situación:
--Estoy convencido. Pero esta mujer ha muerto y usted está perdida.
Yo me arrojé á él:
--¡Oh! No me abandone usted! ¿Qué voy á hacer sin ayuda? ¡Sálveme!
Me eché á llorar mientras él me miraba con tranquilidad.
--¿Yo abandonar á usted? ¿Cómo puede creerlo? Sabía que me necesitaría
usted en un momento dado y debe estar segura de encontrarme. Aquí estoy
pronto á defenderla.
--¡Dése usted prisa!, exclamé temblando de fiebre.
--Tenemos tiempo. Son las nueve; los criados no volverán antes de las
doce y no entrarán en esta habitación...
--No.
--El único que puede venir es Jacobo y ese no vendrá seguramente. Somos,
pues, dueños de nuestras acciones.
Reflexionó un instante; después miró á la muerta y repitió varias veces:
--Sí; es el único medio. No hay otro partido que tomar. Suceda lo que
quiera es preciso asegurar la fuga.
Se acercó á mi y me dijo dominándome con toda su resolución firme y
lúcida:
--Es imposible sacar este cadáver de aquí. Le encontrarán, pues,
fatalmente mañana cuando usted se haya escapado. Pero se descubrirá su
identidad y usted será perseguida y presa. Hay aquí una mujer muerta,
¿por qué ha de ser Juana Baud?
--¿Pues quién ha de ser? pregunté.
--Usted.
--¡Yo! ¿Cómo es posible? Usted pierde el juicio.
Sorege continuó sin responderme:
--Juana Baud lo ha arreglado todo para marcharse y si desaparece nadie
la buscará. Es preciso que la mujer muerta aquí sea Lea Peralli. Lea se
va á Londres con el nombre de Juana; nadie la conoce y puede tomar
pasaje para América. Mientras, los agentes de policía, los magistrados y
toda la cuadrilla judicial se da de calabazadas para desembrollar el lío
que les hemos dejado entre las manos. Juana y Lea tienen la misma
estatura, las mismas carnes y sólo difieron en la cara y en el color del
pelo, pero la cara se puede desfigurar y el agua que sirve á Lea para
teñirse el cabello puede servir para Juana. La identidad se establece
con un frasco de tinte en la cabeza y un tiro de revólver en la cara. Lo
mismo da que Juana haya muerto de un tiro que estrangulada; no cambia
más que el género de muerte y esto es poca cosa. Lo importante es
despistar á los listos de la policía. ¿Y cómo no lograrlo? Se encuentra
una mujer muerta en su casa, vestida con sus ropas; ¿quién va á dudar
que es ella y por qué echarse á buscar por otro lado? Lea Peralli se
queda muerta y Juana Baud corre por el mundo. He aquí resuelto el
problema. ¿Quién dice que esto es difícil?
Se puso á reir en silencio viendo mi estupor. Había seguido su
razonamiento y comprendía su formidable habilidad. Pero exclamé:
--¿Y si yo me escapo y Lea Peralli aparece muerta quién había cometido
el crimen?
--¡Bah! dijo Sorege en tono burlón. Es usted muy curiosa. ¿Quién ha de
haber cometido el crimen? La persona á quien aproveche.
Temblé al comprender, pero él no me dejó tiempo de dudar.
--¿Quién tiene la culpa de todo esto? ¿Quién ha hecho á usted traición
indignamente? ¿Quién iba á llevarse otra mujer con su dinero de usted en
el bolsillo? ¿Quién, acribillado de deudas, sin esperanza, sin crédito,
casi sin honor, puede ser moralmente considerado como capaz de asesinar
á su querida?
--¡Jacobo! exclamé llena de horror. ¡Oh! Jacobo... ¡Jamás! ¡Jamás!
¡Prefiero entregarme, que me prendan, que me juzguen, que me maten!
Cometer semejante infamia... ¡No! ¡No!
--Una infamia semejante á la suya... No hará usted más que
corresponder, sencillamente... ¡Cuántos escrúpulos, cuando él ha tenido
tan pocos! ¡Él había resuelto plantar á usted, sin pensar si moriría de
desesperación y de cólera!
--¡No! ¡No quiero! ¡No quiero! ¡Déjeme usted!
Aquel hombre se puso entonces duro y amenazador.
--¡Oh! ¡Basta ya! Soy muy tonto en tomarme el trabajo de convencer á
usted. Quiero salvarla y se empeña usted en perderse. ¡Allá usted! ¿Qué
me importa á mi todo esto? Soy su último amigo, el más seguro, el más
adicto, y Dios sabe en qué responsabilidades incurro... ¿Usted me
rechaza? ¡Adiós!
Dió un paso hacia la puerta pero el pensamiento de quedarme sola con
aquel cadáver me quitó toda mi energía. Mi suprema honradez, vencida por
los argumentos capciosos de aquel miserable, vacilaba, pronta á ceder.
Ese hombre intentó todo lo que puede corromper un alma que resiste al
mal y quiere refugiarse en el sacrificio, y su victoria fué pronto
completa. ¡Oh! ¡Noche espantosa! fué preciso desnudar á la muerta,
ponerla mi ropa, mis zapatos y mis alhajas, y por fin, entre los dos,
tuvimos que teñir sus cabellos. Sus oscuros bucles se convirtieron en
rubios en nuestras manos profanadoras. ¡Cuadro de espanto y de horror,
aquel agua perfumada corriendo por la pálida frente del cadáver, aquel
fúnebre disfraz para el ataúd! ¿Cómo pude soportar esa prueba sin que mi
corazón estallase en pedazos? Lo que después pasó se pierde en una
especie de densa niebla... Estaba medio muerta cuando Sorege, con un
revólver que tú me habías regalado tiró á boca de jarro tres balazos en
la cara de la víctima, ya inerte hacía algunas horas. Aquel hombre me
vistió con el traje de Juana, me puso su sombrero en la cabeza y un
espeso velo por la cara; y tomando el saco de cuero que contenía los
papeles de la víctima, me hizo salir de mi casa. No tomó, de todo lo que
me pertenecía, más que la papeleta del Monte de Piedad que tú me habías
enviado aquella misma mañana. Yo ignoraba entonces el uso que quería
hacer de ella. Me llevó á la estación, recogió los baúles de Juana con
el talón que encontró en el saco, y tomándome un billete de primera, me
puso él mismo en el tren de Boulogne. Viéndome allí en seguridad, me
dijo:
--Vaya usted á parar al hotel del Casino y espéreme. Mañana por la noche
llegaré para darle noticias.
Partió el tren. Sorege me hizo un último signo de animación y casi
desvanecida de fatiga y de angustia, me alejé de París, dejando tras de
mí el horror de un doble crimen; el que yo había cometido y el que había
dejado cometer.
Jacobo inmóvil, temblando, miraba á Lea con más lástima que cólera.
Estaba penetrado del horror de la situación en que aquella desgraciada
se había encontrado. Olvidaba las terribles consecuencias que el acto
cometido había tenido para él y no pensaba más que en el peligro que
había corrido su querida. Con mucha lentitud dijo:
--Sí, todo estaba audazmente combinado y debía resultar. Mi turbación y
la imposibilidad en que me encontraba de sospechar la suerte de Juana
debían asegurar el secreto. Una mujer muerta en casa de Lea y vestida
con su ropa, ¿quién podía ser sino ella? Yo mismo no lo puse en duda.
Menos firme que tú, volví los ojos cuando me enseñaron el cadáver en la
siniestra losa del depósito. ¡Hay qué tener una disposición especial
para examinar de cerca los muertos! No supe más que llorar, cuando
hubiera sido preciso discutir y examinar! ¿Y tú, no pensabas todo esto,
desgraciada, mientras pasaban las horas, asegurando mi pérdida?
--Sí, Jacobo; lo pensaba. Pero Sorege vino, como había anunciado, y
sometida á la dura autoridad de mi cómplice, no podía resistir. Lo
intenté, sin embargo, desde el primer momento. Tuve una crisis de
desesperación y de remordimientos y le supliqué que buscase un medio de
disculparte cuando yo estuviese en salvo. Aquel hombre se echó á reir y
dijo con espantosa ironía:
--¿Que yo me meta en ese sucio negocio para servir al señor de Freneuse?
¡En seguida! ¿Está usted loca? Él se ha metido en ese atolladero; que
salga si puede.
--Pero su madre no ha hecho nada y va á llorar lágrimas del corazón. Su
hermana es inocente y vamos á aniquilar su porvenir...
Sorege cambió de expresión y dijo abandonando su calma:
--¡No me hable usted de su hermana! Odio á toda esa gente y á su hermana
más que á los demás ¿entiende usted? Tuve el valor de pretenderla y me
rechazó... ¡No lo olvidaré!
Estaba en aquel momento tan atroz, tan monstruoso, que perdí la cabeza.
--¡No quiero permanecer á merced de usted!... ¡Le tengo miedo! Su
amistad es tan temible como su odio. Déjeme usted marcharme; será de mi
lo que Dios quiera, pero separémonos...
Me cogió un brazo y, perdiendo todo disimulo, dejó de ser el hombre bien
educado que yo había conocido y se volvió grosero y brutal.
--Criatura estúpida ¿crees que estoy aquí para obedecer tus caprichos?
Soy tu dueño, no lo olvides. ¡Me perteneces! Si te he sacado del mal
paso es porque te deseo y nada más. ¿Qué me importaba á mi que te
cortasen la cabeza por haber matado á tu compañera en un acceso de
celos? ¿tengo yo la costumbre de intervenir en cuestiones de
mujerzuelas? Me he tomado el trabajo de salvarte porque me gustas y
quiero poseerte... ¡Y voy á satisfacer ahora mismo mi capricho!
Me cogió y yo traté de resistir, pero estaba aniquilada por las
emociones sufridas. Sentí sus labios sobre los míos y exclamé:
--¡Me horroriza usted!
--¡Pues yo te encuentro deliciosa!
--¡Prefiero morir!
--¡Bah! eso se dice, y luego...
--¡Cobarde!
Me dejó libre y me dijo furioso:
--¡Basta de farsas! ó, por mi honor, que llamo y te entrego al comisario
de policía...
Lea ocultó la cara entre las manos y con más rubor que el que le había
producido el relato del crimen, dijo sordamente:
--Tuve miedo... y cedí. Ante mi conciencia, esto es lo que hice más
abominable...
Jacobo y Lea permanecieron en silencio, inmóviles, penetrados de horror.
Por fin la desgraciada levantó la frente y en un impulso desesperado se
arrojó á los pies del que había perdido:
--¡Oh! Jacobo, perdóname; te lo suplico. ¡He sido infame! Pero bien ves
que ha sido él quien lo ha hecho todo. El es cien veces más criminal que
yo, aunque no ejecutase la muerte, porque la había preparado y
aconsejado casi. ¡Yo, que tanto te amaba, haberte hecho tanto daño!
¡Hubiera debido escribir á los jueces, disculparte, entregarme! ¡No tuve
esa virtud! Huí, y durante ese tiempo tú expiabas tu infidelidad por el
suplicio más doloroso que puede sufrir un hombre. Jacobo, estoy á tu
discreción; haz de mí lo que quieras... ¡Aborrezco á Sorege! Ayer,
todavía, me violentó y prefiero morir á ser suya, sobre todo ahora, que
te he vuelto á ver, ¡Jacobo! Tú eres el mismo de siempre, generoso y
bueno... Tú no me has denunciado, aunque has adivinado mi crimen...
¡Compréndelo bien! Hasta cuando te perseguía con mi odio, te amaba,
Jacobo...
Lea, de rodillas se arrastraba á los pies de su antiguo amante,
levantaba hacia él su hermosa cara inundada de lágrimas y todo su ser se
estremecía. En un movimiento de febril ardor sus labios tocaron los del
joven... Pero él la separó dulcemente y la dejó á cierta distancia,
aterrada por aquella frialdad que había esperado vencer.
--Es tarde Lea, dijo; la noche avanza y hay que pensar en mañana. Te
agradezco tu franqueza y no abusaré de ella para perderte. ¡Yo no soy un
Sorege! Pero es preciso que yo me disculpe y para ello necesito la
prueba material de mi inocencia. Esa prueba sólo tú puedes
proporcionármela.
--¡Te la daré! ¡No vacilo! He sufrido demasiado y no puedo ya vivir así.
¿Quieres que te escriba la confesión que te he hecho? ¡Estoy pronta!
Su cara se oscureció y en su frente apareció una sombra de terror.
--Pero Sorege sabe que lo has descubierto todo. Sabe que estamos
encerrados aquí y que voy á hablar... ¡Cuidado, Jacobo!
--No le temo.
--¡Haces mal!
--No puede nada contra mí. No doy un paso en Londres sin ser seguido por
la policía francesa, que me vigila y me protege al mismo tiempo. Y él lo
sabe.
--Entonces estoy perdida. Para impedirme que le acuse tratará de
deshacerse de mí. Para castigarme por haberle abandonado, descargará
sobre mí su ira...
--Bastante tiene que hacer con defenderse contra mí; tenemos que
arreglar los dos una terrible cuenta. Puedes creerme, pobre mujer; él
está más en peligro que tú.
Jacobo se quedó un instante reflexionando.
--Me has ofrecido darme tu confesión por escrito... La acepto. Puedes
estar tranquila; no me serviré de ella hasta que estés en seguridad.
Permanece encerrada en tu casa. No recibas á nadie y menos á Sorege, y
yo me encargo de desembarazarte de él.
-Lea movió la cabeza dolorosamente.
--No le conoces. Me alcanzará á través de las paredes si permanezco
aquí, y á través del espacio, si huyo. Es terrible y hiere siempre por
donde menos se espera. Toma precauciones, Jacobo. Te odia mortalmente.
Suceda de mí lo que quiera, poco importa. Pero tú tienes que tomar un
desquite público y brillante. No te comprometas por una imprudencia.
Jacobo respondió gravemente:
--Mi vida ha terminado, Lea, y mi rehabilitación así como el castigo de
Sorege, serán los últimos actos de hombre que realizaré. He visto el
mundo y le he juzgado. Sus goces son vanos y sus penas verdaderas. Si no
tuviera el deber de limpiar mi nombre á causa de mi madre y de mi
hermana, no aceptaría nada de ti é iría á llamar á la puerta de un
convento, donde acabaría mi vida en la meditación y en el silencio.
--¡Qué, Jacobo! Joven, rico aún, con la esperanza de la dicha, ¿quieres
huir del mundo?
--Sí, Lea.
--¡Tan agotada está tu alma! ¿No tienes ya deseos ni sueños?
--Conozco la vida; he agotado sus goces y sus dolores. Es inútil el
trabajo que se toman los hombres para matar el fastidio por medio del
placer. Apenas se ha comenzado á vivir, llega la vejez y después la
muerte. Trataré de expiar el mal que he hecho, dulcificando la suerte de
los desgraciados.
--¡No te veré más, Jacobo!
--Sí, una vez, para que me entregues tu confesión y decirnos adiós.
--Esta noche, si vivo todavía, dijo Lea con pálida sonrisa, canto _Romeo
y Julieta_. Será mi último triunfo, asiste á él, Jacobo. Las coronas que
me dediquen serán como homenajes fúnebres. Ya no apareceré más en esa
hermosa escena en la que ayer todavía olvidaba mi infamia en medio de
las aclamaciones y de los elogios. Tengo que abandonar el arte, que me
ha dado una personalidad y sostenido en mis más duras pruebas, la
embriaguez del éxito, que aliviaba por una hora mis sufrimientos, el
entusiasmo del público, que me permitía hacerme ilusiones sobre mi
degradación real. ¡Volveré á entrar en la sombra!... ¿Quién sabe si será
en la sombra eterna?
Hizo un gesto de altanero desprecio y añadió:
--¡Pero estoy loca! Todo ese falso brillo no vale nada para sentir
perderlo.
Mostró á Jacobo la ventana, ya blanqueada por el alba, y con una sonrisa
en la que apareció toda su antigua gracia, dijo:
--¡Me perdonarás, Jacobo! ¿Verdad?
Jacobo quiso responder, pero ella le impuso silencio.
--No. No digas nada. Espera á esta noche... ¡Adiós!
Le condujo hasta la puerta y en la oscuridad del vestíbulo Jacobo sintió
el brazo de Lea que le rozaba con suavidad como para guiarle; un seno
palpitante se apoyó contra su pecho y, sin que él pudiera defenderse,
una boca, que mordía dulcemente, se posó en sus labios. El joven se
estremeció y rechazó aquel fantasma del amor desaparecido. Oyó un
doloroso suspiro; la puerta se abrió y se cerró tras él. Y la escalera
le mostró su espacio vacío...